“-¿Cómo estás?, preguntó el Maestro. “
-Viviendo tiempos inciertos, pero muy bien”, contestó el discípulo. “
-¿Por qué son inciertos?”, quiso saber el Maestro.

 

“-Porque estoy en medio de una competencia extrema y cualquier cosa puede pasar…”

“-¿Y en un día común no?”, provocó el Maestro.

“-Por supuesto”, protestó el discípulo entre risas. “-Ya sé que dentro de una hora puedo estar muerto; pero me refería a esos momentos de nuestras vidas en que atravesamos procesos muy dinámicos, en donde no se sabe qué va a pasar al día siguiente. Como cuando tenés una enfermedad grave, vivís un romance fulminante, o sos testigo de un proceso social o político.”

“-Se nota que sabés de lo que estás hablando”, volvió a provocar el Maestro.

“-Y sí”, dijo el discípulo con serenidad. “-Tuve una adicción que estuvo a punto de matarme. También experimenté un romance fulminante. Y viví unos cuantos procesos sociales y políticos…”

“-¿Y cómo te sentís ahora frente a otros procesos de incertidumbre extrema que viviste en el pasado?”, preguntó el Maestro.

“-Muchísimo mejor”, fue la categórica respuesta.

“-¿Por qué?”

“-Porque hasta mis treinta y tantos años, solo tenía certezas. Aún en procesos inciertos, mi cabeza los negaba. Por supuesto que la angustia existía igual, aunque en forma solapada. No tenía registro consciente de la incertidumbre que estaba viviendo. Con la adicción, lo único que deseaba era recuperar mi normalidad y erradicar los problemas”, contó el discípulo.

“-¿Y lo lograste?”, preguntó el Maestro volviendo a confrontar al discípulo consigo mismo.

“-Claro que no. Es decir, finalmente pude salir de aquella adicción, pero me llevó años, y la salida no fue como la imaginaba. Simplemente la vida me sacó. Pero los años de incertidumbre extrema me los tuve que aguantar tal como vinieron, y a pesar de mi rechazo a la situación”, amplió el discípulo.

“-¿Y qué era lo que rechazabas?”

“-En principio, el problema que tenía. Además de destrozar mi salud y mi voluntad, interfería con mis planes”, se sinceró el discípulo.

El Maestro sonrió, al imaginar la falta de experiencia que podía llevar a alguien a ignorar el hecho que la vida siempre cambiaba los planes de las personas. Luego dijo:

“-¿Y qué te dejó aquél amor fulminante? De hecho, no te mató…”, preguntó el Maestro con una sonrisa pícara.

“-Creo que ese proceso tan intenso, doloroso y maravilloso, fue el que me enseñó, por primera vez, a convivir con altísimos niveles de incertidumbre”, dijo el discípulo.

“-¿Por qué?”

“-Porque fue una suerte de inundación emocional que destruyó mi vida tal como la conocía, y la dio vuelta como una media. Nada volvió a ser como era.”

“-¿Podés ampliarme un poco, que no entiendo?”, solicitó el Maestro.

“-Es que ese romance arrasó con mi vida. Y si bien se desencadenó en un instante, fatal como un rayo, la evolución posterior duró años. Fue un terremoto que resquebrajó un dique, catalizando un proceso que terminó por romper la murallas y arrasar con todo lo que encontraba a su paso. Y llevó años para que el río volviera a encontrar su cauce normal, tranquilo y previsible…”, amplió el discípulo.

“-Qué metáfora”, se sorprendió el Maestro. “-¿Y cómo fue que aprendiste a lidiar con la incertidumbre en ese proceso?”

“-Porque pese a mis  enormes esfuerzos, no controlaba nada, y la previsibilidad que tenía en mi vida era mínima. Como si manejara un auto con una niebla espesa, en donde era imposible ver más allá de tres metros hacia adelante. En mi caso, no podía prever qué iba a pasar al día siguiente, porque ni yo mismo sabía qué quería”, contó el discípulo con cierta misericordia sobre sí mismo.

“-¿Y qué hiciste?”

“-No tuve más remedio que aprender a transitar aguas turbulentas, y a aceptar una incertidumbre extrema. Durante aquél proceso y pese a que las circunstancias no cambiaban, aprendí a volverme más flexible para poder sobrevivir”, agregó el discípulo.

“-¿Y no intentaste controlar la situación? Es una tentación bien humana…”, preguntó el Maestro.

“-Infinidad de veces”, se sinceró el discípulo. “-Hasta intenté controlar mis sentimientos! Como me resultaba intolerable la incertidumbre y no quería que las cosas salieran de una forma distinta de la que planeaba, quise forzar mis sentimientos.”

“-¿Y cómo te salió?, preguntó el Maestro conociendo la respuesta.

“-Pésimo. Fracaso absoluto. Los sentimientos hicieron lo que quisieron. Aunque finalmente, se decantaron en sintonía con mis anhelos. Pero se tomaron su tiempo. Yo no pude forzar nada. Todo lo que intenté controlar no solo no ayudó, sino que generó el efecto opuesto. Como si mi emocionalidad se rebelara cada vez que quería someterla o dirigirla”, contó el discípulo.

“-Qué maravilla”, dijo el Maestro emocionado.

“-A la distancia, puedo confesar que ese amor prohibido fue algo fundacional en mi vida. En todos los aspectos. Para reconectarme conmigo mismo, para aprender a lidiar con la incertidumbre, para volverme más compasivo conmigo mismo y con los demás, para enterarme cómo funcionaba la vida…”

“-¿Y ahora?”, preguntó el Maestro intentando retomar el diálogo inicial.

“-Estoy mejor, llevando el día a día de esta competencia con un nivel de ansiedad razonable para la presión que conlleva. Pero ya no lo vivo con desesperación ni pretendo asegurar ningún resultado. Aprendí que no es posible…”, reconoció el discípulo.

“-Muy bien”, lo felicitó el Maestro. “-Para los romanos, Jano era el dios de los comienzos y de los finales. De su origen proviene el mes de Enero. En los tiempos de guerra, las puertas de su templo permanecían entre abiertas, porque por definición toda guerra es incierta. En tiempos de paz, las puertas del templo de Jano permanecían cerradas.”

“-Tengo las puertas de mi vida totalmente abiertas”, se rió el discípulo.

“-Y sí”, dijo el Maestro. “El tema central es aprender a transitar períodos de incertidumbre extrema sin desesperarse. A veces es bien difícil, pero es una decisión.”

El discípulo escuchaba con atención.

“-En Japón existe una cárcel de máxima seguridad a la que envían a los condenados a muerte. Allí permanecen hasta que se agoten todas las instancias judiciales y los ejecuten. Hay un pasillo que conecta con todas las celdas, y es conocido como el “corredor de la muerte”, amplió el Maestro.

“-Cada mañana -prosiguió-, el denominado guardia notificador recorre el pasillo y le entrega un sobre a aquél preso que será ejecutado una hora más tarde. Nadie sabe a quién le va a tocar, y cuando escuchan los pasos del guardia caminando por el pasillo todos los reos contienen la respiración. Si no les tiran el sobre debajo de la puerta, tienen al menos un día más de vida…”

El discípulo escuchaba entre angustiado y fascinado. Esos eran problemas en serio, bien distintos de los que él tenía.

“-Sin embargo, hay presos que llevan más de treinta y cinco años viviendo así, esperando una notificación que no llega. Por un lado, es algo bueno porque siguen vivos. Por el otro, es una agonía que nunca acaba, y la inyección letal podría significar una liberación”, completó el Maestro.

El discípulo sentía una electricidad que recorría todo su cuerpo.

“-Nosotros no tenemos más certezas que esos condenados a muerte. Por más que vivamos seguros de que no nos vamos a morir dentro de una hora, eso no es verdad. Es comprensible que neguemos esta realidad, para no sentirnos aplastados por la fragilidad de la vida. Sin embargo, siempre es bueno recordarlo, para no planear tanto, y para aprender a ser más flexibles con los permanentes cambios de planes que la vida nos impone”, completó el Maestro.

El discípulo estaba maravillado.

“-Tenemos que aprender a ocuparnos del hoy. Por más problemas que tengamos, aprender a enfrentarlos de a uno, y con tranquilidad. Sin sobre exigirnos, sin condenarnos por sentir miedo a lo incierto, solo navegando lo mejor posible ese río que en este tramo se puso torrentoso. Ya vendrán tiempos serenos, porque siempre vienen. Pero eso no depende de nosotros, así que lo único que tenemos que hacer es ocuparnos del presente. Con todo el amor del mundo. Solo eso.”, concluyó el Maestro.

“-¿Solo eso?”, repitió el discípulo entre risas.

“-Solo eso”, cerró el Maestro.

Artículo de Juan Tonelli: Incertidumbre