-Sentía un agotamiento profundo; no me podía mover.

-¿Y alguna otra vez en tu vida te sentiste así?, me preguntó Alberto.

Hice memoria tratando de encontrar algo parecido. Pero la experiencia vivida nada tenía que ver con borracheras o agotamiento físico producto del deporte. Hasta que encontré una punta.

-Cuando tenía catorce años y estábamos en las vacaciones de invierno con mi familia, una mañana me desperté con todos los ganglios del lado izquierdo del cuello inflamados como si fueran a explotar. Por primera y creo que única vez en mi vida no tuve fuerzas para pararme.

Rápidamente fueron apareciendo detalles de aquella experiencia traumática, que fui contándole a Alberto.

Toda mi vida fui hiperkinético, y en mi infancia y adolescencia era mucho peor; realmente insoportable. Por eso el hecho de que esa mañana no tuviera fuerzas para salir de la cama, llamó poderosamente la atención de mi madre.

Al igual que mi padre eran médicos, por lo cual no podían ignorar que un chico con el cuello lleno de ganglios, fiebre y agotamiento, tendría algún problema. Sin embargo, el camino elegido por ellos fue otro.

Mamá, siempre a cargo de todo porque mi padre estaba pero era como si no estuviera, decidió que yo tenía que vestirme y salir a jugar y a hacer deporte. Después de todo, estábamos de vacaciones, en un hotel muy lindo en San Luis, y había que aprovechar.

Le dije que no tenía fuerzas para moverme pero ni me escuchó. Ni mis ganglios, ni el termómetro, ni mucho menos mis palabras, lograron convencerla.

Como pude, arrastrándome, me paré, me puse un jogging y até los cordones de las zapatillas sin siquiera poder ajustarlos mucho. Como sentía frío por la fiebre, agarré una campera –mamá me preguntó para qué me la ponía si estaba soleado-, y fui con mi familia a desayunar.

Tomé dos sorbos de café con leche y mordí un pedazo de tostada, sin poder ir más allá, y con la esperanza de satisfacer a mis padres.

-¿Por qué no comés más? Te va a hacer bien, dijo mi padre.

-No tengo hambre.

Terminado ese suplicio se me ocurrió ir al salón de juegos del hotel. Había unos buenos sillones que me permitirían estar medio tirado, sin generar falsas alarmas ante mi familia. La estrategia funcionó y pese a tener ganas de estar tapado en mi cama, al menos pude estar sentado en una especie de living, mirando televisión mientras otros chicos jugaban al ping pong o a distintos juegos de mesa.

Al mediodía vino nuevamente la odisea de resistir la presión de mi madre y simular que comía. Superada esa prueba vino lo mejor del día. Mis padres se fueron a dormir la siesta, así que aproveché y fui a mi cuarto a recostarme, que era lo único que deseaba.

Cuando mamá se levantó empezó nuevamente el combate.

-Ma, no tengo fuerzas, solo quiero quedarme acostado, dije.

-No podés quedarte durmiendo. Estamos de vacaciones y vos no tenés nada, así que vestite que salimos.

Esta vez le ofrecí menos resistencia, y nuevamente me paré como pude. Pasé el resto del día sobreviviendo a mi enfermedad y a mi madre.

Al día siguiente todo fue muy parecido. Mis ganglios, la fiebre y mi agotamiento seguían igual. Con un poco menos de esfuerzo que el primer día me puse de pie, y tuve otro día en el que usé distintos sillones del hotel. Solo tuve verdadera paz en la siesta de mis padres, en la que nuevamente pude tirarme un rato en mi cama.

Así continuaron los días de vacaciones, en los que la fiebre fue bajando, y yo mejorando lentamente. Lo único que no cambiaba eran mis ganglios, que estaban ahí diciendo presente.

Cuando volvimos a casa retomé la vida normal. Durante el día al colegio y cuando terminaba, me iba a jugar al squash.

Así siguieron los días hasta que un domingo por la tardecita, después de haber jugado mil partidos durante el fin de semana, y antes de que mis padres me buscaran en el club, un caballero que estaba esperando su turno para jugar al lado mío me dijo:

-¿Te sentís bien? Porque tenés ictericia…

Lo miré con cara de sorpresa, sin entender qué era eso.

-Tenés un color de piel muy amarillo, casi verdoso, típico de algunas enfermedades. ¿Te pasó algo?

-No… En realidad hace unas tres semanas me aparecieron estos ganglios, dije mostrándoselos. Y al principio tuve fiebre y estaba sin fuerzas, pero ahora me siento bien.

Por más esfuerzos que hizo, pude ver su cara de preocupación.

-¿Pero tus padres no te llevaron a ver a un médico?

Negué con mi cabeza.

-Mirá, yo soy médico y te recomiendo que esta noche les digas a tus padres que mañana sin falta te lleven hacerte un análisis de sangre.

Aunque algo asustado, le agradecí con una mueca y entré nuevamente a la cancha a jugar mi décimo partido de squash de ese domingo. Después me bañé y fui a la entrada a esperar a mis padres.

Cuando llegaron y apenas estuve dentro del auto, les dije:

-Un médico que había en el club se preocupó por mi color de piel y el tema de los ganglios. Y me dijo que tienen que llevarme a hacer controles.

Esa pequeña frase corrió el velo que hasta ese momento tapaba una realidad difícil de ocultar.

Mamá se preocupó muchísimo. Percibí su angustia y enojo consigo misma por no haberse dado cuenta antes, y que fuera un extraño y en forma casual, el que descubriera que yo estaba enfermo. A la noche todos cenamos en silencio.

Al día siguiente fui al colegio mañana y tarde como había venido haciéndolo desde el regreso de las vacaciones. La única diferencia fue que al salir, en vez de irme al club, mamá me llevó a ver una hematóloga amiga.

Tan pronto me revisó y escuchó la historia, su cara se puso seria. Mientras me sacaba sangre para analizar, nos dijo:

-Aun cuando no estoy cien por ciento segura de lo que tenés, es muy probable que sea mononucleosis. Normalmente, los chicos que tienen esta enfermedad tienen que hacer reposo absoluto. No pueden ni siquiera ir al colegio. Pero como vos hace tres semanas que estás con esto, y no solo seguiste yendo al cole, sino que practicaste sin parar uno de los deportes más intensos que hay, no tiene sentido que te haga faltar. Pero lo único que vas a hacer será ir al colegio y volver a tu casa. Nada más.

Sentí emociones contradictorias. Por un lado, que no pudiera hacer deporte era una catástrofe. Pero a su vez, sentí cierto alivio de que me miraran, prestaran atención y en cierto sentido, comprendieran. Lo que no había ocurrido durante las vacaciones en las que había sido obligado a salir de la cama, sucedía ahora. Más vale tarde que nunca. Que nos vean tal como somos, en el estado en que estamos, y no como quieren o pueden vernos los demás, siempre es reparador.

Dos días después volví a ver a la doctora. Confirmó el diagnóstico de mononucleosis.

-¿Y cuándo voy a poder jugar de nuevo al squash?, dije, preguntándole lo único que me importaba.

Ella, sin muchas nociones de psicología, me destruyó:

-Veo muy difícil que después de todo este esfuerzo al que sometiste a tu cuerpo, te recuperes para volver a jugar a ese deporte. Iremos viendo, pero andá pensando en algo más tranquilo, como el tenis, por ejemplo.

Pese a tener catorce años, la miré con desprecio. A mi corta edad había aprendido que las pasiones no se eligen, y que en la vida no siempre es posible elegir lo técnicamente correcto.

Con el correr de las semanas y mientras seguía mi cuarentena, empecé a escaparme a jugar al ping pong. No se podía comparar con mi gran amor, pero al menos era algo. Mis parámetros sanguíneos tardaron bastante en recuperarse, así que fui a varios controles en los que nunca terminaban de darme el alta. Entre mi voracidad habitual, el sedentarismo obligado, y la ansiedad por todo lo que estaba viviendo, engordé bastante.

Finalmente llegó el día en que me dio el alta, y autorizó a empezar a jugar al tenis. ¿Pero quién quería jugar al tenis? Si bien al principio lo intenté, rápidamente volví a jugar al squash. Para que mi madre no sospechara, no llevaba la raqueta de ese deporte, sino que en el club pedía una prestada.

Al llegar la primavera surgió un nuevo problema; si me pasaba todo el día encerrado en una cancha de squash, mi piel seguía pálida, algo impensable para alguien que juega al tenis y al que el sol va dándole un color saludable. Para no despertar sospechas que pudieran interferir con mi vocación, empecé a tomar sol una hora al mediodía. Con esa pequeña inversión que para mí era una absoluta pérdida de tiempo, mantenía un bronceado agradable que me permitía seguir haciendo lo que me gustaba sin que a mi madre le llamara la atención

El problema surgió unos meses después cuando gané mi primer campeonato nacional de menores. Ser el mejor jugador del país en la categoría sub 15 hizo imposible seguir ocultando mi doble vida. Mis padres lo vivieron con alegría aunque también con algo de miedo, debido a las apocalípticas profecías de la médica. No se les ocurrió hacer un control para ver si mis nuevos esfuerzos estaban causándome algún problema mayor.

-Es increíble que mis padres siendo médicos y sanitaristas, no hayan podido ver mi enfermedad antes, continué diciéndole a Alberto. Y que mi madre me obligara a salir de la cama cuando yo tenía el cuello lleno de ganglios y le decía que no tenía fuerzas ni para pararme…

-Es que no lo toleraba…

Lo miré con cierto enojo, y le dije:

-¿Pero a vos te parecen equivalentes? Ella tenía cuarenta y cinco años, y es médica. Yo en cambio, tenía catorce y era el que estaba con mononucleosis!

-Es que no toleraba verte enfermo, insistió con delicadeza y empatía.

-Pero el que se tuvo que parar aunque se sentía morir fui yo, protesté indignado.

Alberto me miró con ternura. Ya había dicho lo que tenía que decir. Parecía que el que ahora no toleraba esa realidad era yo.

Como todos los hombres, yo sentía que tenía la razón. No era lo mismo tener que aceptar una realidad difícil, a estar enfermo y encima verse obligado a adaptarse al otro, por las limitaciones que éste tiene. Sin embargo, las palabras de Alberto “es que no lo toleraba”, me siguieron retumbando.

Yo, un paladín de decir la verdad a cualquier precio, empezaba a preguntarme cuáles eran los límites de semejante postura. ¿Tiene sentido decir una verdad que el otro es incapaz de procesar? Me acordé de Confucio y su célebre “no intentes enseñarle a cantar a un chancho, porque perderás tu tiempo y conseguirás irritarlo”.

Pasé unas semanas con el tema dándome vuelta en mi cabeza. Me preguntaba si hacía sentido contárselo a mi madre. Por un lado sentía la necesidad de hacerlo. En el fondo, era un reproche más, entre tantos que tenía.

Paradójicamente, ella vivía buscándome, tratando de que habláramos y tuviéramos una relación linda, profunda, de confianza. Y yo me escapaba, tal vez para no darle el gusto, pero sobre todo, porque ya había sido rechazado e ignorado tantas veces en mi vida que algo se había roto y no parecía poder restaurarse. O al menos, no bajo presión. En todo caso, si con el correr del tiempo aparecía la posibilidad de que ella empezara a escuchar y justamente, tolerara lo que el otro tenía para decirle aunque no le gustara, tal vez fuera posible empezar a crecer en profundidad de un vínculo. Pero mientras ella siguiera sin tolerar las palabras que no le gustaban de la misma forma que lo había hecho con la mononucleosis, no había chances.

Almorzando a solas un domingo, la encontré particularmente receptiva. Decidí contarle la historia, deseando que no me interrumpiera, ni rechazara lo que tenía para decirle. Si ella simplemente podía escucharme y tolerar mi verdad, ya sería inmensamente reparador.

Mientras le iba recordando hechos de más de treinta años atrás, ella me miraba absorta. Pese a estar muy bien de salud y tener buena memoria, no se acordaba nada. Tomé conciencia de cuánta razón tenía Alberto. A tal punto le resultaba intolerable que aún tres décadas después escuchaba mi relato como si todo eso le hubiera pasado a otras personas.

Cuando terminé me quedé en silencio. Por suerte, ella no se defendió ni intentó justificarse. Tal vez no lo hizo porque ni se acordaba de mi enfermedad. ¿Cómo era posible que mi madre no recordara la enfermedad más grave que tuve en mi vida, siendo un adolescente? No lo toleraba, diría Alberto.

Después de unos minutos me agradeció que le hubiera contado y me pidió disculpas por lo que había hecho. Se sintió totalmente identificada con la empatía de Alberto, quien había puesto en palabras lo que había ocurrido. Me pregunté cuántas otras barbaridades habrían pasado por su dificultad de tolerar realidades difíciles.

-A mí me pasó lo mismo, dijo. Cuando tenía treinta y pico y tuve anemia hemolítica, tu papá me quería sacar del hospital porque decía que no tenía nada. Mi hermana era la más franca y directamente decía que no me venía a visitar porque sabía que yo me iba a morir y a ella le hacía mal verme en ese estado. Y mi madre –tu abuela-, llegó a sacarme la sonda y vestirme para llevarme al cine. Por suerte los médicos la frenaron…

Escuchar que mi historia se había repetido antes no me trajo paz. Volví a ver que los problemas de los seres humanos se repiten, pero saber eso no nos alivia nuestro propio dolor.

Me quedé pensando en cuánta dosis de verdad somos capaces de soportar. Nuestra intolerancia y rechazo a la realidad, no modifica a la realidad. Y sin embargo, aunque diferir los problemas suela agravarlos, a veces nos permite sobrellevar ciertos momentos que de otra forma no podríamos.

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