La madre de Ezequiel clasificaba a las mujeres en dos grupos; las que trabajaban y las que abrían las piernas.

Ella, obviamente, pertenecía al primer grupo. Un grupo de una sola persona, porque el resto de mujeres que trabajaban no le llegaban ni a los talones. No eran lo mismo.

Así había crecido Ezequiel, con un particular desprecio por las amas de casa y las mujeres que solo hacían de esposas y madres.

Explícitamente, su madre le enseñaba que eso no tenía ningún valor. Ella, de hecho, hacia todo eso y además trabajaba mucho y ganaba todo el dinero para que esa familia tuviera un buen estilo de vida. Algo  que solo ella había decidido, pero que con frecuencia les facturaba a su marido e hijos, como si hubiera sido una decisión de ellos.

-Lo único que hace la madre de Fontana es abrir las piernas, criticó a la mamá de un compañero de Ezequiel, como hacía habitualmente.

Era su forma despectiva de explicarles a sus hijos que esa y un sinnúmero de mujeres manejaban a sus maridos a través del sexo. Que ese era el módico precio que pagaban para no trabajar ni tener que hacer nada, bien contrarío a su sacrificada vida.

Ninguno de sus hijos atinaba a contradecirla o a preguntar algo, no fuera cosa que se desatara una situación incómoda en un tema tan sensible.

Varias décadas después, Ezequiel conversaba con su terapeuta.

-Mi madre hubiera dicho que esa mujer lo único que hace es abrir las piernas, comentó.

-Que quiere decir eso?

-Que con el sexo maneja a su marido, para que la mantenga,

aclaró Ezequiel.

El terapeuta quedó pensativo, imaginando lo que habría sufrido aquel niño expuesto a tanta toxicidad. Luego le dijo:

-También se puede abrir las piernas por amor…

Aquellas ocho palabras desparramaron a Ezequiel. Como si le hubieran pegado un golpe de knock out.

-Se puede abrir las piernas por amor?, se preguntó. El simple hecho de hacerse esa pregunta le expuso la profundidad de su crisis.

Él nunca había escuchado que las piernas se pudieran abrir como un acto de amor. Mucho menos experimentarlo. Ni en su madre, ni en nadie. Seguramente existiría, pero el ambiente en que Ezequiel se había desarrollado lo habían hecho inmune a esa experiencia.

¿Habría sido su madre capaz de abrir las piernas por amor alguna vez? O era algo que escapaba completamente de sus posibilidades emocionales? Sería capaz de recibir no solo el cuerpo de un hombre, sino y sobre todo, el alma del otro? Cuales podían ser otras formas de abrir las piernas por amor que no fueran a través del sexo?

Ezequiel asumió que su madre no había manipulado a su padre para ser mantenida, pero también, que había estado totalmente inhabilitada para abrir las piernas por amor. Habría podido hacerlo con algún otro hombre?

Con la certeza que dan los años de convivencia familiar, supo que eso era imposible para alguien como su madre, tan mutilada emocionalmente.

Ezequiel quedo perturbado profundamente, desencadenando un efecto dominó de interrogantes.

Asumiendo a su madre como alguien incapaz de abrir las piernas por amor, como podría conocer él el amor, si eso era básicamente una experiencia? Como serían sus propios vínculos con las mujeres?

Esas preguntas incómodas abrieron paso a otra aún más inquietante; alguna de las mujeres de su vida habría abierto las piernas por amor?

Solo ponerle palabras a una idea así le puso la piel de gallina. Tuvo miedo de conocer la verdad, como si evitarla fuera menos doloroso.

Confrontado con la realidad, repasó cada una de sus relaciones. Su primer noviazgo serio había durado algunos años, en el cual, ambos habían tenido su debut sexual. Era difícil decir si su primera novia había abierto las piernas por amor; ¿puede un adolescente conocer el amor? ¿O el verdadero amor solo es posible en la madurez?

Después de decantar recuerdos y emociones, Ezequiel asumió que su primera novia había abierto las piernas por amor. Bien o mal, se había entregado, aún con los pocos recursos emocionales que se tiene a esa edad.

Irónicamente, Elisa -esa novia capaz de abrir las piernas por amor-, no encajaba en el perfil de mujer que le habían grabado a fuego durante su infancia.

Después de una relación de algunos años que se dirigía inexorablemente al casamiento, Ezequiel pateó el tablero. No quería condenarse a estar con un ama de casa de las que solo podría esperar -según su madre- que abriera las piernas.

Luego de unos tiempos de soltería ardiente que prefirió ni analizar, llego a la mujer que terminaría siendo su primera esposa. A diferencia de Elisa, Carolina era muy independiente. Fue un romance fuerte, en el que ambos estaban fascinados con el otro. Con los años, Ezequiel vio que ese encantamiento había tenido mucho que ver con el hecho de que Caro cumplía perfectamente con el perfil formateado por su madre.

Fue duro enterarse que ella no había abierto las piernas por amor. Sería posible si habían estado más de diez años juntos, tenido hijos y…

El corazón de Ezequiel, implacable, se negaba a reclasificarla por compasión.

¿Era posible que Carolina no lo hubiera amado nunca? Las preguntas que seguían irrumpiendo eran aún más perturbadoras.

En realidad Carolina no lo había amado nunca, del mismo modo que él nunca la había amado a ella. Se habían encontrado, enamorado, llevado excelentemente bien, pero todo dentro de un ascetismo -e individualismo- que no daba lugar al amor. El amor requería enchastrarse, mezclarse con el otro, transformarlo y ser transformado, aún sin el propio consentimiento. Poco de eso había pasado en su primer matrimonio. Mucha complicidad, paridad, sincronicidad. Y aislamiento.

Su terapeuta se lo había dicho con claridad:

-Usted no se separó porque se enamoró de otra mujer…

-Y por qué me separe?

-Por la inmadurez de ambos.

Ezequiel, enojado, reaccionó:

-O sea que con cuarenta años, quince de pareja e hijos adolescentes soy inmaduro?

-Sí. Si le sirve de consuelo, como casi todas las personas.

Le tomo años comprender las sabias palabras del terapeuta.

Ezequiel se preguntó si dentro de las características de su ex esposa, rigurosamente seleccionadas para complacer a su madre, estaría la de la imposibilidad de abrir las piernas por amor. ¿Podía alguien no querer amar?

Agobiado por sus propias preguntas, asumió que eso era más una limitación que una elección, y continuó revisando otras parejas que tuvo.

Sin lugar a dudas Romina había abierto las piernas por amor. Ese amor prohibido que arrasó con su matrimonio pese a que los años mostraran que la verdadera causa de la catástrofe había sido la inmadurez, descongeló a Ezequiel del aislamiento que a sus cuarenta ya parecía constitutivo.

Si bien su corazón ratificó que aquella mujer lo había amado, Ezequiel quiso entender ese misterio.

No encontró razones, solo signos de ese amor. Miradas en varias de las veces que habían hecho el amor.

¿-Pero no es inevitable, cuando uno está en llamas?, se preguntó.

El enamoramiento confunde porque distorsiona todo, pensó. No vemos a la persona que tenemos enfrente sino a la que queremos ver. La que vendrá a sanar todas nuestras heridas y carencias. La que nos redimirá de los pecados y de nuestra confusa historia de vida. Pero claro, todo romance tiene sus doce de la noche cuando la Cenicienta deja de ser princesa y vuelve a ser quien era.

El amor en cambio, -pensó- requiere que uno pueda mirar al otro, mirar lo que en verdad es el otro.

Definitivamente Romina lo había mirado. El en cambio, no estaba tan seguro de haberlo hecho. Probablemente su mirada amorosa hacia ella fuera otro acto de autoafirmación para mostrarse súper poderoso.

Aunque se sentía emocionalmente agotado, Ezequiel pensó en varias otras mujeres que habían pasado por su vida.

Si bien algunas miradas mientras arrugaban sabanas parecían de amor, no estaba seguro de que no fuera solo el efecto alucinógeno del sexo con alguien con quien se tenía mucha piel.

Identificó un par que se habían enamorado de él, y que con el tiempo también habían abierto las piernas por amor. Sin embargo, como eran amores no correspondidos, tampoco había existido su reciprocidad.

-¿Será que el problema soy yo?, se preguntó. ¿O será que sigo escapándome de la sentencia de mi madre, en la que las mujeres no abren las piernas por amor y los hombres no nos entregamos para no ser manipulados?

-Es difícil amar, pensó. No porque sea difícil en si, sino porque nos cuesta mucho dejar atrás todas nuestras heridas.

Ezequiel estaba movilizado. Había pasado buena parte de su vida sin siquiera saber que era el amor. Y ahora, que se estaba enterando, el primer sentimiento que le surgía era el infantil reclamo de que nadie lo había amado correctamente.

Por suerte, ese resentimiento duro poco. Con más de cincuenta años tomó conciencia de que no podía seguir esperando -o dependiendo- que lo amaran bien.

Lo único que estaba en sus manos y podía hacer toda la diferencia, era cuanto amor podría dar él.

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