-Vestite que te vas.

Aquellas cuatro palabras desataron todos los fantasmas. Después del alivio inicial, Valentín cayó en la cuenta que salir de esa maldita caja era la situación más riesgosa que enfrentaba desde que lo habían apaleado y maniatado con alambre.

Si el plan era rematarlo con dos tiros, primero tenían que sacarlo de esa caja. Como a un ternero que hacen caminar voluntariamente al matadero.

“Adentro de este cuarto estoy seguro; les voy a decir que me dejen tranquilo acá”, pensó.

El hombre es un animal de costumbres, y en solo 48 horas Valentín se había adaptado a sus circunstancias. Como si toda su vida hubiera sido así. Tenía comida, sabía que había un secuestrador bueno y otro malo, y que en cualquier momento podía morir. Aunque esto último no estaba tan claro. El inigualable sistema de negación de los seres humanos para seguir viviendo, lo convencía de que eso no sucedería, de que era un escenario remoto. Como si no estuviese secuestrado en una caja de madera de un metro y medio por un metro.

Por ahí mismo le hablaban los dos secuestradores, que al igual que en las películas, eran uno bueno y otro malo.

-Parate debajo del agujero así te pego un tiro, -le decía el cruel.

-No le des bola a este idiota, -lo tranquilizaba el secuestrador amigo.

Valentín sabía que cada minuto podía ser su último. Aunque no tenía dudas de que su familia pagaría el secuestro, era consciente de la fragilidad de todo el proceso. Ni quería mirar por el agujero, no fuera cosa que accidentalmente viera a un secuestrador y que éste, por temor a ser reconocido en un futuro, no tuviera más remedio que matarlo.

Con el correr de las horas fue recuperando su paz. Aunque el espacio era mínimo y estaba secuestrado, estar contenido en esa caja de un metro y medio le daba cierta sensación de seguridad. Como si el sarcófago lo protegiera.

De a ratos su angustia se disparaba y le costaba respirar. Imaginaba posibles formas en que lo matarían: llenar con agua aquella caja de madera, ahogándolo. O tirarían algo de nafta y lo prenderían fuego? También podrían asfixiarlo con algún gas tóxico. O envenenarle la comida. O simplemente, sacarlo de ahí y rematarlo con dos tiros en la sien.

Luego la desesperación cedía, y se tranquilizaba. Solo quedaba aceptar la realidad y esperar.

-Ponete la capucha y quedate sentado. Y no hagas nada raro si no querés que te caguemos de un tiro, -dijo el secuestrador.

Valentín sintió que el pecho se le cerraba. Se le puso la piel de gallina al pensar que estos podían ser sus últimos instantes de vida. Lo matarían de un balazo mientras estaba encapuchado? Pensó en sus hijos y las lágrimas brotaron de sus ojos.

Mitad de su mente lo desestabilizaba diciéndole que ésto era solo una trampa para que cooperara mansamente con su propia ejecución. Debía pensar una salida.

La otra mitad le recordaba que no necesitaban su colaboración para matarlo, y que era inevitable tener que salir de ahí.

Como suele ocurrir, la angustia le ganaba a la razón.

Finalmente aceptó que no tenía más alternativa que seguir adelante. En minutos quizás se diera cuenta que esto era otra trampa y pudiera escapar, o tal vez no. Lo que no era opción era permanecer como estaba. Y mucho menos, imaginar que así estaría a salvo.

Valentín fue liberado. Con los años registró que la libertad que recuperó después del secuestro fue mayor que la que tenía antes. Aquél dramático episodio le dio más de lo que le sacó. Ser capaz de ver a sus hijos. Dejar de tener certezas acerca de cómo iba a ser su vida. Comprender que esa necesidad tan humana de acomodarse donde uno se siente a gusto, es contraria a la vida, que fluye y muta permanentemente, aunque los hombres no quieran o no puedan darse cuenta.