“- ¿Y por qué vendés una casa tan linda?”, preguntó Pablo.

Con un leve suspiro, el propietario le dijo: “- Somos del interior, y con mi familia teníamos previsto venirnos a vivir acá. Primero vino a estudiar nuestro hijo mayor, luego el siguiente, pero cuando teníamos que venir con el más chico, mi mujer y yo nos separamos…”

Pablo puso una cara de sorpresa que dejaba entrever su curiosidad. El vendedor, un hombre de unos cincuenta años no tenía problemas en ampliar su historia. “- Sumado a la separación, nuestro hijo más grande se recibió y se fue a vivir solo. El segundo también terminó su carrera y se consiguió un trabajo en otro país, por lo cual esta casa enorme está siendo utilizada solo por nuestro hijo más chico, lo que es un despropósito. Dado que nada ocurrió como habíamos planeado, el menor se mudará a un departamento más chico, y nosotros venderemos la casa.”

La historia movilizó a Pablo, porque tenía alguna similitud con la suya propia. Diez años atrás, él había construido una casa increíble para vivir con su mujer y sus hijos. Poco tiempo después de haberla terminado se enamoró perdidamente de otra mujer y todo se cayó a pedazos. Aquella propiedad soñada y ejecutada como si fuera una obra de arte, había terminado siendo un monumento al sinsentido.

¿Por qué ocurrían así las cosas? ¿Era la arrogancia humana de hacer planes, que Dios esterilizaba como en el caso de la torre de Babel?

Pablo, más interesado en la historia de vida del propietario que en la casa, hizo la pregunta que abría la caja de Pandora: “- ¿Y por qué te separaste?”

La cara de su interlocutor dejó traslucir lo difícil que era contestar esa pregunta. Así y todo, intentó hacerlo. “- Cuando se fueron yendo nuestros hijos y empezamos a estar solos con mi esposa, comenzó a aparecer un vacío. Tal vez siempre estuvo, pero el proyecto familiar lo taparía. Un día nos dimos cuenta que éramos dos desconocidos, vidas paralelas que habían estado unidas por los hijos, y que al irse ellos no tenían sentido…”

Aunque honesta, la explicación resultaba incompleta, por lo que Pablo hizo la otra pregunta prohibida: “- ¿Y ahora estás en pareja?”

“- Desde hace un año”, contestó el caballero, relativizando la situación.

“- ¿Y cuánto hace que te separaste?, preguntó Pablo sin darle importancia, aunque era claro hacia a donde apuntaba.

“- Dos años”, contestó el propietario con tranquilidad.

Acababa de aparece la verdadera razón del cataclismo. El síndrome del nido vacío no era el tema. O al menos, no el principal. El asunto era que aquél señor se había enamorado de otra persona. Aún cuando por su propia historia de vida Pablo fuera incapaz de juzgar a nadie, el señor intentó una explicación.

“- Luego de separarme me re encontré con una antigua novia, con la cual hacía décadas que no nos veíamos. Ella también hizo su vida, tuvo sus hijos, se fue a vivir afuera. Mucho después se separó y ahora nos reencontramos”, contó con alegría.

Luego continuó contando las normales vicisitudes de toda separación:  los dolores; las peleas con su ex mujer; los hijos que adaptados a los tiempos que corren, llevaban el tema mejor que sus padres; y varios pormenores que a Pablo le parecían poco relevantes.

Era la tercera vez en el término de dos semanas que personas de cincuenta años le contaban que se habían encontrado con un antiguo amor y que todo había resurgido. En dos de esos tres casos, esos reencuentros habían venido a dinamitar matrimonios de veinte años. ¿Pero serían causa o consecuencia del fin de esas parejas?

En la superficie, parecía un deja vu de su propia vida. Él también había planeado y armado todo para estar casado toda la vida, y un amor prohibido se había llevado puesto todo.

Dolorosamente había aprendido que en la vida los planes eran relativos. Aunque en la juventud uno se los creyera, siempre quedaban muy supeditados a una fuerza superior, que solía cambiarlos.

Sin embargo, en el fondo, los tres casos eran bien distintos al suyo. Por un lado, todos eran reencuentros con antiguos amores. Parecía cierto entonces que donde había habido fuego siempre quedaban cenizas.

¿Serían amores que en su momento el destino había desbaratado? ¿Temas pendientes que necesitaban ser resueltos?

Pablo ya no creía más en el cuento de la media naranja. En el mejor de los casos, eran dos naranjas que tenían que aprender a caminar juntas. Pero el concepto de que dos personas estaban hechas la una para la otra le parecía una idea falsa.

Sin embargo, era cierto que en la vida había que transitar los temas. Aquellos procesos interrumpidos antes que cumplieran su ciclo, siempre dejaban una inquietud que inconscientemente buscaba completar lo que había quedado irresuelto. ¿Sería este el caso con los amores truncos de la juventud?

La pregunta inevitable era, ¿qué hubiera pasado si estos amores no se hubieran interrumpido? Años después de casarse y tener hijos; ¿hubieran seguido juntos o también se habrían agotado?

Aquella pregunta no tenía respuesta. Era pedirle a la vida certezas que nunca concedía.

Mientras continuaba viendo la casa sin mirarla, las preguntas se agolpaban en el corazón de Pablo.

¿Por qué el amor siempre venía a armar caos?

Aún cuando su propia experiencia fuera que la catástrofe ocasionada por Cupido había generado maduración y crecimiento, el precio había sido muy alto y en algún sentido, lo seguiría pagando toda su vida. Hijos sin una familia unida, ex mujer enojada hasta la eternidad, y todas las implicancias derivadas de esta situación. ¿Hubiera preferido que no pasara?

Pese a todo el dolor que había tenido que experimentar, y el alto precio que pagaría toda su vida, se dio cuenta que tenía que agradecer lo sucedido. No porque su anterior mujer fuera una bruja -de hecho no lo era-, ni porque la actual fuera maravillosa. Su crecimiento y maduración actuales bien valían el alto precio que había pagado. Otra calidad de vida, otro nivel de vitalidad, de confianza, de plenitud. Otro vínculo consigo mismo, surgido a la luz de la crisis.

Se preguntó si en estos tres casos el amor romántico, además de desencadenar separaciones de matrimonios de larga data, traería maduración y crecimiento a sus protagonistas. Aunque tampoco había certeza en este punto, le pareció bastante probable dado que el sufrimiento era el gran catalizador de la maduración de los seres humanos.

Sin embargo, otra pregunta corroía su alma. ¿El amor romántico era la causa o el catalizador de la crisis existencial? Si la filosofía era que un clavo sacaba a otro clavo -en alusión a que para separarse de una pareja que ya no funciona se necesita de otro amor-, era claro que el enamoramiento solo venía a soplar un castillo de naipes, y en donde el problema no era el viento sino la fragilidad de la construcción con cartas.

Pablo sentía que la verdad pasaba más por esta hipótesis, que por creer que una pareja estaba genial y súbitamente un amor prohibido la ponía en crisis, devastando todo como un rayo. Si bien en la superficie podía parecer así, en el fondo, seguramente hubiera causas profundas que no estaban identificadas y solo salían a la superficie cuando el terremoto ya estaba en curso.

Pero si las causas no eran registradas; ¿se podía decir que la persona estaba sufriendo? ¿No era cierto que ojos que no ven corazón que no siente? Su propia experiencia era que él había estado muy bien hasta el momento en que Cupido le clavó el flechazo. A partir de ahí todo se había desmoronado. Pero no antes.

De poco le sirvió a Pablo reflexionar si los problemas que tenía previamente, al no ser conscientes no eran padecidos.

¿Uno podía ser infeliz sin saberlo? No sonaba razonable.

Pablo se detuvo frente al enorme jardín que tenía la casa, lleno de árboles y plantas. ¿Qué les pasaba a personas de cincuenta años, con hijos grandes, que decidían separarse cuando ya habían transitado una vida juntos? ¿Todo se explicaba con el hecho de que los hijos fueran grandes? Aunque cierto, le pareció que era un dato que no alcanzaba para explicar todo.

Tal vez, más allá que los hijos estuvieran grandes, el tema fuera que uno estaba grande. Algunos concluían que dado que habían estado juntos tantos años, era mejor hacer un esfuerzo para envejecer juntos. Otros, con no menos razón, pensaban exactamente lo contrario: justamente como no quedaba mucho tiempo por delante, había que aprovecharlo. Y dado que a esa edad no se tienen tantas ataduras y responsabilidades, las personas podían darse el gusto de tomar el camino que más les gustara.

Pablo reflexionó que prácticamente todas las personas transcurrían la primer mitad de su vida cumpliendo mandatos o escapándose de fantasmas propios o inculcados.

Muchas seguían viviendo la mitad restante de la misma forma, a costos emocionales crecientes. En la medida en que se aferraran a sus seguridades, irían matando la vitalidad que les ofrecía la verdad que la vida les iba revelando.

Pero otras tenían más suerte y les tocaba tener que atravesar crisis que si bien eran muy dolorosas, venían a depurar sus vidas. ¿Sería cierto que cuando uno desea algo, el universo conspira para que suceda? ¿Aplicaría aún en casos en que uno no tenía la menor idea consciente de lo que quiere?

Pablo estaba maravillado por el misterio de la vida. Saludó al propietario y se fue pensando en que tal vez los hindúes tuvieran razón. Aunque la cultura occidental y cristiana exaltara el libre albedrío y la libertad, tal vez fuera cierto que todo lo que ocurría en nuestras vidas era para bien. Especialmente aquello doloroso y que durante mucho tiempo no se comprendía. Esa incomprensión era solo temporal. Si uno tenía la paciencia y la templanza para transitar el camino, finalmente vería el sentido de cada una de las vicisitudes vividas.

El tema entonces era aprender a caminar un presente en el cual uno no encontraba el sentido de lo que se estaba viviendo. Por eso era imprescindible confiar. Confiar en que uno estaba en el preciso lugar del camino en que debía estar. Y en que esas circunstancias que ahora resultaban intolerables, tendrían un sentido valioso y fecundo que algún día sería revelado.

Artículo de Juan Tonelli: Todo ocurre para bien

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