El partido que acababa de perder no era uno más.

Aunque no fuera la final del mundial ni la de su propio país, aquella derrota en ese aparentemente insignificante entrenamiento, le atravesó el alma.

Julio era el campeón nacional. Una joven promesa que precozmente había llegado a la cima de su deporte. A partir de ahí, muchas cosas habían cambiado. En especial, la presión por mantenerse arriba de todo.

Le resultaba una carga extraordinaria saber que todos estaban esperando que perdiera. Como el equilibrista, al que todos quieren ver caer.  Llegar sano y salvo a la otra orilla del abismo no entusiasma a nadie.

Julio sentía que ganando no conmovía ni a sus seguidores. Era su obligación. En cambio, si perdía, era una gran decepción nacional. Todo agravado por un buen número de rivales talentosos y entrenados que tenían por único objetivo destruirlo.

Intentando aligerar aquella mochila de cien kilos, fantaseaba con seguir siendo el número uno, pero perdiendo algunos partidos de vez en cuando. Era un pensamiento atípico para el poder, que una vez que accede al trono no quiere cederlo por nada del mundo. Sin embargo, para su mente, esas derrotas eventuales eran válvulas de escape que liberaban algo de toda la presión que experimentaba.

Así pasaron algunos años, siendo el mejor jugador del país aunque a veces perdiera. Esas derrotas funcionaban como un aviso a la sociedad de que él no era tan perfecto y podía perder. Como un ruego para que no lo presionaran tanto.

Silenciosamente, empezó a irrumpir una joven promesa con un juego arrollador.

Julio  percibía la amenaza, pero al igual que cualquier humano, negaba para seguir viviendo.

Cada vez que derrotaba a aquél adolescente, se engañaba a sí mismo sintiendo que reafirmaba su liderazgo, y que él seguía siendo el rey.

Con el correr del tiempo, los partidos se hicieron cada vez más parejos. Las últimas victorias de Julio habían sido más holgadas de lo que debían ser, básicamente porque su rival sentía culpa de desafiar al ídolo. Pero no hacía falta ser un visionario para comprender que el reinado de Julio tenía los días contados.

Evitando confrontar con la verdad, Julio hacía como la zorra y las uvas. En diversos entrenamientos mostraba desinterés en imponerse cuando en realidad no estaba siendo capaz de ganar.

Pero llegó el día en donde la confrontación real fue inevitable. No tenía excusas, y la zorra de la fábula no podía seguir actuando. Puso todo de sí, y no alcanzó.

Sentados al borde de la cancha, él, su verdugo y los ocasionales observadores hicieron como si nada hubiera pasado. Pero todos sabían, y en especial los protagonistas. Un nuevo reinado acababa de emerger. No había sido tan rutilante como si hubiera sido en la final del campeonato nacional, pero era igual de inapelable.

El tiempo de la declinación inevitable, que había comenzado pocos años atrás, se había terminado. Ahora vendría otra declinación, mucho más acelerada, a la sombra de un nuevo astro.

La sensación de abismo que experimentaba Julio al sentir que el foco se había desplazado hacia este joven, era desoladora. ¿Sería similar a lo que sentían los primogénitos cuando nacía un hermano? Seguramente, aunque resultara difícil que esa vivencia tan dolorosa pudiera ser puesta en palabras por niños de escasos dos años de edad.

De hecho, algo primitivo, casi atávico se jugaba en el corazón de Julio. No había ningún deja vu ya que el no había sido primogénito. No es que fuera una vieja herida que volvía a abrirse, sino que era algo nuevo. Una experiencia inédita.

Como segundo y último hijo, no había tenido una vivencia así. Por el contrario, había pasado su vida tratando de ir desde la periferia en la que se encontraba, al centro de la escena. De ser un actor de reparto, a ser el principal.

Y resultaba que ahora, después de unos pocos y angustiantes años de lograr su cometido y tener el foco sobre sí mismo, era expulsado del paraíso nuevamente. Con lo que le había costado lograrlo.

Tratar de poner en palabras sus sentimientos resultaba imposible. La mente, y mucho menos el habla, eran totalmente incapaces de seguirle el ritmo a un corazón que producía millones de emociones y sentimientos encontrados.

Veinticinco años después, Julio podía ver todo aquél proceso con perspectiva. Lo que su corazón había sentido era un desgarro, una muerte en vida. Como si un médico le hubiera notificado que le quedaban pocos meses antes de morirse. En realidad, como si le hubieran informado que estaba muerto.

Fue inevitable preguntarse como podía asimilar la pérdida de su primacía a la muerte. Casi instantáneamente encontró explicaciones varias. Recordó un proceso político del que había formado parte. Siempre le llamaba la atención el ascenso del líder. Poco antes que se convirtiera en presidente, a Julio le resultaba obvio que alguien así no tenía ninguna posibilidad de mantenerse sano y ecuánime.

¿Cómo rehabilitarse de la adicción que producía entrar a un estadio y que diez mil personas enloquecieran gritando su nombre? ¿Cómo ser alguien normal si al ingresar en cualquier ámbito generaba un silencio en reverencia a su autoridad?

Más allá de lo que solía criticarse al efecto alfombra roja, todo ser humano era un adicto -potencial o consumado- a la admiración de los demás. ¿Quién no deseaba despertar esos sentimientos en el otro?

En el fondo, se trataba del proverbial anhelo humano de querer ser importante. Fuera porque lo habían sido en la infancia, o porque no lo habían sido, todas las personas deseaban ser reconocidas, queridas, admiradas. Algunas, a niveles patológicos. Otras, en cambio, no llegaban a ser líderes o estrellas de rock. Pero no por eso les resultaba indiferente ser miradas y apreciadas por los demás.

Así las cosas, era fácil de comprender por qué los líderes políticos solían aferrarse al poder a cualquier precio. O los artistas, o deportistas, que negando su declinación se exponían al ridículo.

Si dejar el centro de la escena era vivido como una muerte; ¿quién estaría en condiciones de aceptarlo pacíficamente? En el fondo, se trataba del poderoso instinto de supervivencia. De poco importaba que no fuera una supervivencia física sino emocional. La sensación de muerte era igual, aunque el corazón siguiera latiendo y los pulmones respirando.

Con más de dos décadas de distancia, era fácil comprobar que él no se había muerto. Estaba más vivo que nunca. Tal vez con algo menos de vigor físico, pero seguramente con más vitalidad. Después de todo, la vitalidad estaba mucho más relacionada al espíritu que al cuerpo.

Julio recordó otros procesos similares. El del deporte había sido muy complejo, seguramente por ser el primero. El primer crimen siempre resultaba el más difícil.

Vinieron a su mente leyendas del boxeo que, negando su declinación, habían sufrido golpizas tremendas. Lo que no habían podido aceptar por las buenas, la realidad se los había impuesto por las malas. O artistas mayores que se tornaban ridículas en sus infructuosos esfuerzos por mantenerse jóvenes cuando hacía rato que estaban para jugar con sus nietos.

Reflexionó en la locura que solía generar el poder y el daño que los líderes políticos generaban a sus pueblos en sus desesperados intentos por aferrarse a su cargo. ¿Cómo no comprenderlos, por más monstruosos que fueran? Muy por debajo de aquella brutalidad seguramente habría un niño muy herido.

Recordó a Borges y su célebre frase de que los únicos paraísos existentes eran los paraísos perdidos. ¿Por qué el ser humano tenía tantas dificultades en enterarse de que estaba en el paraíso antes de ser expulsado? ¿O acaso los paraísos nunca existían y solo eran un proceso en donde la mente idealizaba un pasado que en realidad no había sido tan bueno?

Aunque ya hubiera transcurrido buena parte de su vida, intentó vacunarse contra situaciones similares que pudiera tener en el futuro. Fue plenamente consciente de que aunque entendiera bien que la admiración de masas era superficial y volátil, siempre sería apetecible para la mente humana. El corazón sabía perfectamente que aún en el medio del supuesto calor popular, podía estar muriéndose de frío y soledad. El alimento verdadero pasaba por otro lugar.

Julio registró que era difícil no intentar aferrarse a ese salvavidas que aunque ficticio, parecía ser el único con que contaba. Tal vez la estrategia fuera desarrollar afectos verdaderos para estar menos vulnerable a esas sustancias tan adictivas.

Repasó lo que siguió a su paraíso perdido en el deporte. Durante algunos años más continuó jugando y siendo una figura, aunque él lo había vivido muy mal. En su cabeza -¿o en su corazón?-, solo había lugar para ser el primero, por lo cual ser el segundo o el cuarto era parte de ese estado de muerte en vida.

En ese estado siguió jugando algunos años. Más por su dificultad en soltar algo que todavía le resultaba identitario, que porque lo disfrutara. Se preguntó si podría haber disfrutado el juego mientras era el subcampeón o el cuarto del ranking, o si ya estaría todo perdido. Racionalmente parecía obvio que pudiera seguir gozando del deporte aunque no fuera el mejor.

Tal vez ahí había un aprendizaje para el futuro. Ser capaz de seguir aunque la realidad no fuera la que uno deseaba. Y especialmente, estar contento con la realidad tal como era. ¿O acaso debía ser siempre impecable? Casi con vergüenza asumió que cuando era el número uno la realidad tampoco era perfecta. Vivía muerto de miedo de perder su liderazgo. Poder disfrutar de lo que hacía más allá que no lograra el exigente resultado deseado, parecía ser una buena consigna.

Volvió a imaginar al niño que había sido. Se supo amado, el favorito, pero nunca el reconocido, el importante. Ese lugar era reservado para su hermano. Ráfagas de imágenes pasaban por su mente recordándole que había pasado toda su vida tratando de obtener ese reconocimiento que no había tenido en su infancia.

Resultaba muy irónico que habiendo tenido amor pero carecido de reconocimiento, peleara tanto por algo que, en alguna medida, era un pobre sustituto. Así era el corazón humano.

También le resultaba paradojal que a esta edad, y habiendo experimentado en carne propia que el reconocimiento no solo no justificaba todos los enormes esfuerzos que solía demandar, sino que tampoco brindaba lo que prometía, Julio siguiera buscándolo.

Agazapado, en su sombra más íntima, seguía trabajando para ser alguien muy reconocido. ¿Se pasaría la vida así, como Sísifo, subiendo una colina con un enorme peso para que al llegar a la cima tuviera que volver a empezar? ¿No habría alguna planicie más razonable en la cual quedarse y caminar?

Julio sabía que aquél lugar plano y estable existía. Solo requería la determinación de dejar atrás su enorme carencia que lo impulsaba a buscar reconocimiento.

Con honestidad no encontró forma de hacerlo. O sea, entendía perfectamente el problema, pero se sabía incapaz de torcer el rumbo un mísero grado. ¿Qué tendría que pasar en su vida para que aprendiera? ¿Un accidente? ¿Más pérdidas? ¿O seguiría toda la vida así, inconmovible a las realidades que se le iban presentando en forma implacable?

Julio se sintió preso de sus carencias. Podía verlas, comprenderlas, pero era incapaz de evitar que lo siguieran condicionando. Como alguien que en una cárcel ve, toca y fuerza los barrotes de la celda, pero no puede hacer nada concreto para salir de ella.

Después de un rato largo de reflexionar, sus pensamientos se fueron aquietando. Sentía paz. Al igual que un preso, sabía que no podía salir. Que era bien difícil, y que tal vez nunca pudiera hacerlo.

Lo que sí podía hacer era estudiar la naturaleza de su celda. Y amarla. Tal vez llegara el día en que pudiera salir, y tal vez eso no ocurriera nunca.

Fuera que sus carencias lo hubieran condenado a cadena perpetua, o que finalmente algún día se convirtiera en un hombre libre, decidió hacer lo único que estaba al alcance de su mano: transitar su camino con amor.

Artículo de Juan Tonelli: Paraísos perdidos.

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