-Me encontré con mi primer novio.

-Un terremoto, -soltó el Maestro entre risas.

-La verdad que sí.

-¿Por qué?

-Revivieron temas que pensaba que estaban muertos y evidentemente, no era así. Habíamos sido novios a los veinte años y cuando me engañó me enojé mucho y lo dejé. Poco tiempo después conocí a mi actual marido, que si bien nunca me conmovió tanto como aquél novio, me transmitía seguridad y confianza. Y así fue que formamos esta hermosa familia que tengo hoy.

-¿Qué fue de la vida de tu ex?

-Intentó volver conmigo y como no acepté, siguió su camino y terminó casándose con otra mujer.

-¿Sigue con ella?

-Sí, pero no es feliz.

-¿Y vos lo sos?, -disparó el Maestro a quemarropa.

Ella se quedó en silencio, pensando.

¿Qué era la felicidad? ¿Una suerte de plenitud, una buena relación de uno consigo mismo y con aquellas personas importantes para uno? ¿Un sentido de vocación o de trascendencia? ¿Un equilibrio aceptable entre cosas buenas y malas?

-Creo que sí.

-¿Y qué pasó?

-Nos encontramos en la calle, y combinamos un café.

-¿Por qué tenías ganas de verlo?

-¿Está mal?

-No te defiendas que no te estoy juzgando; solo quería entender cuáles eran tus motivaciones.

-Ganas de saber cómo le había ido en su vida y contarle también la mía.

-Olerse…

-Algo así.

-Sabiendo que por la forma en que habían terminado, las ilusiones y las idealizaciones que uno tiene a esa edad, habría altas chances de que abrieran la caja de Pandora…, -dijo el Maestro.

Ella se quedó en silencio asintiendo, para después decir:

-Y eso fue lo que pasó. Es increíble ver cómo en ciertos contextos somos completamente incapaces de evitar el peligro. Nuestro instinto de supervivencia no funciona.

-Yo pienso exactamente al revés, -la cortó el Maestro.

Ella lo miró desconcertada.

-Es nuestro instinto de supervivencia el que nos lleva a correr grandes riesgos, para sacarnos de un lugar de muerte. Para recordarnos que estamos vivos y devolvernos a la vida.

-¿Tener un romance prohibido nos devuelve a la vida?

-Frecuentemente sí. Aunque es una entre múltiples herramientas que utiliza la vida para sacudirnos. Puede ser una enfermedad, una pérdida, un despido, una quiebra, un fracaso. Nos sacan de nuestras falsas certezas y adormecimientos, que lo único que hacen es embalsamarnos en vida.

-Uff… Sea como sea, para evitar problemas, le conté a mi marido que me iba a encontrar con aquél ex novio.

-¿Cómo reaccionó?

-Como puede reaccionar alguien de nuestra edad; ya no se va a poner nervioso ni celoso. El tema es que después tuve ganas de volver a verlo…

-Y sin darse cuenta terminaron en la cama, -soltó el Maestro con calidez.

-Sí.

-¿Y cómo lo vivís?

-Al principio estaba feliz de la vida. Me revitalizó, sacudiendo toda mi existencia.

-¿Y después?

-Empecé a sentir culpa. Al comienzo no pasaba nada, pero cuando descubrí que quería seguir viéndolo me empecé a sentir mal por mi marido.

-¿Por qué querías seguir?

-Porque tenía una intimidad que no tengo con mi marido. No solo sexual, sino de encuentro.

-¿Y por qué querrías seguir con tu marido?

El silencio era muy denso.

-Porque lo amo. Armé mi vida con él, tenemos una familia hermosa, y soy feliz con ellos.

-¿Ellos? ¿Son un combo?

-No. Aún cuando mis hijos se vayan de casa, creo que sería feliz con mi marido.

-Aún cuando no tengas ni tan buen diálogo ni tan buen sexo con él…

-Sí, -contestó ella con una razonable confianza.

-¿Y entonces?

-Llegó un punto en donde la culpa me estaba matando. No quería mentirle a mi marido, mucho menos dejarlo, pero tampoco quería dejar de ver a mi ex.

El Maestro la escuchaba con ternura. -Es una de las típicas contradicciones de la vida.

-¿Típicas? ¿Y qué se hace con ellas?

-Se las atraviesa. Hay situaciones que por lo general, no tienen más remedio que convivirse. Y esperar el momento en que se diluyan o que uno pueda integrarlas.

-Yo las integré hablando con mi marido.

-Qué valiente… ¿Y cómo te fue?

-Le conté toda la verdad. Que seguía viendo a mi ex y no quería dejar de verlo, pero que lo amaba a él y no deseaba separarme.

-¿Como reaccionó?

-Para mi sorpresa, me di cuenta que él sabía todo.

-Y lo toleraba con sabiduría…

-Sí. Valoró mi sinceridad y me apoyó. Me agradeció que no tirara todo por la borda y lo dejara. Me dijo que me amaba y que me acompañaba. Sus miradas, sus palabras y su abrazo me conmovieron hasta la última célula de mi ser. Me di cuenta que estaba casada con la persona correcta.

-¿Por qué?

-Porque pudimos desarrollar el amor verdadero. Ese diálogo fue una síntesis perfecta.

-Amor maduro.

-¿A qué llamás amor maduro?, -quiso saber ella.

-Al amor que no le exige nada al otro. Al que no desea que el otro haga nada que no quiera hacer. Al que aspira a que la otra persona pueda vivir todo lo que desee vivir.

-¿Aguantar cualquier cosa?

-No; no se trata de aguantar. Es otra cosa; es respetar la libertad del otro hasta las últimas consecuencias. Claro que las elecciones de la otra persona pueden implicarnos. Entonces uno también tiene la libertad de ponerse a resguardo o seguir un camino distinto.

-¿Por ejemplo?

-Si tu marido fuera alcohólico, puede llegar un punto en donde él no pueda curarse y pese al amor que sientas por él, no quieras seguir compartiendo tu vida a su lado porque se vuelve violento, o simplemente porque no querés. Eso no quita que sientas amor y trates de ayudarlo en todo lo que puedas, desde el lugar que sea posible. Pero es su libertad, así como también vos tenés la tuya.

-O sea que para vos el alcoholismo es causal de divorcio pero la infidelidad no…

-El tema es que haya verdad. Vos no elegís quedarte con tu marido porque tenés miedo a que no te alcance el dinero. Él no se queda con vos por temor a afrontar la vejez solo. Serán pensamientos que pasan por la cabeza de ambos, pero no son lo más importante. El tema es la honestidad de uno con uno mismo. Por lo que describís, ambos eligen seguir juntos porque valoran y aman a su compañero. Entonces; ¿separarse sólo porque el otro no es perfecto? Sería una estupidez ya que toda pareja que puedan tener en el futuro también será imperfecta.

Ella escuchaba conmovida. Alguien estaba poniendo palabras a lo que sentía.

-Cuando las cosas se pueden hablar, no cambia la realidad, pero todo cambia, -dijo el Maestro. ¿Alguna idea de cómo seguir?

-No lo sé. Por lo pronto seguiré como estamos ahora, e iré viendo cómo se va desarrollando la vida. Al menos no estoy presionada tan presionada. Haber hablado con mi marido y que él comprendiera lo que me pasa lo cambia todo.

-¿Por qué?

-Para empezar, porque no me siento sola. A su vez, el hecho de poder hablar y compartir con él algo tan difícil, incrementa nuestro diálogo, intimidad y confianza. Y debo reconocer que el hecho que me aceptara como soy, fue algo revolucionario.

-¿Sí?

-Fue la primera vez en mi vida en que no tuve que merecer el amor.

El Maestro sonrió.  Ambos se quedaron en silencio honrando aquella frase tan fuerte. Ella, con lágrimas en los ojos. Él, asombrado por lo maravillosa que podía ser la vida.

-¿En qué pensás?, -quiso saber ella.

-En la maravilla que acabás de decir. El amor no es algo a merecer. Nunca. Lo que no quiere decir que no implique esfuerzos. Pero uno los hace desde otro lugar. Algunos creen que es algo sacrificado, casi tortuoso. Otros, por el contrario, no registran que al trabajar para merecerlo, lo que construyen y consienten es un intercambio, más propio del comercio. El amor verdadero es gracia; no es la consecuencia de que hagamos esto o dejemos de hacer aquello.

Ella permanecía en silencio mientras las lágrimas brotaban de sus ojos sin parar. ¿Quién en su vida no habría tenido que merecer el amor? Se sintió afortunada al percibir que en el otoño de su existencia, la vida le regalara tanto.

El Maestro le agradeció aquella conversación maravillosa y le sirvió un té que compartieron en silencio.

Artículo de Juan Tonelli: El amor no es algo a merecer.

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