“-Sombra se le llama a esa zona no iluminada que maneja los hilos de nuestra vida. Está conformada por lo que rechazamos de nosotros mismos; eso que ocultamos a los demás temiendo ser rechazados si se dan cuenta de que tenemos tal o cual característica”, explicó el Maestro.

El discípulo escuchaba atento, sintiendo que se estaba abriendo paso a algo importante.

“-Jung prefería ser un individuo completo antes que una persona buena”, agregó.

“-No entiendo bien lo que quiere decir”, protestó el discípulo. “-¿Acaso es malo ser bueno?”

“-Más que estar mal, es incompleto. Todos tenemos áreas luminosas y otras oscuras. Partes buenas y otras no tanto. Todos los males habitan nuestro corazón, y no se corrigen reprimiéndolos, por la simple razón que no son algo a corregir”, dijo el Maestro.

“-¿Entonces puedo robar un banco o violar mujeres con tranquilidad?”, provocó el discípulo.

“-Planteado en extremos es fácil convencerse de que uno es bueno. Sin embargo, la mayoría de las personas han deseado enriquecerse de cualquier forma, para escapar del tedio del trabajo, o de la inseguridad económica. También, casi todos los individuos han deseado acostarse con varias personas que se han cruzado por la vida. Y estos son solo algunos ejemplos de sentimientos que regularmente habitan el corazón humano”, explicó el Maestro.

“-Pero una cosa es que habiten nuestro corazón y otra distinta es que uno lleve a cabo todo lo que piensa o siente”, se quejó el discípulo.

“-Por supuesto. Sin embargo, si uno mira con mayor detenimiento esos sentimientos, y es honesto consigo mismo, encontrará que muchas veces desearía haberlo hecho, y sino avanzó es simplemente porque tenía miedo o porque era socialmente incorrecto”, amplió el Maestro.

“-¿Y eso está mal?”, preguntó el discípulo.

“-Es difícil analizar toda la vida en forma binaria, entre bien y mal; nosotros somos esas dos cosas, y mucho más. Igual, yendo a tu pregunta, te diría que más que estar mal, el tema es que generalmente uno reprime, tapa, y esos sentimientos quedan ocultos y acumulándose peligrosamente en otros lugares de nuestro ser”, dijo el Maestro.

“¿Peligrosamente?”

“-Toda realidad ignorada genera su propia venganza, decía Ortega”, sonrió el Maestro. “-Nuestra sombra siempre es inconsciente. El tema es que para lograr paz, necesariamente tendremos que detectarla, iluminarla, e integrarla a nuestra vida. Es decir, entender que es una parte nuestra, y aceptarla. ¿Cuáles pensás que podrían ser algunas de tus sombras?”

El discípulo se quedó pensativo. Después de unos instantes, dijo: “-Cuando jugaba al fútbol, lo que ocultaba bajo siete candados era el miedo que sentía. Tenía terror de perder, de cometer errores. Y como me daba mucha vergüenza que pudieran darse cuenta, lo tapaba, sobreactuando valentía aunque en mi interior estuviera aterrorizado…”

“-Y sí, pretender tapar una emoción tan fuerte y primaria como el miedo solo la agiganta”, asintió el Maestro.

“-Cuando me dediqué a la música, el problema central era mi enorme exigencia. Vivía frustrado por la enorme diferencia existente entre la realidad y mi propia creencia de cómo debían ser las cosas. Me esforzaba para tener una técnica perfecta que me convirtiera en una estrella, y al percibir que estaba muy lejos del objetivo planteado, me frustraba y enojaba, cargándome de una negatividad altamente tóxica…”, amplió el discípulo.

“-Más adelante, con el alcoholismo me anestesiaba del dolor emocional, la soledad y la exigencia. Sin buscarlo, me fui deslizando en ese infierno en donde el alcohol era lo único que me aflojaba. Y en la medida en que iba perdiendo el control, redoblaba mis esfuerzos por controlar y paradójicamente, peores resultados obtenía”, contó el discípulo mirando su vida con compasión.

“-Los esfuerzos por controlar suelen ser contraproducentes. La vida se rebela con una fuerza mayor a aquella con la que se intenta someterla”, explicó el Maestro con gran sabiduría.

“-Y así podría seguir”, se autolimitó el discípulo.

“-Seguí”, pidió el Maestro con delicadeza. “-Hablame de debilidades más habituales como por ejemplo el sexo.”

El discípulo se sentía expuesto.

-“Lo del sexo fue tremendo. No sé cómo me sobrepuse a tanta educación religiosa. Por la enorme condena que recibí desde chico, mi vida sexual fue una gran represión. Pasé de la virginidad a la fidelidad extrema, por no decir a la castidad”, dijo el discípulo entre risas.

“-¿Fidelidad o castidad?”, preguntó el Maestro también entre risas.

“-¿Acaso no se parecen?”, preguntó el discípulo con cierta ironía. “-Fue fidelidad, pero conforme al décimo mandamiento, no podía ni desear la mujer de mi prójimo. Mirar un culo o unas tetas estaba mal porque podía ofender a mi esposa…”

“-Ahora el binario voy a ser yo “, dijo el Maestro con una sonrisa. “-¿Acaso las personas debieran estar felices de que su compañero desee a otra persona?”

“-Más allá de lo que le pareciera a mi primer esposa, yo no me lo permitía a mi mismo. Y el contraste entre aquella arbitraria ley y lo que pasaba por mi interior era abismal. Alguien de veinticuatro años lo único que quiere es acostarse con cuanta persona puede. Pese a eso, yo negaba todo, como si fuera un monje.”

“-El delirio es creer que desear está mal ! ¿Cómo controla uno lo que desea, lo que piensa, lo que siente? Es comprensible que uno pueda considerar no seguir su deseo, o no hacerle caso a los pensamientos. ¿Pero de ahí a establecer que está mal desear? Es un disparate. Y así fue como terminé…”, completó el discípulo.

“-¿Cómo terminaste?”

“-Reprimí, reprimí, reprimí, hasta que a los treinta y dos exploté en mil pedazos y me enamoré perdidamente de otra mujer. Como eso también estaba mal y prohibido, pese a mi resistencia y contradicción, terminé separándome de mi primer mujer para casarme con ella. Otro disparate”, se confesó el discípulo con algo de fastidio.

“-¿Y cuál sería el disparate?”, insistió el Maestro.

“-Creer, nuevamente, que la sexualidad que despertó ese enamoramiento iba a ser así para toda la vida. En ese matrimonio el ciclo fue mucho más corto. Lo que en el primero me había tomado diez años, la segunda vez duró tres años. Como no podía ser infiel, terminé yéndome con otra mujer.”

“-Después del segundo divorcio empecé a darme cuenta que si seguía en ese camino podía terminar con diez matrimonios. Si no era posible desear a la mujer de tu prójimo, y la única alternativa a las poderosas pulsiones sexuales era canalizarlas con la esposa, iba a terminar como Elizabeth Taylor, casado nueve veces. Siempre fiel, pero con grandes y recurrentes rupturas que permitieran descomprimir por un tiempo, todo lo que estaba prohibido. Obviamente no era un buen plan de vida…”, contó el discípulo mirando el vacío.

“-¿Y cómo lo resolviste?”, indagó el Maestro.

“-No lo resolví!”, exclamó el discípulo. “-Creo que es un tema complejo y no algo a “solucionar”. Igual, paré de contraer matrimonios, empecé a vivir experiencias que tenía que vivir, y en los períodos que volví a estar con una pareja estable, si bien traté de ser fiel, nunca más pretendí no desear a otras mujeres. Aprendí que eso no lo controlo en lo más mínimo, por lo cual solo me queda percibirlo, dejarme atravesar por esos sentimientos o deseos, sin por ello concretarlos”, completó el discípulo.

“-Hacés una reflexión muy realista”, acompañó el Maestro. “-Te diría que todos los hombres y mujeres que me vienen a ver tienen una doble vida en materia sexual. Muchos la llevan a cabo, y otros no; solo dan rienda suelta a sus fantasías. Mientras se acuestan con su pareja piensan en cualquier otra persona salvo con la que están teniendo sexo…”

“-Durante años me pareció mal. Ahora, que soy un viejo, no juzgo. Simplemente soy un testigo de la vida. Esa aventura increíble que a veces conducimos y que en muchos casos nos pasa por arriba. Y aparte de no juzgar, lo que nunca hago es negar ni mucho menos intentar definir cómo debe ser la realidad. La realidad siempre es lo que es”, dijo el Maestro.

“-Está claro que todo aquello que tapamos o que mandamos al sótano porque no nos gusta, termina volviendo con más fuerza. Esa es nuestra sombra. Y lo que debemos hacer es bajar al sótano, prender la luz, ver qué hay, entender por qué llegó ahí, y cómo podemos hacer para que eso no siga aprisionado, condicionándonos y desestabilizándonos”, agregó el Maestro. “-¿Cómo es tu relación con el dinero?”

“-Bastante contradictoria. La resultante de una moral religiosa y la enorme presión cultural por ser rico”, dijo el discípulo victimizándose.

“-¿Podrías ser más preciso?”, solicitó el Maestro.

“-Mi religión condenaba toda corrupción y codicia. Y la cultura me exigía ser millonario sin importar los medios. La sociedad tiene una mirada muy indulgente acerca de cómo las personas se vuelven ricas. Una vez que alguien tiene mucho dinero, solo importa eso, y nadie tiene en cuenta las barbaridades que hizo y que hace para tener esa fortuna”, se quejó el discípulo.

“-¿Y vos?”, confrontó el Maestro.

“-La llevé como pude. En mis años de castidad, también cumplía las normas y era un empleado correcto. Tenía una gran pulsión y tentación a tomar atajos que me volvieran rico. Algunas transgresiones cometí, pero la verdad es que me costaban mucho. Me sentía mal, poniéndome muy nervioso y sintiéndome culpable…”

“-¿Y ahora?”, insistió el Maestro.

“-Sigo teniendo un importante anhelo de tener dinero, pero ya no a cualquier precio. Descubrí que transgredir ciertos límites me hacía mucho mal a mí. Podía ganar el dinero pero después no me sentía bien, así que opté por dejar de lado conductas que me angustiaban”, agregó el discípulo.

“-Nada muy virtuoso que digamos”, dijo el Maestro sonriendo.

“-En absoluto”, contestó el discípulo en forma categórica.

“-¿Y no te angustia no tener mucho dinero?”, aguijonéo el Maestro dejando expuesta la contradicción.

“-No sé si la palabra es angustia. Probablemente un poco si pienso en que me pueda faltar algo cuando sea viejo. Pero me complica más en el presente, cuando a veces me siento un boludo frente a tanta gente que gana mucho dinero sin tanto esfuerzo o capacidad…”, contestó el discípulo con cierta melancolía.

“-¿Encontrás alguna linea que una todas estas sombras que señalaste?”, preguntó el Maestro.

Ante el silencio y la cara de sorpresa del discípulo, le dijo: “-Tu necesidad de ser querido, reconocido, amado.”

Dispuesto a ir a fondo, el Maestro explicó: “-esa necesidad es la mayor de las sombras de todo ser humano. Todas nuestras sombras más oscuras anclan en nuestro desesperado intento por ser queridos, valorados, amados. Como no nos miraron, estamos ansiosos y necesitados. Pero nada de lo que hacemos nos salva de ese agujero negro, porque nada que el otro haga va a salvarnos de ese abismo. Nos hacemos expertos en dar, y en construir un personaje que aunque nunca lo diga, solo anhela ser amado. “

“-¿Y cómo se hace con semejante verdad”, balbuceó el discípulo con impotencia.

“-Poniendo nuestras sombras a la luz. Enterándonos que las tenemos. Que nos condicionan y nos hacen infelices. Que nunca nos van a saciar. Pero para poder hacer eso tenemos que parar de juzgar. Dejar de descalificar y definir qué es lo que está bien y qué está mal, para poder percibir la realidad entera, tal como es. La nuestra y la que nos rodea. Por eso Jung prefería una persona completa antes que una buena”, completó el Maestro con una sonrisa.

Artículo de Juan Tonelli: Sótanos.

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