Al tomar la computadora para chequear su correo electrónico, Claudia encontró abierta la página de Facebook de su novio. A no ser por el chat hot que estaba ahí, nunca se hubiera puesto a investigar lo que hacía su pareja.

Después de confirmar el peor escenario de que su novio tenía una amante, fue a la cocina para terminar de preparar la cena. Tan pronto él llegó del gimnasio y se duchó, se sentaron a comer.

“- Dejaste tu Facebook abierto…”, dijo Claudia, como si nada.

Fede, aunque en estado de alerta máxima, optó por minimizar el hecho con la ilusión de que no hubiera ocurrido lo peor.

La siguiente frase de Claudia destruyó toda esperanza. “-¿Quién es Adriana?”

“-Nadie”, contestó Fede minimizando el tema,  mientras su corazón latía a doscientas pulsaciones por minuto.

“-¿Y entonces por qué le decís que es la mujer con la que mejor cogiste en toda tu vida?”, disparó Claudia a quemarropa.

Aún aturdido del mazazo que acababa de recibir, Fede intentó ensayar una respuesta. “-Nada, no significa nada para mí.”

“-O sea que te la cogías”, continuó Claudia, ratificando morbosamente algo que ya sabía.

Muriéndose en su interior e incapaz de continuar con aquella violencia, ella se paró y se retiró al cuarto. Sin derramar una sola lágrima, hizo su valija y pese a todos los esfuerzos de Fede por detenerla, se fue a la casa de sus padres.

A ellos no les dio más explicación que el hecho de haberse peleado con su novio. ¿Qué podría contarles, si esa situación se vivía cotidianamente en su casa? Su padre tenía una mujer y una novia, y pese a que la situación era muy dolorosa para su madre, ella finalmente la aceptaba.

¿Cómo podrían entender que se había separado solo porque su novio tenía una aventura? Su padre convalidaría la situación por considerarla inherente a los hombres. Y su madre, para evitar que su hija se convirtiera en un espejo de lo que ella debía hacer y no se animaba.

El tiempo pasó y pese a los enormes esfuerzos de Fede por recomponer la pareja, Claudia no cedió ni un milímetro. ¿Estaría cobrándole todo lo que había sufrido como hija al ver la situación de su madre? ¿Querría evitar repetir la historia de sus padres?

Después de algo más de un año, Fede comprobó que el enojo de Claudia no era pasajero, por lo que no tuvo más remedio que continuar con su vida.

Ella en cambio, decidió ir a ver a una tía soltera y sabia, con más batallas encima que Napoleón. Durante la primer parte del encuentro le contó con lujo de detalles todo su pequeño drama sentimental.

“-¿Y cómo te ayudo?”, preguntó la tía.

“-La verdad que no lo sé”, se sinceró.

“-¿Cómo pondrías en palabras la razón que te llevó a venir a verme?”, insistió la dama.

“-Las ganas de poder contarle a alguien el tema, ya que en mi casa no es posible. La ilusión de poder llorar por todo lo que no lloré delante de él…”, continuó Claudia mientras se le quebraba la voz.

“-¿Y por qué no lloraste enfrente de él?”

“-No quería que me viera sufrir. Pretendía que se pudriera en el infierno y creyera que a mí no me dolía…”

“-¿Y vos pensás que porque él no te vio llorar, presupuso que vos no estabas sufriendo?”

“-Lo dudo, pero al menos, no puede estar seguro de que no sea así”, se defendió Claudia.

“-¿Importa?”, repreguntó la tía, intentando romper su estructura.

“-A la distancia creo que no”, dijo Claudia casi avergonzada.

“-¿Pensás que tu decisión estuvo condicionada por la historia de tus padres?” A Claudia se le llenaron sus ojos de lágrimas.

“-¿Estás arrepentida?¿Volverías con él?”

Después de pensar unos instantes, Claudia improvisó una respuesta.

“-No volvería con él porque ya ninguno de los dos somos lo que éramos. No es un problema de rencor sino que la vida nos pasó por arriba…”

“-¿Pero si ambos quisieran, es posible refundar”, sugirió su pariente.

“-Es que ya pasó tanto tiempo y tanta vida que me parece que no sería sincero. Ya somos otros…”, volvió a repetir Claudia.

“-¿Sentís que tu decisión fue un error?”, insistió la tía con la pregunta que había quedado sin responder.

“-En cierto sentido, sí…”, dijo Claudia con algo de pudor.

“-¿Por qué?”

“-Porque fui implacable y tendría que haber tenido una mirada un poco más amplia de las cosas.”

“-¿Cómo sería una mirada más amplia?”, indagó.

“-No sé, ver si yo estaba fallando en algo, entender qué fue lo que lo llevó a Fede a estar con otra mujer…”

“-¿Pensás que él fue infiel porque había problemas entre ustedes?”

“-Y … sino, ¿por qué se acostaría con otra?”, dijo Claudia con un tono resignado.

“-Por las más diversas y banales razones”, la cortó su tía.  “-¿Alguna vez comés en exceso, Claudia?”

“-Con frecuencia”, contestó ella sin entender bien el por qué de la pregunta.

“-¿Y qué pensás que es lo que te lleva a comer cuando no tenés hambre?”

“-Uff”, suspiró Claudia. “-Como porque me gusta, por placer. También porque estoy ansiosa. Otras veces por la gratificación inmediata que me da la comida. O porque estoy aburrida, distraída conversando con amigas, cansada, o qué se yo cuántas razones más…”, completó lacónicamente.

“-Con el sexo pasa algo parecido”, soltó la tía, plenamente consciente de la bomba que acababa de tirar.

“-No podés comparar”, dijo Claudia indignada. “-El sexo involucra el alma de las personas; no somos animales.” Por más que ella defendió su postura con vehemencia, algo en su interior le recordaba que aunque los seres humanos fueran más evolucionados que un animal, tampoco podían sustraerse de esa condición primitiva, instintiva, básica.

“-En mi experiencia de vida, he comprobado que los hombres tienen relaciones sexuales por las razones más banales y básicas. Se puede buscar complejizar el análisis, pero creo que no se ajusta a la realidad…”

“-¿Y cuál es la realidad?” preguntó Claudia desafiante.

“-Que a cierta de edad de la vida, los hombres desean acostarse con cuanta mujer pueden. En algunos casos eso es a los veinte, en otros a los treinta. Pero definitivamente ningún hombre es ajeno a este sentimiento después de los cuarenta años.”

Claudia se quedó en silencio, habiendo preferido no escuchar algo así.

“-No pretendo justificarlo, pero mucho menos condenarlo. Es simplemente una conclusión a la que arribé después de escuchar a cientos de hombres y mujeres de las edades más diversas”, completó.

Claudia estaba algo aturdida. Si esa era la verdad; ¿por qué no se decía con todas las letras así cada uno podía elegir qué hacer con esa realidad?

“-Estás dando por sentado que es posible disociar el cuerpo de lo que sentimos por la otra persona”, interpeló Claudia.

“-¿Acaso no es un dato de la realidad, con cientos o miles de millones de personas que lo hacen?, contestó con paciencia la dama.

“-¿No está lleno de mujeres que se acuestan con sus parejas, no porque tengan ganas o deseen encontrarse con él, sino para que no se vaya con otra, o para evitar un conflicto, o para obtener algo que desean? ¿Cómo llamarías eso? La vida no es redonda, querida… Y no somos solo seres espirituales.”

Claudia escuchaba entre atónita y deprimida. “-En mi experiencia, los hombres se acuestan con otras mujeres, no porque tengan un problema concreto con sus parejas, sino porque es algo casi instintivo, básico”, amplió.

“-¿Instintivo? ¿Básico?”, repitió Claudia indignada. “-No te parecen superfluas las razones que estás planteando?”

“-Por supuesto que sí”, fue la sincera respuesta de su tía, que no hizo más que desacomodarla. “-Está claro que todos se acuestan por placer, pero también por la búsqueda de variedad, de conocer otros cuerpos y otras mujeres; de conquistarlas y poseerlas; de sentirse vivos; de tener otros espacios de intimidad; de conocer algo nuevo, incierto… Son razones banales pero la mayoría instintivas, y por ende, muy poderosas”, completó.

Claudia se sentía entre sorprendida y enojada. Lo que estaba escuchando era, en cierto sentido, algo nuevo. Sin embargo, no le resultaba ajeno. De alguna manera, lo había percibido a lo largo de sus años de vida. “-¿Entonces no tengo ninguna chance de encontrar un hombre que vaya a ser fiel?”, preguntó con cierta desilusión.

Su tía, mientras se sacaba los anteojos para limpiarlos, le dijo: “-Así formulada, más que una pregunta es una trampa para vos misma…”

“-¿Por qué?”

“-Porque a mí entender, la fidelidad no debiera nunca ser un fin en sí mismo. En todo caso, se trata de una dirección hacia la cual moverse, en la medida que una pareja sea capaz de crecer en profundidad del vínculo. Y así y todo, nunca debe dejarse de lado la condición del hombre, que es un ser espiritual, pero también animal. Podemos ser profundos, pero definitivamente somos banales.”

“-Ver las cosas tal cual son y no como nos gustaría que fueran,  nos evita sufrimientos innecesarios y nos ayuda a vivir.”

“-¿Vos decís que no hay hombres fieles, entonces?”, preguntó Claudia, sin querer darse por vencida.

“-Sin lugar a dudas que los hay. Solo que en mi experiencia, la gran mayoría de los que son fieles, lo son por razones poco virtuosas. Cuando uno conversa con ellos a fondo, las motivaciones que aparecen podrían resumirse en una sola: el miedo. Algunos alegan que está mal, pero cuando uno indaga en profundidad, se sinceran reconociendo que desearían hacerlo pero no quieren tener problemas con su mujer. Y así transitan la vida, reprimiendo.”

“-¿Y es malo reprimir conductas incorrectas?”, provocó Claudia.

“-Por supuesto que no. Cabría preguntarse si esto es como matar a alguien o robar un banco ¿O será un análisis algo infantil?”

“-¿Y cómo sería un análisis adulto?”, provocó Claudia, muy afectada.

Mirándola con ternura, la tía continuó. “-Supongamos que tenés setenta años y que amás en serio a tu marido, con el que llevás cuarenta años de pareja. Te gustaría enterarte que él se pasó treinta y cinco queriendo acostarse con otras mujeres, pero que no lo hizo solo porque estaba mal?” La pregunta desconcertó a Claudia. “-¿O preferirías que él hubiera tenido esa conducta por alguna razón más virtuosa?”

El silencio invadía el ambiente. “-Te lo voy a poner en términos más claros. Al final de tu vida y con varias décadas de pareja; ¿te gustaría que tu marido te hubiera sido fiel por haberse reprimido? ¿O preferirías saber que fue una persona libre, que corrió riesgos, conoció el mundo, y gracias a eso eligió seguir compartiendo la vida con vos?”

“-Me parece que el planteo binario es el tuyo”, le espetó Claudia.

“¿Por qué?”, preguntó la tía.

“-Porque plantea dos opciones extremas, maniqueas”, expresó Claudia con mucha seguridad.

“-En mi experiencia, son los dos casos que escucho todos los días. Lo demás, son fantasías.”

“-¿Pero no te parece que cuando uno se casa, elige?”, insistió ella.

“-Por supuesto”, dijo la señora. “-El tema es que uno elige con los elementos de juicio que tiene en ese momento, y la vida es larga y cambiante. Las perspectivas van mutando con los años.”

Viendo a Claudia deprimida, la tía decidió moverse en otra dirección. “-Así y todo, te cuento que hay una alternativa que a mi modo de ver es la mejor, pero que es realmente poco frecuente.”

Ella abrió los ojos, como queriendo aferrarse a alguna esperanza. “-A mi entender, la mejor alternativa es crecer en profundidad del vínculo, tratando que la sexualidad se vaya convirtiendo en un punto de encuentro, casi sagrado…”

“-Pero si es de lo que estoy hablando yo”, protestó Claudia.

“-Te puedo asegurar que no estamos hablando de lo mismo”, la corrigió con delicadeza. “-Vos te referís a algo que pretendés que exista de entrada. Yo señalo algo que cuesta muchos años y mucho trabajo conseguir. Que ni siquiera es algo a lograr, sino más bien un norte al cual dirigirse.”

Claudia la miró como pidiendo que ampliara el concepto. “-Casi todas las mujeres aspiran a la fidelidad porque les enseñaron que así debe ser. Curiosamente y pese a todo lo que sufrimos porque la realidad no se ajusta a esa idea, ninguna de nosotras la cuestiona. Hay una hipocresía y una necedad muy importante. Peor aún, pareciera que fidelidad es sinónimo de amor e infidelidad de desamor, cuando no necesariamente es así”, prosiguió su tía.

“- Por otra parte, en el cumplimiento de los mandatos no hay elección; solo imposición. A mi me parece más saludable que ambos miembros de una pareja transiten los caminos que tengan que recorrer para poder conocer, y sean capaces de ir eligiendo en libertad y profundidad aquello que es mejor para sus vidas. Es un punto de llegada, nunca de partida.”

“-¿Por qué no puede ser un punto de partida?”, planteó Claudia, sin darse por vencida.

“-Por la sencilla razón que es imposible tener una sexualidad madura cuando uno no lo es. Y lleva toda una vida madurar. Por lo general, lo que uno ve al principio es pura genitalidad y pulsión hormonal. Eso no tiene nada que ver con el amor y el encuentro. Luego, si la pareja dura, viene la rutina. Que involuntariamente se desliza a represiones por mandatos y miedos; o a ciertas licencias para descomprimir; o a inevitables separaciones. Todo, muy lejos del amor… “

“-¿Y por eso es mejor habilitar cualquier conducta?”, provocó Claudia.

“-En realidad, más que habilitar cualquier cosa, se trata de que cada persona pueda conocerse a sí misma. Averiguar quién es. Entender su historia de vida, sus anhelos, sus fantasías, sus pulsiones…Y que en la medida que se vaya descubriendo, pueda ir eligiendo cómo quiere vivir.”

“-También -prosiguió-, que en vez de tratar que el otro se adapte a nuestras necesidades y carencias, poder conocerlo, darle todo el lugar que necesite para su desarrollo y expresión. Y ahí sí, ir encontrándose en los tiempos y formas que sean buenas para ambos…”

Y a modo de conclusión, sostuvo: “-Está claro que somos mucho más que animales. Pero nunca debemos confundirnos al punto de creer que sólo somos seres espirituales.”

Claudia se sentía como si la hubiera arrollado un tren. Sin embargo, estaba tranquila. “-¿Y ahora que hago?”, preguntó entre risas.

“-Te diría que empieces por enterarte”, cerró la tía con una sonrisa.

Artículo de Juan Tonelli: Los hombres son todos iguales.

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