“-¿Y esto lo podés hablar con él?”

“- La verdad que no.”

“-¿Por qué?”

“-Porque siento que no tengo margen para hacerlo. Son asuntos muy complejos que le resultan intolerables. Sea porque abordar el tema le provoca mucho dolor, o sea porque niega para poder seguir viviendo, lo cierto es que no tenemos posibilidades de hablar esto en forma sincera y adulta.”

Las palabras de Diana sonaron pesadas, inamovibles.

Después de unos segundos de silencio, su amiga preguntó:

“- ¿Y van a seguir viviendo así? Va a ser muy difícil, porque debajo de la superficie hay diferencias muy estructurales… Si no se pueden poner estos temas sobre la mesa, los puntos de contacto y encuentro entre ustedes serán muy reducidos.”

“-¿Y qué puedo hacer si él no quiere escuchar? Siento que apenas nos aproximamos al tema, o lo minimiza o lo niega, como parte de su negación estructural a un problema muy doloroso. Y si soy un poco más incisiva, la conversación se prende fuego porque le resulta intolerable”, insistió Diana con algo de resignación.

“- Entonces tu estrategia es “de esto no hablamos y que las cosas se acomoden solas”, provocó la amiga.

Diana no lo había pensado así, pero en el fondo, esa era la situación.

“-¿Y cuál es tu reacción cuando salen estos problemas y vos te das cuenta que no podés hablar?”, preguntó la tenaz amiga.

“- Desconecto. Puedo hacerlo en forma emocional, quedándome físicamente con él pero con mi alma a kilómetros de distancia. O sino, lo que es más sano para todos, cada uno a su casa y a procesar en soledad, bajando los decibeles del desencuentro.”

Aunque aquella estrategia parecía muy pobre, la amiga no estaba en condiciones de juzgar. La vida en pareja solía ser difícil para todas las personas, quienes la transitaban como podían.

“-¿Y por qué pensás que siguen juntos?”

“-Porque en el fondo nos amamos. Ambos tenemos admiración y respeto por el otro, y cuando podemos hablar y conectar, es realmente maravilloso”, dijo Diana recuperando la esperanza.

“-Creo que tienen que encontrar una forma de poder expresar todo lo que tienen adentro. De lo contrario, el desencuentro irá aumentando porque la diferencia entre sus expectativas y las tuyas irá creciendo ya que el tiempo en este caso juega en contra”, reflexionó la amiga.

“- Parece el modelo que tenían nuestras abuelas, en donde el tipo se rajaba y aparecía varios días después tranquilo, sin dar explicaciones. Y en donde las mujeres, por mandato, por miedo, por apariencias, estaban obligadas a aceptar esa situación sin siquiera hacer una pregunta. ¿No hubiera sido más sano explicar que estaban hartos de los chicos, de la casa, de la vida, de su mujer, o que querían acostarse con otra, en vez de desaparecer? El modelo se repetía una y otra vez, pese a ser muy pobre para ambas partes. Para el hombre porque no tenía libertad y tenía que moverse como un fugitivo, y para las mujeres porque no terminaban de entender qué estaba pasando y solo podían elegir aceptar o rechazar la situación, sin conocer bien lo profundo. Creo que, cincuenta años después, podemos encontrar formas de vivir mejor…”, completó la amiga con un tono inspirador.

Diana estaba sensibilizada por lo complejo de la situación y porque las palabras de su amiga eran muy verdaderas.

“-En el fondo, ustedes son dos personas muertas de miedo. Tienen pánico de ser rechazadas o abandonadas. Es comprensible, pero no aceptable.”

“-Si lo fuera, ninguna pareja viviría mejor que ustedes, porque en el fondo, todos venimos de abandonos emocionales parecidos cuando éramos niños. No nos prestaron la atención que necesitábamos; no nos miraron.”

“-Pero no por eso debemos seguir como chicos, pretendiendo hacer solo lo que ellos quieren. Y para simular madurez, tolerar lo que el otro quiere. El resultado es una pareja muy pobre en donde ambos compensan tolerancias. Si bien la paciencia es un requisito central de todo matrimonio y hasta de la vida, lo cierto es que uno debiera aprender a desarrollar espacios comunes, y que vivir no solo sea aguantar al otro. Debemos involucrar al otro en nuestra vida, contarle en qué lugar existencial estamos, hacia cuál querríamos ir, y sobre todo, cómo nos imaginamos ese caminar juntos…”

Los ojos de Diana estaban llenos de lágrimas. Su amiga, dispuesta a completar la cirugía, prosiguió.

“-Y tampoco es cierto querida amiga, que todos los problemas están del lado de él. Me hubiera gustado escucharte  hablar de tus propias dificultades. Aquellas limitaciones que te impiden que el otro pueda vincularse a fondo con vos. Sin embargo, no dijiste nada…”

“-¿Y cuál decís que es mi dificultad principal?”, preguntó Diana, escéptica de que sus problemas tuvieran algo que ver con la crisis de pareja.

“-Creo que tenés una carencia afectiva tan grande que aunque te muestres independiente y superada, en el fondo, estás desesperada. Como no te sentís amada, sobreactuás que no necesitás nada cuando en realidad en tu interior te estás muriendo.”

“-Lo peor, es que ese sentimiento de no sentirte bien amada por tu pareja no tiene que ver con que él no te ame sino con tu exigencia. Le pedís al otro que tenga un amor que solo Dios, si es que existe, podría darte. Como te faltó eso cuando eras niña, inconscientemente estás buscando quien pueda tener un amor tan abrasador y perfecto, que repare aquél pasado doloroso. Pero eso no va a ocurrir nunca. Porque ningún ser humano ama perfecto, y porque el problema no es el amor del otro sino tu carencia, que termina siendo una aspiradora emocional, un barril sin fondo…”

Diana sintió que la habían desnudado. “-¿Y qué decís que haga?”, preguntó con una mezcla de desesperación y angustia.

“-Esto no es una receta de cocina…”, le respondió su amiga con compasión. “-Pero te diría que empieces por enterarte… “

“-¿Y después que me haya enterado?”, continuó Diana ansiosa por salir de la situación en la que estaba.

“-Más despacio, compañera”, la cortó su amiga. “-Así como leer no es aprender, escuchar tampoco es enterarse. Lo que yo llamo enterarse es involucrar a todo nuestro ser en una situación. No es racionalizar sino comprender algo en profundidad. Cuando eso pasa, uno se pone en marcha. Pero quedate tranquila. Al identificarte con las situaciones, reconociste tu problema. Y ese es un proceso que no tiene vuelta atrás. Solo tenés que darle tiempo, y alimentarlo. “

Diana le apretó las manos con fuerza, agradeciéndole con una sonrisa y los ojos brillantes.

Artículo de Juan Tonelli: Entender cambia la vida.

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