Que una pareja se rompiera por un tercero era -a su juicio-, un drama común. Después de todo, aunque los integrantes lo vivieran como un hecho catastrófico y estuvieran convencidos de ser las únicas personas de la historia a quienes que les ocurría, la realidad era otra.

Sucedía con frecuencia, y dentro de las vicisitudes que podía deparar la existencia humana, no era tan grave. Por más que los involucrados no lo creyeran, había sobre vida después de un abandono sentimental.

El terapeuta imaginó el dolor de esa mujer que tenía enfrente. Con unos cincuenta años, y después de toda una vida de casados, su marido seguramente la habría abandonado por una más joven.

“- ¿Cuánto hace que él se fue con esa otra mujer?”, preguntó.

“- ¿Con esa chiruza? Y, hará unos veinte años”, expresó con un fuerte enojo.

La respuesta lo dejó congelado. ¿Veinte años? Después de haber escuchado un rato a la paciente, había supuesto que el suceso habría ocurrido tres o cuatro meses atrás. Pero veinte años abrían las puertas del infierno.

Evidentemente la mujer tenía aquella vivencia totalmente cristalizada. No había ninguna chance de que hubiera rehecho su vida.

“¿-Y qué fue de la vida de su ex?¿Tiene pareja, otros hijos además de los dos que tuvo con usted?”

“- Sigue con esa puta. Tuvieron cuatro hijos”, respondió indignada.

Sin saber por dónde abordar el caso, el terapeuta intentó moverse en otra dirección. “- ¿Usted cuánto tiempo estuvo casada?”

“- Casi seis años, más uno y medio de noviazgo.”

El problema era realmente grave. Aquella mujer se sentía despechada como si la hubieran abandonado el día previo, cuando en realidad eso había ocurrido dos décadas atrás.

Por otra parte, mientras ella había sido incapaz de rehacer su vida, aparentemente su ex marido había logrado una estabilidad importante. Veinte años con la misma pareja y cuatro hijos con su nueva mujer no daban lugar a dudas. Si el hombre había podido desarrollar una nueva relación tres veces más duradera que la anterior, era evidente que el problema principal estaba en la antigua pareja, o en la paciente, pero no tanto en aquél hombre.

Después de entender cómo se había desencadenado el romance de la discordia, y el doloroso proceso posterior, el terapeuta decidió tomar el toro por las astas.

“-¿Y por qué usted no pudo rehacer su vida y enamorarse nuevamente? Cuando su ex marido la abandonó usted tendría unos treinta años…”, dijo con suavidad.

“- Cuando ese desgraciado nos abandonó a mí y a mis hijitos, yo tenía veintinueve años. Una vergüenza”, dijo ella con un enojo que le salía por los poros.

El terapeuta sentía que estaba frente a una roca del tamaño del Everest. Algo inconmovible e imposible de ser movilizado.

“-¿Y no le da tristeza saber que está malgastando su vida?”, insistió con pocas esperanzas.

“- ¿Tristeza? No, doctor. Estoy furiosa por lo que ese señor nos hizo a sus hijos y a mí.”

“-¿Se refiere a lo que pasó hace más de veinte años?”, provocó.

Ante el silencio que ratificaba el acuse del impacto, continuó.

“- ¿Es consciente que toda su energía está puesta en el lugar equivocado, impidiéndole seguir con su vida?”

“- Sí claro”, dijo ella con una llamativa convicción.

“- Poco después de comprender que ese desgraciado no iba a volver más con su familia, yo tenía dos opciones. Intentar ser feliz pese a todo, o hacer que él se sintiera un miserable, y que su vida fuera un infierno…”

A pesar de tener una extensa experiencia, el terapeuta no dejaba de asombrarse por la paciente que tenía enfrente.

“- Y obviamente elegí lo segundo”, dijo ella con una magnanimidad y confianza que intimidaban.

El terapeuta estaba conmovido. ¿Cómo era posible que tantas personas eligieran voluntariamente destruirse?¿Por qué algunos después de haber sido heridos, podían comprender, perdonar, sanar, y seguir adelante? ¿Y por qué otros, en cambio, se sentían humillados y gastaban toda su energía en tratar de arruinar la vida de sus ex, como si eso le diera sentido a las suyas?

Pese a ser la primer consulta, ante tamaña situación el terapeuta decidió jugarse el todo por el todo.

“-¿Y para qué viene acá?¿Qué espera que ocurra?”

“- Que me ayude”, dijo ella algo molesta.

“- ¿A qué?¿A odiar mejor?¿O quiere que la felicite por la buena tarea que está haciendo?”, disparó él.

La atmósfera del ambiente se podía cortar con un cuchillo.

Después de unos minutos que parecieron horas, ella dijo: “- No quiero seguir viviendo así”, con una voz que por primera vez dejaba entrever alguna grieta.

“- Quiero poder desarrollar mi vida, pero a su vez, siento que ya la desperdicié. Los mejores años ya pasaron. ¿O usted cree que a mi edad y con este cuerpo es fácil encontrar una buena pareja?”, dijo ella intentando justificarse.

“- Por otra parte, además de criar a mis hijos, mi misión principal ha sido joder a mi ex, asegurarme de que no le vaya bien. Si dejara eso atrás; ¿qué hago de mi vida?”

El terapeuta no salía de su asombro. Por lo atroz de las palabras, y por la consciencia que ella tenía de la situación. ¿Habría alguna oportunidad de ayudarla en función de la aguda auto crítica realizada, o sería solo una ilusión?

Su experiencia le indicaba que muchas personas elegían odiar. En algún sentido, era más fácil dedicarse a destruir la vida de otro, que intentar hacer algo con la propia. Aunque bien valiera la pena, esto último era siempre mucho más trabajoso.

Reflexionó sobre la identidad. ¿Cómo era posible que las personas encontraran un sentido a su vida con semejante disparate? La mente, esa máquina capaz de explicar y justificar cualquier cosa le recordó a los fundamentalistas y guerrilleros. Aunque el poder formal y democrático de occidente pudiera ser aún más cruel, siempre era más fácil visualizar los errores de los débiles.

“- Entiendo que usted no es una mujer de veintinueve años con un cuerpo escultural. Como también es inevitable que con tanto odio tenga varios problemas de salud… A ver, yo puedo ayudarla, siempre que usted esté dispuesta a correr el riesgo de hacer algo con su vida. Si su elección es poner toda su energía en arruinarle la vida a su ex, no tengo nada para hacer. Ahora si usted elige vivir, podemos recorrer un camino”, dijo el terapeuta.

“-¿Y qué sería elegir vivir?, preguntó ella entre sarcástica y curiosa.

“-Decidir llevar bien lo que la vida le presenta. Ni usted ni nadie necesitan de una pareja para ser feliz. Los seres humanos necesitamos muy pocas cosas. Pero nuestras programaciones nos hacen creer que seremos infelices si no tenemos una buena pareja, una familia, una linda casa y auto, un trabajo bien pago y con sentido… Y en realidad, todas esas ideas lo único que generan es mucha infelicidad, ya que a lo sumo podemos tener algunas pocas, y durante un tiempo. Pero nuestra cabeza no para de recordarnos todo lo que nos falta, y eso arruina la vida.”

“- Es una idea moderna pensar que la felicidad es la ausencia de problemas y frustraciones. Y por cierto, una idea errada. No tiene ningún correlato con la realidad y produce muchísimo sufrimiento.”

“-Por otra parte, perder el rumbo nunca es un problema. Nos pasa a todos. El tema es no tener la humildad de querer recuperarlo. El problema no es haber perdido mucho tiempo, sino decidir continuar perdiéndolo.”

“- Usted elije. Si tiene la humildad de buscar su camino, y está dispuesta a dejar atrás ese pasado que le resulta tan querido porque hace veinte años que lo abraza con todas sus fuerzas, me llama.”

Como si hubiera combinado con el terapeuta, el siguiente paciente tocó el timbre.

Artículo de Juan Tonelli: Elijo odiar.

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