“Hace cincuenta años que para mí la pregunta clave es: ¿Creo en lo que hago?”

Francisco hizo una pausa para reflexionar, y no tuvo más remedio que cerrar el libro. No tenía sentido seguir leyendo. La idea de aquél monje benedictino lo había interpelado. Una enorme fractura se acababa de producir en su interior. ¿O ya estaría de antes y la pregunta solo la había puesto en evidencia?

¿Creo en lo que hago? ¿Cincuenta años haciéndose esa corrosiva pregunta? El interrogante era incisivo como un bisturí. Los grandes temas de su vida empezaron a desfilar por su mente con total impunidad.

Recordó los años de trabajo en lugares en los que no quería estar. Proyectos en los que no creía, jefes en los que no confiaba, en donde todo era simulación. Simular que era un empleado trabajador y comprometido, cuando en realidad no le interesaba en lo más mínimo lo que hacía. ¿Por qué se habría quedado tanto tiempo sintiéndose así?

Suspiró al revivir las razones. Porque necesitaba el dinero; porque para la sociedad era un buen empleo o porque recibía beneficios que le gustaban. Y más allá de la conveniencia, se dio cuenta que también había mucho temor. Demasiado. Miedo de enfrentarse a un jefe; miedo de no encontrar un trabajo mejor; miedo a no tener dinero; miedo a arriesgarse por algo que le gustara.

El miedo, siempre haciendo estragos en la vida del ser humano.

Recordó una encuesta de Gallup en donde el ochenta por ciento de la sociedad occidental estaba disconforme o decepcionada con su trabajo. ¿Cuánto correspondería a la insatisfacción crónica del género humano, y quiénes tendrían razón en estar tristes por un trabajo sin sentido? Y del probable enorme grupo de los que durante años realizaban tareas que no les gustaban; ¿cuántos serían los que verdaderamente no tendrían ninguna otra alternativa?

Por lo general, el hombre solía carecer de osadía para buscar soluciones a problemas complejos. Grandes masas humanas se resignaban con rapidez, y empezaban a construir argumentos que justificaran esa vida sin corazón. Siempre habría muchas buenas razones para  quedarse quieto en una mala vida.

Un estudioso de las organizaciones empresariales había entrevistado a miles de gerentes. Cuando les preguntaba a aquellos que pertenecían a empresas que no eran líderes, qué es lo que necesitaban para serlo, siempre recibía la misma respuesta: no tenemos dinero. Sin embargo, cuando les repreguntaba cuánto dinero requerirían para llevar a cabo eso que soñaban, la respuesta siempre era vaga y difusa. Nadie lo sabía.

En el fondo, la falta de presupuesto era la excusa perfecta para dejar todo como estaba y no tomarse el trabajo, ni correr los riesgos de ponerse en marcha. ¿Qué hubiera pasado si les hubiera dado el dinero que necesitaban? Seguramente los hubiera puesto en una situación muy incómoda al dejarlos sin excusas.

Las imágenes del sin sentido en  la vida laboral parecían no tener fin. ¿Acaso Scott Adams no se había vuelto millonario por inventar Dilbert, un cómic que retrataba con precisión el absurdo funcionamiento de las organizaciones? ¿No era inquietante la idea Tom Peters, de que el único epitafio que no quería tener era: “Pudo haber hecho cosas fantásticas, pero su jefe no se lo permitió”?

Del frustrante ambiente de trabajo, Francisco pasó sin escalas al más escabroso asunto sentimental. Recordó algunas parejas que había tenido que, pese a no ir para ningún lado, habían durado años. Porque no quería estar solo; por necesitar a alguien que lo ayudara con la casa o los hijos; por tener una compañera sexual, y por muchas otras razones. Si bien no se encontró en el horrible caso de tener una novia por conveniencia económica, registró varias con las que había convivido años a sabiendas de que eran relaciones sin futuro, por no animarse a romper el statu quo.

Volvió a su mente el tema laboral. Recordó las infinitas reuniones y presentaciones absurdas, donde personas sin autoridad creían conducir a alguna parte, a un grupo de cínicos que se limitaban a asentir con la cabeza y expresar falsos elogios.

Recordó la redacción de un diario en el que había trabajado quince años atrás y que había vuelto a visitar la semana anterior. Se había reencontrado con trescientos compañeros que hacía dos décadas que esperaban que la empresa se reestructurara y los invitara a retirarse. Como no querían irse sin una indemnización, pretendían que esa iniciativa la tomara el diario.

Llevaban veinte años simulando que trabajaban, y en algo que no les interesaba. Mientras esperaban el despido liberador, la vida se desperdiciaba como el agua de una canilla abierta. Se rió al pensar que en breve empezarían a tachar los años que les faltaba para jubilarse.

Indagando entre las razones de por qué las personas podían pasar años haciendo algo en lo que no creían, identificó a la conveniencia y al miedo como las dos principales. Además de la mente, siempre tan propensa a mantener el statu quo.

En el fondo, cualquier cambio, aunque fuera para mejor, llevaba implícito un riesgo. Y el cerebro, en su programación por evitar peligros, terminaba conduciendo a las personas a vidas miserables.

Francisco se preguntó si creía en lo que hacía. Como en tantos órdenes de la vida, no había una respuesta definitiva. Tal vez, la diferencia más importante del momento que vivía, fuera que en varias áreas creía en lo que hacía. Y en los casos en que no creía, podía entender porqué seguía adelante. Se trataba, de tareas que debía seguir haciendo para ganar dinero y poder desarrollar otras cosas que le gustaban.

Mirando hacia atrás, se dio cuenta que había pasado varios períodos de su vida haciendo cosas en las que no creía. También registró que esa calificación era dinámica: algunas personas y proyectos en los que no creía habían terminado siendo significativos, en tanto otras pasiones fulminantes, devenido en ataduras.

Volviendo al presente, registró que encontrar el rumbo no garantizaba mantenerlo. El ser humano, sus motivaciones y las imprevisibles circunstancias, hacían que todo fuera un misterio.

Percibiendo la fragilidad de la existencia, Francisco intentó delinear conceptos que pudieran ayudarlo en el futuro.

Se dio cuenta que era capaz de identificar cuando creía en lo que hacía. Y también podía registrar con nitidez cuando no creía en lo que hacía. El problema como siempre, eran los infinitos matices entre los extremos.

Aunque las recetas no sirvieran para vivir, decidió que de ahora en más, si no creía en lo que hacía, tenía que dejarlo inmediatamente o al menos, buscar la forma de poder dejarlo. No seguir adelante como si nada.

Y en el enorme universo de grises, mientras no tuviera claro si creía o no creía en lo que estaba haciendo, podía seguir adelante. Con la fuerza y el compromiso como si fuera una tarea llena de sentido, aunque sin dejar de evaluar en forma periódica y honesta, si eso que estaba haciendo era veraz o no. Y de no serlo, habría que buscar la forma de dejarlo.

Después de todo, el destino final nunca era tan importante como el saber que uno tenía el rumbo correcto.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Creo en lo que hago?

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