A Nacho se le llenaron los ojos de lágrimas.

Aquellas palabras habían sido tan precisas y dolorosas, y le seguían retumbando, como el eco infinito de un grito entre montañas. “- ¿Ni una vez en la vida podés registrar lo que un hijo te pide?”, se había preguntado el maestro, como si tuviera al padre de Nacho cara a cara.

“- Tenés mucho enojo y mucho dolor guardado; el tema es que viene desde hace tanto tiempo, y es tan profundo, que vos no sos consciente que lo tenés. Pusiste un manto de perdón, pero en el fondo estás muy dolido y enojado.

No solo te desamparó, sino y sobretodo, fue completamente incapaz de registrarte. Y eso, por más que vos seas un tipo grande, con hijos y una vida hecha, es algo muy doloroso…”, amplió el maestro.

“- Para peor, tu padre sigue sin registrarte. Y eso te enoja aún más. Cada vez que conversan y algo en tu interior percibe que él sigue sin ser capaz de ver quién sos, cómo sos, o qué podés llegar a necesitar, y te pasa por arriba, vos reaccionás mal.

Es tanto el dolor que no llegás a verlo, porque estás convencido que el pasado ya fue. Pero no fue; sigue ahí, condicionándote muchísimo…”, completó.

Nacho sintió que lo que le decían era la pura verdad. Difícil de aceptar, pero verdad al fin. Puso una cara de interrogación, como pidiéndole que le dijera qué hacer.

“- Ese dolor es muy profundo y está en un plano muy inconsciente. Te sucedió, te habita, pero no lo podés traer a la superficie,” sostuvo el maestro.

“- Que tengas dolor no es ni bueno ni malo. Simplemente tenés que reconocerlo porque está ahí. Y aunque no puedas verlo, es enorme. ¿Cómo puede funcionar bien la relación entre ustedes si vos, en el fondo de tu alma, estás tan dolido? ¿Y cómo puede sanar ese dolor, si vos no te das cuenta que lo tenés, y tu padre, al ser incapaz de ver a quién tiene enfrente, cada vez que se encuentran lo refuerza? No hay manera….”

Muchas lágrimas caían por las mejillas de Nacho. Más allá de reconocer que todo eso era cierto, no sabía cómo seguir.

“- Para peor, vos te sentís obligado a atender a tu padre, a escucharlo, a satisfacer sus demandas emocionales actuales. Lo hacés para no sentir culpa, creyendo que si no lo atendés vas a estar abandonando a una persona mayor. Sin embargo, el hecho que lo que impulse tu acercamiento con él sea la culpa, solo empeora aún más las cosas… Cuando le devolvés las llamadas; ¿tenés ganas de hablar con él?”, preguntó el sabio.

“- Nunca”, contestó Nacho en forma contundente.

“-¿ Y pensás que de ese estado de obligación, agregado al dolor subyacente que tenés, puede surgir algún encuentro bueno con tu padre? “

El silencio era muy elocuente.

“- ¿Entonces no hay nada que yo pueda hacer?”, preguntó Nacho como si fuera un niño que empieza a conocer los límites de la realidad.

“- Claro que hay cosas muy importantes que podés hacer. En primer lugar, enterarte. Enterarte que tenés mucho dolor, el cual ni siquiera sos capaz de ver. También, darte cuenta que aunque tengas cincuenta años, continuás respondiendo las demandas de tu padre, solo para no sentirte mal…”

“- Después, dejá de tratar de satisfacer todas sus demandas. Eso no te convierte en un mal hijo, ni en alguien que desampara a una persona mayor. Vos seguirás ocupándote de los problemas reales que él tenga: un médico, dinero, lo que sea. Pero dejarás de ser un chupete que calma sus angustias existenciales, o alguien que llena sus vacíos. Renunciás conscientemente a esa tarea que hiciste muchos años. Él no solo no se va a morir, sino que no le va a pasar nada. Es más, tal vez aprenda algo. Y vos, podrás ir restableciendo tu interioridad…”

“- ¿Y vos decís que con eso voy a poder recomponer el vínculo?”, preguntó Nacho.

Con una expresión compasiva, el maestro contestó: “- No tengo la menor idea. Eso no depende sólo de vos. Tu tarea es poder ver el dolor guardado que tenés, y ser capaz de recuperar tus ganas de encontrarte espontáneamente con él, sin que sea una obligación….”

” -Pero por otra parte, se necesita que él se dé cuenta del daño que hizo. Aunque no haya sido por mala persona sino por sus condicionamientos, su historia, debiera ser capaz de registrar su propia vida y ver todo lo que afectó a los demás, y a vos en particular.”

“Y también es esencial que sea capaz de registrarte tal como sos hoy. Si él sigue sin poder ver quién sos y qué cosas te pasan, será imposible que recuperen el vínculo.  O para ser más precisos, para que desarrollen algun vínculo, porque no podemos hablar de recuperar algo que nunca existió…”, completó el maestro con una sonrisa llena de paz.

Nacho sentía como si hubiera pasado por el quirófano. Le acababan de extirpar un órgano que tenía un tumor. Aún frágil como cualquier convaleciente, percibió que la intervención de su maestro, al igual que la de un cirujano, le posibilitaría una nueva oportunidad.

Y tal como ocurre en una cirugía, la extirpación imponía ciertas limitaciones. Pero esos límites venían a proteger y a cuidar, abriendo la posibilidad de una vida mejor.

Artículo de Juan Tonelli: Ver

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