El secreto del éxito es el entusiasmo.

Aquella leyenda pintada en letras gigantes, en la pared de la innovadora empresa tecnológica, la interpeló. ¿Sería que ella no era tan exitosa porque no tenía entusiasmo? Asumiendo que la etimología de esa palabra significaba “Dios adentro de uno”, Paloma se dio cuenta que hacía mucho que ella no estaba entusiasmada. No sentía ninguna divinidad dentro suyo, ninguna alegría profunda por hacer lo que hacía.

Conocía bien el hecho de ser atravesada por una pasión, una vocación que hacía vibrar el alma. Volvió a echar un vistazo a esas imponentes oficinas abiertas en el último piso de una moderna torre. Un centenar de personas trabajaban divertidas, apasionadas. Entusiasmadas. Lo opuesto del trabajo caricaturizado por Chaplin en la película Tiempos Modernos.

No le cupo ninguna duda que el fundador de esta empresa debía ser un tipo totalmente entusiasmado con lo que hacía. Sino, era imposible haber puesto en marcha semejante movimiento. Paloma se preguntó cuál sería la motivación profunda de ese señor. Y cuál sería la de la mayoría de las personas que trabajaban ahí. ¿Qué les despertaba el líder? ¿Éxito? ¿Acaso el hecho de ser parte de un proceso exitoso era suficiente?

Las elecciones democráticas solían demostrar que buena parte de la sociedad prefería votar por el ganador antes que por alguien bueno pero sin tantas chances. Los seres humanos solían querer subirse a cualquier tren que fuera ganador. Sin embargo, parecía difícil imaginar que algo así fuera lo que pasaba en esas oficinas. En el corazón de aquellos empleados debía haber algo más trascendente que el dinero o el mero éxito.

Un año atrás, en una cena de recaudación de fondos, el presidente de una fundación que promovía políticos virtuosos había comentado que en la universidad de Harvard sólo había 35 compatriotas estudiando política. Que no eran muchos, y que la mayoría tenía muchas ganas de regresar al país para hacer carrera en su tierra. Pero que el principal obstáculo era el dinero.

“- Es muy difícil pedirles que vuelvan a trabajar a nuestro país por mil quinientos dólares, cuando al graduarse pueden elegir trabajar en Mc Kinsey por siete mil….”, comentó con un dejo de frustración.

Sin embargo, uno de los empresarios que habían sido convocados para ver si apoyaban económicamente a la fundación, cortó al presidente en forma tajante. “- Si alguien que sueña con hacer política está dispuesto a trabajar en Mc Kinsey, en realidad no sirve. Hay que dejarlo.”

Ante la atónita mirada del resto de los asistentes por el rigor de su expresión, el empresario amplió su idea: “- Mc Kinsey es una de las mejores consultoras mundiales en temas empresariales. Tal vez la mejor. Pero no tiene nada que ver con la política. Si alguien puede resignar tan rápidamente lo que siente por una cuestión de dinero, en realidad tiene una vocación muy débil. Y entonces es mejor dejar que siga otro camino, no hacerlo perder tiempo, ni que la fundación malgaste recursos.”

Aquella reflexión interpeló no sólo a Paloma sino también a buena parte de los presentes. ¿Quién tenía una vocación tan fuerte para seguir adelante contra viento y marea? Y sobre todo; ¿quién menor de treinta años podía tener eso tan claro?

Por lo general solía ir mostrándose con los años, pero a la par de restricciones crecientes. Para cuando las personas empezaban a saber quiénes eran, y tenían bastante noción de lo que les gustaba y lo que no, ya tenían una familia que mantener, muchas responsabilidades, y poco margen de libertad para seguir a su corazón.

Por otra parte, casi nadie abandonaba un buen nivel de ingresos para ponerse a hacer algo más apasionante pero que no le permitiera mantener el nivel de vida que tenía. Clásico dilema humano. En todo caso, el desafío parecía ser moverse en dirección a lo vocacional, sin grandes rupturas. Evolución en lugar de revolución.

A cierta edad, las personas ya sabían que las revoluciones no duraban. Ni las políticas, ni las personales. Era mucho más fácil hacerlas, que sostenerlas. Por eso, después de un tiempo, todas languidecían, como un helado derritiéndose sobre el asfalto en el verano.

Paloma volvió al presente, y a la idea de que el secreto del éxito era el entusiasmo. Sintió la frase como reveladora. Implicaba matar dos pájaros de un tiro: hacer lo que le gustaba, y poder ser exitosa. Una vida perfecta. Conectada con lo que la hacía vibrar, y siendo reconocida por todos.

Varias imágenes vinieron a su mente cuando trató de reconocer su vocación. A los quince años, después de actuar magistralmente en el colegio, la directora le había dicho a su papá que Paloma podía ser una gran actriz. Su corazón se había iluminado, aunque ese fuego solo durara instantes. Su padre había sido el verdugo de la ilusión, reconociendo que su hija tenía mucho talento, pero que iba a estudiar una carrera seria. ¿Qué margen tendría ella para ser actriz después de semejante limitación?

Muy poco, pero definitivamente alguno. De hecho, otra compañera suya se había animado a jugarse por la actuación. Si bien era cierto que había sido mucho más acompañada por sus padres, esa chica había abandonado el colegio en tercer año, provocando grandes tensiones familiares. Sin embargo, con el correr de los años y al verla realizarse,  sus padres habían aceptado que aquella decisión había sido la correcta.

Paloma no había tenido esa familia, pero tampoco el coraje de romper con lo que querían sus padres.

En el fondo, había preferido sacrificar su vocación con tal de no pelearse a muerte con su familia, y correr el riesgo de ser desterrada afectivamente. Ahora venía a darse cuenta que el precio que había pagado por tal elección era aún mayor.

Al terminar la secundaria había elegido una carrera seria en vez de la actividad que era su pasión. Le parecía que no era posible, sin imaginar que esa decisión significaría la ruptura final con su interioridad. De ahí en más, Paloma tendría enormes dificultades en conectar con lo que le pasaba.

Después de todo; ¿para qué conectar si la valiosa información surgida de su interior era descartada, por no decir despreciada? Su mente se las arreglaría para que sus sentimientos y emociones no subieran a la cabeza, y así se minimizaran las frustraciones. El único problema era que el corazón siempre seguía sintiendo. Por más que esa información no llegara a la cabeza.

Veinte años después el problema era mucho más grande, y seguía creciendo. Al igual que sostenían los tibetanos, Paloma ya no tenía ni idea de cuáles eran sus sueños, ni qué podía aspirar a soñar.

Salió de aquella oficina totalmente contrariada. Con ganas de que alguien le dijera cómo encontrar su camino. Ese que había perdido hacía tantos años. ¿Sería posible que alguien se lo señalara, o esa era parte de la confusión? ¿Acaso el llevar tanto tiempo desconectada de sí misma, le hacía pensar que alguien de afuera podría indicarle qué cosas le darían sentido a su vida? Se dio cuenta que a lo sumo, podrían aconsejarla conceptual o teóricamente. Sin embargo, nunca podrían decirle lo que ella necesitaba descubrir por sí misma.

Vino a su mente la historia en la que una joven Frida Khalo se presentaba ante el consagrado muralista Diego Rivera, para mostrarle sus cuadros y preguntarle si él le auguraba algún futuro como pintora. Como ella era de una familia pobre, si no tenía condiciones, no podía darse el lujo de pintar. De ser así, optaría por buscarse un trabajo normal con el que ganarse la vida.

Pero la respuesta de Diego la había puesto en un lugar incómodo: “- Tu pregunta no tiene sentido. Si sos pintora, vas a pintar independientemente de tu origen y de lo que yo pueda decirte. Por el contrario, si no pintás es porque no eras pintora;

La vocación no es una elección; es inevitable.”

Paloma tomó conciencia que tenía una confusión importante. Era evidente que no podía volver el tiempo atrás y rectificar malas decisiones. Lo que sí podía, era empezar a restablecer, lentamente y en la medida de sus posibilidades, la conexión con su mundo interno. Darle lugar a lo que sentía, a lo que percibía. Y con esa brújula, ir redireccionando su vida. Nunca era tarde para aprender a vivir.

Artículo de Juan Tonelli: Vocación.

Vocación

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