Te necesito.

Aquellas diez letras como final de un correo electrónico a las 2.35 de la madrugada no le pasaron desapercibidas.

Era claro que no se trataba de una urgencia porque hubiera llamado. Sin embargo, que Ricardo expresara algo así, indicaba que algo importante le estaba pasando. Era mucho más que una señal de cariño.

A la tarde siguiente y apenas cinco minutos después de haberse encontrado, quedó claro el porqué del mensaje.

“-Una mujer me partió la cabeza”, soltó con una sonrisa que dejaba traslucir entusiasmo, fragilidad, gozo y miedo.

“-¿Cuánto hace?”, preguntó Eduardo disponiéndose a escuchar a su amigo enamorado.

“-Poco, un par de meses”, respondió Ricardo bebiendo un sorbo de whisky.

Lo primero que pasó por la mente de Eduardo, fue asombrarse una vez más del poder arrasador del enamoramiento. ¿Cómo era posible que alguien de 48 años, con más de la mitad de su vida casado, pudiera entrar en una crisis profunda tan rápido?

Una persona madura, con cuatro hijas y buena pareja podía ver todo amenazado de un instante a otro. Con la misma imprevisibilidad que si lo hubieran llamado para contarle que un hijo suyo había tenido un accidente. Aunque en el enamoramiento ni siquiera existía la llamada: era como un rayo que partía la vida sin aviso.

Paco seguía con el relato obvio. Que ella era maravillosa. Que era la única persona que lo cuidaba y lo entendía. Que no podía creer como cogían, a punto tal de preguntarse qué sería lo que antes llamaba sexo, porque no tenía nada que ver con lo que vivía ahora. Ni la calidad, ni la intensidad, ni la conexión. Claro, la madurez era un aporte decisivo al pico sexual.

Eduardo trataba de ser empático y contenedor, sin dejar de hacerse preguntas. ¿Cómo era posible que Ricardo, al igual que millones de personas a lo largo de miles de años, fueran incapaces de darse cuenta que estaban totalmente fuera de sí mismos? Efectivamente, el enamoramiento podía ser como una droga dura. Las neurociencias ya habían corroborado lo que Freud había definido como un estado obsesivo mucho antes.

La pregunta inevitable era para qué existía ese estado. La única respuesta lógica parecía ser el poderoso impulso de reproducción de la especie. Una razón biológica. Por más que los seres humanos presumieran de ser racionales, tenían más del 97% del código genético de un chimpancé. Sus preocupaciones centrales eran comer, sobrevivir y reproducirse.

Pero esa hipótesis evolutiva llevaba a una pregunta aún más inquietante.  ¿Justificaba el caos y destrucción que generaba en la vida de las personas la calentura provocada por el sexo?

Sin tratar de ponerse moralista, una conclusión así parecía excesivamente simplificadora. El enamoramiento fatal solía tener otros ingredientes: la autoestima, la historia de vida, la conquista, las adicciones y hasta el sentido de la existencia.

Como sostenía una sexóloga estadounidense, las personas no eran infieles porque estuvieran aburridas de su pareja, sino porque probablemente estuvieran aburridas y hasta hartas de sí mismas.

Sin embargo, pretender entender el enamoramiento era una misión imposible. Los seres humanos podían jugar a intentarlo, proponer hipótesis y hasta certificar razones. Sin embargo, la verdad correspondía más al campo del misterio. ¿Habría encontrado Paris, una razón para enamorarse de Helena de Troya? ¿Su belleza justificaba la catástrofe que él sabía que desencadenaría aquél amor?

Ahí estaba Ricardo, sumido en la pasión arrasadora que lo zamarreaba de un lado a otro de su existencia. Máximo gozo y máximo sufrimiento. Nada de términos medios. Y el baile recién empezaba.

Debía asumir que involuntariamente, su esposa se había convertido en el principal obstáculo a esa felicidad que recién asomaba. De nada importaba la relación rica y profunda que tenían. También, registrar que su enamorada estaba amenazando severamente su familia. Ese clásico imposible de no querer perder nada.

¿Cómo podría querer dejar de ver un sólo día a su Helena, si era lo mejor que le había pasado en su vida? Eso no era una opción. Simultáneamente; ¿como podría romper con su mujer y familia si era lo más valioso que tenía?

¿Era posible que el enamoramiento destruyera al amor? Era bastante claro que lo que se llamaba amor, era lo que sentía por su esposa. Con su enamorada tenía otra cosa. Locura, desesperación, alegría infinita, agonía. Tal vez pudiera devenir en amor, pero por ahora pertenecía a otra categoría. El amor era más sereno. Si era incendiario, era cualquier cosa menos amor. Cocaína, por ejemplo.

Ricardo continuaba con su relato que podía ser el de cualquiera. Que cuando viajaba se quería matar. Su corazón permanecía junto al de su enamorada, pese a los miles de kilómetros que los separaban. Y que los únicos momentos buenos eran cuando hablaba o se mensajeaba con ella.

Para maximizar las contradicciones, hacía pocos meses que se su enamorada se había comprado un departamento con su novio, después de siete años de estar juntos. ¿Era posible que el destino siempre hiciera esas crueldades? ¿Por qué no desencadenaba el romance fulminante unos meses antes de que adquirieran el que sería su hogar? ¿Lo hacía a propósito? ¿Cuál se suponía que era la lección si es que la había?

Pensar en dejar de verla un sólo día era un imposible, una desesperación. Paralelamente sentía el miedo de estar yendo a toda velocidad hacia la destrucción de su matrimonio y familia. Así como no podía ni pensar en dejar de ver a su enamorada, tampoco podía imaginarse perdiendo el contacto cotidiano con sus hijos, hecho inherente a cualquier separación.

Ricardo buscaba con desesperación algo que le arreglara su vida. ¿Sería posible? Después de todo las crisis eran situaciones paradojales, contradictorias, en donde las preguntas no podían ser respondidas. En ese escenario, lo último que deseaban las personas era que alguien les pinchara el globo o les dijera qué tenían que hacer. Básicamente porque eso lleva implícito elegir algo, para lo cual era necesario descartar algo, y eso era justamente lo que no podían hacer. Se quería tener todo, sin registrar que eso nunca sería posible. Pero ya habría tiempo para ir resignándose a la desgarradora realidad.

Consciente de ello, Eduardo solo trató de abrazarlo emocionalmente y de aportar alguna perspectiva. “-No te puedo decir nada, salvo recordarte que estás bajo los efectos de la cocaína. Por ende, no tomes ninguna decisión hasta que vuelvas a ver la realidad más parecida a lo que es, y no con el enorme efecto distorsivo en que estás ahora…”

Como un niño, Ricardo preguntó: “-¿Y cuánto tiempo imaginás que me llevará volver a percibir la realidad?”

“-Eso no lo sé amigo. Pero te puedo decir que si fuera tu representante y me ofrecieran un contrato estableciendo que durante tres años no vas a tomar una decisión, lo firmo ya. No tengo duda que te haría un gran favor…”

“-¡Tres años! ¡Vos me estás cargando!”

La serena sonrisa de Eduardo le mostró a Ricardo que estaba hablando bien en serio. “- ¿Y cómo se hace?”, fue la pregunta inevitable.

“-Mirá, hay que aprender a conciliar las contradicciones de la vida. A veces pueden parecer imposibles, y que la realidad nos va a desgarrar como si fuéramos Tupac Amaru. Pero hay que tener la determinación de seguir adelante y tolerar fuerzas poderosas que parecen excluyentes. Estos procesos suelen ser tan intensos que movilizan toda nuestra vida. Puede llevarnos diez años entender qué pasó. No te digo que esperes eso, pero sí que aguantes hasta que se te pase el efecto narcótico”, dijo Eduardo con mucha paz.

“-¿Diez años para entender, y que espere tres para que se me pase? Es una crueldad porque me voy a perder lo mejor de este amor…”, protestó Ricardo.

Eduardo lo miró con ternura y le dijo: “-La verdad es que nadie sabe cómo va a terminar todo esto. Ni siquiera vos mismo. Los dos extremos son los peores escenarios: que te separes por ella y que dentro de cinco años te encuentres que ya pasó la pasión y que la pareja termina siendo parecida a la que tenías. Solo que tu vida es más complicada y lastimaste a mucha gente. Como contrapartida, el otro extremo sería que cortaras esta relación y siguieras con tu mujer pero sintiéndote un muerto en vida, incapaz de reformularla y revitalizarla… Y te cuento que estos dos extremos son los más frecuentes en la vida de las personas”, remató Eduardo.

“-Es que así me sentiría hoy si tengo que dejar de verla”, dijo Ricardo, manifestando su imposibilidad absoluta de cortar el romance.

Eduardo, compasivo, le dijo: “- Por eso no te digo que cortes; porque no es posible… Pero date tiempo. Mucho tiempo.”

Cuando se despedían con un abrazo largo, Ricardo le agradeció y riendo le dijo: “- ¿Tres años? Sos un hijo de puta.” Y guiñándole un ojo se despidió.

Artículo de Juan Tonelli: Es el amor: tendré que ocultarme o huir

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