– “No puedo más; tire la toalla”, fue lo que le alcanzó a balbucear el agotado boxeador.

Su entrenador, luego de escucharlo, lo estimuló a respirar profundamente, y le dijo: “-te pido un último esfuerzo; cuando suene la campana parate y andá al centro del ring”.

El púgil tenía el rostro desfigurado, fuertes dolores abdominales producto de los golpes, y un extenuamiento sin precedentes. -“No puedo más; ya me dijo que hiciera un esfuerzo final en los dos últimos rounds, y lo hice. Y  hace 5 asaltos que no puedo más”.

Sin embargo, el legendario coach Angelo Dundee no se daba por vencido. Si bien su pupilo era un boxeador sin precedentes, él también era un entrenador sin precedentes. -“Lo único que te pido es que cuando suene la campana te pongas de pie, y camines al centro del cuadrilátero”.

El boxeador miró a su maestro mientras ráfagas de pensamientos cruzaban por su mente. Si bien era cierto que éste era el último round, no era menos cierto que ya hacía rato que no podía más. La pelea había sido encarnizada y ambos contendientes se habían lanzado una cantidad increíble de golpes (las estadísticas posteriores mostrarían un promedio de 120 por round, por persona.) Y si bien su rival no podía estar en muchas mejores condiciones, él sentía que no podía más; que se exponía a un nock out en el primer cruce que tuviera en este décimoquinto asalto. Volvió a mirar a su entrenador ratificándole que la pelea estaba terminada, que no se pondría de pie.

El agotamiento del boxeador era irreversible. Tal vez por eso, y aprovechando la nula voluntad de su pupilo, el entrenador decidió forzar las circunstancias al extremo y lograr que al sonar la campana, el peleador se pusiera de pie, y con la escasa estabilidad residual,  arrastrara los pies y la existencia hacia el medio del ring.

Lo único que pensaba el boxeador era en que su rival le conectara un certero golpe, de forma tal que se terminara aquél suplicio lo antes posible. Sin embargo, eso no ocurrió.

Pasaron los segundos, y su rival -el mítico Joe Frazier- ni siquiera se puso de pie. Cuando Mohamed Alí comenzó a tomar conciencia de lo que estaba ocurriendo, el referí le levantó su brazo de derecho señalando que acababa de ganar la pelea por KO técnico.

Alí, con más de 1500 puñetazos recibidos esa noche en Manila, cayó al suelo como si hubiera sido noqueado. Pero era el campeón. Por haberse puesto de pie una vez más.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Cuándo está perdido un combate?