Vocación

Incertidumbre, Vocación

El abismo

“-El control de daños no existe”. La sentencia del chamán lo sacudió. Todas sus milimétricas planificaciones acababan de ser echadas por tierra.

Aquél concepto utilizado para estabilizar los barcos de guerra después de haber sido seriamente dañados, había devenido en algo que la administración empresarial utilizaba para definir las acciones tendientes a evitar daños mayores cuando una situación muy negativa era inevitable. Asumido que no se la podía impedir, el objetivo sería conducir el proceso para evitar daños aún más grandes.

Mientras pensaba en la contundente frase del chamán, la mente de Nico asoció la historia del Titanic. Recordó que en aquél caso, cuando el vigía divisó muy tardíamente el iceberg, el capitán intentó esquivarlo. Y en una ironía de la vida, esa decisión fue la que determinó el destino y el hundimiento de aquél barco supuestamente invencible.

Si el navío hubiera chocado de frente contra el iceberg, se hubiera dañado solamente la proa, y los compartimentos estanco del barco le hubieran permitido mantenerse a flote Pero al intentar esquivarlo, el Titanic encontró su destino. El enorme hielo cortó buena parte del lateral del casco, por lo cual la superficie dañada superó el límite de cuatro compartimentos estanco que podían estar llenos de agua. Fueron cinco y la suerte quedó echada.  

Toda una paradoja que el esfuerzo por evitar algo fuera la causa de lo que se buscaba impedir. Como el proverbio chino que sostenía que uno podía encontrar el destino en el camino elegido para evitarlo.

Después de despedirse del sabio, Nico volvió a pensar en su vida. El dilema era uno de los clásicos de los seres humanos: la necesidad de certezas, la pretensión de asegurar. Cuando uno venía transitando un camino y subrepticiamente se abría una bifurcación, la primer sensación era de inquietud. ¿Habría algo mejor? ¿Valdría la pena dejar este camino que transitábamos? ¿O sería una trampa en la que perderíamos lo que teníamos sin lograr algo mejor?

Estos dilemas aplicaban a infinidad de situaciones humanas. Un amor prohibido, en donde por lo general se llegaba a un punto en que los amantes se preguntaban ¿por qué no? Y la paradoja era que justo en ese momento, cuando lo prohibido pasaba a ser posible, entraba a jugar el miedo y todo se resquebrajaba. Miedo a sentir culpa, miedo a hacer sufrir a seres amados, miedo al futuro.

¿El miedo al futuro era razonable? Por lo general, los seres humanos, más que temer lo desconocido, temían abandonar lo conocido. No se podía temer lo que no se conocía. Pero soltar lo seguro producía mucho temor.

El dilema de Nico era otro clásico de la vida humana: dejar un trabajo seguro por un proyecto que le apasionaba pero era muy incierto. ¿Había lugar para seguir al corazón? Una primer respuesta rápida era que sí. Casi que era una obligación humana. Pero por otra parte, la responsabilidad se hacía sentir. Una cosa era que él asumiera los riesgos y las consecuencias de sus decisiones, y otra muy distinta era que toda su familia tuviera que asumirlas. ¿Pero este razonamiento era verdad o solo otra excusa para no arriesgarse?

Las preguntas de manual se agolpaban en su mente. ¿Su familia preferiría un padre frustrado pero que pagaba todas las cuentas? La repuesta era obvia. Como era igual de obvio responder a la pregunta de si su familia -y él mismo- estarían contentos con un padre realizado pero impotente económicamente.

Nico quería ser como tarzán, para poder soltar una liana justo a tiempo de agarrar la otra.

Pero parecía que eso no se podía. La vida exigía otras templanzas. Se podría empujar los límites, usar la cabeza, pero tarde o temprano habría que correr algunos riesgos. Tal vez grandes. Y en donde era cierto que había mucho en juego. Nada menos que la vida de uno.

Pero la operación calzada de soltar algo justo a tiempo para agarrar lo otro, nunca resultaba. Había que soltar la liana sin tener la certeza de si habría otra para agarrar. Y ese momento en sí era un abismo.

Pensó en Cristóbal Colón, la noche previa a zarpar. Había convencido a los reyes de que la tierra era redonda, y que navegando hacia el oeste se podía llegar a las indias. Pero en la vigilia, seguramente su corazón se habría preguntado si aquello era cierto, o si la muerte sería la encargada de notificarle su error de cálculos.

Imaginó a Hernán Cortés instantes después de haber hundido los cinco navíos que tenían. El haber destruido los barcos que habilitaban el regreso; ¿eliminaba el miedo de adentrarse en territorios desconocidos y hostiles, y la desproporcionada relación de mil hombres a uno con la que los aztecas superaban a los suyos?

El ser humano y esa eterna tensión. Querer descubrir otros mundos y tener pánico de soltar las amarras. A veces las aventuras no terminaban bien. Pero pasar la vida en el puerto siempre terminaba mal.

Video de Juan Tonelli: El abismo.

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Fachada, Vocación

¿Qué es el éxito?

El ofrecimiento lo había entusiasmado. Ser el entrenador de la selección nacional de un deporte era algo importante. Significaba prestigio, y sobre todo, la posibilidad de sumar más éxitos a su ya de por sí exitosa vida.

Por más que pidió algunos días para pensarlo, la decisión estaba tomada desde el principio. La oportunidad era inmejorable ya que contaba con grandes jugadores y unos Juegos Olímpicos muy próximos en los que competir y lucirse. De poco le importaban los conflictos entre jugadores, y las veleidades de los más destacados.

Hacía tiempo que la vida de Raúl era una meticulosa construcción de éxitos. El año previo había obtenido la medalla de oro en una exigente maestría y este nuevo desafío venía a ponerlo nuevamente en carrera. Su especialidad era la competencia. La palestra donde tanto sufría pero en la cual, después de agonizar, la mayoría de las veces salía triunfante y con la sensación de haber mantenido y ampliado el personaje que era.

¿Sería la identidad algo a construir, o más bien a descubrir? En su cabeza no había lugar para esos poéticos dilemas.

Ya en su tarea de conducción del seleccionado, las cosas no eran nada simples. Gobernar a las estrellas del equipo era muy difícil. Los dos mejores se sentían dioses, y no resultaba fácil trabajar con deidades. Uno de los principales dilemas que se planteaban es que exigían muchos privilegios dificultando la conducción del resto de jugadores. Si bien era atendible que los mejores pudieran tener algunas prerrogativas; ¿cuál era el límite a aceptar? Como el objetivo inmediato era obtener varias medallas en los Juegos, la respuesta era clara:

había que soportar todo en pos de un resultado. Y esa definición no era inocua. Si el éxito era el principio rector o la única referencia, todo estaba afectado.

A las estrellas no se les podía poner límites, no fuera cosa que se ofendieran, patearan el tablero, y el equipo obtuviera pobres resultados al no contar con ellos. Pero aceptarles cualquier cosa generaba una sensación de injusticia en el resto del equipo, quien era testigo del doble estándar y de los privilegios que había para algunos pocos.

Raúl se sentía en un dilema profundo, ya que la injusticia siempre generaba violencia. Pero el objetivo era el objetivo, y él no quería ser un entrenador justo pero fracasado. Él quería ser alguien que ganara todo, aunque tuviera que comerse demasiados sapos. ¿Cuál sería el precio a pagar por un resultado? Con su historia de vida, la respuesta era tajante: sólo existía la victoria. El resto era el vacío, la nada misma.

Ya en los Juegos, las contradicciones se fueron profundizando. Por un lado, la tensión que le generaba la competencia. Esa vieja compañera de ruta, tan aborrecida y tan deseada. El miedo de perder, la agonía del camino, y la liberación del final. En este caso, las emociones eran muy contradictorias, porque no era él quien jugaba. En cada partido, múltiples sentimientos lo invadían. Por ejemplo, sentirse a salvo porque no era él quien soportaba la presión directa. No era él quien tenía que ganar. Pero también, asumirse un poco afuera, dado que no sería él quien ganara.

Aceptarse espectador, tenía profundas implicancias: la seguridad de no correr riesgos, y la imposibilidad de un protagonismo real en la victoria, por más esfuerzos que hiciera.

En algunos partidos muy peleados se sentía afortunado de no tener que estar adentro de la cancha, soportando tanta presión. En otros, lamentaba no estarlo, para poder pelear mejor y ganar partidos muy extremos o que a su juicio se perdían innecesariamente.

Los juegos terminaron y la experiencia fue muy enriquecedora. Haber lidiado satisfactoriamente con los jugadores. Haberlos conducido a importantes éxitos. Haber vuelto con más cucardas en su pecho. Otra historia de éxito que contar, otra línea dorada adicional para su exitoso currículum.

Sin embargo, detrás de todo, se sentía un poco un impostor.

Raúl podía contar todo esto a los demás, pero en el fondo de su corazón añoraba ser protagonista. No de esos Juegos, ya que aquél deporte hacía rato que no lo movilizaba en profundidad. Había sido un amor fatal durante muchos años, pero ya no lo era. Ahora, era algo residual que sólo entregaba algunos dividendos. Otra herramienta al servicio de mantener y profundizar su imagen de éxito.

¿Pero qué era el éxito? Aquella poética pregunta volvía y volvía. La famosa frase de que el éxito era un impostor, también aparecía con frecuencia. Como si al percibir el vacío implacable del podio, estuviera siempre lista para recordarle lo que Raúl ya sabía aunque se negara a reconocer.

Mientras construía su personaje de éxito como si fuera un orfebre, sentía un vacío desolador. ¿Cuál? El de tener la íntima convicción de que todo o casi todo lo que mostraba y exhibía ante los demás, no era propio.

Y en esto, la definición de propiedad era muy subjetiva. No se trataba de que como entrenador el resultado fuera de los jugadores y no suyo. El tema pasaba por otro lado. Básicamente, por sentir que lo que hacía era lo que dictaba su corazón. Si por el contrario, era dictado por sus condicionamientos que lo impulsaban a utilizar cualquier herramienta para construir éxitos, la resaca del vacío irrumpía implacable. En aquellos casos que obtenía importantes logros, se atenuaba, por el efecto narcótico del éxito. Pero en los casos que no lograba el objetivo, la realidad era despiadada. El peor de los mundos. Ni el éxito, ni tampoco la conexión de hacer lo que sentía.

Pero ¿cómo se hacía? Su interés por ser exitoso había sido tan grande y se remontaba a tanto tiempo  atrás, que había perdido completamente el hilo conductor de sí mismo. No tenía la más pálida idea de qué sería lo que le gustaba. ¿Vocación? Eso era un don para algunas pocas personas. Músicos, escritores, artistas, pero siempre un reducido grupo de privilegiados que por lo general se morían de hambre.

La masa de la gente llevaba una vida de callada desesperación, como decía Thoreau. Caminando en las tinieblas. Sin la más remota noción de cuál sería esa nota interior que haría vibrar su alma.

Pareciera que poner el foco en el éxito garantizaba que uno se perdiera. Como si uno nunca pudiera armar una buena vida si la brújula estaba puesta en algo ajeno al corazón.

Raúl intuyó que se acercaba al núcleo del problema. El éxito social, en el fondo, era algo establecido por otros. Ser famoso, rico o poderoso eran vaguedades impuestas por el afuera, nunca por nuestro ser más profundo. El interior de las personas pedía otras cosas. Y si bien las señales que enviaba solían ser nítidas y frecuentes, los condicionamientos eran tan duros que tapaban cualquier pulsación vital. Nunca había lugar para esas sensiblerías. Lo importante era lo importante, y no se lo podía poner en riesgo por temas menores.

Con el correr de los años, aquella voz interior solía crecer en volumen. Y cada vez era más difícil ignorarla. Hasta podría ser incapaz de decir con claridad qué cosa querría, pero era lapidaria en señalar las cosas que ya no quería. La sensación de Raúl de estar desperdiciando su vida, se tornaba cada vez más frecuente. Su corazón hacía caso omiso a que pudiera estar creciendo profesional o económicamente. El único parámetro que su alma chequeaba, era si lo que estaba haciendo conectaba con su interior profundo. En los pocos casos que ocurría, la vida parecía iluminarse. En todos los demás, la sensación de vacío y esterilidad era cada vez más difícil de ignorar.

Pensó en la famosa frase de aquella vedette que decía que se colgaban de sus tetas. La metáfora era una precisa queja a un montón de personas que se subían al tren de su éxito, aprovechando que ella era una suerte de Rey Midas. Todos querían aparecer en la foto ganadora. Con vergüenza tuvo que asumir que él mismo se había colgado de muchas tetas en diferentes momentos de su vida. Sin hacer esfuerzos, también recordó que en todos esos casos no se había sentido bien. Su espíritu tenía cabal registro de que estaba usando a las personas.

Para peor, aun cuando esas tetas lo llevaran a un puerto exitoso, Raúl sentía un enorme vacío producto de que no sólo eran los triunfos de otros, sino y sobre todo, que eran los partidos de otros. Él, en estos casos, no era un jugador. Era un colado. Un espectador que como tal, no tenía ningún tipo de derechos.

Y ese era el núcleo del problema. No estaba siendo un jugador de su propia vida. Tanto esfuerzo puesto en generar éxitos lo llevaba a subirse a partidos de otros. Y ese era justamente el problema: no era su partido. Ni siquiera en su propia vida.

Para peor, acababa de quedar brutalmente expuesto que no sabía cuál era su partido. ¿Qué carajo tenía que hacer de su vida? ¿Para qué estaba en este mundo? ¿Cuál sería la actividad que haría vibrar su alma?

Sintió enojo por sentirse desafortunado ya que la vida no se lo había revelado con claridad, y a una temprana edad. Sin embargo, no pudo evitar preguntarse si eso no sería lo normal. ¿De dónde habría salido la idea de que la vocación se tenía que manifestar nítidamente y en la niñez? Se dio cuenta que seguramente sería algo a ir descubriendo a lo largo de la vida. Que uno recibiría miles, millones de signos acerca de qué hacer y qué no hacer. El corazón solía ser tenaz e implacable. Aún con nuestros enormes esfuerzos por desoírlo, él siempre se haría escuchar. Y cuanto más se lo ignorara, peor sería ya que al promediar la vida el vacío se haría aterrador.

Sintió ansiedad por encontrar su camino. Por poder transitar un sendero que no le costara esfuerzo. Y no porque careciera de problemas, obstáculos o dificultades. Sino simplemente porque una fuerza interior lo impulsaría en esa dirección.

Por primera vez comprendió aquella idea de que el éxito era un impostor. Era vivir para el afuera.

Raúl acababa de redefinir la palabra éxito: descubrir qué quería hacer con su vida y tratar de hacerlo.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Qué es el éxito?

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Aprendizaje, Sin categoría, Vocación

Secretos inconfesables de un niño

 -“Martincito quiere ser ingeniero”, fue el orgulloso comentario de la abuela Reneé a su amiga. Su nieto de 4 años, que escuchaba la conversación sin interrumpir la importantísima tarea que llevaba a cabo –jugar-, se preguntó que sería eso. Intuyó que tendría algo que ver con lo que le había comentado a su abuela.

Ella había desestimado la posibilidad de que él fuera arquitecto, porque le parecía una carrera muy livianita. Con sus condiciones, tenía que ser algo importante, como ingeniero. Martincito tampoco sabía de qué se trataría la arquitectura, y obviamente ni se animó a preguntar. No quiso exponerse a contrariar a su abuela.

Muchos años más tarde, Martín se salvó de estudiar ingeniería, carrera completamente ajena a su corazón. La arquitectura podría haber sido por su sensibilidad artística. Pero no tuvo mucha libertad para decidir; sólo le fue permitido elegir entre las principales y más comunes alternativas. Aquellas que garantizaban un futuro.

¿Garantizaban algo, o sólo daban una falsa sensación de seguridad a sus padres?

Preguntándose qué sería lo que habría motivado a que su abuela le pusiera la etiqueta de futuro ingeniero,  recordó la situación que  había inspirado aquella vocación. Al salir del jardín de infantes solía ver a una cuadrilla municipal descansando en el horario del almuerzo, mientras preparaban un asado en la calle. El aroma de aquella carne sobre la improvisada parrilla, lo embriagaba. Por otra parte, la fraternidad de aquellos simples operarios le transmitía paz y alegría. Podría ser porque estaban participando de un verdadero encuentro, aunque también le gustaba verlos pasarse los ladrillos de mano en mano, en otra muestra de cooperación y hermandad.

Martincito quería ser eso; un obrero. Compartir la tarea y encontrarse con sus pares en un almuerzo rico, empático y sanador. Fácil de transmitir a su abuela, aunque ¿cómo podría aceptarlo ella, que insistía con que el espumante que debía gustarle era el champagne y no la sidra, que era de gente ordinaria?

Si el estatus debía definir hasta los gustos, ¿qué margen había para ser uno mismo?

Por suerte, no le hizo caso a su abuela. Aunque como diría  Oscar Wilde, “tuvo una educación tan buena, que tardó años en superarla”.

Artículo de Juan Tonelli: Secretos inconfesables de un niño.

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Adversidad, Miedo, Sin categoría, Vocación

Todos somos Caín y Abel

Visiblemente angustiada, su madre le confesó que su hermano iba a comenzar a estudiar psicología. Que Alberto -tal era su nombre-, se había dado cuenta que esa era su verdadera vocación. Era consciente que tenía 33 años, familia y una destacada carrera empresaria en marcha. Pero esa no era su vida.

La madre percibía y expresaba su propia ambivalencia. Por un lado, reconocía que Alberto había nacido para ser terapeuta: un ser sumamente contenedor y con unos conocimientos vastísimos. Por otra parte, ella temía que le costara mucho poder vivir de esa vocación. Si generar buenos ingresos era complejo para alguien con muchos años de ejercicio profesional, sería mucho más difícil para quien empezara a ejercer a los 40 años.

En silencio, Martín escuchaba las palabras de su madre. Más allá de comprender el análisis referido a su hermano, tan pronto se enteró de la noticia, su corazón había sentido un gran alivio. Creyó experimentar un sentimiento de alegría, pero en instantes se dio cuenta que era otra cosa; una suerte de liberación. Mientras su madre continuaba inundando el ambiente con palabras, Martín, lindante pero remoto, se preguntó de qué se estaría liberando.

Casi inmediatamente, su corazón le escupió la respuesta con gran nitidez: de la competencia con su hermano. Martín se sorprendió de semejante dictamen. Él y Alberto tenían una relación excepcional, de amigos del alma. Siempre habían convivido muy armónicamente, más allá de algunas inevitables peleas fraternas. El hecho que fueran dos personalidades bien distintas había facilitado la coexistencia y minimizado al máximo los roces, dado que nunca rivalizaban por nada. Su hermano era  intelectual, equilibrado, reflexivo. Martín era deportista, apasionado e impulsivo. Alberto era el centro de atención familiar debido a su oratoria y sus conocimientos. Él, en cambio, era respetado y admirado por sus logros deportivos y de estudiante. Entonces; ¿de qué competencia se estaba liberando?

El sentimiento de Martín era inequívoco. Se le vino a la mente la imagen de un maratonista que venía corriendo cuerpo a cuerpo con otro, y que éste, súbitamente se detenía. Esa parada, en cierto sentido, producía la liberación de no tener que seguir esforzándose al máximo para superar a su rival. Desterrar la angustia del riesgo a perder.  Y también, la alegría propia de la inminente victoria.

Sintió una suerte de pudor de enterarse de todos los sentimientos que habitaban su corazón. Él, que se sentía tan bueno. Él, que estaba orgulloso de la relación que tenía con su hermano. Se rió al reconocer que el corazón humano era una morada tan vasta que por lo general albergaba emociones y sentimientos diversos y contradictorios.

La pregunta inicial acerca de qué se estaba liberando, desencadenó un dominó de otros interrogantes. ¿Cuándo había empezado la carrera? ¿Él había elegido correrla? Evidentemente, hacía mucho que estaba enfrascado en esta disputa. No pudo registrar desde cuando, pero visualizó con claridad situaciones de competencia extrema con su hermano, que se remontaban a la más tierna infancia. Y obviamente, nunca había elegido competir con él. Al igual que otras tantas cosas de la vida, simplemente había ocurrido.

El abismo de interrogantes pareció tocar fondo con la pregunta decisiva: ¿cuál era el premio de la sórdida carrera con su hermano? El corazón de Martín, implacable, volvió a confesar una respuesta brutalmente clara: el afecto, el reconocimiento, la mirada de sus padres.

Si bien su madre continuaba hablando y conjeturando hipótesis y situaciones, pese a estar frente a ella, el alma de Martín estaba a años luz de su cuerpo. Se acababa de enterar de cosas demasiado importantes, que habían estado sepultadas durante toda una vida. Pensó en el daño que podían hacer los temas que no salen a la luz; si muchas veces no era posible cambiar aquellas cosas que se ven, cuánto más condicionarían las que no son visibles. Atento a lo preciso de sus observaciones, se preguntó por qué su corazón no hablaba con más frecuencia. Avergonzado, tuvo que admitir que por lo general y al igual que todos los hombres, era él quien lo ignoraba por completo.

Indagando el núcleo de los temas que estaba descubriendo, se dio cuenta que el asunto no se circunscribía a su hermano y a sus padres. En el fondo, todas las personas eran su hermano, y todas, sus padres. Se había pasado la vida compitiendo contra todo el mundo, por la mirada y el reconocimiento de cuanta persona se cruzara. Sintió una suerte de cansancio, aunque también, algo de liberación. La luz que se había abierto paso en esta hendija de su existencia, le había permitido reconocer que tal vez no quisiera seguir corriendo esta demente carrera que nunca había elegido empezar.

Tomó conciencia que el hecho que su hermano Alberto abandonara la carrera, sólo le permitiría ganar la competencia de ser el más exitoso ante la mirada de sus padres y familiares. Y sólo en términos económicos. Porque ¿quién estaría en condiciones de garantizar que su hermano no se convertiría en un destacado terapeuta, que aunque más pobre que él, pudiera volver a ser el centro de las miradas?

Dos años después, Alberto abandonó sus estudios de psicología por ser incompatibles con la vida de un padre de familia y ejecutivo cercano a los 40 años. Martín, también próximo a la mitad de la vida, empezó a abandonar aquella trastornada carrera. Y si bien esa decisión era mucho más compleja de ejecutar que la de su hermano, el enorme desafío de ser uno mismo se había puesto en marcha. Y era un camino sin retorno.

Artículo de Juan Tonelli: Todos somos Caín y Abel.

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Incertidumbre, Madurez, Sin categoría, Vocación

¿Cuánto estás dispuesto a pagar por un resultado?

Tardíamente había descubierto el tenis. Aquél deporte practicado durante un año de su infancia, había sido descartado brutalmente cuando conoció otro juego que sería el gran amor de su vida. Sin embargo, como los años pasaron y su cuerpo no le permitía seguir practicándolo, tuvo que buscar otra opción.

Después de algún tiempo de deambular por varios, decidió probar con el tenis. Era un juego cuya dificultad se sumaba a la de Diego, quien creía que su excelencia en una actividad se replicaría automáticamente en cualquier otra. Obviamente la realidad era despiadada, y el nuevo juego lo frustraba y desalentaba al ignorar sus buenos antecedentes en otro deporte.

El golpe de revés, tan difícil y técnico, presentaba todo un desafío. Diego había tomado la decisión de no dejarse vencer por el miedo  y pegarlo con top spin, un efecto que permitía golpear fuerte a la pelota. Así y todo, el reto era grande y  muchos tiros terminaban demasiado afuera de los límites de la cancha.

Durante un viaje de trabajo por EEUU, Diego aprovechó un día libre para irse a uno de los centros de tenis más importantes del mundo y tomar clase con una estrella del entrenamiento. Después de verlo jugar un poco, el destacado entrenador le preguntó por qué no pegaba el revés con efecto slice. Era mucho más seguro y le permitiría no equivocarse tanto, metiendo muchos más tiros adentro de los límites de la cancha. -“Paga bien”, aconsejó el maestro, resumiendo la conveniencia de hacerlo de esa forma.

Con la madurez propia de la mitad de la vida, Diego le respondió muy seguro de sí mismo que no quería que el miedo lo determinara. Él quería poder pegar el revés bien. El profesor lo miró con ternura y lo llevó a la sala de videos. Eligió uno de Steffi Graf, la mejor jugadora de toda la historia. Luego de mostrarle algunos minutos de su juego, le dijo: -“si ella que ganó todo, -incluyendo el Grand Slam y los Juegos Olímpicos- pega su revés siempre con slice; ¿por qué vos tendrías que pegar con top spin?”

El planteo del coach era impecable. La gran Steffi había aceptado sus límites, a pesar de los cuales pudo ganar todo. Por ende, ¿cuál sería la razón para que un modesto aprendiz aspirara a más que semejante leyenda?

Sin embargo la vida no necesariamente discurría por esas linealidades, ni mucho menos cabía en los limitados razonamientos de los hombres. Más allá de la impecable reflexión del gran entrenador, había una pregunta que calaba hondo en el corazón de Diego. ¿El pragmatismo era todo? ¿La eficacia era más importante que la libertad?  Este último interrogante le atravesó el alma.

Si ganar era lo más importante, había que hacerle caso al entrenador. Si en cambio, lo era crecer, aprender o desarrollarse, probablemente hubiera que desoírlo. Pequeño dilema.

Pensó en Steffi Graf. ¿Por qué ella no habría aprendido a pegar el revés con top spin, limitando su juego de esa forma? ¿Habría sido su precocidad y la enorme presión a la que fue sometida desde muy chica, lo que le impidió desarrollarse con otros grados de libertad? Así y todo, con semejantes antecedentes; ¿quién estaría en condiciones de juzgarla?

Diego sintió que si el resultado lo definía todo, no habría más margen que entregar la libertad en el altar del pragmatismo. Peor aún si lo que estuviera en juego fuera la identidad. En la mayoría de los casos, las personas que llegaban bien arriba temían perder ese lugar privilegiado, y el miedo signaba sus carreras y sus vidas. El objetivo principal dejaba de ser el juego y sólo importaba conservar la posición de liderazgo el mayor tiempo posible.

Como Diego no estaba en ese lugar, podía concederse otros privilegios. No tenía contratos con Nike ni con Wilson. No tenía que impresionar a nadie. Tampoco había ninguna legión de jugadores esforzándose para superarlo. Cuánto más fácil era ver -y vivir- todo desde el llano.

Se sintió feliz de poder golpear su revés con libertad. De poder aprender. De no tener la obligación ni la responsabilidad de ser eficaz. Lo había sido demasiado tiempo de su vida. Recordó cuando él era un deportista de primer nivel. Ahí no había lugar para estos gustos ni para ningún otro. Había que ganar. Todo lo demás era irrelevante.

Diego se preguntó qué lugar quedaba para el espíritu de uno, cuando lo único posible era ganar. Su historia de vida era la mejor respuesta: un camino permanentemente angustiado, solo interrumpido por el desahogo perecedero de las victorias, o la liberación también circunstancial de las derrotas. Aunque al perder hubiera algo más de paz. En el fondo, al erosionar la reputación, se reducía un poco la presión estructural.

Mientras le pagaba los honorarios y  le agradecía la clase, Diego le dijo al entrenador: “-Voy a seguir pegando el revés con top spin. Con lo que me costó ganarme algo de libertad, no la voy a entregar por la ilusión de algunos resultados”.

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Ideas equivocadas, Vocación

Cuando las ideas no encajan en la realidad

Su historia con el piano venía de largo. Cuando Martín tenía 11 años, dicho instrumento había aterrizado en su casa producto de una herencia que nadie deseaba heredar. La madrina de su hermano Alberto había sido la beneficiaria, pero como no lo quería, se lo regaló a su ahijado. Él, con 14 años, estaba más interesado en descubrir el género femenino que en estudiar música clásica, no obstante lo cual, el artefacto fue a parar al living del departamento.

Como alguien tenía que utilizarlo para no desaprovechar la oportunidad de la herencia recibida, y atento a que el beneficiario no tenía ningún interés en el tema, Martín no tuvo más remedio que satisfacer a su madre y empezar a tomar clases de piano. De todas formas,  como el asunto no le disgustaba, iba a sus lecciones con alegría.

Sin embargo, la rigidez pedagógica de la profesora de origen alemán –propias de la mujer de Goebbels-, no le resultaba muy inspiradora. Luego de las vacaciones de verano, su madre decidió unilateralmente cambiar de maestro por otra mujer que le habían recomendado. Como esta educadora venía a domicilio, al principio la situación pareció prometedora. Pero enseguida aparecieron dos nuevos contratiempos: la instructora tenía problemas de alcoholismo -situación que curiosamente nadie registraba excepto el joven alumno-, y la madre de Martín lo presionaba para saber si las clases valían la pena ya que eran muy costosas. Con semejante cuadro, no pasó mucho tiempo para que el discípulo abandonara.

La injusta conclusión familiar fue que a Martín no le interesaba el piano, cuando en realidad lo que no le gustaba eran sus profesoras rígidas o borrachas, y sobretodo, la presión de su madre para constatar si el esfuerzo económico tenía sentido.

Años después de estos vaivenes, Martín fue descubriendo en la música una secreta pasión. Y de todos los instrumentos, el que lo movilizaba especialmente era el piano. Para cuando terminó de verlo con claridad, su hermano acababa de vender el que tenían, para poder hacer un viaje de egresados.

Pero como en la vida todo aquello que es verdadero y profundo siempre se sigue manifestando,

Martín aceptó la invitación a tomar clases que le hizo una tía ex concertista.

Dado que la realidad es una máquina de generar problemas, el primero y más importante fue que ahora Martín no tenía en donde practicar. Al igual que no se puede a aprender a nadar sin una pileta, la evolución musical de Martín estaba condenada si no tenía un piano.

Por otra parte, la profesora no era tal, sino solo una ex concertista bastante frustrada. Había tenido la enorme desgracia que sus compañeros de la infancia se convirtieran en destacadas estrellas internacionales. Ella había tomado clases con el maestro Vicenzo Scaramuzza, al igual que Martha Argerich, Bruno Gelberg y Daniel Baremboim. Y si bien no evolucionar en la actividad que uno ama ya es de por sí muy frustrante, que tantos amigos de uno sí lo hagan es desolador.

El efecto comparación destroza el espíritu del que no fue tocado por la varita mágica del destino y lo hunde en las profundidades de la ignominia. Ser Diego Maradona puede ser difícil, pero ser Lalo Maradona es aún mucho más difícil.

En alemán hasta existe una palabra para definir esta situación: “schadenfreude”, significa aquel pequeño placer inconfesable que podemos sentir frente al fracaso de los otros. Y bajo la reflexión de Gore Vidal (“cada vez que a un amigo le va bien, alguna cosita dentro de uno muere…” ), su tía y profesora era una muerta en vida. Así las cosas, Martín decidió comprarse un piano y buscarse un profesor más sano e inspirador.

La nueva misión contaba con importantes obstáculos ya que en su casa no apoyaban la decisión. Su madre, sostenía que ya habían tenido un piano tantos años sin aprovecharlo, y que no era razonable que alguien quisiera tocar justo después de haberlo malvendido (omitiendo desde ya, su negativo aporte para que aprendiera). Por otra parte, a su hermano  le resultaba intolerable imaginar que tendría que soportar escalas y arpegios.

A esta altura de los acontecimientos a Martín no lo detenía nada. Pese a la falta de apoyo, con sus ahorros buscó y compró un piano. El día que el instrumento ingresó a la casa y sonó por primera vez, su pobre hermano supo que tendría que irse a vivir a otro lado, hecho que ocurrió pocos meses después. Luego de intensas investigaciones, encontró un verdadero maestro con quien avanzar en su incipiente pasión.

Paralelamente con su aprendizaje se fue gestando una gran ambición: convertirse en un pianista de escala mundial como Daniel Baremboim. No cualquier pianista reconocido; Daniel Baremboim. Pese a que ya tenía 20 años y gran cantidad de sus horas diarias estaban asignadas a la facultad, al deporte, y a su novia, pensó que podría convertirse en un intérprete de primer nivel. Omitía que su héroe había empezado a tocar a los 3 años y pasado larguísimas jornadas de práctica y estudio durante décadas. Sin embargo a Martín eso parecía tenerlo sin cuidado.

No compartía su anhelo con nadie por temor a que se burlaran de él,

pero estaba convencido que con cuatro horas diarias de práctica, pese a comenzar a sus 20 años, podría tener un futuro descollante.

Si bien la música le encantaba, sus ansias de protagonismo eran tan grandes como su pasión artística. En algunos diálogos con su hermano mayor aparecía el tema, y aunque Martín le escapaba al planteo, no pudo evitar registrarlo.

La corrosiva pregunta fraterna acerca de si lo que le gustaba era el piano o el eventual protagonismo que el instrumento podría darle, no tuvo una respuesta clara.

Su hermano le hundió más el bisturí cuando lo interpeló acerca de si su amor por la música le permitiría aceptar ser un modesto profesor de piano, o uno de esos músicos de lobby bar de un hotel 5 estrellas, o si sólo consentiría ser un artista impresionante de los que se presentaban en el Carnegie Hall. Martín se rió, sabiendo íntimamente que la última situación sería la única posible. Él quería tocar y ser famoso en la meca de los intérpretes. Y las cuatro horas diarias abrirían las puertas de aquél paraíso.

Mientras todo esto discurría, Martín practicaba un promedio de dos horas diarias. En parte, porque entre la facultad, el deporte y la novia no tenía más tiempo. Aunque también, porque no le daba el espíritu para tanto esfuerzo. Su amor por el piano no conocía esas posibilidades de exigencias. Cuando algún raro día lograba practicar las deseadas cuatro horas, simplemente sentía que podía descansar en paz, y que el sueño del Carnegie Hall era posible. Cuando no, como ocurría la amplísima mayoría de los días, se sentía frustrado, enojado con la realidad y peleado con la vida. No se le escapaba que bajo esas condiciones no llegaría a ser el pianista que él quería, y la vida parecía convertirse en un callejón sin salida.

Las cuatro horas eran la medida de su insatisfacción.

Cuanto más lejano estaba de su arbitrario objetivo, más desasosegado se sentía.

Por ende, por lo general se sentía muy mal dado que apenas alcanzaba el cincuenta por ciento de la meta. ¿Podría alegrarse de estar tocando dos valiosas horas todos los días? De ninguna manera.

Aceptar el vaso medio lleno era una opción para débiles y personas no llamadas por el destino, pero nunca para él. Oscilaba entre la esporádica y provisoria tranquilidad que le brindaba la misión cumplida, y la irritación y desesperanza que le generaban incumplir lo que su mente había indicado. Obviamente, no había lugar para preguntarse si el objetivo era razonable. Mucho menos, para registrar el valor de lo que hacía, que sólo era condicionado por los férreos límites que la realidad siempre impone.

Los años fueron pasando, y la sórdida pelea cuerpo a cuerpo con ese diario e inalcanzable objetivo fue haciendo estragos en la vida de Martín. Si bien había evolucionado muchísimo como estudiante, prácticamente nunca alcanzaba esa meta de entrenamiento cotidiano que supuestamente le garantizaría el acceso al olimpo de la música. Su rigidez o inexperiencia vital también le impedían enterarse de que aún ensayando esas benditas cuatros horas, podría no llegar nunca a ser un gran concertista. Es más, eso era lo más probable, dado que había una legión de estudiantes que ni tocando ocho horas diarias desde su tierna infancia lograban serlo. Pero eso no pasaba por la mente y el corazón de Martín. Lo único que experimentaba era el amargo trago diario de no ser capaz de tocar ese piso “razonable” que se había autoimpuesto. A veces experimentaba unos pasajeros momentos de sosiego, cuando al tocar alguna pieza de cierta complejidad, percibía su propia evolución y disfrutaba de la música. Pero eran revelaciones muy esporádicas y pasajeras. Lo normal era vivir decepcionado y frustrado por la meta no alcanzada.

El tiempo siguió erosionando su objetivo, hasta que un día se produjo la gran epifanía. Su maestro, un señor de 50 años que había aprendido con grandes próceres de la enseñanza y había dedicado su vida al piano, lo invitó a un concierto en el que tocaría la sonata Apassionatta de Beethoven, la preferida de Martín.

El alumno se sentó en primera fila para ver, escuchar y sentir a su maestro interpretar semejante obra. Bastaron pocos minutos de comenzado para que Martín registrara el abismo que existía entre la interpretación de su profesor y la de Daniel Baremboim. De la infinidad de diferencias irreductibles, la velocidad fue la que más lo impactó. La lentitud de su maestro produjo en Martín un shock emocional. Su inevitable reflexión fue que si aquél señor que llevaba cinco décadas dedicadas al piano desde el inicio de su vida, estaba tan lejos del estándar de Baremboim, ¿qué podría esperar él, que había empezado a los veinte, y que ni si quiera podía superar las modestas dos horas diarias de estudio?

La experiencia le resultó tan fuerte que decidió retirarse de la sala antes de que concluyera el primer movimiento. Ya fuera del teatro y pese a la gran distancia que lo separaba de su casa, decidió volver caminando, como buscando darse el tiempo necesario para procesar algo de lo que acababa de vivir.

Durante el largo regreso en el que caminaba como un sonámbulo sin dirección, pudo reflexionar algunas cosas. La más significativa fue que tenía que dejar el piano. El esfuerzo carecía de sentido ya que no había ninguna posibilidad de llegar a donde se había planteado. Lamentablemente, en ese entonces fue incapaz de registrar que el error principal era haber condicionado su estudio del piano a poder tocarlo como Baremboim. Y ni hablar de la infelicidad que le había generado durante estos años, la errónea creencia de que cuatro horas diarias de estudio serían el pasaporte al paraíso. Su férrea convicción de cuál debía ser la medida de su práctica diaria, le impidió disfrutar las dos horas que tocó todos los días. Como el cuento del vaso medio vacío, Martín se pasó esos años muy incómodo consigo mismo, pese a estar realizando un esfuerzo muy grande y valioso. Pero de nada servía frente a su rígida y equivocada idea.

Dos años después de aquél colapso, decidió retomar el piano. Ya no aspiraba a ser Daniel Baremboim ni ningún otro astro de la música clásica. Pero a los pocos meses de intentar tocar muy bien jazz, la nueva decepción fue inevitable. El voraz monstruo de la exigencia de ser perfecto seguía intacto.  Sin embargo, la implacable realidad lo sacó de carrera nuevamente.

Cinco años después empezó de nuevo, contentándose con tocar simples baladas o canciones de rock, las cuales podría acompañar cantando. Ese abordaje le produjo grandes alegrías, ya que la música lo seguía conmoviendo. Y  en ese entonces, el no tener la exigencia de llegar a ser un concertista deslumbrante que se presentara en el Carnegie Hall le permitía disfrutar de la música.

Ya no había lugar para aquellas ideas que son un manantial de infelicidad: a los 30 años de edad no podía aspirar a ser Baremboim. Estaba contento con haber encontrado su límite, sus posibilidades. No existían las naturales tensiones que se producen al indagar cuál es el límite. Ni las decepciones por no poder superarlo. Mucho menos,  aquella frustración cotidiana por no lograr que la realidad cediera a sus arbitrarias ideas.

Suspiró al recordar todo lo mal que había vivido aquellos años por negarse a aceptar la realidad. Podría haber practicado esas dos horas diarias con alegría y positividad, en vez de rechazarlas porque estaban lejos de su objetivo. ¿Habría cambiando algo? Seguramente nada, si el único objetivo válido era convertirse en Daniel Baremboim. Pero salvando ese desvarío de protagonismo, su calidad de vida hubiera sido mejor, y su evolución como músico amateur, también.

No es lo mismo el desarrollo de una persona con su espíritu en armonía, que el de alguien contrariado y enojado.

Y al final de cuentas,  nada habría cambiado  el férreo límite de aquellas dos horas diarias que era lo que realmente podía ensayar.

En el fondo, se trataba de elegir cómo crecer: desde lo que le faltaba, o desde lo que tenía.

Recordó un viejo dicho zen que sostenía: “si las comprendes, las cosas son lo que son. Y si no las comprenden, las cosas son lo que son”.

Finalmente, se dio cuenta que cuando las ideas de los hombres no se ajustan a la realidad, los que indefectiblemente sufren son los hombres, nunca la realidad.

Artículo de Juan Tonelli: Cuando las ideas no encajan en la realidad.

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Incertidumbre, Vocación

No ganes la lotería

Un nuevo correo electrónico irrumpió en su bandeja de entrada. Se trataba de un extraño remitente nigeriano que invitaba a Tomás a hacer un negocio. Si bien el mail era personalizado, podría haber sido personalizado a cien mil destinatarios.

El supuesto negocio, más que un emprendimiento era una propuesta de asociación ilícita. Según el correo, Sabir era un funcionario del gobierno de Nigeria que había ganado mucho dinero y deseaba girarlo al extranjero, operación que estaba prohibida. Le ofrecía a Tomás un contrato en el que le cedería el 30% de los fondos que le transfiriera, sólo a cambio de prestar nombre, firma y un número de cuenta bancaria. El monto del acuerdo era de 17 millones de dólares, por lo que a Tomás le corresponderían 5.1 millones. Y si bien  lo tomó con un humor, la remota probabilidad de que pudiera ganarse 5 millones de dólares de un pase, le provocó cierta excitación.

De todas formas, el abordaje no era confiable. Nadie propone un negocio tan generoso a una persona que no conoce, se encuentra y mucho menos si se encuentra en un país exótico (como lo es Argentina para un nigeriano). El hecho que el mail estuviera personalizado tampoco quería decir absolutamente nada; cualquier soft podría enviar decenas de miles de correos personalizados por hora. ¿Y de dónde habría salido su dirección? De cualquier base de datos.

Por otra parte, que el correo electrónico propusiera un ilícito sin siquiera conocer al interlocutor, le generaba aún más sospechas. Sin embargo, ¿ quién en su sano juicio mandaría un mail masivo proponiendo un delito? Parecía como si hubieran elegido cuidadosamente al destinatario. ¿Pero por qué a él?

El misterioso correo terminaba solicitándole que enviara todos sus datos. Movido por la curiosidad, y lejos de poder contestar alguno de los múltiples interrogantes que se le habían sucitado, Tomás completó la información y apretó la tecla de send.

Un rato después, oyó cómo el speaker de su contestador filtraba la voz grave de una persona hablando en inglés con un tono duro. Como si fuera alguien de Europa del Este, la India o África. Escuchó varias veces el mensaje que dejó Sabir, hurgando alguna información adicional. Mientras lo hacía, el fax se encendió y empezó a aparecer el isologo del Gobierno de Nigeria. Tan pronto se terminó de imprimir la primer carilla, Tomás miró el borde para ver el número del remitente. La característica era sumamente rara, así que decidió buscarla en internet. Cuando comprobó que era de Laos, capital nigeriana, un escalofrío recorrió su espalda.

Leyó detenidamente las 8 carillas del acuerdo. Era simple: construir una autopista desde la capital hasta el aeropuerto. Se haría a través de una contratación directa -sin licitación- a un valor de 17 millones de dólares. Como ya era tarde, Tomás apagó las luces de su oficina, cerró todo y se fue a su casa.

Mientras comía y tomaba un trago en soledad, aquella noche se sintió un gran empresario. Si bien la historia resultaba inconsistente, el hecho que Sabir hubiera aparecido tan rápido llamando por teléfono, enviando un borrador de contrato, y encontrándose efectivamente en Laos, le habían abierto una pequeña esperanza.

Tomás imaginó cómo sería su vida si pasaba a tener 5 millones de dólares. Con sus 35 años seguiría trabajando, aunque no en ese empleo. Tal vez se tomaría un año sabático para reflexionar, descansar, viajar un poco y estar más tiempo con su familia. Después volvería al ruedo. Pensó que su nuevo emprendimiento debía ser algo más vocacional, que le diera ganas de hacerlo, y que no fuera sólo una fuente de dinero o status.

Si lograba una seguridad económica, bien podría concentrarse en hacer algo que le gustara mucho, aunque no supiese bien qué era.

Analizó las posibilidades de que la situación fuera cierta. Puesto en abogado del diablo, trató de pensar cuál sería la trampa. Como las alternativas eran muchas, llegó a la conclusión que debía hablar con Sabir. La confrontación telefónica sería la única forma de evacuar las dudas y ver si aquello era otro cuento del tío, o si efectivamente él había sido tocado por la barita mágica. Se tiró a dormir, aunque con tantos pensamientos circulando por su cabeza, no le resultó fácil conciliar el sueño.

A la mañana siguiente y tan pronto llegó a su oficina, decidió llamar a Sabir. La diferencia horaria jugaba a favor, así que sin pensarlo demasiado, marcó los números de aquella enigmática oficina en Laos. El primer shock se produjo cuando la misma voz que había dejado el mensaje en su contestador, atendió diciendo “Sabir speaking”. No es que no fuera una posibilidad, pero como Tomás desconfiaba tanto, nunca imaginó que sería atendido, y menos aún por la persona en cuestión.

Cuando el nigeriano se enteró quién era el que estaba al habla, se puso extremadamente simpático y cortés. Después de preguntarle a Tomás por su familia y por sus creencias religiosas, explicó cómo sería el negocio. El argentino sólo sería una fachada. No haría falta construir ninguna autopista. Alcanzaría con firmar el contrato diciendo que la haría.

Si bien a Tomás ya no le gustaba la situación, decidió hacer unas preguntas. La respuesta al por qué lo había elegido justo a él, no lo satisfizo. Supuestamente, habían facilitado sus datos en la cámara de comercio, hecho totalmente improbable. A la pregunta de por qué no utilizaba alguna importante  institución de servicios financieros -todas acostumbradas a realizar este tipo de “trabajos”-, también le sucedió una respuesta falaz: -“porque no pueden hacerlo”.

Las inconsistencias se iban sumando y Tomás decidió ir a fondo. “-Mirá Sabir, si lo que pretendés es sacarme 100 dólares bajo cualquier concepto, decímelo ahora y no perdemos tiempo. Porque en el momento en que ocurra, se terminan todas las conversaciones. Así que ahorreémosnos las vueltas si ese es tu objetivo”. Aquella hipótesis era la que Tomás consideraba más probable. Ser seducido con un negocio millonario, y en el momento en que él estuviera muy embalado, le pidieran una pequeña suma de entre 100 y 900 dólares para algún trámite, seguro, o lo que fuera. Y obviamente, nunca más habría conversaciones una vez que se hubiera pagado el dinero. Sin embargo, esa suposición tampoco parecía muy consistente, ya que Sabir había dejado sus datos, su teléfono, su fax, y no haría sentido dejar tantas pistas si después planeaba darse a la fuga. Independientemente de las cavilaciones de Tomás, Sabir negó todo, incluyendo especialmente que su interés fuera robarse 100 míseros dólares.

Luego de cortar, Tomás tenía sentimientos encontrados. Por un lado, la propuesta era disparatada y las respuestas no eran consistentes. Sin embargo, las hipótesis de que fuera una trampa tampoco lo eran. Y el hecho que del otro lado hubiera una persona visible, disponible, que dejaba sus datos, le daba cierta verosimilitud a toda la historia. Si no era cierto, valía la pena averiguar en dónde estaba la trampa.

La mentalidad fuerte y conservadora de Tomás no le permitía fantasear, sino sólo concentrarse en el siguiente paso. A la hora de decidir qué cuenta bancaria utilizar, descartó la de Argentina, y también la de Luxemburgo. Optó por utilizar una cuenta que tenía en Uruguay, casi sin movimientos. Eso era lo más razonable ya que se trataba de un país con importante secreto bancario, muy próximo al suyo, y en una cuenta sin fondos, así que no había mucho que perder. Completó el resto del contrato y envió todo por fax.

Aquella noche, tenía una cierta expectativa. Su razón seguía insistiendo en que aquello no podía ser cierto. Sin embargo, como su mente no lograba descifrar la trampa, seguía adelante. Salvando las distancias, se sentía como cuando una pareja está buscando un hijo y tienen relaciones sexuales con frecuencia y en los días indicados, pero hasta que el test de embarazo no dé positivo, saben que no existe nada.

A la mañana siguiente, Tomás decidió llamar a un amigo suyo del sistema financiero para evaluar algunos temas. Mariano, banquero suizo, se burló al darse cuenta que Tomás había contestado esos típicos cuentos del tío. Sin embargo, al ser presionado para explicar en dónde estaba la trampa, no pudo hacerlo. Sólo atinó a decir que Nigeria era el país más corrupto del mundo, y que era mejor que tomara distancia de todo aquello.

Típico pensamiento de un burócrata más, cuya vida estaba conducida por los férreos límites del miedo.

Para nada convencido de la trémula explicación, Tomás insistió llamando a Fabián, un trader millonario ya retirado, muy acostumbrado a soportar grandes presiones. Le preguntó si una transferencia de 17 millones de dólares en una plaza como la uruguaya podía generar alguna suspicacia. Con tono de profesor universitario, Fabián contestó: “-para el Banco Central de Uruguay, esa cifra es la operación más importante del mes”. Y sin saber nada, agregó: -“y no es lo mismo que venga de Nueva York que de Nigeria…”

Tomás sintió que su castillo de naipes empezaba a derrumbarse. Aunque no hacía falta escuchar la respuesta, no pudo evitar hacer la pregunta. Su amigo terminó de explicarse: -“porque si viene de Nigeria, es probable que en menos de 24hs el titular de la cuenta tenga un pedido de captura de Interpol…”

Sin siquiera ser cortés o agradecido con su amigo, Tomás cortó la comunicación. Game Over. Eran las 12 de la noche y el sueño de la cenicienta había terminado. El año que viene habría que seguir trabajando en pos de un poco de dinero y un poco de prestigio. La maldición de Dios cuando lo echó a Adán del paraíso -“ganarás el pan con el sudor de tu frente”, seguía vigente.

Y nada de hacer lo querría. Mucho menos aún, darse el tiempo para averiguarlo.

Sabir continuó llamando, aunque no tuvo más destino que el contestador automático. Sus mails y faxes tampoco fueron respondidos. Afortunada y obviamente, ningún dinero fue girado a la cuenta uruguaya.

Al principio, Tomás sintió frustración, como siempre ocurre cuando una fantasía es destrozada por la realidad.

Sin embargo,  el espejismo le había servido para reflexionar que no podía seguir esperando.

Que la opción nunca podía ser “el día que sea rico voy a hacer lo que quiero” porque probablemente no lo fuera nunca. En todo caso, el desafío sería irse moviendo en la dirección que le gustaría, sin perder contacto con sus responsabilidades ni tampoco aplazando su camino bajo la engañosa forma de mostrar como provisorio algo que era permanente diferido.

Indagando hasta el abismo, se dio cuenta que ni siquiera sabía qué era lo que le quería. No tenía ni la más remota idea, más allá de algunas pocas cosas que definitivamente no le gustaban.

Recordó una investigación que mostraba que los ganadores de la lotería, apenas tres meses después de haberse vuelto millonarios, ya estaban nuevamente de malhumor y con los mismos problemas de siempre. La única excepción eran aquellos de condición muy humilde que al tener las necesidades básicas insatisfechas, mejoraban sustancialmente su existencia.

Pero en términos generales, el dinero no resolvía el sentido de la la vida.

Se dio cuenta que esta situación le había hecho un gran favor. Permitirle registrar que su trabajo lo satisfacía poco. Que no tenía ni puta idea de qué es lo que quería en su vida. Que difícilmente existieran milagros salvadores que lo liberaran del yugo diario. Y que en el remoto caso de ocurrir, no lo ayudarían en nada a construir una vida. Sino más bien lo contrario. La tarea de investigar qué era lo que quería sería ardua, personal e intransferible.  Y moverse en esa dirección, sería más difícil aún. Nadie lo haría por él, mucho menos una repentina fortuna.

Entendió que esperar a ser rico para ponerse en marcha, era un absurdo o cuanto menos una mala decisión, ya que lo más probable era que bajo esa premisa nunca se pusiera en movimiento. Y si bien Occidente había exagerado con el valor de planificar las cosas, una cosa era encontrar sorpresas milagrosas e imprevisibles durante el camino, y otra muy distinta era sentarse a esperar a que ocurrieran.

Sintió que el verdadero golpe de suerte había sido la no concreción de aquél negocio. Cuando su amigo del banco lo llamó para contarle cómo era la trampa nigeriana, Tomás se negó a escucharlo, y le dijo: “no seas ingrato con gente que me ha ayudado tanto”.

Artículo de Juan Tonelli: No ganes la lotería.

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Vocación

Entrega

Durante un combate en la guerra de Vietnam, un soldado desapareció en el campo de batalla.
Su compañero y amigo decidió ir a buscarlo.
El general a cargo se opuso, ya que implicaba la misión implicaba correr grandes riesgos.

General: -“le prohibo que vaya que vaya a buscar a su compañero, ya que estará muerto o malherido. Y tengo la obligación de salvarlo a usted, para no perder otro soldado”.
Soldado: – “Comprendo perfectamente lo que dice mi General, y si bien no deseo desacatarlo, voy a ir a buscar a mi amigo”.
General: -“Para qué?; Vamos a perder dos hombres!”
Soldado: -“Siento que no está muerto, y confía en mí”. Dicho lo cual, salió a buscar a su amigo.

Casi un día después, el soldado regresó sólo, y herido de muerte. El General estaba irritado, aunque tampoco quería retar demasiado a un soldado agonizante. Así y todo, no pudo evitarlo y le dijo:

– “Vio; ahora perderemos dos hombres.”
El soldado le contestó: -“Usted tiene razón mi General; pero cuando encontré a mi compañero, él todavía estaba vivo y me dijo: “sabía que vendrías a buscarme”.

Una historia de Anthony de Mello

Artículo de Juan Tonelli: Entrega.

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Vocación

Heridas vocacionales

Robert “Bob” Berger había nacido en Hungría en tiempos del régimen nazi. Su niñez y adolescencia fueron particularmente duras, ya que en múltiples ocasiones estuvo a punto de morir, como tantos otros judíos. Durante años vivió con enormes niveles de tensión, porque la vida y la muerte se dirimían todos los días, y muchas veces sólo era una cuestión de suerte.

A los dieciséis años pudo emigrar a EEUU, donde aprendió el idioma, completó el colegio, estudió medicina, y se convirtió en uno de los más destacados cardiocirujanos del mundo. Así y todo, su pasado en Budapest volvía obsesivamente a su cabeza.  Recordaba la infinidad de ocasiones en que había estado a punto de morir, y en las que por audacia, o sólo por suerte, había sobrevivido. También recordaba todas las vidas que había salvado, aunque eso no alcanzara para calmar el dolor de las muertes que no había podido impedir.

Un caso lo perseguía particularmente. Tendría quince años cuando se dedicaba a falsificar pasaportes para ayudar a otros judíos a emigrar. Un día, mientras caminaba por las peligrosas calles de Budapest, un policía nazi lo detuvo. Luego del maltrato de rutina, le ordenó acompañarlo junto a un matrimonio sexagenerio que también estaba arrestado. Por más que Robert negó varias veces su origen judío, no tuvo más remedio que obedecer. Mientras caminaba junto a los otros detenidos, reparó que en su bolsillo tenía sellos de migraciones falsos. Una fría descarga eléctrica le recorrió la espalda: bastaba que el policía los descubriera para ser fusilado en el acto. Pensó en cómo deshacerse de ellos, pero no era fácil. Por otra parte, era perfectamente consciente que al llegar al destacamento nazi, lo mandarían junto al matrimonio y el resto de judíos a un campo de concentración. Qué podía hacer? Seguir negando dolorosamente su condición de judío? Y de hacerlo; qué ganaría? Le obligarían a bajarse los pantalones y calzoncillos, y el inaceptable hecho de estar circuncidado lo condenaría a una muerte también instantánea.

Mientras analizaba las alternativas como si fuera un ajedrecista, reparó que tenía un sobre con una carta de su trabajo, para ser entregada al correo. Se la mostró al policía nazi, y le pidió permiso para depositarla en el primer buzón que encontraran. Al policía no le convenció la idea, ya que no hacía ningún sentido que el chico cumpliera con sus obligaciones laborales cuando estaba a punto de morir. Así y todo accedió a regañadientes. Caminaron muchas cuadras hasta que finalmente Robert divisó un buzón y le solicitó permiso. Tan pronto fue autorizado, no sólo depositó la carta, sino que también tiró los sellos falsificados. Sintió un gran alivio ya que había conseguido eliminar otra causal de muerte. Sin embargo, una nueva duda lo angustió: qué pasaría si esa era la única carta del buzón? Fácilmente podrían rastrear al que la había depositado, y ejecutarlo por tener sellos falsos. Sin embargo, cuando la paranoia y el miedo parecían no tener límites, vislumbró una oportunidad.

A cincuenta metros caminaba a un policía húngaro, los cuales se llevaban muy mal con los nazis. Bob decidió jugarse el todo por el todo, y tan pronto se cruzaron, le pidió ayuda para que lo dejara ir a ver a su madre enferma. El nazi descubrió el truco en el acto, y negó tal posibilidad. El policía húngaro, tal vez por piedad, tal vez por el sólo hecho de contradecir al nazi, se puso a discutir a los gritos en defensa del joven. Finalmente pudo impuner su voluntad, con el compromiso de llevar al adolescente al destacamento nazi más tarde. Robert se sintió a salvo, aunque no dejó de registrar que salvaría su vida por el simple capricho de un policía local. Mientras empezó a caminar junto a él, dio vuelta su cabeza y observó como el nazi continuaba su marcha junto a la pareja. Se estremeció al pensar que aquél hombre y aquella mujer que se dirigían a una muerte inexorable. Tan pronto dejaron de verse, el policía húngaro miró a Bob, y con un guiño cómplice y una seña, lo dejó en libertad. Había salvado su vida. Había abandonado a aquél matrimonio.

Con 75 años de edad, el día que Robert cumplió las bodas de oro como médico, su pasado empezó a emerger. Ya no pudo tapar más toda la angustia e impotencia de su adolescencia. Por primera vez comprendió porqué había pasado su vida en un quirófano. Lo que su familia tanto le reprochaba -trabajar de 12 a 14 hs por día los 7 días de la semana- no era otra cosa que volver a su infancia.

El quirófano era Budapest: un lugar donde se vivía con mucha tensión porque la vida y la muerte se jugaban en cualquier instante. Un lugar que exigía toda la concentración y en el que cualquier descuido podía ser fatal. Un lugar que permitía evadirse del dolor, porque simplemente, no había lugar para expresarlo.

Recordó a aquél matrimonio de sexagenarios al que abandonó para salvarse a sí mismo. Se consoló pensando que en ese entonces, sólo tenía quince años. Se preguntó si las miles de vidas que había salvado a lo largo de medio siglo, servían para compensar las muertes que no había impedido sesenta años atrás. Comprendió que el quirófano era el riesgo, la angustia, la alegría por salvar una vida, el dolor por no poder impedir una muerte. Que su vocación, no era otra cosa que recrear esa tensión de Budapest que le resultaba tan familiar, y darse la oportunidad de redimir ese pasado de niño miserable, que en algunas ocasiones había priorizado su propia supervivencia.

Historia real, relatada en el libro “Llamo a la policía”, de Irvin Yalom y Bob Berger.

Artículo de Juan Tonelli: Heridas vocacionales.

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