Vocación

Incertidumbre, Vocación

Miedo a jugarme

Lo que había comenzado como un diálogo empático se había transformado en una frustración.

-Pero me estás limitando, -se quejó la discípula.

-En la vida siempre hay límites, -respondió el Maestro con ternura.

A la joven se le llenaron los ojos de lágrimas. El Maestro la abrazó, conectando con su dolor. ¿Qué era madurar, sino registrar las limitaciones? ¿Y qué podía hacer hacer él? ¿Mentir, pretendiendo evitarle un dolor que luego la vida mostrara en forma más dura?

Las lágrimas de la joven certificaban que se trataba de un asunto importante. Como si caminara en puntas de pie, el Maestro intentó aproximarse al tema.

-¿Por qué llorabas?

-Yo sé que actuar es mi pasión, pero también quiero formar una familia, y tener un estilo de vida. Y es casi imposible vivir siendo actriz. Solo muy pocas son tocadas por la barita mágica.

Era cierto que vivir de la actuación era difícil. Pero el Maestro tampoco pudo evitar preguntarse si las muchas posibilidades que le había dado aquella familia, no habrían terminado siendo un lastre.

-Es verdad que vivir como actriz no es fácil. Pero en la otra punta, acceder a un buen estilo de vida haciendo algo que no nos moviliza, es muy triste. Y entre esos extremos transcurre la vida.

-Es que no quiero morirme de hambre. Por eso pensé en estudiar periodismo, que es algo que me gusta y seguramente me permita vivir mejor.

-Es que eso tampoco es seguro…

Ella lo miró decepcionada.

-Creo que la clave es estar dispuesta a transitar un camino.

-Pero si sé que el camino no me va a llevar a ningún lado, ¿para qué transitarlo?

-¿Cómo estás tan segura que no te llevará a ningún lado?

-Porque lo logra una de cada mil…

-Ese es un análisis incompleto. No debiéramos elegir algo solo por la posibilidad de destacarnos. Lo que nos tiene que movilizar es la actividad en sí; probar, aprender.

-Es muy duro, y yo no quiero hacerme mierda.

-Preferís hacerte mierda ahora…

La joven volvía a estremecerse. Había enterrado este tema por ser algo imposible; pero volvía una y otra vez para recordarle que estaba bien vivo. El Maestro retomó:

-No quiero perder tiempo preguntándote por qué estás tan segura que no serás una gran actriz. Prefiero que me cuentes algo más simple: ¿cómo sabés a dónde vas a estar parada después de dos o tres años de hacer lo que te gusta? Salvo que lo hagas, nunca sabrás cuáles son las perspectivas y posibilidades que se tiene en ese camino.

-¿Qué podría variar? ¿Darme cuenta que me encanta y tener que dejarlo porque no puedo vivir de eso? Eso es justamente lo que quiero evitar.

-Cuentan que para salvarse, un condenado a muerte le prometió al rey que si le daba un año de plazo, le enseñaría a hablar a sus caballos. Luego que el intrigado monarca accediera, un amigo le preguntó al reo si se había vuelto loco. Éste le dijo: “-en un año pueden pasar muchas cosas. Puede haber una guerra o un terremoto; se puede morir el rey o morirme yo; y quien sabe, hasta es posible que los caballos aprendan a hablar. Y sino, al menos gané un año de vida…”

La joven escuchaba fastidiada. El Maestro continuó.

-¿No te parece un poco drástica tu decisión? Para no sufrir en el futuro, sufrís ahora. Pero podrías seguir un camino con corazón, aunque desconozcas a dónde te llevará. Si lo empezás, en algunos años pueden pasar muchas cosas, como que seas una gran actriz. O aún dándote cuenta que nunca llegarás a serlo, serás alguien que vivió y aprendió, y que tal vez pueda resignificar su vocación siendo productora, guionista, o representante de actrices… Conozco a alguien que cuando era niño quería ser un gran futbolista. Ya en la adolescencia se dio cuenta que nunca lo iba a ser. Entonces se propuso ser el presidente del club de sus amores. De grande, lo consiguió y fue el mejor de toda la historia, logrando un montón de títulos e incrementando notablemente el patrimonio de la institución.

-Es que a mí no me interesa. Solo quiero una cosa y es improbable que suceda.

-Entonces mejor ni empezar el camino.

-Creo que sí…

-Si estás tan en paz con tu decisión, ¿por qué se te llenan los ojos de lágrimas?

-Porque duele…

-¿Qué es lo que duele?

-No poder hacer lo que uno quiere. Vos me dijiste que siempre hay límites.

-Que haya límites no nos impide que elijamos transitar un camino que nos llama. Y aunque tal vez no lleguemos al lugar que desearíamos, no debiéramos dejar de recorrerlo. Aprenderemos muchas cosas durante el viaje; nos conoceremos a nosotros mismos, y tendremos la alegría de hacer algo que nos moviliza.

¿Y después? En su momento se verá. ¿Cómo saber cuál es la vista desde una montaña antes de haberla subido?

La joven sentía una gran dualidad. Resultaba irónico que estuviera peleando contra alguien que la empujaba en dirección de su sueño. Pero así eran los seres humanos. Los peores enemigos de sí mismos.

-¿Por qué llorás; por el tiempo que perdiste? ¿Creés que podrías haber empezado antes y que al haberlo evaluado y descartado hace algunos años, ya es muy tarde para hacerlo? ¿Te angustia pensar que fuiste vos la que dejó pasar el tren?

Ella permanecía en silencio con los ojos rojos y llenos de lágrimas. El Maestro podía percibir su angustia. A su vez, sorprenderse una vez más por los mecanismos defensivos de las personas que, tratando de protegerse del dolor, solo lo incrementaban.

-Es lógico que quieras protegerte del sufrimiento; ¿a quién le gusta sufrir? Pero tenés que saber que nuestros intentos de evitar el sufrimiento solo lo agigantan. Vos ahora tenés el mismo problema de un tiempo atrás, agravado por los años que desperdiciaste en tu vano intento de escaparle a la frustración. Pero tenés suerte; si tu tiempo se hubiera agotado tendrías un dolor enorme. Afortunadamente no es el caso y podrás recorrer un camino interesantísimo.

La joven parecía inconmovible.

-¿Querrías ser actriz porque te gusta actuar o para recibir un Oscar en la alfombra roja de Holywood?

La cara de la chica corroboraba que aquella pregunta tenía algo de verdad.

-Aunque me encantaría, ser una estrella de Holywood no es determinante. Sí querría poder vivir bien.

¿Tanto podía condicionar a alguien el estilo de vida? El Maestro intuía que el problema central no era ese, sino la errónea idea que la vida era una línea recta.

Consciente de lo limitadas que podían ser las razones y las palabras, el Maestro se dispuso a abrazar a la joven. Sin embargo, ella no quiso.

¿Quién podía aceptar un abrazo cuando estaba rechazando la vida? Resultaba paradójico cuando todo aquel que estuviera peleado con la vida necesitaba un abrazo con desesperación.

El Maestro le tomó la mano, acariciándosela con el dedo índice. Luego le dijo:

-La vida no te va a dar las certezas que buscas. Pero te ofrece caminos. Y recordá que nuestro camino lo vamos encontrando mientras caminamos. No es una ruta que definimos en un mapa sentados en el escritorio. Acá las cosas no funcionan así. Y no es que no haya mapas. Es que los mapas de otros no sirven. Y el nuestro, solo podemos descubrirlo mientras caminamos.

La joven suspiró.

-Ponete en marcha. Empezá un camino que sientas. No pases más tiempo buscando el camino perfecto. Ese sendero no se encuentra en tu cabeza, sino que será una mezcla de mente y corazón. Lo conocerás andando y en dos o tres años estarás en lugar imposible de visualizar ahora.

-Tengo miedo de salir lastimada.

-Eso se llama miedo de vivir. La vida siempre nos lastima. Mucho. Pero también nos sana y nos puede colmar de sentido. Seguí tu corazón sin por eso perder la cabeza. Pero una vez que escuchamos un llamado, no podemos desoírlo. Seguí el camino a fondo. Ya sabrás cuando sea momento de parar, reflexionar, y ver por donde seguir.

-¿No es demasiado tarde? Perdí mucho tiempo…

-Nunca es demasiado tarde para permitirnos ser quienes en verdad somos. Y todos nos tomamos mucho tiempo para animarnos a seguir nuestro camino.

Sin aquel enorme peso encima, la joven pudo abrazarlo.

Artículo de Juan Tonelli: Miedo a jugarme.

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Aprendizaje, Culpa, Madurez, Vocación

La libertad nunca es gratis

“- Tus hijos tienen mucha más libertad que la que vos tuviste cuando eras chico…”

La frase de la terapeuta abrió la caja de Pandora. Lo primero que vino a la mente de Mario fue su imposibilidad de dedicarse a lo que soñaba cuando tenía 17 años. Al terminar el colegio, era el campeón nacional y lo único que le interesaba en la vida era jugar a ese deporte.

Su exitosa carrera deportiva era una realidad. No se trataba de que tal vez tuviera futuro. Tenía un presente impresionante y pensar en dedicarse a eso que le llenaba su alma era su anhelo más profundo. Sin embargo, no tenía ninguna chance de hacerlo. Su familia tenía una larga historia de prestigio académico, por lo cual estaba obligado a estudiar una carrera universitaria. Ser deportista no era una opción.

Para peor, estaban los proverbiales miedos de los padres, convencidos de que tener un título aseguraba un futuro y no tenerlo era el mismísimo apocalipsis. ¿Habría algo que aseguraba un futuro? ¿Tenía sentido destruir un presente lleno de vitalidad y conexión con uno mismo en pos de un supuesto futuro mejor?

Mario no tuvo la fuerza para patear el tablero y seguir a su corazón. Escindido, empezó a cabalgar dos caballos que se movían en direcciones distintas y muchas veces contradictorias. Como era natural, antes de destruirse del todo, abandonó aquél caballo que tanto amaba, que era su deporte.

Se preguntó por qué no había tenido la fuerza para explicarle a sus padres que él quería hacer su vida y no la que ellos querían. ¿Por qué las personas estaban tan dispuestas a hacer algo que no querían con tal de evitar conflictos? ¿Eran los seres humanos evitadores seriales de conflicto?

¿O esa característica era sólo un rasgo de inmadurez, que a partir de los cuarenta años y haber conocido el sufrimiento, se iba reduciendo? ¿Por qué resultaba tan difícil expresar lo que uno sentía y lo que uno quería? ¿Era a lo que se refería la terapeuta, de los escasos márgenes de libertad con los que había contado?

Sin escalas pasó a recordar su infancia. Pese a que su familia pertenecía a una clase media profesional, lo enviaron al colegio más aristocrático. Aquella decisión lo marcaría para siempre.

Como no podía mantener el nivel de vida que tenían sus compañeros, su estrategia adaptativa fue tornarse invisible. Muchas veces había deseado que existiera la pintura de la invisibilidad, para no ser percibido y por ende, estar a salvo de exigencias.

Contrario a la creencia de que ser, era ser percibido, en el caso de Mario era todo lo contrario. Como su ser no encajaba en los parámetros establecidos, él creía que debía ser corregido.

Tardaría quince años en empezar a darse cuenta de que su ser no estaba mal. Que no debía ser corregido entre otras razones, porque eso no era posible. Sin embargo, durante el colegio optaría por simular antes que resultar disonante. Su mejor estrategia para no desentonar, era no ser percibido. Resignaba conectar con alguien, pero al menos tenía paz. El precio de su tranquilidad no era otro que la soledad y el aislamiento.

Sin proponérselo, Mario había desarrollado una enorme capacidad adaptativa, siendo capaz de mimetizarse con cualquier entorno. Parecía uno de esos animales que se ven en los documentales del Animal Planet o el Discovery Channel, en el que ciertas especies tienen la aptitud de perderse complemente con su entorno. Pueden parecer piedras, pasto, ramas, fondo marino. Pero es muy difícil detectarlos.

Si Mario estaba con gatos parecía un gato más, y si estaba con perros era otro perro. Obviamente, ni se animaba a preguntarse qué clase de animal era él en realidad.

La efervescencia adolescente con la política había sido otro tema. Mientras su familia tenía una estrecha historia con un partido político, todos sus compañeros de colegio odiaban a aquél partido. Algo natural, ya que los que tienen mucho suelen no querer ninguna revolución que mejore la vida de los más pobres, sino que su preocupación central pasa por conservar y acrecentar lo que tienen.

En ese contexto, Mario simulaba ser uno más de los que odiaba al partido al que pertenecía toda su familia. Su nivel de disociación no podía ser mayor. Se pensaba una cosa en su casa, y se creía exactamente la opuesta en su colegio. Inevitablemente, en su primer votación a los 18 años, no tenía ni remota idea de a quien votar.

Optó por adherir a las ideas de su familia, aunque el candidato le produjera un rechazo importante. Y ese pequeño estigma también lo seguiría toda su vida. Que su primer voto fuera a alguien que no le inspiraba ninguna confianza y le generaba un fuerte rechazo, lo marcaría para siempre. Otra muestra de su desconexión.

El mecanismo adaptativo de volverse invisible para evitar conflictos, se fue tornando algo natural. Habiendo sentido que él era lo que estaba mal, era lógico que simulara ser lo que debía, para no generar ruido.

El tema es que ese ruido se generaba adentro suyo. Afuera todo parecía perfecto, y en su interior todo se caía a pedazos. Por más esfuerzos que hacía, Mario sabía que vivía evitando conflictos.

La situación con su ex mujer era otro caso típico. Después de la separación, él se sentía culpable. Y si bien siempre estaba muy cerca de todos acompañando, conteniendo, educando, pagando gastos, solía ponerse mal al pensar que no había podido darles una familia unida.

Su ex esposa no terminaba de perdonarlo, y él no podía lograr su libertad. Pese a todo lo que la ayudaba y la cuidaba, el hecho de haberse separado era una causa que no prescribía nunca. Debía pagar de por vida. De poco importaba la responsabilidad de ella en la separación. ¿O acaso existen separaciones en donde alguien no tuvo nada que ver?

A su ex mujer la enojaba mucho que él tuviera una nueva relación, y se descontrolaba cada vez que los hijos entraban en contacto con la novia del padre. Para evitar conflictos, Mario eludía estar con con su pareja cuando estaba con los chicos, hecho que le traía complicaciones logísticas y un sinnúmero de planteos.

Él, que quería vivir en paz, con frecuencia se encontraba atrapado entre dos fuegos. Su ex, que daba batalla en cada milímetro cuadrado de territorio, y su pareja actual, que planteaba que nunca terminaba de ser reconocida porque él no la defendía, no se hacía cargo.

Mario se dio cuenta que él había sido la variable de ajuste de todas sus relaciones. Para que los demás no se enojaran o decepcionaran, él cedía. Aunque ese ceder fuera contra sí mismo, y el reclamo que tenía enfrente fuera desproporcionado e injusto.

Vino a su mente la historia de aquél elefante que cuando era pequeño había sido atado a una estaca con una soga. Después de agotarse intentando zafarse, había concluido que nunca más podría librarse de esa atadura.

El tema era que en su adultez, con dos toneladas de peso,  seguía convencido que no podía con aquella soga, cuando en realidad la podría haber arrancado con facilidad. Las malas experiencias de la infancia lo seguían limitando en la madurez, cuando no había ninguna razón real para que eso ocurriera. Todo era cuestión de darse cuenta que sus recursos actuales le permitían otros niveles de libertad de los que él no estaba ni enterado.

 Volvió a pensar en sus reiteradas adaptaciones a algo que no era, solo para evitar conflictos. La raíz de esa conducta era claramente afectiva y de su más tierna infancia. Como el elefantito.

¿Cuál era el punto de equilibrio entre ser un evitador serial de conflictos y ser alguien egoísta al que solo le importaban sus deseos?

No encontró una respuesta clara, y seguramente fuera otro de los misterios que requerían ese arte necesario para vivir. Sin embargo, una cosa le quedó clara. Vivir era mucho más que evitar conflictos. Y tampoco se podía ir en contra de lo que uno era.

Si el precio para evitar un conflicto era dejar de ser lo que uno era, eso nunca resultaría. Como a veces, el costo a pagar por ser lo que uno era podía ser muy alto, habría que juntar fuerzas, coraje, y sufrir lo necesario para poder avanzar. Pero definitivamente, lo único que no se podía hacer era naturalizar la situación. Hacer pasar por normal algo que no lo era, anular la propia esencia.

En esos casos, había que buscar por todos los medios la forma de pararse y salir de esa situación. No importaban tanto las explicaciones, sino más bien comunicar quién era uno. Los demás podrían entender o no. El tiempo podría ayudar o no. Pero uno siempre estaba llamado a ser lo que uno era. El precio de no querer escuchar esa convocatoria era arruinar la vida.

Mario suspiró. Sintió que tenía pendiente tareas importantes. Algunas las percibía como escalar una montaña. Pero por primera vez, se dio cuenta que ese esfuerzo bien valía la pena. En la cima estaba su libertad.

Artículo de Juan Tonelli: La libertad nunca es gratis.

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Adversidad, Fachada, Vocación

¿Creo en lo que hago?

“Hace cincuenta años que para mí la pregunta clave es: ¿Creo en lo que hago?”

Francisco hizo una pausa para reflexionar, y no tuvo más remedio que cerrar el libro. No tenía sentido seguir leyendo. La idea de aquél monje benedictino lo había interpelado. Una enorme fractura se acababa de producir en su interior. ¿O ya estaría de antes y la pregunta solo la había puesto en evidencia?

¿Creo en lo que hago? ¿Cincuenta años haciéndose esa corrosiva pregunta? El interrogante era incisivo como un bisturí. Los grandes temas de su vida empezaron a desfilar por su mente con total impunidad.

Recordó los años de trabajo en lugares en los que no quería estar. Proyectos en los que no creía, jefes en los que no confiaba, en donde todo era simulación. Simular que era un empleado trabajador y comprometido, cuando en realidad no le interesaba en lo más mínimo lo que hacía. ¿Por qué se habría quedado tanto tiempo sintiéndose así?

Suspiró al revivir las razones. Porque necesitaba el dinero; porque para la sociedad era un buen empleo o porque recibía beneficios que le gustaban. Y más allá de la conveniencia, se dio cuenta que también había mucho temor. Demasiado. Miedo de enfrentarse a un jefe; miedo de no encontrar un trabajo mejor; miedo a no tener dinero; miedo a arriesgarse por algo que le gustara.

El miedo, siempre haciendo estragos en la vida del ser humano.

Recordó una encuesta de Gallup en donde el ochenta por ciento de la sociedad occidental estaba disconforme o decepcionada con su trabajo. ¿Cuánto correspondería a la insatisfacción crónica del género humano, y quiénes tendrían razón en estar tristes por un trabajo sin sentido? Y del probable enorme grupo de los que durante años realizaban tareas que no les gustaban; ¿cuántos serían los que verdaderamente no tendrían ninguna otra alternativa?

Por lo general, el hombre solía carecer de osadía para buscar soluciones a problemas complejos. Grandes masas humanas se resignaban con rapidez, y empezaban a construir argumentos que justificaran esa vida sin corazón. Siempre habría muchas buenas razones para  quedarse quieto en una mala vida.

Un estudioso de las organizaciones empresariales había entrevistado a miles de gerentes. Cuando les preguntaba a aquellos que pertenecían a empresas que no eran líderes, qué es lo que necesitaban para serlo, siempre recibía la misma respuesta: no tenemos dinero. Sin embargo, cuando les repreguntaba cuánto dinero requerirían para llevar a cabo eso que soñaban, la respuesta siempre era vaga y difusa. Nadie lo sabía.

En el fondo, la falta de presupuesto era la excusa perfecta para dejar todo como estaba y no tomarse el trabajo, ni correr los riesgos de ponerse en marcha. ¿Qué hubiera pasado si les hubiera dado el dinero que necesitaban? Seguramente los hubiera puesto en una situación muy incómoda al dejarlos sin excusas.

Las imágenes del sin sentido en  la vida laboral parecían no tener fin. ¿Acaso Scott Adams no se había vuelto millonario por inventar Dilbert, un cómic que retrataba con precisión el absurdo funcionamiento de las organizaciones? ¿No era inquietante la idea Tom Peters, de que el único epitafio que no quería tener era: “Pudo haber hecho cosas fantásticas, pero su jefe no se lo permitió”?

Del frustrante ambiente de trabajo, Francisco pasó sin escalas al más escabroso asunto sentimental. Recordó algunas parejas que había tenido que, pese a no ir para ningún lado, habían durado años. Porque no quería estar solo; por necesitar a alguien que lo ayudara con la casa o los hijos; por tener una compañera sexual, y por muchas otras razones. Si bien no se encontró en el horrible caso de tener una novia por conveniencia económica, registró varias con las que había convivido años a sabiendas de que eran relaciones sin futuro, por no animarse a romper el statu quo.

Volvió a su mente el tema laboral. Recordó las infinitas reuniones y presentaciones absurdas, donde personas sin autoridad creían conducir a alguna parte, a un grupo de cínicos que se limitaban a asentir con la cabeza y expresar falsos elogios.

Recordó la redacción de un diario en el que había trabajado quince años atrás y que había vuelto a visitar la semana anterior. Se había reencontrado con trescientos compañeros que hacía dos décadas que esperaban que la empresa se reestructurara y los invitara a retirarse. Como no querían irse sin una indemnización, pretendían que esa iniciativa la tomara el diario.

Llevaban veinte años simulando que trabajaban, y en algo que no les interesaba. Mientras esperaban el despido liberador, la vida se desperdiciaba como el agua de una canilla abierta. Se rió al pensar que en breve empezarían a tachar los años que les faltaba para jubilarse.

Indagando entre las razones de por qué las personas podían pasar años haciendo algo en lo que no creían, identificó a la conveniencia y al miedo como las dos principales. Además de la mente, siempre tan propensa a mantener el statu quo.

En el fondo, cualquier cambio, aunque fuera para mejor, llevaba implícito un riesgo. Y el cerebro, en su programación por evitar peligros, terminaba conduciendo a las personas a vidas miserables.

Francisco se preguntó si creía en lo que hacía. Como en tantos órdenes de la vida, no había una respuesta definitiva. Tal vez, la diferencia más importante del momento que vivía, fuera que en varias áreas creía en lo que hacía. Y en los casos en que no creía, podía entender porqué seguía adelante. Se trataba, de tareas que debía seguir haciendo para ganar dinero y poder desarrollar otras cosas que le gustaban.

Mirando hacia atrás, se dio cuenta que había pasado varios períodos de su vida haciendo cosas en las que no creía. También registró que esa calificación era dinámica: algunas personas y proyectos en los que no creía habían terminado siendo significativos, en tanto otras pasiones fulminantes, devenido en ataduras.

Volviendo al presente, registró que encontrar el rumbo no garantizaba mantenerlo. El ser humano, sus motivaciones y las imprevisibles circunstancias, hacían que todo fuera un misterio.

Percibiendo la fragilidad de la existencia, Francisco intentó delinear conceptos que pudieran ayudarlo en el futuro.

Se dio cuenta que era capaz de identificar cuando creía en lo que hacía. Y también podía registrar con nitidez cuando no creía en lo que hacía. El problema como siempre, eran los infinitos matices entre los extremos.

Aunque las recetas no sirvieran para vivir, decidió que de ahora en más, si no creía en lo que hacía, tenía que dejarlo inmediatamente o al menos, buscar la forma de poder dejarlo. No seguir adelante como si nada.

Y en el enorme universo de grises, mientras no tuviera claro si creía o no creía en lo que estaba haciendo, podía seguir adelante. Con la fuerza y el compromiso como si fuera una tarea llena de sentido, aunque sin dejar de evaluar en forma periódica y honesta, si eso que estaba haciendo era veraz o no. Y de no serlo, habría que buscar la forma de dejarlo.

Después de todo, el destino final nunca era tan importante como el saber que uno tenía el rumbo correcto.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Creo en lo que hago?

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Si te gustó esta historia, no te pierdas el próximo encuentro con Juan Tonelli el miércoles 22 de Octubre a las 19 hs. La entrada es libre y gratuita, en Dain Usina Cultural, Nicaragua 4899 (esquina Thames), Buenos Aires.

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Aprendizaje, Ideas equivocadas, Vocación

Las condiciones del aprendizaje

El boletín de su hijo era realmente malo. Mas de la mitad de las materias estaban calificadas con un insuficiente. Simulando una tranquilidad que no tenía, el padre lo llamó para conversar del asunto. El chico se puso muy tenso, y no quiso hablar.

“- Gordito, no te estoy retando. Solo necesito entender que te está pasando”, dijo el padre con una fingida prestancia.

“-Nada”, fue la cortante respuesta de su hijo.

El papá se dio cuenta que estaba frente a un problema mas grande del que creía. Su hijo no solo tenía malas notas, sino que no quería expresar lo que le pasaba.

En una rápida asociación, la mente le trajo  un sinnúmero de situaciones de su infancia. Recordó especialmente cuando con apenas diez años de edad, jugaba a ser padre y a firmar sin inmutarse, un boletín lleno de aplazos que le traía su hijo imaginario.

Nunca había reflexionado en aquél juego, pero era evidente que refería a su propia historia de vida. Si bien cuando él era un niño, nadie le exigía formalmente que fuera un excelente alumno, la presión era grande. De ahí surgía la fantasía de poder firmar como padre, un montón de aplazos sin inmutarse. En el fondo, era lo que deseaba que le hubiera pasado.

De vuelta en el presente, se dio cuenta que ahora que tenía la oportunidad real de contener a su hijo, estaba bastante perturbado. ¿Qué lo ocasionaría?

Recordó a un ex ministro de educación, quien le había dicho que los problemas de los chicos de las clases medias y altas no pasaban por el nivel educativo de la escuela. A su entender, el tema era la neurosis, los miedos y las exigencias de los padres. Que en forma mas directa o más sutil, siempre hacían estragos.

Se preguntó cuáles serían esos miedos. Los primeros en aparecer tenían un alto componente egoísta. Como padre no quería tener problemas. Nada que le sumara un contratiempo adicional a su día a día, por más que supuestamente su hijo fuera lo más importante de la vida. El solo hecho de pensar en buscar otro colegio, y en tener que mandar a sus chicos a distintos establecimientos, lo fastidiaba.

Yendo al fondo de sus propios miedos, registró el temor a que su hijo no pudiera terminar la escuela, y que no tuviera un buen futuro laboral. Solo le faltó imaginar que lo tendría que mantener toda su vida, pero su consciente lo preservó un poco de aquella angustia que también existía.

Se asustó del solo imaginar en tener un hijo con un vida fallida. Como esas de tantas millones de personas que no pueden con la existencia y a las que hay que estar asistiéndolas permanentemente porque la realidad las pasa por arriba todo el tiempo.

De vuelta en el presente se preguntó si no tendría que hablar claro con su hijo. “-O estudiás y mejorás tus notas, o se acaban tus salidas con amigos y los juegos que tanto te gustan…”

¿Serviría para algo un régimen de sanciones? ¿O en el mejor de los casos, sería eficiente para aprobar las materias, sin abordar la causa mas profunda que estaría generando la baja performance? Las malas notas; ¿serían el resultado de la falta de estudio, o del más profundo desinterés por lo que le estaban enseñando? Se dio cuenta que una cosa era poner límites sanos, que protegen, y otra muy distinta era presionar. Aumentar la presión difícilmente pudiera generar algo virtuoso.

Intentó retomar el diálogo con su hijo, pero no pudo avanzar mucho. El niño respondía con monosílabos, queriendo terminar cuanto antes la frustrada conversación. Así las cosas, el padre decidió cambiar de estrategia. “-Como te ayudamos con mamá? ¿Querés que estudie con vos? O preferís que busquemos un profesor? ¿Como hacemos? Estamos de tu lado…” Aquellas palabras distendieron un poco la situación, aunque sin abrir un diálogo franco y sin temores, que resultaba poco menos que imposible.

Volvió a pensar en las sanciones. Implementar esa política llevaba implícito quitarle a su hijo cosas que le gustaban, reemplazándolas por asuntos que no le interesaban. ¿Podría surgir algo bueno de esa metodología?

Recordó a un destacado físico portugués quien sostenía que para ser un gran investigador había que estar dispuesto a hacer sacrificios. Pero irónicamente, aclaraba que no se trataba de privaciones ni esfuerzos, sino más bien, de no dejarse llevar por la corriente.  Según aquél genio, el error que cometían la mayoría de las personas que se dedicaban a la física, era anteponer su carrera a su curiosidad.

Entonces, en vez de ver a dónde los llevaba su curiosidad, se dedicaban a realizar documentos y publicaciones periódicas, dar conferencias, y un cúmulo de actividades estereotipadas y en el fondo, vacías.

Para este físico, la disciplina necesaria era tener el carácter y la determinación suficientes para no buscar seguridades, sino trabajar en aras de la curiosidad. Soportar la incertidumbre en pos seguir el instinto y las cosas que a uno lo entusiasmaban y le llamaban la atención.

Para dejar bien en claro su postura, sostenía que si no se estaba dispuesto a hacer eso, en vez de dedicarse a la física, había que irse a trabajar a algún puesto administrativo. A su entender, demasiados físicos estaban mas preocupados en los pasos de su propia carrera, que en tratar de hacer algo interesante. Seguían el cursum honorum, que habitualmente no conducía a ningún lado valioso. Solía ser únicamente forma vaciada de contenido. El solo pensar que como padre podía estar cercenando la curiosidad y áreas de interés de su hijo, lo angustió.

Si bien esa era la historia de casi todas la personas, él no quería repetirla con sus hijos. Aunque el pasado no se pudiera modificar, de alguna u otra forma, siempre podía repararse. Por otra parte, también era deseable no seguir acumulando errores.

Sensibilizado al máximo, se preguntó si además de tratar a sus hijos de esa forma, uno no debía tratarse a sí mismo de la misma manera. ¿Qué abordaje tendría mas posibilidades de generar una buena vida? ¿La exigencia, el rigor, las sanciones, el miedo, la falta de diálogo, las descalificaciones, o el apoyo incondicional, la paciencia, la contención, la complicidad, la determinación de buscar siempre nuevas soluciones para los inevitables problemas que se fueran presentando?

No hizo falta contestarse.

Esa noche, fue a la cama de su hijo, y sin decirle una palabra, lo abrazó fuerte un rato largo. La fuerza con la que su hijo lo apretó, fue la mejor respuesta a los interrogantes acerca de cuál era el camino que tenían que seguir.

Artículo de Juan Tonelli: Las condiciones del aprendizaje

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Analfabetismo emocional, Aprendizaje, Vocación

Vocación

El secreto del éxito es el entusiasmo.

Aquella leyenda pintada en letras gigantes, en la pared de la innovadora empresa tecnológica, la interpeló. ¿Sería que ella no era tan exitosa porque no tenía entusiasmo? Asumiendo que la etimología de esa palabra significaba “Dios adentro de uno”, Paloma se dio cuenta que hacía mucho que ella no estaba entusiasmada. No sentía ninguna divinidad dentro suyo, ninguna alegría profunda por hacer lo que hacía.

Conocía bien el hecho de ser atravesada por una pasión, una vocación que hacía vibrar el alma. Volvió a echar un vistazo a esas imponentes oficinas abiertas en el último piso de una moderna torre. Un centenar de personas trabajaban divertidas, apasionadas. Entusiasmadas. Lo opuesto del trabajo caricaturizado por Chaplin en la película Tiempos Modernos.

No le cupo ninguna duda que el fundador de esta empresa debía ser un tipo totalmente entusiasmado con lo que hacía. Sino, era imposible haber puesto en marcha semejante movimiento. Paloma se preguntó cuál sería la motivación profunda de ese señor. Y cuál sería la de la mayoría de las personas que trabajaban ahí. ¿Qué les despertaba el líder? ¿Éxito? ¿Acaso el hecho de ser parte de un proceso exitoso era suficiente?

Las elecciones democráticas solían demostrar que buena parte de la sociedad prefería votar por el ganador antes que por alguien bueno pero sin tantas chances. Los seres humanos solían querer subirse a cualquier tren que fuera ganador. Sin embargo, parecía difícil imaginar que algo así fuera lo que pasaba en esas oficinas. En el corazón de aquellos empleados debía haber algo más trascendente que el dinero o el mero éxito.

Un año atrás, en una cena de recaudación de fondos, el presidente de una fundación que promovía políticos virtuosos había comentado que en la universidad de Harvard sólo había 35 compatriotas estudiando política. Que no eran muchos, y que la mayoría tenía muchas ganas de regresar al país para hacer carrera en su tierra. Pero que el principal obstáculo era el dinero.

“- Es muy difícil pedirles que vuelvan a trabajar a nuestro país por mil quinientos dólares, cuando al graduarse pueden elegir trabajar en Mc Kinsey por siete mil….”, comentó con un dejo de frustración.

Sin embargo, uno de los empresarios que habían sido convocados para ver si apoyaban económicamente a la fundación, cortó al presidente en forma tajante. “- Si alguien que sueña con hacer política está dispuesto a trabajar en Mc Kinsey, en realidad no sirve. Hay que dejarlo.”

Ante la atónita mirada del resto de los asistentes por el rigor de su expresión, el empresario amplió su idea: “- Mc Kinsey es una de las mejores consultoras mundiales en temas empresariales. Tal vez la mejor. Pero no tiene nada que ver con la política. Si alguien puede resignar tan rápidamente lo que siente por una cuestión de dinero, en realidad tiene una vocación muy débil. Y entonces es mejor dejar que siga otro camino, no hacerlo perder tiempo, ni que la fundación malgaste recursos.”

Aquella reflexión interpeló no sólo a Paloma sino también a buena parte de los presentes. ¿Quién tenía una vocación tan fuerte para seguir adelante contra viento y marea? Y sobre todo; ¿quién menor de treinta años podía tener eso tan claro?

Por lo general solía ir mostrándose con los años, pero a la par de restricciones crecientes. Para cuando las personas empezaban a saber quiénes eran, y tenían bastante noción de lo que les gustaba y lo que no, ya tenían una familia que mantener, muchas responsabilidades, y poco margen de libertad para seguir a su corazón.

Por otra parte, casi nadie abandonaba un buen nivel de ingresos para ponerse a hacer algo más apasionante pero que no le permitiera mantener el nivel de vida que tenía. Clásico dilema humano. En todo caso, el desafío parecía ser moverse en dirección a lo vocacional, sin grandes rupturas. Evolución en lugar de revolución.

A cierta edad, las personas ya sabían que las revoluciones no duraban. Ni las políticas, ni las personales. Era mucho más fácil hacerlas, que sostenerlas. Por eso, después de un tiempo, todas languidecían, como un helado derritiéndose sobre el asfalto en el verano.

Paloma volvió al presente, y a la idea de que el secreto del éxito era el entusiasmo. Sintió la frase como reveladora. Implicaba matar dos pájaros de un tiro: hacer lo que le gustaba, y poder ser exitosa. Una vida perfecta. Conectada con lo que la hacía vibrar, y siendo reconocida por todos.

Varias imágenes vinieron a su mente cuando trató de reconocer su vocación. A los quince años, después de actuar magistralmente en el colegio, la directora le había dicho a su papá que Paloma podía ser una gran actriz. Su corazón se había iluminado, aunque ese fuego solo durara instantes. Su padre había sido el verdugo de la ilusión, reconociendo que su hija tenía mucho talento, pero que iba a estudiar una carrera seria. ¿Qué margen tendría ella para ser actriz después de semejante limitación?

Muy poco, pero definitivamente alguno. De hecho, otra compañera suya se había animado a jugarse por la actuación. Si bien era cierto que había sido mucho más acompañada por sus padres, esa chica había abandonado el colegio en tercer año, provocando grandes tensiones familiares. Sin embargo, con el correr de los años y al verla realizarse,  sus padres habían aceptado que aquella decisión había sido la correcta.

Paloma no había tenido esa familia, pero tampoco el coraje de romper con lo que querían sus padres.

En el fondo, había preferido sacrificar su vocación con tal de no pelearse a muerte con su familia, y correr el riesgo de ser desterrada afectivamente. Ahora venía a darse cuenta que el precio que había pagado por tal elección era aún mayor.

Al terminar la secundaria había elegido una carrera seria en vez de la actividad que era su pasión. Le parecía que no era posible, sin imaginar que esa decisión significaría la ruptura final con su interioridad. De ahí en más, Paloma tendría enormes dificultades en conectar con lo que le pasaba.

Después de todo; ¿para qué conectar si la valiosa información surgida de su interior era descartada, por no decir despreciada? Su mente se las arreglaría para que sus sentimientos y emociones no subieran a la cabeza, y así se minimizaran las frustraciones. El único problema era que el corazón siempre seguía sintiendo. Por más que esa información no llegara a la cabeza.

Veinte años después el problema era mucho más grande, y seguía creciendo. Al igual que sostenían los tibetanos, Paloma ya no tenía ni idea de cuáles eran sus sueños, ni qué podía aspirar a soñar.

Salió de aquella oficina totalmente contrariada. Con ganas de que alguien le dijera cómo encontrar su camino. Ese que había perdido hacía tantos años. ¿Sería posible que alguien se lo señalara, o esa era parte de la confusión? ¿Acaso el llevar tanto tiempo desconectada de sí misma, le hacía pensar que alguien de afuera podría indicarle qué cosas le darían sentido a su vida? Se dio cuenta que a lo sumo, podrían aconsejarla conceptual o teóricamente. Sin embargo, nunca podrían decirle lo que ella necesitaba descubrir por sí misma.

Vino a su mente la historia en la que una joven Frida Khalo se presentaba ante el consagrado muralista Diego Rivera, para mostrarle sus cuadros y preguntarle si él le auguraba algún futuro como pintora. Como ella era de una familia pobre, si no tenía condiciones, no podía darse el lujo de pintar. De ser así, optaría por buscarse un trabajo normal con el que ganarse la vida.

Pero la respuesta de Diego la había puesto en un lugar incómodo: “- Tu pregunta no tiene sentido. Si sos pintora, vas a pintar independientemente de tu origen y de lo que yo pueda decirte. Por el contrario, si no pintás es porque no eras pintora;

La vocación no es una elección; es inevitable.”

Paloma tomó conciencia que tenía una confusión importante. Era evidente que no podía volver el tiempo atrás y rectificar malas decisiones. Lo que sí podía, era empezar a restablecer, lentamente y en la medida de sus posibilidades, la conexión con su mundo interno. Darle lugar a lo que sentía, a lo que percibía. Y con esa brújula, ir redireccionando su vida. Nunca era tarde para aprender a vivir.

Artículo de Juan Tonelli: Vocación.

Vocación

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Aprendizaje, Madurez, Vocación

La nota interior

“- Están los que corren por que necesitan el dinero, los que lo hacen por fama, y aquellos porque lo sienten”, expresó el gran campeón de Fórmula Uno.

“-¿Y usted en qué grupo está?”, lo interpeló el periodista.

Con mesura, el corredor contestó: “-en el de los que lo sienten”.

¿Podía ser de otra forma? ¿Acaso la codicia o el ansia de reconocimiento podrían ganarle a una genuina pasión del corazón?

Manuel sintió la respuesta del piloto como una estocada a su alma. Él sabía perfectamente de qué estaba hablando aquél campeón mundial.

A lo largo de su vida, Manuel había tenido la suerte de vivir varias pasiones. Fueran una actividad o una mujer, siempre lo habían transformado. Y algunas, más que transformarlo, lo habían secuestrado. A punto tal que cuando esa pasión cumplía su ciclo y dejaba de arder o se apagaba, él no sabía como vivir. Por eso los períodos sin una actividad que le conmoviera hasta su última célula eran muy difíciles de sobrellevar.

La pasión no era algo superficial ni mucho menos una creación. Para Manuel era encontrar eso que iluminaba y daba sentido a su vida. Aquello que era feliz haciendo, que había venido a este mundo a realizar. ¿Él las elegía o las pasiones lo encontraban a él? Probablemente una mezcla de ambas cosas.

Cuando esa actividad que lo encendía llegaba a su fin, entraba en crisis. Como un velero que al acabarse el viento dejaba de avanzar, las velas flameaban y hacían ruido. Él quería vivir con viento, con las velas tensadas y en silencio, y el barco avanzando.

Manuel había conocido algunas grandes pasiones. Una, que lo había capturado por completo y llevado muy lejos. Pero por diferentes razones, después de varios años se había ido muriendo, y él no había querido dejarla porque inconscientemente sentía que era su identidad. ¿Quién sería él sin hacer esa actividad en la que era tan reconocido?

Mirándolo retrospectivamente, se dio cuenta que de haberla soltado cuando ya no lo hacía vibrar, hubiera ganado tiempo. ¿Para qué seguir, si ya no lo sentía? Esa deshonestidad consigo mismo o esa conveniencia, le habían costado caro. Resultados frustrantes y pérdida de tiempo en buscar lo que su corazón estaba necesitando.

Imposible recibir lo nuevo si era incapaz de soltar lo viejo. E insistir en aferrarse a algo que ya lo había dejado atrás siempre generaba más dolor. Lo que no quería soltar, la vida terminaba arrancándoselo. Por no querer abrir el puño, perdía la mano, o el brazo.

Después había tenido otras pasiones, alguna de las cuales lo habían arrasado. Pero no alcanzaba a discernir del todo si las mismas habían surgido de lo que él en verdad era, o si más bien, de sus miedos y carencias más profundas.

Las que habían nacido de lo que él era, siempre habían resultado virtuosas. Lo habían ayudado a crecer, a expandirse. En cambio, las que habían surgido como respuesta a temores, carencias, o hasta la necesidad de que pasara algo en su vida, lo habían llevado por un mal camino. Tal vez, más que pasiones debía redefinirlas como adicciones. Y la línea divisoria entre ambas podía ser muy sutil e imperceptible.

Tratando de comprender su historia de vida registró  que sus pasiones – adicciones tenían un factor común: la búsqueda de reconocimiento. Y aunque este no fuera el único elemento, era muy predominante y convergía con otros miedos que potenciaban la intensidad. ¿Miedos que potenciaban la intensidad de una pasión?

Nadie era tan apasionado como cuando se estaba jugando la vida, y en el fondo, el miedo último de los seres humanos era siempre el miedo a morir, o como se lo vivía en la sociedad occidental, a no ser registrado, a desaparecer, a no ser. Ese miedo capaz de tomar enormes proporciones, podía elevar cualquier pasión a niveles increíbles.

Mirando su presente y en medio del desconcierto de su vida, sintió cierta melancolía de aquellas épocas. Hasta las que terminaron como adicciones le resultaban mejor que este presente gris. Aún en momentos que habían sido muy difíciles, él sentía que pasaba algo en su vida.

En cambio ahora, era como si estuviera muerto. Un electrocardiograma plano, sin pulso.

Se levantaba, iba a trabajar, cumplía con sus responsabilidades y obligaciones, era un buen padre, buen marido, buen hijo.  Todo bueno. Hacía ejercicio y comía bastante sano, iba al cine con su mujer y colaboraba con causas nobles.

Pero Manuel sentía que en su vida no pasaba nada. No le tocaba ni siquiera un papel de actor de reparto en la película de su propia vida.

Añoró aquellos tiempos en donde estaba encendido y su única obsesión era el tema que lo apasionaba. El amor que no solo no había escapado a esta lógica sino que más bien, había sido uno de las máximas experiencias arrasadoras. ¿Qué estaría necesitando su vida?

La palabra necesitar no le gustaba. Sentía que encontrar su camino tenía que pasar por otro lugar. Como si no se tratara de buscar la pieza que le faltaba, sino más bien de encontrar cuál era el manantial interior del que brotaba vida. No era cuestión de descubrir algo que estuviera afuera y permitiera completar el adentro, sino algo de adentro, propio, que pudiera ser desarrollado con todo lo que existía afuera. Justo el orden inverso.

Paradójicamente, hacía mucho tiempo que él buscaba afuera lo que nunca iba a encontrar. Encandilado por las luces del mundo, se había convencido que su interior era gris, que ahí no pasaba nada, que todo lo bueno había que encontrarlo afuera. Ahora, revisando su vida, venía a darse cuenta que lo realmente valioso, estaba dentro suyo. Que seguramente ya existía aunque él no lo conociera. Que no se trataba de inventar ni mucho menos sostener nada. Intuía que el tema pasaba por encontrar, y en todo caso, hacer crecer algo que tenía vida propia. Su esencia. Quien él era.

Vino a su mente las palabras de la dramaturga rusa Sofia Prokoffieva, quien decía que todo ser humano tenía en su interior, en su alma, un sonido bajito. Que esa era su nota, la singularidad de su ser, su esencia. Y que si el sonido de sus actos no coincidía con esa nota, la persona no podía ser feliz.

¿Cómo era posible que hubiera leído ese texto hacía años, y más allá de emocionarse, no se hubiera puesto a buscar su nota interior en forma frenética? ¿Por qué había pasado tanto tiempo despistado, en el sentido más literal de la palabra?

En su momento, al leer aquél texto su misma nota interior había levantado la mano diciendo “-así es, acá estoy.” Y sin embargo Manuel la había ignorado, absorbido por preocupaciones y mandatos.

Pudo ver que durante mucho tiempo no había querido darle lugar a aquella nota interior por estar convencido que hacerlo le impediría cumplir sus sueños. Qué paradoja; después de todo, ¿quién querría encontrarla si lo habían convencido que la felicidad no pasaba por afinar la vida a esa nota interior sino en lograr dinero y reconocimiento?

Resultaba una gran ironía que los seres humanos solieran ignorar lo que podía hacerlos verdaderamente felices, convencidos que alcanzar la felicidad pasaba por lograr objetivos impuestos por la sociedad y la cultura, que no surgían del propio interior, de quien uno era.

¿Acaso habría alguna chance de ser feliz dejando de ser quien era uno, para perseguir objetivos socio culturales? Manuel no tenía bien claro si sería posible ser feliz contradiciendo lo que la sociedad exigía. Pero de lo que no tenía ninguna duda era que resultaba completamente imposible ser feliz negando quien uno era, sus propios dones, su esencia.

Esta vez debía buscar su nota interior. Aquella que como un diapasón, le permitiría afinar el resto de actividades de su vida, dándole sentido. Ya no tendría que aferrarse a cualquier pasión para sentir que estaba vivo. Sólo tendría que encontrar el manantial del que brotaba su esencia y empezar a afinar toda su vida en función de ese sonido personal, único y maravilloso.

Artículo de Juan Tonelli: La nota interior

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