Sufrimiento

Adversidad, Madurez, Sufrimiento

Locuras frecuentes que nadie diagnostica (ni mucho menos, trata)

Los manicomios nunca tuvieron la exclusividad de la gente con severos problemas mentales. Muchas personas completamente insanas, anduvieron y andarán sueltos por la vida como si nada pasara. Luisa era una de ellas. El hecho que estuviera bien vestida, fuera a Misa todos los domingos y tuviera una familia aparentemente normal, no modificaba en lo más mínimo el diagnóstico psiquiátrico nunca efectuado.

Los primeros signos de su insanía se manifestaron durante la adolescencia de sus hijos. La situación le presentaba un problema insalvable. Una cosa eran los niños pequeños a quienes vestía hermosamente, peinaba, perfumaba y hacía estudiar para que brillaran en el colegio, y otra bien distinta eran dos adolescentes pugnando por independizarse.

La incipiente independencia del primogénito chocaba de frente con las ideas de Luisa. En el fondo, ella era una de la gran cantidad de padres cuyos hijos eran arcilla para ser moldeada según sus ilusiones y traumas.

El mayor tenía las aspiraciones normales de cualquier joven: salir con amigos, conocer chicas, dormir hasta tarde. Como todo representaba un problema para una madre que sentía que el hijo se le escapaba de las manos, las peleas crecían en frecuencia y dimensión.

La vida del joven se fue volviendo tortuosa, a punto tal que a los diecisiete años intentó suicidarse. Obviamente la madre nunca registró que había sido un desesperado y riesgoso llamado de atención, por el enorme malestar con el que vivía.

Para ella, se trataba de otro de los inconvenientes que generaba el adolescente. En su visión, los buenos hijos no debían traer problemas. Acaso alguna persona que estuviera viva podía no generarlos?

El resto de miembros de la familia jugaba roles distintos. El padre era un hombre brillante que forzado a elegir entre apoyar a su esposa o a su hijo, había optado por no separarse. Evitar el conflicto con su mujer resultaba más importante que ser justo o garantizar una sana atmósfera para los chicos.  La aparentemente inofensiva decisión, había condenado a los jóvenes a no tener espacio para ser ellos mismos.

En las formas todo era perfecto. Una familia linda, unida, que viajaba por el país y el mundo. Estudiaban francés, tomaban clases de equitación y se vestían con la mejor ropa. El padre era un profesional exitoso y su esposa era educada, sencilla y buena compañera.

Puertas adentro, todo era un silencioso infierno. No había lugar para expresarse, ser distinto, o simplemente ser. El hecho que el padre cerrara filas con la madre en vez de laudar a favor de la sensatez, la libertad y el crecimiento, había terminado de convertir a aquella familia en una olla a presión.

La  hija menor, siendo testigo de lo que ocurría con su hermano, había optado por sobrevivir. Su estrategia no había sido otra que volverse invisible. Nunca confrontaba, y trataba de escaparse del insano radar de su madre. Ojos que no ven corazón que no siente.

La doble vida le permitía al menos, tener una existencia aunque fuera en la clandestina. La vida oficial era una muerte en vida, pero satisfacía a su progenitora. La secreta, en cambio, era su vida real. Riesgosa, pero auténtica.

Todo pareció arreglarse cuando se fueron a estudiar a universidades del extranjero. Ambos hijos descubrieron la vida, la libertad. Se enamoraron, se casaron, tuvieron hijos. Salvo algunos conflictos menores, la distancia resolvía todo. Cada uno vivía como quería.

No obstante, los inflexibles patrones de la madre seguían intactos o agravados. A sus setenta años tenía una clara idea de lo que estaba bien y lo que no. En vez de haber aprendido que la vida discurría por caminos imprevistos y que no había forma de ordenarla sin un altísimo costo existencial, ella estaba cada vez más rígida e intransigente.

Lo que no le gustaba era rechazado o negado, según las posibilidades y circunstancias. A modo de ejemplo, un nieto había nacido con parálisis cerebral. Ese drama familiar implicaba que el niño necesitara una cama ortopédica y un acceso especial para el baño. Como para Luisa resultaban poco estéticos, en veinte años de vida de aquél joven se había negado a hacer modificación alguna para adaptar algo de su enorme casa al enfermo.

Para poder sobrevivir, sus hijos también negaban la actitud de ella. Quién podía asumir fácilmente que tenía una madre cruel? Sería crueldad o insanía? Cambiaba algo?

Otro capítulo muy significativo fueron los divorcios de los hijos. Luisa era muy religiosa y creía en la indisolubilidad del matrimonio. Poco le importaban las estadísticas que mostraban a más del cincuenta por ciento de las parejas separadas. En los casos que fuera inevitable, estaba convencida que las personas debían permanecer solteras el resto de sus vidas para no cometer adulterio.

Tal vez porque la vida insistía en enseñarle algo, sus dos hijos se separaron. Años más tarde ambos tenían nuevas parejas, que Luisa se negó a conocer. Esta decisión mortificaba especialmente al padre, quien a sus setenta años veía reducida drásticamente la posibilidad de encontrarse con hijos y nietos. Como era esperable, sino no se había separado de su esposa a los cuarenta años, mucho menos lo haría al final de la vida. La situación, sin embargo, le provocaba un enorme dolor.

La realidad se complicó aún más cuando el hijo mayor decidió tener más hijos con su nueva esposa. Como en ese momento Luisa estaba con algunos problemas de salud, decidieron no contarle las novedades en un intento por protegerla. El nuevo nieto nació y en la medida que crecía, se hacía más difícil ocultarlo.

La vida seguía su curso y el niño crecía sin que Luisa y su marido supieran de su existencia. Al abuelo empezó a fallarle la memoria y nunca se presentó el momento oportuno para contarles la situación.

Luisa cuidaba con fervor a su marido con Alzheimer. No quería contratar ni a una empleada, no fuera cosa que alguien se enterara de las vergonzantes situaciones que esa enfermedad generaba. Había que mantener la reputación de la familia a toda costa.

Sin proponérselo, el matrimonio se fue recluyendo cada vez más en su casa. Dada la imposibilidad de aceptar a su familia como era, Luisa y su marido se fueron quedando cada vez más solos. Si bien eran visitados, el hecho que los hijos no pudieran ir con sus parejas o nietos reducía severamente el tiempo que podían dedicarles.

Un matrimonio culto y de buena posición económica, en vez de tener una vejez rodeada por el afecto de familiares, terminaba solo y encerrado entre cuatro paredes.

El marido habría desarrollado Alzheimer para desconectarse de la dolorosa realidad?

Ella se volvió hipoacúsica. Si hubiera sido capaz de escuchar, tal vez no hubiera necesitado quedarse sorda. Ante la imposibilidad de hacerlo, no era descabellado pensar que el cuerpo humano, en su infinita sabiduría y capacidad de adaptación, hubiera obrado los mecanismos necesarios para que la realidad no siguiera contrariando a la pobre Luisa.

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Ansiedad, Incertidumbre, Sufrimiento

¿Cómo mi vida vino a parar acá?

-Yo también te amo, dijo Hernán y acariciándole la panza del avanzado embarazo, le dio un beso tierno y se fue.

La situación no habría tenido nada de extraordinario a no ser porque él no era el padre de aquél bebé próximo a nacer.

El fulminante romance se había desencadenado en el trabajo de ambos, dos años atrás. Virginia estaba de novio desde hacía muchos años con un buen tipo, con quien no tenía hijos. La relación era sana y apacible, aunque a ella le faltaba ese plus final para animarse a ser madre con aquél hombre. Pese a que el reloj biológico empezaba a apretar, ella tenía dudas porque veía a su compañero como alguien falto de iniciativa y fuerza.

Así pasaban las Navidades y la vida, sin peleas ni animarse a ser padres, por temor a quedar ligados para siempre. En ese estado estaban cuando apareció Hernán y todos los fantasmas quedaron obsoletos rápidamente .

El flechazo fue tan fuerte que no había lugar para seguir dudando acerca de si tener un hijo con su novio o no. Hernán tenía que serlo porque era el padre perfecto. Su fuerza, su seguridad, su sensibilidad. El único problema que tenía es que él llevaba quince años de casado y tenía dos hijos casi adolescentes.

Recorrieron el camino tradicional de cualquier amor prohibido; en este caso, cuidar la familia de él. Eso era lo único importante, mientras cogían seis veces por semana.

El tiempo transcurría y la realidad se llevaba puesta todos los planes. El romance no solo no se enfriaba sino que cada vez era más intenso. Como en cualquier amor prohibido, las paradojas y contradicciones se tornaban cada vez más pesadas.

Virginia la tenía más fácil, porque abandonar a su novio era bastante más simple que la situación de Hernán. Él tenía que dejar a su esposa de quince años, dos hijos, y atravesar el enorme dolor de perder la cotidianidad de su casa.

En largas noches de pasión, todo parecía posible. Con los primeros rayos de luz volvía la realidad y ambos amantes se transformaban en Cenicienta, regresando a sus vidas de siempre. La resaca emocional era directamente proporcional al paraíso que conocían. De los momentos más sublimes pasaban a los abismos más oscuros. Con frecuencia Hernán sentía que la cabeza se le iba a partir; ¿Cuánta dualidad podía soportar un ser humano?

Él seguía haciendo enorme esfuerzos por cuidar a su familia, si bien con su mujer estaba todo mal. Era inevitable cuando en el fondo, ella era el obstáculo que lo separaba de su verdadero amor. Así y todo, ponía mucha voluntad para salir adelante.

Como tantas parejas en crisis, le había propuesto a su mujer hacer terapia juntos, aunque en el fondo de su corazón sintiera que no serviría para nada. ¿Qué podía hacer un terapeuta frente a un sentimiento tan fuerte? ¿Explicarle razones? Para peor, él no podía hablar de la verdadera causa de la crisis, lo cual lo hacía sentir más solo y reforzar la idea de que aquellas sesiones no servirían para nada. ¿Para qué las hacía entonces? ¿Para sentirse menos culpable? ¿Para hacer un simulacro de esfuerzo aunque supiera que no conducirían a ningún lado?

Todos los intentos de cortar aquél amor prohibido terminaban irremediablemente en fracaso. Hernán que siempre se había sentido con la determinación de un espartano, percibía que esta vez su pólvora estaba mojada. Cuanto más intentaba alejarse de Virginia, más pensaba en ella. ¿Quién había inventado esta maldición llamada amor?

Ella en cambio, oscilaba entre querer separarse para dejar a aquella familia en paz, y sentir que se moría cada vez que lo intentaba. Llegó a pensar en conformarse con solo ser la amante de Hernán. Después de todo, si ser pareja no era posible, tendría que conformarse con lo que había.

Se enojaba consigo misma del solo pensarlo; ella que había sido tan crítica de las mujeres que aceptaban ser las segundas, se encontraba en la misma situación. ¿Sería una venganza del destino por su falta de comprensión y compasión en el pasado? ¿Tan alto era el precio que tenía que pagar para redimir su arrogancia? Ahora que ella se encontraba en esa situación, comprendía que no se trataba de tener baja autoestima. Con tal de no perder a su amor, estaba dispuesta a aceptar condiciones que siempre le habían resultado inaceptables.

Para la mitad del segundo año del romance la situación era insostenible. Cada uno transitaba su propio infierno. En su afán por enderezar la vida de ambos, Virginia tomó una decisión draconiana: tener un hijo con su novio de siempre.

Cuando pocos meses después confirmó que estaba embarazada, sintió un torrente de emociones contradictorias. Paz, al pensar que su vida recuperaría normalidad. Dolor, al asumir que había empezado a perder definitivamente a Hernán, el amor de su vida. Angustia, del solo imaginar la conversación con él.

Ese diálogo fue una montaña rusa. Al escuchar las novedades, Hernán sintió alegría porque Viriginia pudiera tener un hijo. Paz, imaginando que la vida se ordenaría. Angustia al pensar la bifurcación de ambos caminos. Celos, un sentimiento inédito para él, porque el bebé que estaba creciendo en la panza no era suyo. Se abrazaron fuerte, rieron, lloraron e hicieron el amor. Aquella relación maravillosa se merecía una despedida con todos los honores.

El problema es que muchas veces los puntos finales que deciden los hombres no cuentan con el consentimiento de la vida. Las personas pisan el freno pero la realidad sigue.

En cuestión de semanas ambos amantes registraron que el embarazo no solo no había ordenado sus vidas, sino que las contradicciones se habían exacerbado. Se extrañaban y deseaban más que nunca, y el amor que sentían por el otro, si bien era sublime, también parecía un ensañamiento de la vida con ellos.

Después de varios meses de seguir viéndose en forma diaria y desesperada y en la que siempre terminaban cogiendo, Hernán juntó fuerzas para hacer un impasse. Lo angustiaba pensar que ese bebé al que ya amaba, no tuviera espacio emocional para desarrollarse si su madre seguía tomada en cuerpo y alma por esta situación.

El nuevo decreto solo duró pocos días aunque al menos posibilitó que pararan de tener relaciones sexuales. Ambos se morían de amor por el otro y seguían viéndose diariamente pero al menos le daban un descanso al cuerpo de Virginia que ya tenía un embarazo avanzado.

Sentado en un bar cercano a la oficina, Hernán se pidió un café amargo e intentó pensar su vida.

¿Cómo había sido posible que su vida hubiera venido a parar acá? Le resultaba una situación absurda e insólita. Él, que tenía una fuerza de voluntad inmensa y unos valores elevados e intransigentes, venía a encontrarse en una situación diabólica, en donde ni su integridad ni su fuerza servían para nada.

¿Cuánto duraría este infierno? ¿Se diluiría? Llevaba dos años esperando el milagro salvador y cada día era peor.

Se preguntó si estaría dispuesto a vivir con esta situación. Su respuesta fue un categórico no. Sin embargo, registró que su rechazo no cambiaba la realidad, sino que la agravaba.

¿Cómo seguiría la vida después que naciera el bebé? ¿Virginia se focalizaría en el recién nacido y el narcisimo de ambos amantes quedaría relegado a un lejano segundo lugar?

¿Y si el fuego no se apagaba? ¿Estaba listo para aceptar la situación, separarse e ir a vivir con Virginia adoptando a aquél niñito como propio? Solo imaginar el dolor del verdadero padre le heló la sangre.

Con un segundo café tomo conciencia que la vida era lo que era. Por más esfuerzos que hicieran los seres humanos por conducirla, siempre desbordaba y salía de su cauce, yendo por senderos impensados.

Pero una cosa era decirlo y otra muy distinta vivirlo. Hernán no quería perder a su familia. No quería dejar de darle el besito de buenas noches a sus hijos. No deseaba lastimar a su esposa.

Tampoco quería que Virginia sufriera. Mucho menos, el inocente bebé que estaba en su panza. Ni siquiera podía tolerar la idea de separar a aquél padre de su hijo.

Pero también sentía que su vida separado de Virginia carecía de sentido. Todo era gris y opaco. ¿Tan fuerte y adictivo podía ser el enamoramiento? ¿Por qué no lo dejaría en paz, en vez de ser esa obsesión enfermiza?

Intentó mirar el futuro y no pudo ver más allá de unas pocas semanas. A veces la vida era como un camino con mucha niebla, donde era imposible ver más allá de lo inmediato.

Después de un tiempo en que sus pensamientos fueron acallándose, tomo conciencia que solo había un camino. Vivir esa vida que tenía, tal como era.

Dispuesto a convivir con su problema todo el tiempo que fuera necesario, y con la determinación de que pese a todo, lo haría con amor y alegría, pagó el café y volvió a la calle.

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Ideas equivocadas, Madurez, Sufrimiento

No nos basta con ser amados; queremos ser los únicos amados

-Estoy anonadada.

-¿Por qué?

El diálogo ocurría entre una mujer de cuarenta años y su tía de sesenta largos.

-Hoy veía en la televisión las grabaciones de la pelea entre una de las mujeres más hermosas del país y su marido. Ella le gritaba reprochándole todas las infidelidades cometidas. Parece que el esposo tiene más amantes que un jeque árabe.

-¿Y qué te sorprendió tanto?

-Por un lado, me parece lamentable que difundan el audio de una pelea matrimonial. Más allá que ella sea una celebridad, es una discusión como la que puede tener cualquier pareja, y me parece una vergüenza que por un poco de rating no se preserve a las personas. Esto no es libertad de expresión; no es algo que la sociedad necesita saber porque es un asunto de Estado. El periodismo no tiene límites; debiera cuidar un poco a las personas, a las familias. Este matrimonio tiene varios hijos…

-¿Y esto es lo que te dejó anonadada?, -preguntó la tía.

-Lo que me dejó helada fue que el tipo tenga varias amantes siendo que está casado con la mujer más linda y sensual de nuestro país.

¿Eso te sorprende?

Después de un breve silencio, la sobrina contestó.

-En cierto sentido no, porque a mis cuarenta años he comprendido que los hombres son mujeriegos por naturaleza.

-¿Y entonces?

-Me llama la atención que teniendo la mujer más sensual y hermosa en casa necesite otras.

-Creo que lo que decís parte de un diagnóstico equivocado.

-A ver…

-Los hombres no se acuestan con otras mujeres porque su esposa es gorda. Tienen amantes por las más diversas razones. Nosotros solemos juzgarlas frívolas y superficiales, y en cierto sentido lo son. Sin embargo, lo banal de las motivaciones no es lo importante. Tenemos dos cerebros distintos y nos cuesta entender al otro género.

-¿Y cómo decís que es el género masculino?

-En mi vida he observado que los hombres se acuestan con otras mujeres por placer, obviamente. Pero también para calmar su ansiedad. O porque tienen un espacio de intimidad y no juzgamiento que no encuentran en sus casas.

-Eso a mí no me pasa.

-Eso creés vos… Es natural que no puedas hablar de todos los temas con tu marido. Es muy difícil hablar de asuntos que nos implican. Al ser difíciles, uno los evita para escaparle al conflicto. Sin embargo, necesitamos hablarlos con alguien.

-Y vos decís que en el caso de los hombres ese diálogo ocurre antes de coger con la amante.., -dijo la sobrina con sarcasmo.

-Por ejemplo, -fue la simple y contundente respuesta de su tía. -Pero también se acuestan porque necesitan adrenalina, ya que para ellos es algo instintivo. Así como a los cazadores les gusta colgar en el living los trofeos o las fotos de los animales cazados, los hombres necesitan conquistar la mayor cantidad de mujeres posibles.

-Los justificás como si fueran animales, -protestó la sobrina.

-Es que somos animales… Solo que tenemos un cerebro y un espíritu. Pero nunca al punto de creerlos tan evolucionados que eliminen al animal que también somos.

-Pero yo no soy así.

-No, claro… sos mujer.

Observando que el mal humor dificultaba el diálogo, la tía decidió moverse en otra dirección.

-El tema central es que anhelamos ser únicos. Y ese es nuestro pecado original.

-No entiendo, -dijo la sobrina que seguía fastidiada.

-No nos conformamos con ser amados, sino que pretendemos ser los únicos amados.

-No siento que sea mi caso.

-Obviamente; si pudieras reconocerlo, sufrirías menos. Cuando registramos nuestras sombras, éstas pierden fuerza sobre nosotros.

-Sigo sin entender; vos me estás diciendo que debiera estar contenta con sentirme amada por mi marido, y que no me preocupe si él ama -y de paso se coge- a cuanta mujer quiere?

-Estás tan irritada que se resulta difícil conversar, -dijo la tía con delicadeza.

La sobrina acusó el golpe y decidió bajar dos cambios.

-Salgamos un poco del tema de la sexualidad porque es muy irritativo, -propuso la tía. -El caso es que aunque no lo veamos o estemos dispuestos a reconocer, queremos ser los únicos. Eso nos viene de nacimiento. El bebé no quiere que la mamá se distraiga. No solo queremos ser amados sino que exigimos ser los únicos amados. De esa situación se desprenden casi todas las aberraciones humanas.

-¿A qué te referís?

-¿Qué es la búsqueda de poder, de reconocimiento, de fama, sino el profundo anhelo de subsanar esa carencia? Nos pasamos la vida buscando esas cosas, en el afán de poder subsanar nuestras heridas. Sin embargo, esos caminos no nos llevan a donde esperamos…

-¿Y a dónde nos llevan?, -preguntó la sobrina con tono desafiante.

-A mayor frustración. Ni la fama, el reconocimiento, el poder o el dinero pueden darnos ese amor que buscamos. De ahí que los millonarios quieran seguir cosechando millones; los presidentes quieran ser reelegidos indefinidamente, y que los famosos estén dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de mantenerse en el centro del escenario.

Irónicamente, en el fondo de su corazón no tienen ni la paz ni la plenitud del amor, sino lo contrario. Ansiedad por tener que seguir manteniendo, con mucho esfuerzo, esa posición que lograron. Y angustia por temor a perderla, cosa que tarde o temprano siempre termina sucediendo…  Como verás, nada de eso tiene que ver con el amor.

La sobrina estaba pensativa y callada, procesando aquellas palabras. Después de un rato, preguntó:

-¿Y entonces?

-Tenemos que poder dejar atrás nuestra emocionalidad precaria. Ser capaces de ver que salimos de nuestra infancia sin ser amados y que nos pasamos toda la vida reclamando y buscando eso de la forma más alevosa o la más sutil. Pero en el fondo es siempre la misma búsqueda. Y por los mismos caminos equivocados que no pueden llevarnos a otro lugar que no sea el fracaso.

-¿Y cómo dejamos atrás esa emocionalidad precaria o infantil?

-Registrando. Reconociendo que no fuimos amados en forma perfecta, porque nuestros padres no lo eran. Dándonos cuenta que en un determinado momento llegamos a la conclusión, -equivocada por supuesto-, que la búsqueda de fama, reconocimiento, poder o dinero, nos daría ese amor que no tuvimos. Y después, despertando.

-¿Y cómo se despierta?

-Hay una historia muy buena de una persona que se encuentra con su enemigo. Empieza a escapar y pese a sus esfuerzos termina acorralado. Su rival está a punto de vengarse matándolo, y en tono desafiante le pregunta: -¿Y ahora? ¿Qué vas a hacer? La víctima le dice: -“puedo despertar”. Así lo hace, y la pesadilla termina. Nosotros podemos elegir despertar para no seguir perdiendo el tiempo y sufriendo en la búsqueda de caminos equivocados.

-Yo no sé si puedo soltar mis apegos, -dijo la sobrina con sinceridad. -Por ejemplo, y más allá que entienda tus palabras, no sé si podría soportar que mi marido me engañe.

La señora mayor escuchaba apacible. Con gran delicadeza, dijo:

-Dejemos el tema de la sexualidad de lado un rato porque lamentablemente es muy urticante. Lo importante es entender que si no soltamos nuestros apegos -la mayor cantidad posible-, será imposible que tengamos paz y por ende amor. A mayor cantidad de apegos a nuestras ideas acerca de cómo debe ser la realidad, más sufrimiento.

-Por eso es mejor despertar. La madurez es sinónimo de amor y nosotros fuimos hechos para amar. Solo que para hacerlo tenemos que ser maduros. Pero nos cuesta mucho porque en la infancia no recibimos lo que necesitábamos. Entonces nos pasamos la vida tratando de compensar,  ignorando que las compensaciones no compensan.

La sobrina escuchaba en silencio mientras su tía terminaba de exponer sus ideas.

-De ahí la importancia de crecer, madurar. Recién ahí podemos escuchar todos los problemas, hablar de todos los temas. Ya no reaccionamos como si el otro nos estuviera haciendo algo a nosotros, sino que entendemos que es su vida, su búsqueda, y que lo único que podemos hacer es conducir la nuestra lo mejor posible. Pero nunca tratar de organizar la de los demás en función de nuestras necesidades o carencias.

Después de un largo silencio, la sobrina volvió a la carga.

-¿Qué le dirías a la hermosa mujer engañada de la que te hablaba al principio? ¿Que el marido es un fenómeno?, -provocó.

-Para nada, -contestó la señora mayor con ternura. -La abrazaría mucho y le diría que su marido es inmaduro, como la mayoría de los seres humanos. Venimos a esta vida para crecer y madurar. Y lleva toda la vida. Le contaría que su esposo todavía no conoció algo superior que es un encuentro sexual que involucre la parte más espiritual del ser humano. Le recomendaría que tuviera paciencia porque es posible aunque no seguro que él crezca.

Y también, la estimularía a madurar. Su pareja no es el único inmaduro. Ella también pretende que todo el mundo se acomode a sus necesidades y eso no va a pasar nunca. Podrá elegir entre seguir sufriendo o soltar sus apegos.

-¿O sea que para que el mundo no tenga que acomodarse a nosotros, cosa que suena sensata, vos proponés que ella se acomode a su marido y al mundo…, -volvió a provocar la sobrina.

La tía sonrió con benevolencia.

-Vos lo llevás a un plano en donde gana uno o gana el otro. Y yo estoy hablando de otra cosa.

-¿De qué cosa estás hablando?

-Esa mujer puede hacer muchas cosas. En mi opinión, la única que no le recomendaría es que exija al otro que haga lo que ella quiere. No lo va a conseguir y sufrirán mucho todos. En cambio, puede comprender al otro y a sí misma. Decidir, si le resulta intolerable, emprender otro camino. Aunque debe saber que es muy probable que en el futuro se encuentre en la misma situación.

En la vida no hay soluciones tan mágicas como cortar el nudo Gordiano. Tenemos que aprender a transitar y convivir los conflictos. Si ella decide este camino y lo hace con amor, se abren muchas posibilidades. La primera y más importante, es su propio crecimiento. Y tal vez, su amor ayude a que su pareja madure. Pero eso no depende de ella por lo cual no debe especular ni ilusionarse. No es una inversión que realiza para que su marido cambie, sino un camino que decide transitar con amor. Y que el otro se haga cargo de su vida, sus decisiones y elija su propio sendero.

Sin mucho más que discutir, la sobrina sonrió.

-Sabias palabras, -dijo con gratitud.

-En síntesis, ama y haz lo que quieras. Ama, y después elegí con libertad. Siempre desde el amor y nunca desde la exigencia. Por los demás, y sobre todo, por vos misma.

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Aprendizaje, Sufrimiento

La libertad no es gratis

-¡Cómo podés ser tan idiota!

El grito de Rodolfo sacudió hasta la última célula de Eugenia. Ella estaba embalando algunas cosas para mudarse a un departamento que acababan de alquilar con su novio. El hecho que hubiera cometido un error no merecía semejante maltrato.

Aunque faltaba menos de una semana para que fueran a convivir, en aquél preciso instante ella supo que no quería vivir con un él.

Los mecanismos de negación funcionaban a pleno, explicándole a Eugenia que solo había sido un exabrupto de su novio. Aún sabiendo que el tema era mucho más grave, la advertencia de su corazón no llegó a torcer el curso de los hechos.

Pese a la íntima convicción de que no quería vivir con él, una semana después Eugenia se mudaba con Rodolfo. ¿Quién podría juzgarla por ser incapaz de enfrentar la situación? No era razonable pegar semejante volantazo cuando estaban por cumplir el sueño que tenían desde hacía dos años.

Aún con sus altos y bajos, la vida de la pareja era muy razonable. El único problema seguía siendo la misma situación expuesta antes de que se mudaran. Rodolfo gritaba y Eugenia, evitadora serial de conflictos, cada día se volvía más sumisa.

El tiempo hacía lo suyo y ponía cada vez más presión. ¿Tener o no tener hijos? Ella no era ninguna jovencita y ésta podría ser la última oportunidad de ser madre. ¿Cuál era el precio a pagar por ese anhelo? Mientras se hundía y salía a flote de semejantes interrogantes, la vida seguía su curso.

Un día, parada frente a un electrodoméstico que quería comprar, imaginó los gritos de Rodolfo cuando viera un aparato que juzgaría inútil. Al no poder decidirse cayó en la cuenta que la situación no daba para más. Recordó aquella luz amarilla ignorada cuando todavía estaba a tiempo de no mudarse. Se sintió estúpida e incapaz de saber quién era ella misma.

Resistió su propia presión por ser madre, juntó coraje y le dijo a él que no podían seguir juntos. Cuatro años de pareja y dos de convivencia llegaban a su fin.

Volvió a preguntarse por qué había ido a vivir con él, si antes de empezar había tenido claras señales de que no resultaría. Aunque hubiera sido muy difícil suspender la vida común cuando ya estaba todo acordado; ¿no habría sido mucho menos doloroso? Esa pregunta solo la hundía más en su propio abismo.

Ninguna separación es fácil y ésta no era la excepción. Eugenia y Rodolfo seguían hablando, y después de un mes acordaron hacer terapia, cada uno por su lado. Luego de un año de conversaciones, analistas, y muchos cafés, decidieron volver a intentarlo.

Después de todo, Rodolfo era una persona excelente y satisfacía muchísimas necesidades suyas: desde lo intelectual a lo sexual; de la seguridad económica a la actitud frente a la vida.

El nuevo ciclo era mejor. Él había corregido mucho sus reacciones y rara vez subía el tono. Eugenia, sin embargo, continuaba con su sensibilidad extrema. Palabras razonables de Rodolfo eran percibidas por ella como gritos. Peor aún; aunque él ya no lo exigiera, ella estaba demasiado pendiente acerca de cómo tomaría él cada pequeña decisión suya.

Así las cosas, fueron necesarios otros dos años de convivencia para que Eugenia finalmente tomara conciencia de que no podía seguir viviendo con él. Hubo de superar los miedos de siempre: a estar sola; a quedarse sola; a no ser madre; a no poder mantenerse. En un arranque de impulsividad y vitalidad, armó un bolsito y sin mucho aviso se fue a vivir a otro país.

Rodolfo se hizo cargo de la situación como pudo, desarmó el hogar, y le envió a Eugenia todas las pertenencias que ella había dejado en su salida intempestiva.

La vida siguió; él formó otra pareja y tuvo dos hijos. Eugenia no pudo volver a armar algo estable. Sin embargo, pudo entender un poco su vida. Vio cómo los gritos de su padre a su madre la habían marcado a fuego. Ella no resistía más gritos que los que había vivido en su infancia. Ni uno solo.

También registró que el desencuentro con Rodolfo había sido inevitable. Él había tenido toda una historia de abusos por lo cual gritar era uno de sus mecanismos de supervivencia para defenderse de un entorno hostil.

Hoy Eugenia tiene cuarenta y siete años. Más de la mitad de su vida quedó atrás, junto con la posibilidad de ser madre, formar una familia, o tener una pareja con la que vivir toda su vida.

Sus ilusiones enterradas generan dolor. Sin embargo, tiene paz. La que surge de comprender que lo que pasó, era lo que necesitaba que sucediera. Ya no se lamenta por haber ido a convivir con Rodolfo cuando de antemano sabía que no resultaría. Tuvo que vivir con él cuatro años antes de juntar las fuerzas suficientes para elegir y sostener su camino. Los nueve años totales en los que estuvo junto a él no fueron un desperdicio. Con sus luces y sombras son una parte constitutiva de su vida.

Sabe que pagó un alto precio por su libertad. Pero; ¿es alto o es lo que verdaderamente vale? ¿Acaso alguien puede encontrar su libertad en una mesa de saldos?

Todas las ilusiones de armar la familia Ingalls quedaron sepultadas el día que decidió irse con su bolsito. Aprendió a amar sus cicatrices, que dieron forma a su espíritu.

A veces la tristeza cala hondo. Lo que fue y no es más. Lo que no pudo ser. Pero queda la paz de saberse honesta y digna. De haber hecho lo mejor que podía con los recursos que tenía en cada tiempo.

En algún sentido hubiera querido que su vida discurriera de otra forma. Pero a su vez, está agradecida porque todo lo que pasó tuvo un sentido. Su pasado no fue un error, ni una pérdida de tiempo, sino su propia vida.

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Adversidad, Ansiedad, Sufrimiento

No puedo enfrentar lo que tengo que enfrentar

-Me enamoré de la mujer de mi hermano.

El Maestro se quedó en un profundo silencio. La situación no lo escandalizaba, pero la vida lo seguía sorprendiendo.

-¿Y ahora?, -quiso saber después de unos segundos que parecieron eternos.

-La verdad es que no sé qué hacer. Llevamos años enamorados y cada vez es peor.

-¿Cuántos años?

-Cinco.

-Es un tiempo…

-Y eso no es todo; tenemos una situación que es infinitamente más dramática. Ella se quedó embarazada y decidimos tenerlo.

El silencio invadía la habitación.

-¿Cuándo va a nacer?, preguntó el Maestro como si nada.

-Nació hace dos años.

El Maestro escuchaba sereno aquellas palabras que describían un infierno en la vida de aquella persona. Tal vez, como forma de modular su angustia y ansiedad, el joven siguió hablando, y en forma muy acelerada.

-Cuando nos dimos cuenta de que ella estaba embarazada, pensamos en abortar. Pero aunque hubiera simplificado enormemente nuestras vidas, decidimos tenerlo. La pobre criatura no tenía nada que ver.

-Imagino los días terribles que habrán vivido en esos tiempos, y a partir de entonces. El nacimiento de un hijo en ese contexto no solo parte la vida en un antes y un después, sino que en la medida que va pasando el tiempo, la ruptura y disociación de ustedes va creciendo a la par del niño, -dijo el Maestro.

-Eso es exactamente lo que siento. Nuestra hija es un testimonio vivo y creciente de algo que no sabemos cómo tapar, y nos parte la cabeza.

-¿Y por qué lo tapan?

-¿Me lo decís en serio? ¿Que querés; que le diga a mi hermano que me cojo a su esposa y que su hija menor no es su hija sino su sobrina, porque en realidad es hija mía?

El Maestro dejaba que el joven drenara su dolor.

-No resisto más, pero tampoco tengo salida. No puedo decirle a mi hermano porque las consecuencias serían tremendas…

-Y las consecuencias de seguir ocultando?

-Parece la opción menos mala.

-Van a vivir un infierno creciente, -espoleó el Maestro.

-Lo sabemos…

El Maestro reflexionaba en silencio. Con los años, había aprendido a ser un testigo de la vida. Y en especial de la suya propia. Sabía perfectamente que la mayoría de las circunstancias escapaban del control del hombre. Aún aquellas en que las personas se tornaban en involuntarios verdugos de los seres más amados. Quien no reconociera esto, no era honesto con su propia historia.

Pensó en cómo ayudar a aquél joven. Mantener el secreto era perpetuar e incrementar el infierno. ¿Cómo negar aquella relación prohibida, si sus consecuencias estaban a la vista y crecían día a día? ¿Cómo impedirle a esa niña, el derecho a saber quién era su verdadero padre? ¿Cómo vedarle a quien creía ser el padre, la verdad sobre su hija, su esposa y su hermano? Y a su vez; ¿cómo contarle a alguien semejante realidad?

-Parado frente al Rubicón, Julio Cesar sabía que si cruzaba aquél río sería considerado traidor a Roma, desencadenando la guerra civil, -ensayó el Maestro. También sabía, que una contienda así conllevaría enormes penurias. Pero evitarla, solo mantendría una falsa paz que conduciría al fin del imperio

El joven permanecía callado. Sabía el final de la historia y la mítica frase de Julio César “alea jacta est” (la suerte está echada), mientras lideraba a su legión a cruzar el Rubicón e iniciar la guerra y el proceso que salvaría a Roma de su propia destrucción. Finalmente dijo:

-Sé que tengo la suerte echada. El embarazo ya se produjo, y tenemos una hija de dos años que crece día a día. Solo que no puedo enfrentar la situación y decírselo a mi hermano.

El Maestro reflexionaba callado. Sentía una gran empatía con aquél joven. ¿Cómo no entenderlo si él mismo había sido incapaz de decir verdades mucho menos devastadoras? Aunque tal vez ahí estuviera la paradoja; en este caso, callar era tan destructivo como hablar.

-¿Pensás que la mentira cuida?

-En este caso, sí. Estamos protegiendo a mi hermano y a nuestra hija.

-¿De qué?

-De una verdad terrible.

-¿Y piensan que ellos no perciben? ¿Que la madre puede jugar tranquila con la niña como si nada pasara? ¿O piensan que porque tiene dos años no siente el estado en que se encuentra su mamá?

El joven escuchaba estoico todas aquellas palabras que ya sabía.

-Has sufrido mucho por esta situación, y en cierto sentido, es justo. La vida siempre nos pasa la factura de nuestros actos.

-¿Siempre?, -preguntó el joven como si quisiera escuchar que hay personas que no sufren las consecuencias de sus actos.

-Siempre, -fue la serena pero categórica respuesta del Maestro. Seguramente tendrás que seguir sufriendo hasta que estés preparado.

-¿Preparado para qué?

-Para recuperar tu libertad y paz interior. Uno puede estar libre y vivir angustiado y lleno de remordimientos y miedos; o estar preso y tranquilo. Vos estás purgando tu error. Pero debés saber que aún a pesar de él, tenés derecho a recuperar la paz y la libertad interior. Obviamente las consecuencias de aquél acto signarán tus años. Pero una cosa es hacerse cargo de ellas, y otra muy distinta es desperdiciar toda tu vida sosteniendo una mentira de semejante tamaño.

-No quiero vivir así ni desperdiciar toda mi vida. Pero no puedo dar este paso.

-Y sí, es bien difícil. Pero cuando te canses de sufrir estarás listo para dar el paso. Es la historia del hombre.

-¿Y sino puedo darlo nunca?

-Eso también es una posibilidad. Hay gente que prefiere morir antes que enfrentar una situación. Eligen no ver. Morirse en su juego antes que salirse de él. Optan por morir en el sistema de seguridades que armaron.

El joven estaba desolado. La mera eventualidad de que aquél escenario fuera posible le helaba la sangre.

El Maestro percibía aquello; ¿pero qué podía hacer? ¿Mentirle para tranquilizarlo, generándole una expectativa de algo que tal vez nunca fuera a ocurrir? Por más angustiante que fuera, sus años le habían enseñado que muchas cosas eran posible. Millones de personas vivían en la impotencia de enfrentar la realidad, resignándose a un infierno de dolor que por lo general era secreto.

-Uno no es esclavo de su historia. Podemos aprender a atravesarla. En este caso, no se trata de sacar los trapos sucios, sino de destrabar tu libertad. Buscar lo que te impide vivirla y enfrentarlo. Tus miserias te avergüenzan y hacen que te escondas y mientas. Pero el precio es altísimo. En cambio, poder registrar y aceptar tus pecados, errores y vulnerabilidades te permite ir desbloqueando lo que limita tu libertad, y crecer.

-Qué difícil…

-Y sí, hay momentos en que vivir es mucho más difícil que morir. Perder el rumbo nunca es el problema, porque siempre nos pasa o puede sucedernos. El tema es no tener la humildad -por orgullo o por miedo-, de buscarlo.

-Me siento como Julio César al borde del Rubicón. Solo que no puedo cruzarlo.

-La verdad es el puente que nos permite dejar atrás la obra de teatro que son nuestras vidas, para poder arribar a una existencia plena. Con problemas, como todas, pero vitales. La mayor parte de la gente no tiene vida sino telenovelas. Historias que cuenta, que inventa…personajes que construye. Ojalá puedas cruzar ese puente y empezar a tener una vida real.

Artículo de Juan Tonelli: No puedo enfrentar lo que tengo que enfrentar.

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Aprendizaje, Madurez, Sufrimiento

¿Te apoyás o boicoteás?

“-Gracias por bancarme, pa.”

-La verdad que esa frase de mi hijo me mató.

-¿Por qué?

-En primer lugar, porque lo sentí conmovido a él. Con la confianza y la paz de saberse apoyado. Por otro lado, no pude evitar pensar todas las veces que habrá necesitado que lo apoyara y no lo hice.

-Cómo cambiamos las personas cuando nos apoyan…, -reflexionó el Maestro en voz alta. -¿Y por qué antes en situaciones parecidas no lo apoyabas?

El discípulo se quedó pensativo. -En parte, porque tenía un fuerte condicionamiento cultural acerca de cómo debía educar a un hijo. Esas ideas disparatadas que nos van inculcando acerca de los límites que hay que ponerle a un chico para que crezca. Y no es un tema menor, porque es imposible llegar a buen puerto si uno tiene un mapa errado.

-¿Cuál era el caso concreto, si es que podés contarme?, -quiso saber el Maestro.

-Su dificultad para dormir. Desde su año y medio de vida demandaba vigorosamente que se quedaran con él para dormirse. Yo no quería porque me habían dicho que era bueno dejarlo para que aprendiera a dormir solo. Cuanto más se enojaba él, más me enojaba yo, y terminaba encerrándolo en el baño, y a veces a oscuras.

-Buena pedagogía la tuya…

-Un pelotudo tremendo! Lo peor, es que estaba convencido que eso era lo correcto aunque en ciertas oportunidades se me fuera la mano.

-¿Qué pasaba cuando lo sacabas del baño oscuro y lo volvías a poner en su cama?

-Recuperaba cierta tranquilidad. Lentamente iba regularizando su respiración y pulso cardíaco, que estaban por las nubes mientras estaba encerrado a oscuras en el baño. Obviamente, aceptaba resignado quedarse en su cama sin protestar.

-¿Vos pensabas que estaba aprendiendo algo?

Al discípulo se le llenaron los ojos de lágrimas. -En aquél momento estaba convencido de estar educándolo, y que él estaba aprendiendo a dormir solo, como debía ser. Hoy sé que mi represalia era una barbaridad.

-Y que tu hijo no asimilaba lo que vos creías que aprendía… En todo caso, reprimía su miedo, y sobrevivía a aquella situación que lo asustaba mucho, para evitar desencadenar una aún peor como era ser encerrado en un lugar oscuro cuando ya estaba angustiado…

El discípulo asintió emocionado.

-Al principio me diste a entender que no habías apoyado a tu hijo por dos razones. Explicaste una, la de las erróneas creencias con las que pensabas que debía ser educado un niño. ¿Cuál era la otra?

-La otra también es muy dolorosa. ¿Cómo iba a apoyar a mi hijo sino me apoyaba a mí mismo?¿Cómo podría contenerlo, si era absolutamente incapaz de contenerme a mí mismo?

-¿En qué asuntos no te contenías o apoyabas?, -indagó el Maestro.

-En todo lo importante. Era mi peor enemigo. Implacable. Desvalorizador. Siempre encontrándome todos mis fallos y maldiciéndome por no haberlo hecho bien. Alimentando la idea de que nunca aprendería, que era un fracaso viviente. Y mientras tenía ese sentimiento y convicción interna, trataba de inventar y sostener un personaje que era todo lo contrario. No quería mostrarme como alguien fracasado, sino exitoso. Nada de ser una persona que cometía muchos errores, sino alguien impresionante. Desde ese lugar para conmigo mismo era imposible, no digo apoyar, sino mínimamente empatizar con mi hijo…

-¿Y qué te pasó que te permitió empatizar con vos mismo y apoyarte, para luego hacerlo con tu hijo?

-Sufrí, -fue la contundente respuesta del discípulo.

-Te felicito, por tu respuesta. Sufrir es algo inevitable, pero puede ser algo buenísimo.

-¿Por qué solo decís que puede ser en vez de decir que es?

-Porque en la vida, sufrir es inevitable. Pero crecer es siempre optativo. Igual, sufrir es como tener que volver a repetir una materia en la facultad. Sino aprendemos, la vida nos hará volver a cursarla tantas veces como sea necesario para que aprendamos.

-Eso es una visión muy positiva de la vida. Según lo que decís, siempre terminaremos aprendiendo, sea más tarde o más temprano. Sin embargo, veo gente grande que pareciera no aprender nunca. Sigue con sus mismos pecados a los ochenta años. Divas que continúan haciendo esfuerzos sobrehumanos por mantenerse en el centro del escenario aunque se caigan a pedazos. Dirigentes, que a esa misma edad siguen corrompidos y corrompiendo como si alguien octogenario necesitara más dinero o fuera algo prioritario para esa etapa de la vida…

-La vida siempre nos dará oportunidades. Siempre. Tal vez no las que nosotros queremos; seguro las que necesitamos. Pero volvamos a vos. Me gustaría retomar la idea de lo importante que es apoyar a alguien. Y que el primero de todos los apoyos, debe ser hacia uno mismo, -dijo el Maestro. -¿Qué pensás que le pasó a tu hijo cuando pese a tener más de diez años, aceptaste con alegría y misericordia que duermiera en tu cama?

-Se produjo un milagro.

-¿Cuál?

-Que había lugar para ser. Para expresar los miedos. Que no estaba solo. Que alguien lo entendía, acompañaba, ayudaba. Que habría solución, y por ende, había esperanza.

-¿Cómo pensás que sería tu vida si tuvieras lugar para ser; para expresar tus miedos, debilidades y limitaciones? ¿Si supieras que alguien te entiende, te apoya, te ayuda? ¿Si sintieras que pese a no saber cómo se resolverán las cosas, confiás en que se resolverán, y en que no te faltará amor para poder atravesarlas?

-Sería increíble. Y no desde una mirada resultadista o del éxito, sino desde la propia plenitud, la confianza, la paz.

-Así como está la milenaria ley de no hacer a los demás lo que no nos gustarían que nos hicieran a nosotros,  te digo lo complementario: tratate a vos mismo como te gustaría tratar a los demás. En vínculos, no existe el afuera y el adentro. Nuestra relación con los demás es la misma relación que tenemos con nosotros mismos.

-Nunca lo había pensado.

-No hay felicidad mayor en la vida que ser bueno, compasivo, misericordioso, amoroso con uno mismo. Y después, ser así con los demás.

-Muchas gracias. Siento que es un largo camino. Seguramente exceda mi propia vida. Pero estoy feliz de ir transitándolo todo lo que pueda.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Te apoyás o boicoteás?

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Aprendizaje, Exigencia, Sufrimiento

Creando el espacio para poder ser uno mismo

I

José estaba leyendo el diario en el comedor, cuando de reojo vio a su hijo dirigiéndose al cuarto de servicio. Le llamó la atención que el niño mirara el techo, como si estuviera buscando telas de arañas, o como si tratara de hacerse el distraído. Sin que pudiera darse cuenta que lo estaba observando, su padre aguzó la atención.

Dos segundos después de haber ingresado en el cuarto de servicio, su hijo salía masticando. Era evidente que había ido ahí para poder comer algo que no tenía permitido.

Tiempo atrás, el padre se hubiera enojado y lo hubiera retado por comer golosinas. Sin embargo, en esta ocasión no pudo evitar preguntarse por qué su hijo necesitaba esconderse de él.

Se dio cuenta que en realidad el problema era él mismo, y no el niño. Se paró, interceptó a su hijo y lo abrazó. El menor no entendía bien lo que estaba pasando, pero por las dudas tragó lo que masticaba.

Su padre le dijo: “-te pido perdón porque necesitás esconderte de mí para comer una golosina.”

Su hijo se ruborizó al ser descubierto, sin comprender bien por qué su padre le pedía perdón.

“-Te pido perdón porque es mi actitud la que te lleva a tener que comer sin que yo te vea. Yo puedo tener buenas intenciones para que no comas porquerías, pero evidentemente, no estoy haciendo bien mi trabajo de padre. Lo más importante es que vos confíes en mí, que puedas decirme lo que te pasa o lo que tenés ganas, y no que tengas que esconderte de mí. Te pido perdón de corazón…y la próxima vez que te sientas hostigado o presionado por papá, me mandás a la mierda”, cerró el padre.

Su hijo lo abrazó, emocionado. Sentirse apoyado cambiaba la vida.

II

“-El viernes tenés turno con Juan Pablo”, le dijo José a su hijo, en alusión a que tenía terapia.

“-Aprovechá y contale que te sentías muy nervioso cuando tuviste que actuar en el colegio, y también, por qué no tenías ganas de ir al torneo de fútbol”, dijo el padre con voz tranquila.

“-Ni loco”, lo cortó su hijo muy nervioso.

“-Y sino vas a hablar con tu terapeuta de lo que te pasa; ¿de qué vas a hablar?”, preguntó el padre.

Ante la cara de enojo y miedo de su hijo, continuó. “-Entiendo que tengas vergüenza o temor, pero tenés que poder hablar de lo que te pasa, de lo que sentís. Si él no te da lugar, tenemos que cambiar de terapeuta. ¿Sentís que no tenés margen para hablar con él de las cosas que te pasan?”, preguntó.

“-No, no”, dijo el hijo entre dubitativo y enojado.

“-Entonces, aunque te resulte difícil, andá y contale lo que te pasa. Así somos las personas, que vamos a terapia a buscar ayuda, y como nos da vergüenza contar algunas cosas, terminamos hablando de temas que no son los que más nos importan. No te sientas mal por eso, a todos nos ocurre,” lo estimuló el padre.

Su hijo lo miraba con asombro.

“-Por más que nos cueste, tenemos que aprender a decir lo que nos pasa. No a cualquiera, pero a aquellas personas en quienes confiamos, o las que les pedimos ayuda, debemos intentar, por todos los medios, hablarles con el corazón sobre la mesa”, completó José.

Inspirado, su hijo tuvo una sesión excelente con el terapeuta.

III

Para agasajar a su hijo por el cumpleaños, José le armó una reunión con un periodista deportivo muy destacado. Dado que su hermano también era fanático de los deportes, le consultó si quería invitarlo, o si prefería ir él solo.

El chico, instantáneamente contestó que invitaría a su hermano para no dejarlo afuera de aquél programa tan especial.

Intuyendo que era la respuesta políticamente correcta, pero que no dejaba ningún lugar para expresar la parte egoísta y violenta de todo ser humano, el padre optó por poner el asunto sobre la mesa.

“-Mirá que no estás obligado a que venga tu hermano”, le dijo como para abrir la discusión.

“-Es que en su cumpleaños él dejó que yo fuera a ver el entrenamiento de la Selección cuando en realidad lo llevabas a él…”, dijo el niño justificando su reciprocidad.

“-Entiendo perfecto”, dijo el padre. “-Pero no te preocupes. Vos sos vos y él es él. No son dos siameses que tienen que ir a todos lados juntos. Hay espacios propios. Y también quiero que tengas lugar para poder sacar tu individualidad, tu egoísmo y tu violencia.”

El hijo lo miraba absorto, como si su padre lo hubiera desenmascarado.

“-Gordo, a todos nos pasa. No sos malo por tener esos sentimientos o deseos. Sos un ser humano. Hay momentos donde es muy importante ser bueno, generoso, conciliador. Pero no es posible serlo todo el tiempo. La vida no es una obligación…”, dijo el padre con un tono misericordioso que reconocía y habilitaba a la parte difícil de todo hombre.

Su hijo, conmovido, sintió que podía ser. Que él estaba bien así como era. Que no tenía que ocultar como era, ni tratar de ser otro. Con los ojos húmedos, abrazó a su padre.

Esa noche, José se preguntó si acaso habría alguna diferencia en cómo tratar a un hijo y como tratarse a uno mismo.

Artículo de Juan Tonelli: Creando el espacio para poder ser uno mismo.

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Analfabetismo emocional, Madurez, Sufrimiento

No poder escuchar

La muerte del presidente de la empresa había desatado una crisis familiar por la sucesión. Varios parientes disputaban el sillón, y  la pelea era sórdida y a muerte. Resultaba paradójico que en la base de la lucha por el poder estuviera la afectividad.

El poder, que solía avasallarlo todo, destruía cualquier atisbo de afecto genuino que pudiera amenazar su propio interés. Irónicamente, a lo único que aspiraba era a ser querido, reconocido.

Las peleas intrafamiliares solían ser las peores. De Caín y Abel, hasta situaciones más contemporáneas. ¿Acaso en los reinos no habían existido hijos que mataban a sus padres, esposas que envenenaban a sus maridos o hermanos que se asesinaban, solo por acceder al poder? Obviamente y tal como le había pasado al Ricardo III, terminaban más solos que nunca,  logrando el efecto opuesto al buscado, en donde eran temidos pero nunca amados.

El gerente general de la empresa, quien era ajeno a la familia, había contratado a la consultora internacional más reconocida en temas estratégicos, con el objeto de facilitar el entendimiento de las familias accionistas.

Después de unas cuantas reuniones de trabajo en las que hizo de psicólogo, sacerdote, gurú y amigo de los distintos familiares que peleaban la sucesión, el presidente de la consultora convocó al gerente general para intercambiar algunas ideas.

“-La verdad que la situación es bien difícil”, arrancó.

El gerente asintió aquel comentario que él padecía en primera persona.

“-Está bastante claro que Luis va a ser el sucesor”, continuó el presidente de la consultora. “-Pero me preocupa bastante…”, dijo con un gesto serio.

“-¿Por qué?”, preguntó el gerente general.

Después de reflexionar unos instantes, y con la mirada perdida en el horizonte, le contestó:

“-Porque Luis es un tipo muy innovador y carismático, pero para ser presidente de un grupo tan grande como éste, se necesitan otros atributos…”

El silencio invadía la sala imponente de reuniones con vista al mar.

“-Por ejemplo, ser capaz de manejar una multiplicidad de recursos”, completó el consultor.

“-¿Y te parece que Luis no puede hacerlo?”, preguntó el gerente algo sorprendido.

“-Creo que puede registrar la complejidad, pero no sé si es capaz de administrarla. Temo que se aburra. Algunos tienen el síndrome de Cristóbal Colón.”

Ante la mirada desconcertada del gerente, el consultor prosiguió.

“-Cristóbal Colón descubrió América. Corrió enormes riesgos y su misión llegó a buen puerto. Pero fue completamente incapaz de organizar América. En el fondo, a él no le interesaba. No tenía las aptitudes. Por lo cual, en vez de asentarse y desarrollar la conquista, se volvió a subir al barco y siguió viajando y viajando… Y no tiene nada malo ser un navegante. El problema es cuando insistís en ser un administrador o un desarrollador. Ahí tu trabajo será pobre y tampoco serás feliz…”

“-¿Estás convencido de que Luis no puede ser el conductor de este conglomerado de empresas?¿Él podría convocar al mejor equipo para llevar adelante las tareas…”, propuso el gerente.

“-Es que no alcanza con el mejor equipo. Después hay que hacerse cargo de esas personas. ¿Y Luis querrá? Yo creo que no le interesa, o no puede. Lo que él quiere es dejar su impronta, aportar innovación; ¿pero necesita ser el presidente para hacer eso? Por ejemplo, en mi experiencia he visto un montón de publicistas que eran mucho más felices y eficientes cuando se dedicaban a pensar y ejecutar las publicidades, que cuando se convirtieron en importantes empresarios dueños de sus propias agencias, y su trabajo se concentraba en lidiar con problemas, jugar al golf y tener almuerzos costosos para conseguir clientes y tratar de cobrar. Extrañaban las épocas en las que podían expresar su creatividad y tenían mucha más libertad. ”

El gerente general se sentía cada vez más contrariado y disminuido. Sin ser accionista pero siendo un hombre respetado por todos, había propuesto esta consultora como forma de zanjar las guerras intestinas asociadas a la sucesión. Y ahora, que parecía existir un consenso que ya era muy difícil de revertir, el consultor venía a señalar los enormes riesgos que conllevaría aquella decisión.

“-Entonces, para vos el gran tema es que Luis se aburre y que va a ser incapaz de hacerse cargo de todos los temas”, dijo el gerente general.

“-No”, lo cortó con suavidad el consultor. “-Ese no es el problema principal.”

La cara del gerente seguía empalideciendo, como si no quisiera escuchar mas malas noticias.

“-Su problema principal es su dificultad para que le digan las cosas”, disparó.

El gerente general puso una cara de sorpresa, sin entender bien aquella idea. “-¿Pero eso es una dificultad de Luis o de los que no se animan a decirle las cosas? ¿No te parece que lo estaríamos haciendo cargo de un problema que no es suyo, sino de los demás?”

“-¿Vos decís que los demás conspiran para ocultarle temas?”, provocó el consultor. “-¿Vos te ponés de acuerdo con otras personas para no decirle ciertas cosas, o te parece que simplemente no se las decís porque intuís que él no te da ningún margen para recibir esa información?”

El gerente general se quedó callado. Se sintió demasiado identificado con aquél estilete que acababan de clavarle.

“-Si bien es cierto que la comunicación es un tema de a dos, hay entornos y personas que no la favorecen. Por un lado, la dinámica que se arma alrededor de personas importantes, suele ser muy negativa. Todos tienen miedo de llevarle malas noticias o temas que lo puedan irritar o decepcionar. En definitiva, se trata del instinto de supervivencia en estado puro. Ningún león quiere irritar al macho alfa de la manada, no sea cosa que se enoje y lo mate.”

El gerente escuchaba aquella lección admirado.

“-Pero más allá del siempre difícil entorno del líder, hay personas que por diversas razones, no pueden dar el menor espacio para escuchar toda aquella parte de la vida que no les gusta. Entonces, como ellos decidieron rechazarla, es improbable que sus interlocutores perciban que pueden plantearle ciertos temas…”

“-¿Y cuáles son esos temas?”, preguntó el gerente.

“-Luis es una de esas personas que sin darse cuenta, cree que la realidad es lo que ocurre en su cabeza. O peor aún, considera que la realidad debiera ser como a él le parece, y todo lo que no se ajuste a esas ideas que tiene, está mal o equivocado. Con un entorno mental así; ¿quién le puede señalar algo contrario?”

El gerente continuaba en silencio, sabiendo de qué le estaban hablando. Él vivía padeciendo la situación descripta.

“-Y es muy paradojal, porque Luis es un tipo con una sensibilidad altísima. O sea que puede percibir hasta lo más profundo de las personas. Intuir y llegar a niveles de conocimiento del otro que muy pocos logran.”

“-¿Qué ejemplos concretos de la dificultad de Luis me podrías señalar?”, insistió el gerente.

“-Es que no importan”, dijo el consultor. “-El tema central es que su cabeza no le da ningún lugar a todo aquello que no le gusta. Y aunque la niegue, la realidad sigue ahí. Y al ignorarla, será aún peor. Por eso, es muy peligroso que se ponga al frente de esta organización; sin saberlo, estará tomando decisiones con aquella información que le gusta o tolera. Sin embargo, sería bueno que decidiera con mucha más información que eso…”

El gerente miraba al vasto océano, como forma de evadirse un rato de aquel diagnóstico tan preciso. ¿Qué sería de su propio futuro si la empresa estaba conducida por alguien así?

El consultor, impasible, continuó. “-Es como la frase popular que sostiene que la mujer engañada es la última en enterarse. Lo que esa idea no precisa o tergiversa, es que seguramente esa persona tiene fuertes incentivos para no darse cuenta, conscientemente, que su marido la engaña. Porque no le conviene, o porque no puede tolerar esa realidad que es tan distinta a sus ideas o que amenaza ciertas seguridades. Y el problema es que la realidad ocurre igual, más allá de la enorme capacidad de negación que oponga.

El mismo caso que el diario de Yrigoyen. ¿Por qué le armaban un periódico a su medida, solo con buenas noticias? ¿Eran todos malos y manipuladores, o él tendría algo que ver con esa situación? A mí modo de ver, él no les daría ningún margen para contarle lo que estaba pasando, por lo cual los demás no tenían más remedio que inventarle lo que él quería escuchar.”

El gerente escucha todo aquello conmovido por la sabiduría de las palabras, aunque sintiéndose como si lo hubieran molido a palos.

“-¿Y por qué pensás que no escucha, que tiene tanta dificultad para que le señalen defectos o problemas?”, preguntó.

“-En mi experiencia, esa característica remite casi siempre a situaciones traumáticas de la infancia. Probablemente lo hayan criticado y desvalorizado tanto, que llegó un punto que no puede tolerar la más mínima crítica o comentario. Trabajé una vez con un muy buen empresario que en la adolescencia le había amputado un pie por una herida que se le había infectado y generado una gangrena.”

“Cuarenta años después de aquella experiencia, un día me confesó que él era muy conservador en sus negocios y en su vida, porque no quería perder más nada. Uno de sus mecanismos adaptativos para sobreponerse a la amputación, fue que inconscientemente decidió no perder más nada.”

“Le fue bien en general, pero al promediar los cincuenta años tuvo que volver a procesar esa premisa, porque era evidente que lo esperaban tiempos de pérdidas y él no podía tolerarlas. Y en el caso que nos convoca sería algo parecido. A Luis le dijeron tantas cosas malas y lo criticaron tanto, que ya no tolera una crítica más.”

Después de un profundo suspiro, el gerente preguntó: “-¿Y creés que puede cambiar?”

“-Es difícil. Las características que no se expresaron antes de los cuarenta años, es porque no están. Así y todo, la realidad es una implacable escultora. Nos va dando todos los martillazos que necesitemos para ir mejorando nuestra forma. Como somos de piedra, no tenemos más remedio que recibir cincelazos.”

“-El tema es que ya no hay tiempo para pensar en otro presidente”, dijo lacónicamente el gerente. “-Solo nos resta ver cómo ayudar a Luis para que conduzca este barco al mejor puerto que se pueda.”

“-Y a que se lastime lo menos posible”, agregó el consultor. “-Como conversábamos hace un rato, a mí modo de ver su problema central es su dificultad para que le digan las cosas. Ahora si analizamos qué tipo de temas son los que más le cuestan, nos encontraremos que le resulta intolerable cualquier crítica, por menor que sea. Y tiene que aprender a incorporar la humanidad de las personas.”

“-¿Cómo decís eso si debe haber pocas personas más buenas y sensibles que él?”, protestó el gerente.

“-No lo dudo”, precisó el consultor. “-Pero estoy hablando de otra cosa. Luis tiene una rígida estructura de valores. Una cosa es poder distinguir entre el bien y el mal, y otra distinta es pensar que el mal es algo que no debiera existir. El mal existe. Siempre. Y no allá afuera, en Hitler o en las malas personas. El primer lugar en el que existe es acá adentro. En nosotros mismos.”

“-Si uno no puede hacerse cargo de sus áreas más sombrías, sean éstas las que sean, termina negándolas. Y nuevamente, ellas existen igual. Bah, peor, porque al ser reprimidas crecen. Si nosotros no podemos aceptar que somos mediocres, que tenemos pasiones con la comida, el sexo, el dinero, el poder, el protagonismo, y que siempre podremos perdernos en la próxima curva, estamos ante un problema grave”, continuó.

“-Situación que se agrava exponencialmente si uno tiene que dirigir personas, porque las personas son justamente esto”, prosiguió el consultor. “-Lao Tsé decía que “aquél que aspire a ser rey tendrá que estar dispuesto a hacerse cargo de todos los pecados del reino… Y ese es el punto. Si uno niega las propias áreas oscuras, muy difícilmente pueda contener y conducir las cuatro mil personas que trabajan en este grupo y que definitivamente tienen todo tipo de pasiones.”

El gerente tenía emociones encontradas. Por un lado, eran todas dificultades y malas noticias. Por otro, el agudo diagnóstico lo esperanzaba. Siempre era posible trabajar y mejorar si uno conocía cuál era el problema.

“-¿Qué pensás?”, quiso saber el consultor.

“-En Jesús”, dijo el gerente. El consultor lo miró sorprendido.

“-Más allá de la cuestión religiosa pensaba que sus amigos y seguidores eran los pobres, los malos, las putas. Los supuestamente buenos, santos e influyentes fueron los que lo enfrentaron, persiguieron y finalmente mataron. Pareciera que le fue más fácil trabajar con los que se sabían muy imperfectos, que con aquellos que estaban convencidos que eran buenos…”, completó el gerente.

El consultor sonrió esperanzado. Confirmó que tenía alguien con quien trabajar para ayudar a Luis a transitar el camino que lo esperaba.

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Ansiedad, Exigencia, Sufrimiento

La Ansiedad

“-¿Y qué sintieron?”, fue la cándida y esperanzada pregunta de la instructora del curso de alimentación consciente, a sus alumnos.

“-Ansiedad”, fue la tajante y segura respuesta de Edgardo cuando llegó su turno.

La profesora quedó descolocada y quiso indagar más. “-¿Qué era lo que sentías?”, preguntó con delicadeza.

“-Me siento como si viviera empujado por la locomotora de un tren de alta velocidad. Y la verdad es que no me genera problemas porque estoy acostumbrado y me parece lo normal. Pero cada vez que intento bajarme de ese tren que me empuja en forma automática y sin que me dé cuenta, siento una enorme violencia”, describió Edgardo.

“-¿Violencia?”, preguntó la instructora, creyendo que el alumno estaba utilizando una palabra inapropiada para describir lo que sentía.

“-Sí”, ratificó Edgardo. “-Es como si pisara el acelerador y el freno al mismo tiempo. La sensación de que el sistema se va a romper, va a explotar”, amplió.

“-Pero acá sólo te estamos pidiendo que pises el freno, o mejor dicho, que levantes el pie del acelerador…”, cuestionó ella con dulzura.

“-Es que yo vivo con el acelerador pisado a fondo, y mi pie atado a él… ¿Cómo explicarles? Siento los miles de caballos de fuerza del motor de la locomotora, empujándome todo el tiempo. Y ni siquiera es algo que elija. Simplemente sucede”, completó lacónico.

La dureza de aquél comentario despertó la compasión de la docente. Lo que había generado semejante confesión no era otra cosa que un simple ejercicio que ella había propuesto para empezar a comer con consciencia. Los alumnos tenían que oler un pasa de uva, sentir su peso, apretarla, percibir su textura. Luego debían sentirla con los labios, ponérsela en la boca y notar los sabores que liberaba en la medida que se ablandaba y disolvía.

Todo ese ejercicio de prestar atención y percibir, resultaba extremadamente difícil para Edgardo. Le producía tanta ansiedad, que sentía una violencia interior que lo impulsaba a cortar abruptamente aquella práctica tortuosa.

La profesora propuso que lo volviera a hacer. El nuevo intento produjo menos rechazo y Edgardo fue lentamente entrando en otro ritmo. En la medida que se relajó un poco, sintió cansancio y hasta ganas de dormirse. Su mente asoció ese estado al de la muerte blanca, esa forma pacífica de morir que le ocurre a los montañistas. Las bajas temperaturas generan que el corazón lata cada vez más despacio, hasta que sobreviene una somnolencia que terminará en una muerte serena, apacible, que es la que da origen a su nombre.

Edgardo se preguntó por qué aquietarse le produciría una sensación de muerte. ¿Por qué tendría que estar siempre empujando? ¿Por qué debía estar siempre a cargo, controlando que todo estuviera bien? ¿La vida necesitaba de su fuerza y supervisión? Semejante idea, además de arrogante le pareció absurda.

En la medida que la clase avanzaba, Edgardo consiguió aquietarse. Pudo registrar los enormes niveles de ansiedad con los que vivía. Al preguntarse por qué estaba siempre apurado y empujando, la primer respuesta que ensayó su mente fue que tenía muchas cosas que hacer. Un montón de actividades elegidas y otras impuestas.

Sentía que si paraba de empujar, su vida no funcionaría. Aunque registró con claridad lo descabellado de ese planteo, tuvo que asumir que no conocía otra forma de vivir.

Al finalizar la clase, la profesora preguntó qué les había parecido la experiencia. Consciente de sus dificultades, Edgardo planteó que si no generaba algunas condiciones, lo aprendido duraría cuarenta y ocho horas. Como en la parábola del sembrador, la semilla que caía a la vera del camino no podría echar raíces profundas, y terminaría muriendo rápidamente.

Mientras más preguntas irrumpían en su mente, la instructora le señaló que esta preocupación también era otro signo de su ansiedad. En vez de vivir el presente, ya estaba preocupado porque lo que acababa de aprender no encontrara un campo fértil.

Siempre el futuro se metía en su presente.

Se preguntó en qué momentos era capaz de meterse de lleno en el presente. Lo primero que pensó fue en el sexo. También, en su gusto por manejar rápido y por el peligro, que lo obligaba a concentrarse en el presente porque un descuido podía ser fatal. Se entristeció al registrar que solo en tan pocas ocasiones era capaz de vivir el presente.

Cuarenta y ocho horas después del curso, su profecía se había cumplido. La ola lo había tapado por completo y no quedaba ni vestigio de prestar atención a lo que comía. Mucho menos, percibir sabores, o evitar comer parado, viendo televisión, o leyendo. Como si su ansiedad fuera algo constitutivo, tener que aquietarse y concentrase sólo en comer, le resultaba intolerable. No era raro que se desconectara o distrayera, como única forma de no seguir generando tanta violencia interna.

Reflexionando acerca de por qué no podía parar, llegó a la conclusión que su inquietud permanente tenía que ver con su anhelo de paz y tranquilidad. Todo una paradoja; para alcanzar la paz algún día, vivía siempre corriendo y exigido. Su necesidad de asegurar el futuro y las ganas de ser reconocido -¿amado?-, lo llevaban a esforzarse permanentemente.

Se dio cuenta que esa conclusión era coherente con el sentimiento de que detenerse sería igual a morirse. Si él sentía que debía construirse su tranquilidad y hasta su valía, era natural que aquietarse fuera vivido como si dejara existir.

Podía entender que esta idea era errada y condicionaba toda su vida. Sin embargo, la pregunta clave era cómo hacer para salirse de ese esquema. ¿Cómo reducir su ansiedad? ¿Cómo bajarse de ese tren de alta velocidad que lo empujaba raudo, aún sin su consentimiento?

La imagen del tren llevándolo a altas velocidades servía también para transmitir su sentimiento de que no estaba frente a un problema fácil. Un bólido de semejantes características no se detendría porque se le antepusiera uno o varios hombres. Se los llevaba puestos y seguía como si nada.

La preocupación que le había transmitido a la instructora acerca de cómo generar condiciones para que la semilla cayera en tierra fértil seguía siendo la pregunta del millón.

¿Pero cómo hacer? Edgardo no podía cambiar su vida y tampoco parecía que una hora de meditación o yoga diaria pudieran provocar los cambios necesarios. De hecho lo había intentado en reiteradas ocasiones, y el tren de alta velocidad se había llevado puesto todo.

Por otra parte, su intento de cambiarse a sí mismo generaba aún más tensión y exigencia. En el fondo, se trataba de otro objetivo más que presionaba sobre su ya agotadora agenda diaria. ¿Debía entonces aceptarse tal cual era y dejar que las cosas siguieran su curso, aunque el devenir de éste no fuera positivo?

Una vez más, Edgardo se encontraba frente al eterno problema del hombre; ¿cuál era el límite entre cambiarse y aceptarse? ¿Qué era lo que se debía hacer porque se podía, y qué había que aceptar  dado que escapaba a las propias posibilidades?

Desde los tiempos más inmemoriales, esa pregunta solo podía ser contestada a través de  los hechos. Los hombres debían intentarlo todo, no para lograr todo, sino simplemente para conocerse a sí mismos. Averiguar qué cosas podían y cuáles eran sus límites.

Volvió a pensar en su ansiedad crónica, que parecía un modo de funcionamiento. Supo que estaba frente a algo muy grande y difícil. Como pretender escalar una montaña del Himalaya. También supo que debía intentarlo. Y que la diferencia estaba en cómo encarar ese camino.

La clave parecía estar en desprenderse del resultado. En hacer todo lo mejor que pudiera, tratando de no estar pendiente del resultado. En dejar eso librado a la naturaleza, a la vida, o Dios.

Por último, sintió que sin una enorme compasión era imposible emprender esa tarea. Para poder transitar el difícil camino de conocerse a uno mismo era imprescindible una gran misericordia.

Edgardo suspiró al sentir el peso de lo que lo esperaba. Sin embargo, se sintió tranquilo al saber que contaba con buenas herramientas: generar las condiciones para cuidar aquello que quería; desprenderse del resultado, y tratarse con suma compasión.

Era algo mucho más valioso que una hoja de ruta. Después de todo, como decía algún iluminado, la sabiduría no era una estación a la que uno podía llegar, sino más bien una manera de viajar.

Artículo de Juan Tonelli: Ansiedad.

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