Sufrimiento

aislamiento, crisis, Madurez, Sufrimiento

haz lo que yo digo pero no lo que yo hago

-Todas las mujeres están cortadas por la misma tijera.

Sebastián escuchaba con atención las palabras de su padre. Lo que no había ocurrido en sus cuarenta años estaba pasando ahora. El día previo le había confesado a su madre que estaba enamorado de otra mujer y que se separaría. Enterado de la situación, su papá lo llamó para tener una conversación de hombres.

El hijo fue contento al encuentro, y relató toda su historia de amor. Su padre escuchó en silencio, comprensivo. Sebastián estaba feliz de abrirse, y sentir por primera vez en su vida que tenía un diálogo a fondo con su papá. Se preguntó por qué no lo habría tenido antes.

-Enamorarse de otra persona estando casado, por más que vos lo sientas como algo único y que no puede ocurrir, es bastante común, -dijo el padre relativizando la crisis.

Sebastián escuchaba absorto. Para él significaba una catástrofe. Algo que simplemente no podía suceder. Un rayo que le cayó cuando caminaba mansamente por la playa. Si bien lo había ayudado a despertar, el huracán había devastado su vida que él creía tener tan bien organizada. No dejó piedra sobre piedra.

Percibiendo que su padre tomaba la situación con naturalidad, le preguntó:

-A vos te pasó?

-Te acordás cuando yo viajaba seguido a Perú por trabajo? En realidad no viajaba nada. Iba a un departamento que alquilé especialmente para poder quedarme abrazado a un gran amor que tenía entonces. Eran tres o cuatro días encerrados con las persianas bajas, desnudos, mirándonos extasiados hasta cualquier hora de la madrugada, a escasos cinco centímetros de distancia el uno del otro, -respondió el padre.

Sebastián se estremeció con aquella historia. Aunque su padre le estuviera confesando que el matrimonio con su madre no había sido perfecto -cosa que por otro lado tenía muy claro por las permanentes peleas que habían tenido toda la vida-, sintió empatía al enterarse que él no era el único desgraciado al que le pasaban estas cosas. A su padre le había pasado lo mismo. Se rió para sus adentros al escuchar que la coartada había sido un inexistente proyecto profesional en Perú.

-Y no tuviste ganas de irte a vivir con ella?, -preguntó Sebastián con audacia.

-Por supuesto, pero no quería dejar de verlos a ustedes. Y temía que cinco años después me encontrara en la misma situación, solo que con un divorcio a cuestas y mucha gente lastimada. Qué garantías tenía de que cada nuevo amor, después de un tiempo, no deviniera en algo parecido? Lo nuevo siempre es muy tentador por ser maravilloso y sin imperfecciones, -completó. -Tu abuelo decía que las mujeres son todas iguales y que después de la etapa de enamoramiento, toda hechicera se convierte en bruja.

Sebastián escuchó aquellas palabras algo confundido. Ya tenía bastante mareo con su propia situación para venir a enterarse que su padre había tenido doble vida, que había engañado a su madre. -Mamá también habrá tenido amantes o algún amor prohibido?, se preguntó para sus adentros.

Recordaba haber percibido eso en algunas de las infinitas crisis matrimoniales de sus padres. Seguramente su madre habría estado enamorada de otro hombre, pero nunca se lo había blanqueado.

-Es más, -continuó su padre, -viste que tu mamá siempre me reprochó que no llegué a tiempo a tu parto?

Sebastián escuchaba hasta con los poros. Toda su vida había escuchado a su madre quejarse de lo sola que estaba, que su padre no existía, que se la pasaba trabajando. Que aún el día de su nacimiento había llegado a la clínica cuando él ya había nacido.

-El viernes en que naciste yo estaba trabajando en el estudio, viendo papeles y temas atrasados. A la tardecita, se me entregó la secretaria: “hágame suya, doctor”, me dijo. No existían celulares así que para cuando me enteré de lo que pasaba vos ya habías nacido y me fui derecho al sanatorio.

Sebastián sentía una mezcla de emociones. Principalmente, alivio. No era el único infiel, ni al que le ocurría la terrible desgracia de enamorarse de otra persona estando casado. Igual, le costaba un poco asimilar las infidelidades de su padre, o el hecho de que no hubiera llegado a su nacimiento por estar acostándose con otra mujer. Así y todo, valoraba la empatía del diálogo.

-Aguantá, todo pasa, también este enamoramiento, -fue el consejo final de su padre antes de despedirse.

El consejo paterno no sirvió de nada, porque para el momento en que ocurrió el diálogo, él ya estaba jugado. Quemaduras emocionales de tercer grado, irreversibles.

Diez años después, Sebastián comprendió que más que empatía, aquél diálogo había sido una manipulación. No malintencionada, pero manipulación al fin. Aquella falsa intimidad había tenido por objeto evitar que él se separara y afectara a toda la familia.

Era evidente que aquél encuentro había sido completamente a destiempo. Si había un momento para enseñar, era antes de que las cosas pasaran. Una vez que ocurrían, la maestra era la vida y sus golpes, y no las palabras.

No pudo evitar preguntarse por qué sus padres se habían pasado transmitiendo valores que no vivían. Acaso ser políticamente correcto era más importante que ser sincero o compasivo? Era mejor inculcar valores en los que la vida no cabía? No era que la ley estaba para servir al hombre y no al revés?

Por qué antes de casarse sus padres no le enseñaron que era muy probable que tuviera un amor prohibido? O que la infidelidad no era tan tremenda como la hipócrita sociedad decía? De qué le servían ahora los consejos paternos, una vez que había desbarrancado?

Pensó en todo lo que había sufrido por no calzar en los moldes y definiciones morales impuestas por sus padres y la sociedad. Cuánto dolor podría haberse evitado si hubiera tenido diálogos sinceros y no solo discursos morales de valores que se pregonaban pero no se vivían? Ninguna vida entra en esos moldes.

Transmitir valores rígidos no servía de nada. Solo generaba un sentimiento de inadecuación, de que uno era el problema.

Vinieron a la mente sus hijos. En la medida que crecieran les compartiría todas sus experiencias, por más dolorosas y contradictorias que fueran. Seguramente no les evitaría el sufrimiento; pero quizás les aportara algo de luz, siempre tan necesaria en los túneles oscuros que inevitablemente impone la vida.

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Ansiedad, riesgo, Sufrimiento

angustia

Me sentía un gladiador romano, arrojado a la arena a pelear por mi supervivencia contra leones hambrientos. El problema era que solo tenía trece años y estaba jugando al tenis.

Cada partido era una mezcla de emociones en donde la predominante era la angustia. Al igual que los luchadores romanos, sentía que perder era morir. Solo ganar me permitía seguir siendo. Alivio temporal hasta la próxima encarnizada lucha.

Para conjurar semejante riesgo, recurría a la religión. La fe me ofrecía una batería de oraciones como antídoto ante las amenazas que me planteaba la vida.

Por la naturaleza del juego, tenía el tiempo justo para rezar un Gloria entre punto y punto, y un Avemaría entre games. Lamentablemente el Padrenuestro no entraba en esos intervalos por lo que lo reservaba para el espacio entre sets.

A la distancia me pregunto en dónde había mas presión: si cuando jugaba los puntos y mis rivales trataban de destrozarme, o si en los descansos en los que tenía que apurarme a rezar y lograr que la oración terminara antes de retomar el juego.

Aunque jugar me gustaba, no importaba demasiado. Lo importante era ganar. Dios era mi aliado aunque de vez en cuando me fallaba.

Tenía una pequeña libretita en la que llevaba un meticuloso registro de los partidos que jugaba, anotando fecha, rival y resultado. Por suerte el balance era ampliamente favorable. Aunque a más victorias, más rigidez por la obligación de mantener ese nivel, y el consiguiente riesgo de tener que anotar las tan temidas derrotas. Con el tiempo esa libreta se fue convirtiendo en mi tesoro; era un testigo fiel de mi carrera.

Qué espacio quedaba para jugar al tenis? Poco. Lo importante era ganar, con la invaluable ayuda de todas esas oraciones. En un partido promedio a tres sets, podía rezar unos ciento cincuenta Glorias, entre veinticinco y treinta Avemarías, y unos dos o tres Padrenuestros. Más que un deporte parecía un retiro espiritual.

Mirando hacia atrás veo que aunque ese juego me encantaba, anotar victorias en la agenda me importaba más que jugar. Lo realmente significativo era tener muchos triunfos. Saberme el mejor. Poder contarlo a los demás, o mejor aún, que todos lo supieran sin necesidad que yo lo contara.

El futuro era siempre amenazante. Cada partido era una nueva oportunidad de ser derrotado y tener que anotar con sangre en la bendita libreta.

Cada juego significaba el riesgo de perder mis récords y empeorar el promedio. Las victorias solo significaban el alivio de una prueba superada. Pero también, la creciente presión por mantener mi estatus de exitoso. Para peor, con el tiempo, el ganar pasaba a ser rutinario, generando menos satisfacción; entre tanta angustia y rezos nunca llegaba a sentir plenitud. Y simultáneamente, sentía mayor miedo de perder lo logrado.

Como en geografía, a grandes alturas, grandes abismos. O más preciso, grandes precipicios en los que podía caer y destruirme.

Todo ese universo tortuoso entre oraciones, libretitas y angustias ocurría en cada simple partido de tenis.

Por suerte la vida suele liberarnos de nuestras cárceles auto impuestas. Al poco tiempo cambié de deporte y comencé a jugar al squash. Como era mucho más rápido y los intervalos de descanso muy cortos, ya no tenía tiempo para rezar Glorias entre punto y punto. Nada. Solo una pequeña invocación que con los meses fue perdiéndose por el ritmo vertiginoso del juego. Aunque al menos podía mantener una Avemaría y tal vez un Gloria entre games.

La angustia me acompañó toda mi carrera. Cada partido era un sufrimiento en donde solo el final producía alivio. Terminar era liberador porque se acababan los riesgos. Ya no podía ganar o perder. Había ganado o perdido y hasta el próximo partido tendría un poco de paz, aunque al aproximarme al nuevo desafío la angustia volviera a presentarse.

Miro para atrás y me pregunto por qué no fui capaz de jugar al tenis o al squash, que fue el deporte de mi vida. Resulta irónico que haya sido campeón nacional de todas las categorías y haya sido incapaz de “jugar”.

Comprendo perfectamente que con tanta presión y tanto en juego, me resultara imposible disfrutar el deporte.

Será que ahora continúo viviendo de la misma forma en que viví mi “exitosa” carrera deportiva?

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crisis, disociacion, Sufrimiento

crisis

Cómo unos pocos Whatsapp podían armar semejante despelote? Cuatro mensajitos bastaron para dejar en evidencia un amor platónico que estaba oculto para ambos. El problema, era que debería continuar oculto porque ella estaba casada.

Sol guardó el celular en la cartera y se quedó diez minutos parada en la esquina. Para qué lado ir? Los chicos ya habrían llegado del colegio pero ella no tenía apuro en volver. En realidad, no podía volver. Cómo estar conectada con sus hijos si sentía que un rayo acababa de partirla al medio?

Instintivamente, supo que aquél breve intercambio acababa de empujarla a una crisis. Partida en dos, decidió volver caminando a su casa. Como estaba a ocho kilómetros, tendría tiempo de pensar y llegar a su hogar como si nada hubiera pasado. Una hora después y aún a veinte cuadras del destino, supo que eso no era posible. Su vida había cambiado para siempre. Aunque no pudiera ponerlo en palabras, sabía que nada sería lo que había sido hasta esos mensajitos. Cómo era posible?

Se sentía encendida al descubrir que aquél hombre impresionante podía enamorarse de ella. Justo ella, que sentía que no valía tanto, resignada a ser la Cenicienta, aburrida por la rutina del trabajo, los chicos y su marido, acababa de enterarse que era valiosa. Cómo alguien, tan importante, podía mirarla con ojos de admiración?

Sorprendida y maravillada por la situación desatada con su príncipe imposible, no podía contestar ni una de todas las preguntas que surgían a borbotones. Se separaría? Perdería su familia? Cómo podría mirar a los ojos a su amado marido esta noche, después de semejante deslealtad? Su corazón ya sentía vergüenza y culpa. Cómo hacer  para conectar con sus hijos cuando vinieran a abrazarla, si la vida la había empujado a millones de kilómetros?

Impulsada por las circunstancias, al llegar a su casa no tuvo más remedio que sacar sus dotes actorales y fingir que no había pasado nada. Después de todo, no era algo tan difícil:  los seres humanos solían estar muy entrenados en agradar al otro y hacer como si todo estuviera bien. Otra derivación de la enorme capacidad de mentir de las personas, surgida a raíz del miedo a ser rechazados.

El amor prohibido fue avanzando y Sol se encontró que la grieta que había surgido aquella tarde fatídica no solo no se cerraba, sino que cada vez la alejaba más de su marido y su vida tal como la había conocido. No estaba segura de qué hacer; ni siquiera si debía hacer algo.

Se sentía a bordo de esos bólidos de los juegos olímpicos de invierno, en los que los deportistas se deslizaban a altísimas velocidades en toboganes de hielo, sin poder elegir mucho ni observar nada. Cómo poder ver algo cuando uno va a semejante velocidad? Toda la atención está puesta en no tener un choque mortal en cada curva. Sobrevivir, lisa y llanamente. Tal como Sol se sentía.

Cada día era de una dualidad insoportable. El infierno y el paraíso, uno a un milímetro del otro. De la borrachera del amor, al desgarro de saber que no era un amor posible. Todo sin escalas, en cuestión de segundos. Quería controlar el proceso, pero se daba cuenta que no controlaba nada.

-No haga nada; ni siquiera tenga apuro por resolver el problema, -le dijo su terapeuta.

Sol que lo miraba desahuciada, necesitando que le dijera qué hacer, y el infeliz le bajaba una línea que ella juzgaba pasteurizada.

-En situaciones como estas, lo más importante es dejar que la tensión persista. Estamos tentados a decidir, en la esperanza de sacarnos el problema de encima, como sea. Pero eso no es posible. Es mucho mejor aguantar hasta que uno pueda ver con nitidez, -amplió el profesional.

-Pero me estoy muriendo, -balbuceó ella.

-No. Es solo una sensación de su mente. Puede seguir viviendo con normalidad aunque sienta que tiene la cabeza y la vida partida.

En su casa, la situación era insostenible. Por más esfuerzos que hiciera por sobrellevar la situación, estaba enojada con su marido. Esas paradojas de la vida en donde el victimario se siente víctima. Las cosas iban de mal en peor, y cada parte de su doble vida se alejaba aún más de la otra. Sentía que iba a morir desgarrada por las fuerzas que la tironeaban para lados opuestos.

-Tiene el privilegio de vivir una crisis, -dijo el terapeuta con vos pausada.

-Privilegio?

-Sí. Las crisis son una invitación al cambio. Desarman nuestras estructuras rígidas que nos están impidiendo ser lo que somos. Uno tiene que dejar de querer controlar el futuro para poder vivir lo que está pasando ahora.

Sol escuchaba muda.

-El dolor es resistencia, -siguió. -Cuando nos entregamos a la experiencia dolorosa, se evapora. Pero cuanto más rechazamos la realidad, más duele. Agradezca esta crisis que está pasando, que usted va a salir renovada.

El problema era que Sol no quería salir renovada. Al menos no voluntariamente. Quería estar con su amor, sin perder su familia. Pero al igual que toda crisis, llevaba implícita la imposibilidad de volver atrás y habría pérdidas inevitables.

Muchos años después, pudo comprender que su terapeuta tenía razón y que ese había sido el período de transformación más grande de su vida.

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Analfabetismo emocional, Ansiedad, Sin categoría, Sufrimiento

aburrida de mi vida

Eugenia buscaba con desesperación alguna pasión. Necesitaba que pasara algo en su vida. Con cuarenta y cuatro años y veinte de pareja, sentía que hacía rato que no pasaba nada.

Después de cumplir con todos los mandatos -recibirse, trabajar, ponerse de novio con alguien decente, casarse, tener hijos-, su vida le resultaba una monotonía hacia la nada. “Esto era todo?”, se preguntaba con angustia.

Un intenso romance clandestino había dejado en evidencia lo que era evidente hacía rato, que Eugenia se negaba a ver. Hacía rato que con su marido tampoco pasaba nada. Para peor, y aunque no quisiera ver esa realidad a los ojos, era imposible que con su esposo fuera a pasar algo. Era un buen tipo, tranquilo. Quién podía condenarla a ella por no haberse dado cuenta a los veinte años que él no tenía grandes luces?

Habían pasado décadas juntos, tres hijos, y el hogar dulce hogar era un tedio. Ella oscilaba entre tomar la decisión de separarse, o apretar los dientes y seguir para adelante. Un amor prohibido la había estremecido, pero la sola idea de romper la familia la había frenado. “Ya se me va a pasar”, se decía.

Si bien pudo doblegar ese romance, algo murió adentro suyo. Algo secreto, que ni siquiera tuvo consciencia de sus enormes implicancias: la posibilidad de sentirse libre, de poder elegir.

Aunque no tuviera registro de esta situación, Eugenia se sentía atada de pies y manos, completamente incapaz de elegir. Aguantó el dolor como pudo, aunque volver a su casa y encontrarse todos los días con un hombre que no le interesaba en lo más mínimo le resultaba desolador.

Para apurar el trago amargo de abandonar el amor prohibido, intentó acercarse más a sus hijos. Sin embargo, después de unos meses de jugar a ser Susanita dejó esos planes. Ella no había nacido para ser la madre prodigio, así que optó por seguir cerca de sus hijos, pero tratando de encontrarle una vuelta a la vida. “Pobres mis hijos si van a tener que cargar con el peso de que sean lo único importante de mi vida.”

El trabajo era un tema trascendente para Eugenia; su secreta ambición de poder era un fuego sagrado que junto con su inteligencia la impulsaban para adelante. Pero haber sido educada para ser buena y correcta la frenaba. Como si ser ella misma fuera peligroso. Seguramente lo fuera para sus padres, quienes suelen esperar hijos a la medida de sus necesidades o miedos.

A más angustia, más trabajo y más movimiento. La agenda de Eugenia era infernal. Trabajaba como una bestia, asistía a sus hijos como una madre ejemplar, y hacía sus rutinas de entrenamiento como si pretendiera ganar el triatlón de Hawai. La obsesión por el cuerpo perfecto era otro de sus problemas. Más allá de haberse recuperado relativamente de su anorexia, se imponía duras rutinas que le garantizaran seguir siendo flaca, aunque fuera consciente que la batalla contra el tiempo era inexorable.

Aunque sabía que la apariencia era solo eso, no podía liberarse del poder hipnótico que le generaba. Era consciente que invertía un montón de energía en un lugar que no valía tanto, pero así y todo no podía soltarlo.

“Para qué me habré hecho las lolas?”, se preguntaba. “Para ser deseada por quién? A mí marido, no le cambió nada. Por otra parte, no estoy para separarme, y cuando tengo una aventura me mata la culpa. Para qué me las hice? Solo por histeria, para que me deseen personas con las que no me voy a acostar nunca?”

“La verdad es que no sé ni para dónde salir”, le confesó a una amiga en la lujosa confitería de un hotel cinco estrellas.

“Y si parás, en vez de seguir corriendo?”, la interpeló la amiga.

Eugenia se sintió desconcertada. El único modo de vida que conocía era correr. Siempre apurada, llena de actividades y exigencias.

“Si parás tal vez puedas sentir cosas y enterarte qué te pasa, qué querés.”

Las palabras de su amiga más que inspirarlas la angustiaron. Qué cosa no querría ver? Que su vida era un desastre? Pero era para tanto, o había que bajar la exigencia y aceptar que no estaba tan mal? Después de todo; qué carajo era ser feliz? Las imágenes de las publicidades?

“Por un lado tengo la convicción que mi matrimonio no va más. Mi marido me parece un boludo, y sé que un juicio así, es algo sin retorno. No puedo estar con alguien a quien no admire, o al menos respete. Pero también, veo que todos los que se separan, cinco años después están con otra pareja, pero en una situación muy similar. Como si dieras unas cuantas vueltas manzanas y volvés al mismo punto donde estabas años atrás, solo que con muchos más problemas. Entonces; para qué?”

La amiga la miraba con delicadeza. Cómo explicarle que en la vida hay que equivocarse para aprender? Como aportarle una perspectiva distinta a alguien sin ninguna porosidad? Parecía una piedra muy pulida, a la cual no había ninguna forma de entrarle.

“Euge, atrás de tu esquema mental de tantas certezas la realidad no te moja. Solo en la superficie, pero nada importante te llega más hondo. Y te perdés un montón de cosas, empezando por incorporar mayores dosis de realidad. Si pudieras hacerlo, vivirías mejor. Pero seguís como un caballo desbocado, corriendo para todos lados, sin saber cuál es tu camino. Si lo supieras irías a un ritmo más tranquilo. Pero en tu angustia, solo apurás el paso y hacés más cosas con la esperanza de encontrar la puerta salvadora. Pero así no la vas a encontrar nunca; aunque se te presentara la pasarás de largo…”

Eugenia escuchaba conmovida. Sabía de qué le estaban hablando. “Y qué hago?”, imploró.

“Eso lo vas a tener que averiguar vos; pero tenés que parar. Observáte. Tus tensiones, tus impulsos, tu angustia. Miralas. Preguntáte de dónde vienen. No es algo que vas a contestar en un día, pero si persistís vas a ir encontrando información muy valiosa…”

Eugenia sentía emociones contradictorias. Lo había probado todo: yoga, meditación, triatlón, terapeutas, sacerdotes sanadores, y acá estaba, con la misma angustia de siempre. Corriendo, buscando, con el secreto anhelo de encontrar algo que le diera plenitud a su vida.

Su amiga, percibiendo su escepticismo, le dijo: “también podés tomar unas buenas copas de vino todas las noches. Puede ponerte en un estado que te saque de esa mente insoportable que tenés. O buscarte un amante; claro que no es tan fácil.”

“Un amante?”

“Sí; te puede ayudar a despeinarte un poco. Tanta perfección, tanta exigencia, tanta corrección. Además de aburrir, mata toda posibilidad de vida.”

Eugenia se preguntó si acaso un amante podría servir para algo. No agravaría más las cosas? “Me da miedo”, balbuceó.

“Eso es bueno”, contestó la amiga. “Algo que te saque de tus esquemas, de tus certezas. Pero no cualquier amante; alguien que no sea intelectual como vos porque sonamos. Yo buscaría un hombre que aunque tenga sofisticación para entusiasmarte, tenga mucho carácter y algo bien animal, instintivo.”

Eugenia escuchaba anonadada. Por un lado le parecía un disparate, pero por el otro, entendía el sentido de la recomendación de su amiga. La idea de que fuera alguien primario le gustaba porque en el fondo sabía que nunca podría amenazar su lamentable matrimonio. En cambio, engancharse con alguien muy interesante podía quemarle los papeles.

“Me gusta la idea de alguien primitivo”, dijo entre risas.

“Claro, porque querés seguir controlando y sabés que ahí no correrás riesgos. Justo lo opuesto de lo que pretendo transmitirte.”

“Y por qué querés que corra riesgos?”

“Para traerte de regreso a la vida. Te fuiste, te perdimos. Estás en una jaula de cristal, muerta de frío emocional. Y es una cárcel que vos misma te armaste para protegerte. Un científico que se recuperó de un cáncer muy difícil, decía que la experiencia de muerte era algo que le recomendaría a todas las personas, a no ser por los inherentes riesgos que conllevaba…  Es lo que deseo que te pase; riesgos que te rompan tus precarias certezas, para que en los intersticios te pueda empezar a penetrar la vida…”

“Puedo ofrecerles algo más?”, preguntó el mozo.

“Dos whiskys dobles”, pidió Eugenia.

 

 

 

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Incertidumbre, Miedo, Sufrimiento

Todos tenemos que ser un poco faquires para poder vivir

Para resumir su realidad, Cristian le mostró una foto en la que tenía un bebé recién nacido en brazos.

-Quién es?, le preguntó su amigo Sergio.

-El hijo de Vero, fue la catastrófica respuesta.

Cristian estaba incendiado con Vero, un amor prohibido. La situación tenía cierto equilibrio porque ambos eran casados. El rutilante romance se había desencadenado dos años atrás, con ella casada y sin hijos, y él con veinte años de pareja y tres adolescentes.

Como suele ocurrir, todo era alucinante hasta que el romance empezó a generar los inevitables frutos amargos. Esas dolorosas dualidades de cualquier amor prohibido: máximo gozo y máximo sufrimiento. Nada de puntos medios. Blanco o negro, cielo o infierno. Y en donde lo que separaba un lugar del otro podía ser un milímetro o un segundo.

Con más de cuatro décadas y pese a tener un enorme prontuario sexual, Cristian sintió que había descubierto la sexualidad.  –Yo era virgen y no lo sabía, decía en alusión a lo que estaba disfrutando ahora, que nunca había conocido en veinticinco años de sexo.

Cierta madurez emocional conjugada con un vigor que todavía no declinaba, producía una performance sexual extraordinaria. Por primera vez en su vida el sexo se convertía en una experiencia casi mística. Era tal el gozo y la alegría profunda,  que el enorme placer que le había provocado durante décadas resultaba insignificante al lado de lo que vivía ahora.

Vero, si bien tenía algunos años menos, estaba viviendo lo mismo. Cuando se desencadenó el romance se acababa de casar y deseaba buscar un hijo con su marido. Cupido la había obligado a cambiar drásticamente los planes, esperando hasta que la situación se aclarara.

El tiempo fue pasando y lo único que se aclaró fue que ese amor prohibido era arrasador y  ambos integrantes estaban hasta las manos. La situación de Vero era menos compleja porque no tenía hijos. Aun cuando frenar y no encargarlos fue todo un tema como su marido, separarse dejaría menos heridos que los que provocaría Cristian, quien además de esposa tenía tres chicos.

Así pasó el primer año, con sexo a diario y doble vida. Por una de esas razones que la ciencia aún había sido incapaz de explicar, las mujeres eran superiores a los hombres a la hora de ocultar un affaire. El género masculino solía quedarse muy afectado, siendo incapaz de convivir con la situación y convirtiendo el hogar en un infierno.

Tal vez fuera que toda la potencia masculina encontraba en la esposa, el único e insalvable obstáculo para dar rienda libre al deseo. Esa situación desencadenaba que el hombre inevitablemente empezara a llevarse mal con su mujer.

El hecho que Cristian no quisiera dejar a su esposa para cuidarla junto con su familia, solo producía resultados paradójicos. Vero comprendía perfectamente la situación, y le fascinaba saber que él era un gran padre y un compañero en el que se podía confiar. Por un lado, esa situación la enamoraba aún más. Por el otro, la destruía saber que nunca podría estar con su amor.

Después de más meses de montaña rusa emocional, Vero tomó la drástica decisión de tener un hijo con su marido. Las conversaciones que se dispararon con Cristian eran maravillosas porque recorrían los más complejos laberintos del alma humana. Él comprendía perfectamente su decisión y la apoyaba. Era lo correcto, y cada uno tenía que defender su matrimonio. A su vez, sentía desolación al asumir que Vero no tendría un hijo con él sino con su propio marido, y que su amor por ella estaba condenado a muerte. El solo pensarlo le quitaba la respiración y llenaba los ojos de lágrimas. Dolor, frustración e ira inundaban su ser.

Finalmente ella juntó coraje e impulsividad y quedó embarazada. Su relación con Cristian entró en otra dimensión. Lo que parecía una decisión que sería el disparo de muerte al amor prohibido, solo potenció el encuentro entre ambos.

Como no seguir enganchados si estaban compartiendo una experiencia tan dramática juntos? El hecho que ambos tuvieran que transitar los confines del infierno los volvía camaradas de guerra, y por ello, con un vínculo a toda prueba. Se entendían con una simple mirada, hecho que no lograban con ninguna otra persona en el mundo. Cómo podrían ser comprendidos por alguien más si el drama no lo compartían con nadie?

Peor aún era la situación con sus respectivos cónyuges. Si bien era comprensible ocultarles semejante realidad para no destruirlos, la distancia emocional de cada uno con su marido o esposa era abismal. De qué tema importante podrían hablar con sus parejas si lo único que los tomaba en cuerpo y espíritu debía ser ocultado?

El embarazo progresaba y Vero y Cristian seguían teniendo sexo diariamente. Aunque también lo hacían una vez por semana con sus respectivas parejas para guardar las formas, todo era muy difícil. Ella hacía mucho tiempo que no tenía orgasmos con su marido. Él, por primera vez en su vida no conseguía sostener una erección. Como si fuera una maldición, para poder tener una relación sexual mínimamente aceptable con sus esposos, fantaseaban que estaban con sus amantes. Toda una ironía.

Dentro de los disparates que la realidad generaba, cuando Vero y Cristian se acostaban, más de una vez pensaban que el embarazo en curso era de ellos.

Para el quinto mes de gestación el obstetra confirmó que se trataba de un varón, pero alertó que el crecimiento no era bueno. La culpa se apoderó de ambos, y decidieron dejar de tener relaciones sexuales. Fuera por ello o no, el bebé se recuperó.

Las paradojas y contradicciones eran diarias. Como si fuera una conjura, cuando cedían a la brutal evidencia de los hechos y más se esforzaban por separarse, más conectados se sentían, y más ganas tenían de concretar el sueño imposible de estar juntos.

Entre la desolación y la locura llegó Semana Santa, y Cristian se despidió de su amor para viajar unos días con su familia. En la madrugada del domingo de Pascua recibió en su celular un mensaje con una foto de Mirko, el bebé recién nacido.

Cristian se sentía como un león enjaulado, atado de pies y manos por la vida, sin más remedio que resistir. Al regresar de su viaje combinó con su amor, y se encontraron en un bar donde se sacó unas fotos con el bebé en brazos.

-Qué infierno, le dijo Sergio. Y qué pensas hacer?

-Qué sé yo!, -fue la lacónica respuesta de Cristian.

-Hace un tiempo, antes de que naciera Mirko, pensaba que si en doce meses nuestro enganche seguía igual, tendría que separarme e ir a vivir con Vero. Pero no puedo dejar de pensar en su marido, y en que lo estaríamos privando de estar con su hijo de un año…

-Y con tu esposa?, quiso saber Sergio.

-Qué se yo…, -volvió a repetir Cristian. -Le tengo un enorme cariño, afecto, amor… Son veinte años juntos. Lo mismo le pasa a Vero.

-Y cómo sus respectivas parejas no se dan cuenta que ustedes están en otra galaxia?

-No lo sé. Hacemos lo imposible por cuidar todo y que nadie sufra, pero la vida se puso difícil.

Ambos se quedaron en silencio. Qué podía decirle Sergio que no fuera un lugar común? Que cortara el romance y ordenara su vida? Cómo, si hasta acá había sido totalmente imposible? Por el contrario, podría aconsejarle que dejaran sus familias, omitiendo todo el dolor que ocasionarían?

-Qué pensás?, -preguntó Cristian.

-Es complejo… En la vida hay situaciones claras, que pueden ser terribles pero no son ambivalentes ni contradictorias. Una muerte, una enfermedad irreversible, un despido, una quiebra. Tu caso es de esas realidades a las que también nos somete la vida, en donde hay enormes fuerzas encontradas, pero que en algún momento se resolverán. Esta escisión en la que vivís y es lo que te destruye, tarde o temprano terminará. Y vos dejarás de tener una existencia dual. Recuperarás una vida integrada

-Y cómo decís que se hace?

-Creo que todo lo que se puede hacer lo estás haciendo.

-Pero no alcanza…

-Por ahora.

-Y cuándo será suficiente?

-Quién lo sabe… Hay temas en la vida que solo requieren tiempo. Tolerarlos, convivirlos, todo lo que haga falta hasta que se disuelvan.

-No es un camino muy alentador…

-Se te ocurre alguno alternativo?

Cristian se quedó callado. Qué podía contestar? Llevaba dos años maravillosos e infernales, y en los que deseaba con desesperación que la realidad dejara de ser tan dual y contradictoria. No soportaba más estar partido al medio. Pero era plenamente consciente que las fuerzas encontradas eran grandes y equilibradas y que por eso la situación no se resolvía. La maravilla de su conexión con Vero era equiparable al amor por su esposa y sus tres hijos.

-Y si sigo así toda la vida?, -preguntó con desolación.

Sergio pensó en decirle que eso era improbable, casi imposible. Aún cuando la situación tomara unos cuantos años más en resolverse, era muy difícil que ese equilibrio durara décadas. En algún momento, su relación con Vero o con su esposa, se enfriaría o estropearía. Y sus hijos, indefectiblemente dejarían de ser adolescentes, por lo cual el equilibrio de fuerzas estaba llamado a romperse. Así y todo, optó por moverse en otra dirección.

-Y si seguís así toda la vida?, repreguntó.

-Hijo de puta!, -reaccionó Cristian entre enojado y risueño. Como si no quisiera que la realidad fuera tan cruel.

-Cuando no podemos modificar la realidad, solo nos queda adaptarnos a ella. Ponernos cómodos, aunque sea un cubículo poco anatómico y sin espacio. Los chinos dicen: “sino tiene solución, de qué te quejás? Y si tiene solución; de qué te quejás? Sin embargo, la vida siempre nos presenta temas que no está claro si tienen o no solución. Entonces, creo que la mejor estrategia es ponerse cómodo con la vida tal como es, pese a que pueda resultar muy difícil. Y parar de pelearse con una realidad, que en este momento es imposible de modificar…

Cristian volvió a mirar la foto de su celular en la que tenía al hijo de su amor en brazos. Suspirando, dijo: -Te cuento el infierno que vivo, y vos me recomendás que me vuelva un faquir…

-Y, si la realidad es una cama de clavos o un cubo de un metro cúbico, creo que lo mejor que podemos hacer es tratar de relajarnos aún en el medio de enormes limitaciones y sufrimiento. Es imposible pasar por esta vida sin atravesar períodos en los que tengamos que volvernos faquires para seguir viviendo. Sino, morimos desangrados por las heridas infligidas por las camas de clavos que nos tocan, o asfixiados por el poco oxígeno existente en los reducidos espacios que por momentos nos presenta la existencia.

-Aún cuando lo que decís no es lo que querría escuchar, me ayuda…

-A los efectos de vivir, es mucho mejor ser faquir que mago, dijo Sergio apretándole fuerte la mano para luego despedirse.

Artículo de Juan Tonelli: Todos tenemos que ser un poco faquires para poder vivir.

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