Miedo

dolor, Miedo, negación

coraza de grasa

Todos los días al salir de la ducha, trataba de no mirarse desnuda en el espejo. Le hacía daño verse completamente desfigurada. Pero algo en su interior quería confrontar esa verdad de ciento treinta kilos que ella trataba de negar.

Dejó caer la toalla a sus pies, y ahí estaba su cuerpo, mórbido. Era algo sobrecogedor, como ver a un hipopótamo a escasos metros. O también, observar a un prisionero de guerra devastado.

Sus heridas eran bien claras; lo que no tenía tan claro era cuál había sido su combate? Vivir?

Ahí desnuda frente al espejo, fue la primera vez que no se dio asco de sí misma. Pudo verse con misericordia.

-Qué me pasó?

Su pregunta no tuvo respuesta.Solo veía su cuerpo deformado, sus pechos que hacía rato que eran cualquier cosa menos algo sensual.

Se secó con dos toallones -uno solo no alcanzaba-, se vistió con esa ropa inmensa que hacía décadas compraba en un lugar de Chacarita, y salió.

Se alegró al ver que había otras personas en la parada del colectivo. Cuando estaba ella sola no era raro que los conductores siguieran de largo. Alguien querría a los gordos?

Subió los dos escalones del bus con dificultad, y una vez adentro, se fue para el fondo, tratando de obstruir la circulación lo menos posible. Al cabo de unas paradas una persona se levantó, aunque Mirta optó por no sentarse. Sabía que no entraba en un asiento. Necesitaba dos, lo que en momentos de muchos pasajeros generaba una violencia contenida. Tanta gente parada, y esta gorda ocupando dos asientos? Por qué no viajaría en un camión para ganado?

Luego de un rato, la tortura llegó a su fin y ella descendió. Después de caminar dos cuadras, llegó muy agitada al centro de salud. El médico le explicó cómo era la cirugía gástrica.

-Bueno, piénselo tranquila, convérselo con su familia, y cuando quiera nos volvemos a ver, -le dijo afectuoso.

-No tengo nada que pensar. Dígame cuál es la primer fecha disponible y me opera.

El médico se sorprendió por la determinación, aunque comprendió bien las circunstancias. Si bien la cirugía tenía sus riesgos, seguir viviendo en esas condiciones era aún más riesgoso.

La operación y su post operatorio fueron exitosos y Mirta comenzó a perder peso muy rápido. En seis semanas ya había descendido treinta kilos, volviendo a pesar menos de cien por primera vez en décadas. Podría volver a ponerse un pantalón de cuero? Solo imaginarlo le ponía la piel de gallina.

En pocos meses Mirta era una persona normal. Pesaba 67 kilos, algo que no ocurría desde su adolescencia. Mirándose en el espejo después de ducharse, observaba los girones de piel y tejidos que le colgaban como si fuera un perro Shar Pei. Ahora le esperaban las cirugías reparadoras para poner en orden tanto desequilibrio. Igual, para poder hacerlo tendría que pelearse mucho con la obra social ya que el sistema de salud no cubría los costos de estas frivolidades.

Después de meses de discusiones y amenazas, Mirta logró que le pagaran la cirugía reparadora. Una vez operada, decidió no mirarse al espejo hasta que le sacaran todos los puntos, y sus tejidos se desinflamaran. Soñaba con ver un buen cuerpo.

Llegó el día decisivo, y luego de ducharse llegó la hora de la verdada. Los cirujanos habían hecho un gran trabajo. Mirta era una persona de talle medio, sin grandes secuelas visibles de la catástrofe que había sido.

Parada frente al espejo, sintió orgullo por el camino recorrido. Sin embargo, se sentía rara, como si no fuera ella. Intentó tranquilizarse, razonando que era comprensible sentirse extraña cuando había vivido más de treinta años en un cuerpo que era el doble que el actual.

Así y todo, la explicación no la satisfizo. Sentía un malestar difuso que no lograba identificar. Se vistió con la poca ropa que tenía para personas normales, y decidió salir a comprarse algunas prendas más lindas. Ya era hora, después de no haber podido usarlas durante cuarenta años.

Parada frente al espejo en el local del shopping, se probó su anhelado pantalón de cuero negro.

-Quedaré ridícula?, -se preguntó.

El malestar que había sentido en su casa había crecido. Con el pantalón pegado al cuerpo sintió miedo.

-Y si vuelvo a engordar?

Un frío escozor le corrió por la espalda. No quería ni imaginar ese escenario. Vino a su mente esa investigación en donde personas que habían perdido mucho peso preferían enfermar de cáncer antes que volver a ser obesas.

Mientras se probaba blusas, se dio cuenta que el malestar se había transformado en angustia. A qué? Sería presión, miedo a perder lo que tanto le había costado lograr?

Con su pantalón de cuero negro y una blusa blanca divina, vinieron a su mente los cuatro abusos sexuales que había sufrido entre sus ocho y doce años. Frente al espejo del cambiador de aquél local, comprendió todo.

Sin haber sido consciente, había tomado la decisión de no ser atractiva. No ser deseada sería una buena forma de protegerse de los hombres. Y si lograba ser repulsiva, mejor.

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Incertidumbre, Miedo, Sufrimiento

Todos tenemos que ser un poco faquires para poder vivir

Para resumir su realidad, Cristian le mostró una foto en la que tenía un bebé recién nacido en brazos.

-Quién es?, le preguntó su amigo Sergio.

-El hijo de Vero, fue la catastrófica respuesta.

Cristian estaba incendiado con Vero, un amor prohibido. La situación tenía cierto equilibrio porque ambos eran casados. El rutilante romance se había desencadenado dos años atrás, con ella casada y sin hijos, y él con veinte años de pareja y tres adolescentes.

Como suele ocurrir, todo era alucinante hasta que el romance empezó a generar los inevitables frutos amargos. Esas dolorosas dualidades de cualquier amor prohibido: máximo gozo y máximo sufrimiento. Nada de puntos medios. Blanco o negro, cielo o infierno. Y en donde lo que separaba un lugar del otro podía ser un milímetro o un segundo.

Con más de cuatro décadas y pese a tener un enorme prontuario sexual, Cristian sintió que había descubierto la sexualidad.  –Yo era virgen y no lo sabía, decía en alusión a lo que estaba disfrutando ahora, que nunca había conocido en veinticinco años de sexo.

Cierta madurez emocional conjugada con un vigor que todavía no declinaba, producía una performance sexual extraordinaria. Por primera vez en su vida el sexo se convertía en una experiencia casi mística. Era tal el gozo y la alegría profunda,  que el enorme placer que le había provocado durante décadas resultaba insignificante al lado de lo que vivía ahora.

Vero, si bien tenía algunos años menos, estaba viviendo lo mismo. Cuando se desencadenó el romance se acababa de casar y deseaba buscar un hijo con su marido. Cupido la había obligado a cambiar drásticamente los planes, esperando hasta que la situación se aclarara.

El tiempo fue pasando y lo único que se aclaró fue que ese amor prohibido era arrasador y  ambos integrantes estaban hasta las manos. La situación de Vero era menos compleja porque no tenía hijos. Aun cuando frenar y no encargarlos fue todo un tema como su marido, separarse dejaría menos heridos que los que provocaría Cristian, quien además de esposa tenía tres chicos.

Así pasó el primer año, con sexo a diario y doble vida. Por una de esas razones que la ciencia aún había sido incapaz de explicar, las mujeres eran superiores a los hombres a la hora de ocultar un affaire. El género masculino solía quedarse muy afectado, siendo incapaz de convivir con la situación y convirtiendo el hogar en un infierno.

Tal vez fuera que toda la potencia masculina encontraba en la esposa, el único e insalvable obstáculo para dar rienda libre al deseo. Esa situación desencadenaba que el hombre inevitablemente empezara a llevarse mal con su mujer.

El hecho que Cristian no quisiera dejar a su esposa para cuidarla junto con su familia, solo producía resultados paradójicos. Vero comprendía perfectamente la situación, y le fascinaba saber que él era un gran padre y un compañero en el que se podía confiar. Por un lado, esa situación la enamoraba aún más. Por el otro, la destruía saber que nunca podría estar con su amor.

Después de más meses de montaña rusa emocional, Vero tomó la drástica decisión de tener un hijo con su marido. Las conversaciones que se dispararon con Cristian eran maravillosas porque recorrían los más complejos laberintos del alma humana. Él comprendía perfectamente su decisión y la apoyaba. Era lo correcto, y cada uno tenía que defender su matrimonio. A su vez, sentía desolación al asumir que Vero no tendría un hijo con él sino con su propio marido, y que su amor por ella estaba condenado a muerte. El solo pensarlo le quitaba la respiración y llenaba los ojos de lágrimas. Dolor, frustración e ira inundaban su ser.

Finalmente ella juntó coraje e impulsividad y quedó embarazada. Su relación con Cristian entró en otra dimensión. Lo que parecía una decisión que sería el disparo de muerte al amor prohibido, solo potenció el encuentro entre ambos.

Como no seguir enganchados si estaban compartiendo una experiencia tan dramática juntos? El hecho que ambos tuvieran que transitar los confines del infierno los volvía camaradas de guerra, y por ello, con un vínculo a toda prueba. Se entendían con una simple mirada, hecho que no lograban con ninguna otra persona en el mundo. Cómo podrían ser comprendidos por alguien más si el drama no lo compartían con nadie?

Peor aún era la situación con sus respectivos cónyuges. Si bien era comprensible ocultarles semejante realidad para no destruirlos, la distancia emocional de cada uno con su marido o esposa era abismal. De qué tema importante podrían hablar con sus parejas si lo único que los tomaba en cuerpo y espíritu debía ser ocultado?

El embarazo progresaba y Vero y Cristian seguían teniendo sexo diariamente. Aunque también lo hacían una vez por semana con sus respectivas parejas para guardar las formas, todo era muy difícil. Ella hacía mucho tiempo que no tenía orgasmos con su marido. Él, por primera vez en su vida no conseguía sostener una erección. Como si fuera una maldición, para poder tener una relación sexual mínimamente aceptable con sus esposos, fantaseaban que estaban con sus amantes. Toda una ironía.

Dentro de los disparates que la realidad generaba, cuando Vero y Cristian se acostaban, más de una vez pensaban que el embarazo en curso era de ellos.

Para el quinto mes de gestación el obstetra confirmó que se trataba de un varón, pero alertó que el crecimiento no era bueno. La culpa se apoderó de ambos, y decidieron dejar de tener relaciones sexuales. Fuera por ello o no, el bebé se recuperó.

Las paradojas y contradicciones eran diarias. Como si fuera una conjura, cuando cedían a la brutal evidencia de los hechos y más se esforzaban por separarse, más conectados se sentían, y más ganas tenían de concretar el sueño imposible de estar juntos.

Entre la desolación y la locura llegó Semana Santa, y Cristian se despidió de su amor para viajar unos días con su familia. En la madrugada del domingo de Pascua recibió en su celular un mensaje con una foto de Mirko, el bebé recién nacido.

Cristian se sentía como un león enjaulado, atado de pies y manos por la vida, sin más remedio que resistir. Al regresar de su viaje combinó con su amor, y se encontraron en un bar donde se sacó unas fotos con el bebé en brazos.

-Qué infierno, le dijo Sergio. Y qué pensas hacer?

-Qué sé yo!, -fue la lacónica respuesta de Cristian.

-Hace un tiempo, antes de que naciera Mirko, pensaba que si en doce meses nuestro enganche seguía igual, tendría que separarme e ir a vivir con Vero. Pero no puedo dejar de pensar en su marido, y en que lo estaríamos privando de estar con su hijo de un año…

-Y con tu esposa?, quiso saber Sergio.

-Qué se yo…, -volvió a repetir Cristian. -Le tengo un enorme cariño, afecto, amor… Son veinte años juntos. Lo mismo le pasa a Vero.

-Y cómo sus respectivas parejas no se dan cuenta que ustedes están en otra galaxia?

-No lo sé. Hacemos lo imposible por cuidar todo y que nadie sufra, pero la vida se puso difícil.

Ambos se quedaron en silencio. Qué podía decirle Sergio que no fuera un lugar común? Que cortara el romance y ordenara su vida? Cómo, si hasta acá había sido totalmente imposible? Por el contrario, podría aconsejarle que dejaran sus familias, omitiendo todo el dolor que ocasionarían?

-Qué pensás?, -preguntó Cristian.

-Es complejo… En la vida hay situaciones claras, que pueden ser terribles pero no son ambivalentes ni contradictorias. Una muerte, una enfermedad irreversible, un despido, una quiebra. Tu caso es de esas realidades a las que también nos somete la vida, en donde hay enormes fuerzas encontradas, pero que en algún momento se resolverán. Esta escisión en la que vivís y es lo que te destruye, tarde o temprano terminará. Y vos dejarás de tener una existencia dual. Recuperarás una vida integrada

-Y cómo decís que se hace?

-Creo que todo lo que se puede hacer lo estás haciendo.

-Pero no alcanza…

-Por ahora.

-Y cuándo será suficiente?

-Quién lo sabe… Hay temas en la vida que solo requieren tiempo. Tolerarlos, convivirlos, todo lo que haga falta hasta que se disuelvan.

-No es un camino muy alentador…

-Se te ocurre alguno alternativo?

Cristian se quedó callado. Qué podía contestar? Llevaba dos años maravillosos e infernales, y en los que deseaba con desesperación que la realidad dejara de ser tan dual y contradictoria. No soportaba más estar partido al medio. Pero era plenamente consciente que las fuerzas encontradas eran grandes y equilibradas y que por eso la situación no se resolvía. La maravilla de su conexión con Vero era equiparable al amor por su esposa y sus tres hijos.

-Y si sigo así toda la vida?, -preguntó con desolación.

Sergio pensó en decirle que eso era improbable, casi imposible. Aún cuando la situación tomara unos cuantos años más en resolverse, era muy difícil que ese equilibrio durara décadas. En algún momento, su relación con Vero o con su esposa, se enfriaría o estropearía. Y sus hijos, indefectiblemente dejarían de ser adolescentes, por lo cual el equilibrio de fuerzas estaba llamado a romperse. Así y todo, optó por moverse en otra dirección.

-Y si seguís así toda la vida?, repreguntó.

-Hijo de puta!, -reaccionó Cristian entre enojado y risueño. Como si no quisiera que la realidad fuera tan cruel.

-Cuando no podemos modificar la realidad, solo nos queda adaptarnos a ella. Ponernos cómodos, aunque sea un cubículo poco anatómico y sin espacio. Los chinos dicen: “sino tiene solución, de qué te quejás? Y si tiene solución; de qué te quejás? Sin embargo, la vida siempre nos presenta temas que no está claro si tienen o no solución. Entonces, creo que la mejor estrategia es ponerse cómodo con la vida tal como es, pese a que pueda resultar muy difícil. Y parar de pelearse con una realidad, que en este momento es imposible de modificar…

Cristian volvió a mirar la foto de su celular en la que tenía al hijo de su amor en brazos. Suspirando, dijo: -Te cuento el infierno que vivo, y vos me recomendás que me vuelva un faquir…

-Y, si la realidad es una cama de clavos o un cubo de un metro cúbico, creo que lo mejor que podemos hacer es tratar de relajarnos aún en el medio de enormes limitaciones y sufrimiento. Es imposible pasar por esta vida sin atravesar períodos en los que tengamos que volvernos faquires para seguir viviendo. Sino, morimos desangrados por las heridas infligidas por las camas de clavos que nos tocan, o asfixiados por el poco oxígeno existente en los reducidos espacios que por momentos nos presenta la existencia.

-Aún cuando lo que decís no es lo que querría escuchar, me ayuda…

-A los efectos de vivir, es mucho mejor ser faquir que mago, dijo Sergio apretándole fuerte la mano para luego despedirse.

Artículo de Juan Tonelli: Todos tenemos que ser un poco faquires para poder vivir.

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Aprendizaje, Exigencia, Miedo

Miedo a relacionarme

-Las personas fóbicas sienten miedos intensos e irracionales. Por ejemplo, conozco alguien que no puede ingresar a una autopista. Le da pánico pensar que está obligado a transitar un buen tiempo en ella sin que haya vías de escape.

-Y qué es lo que lo angustia?, -preguntó el discípulo intentando comprender.

-No poder salirse; estar obligado a recorrer un camino. Sentirse encerrado. A otras personas le pasa lo mismo con los vínculos…

-Lo decís por mí?

-Podrías ser un buen ejemplo.

-Maldito! Explicate mejor…

-Por un lado, como te fue mal en tu matrimonio, ahora siempre necesitás una distancia que te mantenga a resguardo. No querés ningún vínculo muy cercano, no sea cosa que te quemes de nuevo. Sería una suerte de miedo al sufrimiento, algo que es totalmente comprensible. Sin embargo, hay dos preguntas más profundas…

-Cuáles son?

-La primera es analizar si realmente te fue mal en tu matrimonio. A mi entender, tuviste uno bueno. Años en los que crecieron, gozaron, tuvieron unos hijos divinos…

El hecho que haya terminado no le quita valor a todo lo vivido. Con ese criterio, la muerte le sacaría el sentido a la vida…

-Tal cual …

-El otro asunto es que si bien comprendo perfectamente tu miedo a sufrir, vos tenés que hacer un esfuerzo por entender que tus reaseguros provocan más sufrimiento que el que pretenden evitar…

-Qué querés decir?

-Te acordás el cuento del gato que se sentó sobre una estufa, y como se quemó, decidió nunca más volver a sentarse…

-Tan mal estoy?

-Es comprensible que durante un tiempo el gato no quiera sentarse… Pero después hay que despertar y darse cuenta que el riesgo era la estufa, no el sentarse. Yendo al punto; si tu ex mujer no fue alguien malo o loco; por qué tanta distancia en todas las parejas que tuviste después?

Tenés conciencia que los reaseguros con los que te protegés del dolor de una eventual separación, dificultan que tengas una buena pareja hoy?

Después de un largo silencio, el discípulo dijo:

-Es que no quiero volver a vivir lo que pasé. Dejar atrás tu casa, tu familia, tus hijos, es desgarrador.

El Maestro lo miraba compasivamente.

-Entonces para no volver a perder, decidís retirarte del juego. Pero para vivir, justamente, se trata de jugar, de estar en la cancha. Y eso siempre conlleva la posibilidad de salir lastimado.

El discípulo permanecía callado. El Maestro prosiguió.

-Si el precio a pagar para no sufrir es retirarnos del juego, seremos muertos en vida. Las piedras no sufren. Pero tampoco gozan.

-Sufrí mucho mi separación…

-A mi modo de ver, la dificultad es pre existente a tu divorcio.

-Por qué lo decís?

-Probablemente la experiencia traumática a la que te referís haya sido otra. Mucho antes, cuando eras un niño. Tal vez fue algo muy grave, o tal vez no, solo que vos lo viviste con mucha intensidad. Igual, son todas hipótesis. Lo cierto es que a mi entender, tu protección para no quemarte es preexistente a tu divorcio. Éste solo la agravó.

-Nunca lo había pensado. Pero por qué decís que yo pongo distancia en las relaciones?

-Porque la cercanía o la intimidad te resulta intolerable.

-Por qué decís eso, si no hay nada que disfrute más que hablar con el corazón en la mano con aquellos amigos o personas con los que puedo hacerlo?

-Por suerte… Eso es lo que te mantiene sano; sino ya te hubieras muerto de un cáncer. Esa conexión a cuenta gotas sirve para drenar dolor y soledad.

-Me parece que estás siendo muy duro conmigo.

-La realidad suele ser más dura que cualquier palabra…

-En dónde observás que pongo tanta distancia?

-En tu permanente apuro, por ejemplo.

-Eso es algo de mi temperamento…

-O tal vez te permite evitar el contacto. Son como las salidas de la autopista que necesita el fóbico que no puede quedarse un buen rato en la carretera.

-Y por qué querría evitar el contacto?

-Por temor a equivocarte o a no estar a la altura de las circunstancias; por tu propia autoexigencia. En el fondo, todas manifestaciones de miedo a ser rechazado.

El discípulo se sintió tocado.

-Y vos decís que la prisa me evita esa situación?

-La acota. En vez de quedarte en la autopista, acelerás y te bajás en la primera salida.

-Qué tendría que hacer?

-Evitar soluciones mágicas, que la vida no ofrece…

-Dame algunas pistas, -suplicó el discípulo.

-En primer lugar, lo de siempre. Enterarse. Tomar consciencia de la situación. Después, empezar a comprender, muy lentamente, que así como al conductor no le pasa nada si se queda en la autopista, a vos no te ocurrirá nada malo si hacés contacto con el otro.

En la medida de tus posibilidades, deberías ir dejando atrás tu autoexigencia. Parar de descalificarte y exigirte impresionar a la otra persona. Basta con que te quedes tranquilo, y en función de lo que escuches, veas si hay algo que podés aportar. Sereno y abierto a escuchar. No angustiado por lo que se supone que debés contestar…

-Cuando tenía once años tuve el primer examen oral de mi vida, -dijo el discípulo, cambiando de tema aparentemente .

-Cuando el profesor de matemáticas me llamó al frente, me angustié mucho. Pero claro, yo era uno de los mejores alumnos así que se suponía que no tenía problemas.

-Un supuesto completamente falso, -interrumpió el Maestro con una sonrisa.

-Como pude me paré en la tarima delante de toda la clase y al lado del profesor. Él me preguntó la definición de intersección. Durante un instante, muchas cosas pasaron por mi mente. Sabía la respuesta, pero los nervios podían destruir todo. En esa fracción de segundo fui consciente que si la memoria no se sobreponía en forma rápida a la angustia que sentía, y me acercaba la respuesta, estaba liquidado. Caería en un abismo del que nunca más podría responder esa pregunta, o cualquier otra, pese a saberlas todas.

-Qué angustia

-Por suerte apareció la respuesta, la dije, y el profesor me puso un diez. Todos contentos y el peligro de muerte había pasado.

-Tremendo… El tema es que en algún sentido seguís funcionando así. Por algo se te vino a la mente en este momento…

El discípulo sentía compasión de sí mismo.

-Si estamos obligados a responder en forma instantánea y perfecta, la vida es muy limitada. Qué interacción puede existir con el otro si nos vinculamos de la forma en que lo hiciste en tu primer examen oral? Uno se convierte casi en un frontón, reducido a devolver la pelota en forma inmediata, y no mucho más. O en un comando, que escucha un pequeño ruido y dispara.

Vivir es otra cosa. La relación con el otro requiere tiempo, bajar la exigencia personal, y sobre todo, aprender a relacionarnos con nuestros miedos. No hay vínculo posible si sentimos tanto miedo.

-Increíble que haya vivido tantos años de mi vida de esta forma, no?

-Suelen ser los tiempos normales del aprendizaje, -cerró el Maestro guiñándole un ojo.

Artículo de Juan Tonelli: Miedo a relacionarme.

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Aprendizaje, Fachada, Madurez, Miedo

Sin margen para sentir lo que siento

Marcos no tenía ningún margen interior para aceptar lo que estaba sintiendo. Ninguna posibilidad de ser él mismo.

Sus padres y la cultura en sentido amplio, habían decretado que estaba mal enamorarse de otra persona estando en pareja. No mal; muy mal.

Era algo que no podía pasar, salvo en los casos de personas traidoras, perversas y poco confiables. La buena gente no hacía esas cosas.

Así las cosas, el problema había crecido exponencialmente. Si estaba mal ser uno mismo; ¿como se podía vivir? La respuesta era la misma que todas las personas producían desde tiempos inmemoriales.

Si no es posible ser uno, se actúa, se interpreta un personaje que satisfaga o no intranquilice al entorno.

El problema, también proverbial, era que ese pequeño pecado muy justificable por la necesidad de entrar en los parámetros sociales, apartaba a las personas de sí mismas. Y esos dos caminos que en algún momento habían sido uno, empezaban a bifurcarse.

Al principio la distancia entre ambos era escasa, y solo perceptible en el fondo del corazón humano. Pero el correr del tiempo iba ampliando la brecha hasta llegar a un punto en que las dos realidades eran antagónicas e irreconciliables. El personaje interpretado y la persona real quedaban a años luz de distancia.

De ese desgarro, solía surgir una enorme presión interior para integrar esos mundos antagónicos. Y si no era posible por los rígidos cánones sociales, las alternativas futuras serían aún más dolorosas.

En ese contexto, era imposible que Marcos reconociera que se había enamorado de otra mujer. Ni siquiera con la salvedad de que él tenía veintidós años. No solo debía ser fiel, sino que debía serlo toda la vida. Si por esas cosas del destino hubiera que separarse de la novia, debía ser por alguna razón que no fuera deshonrosa. ¿Acaso la vida funcionaba así?

¿No era mucho exigirle algo así a alguien de solo veintidós años? ¿De dónde había surgido semejante mandato?

Para peor, aunque sus padres habían tenido romances y affaires como todo el mundo, ambos los habían mantenido en secreto. Era lógico; no querían poner la familia en crisis. Sin embargo; ¿no hubiera sido bueno explicarle preventivamente a sus hijos, que enamorarse de otra persona estando en pareja, era algo que solía ocurrir? ¿Y no era irreal exigirle eso a alguien que con veinte años estaba empezando a descubrir su propia emocionalidad?

Sin lugar para blanquear la situación, Marcos siguió negando que estaba profundamente enamorado de su compañera de trabajo. A tal punto que ni siquiera él mismo era consciente del asunto. A veces tenía algún destello de consciencia cuando se descubría yendo al trabajo contento, o arreglándose especialmente para ir a la oficina.

El tiempo fue pasando y erosionando su pareja en la medida que él se iba enamorando perdidamente. A su compañera le pasaba lo mismo y le llamaba la atención que él no avanzara un poco invitándola a tomar algo o encontrarse en otro contexto que no fuera el laboral.

Finalmente ocurrió lo inevitable y en los brindis de fin de año, ella se enteró que Marcos tenía novia. Se sintió profundamente traicionada porque él hubiera dejado correr aquél romance tácito. Asumió que no tenía mucho por reprocharle, dado que ni siquiera había sido invitada a tomar algo. ¿Pero por qué no había blanqueado la situación antes, explicitando que estaba de novio? Más serena, cayó en la cuenta que él debía estar bastante enamorado y tampoco querría cortar aquél idilio. Así las cosas, tomó la decisión de abrirse.

Vinieron las vacaciones y el envión inicial se hizo fácil. Marcos, seguía con su corazón y su mente puestos en ella, y cada vez más lejos de su novia. Pero todo esto seguía ocurriendo a un nivel inconsciente porque estaba prohibido. Él no podía romper el honor de su familia y sociedad a la que pertenecía.

Después de las vacaciones, cuando volvieron a encontrarse en la oficina, ella estaba con una coraza y puso una distancia que a Marcos le molestó bastante. No entendía su actitud. Claro, ¿cómo comprenderla si él mismo negaba el romance? Solo aceptando aquél amor prohibido podría entender la decisión de ella de distanciarse para no sufrir más.

Los meses pasaban y la dinámica era la misma. Marcos intentaba acercarse, pero ella no le daba cabida. Como él seguía negando, no comprendía el rechazo. Así y todo, persistía.

Cada mañana Marcos se arreglaba como se preparan los hombres que van a encontrarse con su enamorada. No había el menor detalle librado al azar. Si bien estaba enamorado hasta la médula, su cabeza negaba todo, apretujándolo a nivel inconsciente. ¿Como permitirse sentir eso, si por su educación era considerado un crimen de lesa humanidad?

El choque que se estaba preparando con la realidad era cada vez más grande. Cuando las personas negaban y reprimían el flujo de la vida ocurría lo mismo que con una represa. El agua seguía acumulándose hasta llegar a un punto en que las sólidas paredes del dique sufrían la primer fisura. De ahí a la hecatombe era sólo una cuestión de poco tiempo. Por eso la necesidad de tener compuertas que drenaran el flujo y evitaran las catástrofes.

Como suele ocurrir, un hecho aparentemente menor fue el que desencadenó todo el proceso contenido. Ella aceptó otro trabajo y Marcos tomó rápida conciencia que sus tiempos se acababan. Una cosa era persistir el cortejo teniéndola cerca, y otra bien distinta era que hiciera su vida en otro lado. Si esto ocurría, sería el fin de su sueño secreto.

Marcos estaba con su emocionalidad al límite. Al no aceptar que podía enamorarse de otra persona, -ni siquiera como una posibilidad-, tenía un nivel de angustia infinita. Sentía estar perdiendo el partido más importante de su vida y ni siquiera ser capaz de jugarlo o defenderse. Sin embargo, desde los mitos griegos se sabía que el amor era impredecible.

En la fiesta de despedida organiza por los compañeros de trabajo, Marcos se refugió del dolor bebiendo. Las horas discurrieron apaciblemente hasta que el diablo -o Dios-, metió la cola y todo se desencadenó con rapidez. La homenajeada, que durante varios meses había puesto distancia para no enamorarse aún más de alguien que estaba en pareja, decidió hablarle.

El alcohol en sangre que tenía Marcos, y las toneladas de represión hicieron el resto. En cuestión de minutos estaban hablando con el corazón en la mano, como si nunca se hubieran distanciado.

Cuando la fiesta terminó, él la llevó a su casa, manejando despacio para no chocar. La despidió con un beso en la mejilla, diciéndole que había disfrutado la noche.

Aunque en las formas no había pasado nada, había pasado de todo.

A las siete de la madrugada entró en su casa a dormir en paz. Por primera vez en mucho tiempo tenía la convicción que aquél amor, era posible. La alegría duró poco, cediendo paso a una ráfaga de angustia al recordar que tenía novia desde hacía cuatro años. ¿Qué hacer? La respuesta le heló la sangre, pero ya no tenía más remedio.

Los seres humanos podían negar y negar, pero cuando el velo de la verdad se corría, no había vuelta atrás.

Después de dormir pocas horas, llamó a su novia para encontrarse. Ella, ajena a todo este océano de sucesos, fue a verlo con un regalito. Marcos la esperaba con la cara desencajada y la frialdad de un miembro del ejército islámico. Ahí mismo le descerrajó que no seguían más juntos, sin darle mayores explicaciones. Ante la perplejidad de su novia, -que con su propia negación fue cómplice involuntaria de semejante situación y desenlace-, se inició un doloroso proceso de un mes en el que ella peleó por todos los medios para reparar algo que hacía rato estaba muerto.

En paralelo, Marcos mandó señales claras a su nueva enamorada, no fuera cosa que justo ahora se le escapara. Ella oscilaba entre aceptar las explicaciones de su chico -quien sostenía que hacía tiempo que venía muy mal con su novia-, y alejarse para no interferir en una pareja. Después de todo, también tenía sus propios mandatos que cumplir.

Sin embargo, la potencia del romance era tan fuerte que no pudo impedirlo. Sino había conseguido alejarse durante el año que había tomado distancia; ¿cómo podría lograrlo ahora que se había desencadenado todo?

En cuestión de semanas el romance ya estaba en la superficie. Más allá de la pena y el sufrimiento que le había ocasionado dejar a su novia, Marcos estaba feliz de la vida. Su única gran preocupación era mantener la nueva relación con un perfil muy bajo para guardar las formas. No quería ser un traidor ni alguien sin honor.

Veinte años más tarde Marcos podía mirar aquellos momentos de su vida con otra perspectiva. Toda la historia le inspiraba suma ternura. Sin lugar a dudas, le parecía increíble la soledad a la que había estado sometido. Las ideas de perfección y deber ser que le había inculcado la familia y la sociedad, lo habían dejado sin margen para vivir.

¿De donde habían surgido semejantes rigideces? ¿Y dónde estaban sus padres? ¿Por qué habían mantenido las formas sin darle ningún espacio ni pista alguna que le permitiera atravesar la situación con algo menos de angustia? Cualquiera que fuera honesto con su propia vida sabía que la vida no encajaba en las ideas, y menos aún en las referidas al amor.

Marcos, con hijos aún pequeños, deseaba transitar un camino bien distinto. No solo tener un diálogo abierto con ellos, sino también compartir todas las vicisitudes de su propia vida, para que llegado el caso, tuvieran algunos faros para orientarse.

El mayor aprendizaje de aquella experiencia fue que negar lo que uno sentía no servía de nada. Solo empeoraba las cosas. Ser capaz de recibirse a uno mismo, a lo que sentía, era de las actitudes más importantes que uno podía tener para vivir. Después de todo, si uno negaba una realidad por ser dolorosa, incómoda o incorrecta, ¿se modificaba? Por lo general ocurría más bien lo contrario.

Volvió a mirar a aquél joven de veintidós años con benevolencia. Todo lo que había sufrido inútilmente por no encajar en las normas. ¿Era un pecado? ¿Existía alguna persona plenamente justa, que siempre cumpliera las reglas? ¿O la historia de Sodoma y Gomorra tenían plena vigencia, sin un sólo hombre justo que ameritara salvarlas?

¿Las normas, estaban al servicio del hombre para orientarlo y cuidarlo, o era al revés, y a veces los seres humanos debían mutilarse para encajar en ellas?

Aunque comprendía que ningún marco normativo y social se podía constituir en base a excepciones, sintió que faltaba mucha comprensión y misericordia.

Se preguntó qué les aconsejaría a sus hijos si vivieran una situación similar. Varias ideas cruzaron por su cabeza. En primer lugar, saber que a lo largo de la vida era muy probable que se enamoraran de otra persona pese a estar en pareja, y que era mentira que ésta inmunizaba contra este tipo de accidentes.

Luego, comprender que ese enamoramiento era algo a aceptar y no a rechazar. Desde la aceptación de la situación, sería menos difícil poder procesarlo y atravesarlo. La maduración de la emocionalidad humana maduraba a lo largo de muchos años, y principalmente gracias a experiencias de este tipo. Nadie nacía sabiendo, ni era inmune a estos cataclismos. Afortunadamente.

Pero de todos los mensajes que podía transmitirles a sus hijos, el más importante era que no negaran lo que sentían, por más incómodo, incorrecto o doloroso que fuera. Recibirse a uno mismo era la primera de las tareas de todo ser humano que aspirara a tener una buena vida.

Artículo de Juan Tonelli: Sin margen para sentir lo que siento.

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