Miedo

aislamiento, Fachada, Miedo

pánico a relacionarme

Me vestí con mi mejor ropa. Un Levis original, y una remera pegada a mi cuerpo que me marcaba todos mis músculos. Estaba bien afeitado y con el perfume de Miyake, que era la revelación del momento.

Con mis quince años bajé del departamento que alquilábamos sobre la calle Gorlero, que en aquellos tiempos, era donde estaba la movida en Punta del Este.

Eran mis primeras vacaciones en ese lugar, que había anhelado muchísimos años porque ser el lugar top. Con mis padres siempre íbamos a Mar del Plata porque teníamos un departamento, pero ese verano, vaya a saber por qué, fuimos a Punta del Este.

Ir a esa playa me generaba algunos sentimientos encontrados. Por un lado, ir al Olimpo. Pero a su vez, tenía miedo de no estar a la altura de las circunstancias. Ahí veraneaban mis compañeros de colegio más poderosos. Además de que sus familias tuvieran mucho dinero, ellos eran el grupo más pesado de la clase; ese que impone las reglas, que siempre son arbitrarias. También eran los únicos que se relacionaban con chicas, que en nuestro colegio sólo de varones era percibido como llegar a Marte. Algunos, hasta habían debutado sexualmente. ¿O sería mentira?

Yo moría porque me integraran en su grupo pero no había ninguna chance. No solo en la India había castas. En todo grupo humano las hay.

Así las cosas, lo único que me quedaba era fingir. Ver, y sobre todo, ser visto. Y esto último no era poca cosa. Representaba un importante upgrade en mi vida social.

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angustia, Miedo

traga sapos y vomitarás dragones

Mi jefe miró detenidamente la planilla con los resultados del trimestre. Era la primera vez en tres años que ese programa de televisión daba ganancias.

-Muy bueno, me felicitó devolviéndome la hoja. Del dinero que deje este año, el 75% es para vos y el 25% restante para mí, dijo guiñándome un ojo y después buscando la aprobación de su socio Norberto, que estaba frente a nosotros.

Salí de su despacho contento. Había ido orgulloso, a mostrarle que no era cierto que ese programa era malo, sino que el equipo que lo conducía era el problema. Me había bastado un solo trimestre para cambiar unas cuantas cosas, dejar de perder plata y volverlo rentable.

En mi escritorio me puse a pensar en el incentivo propuesto por mi jefe. Si bien parecía desproporcionado porque él era el dueño, el que pagaba los sueldos, el que corría los mayores riesgos, no era una idea tan disparatada.

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Adversidad, crisis, Incertidumbre, Miedo

la vida es algo más que empujar todo el tiempo

Emilio salió del consultorio del oncólogo sosteniéndose como pudo. Por qué la vida se había ensañado tanto con él? Está bien; no le había prestado mucha atención a ese cansancio que venía arrastrando desde un año antes de que le diagnosticaran el cáncer de colon. Pero de ahí a semejante catástrofe? La vida podía ser cruel y despiadada.

Lo que inicialmente había prendido las señales de alarma -el diagnóstico de un tumor maligno en el intestino grueso-, se convirtió en un abismo cuando la tomografía mostró que tenía varias metástasis.

Le extirparon todo el mal, y cumplió rigurosamente con el largo tratamiento. Se sintió curado. Festejó su cumpleaños exultante, por haberle ganado a la enfermedad. Su férrea determinación todo lo podía.

A los tres meses y en el primer control de rutina se encontró que había muchas metástasis nuevas. Con la voluntad se podía intentar todo pero no lograr todo.

Del consultorio del médico apenas pudo caminar hasta el bar más cercano. Había ido solo, como siempre. Aunque le hubiera encantado que alguien lo acompañara, siempre sobreactuaba su fortaleza, mostrando que era autosuficiente. Esta vez, lo único que hubiera necesitado era un abrazo. Un hombro en el cual apoyarse y llorar como un chico. Descargar toda la impotencia junta. Dejar de hacer esfuerzos por ser fuerte. Ya está. La vida lo había desparramado.

Pidió un cortado, mientras miraba la nada. El mozo intentó una conversación pero Emilio nunca le contestó. Si se iba a morir pronto, qué sentido tenía seguir siendo correcto?

Durante algunos días evaluó entre retomar la quimioterapia o buscar caminos alternativos. Finalmente decidió dejar de lado los protocolos tradicionales. Si no habían servido de nada cuando la enfermedad no era tan avanzada; qué podrían aportar ahora?

De todas, formas, descartar la medicina tradicional le produjo una sensación de caída libre, sin paracaídas. Se estaba muriendo a toda velocidad y no haría nada? O acaso así funcionaba el negocio de la oncología, vendiendo medicamentos costosos que solo ayudaban a laboratorios y médicos poco íntegros? No tenía respuestas para esos interrogantes, aunque supo que no quería retomar ese camino.

La sensación de soledad y aislamiento al no seguir la medicina tradicional le generaba un miedo aterrador. Como optar por tirarse de un décimo piso antes que morir quemado por el incendio.

Así llegó a una fundación que ofrecía un abordaje espiritual de las enfermedades complejas. A diferencia de otras, no exigía el abandono de la medicina tradicional. La directora quiso saber por qué Emilio había tomado esa decisión.

-Quiero morirme por mi cáncer y no que me mate la quimio.

Aquellas palabras retumbaron en el cálido escritorio de la médica.

-El tiempo de vida que me quede, no quiero pasarlo en centros de quimioterapia.

La directora sabía bien de qué le estaban hablando.

-Le cuento que hay muchos casos de remisiones espontáneas, de esas curas que la ciencia no puede explicar, -dijo.

-Eso es lo que vine a buscar, -contestó Emilio, -aunque ni yo mismo lo creo.

Estaba aturdido, cagado a palos por la vida. Tanto esfuerzo, tanta voluntad, actitud, habían sido estériles. Tal vez por primera vez en cuarenta años, su determinación no servía para nada.

-Y qué tengo que hacer para curarme del cáncer, -preguntó con escepticismo.

La médica lo miró compasiva. Cómo explicarle a alguien tan duro que solo confiaba en sí mismo? Percibía que ese paciente era incapaz de soltar, entregarse, aún en circunstancias tan extremas. No se había dado cuenta que vivir era otra cosa.

-En general se producen cuando las personas se entregan. Cuando asumen su impotencia. Que no pueden hacer nada de nada. Que su férrea voluntad no funciona. Cuando dejan de empujar y se abren al misterio de la vida. En ese punto límite algo cambia y el cuerpo, en vez de autodestruirse empieza a repararse.

Emilio la escuchaba con incredulidad. La directora le contó que estas crisis eran una invitación al cambio.

-Que el cáncer que tengo es una invitación?, -dijo Emilio con enojo. -Se me llevan mi vida y usted dice que es una invitación? Hubiera preferido que no me invitaran a ningún lugar, y que mi vida siguiera como estaba, que estaba perfecta.

-Si hubiera estado perfecta no se habría enfermado, -sacudió la médica con ternura.

El cáncer es siempre una enfermedad mortal. Pero nos ofrece dos alternativas. Matar nuestro cuerpo, o matar el personaje que éramos hasta que apareció. Y solo si muere la persona que éramos hasta antes de enfermarnos, el cuerpo puede sanar. Solo cuando no tenemos más posibilidades, comienzan nuestras reales posibilidades. Antes es imposible porque estamos llenos de certezas, voluntad, ideas. Solo cuando experimentamos que todo eso no sirve para nada, tenemos alguna chance.

Emilio podía reconocer algo de verdad en aquellas palabras. Pero qué hacer? Él no conocía lo que era no estar a cargo, no estar empujando todo el tiempo. Incapaz de registrar que eso mismo era lo que estaba en crisis. Cómo hacer para dejar de hacer, dejarse en paz? Casi que parecía absurdo. Se dio cuenta que aún en medio de aquella situación dramática, no había soltado. Solo estaba aturdido, desconcertado. Pero seguía a cargo de todo, aunque en ese momento se sintiera acorralado y sin saber por dónde ir.

Pocos meses después, para liberarlo de su enorme responsabilidad de vivir, la vida lo eximió de seguir a cargo.

 

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