Madurez

Fachada, Ideas equivocadas, Madurez

No somos el centro del universo

-Necesito verte para que me aconsejes.

Tan pronto Victoria vio el mensaje de su amiga en la pantalla del celular, la llamó para que se encontraran. Hacía algunos meses que no hablaban, pero el calvario que estaba viviendo Paula le generaba una sensibilidad especial.

En esas situaciones inexplicables de la vida, Paula se había enamorado perdidamente de su cuñado, y después de meses de ser amantes, había quedado embarazada. Luego de muchas noches sin dormir y angustias de muerte, ambos habían decidido tener eso hijo.

Por un lado, eran plenamente conscientes que tenerlo era ingresar voluntariamente al infierno. Abortarlo les evitaría confrontar al marido de Paula con la realidad que ese hijo no era suyo sino de su hermano. También, que en la medida que ese niño creciera, fuera un testimonio viviente de esa infidelidad imperdonable.

Si perdonar una infidelidad no era fácil, mucho peor era si había generado un embarazo. Y la situación parecía completamente insalvable si la persona había sido engañada por su mujer y su hermano.

Así y todo, Paula y su cuñado decidieron seguir adelante.

El bebé nació y el tiempo seguía haciendo lo suyo. La decisión de los padres de no contar nada hacía que el sentimiento de culpa por semejante secreto fuera intolerable. Sin embargo, convencidos que el marido de Paula no toleraría la verdad de saber que en realidad ese hijo era su sobrino, optaban por callar.

Cómo se podía vivir con semejante peso?

Los seres humanos solían ser capaces de cargar pesos sobrehumanos antes que sobreponerse a sus miedos y enfrentar la verdad. Como si mentir fuera menos costoso. Casi nadie era capaz de ponderar correctamente el enorme costo que tenía ocultar la realidad. En términos de libertad interior era carísimo, sin contar la permanente angustia de que en el momento más inoportuno la verdad pudiera salir a la luz.

Paula y su cuñado decidieron ponerle fin a la relación decenas de veces, y lo único que lograban era enamorarse aún más. Por qué Cupido se habría ensañado con ellos de esta forma?

Dentro de la infernal vida, el cuñado había establecido una relación con otra mujer, con el objetivo de despegarse de Paula. Lo habían consensuado juntos, en la ingenua esperanza que funcionara. Si bien la pareja duraba, el verdadero amor de ambos era el prohibido.

Ya en el café, ambas amigas se dieron un abrazo.

-Qué te anda pasando, preguntó Victoria con empatía.

-Mi cuñado está esperando un hijo con su novia. Estoy re mal. Encima, me enteré a través de un tercero porque él desapareció hace dos meses. O sea que Santino va a tener un hermanito. En realidad ya tiene un medio hermano que es el que yo tuve antes con mi marido, y ahora tendrá otro hermanastro a través de su padre real.

Victoria escuchaba en silencio, sorprendida por lo compleja que podían ser las vidas de las personas. Después, preguntó:

-Qué es lo que sentís? Engaño?

-No; me duele que no me lo contó de frente. Me siento traicionada como persona. Que le importo poco. Encima esta semana cumple nuestro hijo y él va a venir con su novia, así que no sé cómo voy a reaccionar.

-Vas a reaccionar bien, con la voluntad de una persona adulta que sos, dijo Victoria calma pero firme. No me parece que tu dolor sea porque él no te lo contó cara a cara. Eso es sólo un aspecto formal y debieras poder imaginar el miedo que debe tener, máxime cuando hace cinco años que ustedes dos son incapaces de contarle a tu marido que Santino no es su hijo, y que el verdadero padre es su hermano. No te lo contó por la simple razón que no pudo. Comprendo perfectamente que estés muy afectada, pero tratá de decantar bien tus sentimientos para identificar qué es lo que sentís. Si son celos porque se acuesta con su novia, también es una situación muy paradojal. Acaso vos no te acostás con tu marido?

Paula permanecía en silencio.

-Independientemente que no esté claro si este es un embarazo buscado o un accidente, no podés ponerte celosa porque él se acueste con su novia mientras vos seguís viviendo con tu marido. O sos de las que piensan que para tener sexo hay que estar enamorado? Ni a las mujeres les pasa eso, aunque a los hombres aún menos. Se acuesta porque la tiene al lado y vos no estás disponible. Y si lo estuvieras, igual llegaría un día en el que desearía acostarse con otras.

Paula iba desinflándose, y su ira se transformaba en decepción.

-Sino hablaste a fondo con él, te lo recomendaría. Cuando puedas, sin hostigarlo ni presionarlo, planteándole el tema amorosamente y dándole todo el espacio y el tiempo que necesite.

-Vos decís que haga como que todo está bien?

-No, porque vos sos un ser humano. Creo que debés empezar por generar las condiciones para que tengan una conversación a corazón abierto, como habrán tenido tantas veces después de coger. Escucharlo y comprender bien la situación. Si te enterás que el embarazo fue un accidente y él no está contento, tratar de inspirarlo diciéndole que tener un hijo es siempre genial. Pero evitaría hablar mucho del futuro de ustedes. Ya la situación era muy compleja antes, por lo cual intentar aclararla en este contexto es pretender lo imposible. Qué podría decirte ahora, si está adentro de un lavarropa aún peor que el tuyo?

Paula estaba en silencio. Luego, algo emocionada dijo:

-Yo pensaba decirle de todo. Te juro.

-Y sí, es comprensible porque estas desbordada emocionalmente. Pero después te arrepentirías dado que la vida continúa y vos lo seguirás amando. Entonces, si él no dejó de amarte tendrás dos problemas: su situación con el embarazo en curso y todas las barbaridades que le dijiste…

-La última vez que nos vimos, él no paraba de llorar. Miraba dormir a nuestro hijo Santino y lloraba. Yo le preguntaba qué era lo que le pasaba y el no me contestaba. Simplemente lloraba y lloraba…

-Qué divino. Pobre hombre, qué podría responderte? Sabría que estaba ingresando en otra nueva dimensión que aportaría más dificultad y contradicción en su vida.

-No sé; ni siquiera sé si alguna vez me amó…

-Entiendo cómo te sentís pero es evidente que te amó y probablemente te siga amando.

-Vine a verte indignada, dispuesta a matarlo, y me dejás con ganas de ir abrazarlo mucho.

-Y la realidad sigue siendo la misma… Como dicen los chinos “dejá que tu tigre vuelva a su guarida.” Y dado que lo amás, hacé un esfuerzo por verlo a él, en vez de mirar la realidad desde tus necesidades.

-Ahora resulta que la culpable soy yo…

-No hay culpables. Y siempre es bueno que nos recuerden que el universo no gira alrededor nuestro. Todos nos confundimos. Y los que más niegan esta realidad, más perdidos suelen estar.

Paula le apretó fuerte la mano a su amiga, y le sonrió en señal de gratitud.

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Adversidad, Madurez, Sufrimiento

Locuras frecuentes que nadie diagnostica (ni mucho menos, trata)

Los manicomios nunca tuvieron la exclusividad de la gente con severos problemas mentales. Muchas personas completamente insanas, anduvieron y andarán sueltos por la vida como si nada pasara. Luisa era una de ellas. El hecho que estuviera bien vestida, fuera a Misa todos los domingos y tuviera una familia aparentemente normal, no modificaba en lo más mínimo el diagnóstico psiquiátrico nunca efectuado.

Los primeros signos de su insanía se manifestaron durante la adolescencia de sus hijos. La situación le presentaba un problema insalvable. Una cosa eran los niños pequeños a quienes vestía hermosamente, peinaba, perfumaba y hacía estudiar para que brillaran en el colegio, y otra bien distinta eran dos adolescentes pugnando por independizarse.

La incipiente independencia del primogénito chocaba de frente con las ideas de Luisa. En el fondo, ella era una de la gran cantidad de padres cuyos hijos eran arcilla para ser moldeada según sus ilusiones y traumas.

El mayor tenía las aspiraciones normales de cualquier joven: salir con amigos, conocer chicas, dormir hasta tarde. Como todo representaba un problema para una madre que sentía que el hijo se le escapaba de las manos, las peleas crecían en frecuencia y dimensión.

La vida del joven se fue volviendo tortuosa, a punto tal que a los diecisiete años intentó suicidarse. Obviamente la madre nunca registró que había sido un desesperado y riesgoso llamado de atención, por el enorme malestar con el que vivía.

Para ella, se trataba de otro de los inconvenientes que generaba el adolescente. En su visión, los buenos hijos no debían traer problemas. Acaso alguna persona que estuviera viva podía no generarlos?

El resto de miembros de la familia jugaba roles distintos. El padre era un hombre brillante que forzado a elegir entre apoyar a su esposa o a su hijo, había optado por no separarse. Evitar el conflicto con su mujer resultaba más importante que ser justo o garantizar una sana atmósfera para los chicos.  La aparentemente inofensiva decisión, había condenado a los jóvenes a no tener espacio para ser ellos mismos.

En las formas todo era perfecto. Una familia linda, unida, que viajaba por el país y el mundo. Estudiaban francés, tomaban clases de equitación y se vestían con la mejor ropa. El padre era un profesional exitoso y su esposa era educada, sencilla y buena compañera.

Puertas adentro, todo era un silencioso infierno. No había lugar para expresarse, ser distinto, o simplemente ser. El hecho que el padre cerrara filas con la madre en vez de laudar a favor de la sensatez, la libertad y el crecimiento, había terminado de convertir a aquella familia en una olla a presión.

La  hija menor, siendo testigo de lo que ocurría con su hermano, había optado por sobrevivir. Su estrategia no había sido otra que volverse invisible. Nunca confrontaba, y trataba de escaparse del insano radar de su madre. Ojos que no ven corazón que no siente.

La doble vida le permitía al menos, tener una existencia aunque fuera en la clandestina. La vida oficial era una muerte en vida, pero satisfacía a su progenitora. La secreta, en cambio, era su vida real. Riesgosa, pero auténtica.

Todo pareció arreglarse cuando se fueron a estudiar a universidades del extranjero. Ambos hijos descubrieron la vida, la libertad. Se enamoraron, se casaron, tuvieron hijos. Salvo algunos conflictos menores, la distancia resolvía todo. Cada uno vivía como quería.

No obstante, los inflexibles patrones de la madre seguían intactos o agravados. A sus setenta años tenía una clara idea de lo que estaba bien y lo que no. En vez de haber aprendido que la vida discurría por caminos imprevistos y que no había forma de ordenarla sin un altísimo costo existencial, ella estaba cada vez más rígida e intransigente.

Lo que no le gustaba era rechazado o negado, según las posibilidades y circunstancias. A modo de ejemplo, un nieto había nacido con parálisis cerebral. Ese drama familiar implicaba que el niño necesitara una cama ortopédica y un acceso especial para el baño. Como para Luisa resultaban poco estéticos, en veinte años de vida de aquél joven se había negado a hacer modificación alguna para adaptar algo de su enorme casa al enfermo.

Para poder sobrevivir, sus hijos también negaban la actitud de ella. Quién podía asumir fácilmente que tenía una madre cruel? Sería crueldad o insanía? Cambiaba algo?

Otro capítulo muy significativo fueron los divorcios de los hijos. Luisa era muy religiosa y creía en la indisolubilidad del matrimonio. Poco le importaban las estadísticas que mostraban a más del cincuenta por ciento de las parejas separadas. En los casos que fuera inevitable, estaba convencida que las personas debían permanecer solteras el resto de sus vidas para no cometer adulterio.

Tal vez porque la vida insistía en enseñarle algo, sus dos hijos se separaron. Años más tarde ambos tenían nuevas parejas, que Luisa se negó a conocer. Esta decisión mortificaba especialmente al padre, quien a sus setenta años veía reducida drásticamente la posibilidad de encontrarse con hijos y nietos. Como era esperable, sino no se había separado de su esposa a los cuarenta años, mucho menos lo haría al final de la vida. La situación, sin embargo, le provocaba un enorme dolor.

La realidad se complicó aún más cuando el hijo mayor decidió tener más hijos con su nueva esposa. Como en ese momento Luisa estaba con algunos problemas de salud, decidieron no contarle las novedades en un intento por protegerla. El nuevo nieto nació y en la medida que crecía, se hacía más difícil ocultarlo.

La vida seguía su curso y el niño crecía sin que Luisa y su marido supieran de su existencia. Al abuelo empezó a fallarle la memoria y nunca se presentó el momento oportuno para contarles la situación.

Luisa cuidaba con fervor a su marido con Alzheimer. No quería contratar ni a una empleada, no fuera cosa que alguien se enterara de las vergonzantes situaciones que esa enfermedad generaba. Había que mantener la reputación de la familia a toda costa.

Sin proponérselo, el matrimonio se fue recluyendo cada vez más en su casa. Dada la imposibilidad de aceptar a su familia como era, Luisa y su marido se fueron quedando cada vez más solos. Si bien eran visitados, el hecho que los hijos no pudieran ir con sus parejas o nietos reducía severamente el tiempo que podían dedicarles.

Un matrimonio culto y de buena posición económica, en vez de tener una vejez rodeada por el afecto de familiares, terminaba solo y encerrado entre cuatro paredes.

El marido habría desarrollado Alzheimer para desconectarse de la dolorosa realidad?

Ella se volvió hipoacúsica. Si hubiera sido capaz de escuchar, tal vez no hubiera necesitado quedarse sorda. Ante la imposibilidad de hacerlo, no era descabellado pensar que el cuerpo humano, en su infinita sabiduría y capacidad de adaptación, hubiera obrado los mecanismos necesarios para que la realidad no siguiera contrariando a la pobre Luisa.

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Aprendizaje, Ideas equivocadas, Madurez

Entre la ansiedad y la angustia

Vivimos esforzándonos para ser reconocidos. Todo el tiempo empujando, tratando de llamar la atención, que nos miren, nos reconozcan. Para qué? Si lo logramos, mas alla de una rápida satisfacción, empezamos a tener miedo de no volver a lograrlo, de no poder mantener ese estatus. Si en cambio, no logramos ser reconocidos, nos frustramos. En ambos casos perdemos.

Mas que poner tanta energía en ser reconocidos es mejor tratar de averiguar quiénes somos, y a partir de ahí, ver como queremos vivir nuestra vida. Mas que nos reconozcan los demás, es importante que nos reconozcamos nosotros mismos.

-Vivo con unos niveles de angustia muy altos.

-Por qué?, quiso saber el Maestro.

-Siempre tengo que estar  esforzándome. Y todo el tiempo con la angustia de perder las oportunidades que van surgiendo.

-Agotador…

-Sí, -balbuceó el discípulo entre lágrimas.

-Y cuál creés que es el objeto de tu esfuerzo?

-Llegar a donde quiero llegar.

-Y a dónde es eso?

-Me da verguenza…

El Maestro lo miró con ternura.

Ser reconocido… Poder ganar mucho dinero haciendo algo que me guste y los demás valoren…

-Cuánto peso en la mirada de los demás, no?

-Nadie debiera necesitar aplausos, -continuó el Maestro.

Me falta paz

-Y la buscás en un lugar en el que no la vas a encontrar.

-Por qué?

-Porque la verdadera paz no se consigue logrando cosas -ni siquiera ser reconocido-. Se logra sabiendo quién es uno, y estando contento con eso. Saber que uno está bien tal como es.

Cuando el discípulo escuchó la frase “saber que uno está bien tal como es” se emocionó. Sería posible? Cuál era la programación que en cierto sentido reprobaba el presente y lo impulsaba permanentemente hacia adelante, obligado a ser alguien distinto del que era? Él sentía que así como era, no estaba bien. En el mejor de los casos, lo estaría si cumplía sus objetivos. Como si el potencial de ser estuviera condicionado a ciertos logros.

-Es posible?, -preguntó con gran escepticismo.

-Buscas algo que te sacie. El problema es que estás buscando en el lugar equivocado, porque ese hambre no se sacia. Al revés, el agujero se hace cada vez más grande. El ser se calma siendo; no teniendo o logrando.

-Por qué decís que se agranda?

-Apenas logramos el objetivo propuesto, percibimos con claridad que no nos brinda lo que esperábamos. Entonces, resulta inevitable sentirnos mal. Peor aún, registramos que debemos seguir esforzándonos para mantener ese logro, sintiendo pánico de perderlo. Todo pese a saber que no nos da la paz que tanto deseamos.

-Me encantaría estar en paz conmigo mismo. No tener que seguir esforzándome todo el tiempo. Si pudiera flotar… No tendría que estar todo el tiempo nadando para evitar hundirme. Es agotador…, -dijo suspirando.

-La ironía de tu metáfora es que los seres humanos flotamos. Quienes se ahogan es porque se angustian tanto que se terminan ahogando y hundiendo por sus propios esfuerzos por salvarse. Si se quedaran tranquilos, flotarían.

En el mismo sentido, no necesitamos hacer algo para ser.  Y sin embargo, la mayoría de las personas pasa toda su vida empujando.

-Qué triste que sabiendo todo esto no pueda parar. Siento que si no lucho, me muero.

-Sino luchás por ser alguien destacado te morís?

La pregunta del Maestro caló hondo. Era tan absurda como la vida del discípulo.

-No te rías…

-Como me voy a reir si todos tenemos esa enfermedad? Qué sentís que pasaría si dejaras de esforzarte para sobresalir?

El discípulo sintió una mezcla de paz y angustia.

-Siento que me quedaría sin el pan y sin la torta. O sea, perdería el tren para ser alguien reconocido, sin por ello ganar una mejor vida.

-Y no te parece que esa es tu trampa?

-Cual?

-Por temor a quedarte sin nada, vas a terminar logrando lo que no sirve

-Y qué hago?

-Que te des cuenta del tema y puedas contarlo, ya es un enorme avance.

-Pero no alcanza…

-De esto se trata vivir. La vida no es un objetivo a alcanzar sino un camino a transitar. Y el tema que estás planteando es el más recurrente de los problemas humanos : el proverbial anhelo de ser reconocido, que no es mas que una manifestación de la desesperada búsqueda de amor.

-Y entonces?

-Qué ansiedad, mi amigo. Aflojate un poco. Estás bien como sos.

Como todas las personas, tenés problemas. No porque seas idiota, sino porque estás vivo. No te obsesiones en resolverlos porque será peor. Simplemente observalos y cada vez que se manifiesten y puedas, date cuenta.

-Es una hoja de ruta bastante tranquila…

-Como decía un excelente terapeuta, “el esfuerzo, para los constipados.”

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Aprendizaje, Fachada, Madurez, Miedo

Sin margen para sentir lo que siento

Marcos no tenía ningún margen interior para aceptar lo que estaba sintiendo. Ninguna posibilidad de ser él mismo.

Sus padres y la cultura en sentido amplio, habían decretado que estaba mal enamorarse de otra persona estando en pareja. No mal; muy mal.

Era algo que no podía pasar, salvo en los casos de personas traidoras, perversas y poco confiables. La buena gente no hacía esas cosas.

Así las cosas, el problema había crecido exponencialmente. Si estaba mal ser uno mismo; ¿como se podía vivir? La respuesta era la misma que todas las personas producían desde tiempos inmemoriales.

Si no es posible ser uno, se actúa, se interpreta un personaje que satisfaga o no intranquilice al entorno.

El problema, también proverbial, era que ese pequeño pecado muy justificable por la necesidad de entrar en los parámetros sociales, apartaba a las personas de sí mismas. Y esos dos caminos que en algún momento habían sido uno, empezaban a bifurcarse.

Al principio la distancia entre ambos era escasa, y solo perceptible en el fondo del corazón humano. Pero el correr del tiempo iba ampliando la brecha hasta llegar a un punto en que las dos realidades eran antagónicas e irreconciliables. El personaje interpretado y la persona real quedaban a años luz de distancia.

De ese desgarro, solía surgir una enorme presión interior para integrar esos mundos antagónicos. Y si no era posible por los rígidos cánones sociales, las alternativas futuras serían aún más dolorosas.

En ese contexto, era imposible que Marcos reconociera que se había enamorado de otra mujer. Ni siquiera con la salvedad de que él tenía veintidós años. No solo debía ser fiel, sino que debía serlo toda la vida. Si por esas cosas del destino hubiera que separarse de la novia, debía ser por alguna razón que no fuera deshonrosa. ¿Acaso la vida funcionaba así?

¿No era mucho exigirle algo así a alguien de solo veintidós años? ¿De dónde había surgido semejante mandato?

Para peor, aunque sus padres habían tenido romances y affaires como todo el mundo, ambos los habían mantenido en secreto. Era lógico; no querían poner la familia en crisis. Sin embargo; ¿no hubiera sido bueno explicarle preventivamente a sus hijos, que enamorarse de otra persona estando en pareja, era algo que solía ocurrir? ¿Y no era irreal exigirle eso a alguien que con veinte años estaba empezando a descubrir su propia emocionalidad?

Sin lugar para blanquear la situación, Marcos siguió negando que estaba profundamente enamorado de su compañera de trabajo. A tal punto que ni siquiera él mismo era consciente del asunto. A veces tenía algún destello de consciencia cuando se descubría yendo al trabajo contento, o arreglándose especialmente para ir a la oficina.

El tiempo fue pasando y erosionando su pareja en la medida que él se iba enamorando perdidamente. A su compañera le pasaba lo mismo y le llamaba la atención que él no avanzara un poco invitándola a tomar algo o encontrarse en otro contexto que no fuera el laboral.

Finalmente ocurrió lo inevitable y en los brindis de fin de año, ella se enteró que Marcos tenía novia. Se sintió profundamente traicionada porque él hubiera dejado correr aquél romance tácito. Asumió que no tenía mucho por reprocharle, dado que ni siquiera había sido invitada a tomar algo. ¿Pero por qué no había blanqueado la situación antes, explicitando que estaba de novio? Más serena, cayó en la cuenta que él debía estar bastante enamorado y tampoco querría cortar aquél idilio. Así las cosas, tomó la decisión de abrirse.

Vinieron las vacaciones y el envión inicial se hizo fácil. Marcos, seguía con su corazón y su mente puestos en ella, y cada vez más lejos de su novia. Pero todo esto seguía ocurriendo a un nivel inconsciente porque estaba prohibido. Él no podía romper el honor de su familia y sociedad a la que pertenecía.

Después de las vacaciones, cuando volvieron a encontrarse en la oficina, ella estaba con una coraza y puso una distancia que a Marcos le molestó bastante. No entendía su actitud. Claro, ¿cómo comprenderla si él mismo negaba el romance? Solo aceptando aquél amor prohibido podría entender la decisión de ella de distanciarse para no sufrir más.

Los meses pasaban y la dinámica era la misma. Marcos intentaba acercarse, pero ella no le daba cabida. Como él seguía negando, no comprendía el rechazo. Así y todo, persistía.

Cada mañana Marcos se arreglaba como se preparan los hombres que van a encontrarse con su enamorada. No había el menor detalle librado al azar. Si bien estaba enamorado hasta la médula, su cabeza negaba todo, apretujándolo a nivel inconsciente. ¿Como permitirse sentir eso, si por su educación era considerado un crimen de lesa humanidad?

El choque que se estaba preparando con la realidad era cada vez más grande. Cuando las personas negaban y reprimían el flujo de la vida ocurría lo mismo que con una represa. El agua seguía acumulándose hasta llegar a un punto en que las sólidas paredes del dique sufrían la primer fisura. De ahí a la hecatombe era sólo una cuestión de poco tiempo. Por eso la necesidad de tener compuertas que drenaran el flujo y evitaran las catástrofes.

Como suele ocurrir, un hecho aparentemente menor fue el que desencadenó todo el proceso contenido. Ella aceptó otro trabajo y Marcos tomó rápida conciencia que sus tiempos se acababan. Una cosa era persistir el cortejo teniéndola cerca, y otra bien distinta era que hiciera su vida en otro lado. Si esto ocurría, sería el fin de su sueño secreto.

Marcos estaba con su emocionalidad al límite. Al no aceptar que podía enamorarse de otra persona, -ni siquiera como una posibilidad-, tenía un nivel de angustia infinita. Sentía estar perdiendo el partido más importante de su vida y ni siquiera ser capaz de jugarlo o defenderse. Sin embargo, desde los mitos griegos se sabía que el amor era impredecible.

En la fiesta de despedida organiza por los compañeros de trabajo, Marcos se refugió del dolor bebiendo. Las horas discurrieron apaciblemente hasta que el diablo -o Dios-, metió la cola y todo se desencadenó con rapidez. La homenajeada, que durante varios meses había puesto distancia para no enamorarse aún más de alguien que estaba en pareja, decidió hablarle.

El alcohol en sangre que tenía Marcos, y las toneladas de represión hicieron el resto. En cuestión de minutos estaban hablando con el corazón en la mano, como si nunca se hubieran distanciado.

Cuando la fiesta terminó, él la llevó a su casa, manejando despacio para no chocar. La despidió con un beso en la mejilla, diciéndole que había disfrutado la noche.

Aunque en las formas no había pasado nada, había pasado de todo.

A las siete de la madrugada entró en su casa a dormir en paz. Por primera vez en mucho tiempo tenía la convicción que aquél amor, era posible. La alegría duró poco, cediendo paso a una ráfaga de angustia al recordar que tenía novia desde hacía cuatro años. ¿Qué hacer? La respuesta le heló la sangre, pero ya no tenía más remedio.

Los seres humanos podían negar y negar, pero cuando el velo de la verdad se corría, no había vuelta atrás.

Después de dormir pocas horas, llamó a su novia para encontrarse. Ella, ajena a todo este océano de sucesos, fue a verlo con un regalito. Marcos la esperaba con la cara desencajada y la frialdad de un miembro del ejército islámico. Ahí mismo le descerrajó que no seguían más juntos, sin darle mayores explicaciones. Ante la perplejidad de su novia, -que con su propia negación fue cómplice involuntaria de semejante situación y desenlace-, se inició un doloroso proceso de un mes en el que ella peleó por todos los medios para reparar algo que hacía rato estaba muerto.

En paralelo, Marcos mandó señales claras a su nueva enamorada, no fuera cosa que justo ahora se le escapara. Ella oscilaba entre aceptar las explicaciones de su chico -quien sostenía que hacía tiempo que venía muy mal con su novia-, y alejarse para no interferir en una pareja. Después de todo, también tenía sus propios mandatos que cumplir.

Sin embargo, la potencia del romance era tan fuerte que no pudo impedirlo. Sino había conseguido alejarse durante el año que había tomado distancia; ¿cómo podría lograrlo ahora que se había desencadenado todo?

En cuestión de semanas el romance ya estaba en la superficie. Más allá de la pena y el sufrimiento que le había ocasionado dejar a su novia, Marcos estaba feliz de la vida. Su única gran preocupación era mantener la nueva relación con un perfil muy bajo para guardar las formas. No quería ser un traidor ni alguien sin honor.

Veinte años más tarde Marcos podía mirar aquellos momentos de su vida con otra perspectiva. Toda la historia le inspiraba suma ternura. Sin lugar a dudas, le parecía increíble la soledad a la que había estado sometido. Las ideas de perfección y deber ser que le había inculcado la familia y la sociedad, lo habían dejado sin margen para vivir.

¿De donde habían surgido semejantes rigideces? ¿Y dónde estaban sus padres? ¿Por qué habían mantenido las formas sin darle ningún espacio ni pista alguna que le permitiera atravesar la situación con algo menos de angustia? Cualquiera que fuera honesto con su propia vida sabía que la vida no encajaba en las ideas, y menos aún en las referidas al amor.

Marcos, con hijos aún pequeños, deseaba transitar un camino bien distinto. No solo tener un diálogo abierto con ellos, sino también compartir todas las vicisitudes de su propia vida, para que llegado el caso, tuvieran algunos faros para orientarse.

El mayor aprendizaje de aquella experiencia fue que negar lo que uno sentía no servía de nada. Solo empeoraba las cosas. Ser capaz de recibirse a uno mismo, a lo que sentía, era de las actitudes más importantes que uno podía tener para vivir. Después de todo, si uno negaba una realidad por ser dolorosa, incómoda o incorrecta, ¿se modificaba? Por lo general ocurría más bien lo contrario.

Volvió a mirar a aquél joven de veintidós años con benevolencia. Todo lo que había sufrido inútilmente por no encajar en las normas. ¿Era un pecado? ¿Existía alguna persona plenamente justa, que siempre cumpliera las reglas? ¿O la historia de Sodoma y Gomorra tenían plena vigencia, sin un sólo hombre justo que ameritara salvarlas?

¿Las normas, estaban al servicio del hombre para orientarlo y cuidarlo, o era al revés, y a veces los seres humanos debían mutilarse para encajar en ellas?

Aunque comprendía que ningún marco normativo y social se podía constituir en base a excepciones, sintió que faltaba mucha comprensión y misericordia.

Se preguntó qué les aconsejaría a sus hijos si vivieran una situación similar. Varias ideas cruzaron por su cabeza. En primer lugar, saber que a lo largo de la vida era muy probable que se enamoraran de otra persona pese a estar en pareja, y que era mentira que ésta inmunizaba contra este tipo de accidentes.

Luego, comprender que ese enamoramiento era algo a aceptar y no a rechazar. Desde la aceptación de la situación, sería menos difícil poder procesarlo y atravesarlo. La maduración de la emocionalidad humana maduraba a lo largo de muchos años, y principalmente gracias a experiencias de este tipo. Nadie nacía sabiendo, ni era inmune a estos cataclismos. Afortunadamente.

Pero de todos los mensajes que podía transmitirles a sus hijos, el más importante era que no negaran lo que sentían, por más incómodo, incorrecto o doloroso que fuera. Recibirse a uno mismo era la primera de las tareas de todo ser humano que aspirara a tener una buena vida.

Artículo de Juan Tonelli: Sin margen para sentir lo que siento.

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Aprendizaje, Madurez

¿Cuánto tiempo lleva empezar a conocerse uno mismo?

-Ayer un amigo me contó otra historia increíble. Qué misterio que es la vida…

-Qué pasó?

-Hace muchos años se fue a vivir afuera. Nos volvimos a ver después de una década y le pregunté por su familia. Me fue contando una biografía abreviada de cada uno, empezando por sus padres y siguiendo por sus hermanos. Cuando llegó a la menor, con total naturalidad me dijo que estaba mejor, porque a sus cincuenta años había podido asumir que era lesbiana.

-Interesante, -dijo el Maestro con suma tranquilidad.

-¿Interesante? No seas desgraciado! Se pasó cincuenta años sufriendo para recién darse cuenta de algo casi obvio.

-Conozco muchos casos así, y aún más difíciles.

-¿Qué puede ser más dramático?

-Hombres o mujeres que se casan, tiene tres o hasta cuatro hijos, a veces un par de matrimonios, para recién darse cuenta a los cincuenta y tantos, que son homosexuales.

-¿Y no es terrible?

-Es doloroso, pero en algún sentido, es la historia de todos.

-¿De todos?

-Nos lleva buena parte de la vida dejar atrás nuestros condicionamientos, heridas, mandatos y fantasías que pretenden reparar nuestro dolor. Recién después de varias décadas podemos empezar a ver quiénes somos.

-Cincuenta años…, -dijo el discípulo algo consternado.

-Son los tiempos normales. No es fácil cortar cadenas con eslabones tan fuertes. Lleva tiempo, mucho tiempo. Contame un poco más de la historia de esta mujer.

-En la adolescencia se dio cuenta que los chicos no le atraían y que algo le pasaba con las mujeres. Pero claro, si hoy todavía hay discriminación, imaginate treinta y cinco años atrás, y en el seno de una familia conservadora…

-Ningún margen para ser quien era.

-Ninguno.

-¿Y entonces?

-Fueron pasando los años, y ella insistiendo en ver si el tema se solucionaba con la aparición de algún hombre que le moviera el piso.

-¿Apareció alguno?

-No, así que siguió soltera y virgen. Ninguna relación sentimental heterosexual ni homosexual, hasta los cuarenta y cinco años.

-¿Y cómo fue el desenlace?, -quiso saber el Maestro.

-Un tumor en la garganta. El hermano, un excelente médico especialista en asuntos psicosomáticos, le explicó que esa enfermedad era la consecuencia de algo que ella tenía atragantado y no podía decir.

-Buena aproximación… ¿Y ella que dijo?

-Inició un proceso largo que culminó con su curación y confesarle a sus hermanos que era lesbiana. A sus cuarenta y cinco años.

-Qué fuerte. ¿Y los padres?

-Ambos estaban muertos.

-Pobrecita. Tuvo que esperar a que se murieran para evitar decepcionarlos.

-Algo así.

-Y tener un cáncer… Qué maravilla la vida!,-dijo el Maestro gratamente sorprendido.

-¿Cuál sería la maravilla? Para mí es una historia muy triste…

-A tu edad pensaba lo mismo, -lo reprendió suavemente el Maestro.

-No entiendo qué es lo que te resulta maravilloso, -se sinceró el discípulo.

-Las vueltas de la vida, y que pese a todo, la verdad siempre sale a la luz. La identidad, siempre se expresa. ¿Viste esas flores que crecen entre los intersticios de las piedras o ladrillos? Pese a una adversidad enorme, la vida se resiste y se expresa.  Siempre.

-¿Cómo puede ser que lleve tanto tiempo?

-Muchas personas creen que en la vida se trata de encontrar rápidamente el camino, sea la vocación, el amor, o lo que sea.  Y que de ahí en más los espera un tránsito homogéneo, conectado y en lo posible sin sobresaltos.

-¿Y no es así?, -dijo el discípulo entre risas.

-Afortunadamente no.

-¿Afortunadamente?

-Sino vivir sería una actividad mecánica. La gran riqueza de nuestras existencias proviene justamente de los problemas, la adversidad, los dolores, la incertidumbre. Insistimos en asegurarnos, en tener certezas, y es ahí en donde destruimos la vida.

-Me da pena pensar que esta mujer no tuvo una sola pareja hasta sus cuarenta y ocho años. Que desperdició buena parte de su vida.

-Ese es un juicio muy pesado; la mayoría de las personas tiene una pareja, o varias, y también siente que desperdició su vida.

-Aprendemos a vivir, viviendo, -continuó el Maestro. -Y en el mejor de los casos, lleva toda la vida. Aprender es siempre una posibilidad, pero nunca una certeza. Mucha gente por diversas razones no puede aprender y por lo tanto termina desperdiciando su vida.

-¿Y de qué depende?

-Básicamente en estar dispuesto a escuchar y a aprender algo nuevo. Como el cuento oriental de aquél maestro que rebalsó con té la taza del discípulo y ante la sorpresa de éste, le explicó que aquella taza era igual que su mente. Que hasta que no se vaciara, no podía entrar nada nuevo. Tenemos que aprender a hacer lugar, a generar vacío. Si estamos llenos de certezas, conceptos, razones, no hay mucho lugar para el aprendizaje. Tampoco si estamos tratando de cumplir con los mandatos o impresionar a todos. Ahí solo hay rigidez y por ende, dolor.

-¿Y qué es lo que pensás que le pasó a esta mujer?

-Lo mismo que nos pasa a todos. Para no defraudar a nuestras familias, a la sociedad, negamos lo que nos pasa. Nos desconectamos de nosotros mismos. Pero esa realidad interna sigue ahí. Cuanto más la reprimimos, más dolor e inestabilidad interna genera. Y tarde o temprano, siempre irrumpe. No podemos negarnos a nosotros mismos toda la vida. Al menos, no sin un altísimo costo emocional.

-¿Y no te parece triste que tarde treinta y cinco años en restablecer esa conexión y darse lugar a sí misma, aceptar quien ella es?

-Me parece que son los tiempos normales.

-Me exaspera lo que decís.

-Porque sos muy joven. Antes de los cuarenta y pico no lo podés ver. Como esta mujer.

-No es normal que te tome treinta y cinco años aceptar tu sexualidad.

-Porque la amplia mayoría de las personas son heterosexuales. Pero las homosexuales tardan mucho tiempo en aceptarlo. Por suerte el tema ha evolucionado. Hace cincuenta años no tenían ninguna posibilidad de blanquearlo, hace treinta fue el caso de tu amiga, y hoy la gente lo reconoce bastante rápido. Sin embargo, muchos de los grandes temas de la vida, desde la vocación al amor verdadero, toman décadas en que podamos conocerlos. Los chinos dicen que a los sesenta años uno más o menos entiende quién es y qué vino a hacer a este mundo. No mucho antes.

-Qué increíble…

-Por eso es tan importante tener expectativas realistas. De lo contrario, le pedimos a la vida lo que no puede darnos. Queremos saber a los 18, a los 30 o a los 40 cosas que iremos conociendo lentamente. En la medida que estemos abiertos todo se nos irá revelando, a su tiempo y a su forma. Si en cambio, pensamos que ese proceso tiene que estar mayormente resuelto ante de los treinta años, nos frustramos y sufrimos mucho e innecesariamente.

El silencio fue cayendo por su propio peso.

-¿Entonces tengo que ponerme contento porque esta mujer a sus cincuenta años puedo aceptar su homosexualidad?

-Me parece que sí. Fue afortunada en conocerse a sí misma y aceptarse, en un lapso mas o menos lógico.

-Treinta y cinco años…

-Un tiempo razonable, – cerró el Maestro con una sonrisa.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Cuánto tiempo lleva empezar a conocerse uno mismo?

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Ideas equivocadas, Madurez, Sufrimiento

No nos basta con ser amados; queremos ser los únicos amados

-Estoy anonadada.

-¿Por qué?

El diálogo ocurría entre una mujer de cuarenta años y su tía de sesenta largos.

-Hoy veía en la televisión las grabaciones de la pelea entre una de las mujeres más hermosas del país y su marido. Ella le gritaba reprochándole todas las infidelidades cometidas. Parece que el esposo tiene más amantes que un jeque árabe.

-¿Y qué te sorprendió tanto?

-Por un lado, me parece lamentable que difundan el audio de una pelea matrimonial. Más allá que ella sea una celebridad, es una discusión como la que puede tener cualquier pareja, y me parece una vergüenza que por un poco de rating no se preserve a las personas. Esto no es libertad de expresión; no es algo que la sociedad necesita saber porque es un asunto de Estado. El periodismo no tiene límites; debiera cuidar un poco a las personas, a las familias. Este matrimonio tiene varios hijos…

-¿Y esto es lo que te dejó anonadada?, -preguntó la tía.

-Lo que me dejó helada fue que el tipo tenga varias amantes siendo que está casado con la mujer más linda y sensual de nuestro país.

¿Eso te sorprende?

Después de un breve silencio, la sobrina contestó.

-En cierto sentido no, porque a mis cuarenta años he comprendido que los hombres son mujeriegos por naturaleza.

-¿Y entonces?

-Me llama la atención que teniendo la mujer más sensual y hermosa en casa necesite otras.

-Creo que lo que decís parte de un diagnóstico equivocado.

-A ver…

-Los hombres no se acuestan con otras mujeres porque su esposa es gorda. Tienen amantes por las más diversas razones. Nosotros solemos juzgarlas frívolas y superficiales, y en cierto sentido lo son. Sin embargo, lo banal de las motivaciones no es lo importante. Tenemos dos cerebros distintos y nos cuesta entender al otro género.

-¿Y cómo decís que es el género masculino?

-En mi vida he observado que los hombres se acuestan con otras mujeres por placer, obviamente. Pero también para calmar su ansiedad. O porque tienen un espacio de intimidad y no juzgamiento que no encuentran en sus casas.

-Eso a mí no me pasa.

-Eso creés vos… Es natural que no puedas hablar de todos los temas con tu marido. Es muy difícil hablar de asuntos que nos implican. Al ser difíciles, uno los evita para escaparle al conflicto. Sin embargo, necesitamos hablarlos con alguien.

-Y vos decís que en el caso de los hombres ese diálogo ocurre antes de coger con la amante.., -dijo la sobrina con sarcasmo.

-Por ejemplo, -fue la simple y contundente respuesta de su tía. -Pero también se acuestan porque necesitan adrenalina, ya que para ellos es algo instintivo. Así como a los cazadores les gusta colgar en el living los trofeos o las fotos de los animales cazados, los hombres necesitan conquistar la mayor cantidad de mujeres posibles.

-Los justificás como si fueran animales, -protestó la sobrina.

-Es que somos animales… Solo que tenemos un cerebro y un espíritu. Pero nunca al punto de creerlos tan evolucionados que eliminen al animal que también somos.

-Pero yo no soy así.

-No, claro… sos mujer.

Observando que el mal humor dificultaba el diálogo, la tía decidió moverse en otra dirección.

-El tema central es que anhelamos ser únicos. Y ese es nuestro pecado original.

-No entiendo, -dijo la sobrina que seguía fastidiada.

-No nos conformamos con ser amados, sino que pretendemos ser los únicos amados.

-No siento que sea mi caso.

-Obviamente; si pudieras reconocerlo, sufrirías menos. Cuando registramos nuestras sombras, éstas pierden fuerza sobre nosotros.

-Sigo sin entender; vos me estás diciendo que debiera estar contenta con sentirme amada por mi marido, y que no me preocupe si él ama -y de paso se coge- a cuanta mujer quiere?

-Estás tan irritada que se resulta difícil conversar, -dijo la tía con delicadeza.

La sobrina acusó el golpe y decidió bajar dos cambios.

-Salgamos un poco del tema de la sexualidad porque es muy irritativo, -propuso la tía. -El caso es que aunque no lo veamos o estemos dispuestos a reconocer, queremos ser los únicos. Eso nos viene de nacimiento. El bebé no quiere que la mamá se distraiga. No solo queremos ser amados sino que exigimos ser los únicos amados. De esa situación se desprenden casi todas las aberraciones humanas.

-¿A qué te referís?

-¿Qué es la búsqueda de poder, de reconocimiento, de fama, sino el profundo anhelo de subsanar esa carencia? Nos pasamos la vida buscando esas cosas, en el afán de poder subsanar nuestras heridas. Sin embargo, esos caminos no nos llevan a donde esperamos…

-¿Y a dónde nos llevan?, -preguntó la sobrina con tono desafiante.

-A mayor frustración. Ni la fama, el reconocimiento, el poder o el dinero pueden darnos ese amor que buscamos. De ahí que los millonarios quieran seguir cosechando millones; los presidentes quieran ser reelegidos indefinidamente, y que los famosos estén dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de mantenerse en el centro del escenario.

Irónicamente, en el fondo de su corazón no tienen ni la paz ni la plenitud del amor, sino lo contrario. Ansiedad por tener que seguir manteniendo, con mucho esfuerzo, esa posición que lograron. Y angustia por temor a perderla, cosa que tarde o temprano siempre termina sucediendo…  Como verás, nada de eso tiene que ver con el amor.

La sobrina estaba pensativa y callada, procesando aquellas palabras. Después de un rato, preguntó:

-¿Y entonces?

-Tenemos que poder dejar atrás nuestra emocionalidad precaria. Ser capaces de ver que salimos de nuestra infancia sin ser amados y que nos pasamos toda la vida reclamando y buscando eso de la forma más alevosa o la más sutil. Pero en el fondo es siempre la misma búsqueda. Y por los mismos caminos equivocados que no pueden llevarnos a otro lugar que no sea el fracaso.

-¿Y cómo dejamos atrás esa emocionalidad precaria o infantil?

-Registrando. Reconociendo que no fuimos amados en forma perfecta, porque nuestros padres no lo eran. Dándonos cuenta que en un determinado momento llegamos a la conclusión, -equivocada por supuesto-, que la búsqueda de fama, reconocimiento, poder o dinero, nos daría ese amor que no tuvimos. Y después, despertando.

-¿Y cómo se despierta?

-Hay una historia muy buena de una persona que se encuentra con su enemigo. Empieza a escapar y pese a sus esfuerzos termina acorralado. Su rival está a punto de vengarse matándolo, y en tono desafiante le pregunta: -¿Y ahora? ¿Qué vas a hacer? La víctima le dice: -“puedo despertar”. Así lo hace, y la pesadilla termina. Nosotros podemos elegir despertar para no seguir perdiendo el tiempo y sufriendo en la búsqueda de caminos equivocados.

-Yo no sé si puedo soltar mis apegos, -dijo la sobrina con sinceridad. -Por ejemplo, y más allá que entienda tus palabras, no sé si podría soportar que mi marido me engañe.

La señora mayor escuchaba apacible. Con gran delicadeza, dijo:

-Dejemos el tema de la sexualidad de lado un rato porque lamentablemente es muy urticante. Lo importante es entender que si no soltamos nuestros apegos -la mayor cantidad posible-, será imposible que tengamos paz y por ende amor. A mayor cantidad de apegos a nuestras ideas acerca de cómo debe ser la realidad, más sufrimiento.

-Por eso es mejor despertar. La madurez es sinónimo de amor y nosotros fuimos hechos para amar. Solo que para hacerlo tenemos que ser maduros. Pero nos cuesta mucho porque en la infancia no recibimos lo que necesitábamos. Entonces nos pasamos la vida tratando de compensar,  ignorando que las compensaciones no compensan.

La sobrina escuchaba en silencio mientras su tía terminaba de exponer sus ideas.

-De ahí la importancia de crecer, madurar. Recién ahí podemos escuchar todos los problemas, hablar de todos los temas. Ya no reaccionamos como si el otro nos estuviera haciendo algo a nosotros, sino que entendemos que es su vida, su búsqueda, y que lo único que podemos hacer es conducir la nuestra lo mejor posible. Pero nunca tratar de organizar la de los demás en función de nuestras necesidades o carencias.

Después de un largo silencio, la sobrina volvió a la carga.

-¿Qué le dirías a la hermosa mujer engañada de la que te hablaba al principio? ¿Que el marido es un fenómeno?, -provocó.

-Para nada, -contestó la señora mayor con ternura. -La abrazaría mucho y le diría que su marido es inmaduro, como la mayoría de los seres humanos. Venimos a esta vida para crecer y madurar. Y lleva toda la vida. Le contaría que su esposo todavía no conoció algo superior que es un encuentro sexual que involucre la parte más espiritual del ser humano. Le recomendaría que tuviera paciencia porque es posible aunque no seguro que él crezca.

Y también, la estimularía a madurar. Su pareja no es el único inmaduro. Ella también pretende que todo el mundo se acomode a sus necesidades y eso no va a pasar nunca. Podrá elegir entre seguir sufriendo o soltar sus apegos.

-¿O sea que para que el mundo no tenga que acomodarse a nosotros, cosa que suena sensata, vos proponés que ella se acomode a su marido y al mundo…, -volvió a provocar la sobrina.

La tía sonrió con benevolencia.

-Vos lo llevás a un plano en donde gana uno o gana el otro. Y yo estoy hablando de otra cosa.

-¿De qué cosa estás hablando?

-Esa mujer puede hacer muchas cosas. En mi opinión, la única que no le recomendaría es que exija al otro que haga lo que ella quiere. No lo va a conseguir y sufrirán mucho todos. En cambio, puede comprender al otro y a sí misma. Decidir, si le resulta intolerable, emprender otro camino. Aunque debe saber que es muy probable que en el futuro se encuentre en la misma situación.

En la vida no hay soluciones tan mágicas como cortar el nudo Gordiano. Tenemos que aprender a transitar y convivir los conflictos. Si ella decide este camino y lo hace con amor, se abren muchas posibilidades. La primera y más importante, es su propio crecimiento. Y tal vez, su amor ayude a que su pareja madure. Pero eso no depende de ella por lo cual no debe especular ni ilusionarse. No es una inversión que realiza para que su marido cambie, sino un camino que decide transitar con amor. Y que el otro se haga cargo de su vida, sus decisiones y elija su propio sendero.

Sin mucho más que discutir, la sobrina sonrió.

-Sabias palabras, -dijo con gratitud.

-En síntesis, ama y haz lo que quieras. Ama, y después elegí con libertad. Siempre desde el amor y nunca desde la exigencia. Por los demás, y sobre todo, por vos misma.

Artículo de Juan Tonelli: No nos basta con ser amados; queremos ser los únicos amados.

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Exigencia, Ideas equivocadas, Madurez

La vida es gracia

– Estoy cansado.

– ¿De qué?

– Del ámbito en que me muevo. Toda gente de mierda.

– ¿Te referís es la humanidad, no?

– Veo que te has vuelto cínico…

– Solo observador de nuestra naturaleza humana, -explicó el Maestro.

– ¿Vos decís que no hay gente buena?

-Digo que somos todos seres humanos. Algunos han madurado un poco y hacen menos daño a los demás. Por otra parte, de las pocas cosas de las que estoy seguro a esta altura de mi vida es que no existe una realidad en la que yo soy bueno y la mayoría son malos. Eso no sólo es infantil, sino que no es verdad.

– Pero yo no soy un homicida…

– Es fácil creerse bueno cuando vemos la realidad en blancos y negros. ¿No tenés pecados?

La pregunta del Maestro lo desacomodó. Después de un breve silencio, dijo:

– No podés comparar…

-…Porque son los tuyos. Los pecados de los demás son siempre peores.

– No soy corrupto, no soy infiel, no  hago mal a nadie…

-¿Tan seguro estás que no hacés mal a nadie?

El silencio volvió a apoderarse del ambiente.

Para facilitar el diálogo, el Maestro optó por continuar.

– En el texto de la Biblia en donde iban a apedrear a la mujer adúltera, cuando Jesús intervino y los desafió con la célebre frase de “el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”,  los primeros en retirarse fueron los ancianos.

– ¿Y qué me querés decir?, -preguntó el discípulo con algo de mal humor.

– Que es natural que haya ocurrido así. Las personas mayores somos más conscientes de lo pecadores que somos. La infinita capacidad de manipular y de mentir. La corrupción estructural; las tentaciones que siempre están a la vuelta de la esquina y en las que uno puede caer en cualquier momento.

– Yo no soy corrupto, ni manipulador, ni me siento así.

– Sos lo suficientemente inmaduro como para no registrar tu propia oscuridad.

– ¿Acaso no hay personas luminosas?

– Sí, pero no son perfectas. Y también cometen barbaridades. Aquellos que intentaron hacer de esta tierra un paraíso son los que la convirtieron en un infierno. ¿O pensás que las personas más monstruosas y deformadas no tienen una justificación y un sentido en su obrar? Hitler estaba convencido de que existía una raza superior, a la que él obviamente pertenecía. Y quería eliminar a todos aquellos que a su juicio eran imperfectos… No hace falta recordar las consecuencias de su conducta…

– Honestamente no me siento alcanzado por lo que decís.

-Tenemos muchos pecados. Y todos podemos perdernos, y extraviarnos muy mal en cualquier momento. El primer signo de madurez y sincera humildad es tomar conciencia que uno siempre está a punto de perderse.

-¿A qué llamás perderse?

-A equivocar el camino. Nuestro egoísmo, nuestro individualismo, hasta nuestro instinto de supervivencia nos alejan del camino.

-¿A qué camino te referís?

-Al de la verdad, el bien, lo que es bueno.

-Estás más místico que nunca…

-En el fondo a todos nos ha faltado amor, y nos pasamos la vida tratando de ser mirados por todo el mundo, tratando de ser importantes, de acumular dinero o poder, de salvarnos… ¿De qué intentamos salvamos? Del destierro afectivo, de que no nos miren, de que no nos quieran…

El discípulo permanecía en silencio.

-Hasta cierta edad, pensamos que podemos eliminar nuestros pecados y vulnerabilidades solo por decreto. Que basta una orden de nuestra mente para que desaparezcan. A los veinte años entramos en una primera madurez al registrar que nuestra voluntad no lo puede todo. Y así seguimos con algunas pocas crisis grandes durante una o dos décadas. Finalmente un día nos damos cuenta que muchas de esas cosas que corregimos están ahí. Presentes e incólumes o reprimidas y acechantes. Pero no se corrigieron. Hombres que se quieren acostar con cuanta mujer se les cruza. Mujeres que aspiran a lograr una seguridad o un amor perfecto que ellas mismas no tienen. Personas que quieren confort o reconocimiento o cambiar una vida que los tiene aburridos o secretamente deprimidos porque no va a ningún lado… Todo campo fértil para infinitas manipulaciones que nadie está dispuesto a reconocer. En el fondo, el problema es que aunque lo niegue, cada uno se siente el centro del universo. Y hay una enorme incapacidad de poder levantar la cabeza y ver, registrar, reconocer al que tenemos enfrente…

El discípulo procesaba aquellas palabras sin atinar a decir algo. El Maestro prosiguió.

-A cierta edad tomamos conciencia que nuestras conductas y pecados se estructuran. Que por más que las cambiemos, regresan. Son parte nuestra. Nos enteramos que la botonera de nuestro control tiene varias teclas que no funcionan.

-¿Y entonces?

-Hay que buscar más profundo, aceptando con amor como somos.

-¿Individualistas, manipuladores, egoístas?

-Tenemos que aprender a ser capaces de ver eso con ternura. Como son características que no nos gustan, las tapamos, las negamos. Pero están ahí, agigantadas detrás de nuestro rechazo. Si en cambio, pudiéramos verlas, reconocerlas con misericordia, ponerle palabras, estaríamos mucho mejor.

-Desaparecerían…

-Eso no lo sé. Probablemente no…

-¿Y entonces?, -protestó el discípulo.

-Es que aceptar algo para que cambie es no aceptarlo en absoluto. Es como si fuéramos inversores: pongo esto, para cobrar aquello. Y la vida no es un negocio. Es otra cosa.

-La verdad es que a esta altura ya no sé qué cosa es…, -dijo el discípulo con cierta resignación.

-Eso es bueno. Peor sería tener una definición clara de lo que es. Así hay espacio para el asombro, el aprendizaje, la gracia.

-¿A qué te referís con la gracia?

-Que la vida es un regalo. Todo lo más importante nos viene dado. Por supuesto que nuestro esfuerzo es importante. Pero nunca al punto de confundirnos y creer que el universo gira gracias a nosotros. La mayoría de las personas estamos convencidas que nuestra propia vida funciona gracias a nuestro empuje.

-¿Y no es así?

-Definitivamente no. La vida sucede. Y la creencia de que somos tan importantes nos hace mucho daño. Nos presiona mucho llevándonos a creer que podemos hacer cosas que no somos capaces, lo cual nos frustra enormemente. Hay muy poca comprensión, y mucho esfuerzo para tratar de llevar adelante ideas…que suelen ser equivocadas. Por eso algún sabio dijo: “quiero más misericordia y menos sacrificios…”

El discípulo se emocionó al escuchar esa frase.

-Esas palabras ton tremendas…

-¿Por qué?

-Siento que mi vida está llena de sacrificio, y que tengo muy poca misericordia. Para conmigo mismo, y obviamente para con los demás.

-¿Y por qué creés que eso es así?, -quiso saber el Maestro.

-No lo sé.

-Debés estar convencido que tenés que “hacer” tu vida. Y la vida no es algo a “hacer”. Sucede. Es gracia. Solo podemos ir eligiendo entre los senderos que nos va presentando, aquellos que tengan más que ver con quienes de verdad somos. Y cuando nos damos cuenta que extraviamos el camino, que nos hace mal, con mucha delicadeza debemos buscar la forma de retomar a caminos más auténticos.

-Escucharte decir que la vida es gracia es liberador…

-¿De qué te libera?

-De la exigencia de tener que estar empujando todo el tiempo. Que es como yo concibo la vida…

El Maestro sonrió.

-Por otra parte, escucharte hablar de misericordia es como un bálsamo para el alma.

-¿Por qué?, -preguntó el Maestro.

-Porque detrás de mi exigencia hay tanto rigor y desprecio, que la misericordia es algo que puede curar, o al menos tratar bien a mi lastimado espíritu…

El Maestro sonrió nuevamente en silencio, sabiendo que cualquier palabra estaría de más.

Artículo de Juan Tonelli: La vida es gracia.

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Fachada, Madurez, Miedo

Miedo de mi mismo

Sintió miedo de sí misma.

Lo que había comenzado como una ligera transgresión se estaba convirtiendo en un abismo. Alicia había ingresado a un sitio de citas para personas que, estando en pareja y cansadas de la rutina, deseaban tener una aventura.

Después de unos minutos de ir mirando perfiles de potenciales candidatos, se asombró de sí misma. En forma rápida y precisa analizaba quién valía la pena y quién no. Procesaba posibles amantes con la velocidad de una computadora. Miraba la altura, el peso, la condición atlética y en caso que pasara esos tres filtros, evaluaba el nivel de transgresión que transmitía. Por último, la calificación que le daban otras personas con las que se habría revolcado.

Sin tener mucha conciencia de la velocidad a la que se estaba transformando, después de una hora se sentía como una ludópata que no podía parar. No es que se los quisiera coger a todos porque había insípidos, gordos, ordinarios y debiluchos. Pero también existían decenas a los que deseaba con desesperación.

Al registrar el estado en el que se encontraba, se angustió. Sintió culpa por estar en un sitio de citas para aventuras extramatrimoniales. También experimentaba miedo, al sentir que estaba perdiendo el control de sí misma, sin saber a dónde terminaría.

¿Veinte años de un buen matrimonio con hijos, un lindo trabajo y una buena vida podían entrar en crisis por tan poco? Percibir que su fragilidad la estremeció.

Pensó en cerrar la página y exorcizar sus demonios. Pero decidió transitar el camino del medio. Ni hacer cualquier cosa, ni seguir reprimiendo. ¿Cuál sería su olla a presión? ¿Veinte años teniendo sexo con la misma persona? ¿Una vida buena y ordenada que seguiría transcurriendo igual hasta que ella fuera grande y por ende, incapaz de intentar cosas nuevas?

Miraba las fotos de los hombres que publicaban, o las descripciones de aquellos que mantenían un anonimato. Sentía oleadas de emociones primitivas que surgían de lo más profundo de su ser. Quería acostarse con dos a la vez, y poder probar a muchos de esos hombres que estaban ahí, ávidos de placer como ella. Oscilaba entre la calentura y la angustia de perder el control.

Sintiéndose como poseída por el demonio, extrajo su tarjeta de crédito y cargó sus datos en la página web, para poder utilizar herramientas exclusivas que eran pagas. Antes de apretar la tecla “Enter”, cayó en la cuenta que su marido recibiría el extracto de los gastos en donde aparecería aquél sitio. Incapaz de frenar y determinada a seguir adelante de cualquier forma, sacó la tarjeta de su trabajo, en donde llegado el caso, sería más fácil explicar lo sucedido.

Tan pronto terminó de cargar los datos con la tarjeta corporativa, un rapto de conciencia la detuvo. En otro impulso cerró la página sintiendo todo tipo de emociones contradictorias. Por un lado, experimentaba una enorme frustración al no poder acostarse con algún hombre esa misma noche. Por el otro, la tranquilizaba saber que su familia y su vida tal como eran, estaba a salvo.

Intentando despejarse abrió su casilla de correos electrónicos. Encontrar dos emails de la empresa de citas le heló la sangre. Aunque no hubiera cargado los datos de su tarjeta de crédito para acceder a herramientas premium, había tenido que registrarse. Borró aquellos dos correos rápidamente, y los marcó como spam para que no volvieran a aparecer en su bandeja de entrada.

Se asombró de sí misma al ver como pasaba de un extremo al otro con tanta rapidez. En ese momento se sentía como si quisiera erradicar todo vestigio de lo que había sucedido. Irónicamente, su sexualidad seguía en llamas.

Se acostó al lado de su marido que, ajeno a todo aquél submundo, roncaba. La mente de Alicia seguía girando a doscientos kilómetros por hora. Imparable, empezó a tocarse con desesperación, hasta que en silencio, acabó dos veces.

Instantes después de su último orgasmo su mente ya había encontrado un nuevo equilibrio. Todo el episodio había quedado atrás. Si en aquél momento hubiera ingresado en aquella página web, habría tenido otra distancia con todo. Ningún hombre la habría desestabilizado. ¿Qué era ella? ¿Una hembra en celo, que tan pronto acababa recuperaba una racionalidad que instantes antes era totalmente inexistente?

Intentó tener una mirada compasiva sobre sí misma. Comprendió que si bien no era una hembra en celo, era una mujer como cualquiera que por más que presumiera de ser racional, cargaba con impulsos cuasi animales. Tan poderosos e incontrolables que eran los responsables de que en pleno siglo XXI la población siguiera creciendo. Si el sexo no distorsionara el cerebro, haría buen rato que la especie humana se habría extinguido.

Reflexionó sobre el miedo a sí misma. ¿Estaba bien? Se dio cuenta que tener miedo no estaba ni bien ni mal; simplemente ocurría. Percibir todas las pulsiones que salían de su interior era algo positivo. Claramente, seguirían existiendo aunque ella las negara.

En el pasado habían sido obturadas porque considerarlas impropias para una mujer decente como ella. Pero esta noche se había enterado que todas esas emociones e impulsos se encontraban ahí, apretujados e intactos, peleando por salir.

Se preguntó si sentir todo eso la convertía en una puta. O si era solo un ser humano, al que los dictados de la cultura le amputaban una parte de sí. Pudo percibir la gran inestabilidad que producían todas esas emociones y sentimientos bloqueados. Comprendió que era mucho más sano abrazarlos que reprimirlos.

¿Cómo seguir? No encontró respuesta a esa pregunta. Tuvo la convicción de que debía recibirse a sí misma. Después de todo, ya estaba grande para seguir tratándose con tanto rigor. Optó por abrazar a su ser, recibirlo, y darle total libertad de expresión.

Mucho más tranquila, volvió a tocarse, tuvo un tercer orgasmo y se durmió.

Artículo de Juan Tonelli: Miedo de mi mismo

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Aprendizaje, Madurez, Sufrimiento

¿Te apoyás o boicoteás?

“-Gracias por bancarme, pa.”

-La verdad que esa frase de mi hijo me mató.

-¿Por qué?

-En primer lugar, porque lo sentí conmovido a él. Con la confianza y la paz de saberse apoyado. Por otro lado, no pude evitar pensar todas las veces que habrá necesitado que lo apoyara y no lo hice.

-Cómo cambiamos las personas cuando nos apoyan…, -reflexionó el Maestro en voz alta. -¿Y por qué antes en situaciones parecidas no lo apoyabas?

El discípulo se quedó pensativo. -En parte, porque tenía un fuerte condicionamiento cultural acerca de cómo debía educar a un hijo. Esas ideas disparatadas que nos van inculcando acerca de los límites que hay que ponerle a un chico para que crezca. Y no es un tema menor, porque es imposible llegar a buen puerto si uno tiene un mapa errado.

-¿Cuál era el caso concreto, si es que podés contarme?, -quiso saber el Maestro.

-Su dificultad para dormir. Desde su año y medio de vida demandaba vigorosamente que se quedaran con él para dormirse. Yo no quería porque me habían dicho que era bueno dejarlo para que aprendiera a dormir solo. Cuanto más se enojaba él, más me enojaba yo, y terminaba encerrándolo en el baño, y a veces a oscuras.

-Buena pedagogía la tuya…

-Un pelotudo tremendo! Lo peor, es que estaba convencido que eso era lo correcto aunque en ciertas oportunidades se me fuera la mano.

-¿Qué pasaba cuando lo sacabas del baño oscuro y lo volvías a poner en su cama?

-Recuperaba cierta tranquilidad. Lentamente iba regularizando su respiración y pulso cardíaco, que estaban por las nubes mientras estaba encerrado a oscuras en el baño. Obviamente, aceptaba resignado quedarse en su cama sin protestar.

-¿Vos pensabas que estaba aprendiendo algo?

Al discípulo se le llenaron los ojos de lágrimas. -En aquél momento estaba convencido de estar educándolo, y que él estaba aprendiendo a dormir solo, como debía ser. Hoy sé que mi represalia era una barbaridad.

-Y que tu hijo no asimilaba lo que vos creías que aprendía… En todo caso, reprimía su miedo, y sobrevivía a aquella situación que lo asustaba mucho, para evitar desencadenar una aún peor como era ser encerrado en un lugar oscuro cuando ya estaba angustiado…

El discípulo asintió emocionado.

-Al principio me diste a entender que no habías apoyado a tu hijo por dos razones. Explicaste una, la de las erróneas creencias con las que pensabas que debía ser educado un niño. ¿Cuál era la otra?

-La otra también es muy dolorosa. ¿Cómo iba a apoyar a mi hijo sino me apoyaba a mí mismo?¿Cómo podría contenerlo, si era absolutamente incapaz de contenerme a mí mismo?

-¿En qué asuntos no te contenías o apoyabas?, -indagó el Maestro.

-En todo lo importante. Era mi peor enemigo. Implacable. Desvalorizador. Siempre encontrándome todos mis fallos y maldiciéndome por no haberlo hecho bien. Alimentando la idea de que nunca aprendería, que era un fracaso viviente. Y mientras tenía ese sentimiento y convicción interna, trataba de inventar y sostener un personaje que era todo lo contrario. No quería mostrarme como alguien fracasado, sino exitoso. Nada de ser una persona que cometía muchos errores, sino alguien impresionante. Desde ese lugar para conmigo mismo era imposible, no digo apoyar, sino mínimamente empatizar con mi hijo…

-¿Y qué te pasó que te permitió empatizar con vos mismo y apoyarte, para luego hacerlo con tu hijo?

-Sufrí, -fue la contundente respuesta del discípulo.

-Te felicito, por tu respuesta. Sufrir es algo inevitable, pero puede ser algo buenísimo.

-¿Por qué solo decís que puede ser en vez de decir que es?

-Porque en la vida, sufrir es inevitable. Pero crecer es siempre optativo. Igual, sufrir es como tener que volver a repetir una materia en la facultad. Sino aprendemos, la vida nos hará volver a cursarla tantas veces como sea necesario para que aprendamos.

-Eso es una visión muy positiva de la vida. Según lo que decís, siempre terminaremos aprendiendo, sea más tarde o más temprano. Sin embargo, veo gente grande que pareciera no aprender nunca. Sigue con sus mismos pecados a los ochenta años. Divas que continúan haciendo esfuerzos sobrehumanos por mantenerse en el centro del escenario aunque se caigan a pedazos. Dirigentes, que a esa misma edad siguen corrompidos y corrompiendo como si alguien octogenario necesitara más dinero o fuera algo prioritario para esa etapa de la vida…

-La vida siempre nos dará oportunidades. Siempre. Tal vez no las que nosotros queremos; seguro las que necesitamos. Pero volvamos a vos. Me gustaría retomar la idea de lo importante que es apoyar a alguien. Y que el primero de todos los apoyos, debe ser hacia uno mismo, -dijo el Maestro. -¿Qué pensás que le pasó a tu hijo cuando pese a tener más de diez años, aceptaste con alegría y misericordia que duermiera en tu cama?

-Se produjo un milagro.

-¿Cuál?

-Que había lugar para ser. Para expresar los miedos. Que no estaba solo. Que alguien lo entendía, acompañaba, ayudaba. Que habría solución, y por ende, había esperanza.

-¿Cómo pensás que sería tu vida si tuvieras lugar para ser; para expresar tus miedos, debilidades y limitaciones? ¿Si supieras que alguien te entiende, te apoya, te ayuda? ¿Si sintieras que pese a no saber cómo se resolverán las cosas, confiás en que se resolverán, y en que no te faltará amor para poder atravesarlas?

-Sería increíble. Y no desde una mirada resultadista o del éxito, sino desde la propia plenitud, la confianza, la paz.

-Así como está la milenaria ley de no hacer a los demás lo que no nos gustarían que nos hicieran a nosotros,  te digo lo complementario: tratate a vos mismo como te gustaría tratar a los demás. En vínculos, no existe el afuera y el adentro. Nuestra relación con los demás es la misma relación que tenemos con nosotros mismos.

-Nunca lo había pensado.

-No hay felicidad mayor en la vida que ser bueno, compasivo, misericordioso, amoroso con uno mismo. Y después, ser así con los demás.

-Muchas gracias. Siento que es un largo camino. Seguramente exceda mi propia vida. Pero estoy feliz de ir transitándolo todo lo que pueda.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Te apoyás o boicoteás?

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Analfabetismo emocional, Exigencia, Ideas equivocadas, Madurez

El amor sana

-La verdad que ya no sé cómo manejarme con mi esposa.

-¿Por qué?

-Cualquier diferencia que pueda señalar con lo que ella plantea desencadena una pelea. La más mínima crítica u observación genera un terremoto porque calculo que ella se siente rechazada.

-José Kentenich decía:

“cuando no sepas qué hacer con tu niño, abrazalo…”

-Pero ella no es un niño; y somos grandes.

-Todos tenemos un niño herido adentro nuestro, que es quien reacciona así.

-¿De vuelta con la infancia?, -suspiró el discípulo algo fastidiado.

-Ahí se producen las principales heridas emocionales y la matriz afectiva que marcará nuestra vida…

-La verdad que la situación me cansa. Estoy intoxicado de comprender.

-¿Y entonces?, -provocó el Maestro.

-Nada, la verdad que no tengo claro el tema.

-Ella necesita sentirse recibida y validada en sus propios sentimientos.

-Y yo necesito poder dialogar. Sentir que puede escuchar y que hay lugar para intercambiar distintos puntos de vista, y ambos tratar de buscar una verdad común, aún cuando podamos no llegar a ella. Me resulta muy difícil empatizar con otra persona cuando solo hay lugar para lo que él piensa o siente.

-Pero de eso se trata la empatía; de ponerse en los zapatos del otro. No de explicarle que sus zapatos están mal, aunque lo estén, -disparó el Maestro.

-Creo que eso es válido en ciertos casos. Pero en una pareja, si siempre hay que estar dando lugar al otro, solo para evitar que se sienta herido, resulta imposible encontrarse. Y por definición, pareja es de a dos, no de a uno.

-El tema es que nuestra disociación siempre empieza en la infancia. Como por lo general no hay lugar para que digamos lo que sentimos, lo callamos. Con el tiempo, ni siquiera sabemos qué es lo que sentimos. Y solemos aturdirnos de actividades para no mirarnos. Detenernos podría llevarnos a conectar y registrar sentimientos negativos, que es lo último que queremos.

-Estoy harto de comprender.

-Podés separarte, -dijo el Maestro redoblando la apuesta.

-A veces lo pienso. Anhelo tener paz.

-Ese es una deseo genuino y lógico. Si anhelaras una vida sin conflictos te aconsejaría que no perdieras el tiempo.

-Es que no pretendo una vida sin conflictos; sería infantil. El tema es poder dialogar, escuchar al otro sin procurar cambiarlo, pero que también respete nuestro punto de vista aunque sea divergente.

-¿Y vos sos respetuoso del punto de vista del otro?

-Lo respeto íntegramente. Lo que no acepto es que me quieran imponer el suyo a mí, y menos a los martillazos.

-¿Por qué pensás que te lo quiere imponer?

-La verdad que no lo sé. Y tampoco me sirve de mucho entender que como en su infancia no hubo espacio para ella, ahora hay que tratarla como a un niño para evitar crisis.

-En el fondo, es igual a vos.

-No entiendo.

-Quiere ser aceptada. Poder ser tal cual es.

-Bajo ese análisis todos los seres humanos somos iguales.

-Y sí… Ahora; ¿vos pensás que ella o cualquier persona sanará a los martillazos, o por ternura?

-Creo que a veces es necesario que confrontemos con la verdad.

-Dicho en forma menos elegante, vos estás habilitado a usar el martillo pero ella no.

-…

-¿Qué alternativa tenés?

-No sé, contame vos que sos el Maestro.

-¿Cómo sería tu vida si te dijera que vas a poder ser como sos? ¿Que serás aceptado incondicionalmente?

El discípulo se derritió. Algún secreto lugar de su corazón anhelaba eso en forma desesperada.

-Creo que tendría otra vida… Sería maravilloso poder andar liviano, sin exigencias. Pero la aceptación incondicional no existe. Al menos entre los seres humanos; tal vez exista para Dios.

-Es verdad; sin embargo, nada te impide que te sientas aceptado incondicionalmente por la vida.

-¿Por la vida? Si me dijeras “por Dios” y fuera creyente, te lo acepto. Pero en forma abstracta no dice nada.

-Lo reformulo; ¿Te aceptás incondicionalmente a vos mismo?

El discípulo acusó el golpe.

-No, -dijo en voz baja. Pero trato de ir en esa dirección.

-Hace poco leí que el Dalai Lama visitaba un pueblo en donde habían encontrado un niño abandonado por su madre. El bebé fue salvado por unos perros, quienes lo protegieron y alimentaron. Increíblemente el chico sobrevivió, pero transformándose en uno de ellos. A sus seis años caminaba en cuatro patas, comía con la boca sin utilizar las manos que creía que eran patas… Una persona lo rescató e iniciaron un complejo proceso de rehabilitación. Cuando se lo presentaron al Dalai Lama, el niño estaba algo asustado. El sabio empezó a acariciarle la cabeza y el cuello como si fuera un perro. Obviamente el chico se puso contento, pero a los profesionales de la salud les parecía que la actitud del Maestro no ayudaba con la rehabilitación…

-Qué historia increíble!

-¿Vos qué pensas?

-Que hizo lo correcto. Un genio.

-¿Por qué?

-¿Qué iba a hacer? ¿Tratarlo como a un hombre que todavía no es? Mucho mejor darle afecto.

-¿Por que no vas y hacés lo mismo con tu esposa?, dijo el Maestro dando un golpe de knock out.

Artículo de Juan Tonelli: El amor sana.

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