infelicidad

Aprendizaje, Ideas equivocadas, infelicidad, sentido

una cosa es hablar de la muerte y otra distinta es morirse

-El pronóstico es malo.

Javier percibió con claridad que pese al esfuerzo del médico de edulcorar la situación, sus días estaban contados.

-Cuánto tiempo me queda?, -preguntó a quemarropa.

Sorprendido, el doctor continuó moderando sus respuestas.

-Uno, dos años…

Su tono transmitía que el tiempo real era mucho menor. Seis meses? Tres? Y cuánto de ese tiempo sería con una calidad de vida razonable, antes del desbarranco final?, se preguntó Javier.

Qué vida inútil, pensó. Todo el tiempo corriendo atrás de espejismos, para que a los cincuenta años y sin previo aviso, se termine el partido. Qué absurdo todo, se lamentó para sus adentros.

Inmediatamente apareció el recuerdo de sus hijos. Dos adolescentes a los que adoraba, y a quienes había prestado muy poca atención, por estar siempre trabajando. Cuántas veces lo habían invitado a jugar, y él les contestaba que esperaran un ratito mientras terminaba lo que estaba haciendo. Como era obvio, ese momento nunca llegaba.

Los chicos aprendieron que con el papá no se podía jugar. No era que ellos estaban en un mundo de fantasía; era él quien en estaba en un mundo de tensiones y seriedad. Y aunque ellos no lo supieran, más fantasioso. Ese solía ser el universo de los adultos. Las fantasías en los niños producían alegría; en los adultos, frustración.

Se emocionó al pensar en todos los besos que no les había dado cuando tenían tres o cinco años. Se le humedecieron los ojos al tomar conciencia de todos los abrazos no dados. Se había pasado la vida librando batallas en pos de objetivos que ahora se revelaban vacíos.

En una caída libre que parecía no tener fin, sintió melancolía al no haber seguido con su ex mujer. Por qué nos separamos si los dos éramos buenas personas, y no tan distintos el uno del otro?, -se lamentó. Por qué la vida puede ser tan cruel y sin sentido?

Con lágrimas en los ojos sintió la impotencia por no haberle dado a sus hijos una familia unida; la presencia de dos padres amorosos que se llevan razonablemente bien. Sería mucho pedir?

Vino a su mente su hija menor, quien no tenía recuerdos de sus padres juntos, ya que se habían separado cuando tenía un año. Tres años más tarde y al descubrir que su padre era una buena persona, con apenas cuatro años había tenido una idea excepcional:

-Papi, quiero que te pongas de novio con mamá, -le pidió, pensando que ellos nunca habían estado juntos.

Javier casi se muere de un infarto en ese entonces, y ahora también al recordar la situación. Nada más desgarrador que frustrar a un hijo cuando hace un pedido tierno y razonable.

Se dio cuenta que en estos instantes cruciales, no tenía un solo pensamiento referido a sus proyectos, que lo habían capturado en cuerpo y en alma. Cómo era posible?

Tomó conciencia que en la hora de la verdad solo importaban los vínculos. Los besos y abrazos que había dado, las conversaciones a corazón abierto que había tenido con sus hijos, algunos pocos familiares y amigos, y lo que había ayudado.

Era posible que se hubiera pasado la vida equivocado? Dónde había surgido semejante malentendido?

Tanto guerrear con su ex en pos de nada. Sintió ganas de pedirle perdón y abrazarla.

Recordó a las personas que había traicionado. La razón había sido siempre la misma: lograr sus objetivos, con un egoísmo que le impedía ver a quien tenía enfrente. Como si el premio por lograr superara al de conectar y encontrarse con otra alma.

El médico lo miraba compasivo, percibiendo el encuentro del paciente con su propio dolor.

-Esto es todo?, -preguntó Javier.

-Por hoy le diría que sí. En una semana definimos los pasos a seguir.

-No; -lo cortó Javier con una triste sonrisa. -Le preguntaba si esto era todo lo que la vida tenía para ofrecer.

Mientras el médico permanecía en un respetuoso silencio, Javier supo que la vida ofrecía mucho más, pero que los hombres solían ignorarlo.

-Por qué no me habré dado cuenta de esto, no digo a mis veinte, pero al menos a mis cuarenta años?

-No sé si le servirá de consuelo, pero por lo que me toca ver en este consultorio, los seres humanos aprendemos a vivir recién cuando nos estamos por morir, -dijo el médico con voz suave.

El paciente lo miró pensativo. Después de un largo silencio, le dijo:

-Entonces hágame un favor; deje su consultorio e invierta el tiempo de vida que le quede en contarle esto a las personas sanas.

-Lo he pensado muchas veces, -contestó el profesional mirando al piso. –Pero sé que no va a servir de mucho.

-Entiendo…

Después de unos instantes, Javier se paró para irse. –Me voy. Es la primera vez en mi vida, que realmente no tengo tiempo que perder.

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Fachada, Ideas equivocadas, infelicidad

marte y venus

-Te conté que me separé?

-No, no me dijiste nada…

-Hace cuatro meses llegué a casa tarde, como a la una de la mañana. Venía de estar con una amiga, como tantas veces. Y mi mujer me preguntó, también como tantas veces, “de dónde venís?”

Jorge escuchaba entre risueño y expectante. Guillermo tendría unos sesenta años, con treinta de matrimonio e hijos grandes. Había tenido mil aventuras de todo tipo, pero sin embargo, resistido. Su mujer, como pudo, bancó todas sus andanzas. Por qué se separaría ahora? A esta edad, con una vida hecha, y cuando las hormonas estaban en retirada? Cuál era el sentido?

-Y qué pasó?, -quiso saber Jorge.

-No resistía decir una mentira más. Cuando venía de encamarme con alguien, un millón de veces mentí diciendo que había tenido una reunión política. Nada más verosímil que mi trabajo. Pero esta vez no pude. No resistía una sola mentira más. Cumplí sesenta y no quiero seguir sintiendo una cosa y hacer otra.

Jorge se preguntaba cómo era posible llegar a esa edad tan disociado. Aunque mirando su propia vida, tuvo que asumir que a él y a casi todo el mundo le pasaba.

-Y qué hiciste? Le contaste que venías de coger?

Guillermo se rió. -No hizo falta. Simplemente le dije que así no podía seguir viviendo.

Su mujer comprendió. Qué iba a necesitar que le aclare? Pobre, habrá sentido una mezcla de emociones. Alivio, al no tener que seguir soportando situaciones de ese tipo y poder estar en paz sola. Angustia, al pensar que había pasado muchos años aguantando y no tenía sentido tirar todo por la borda a los sesenta.

Las preguntas irrumpían en su corazón. Tan grave era tolerar infidelidades? O acaso era otro mandato cultural de esos que solo servían para arruinarnos la vida? Por otra parte; tan malo era estar solo? Si uno se comparaba con la imagen de familias que muestran las publicidades, seguramente se sintiera un infeliz al no alcanzar el estándar de esa foto imposible. Pero era real o también era otra idea falsa diseñada para dejarnos siempre frustrados y sentirnos miserables?

-Me mudé al primer departamento que nos habíamos comprado, que justo dejó el inquilino, -continuó Guillermo. -Un dos ambientes chiquito que cuando llueve entra el agua. Pero así y todo estoy contento. De qué me sirve vivir en un palacio sino quiero estar ahí?

-Y a dónde querés estar?

-Por lo pronto, en lugar donde haya silencio. Paz. En donde no tenga que dar explicaciones, en donde pueda ser lo que soy.

Aquellas palabras de Guillermo iluminaron a Jorge. Quién no anhelaba poder ser lo que realmente era? No tener nada que simular, poder mostrarse tal cual era en su totalidad?

Jorge sintió cierta envidia de su amigo. De la libertad interior que tendría. También se imaginó solo en ese departamento un domingo otoñal a las cuatro de la tarde, y una tremenda melancolía lo invadió. Habría chances de ser libre estando en pareja? O eran objetivos excluyentes?

-Y en casa con tu mujer no podés ser lo que sos?, -disparó Jorge.

Guillermo se quedó pensativo. -Es evidente que no estoy pudiendo. Al menos los últimos quince años… Siempre estoy en falta. Pareciera que lo que mi mujer necesita yo no se lo puedo dar. Ella quiere que estemos mucho juntos, que hagamos actividades, que la contenga en todos sus problemas que en el fondo, siempre son afectivos. Yo en cambio, solo quiero que no me rompa las bolas! Mucho más modesto lo mío…

-Y en qué te rompe las bolas?

-Me hacés preguntas como si no estuvieras casado, como si no supieras de lo que hablo, -provocó Guillermo. -Me gustaría que ella acepte lo que le puedo dar, que creo que es mucho, y pare de intentar convertirme en algo que no soy. A mi me gusta mi trabajo, me gusta estar en silencio, encontrarme a cenar con amigos, estar con algunas amigas de vez en cuando…

Jorge escuchaba con atención. Se preguntó por qué sería tan difícil acercar esos dos universos que parecían irreconciliables. No había puntos de contacto? O el problema era exigirle a la pareja un estándar idealizado que no podía ofrecer?

Alguien decía que los seres humanos no éramos felices por la simple razón que nuestra mente no paraba de producir infelicidad. Cómo se producía esa infelicidad? Comparando la realidad con nuestras ideas acerca de cómo debía ser la realidad.

-Te colgaste, -dijo Guillermo.

-Una vez me filmaron jugando al fútbol. Hasta ese momento, pensaba que jugaba bien. De ahí en más, me di cuenta que era horrible. Lo interesante fue que mi juego no cambió, sino solo mi mirada. Con el tiempo pude entender la causa, -contó Jorge mirando el horizonte.

-Cuál fue?

-Yo estaba acostumbrando a ver imágenes de los mejores jugadores del mundo. Verme filmado a mí y compararme con ellos fue una y la misma cosa. Cómo hacer para no sentirme un desastre si inconscientemente me estoy comparando con la selección nacional?

-Y qué hiciste?

-Aceptar como juego. Me tomó bastante tiempo, pero solo cuando pude hacerlo de corazón, volví a disfrutar del juego. Y sin proponérmelo, también empecé a jugar mejor.

-Ese es mi camino. La verdad es que no sé si podré volver a estar con mi mujer o no. Para empezar, porque depende de ambos. Pero más allá de que ella quiera o no, de lo que estoy seguro es que no quiero volver al molde. No entro. Mi ser no entra en esa foto publicitaria.

-Ojalá puedan ver la realidad tal cual es y se encuentren en lo que sí tienen en común, pudiendo compartirlo, -dijo Jorge pidiendo la cuenta.

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