Incertidumbre

 La vida es incertidumbre. Por más que busquemos seguridades y certezas, todo es frágil y precario. Nuestro amor, el trabajo, la salud, la vida, todo puede cambiar en la próxima hora. Solemos negar esta realidad para poder vivir sin enloquecer. Hacemos como si la incertidumbre no existiera, y gracias a eso podemos enamorarnos, tener hijos, hacer proyectos. Pero la vida siempre irrumpe para mostrarnos que es arbitraria, misteriosa, cruel y maravillosa. Frente a la incertidumbre solo nos queda aceptarla como la característica central de la vida y aprender a convivir razonablemente con ella, sin pretender controlarlo todo.

Analfabetismo emocional, Incertidumbre, Miedo

¿Cuándo es momento de soltar lo que se fue?

Iván era tenía trece años y un futuro prominente como ciclista. Pese a su temprana edad, su vida transcurría sobre dos ruedas. Tan pronto terminaba el colegio, se iba al club en donde entrenaba toda la tarde hasta el horario de la cena.

Su familia lo apoyaba, sabiendo lo bueno que era el deporte, especialmente para una juventud amenazada por el sedentarismo, las pantallas, y las drogas. El deporte exorcizaba todo.

Su madre era contadora y su padre escribano, asegurándole a la familia un buen pasar. El campeón mundial era su ídolo, y utilizaba una impresionante bicicleta Cannondale, que era su amor imposible. Era tan cara que Iván no se animaba a pedírsela a sus padres.

Después de unos años de desearla, tomó la determinación de ahorrar para comprársela. Aunque la gesta era muy difícil, estaba decidido a lograrlo. Para peor, con una edad en la que no entendía los estragos inflacionarios, Iván enfrentaba un problema adicional: todos los billetes que atesoraba perdían su valor en un país con 40% de inflación anual.

Decidió evitar que sus padres oficiaran de custodios de sus ahorros. En el pasado, la falta de registros contables de algún tipo lo habían hecho perder todo lo que había juntado con tanto esfuerzo. No es que sus padres lo hubieran hecho a propósito, pero había ocurrido. Por ende y para evitar riesgos, optó por arreglárselas solo, aunque todo fuera muy cuesta arriba.

Más allá de algún dinero que pudieran regalarle sus abuelas, la gran oportunidad de ahorro ocurría los fines de semana. El dinero que le daban para almorzar y merendar en el club, era ahorrado en su totalidad. Iván desayunaba mucho antes de partir, bebía agua corriente durante todo el día, y regresaba famélico a su casa al atardecer, pero con toda la plata lista para ser guardada en el cajón de sus ahorros.

A su madre le llamaba la atención el hambre con la que Iván regresaba del club, aunque tampoco le prestaba demasiada atención al tema. Él, estaba contento por su determinación y fuerza de voluntad, y evitaba tomar siquiera una bebida durante todo el día. Con eso ahorraba un buen dinero y se acercaba al sueño de tener la misma bicicleta que el campeón.

Apenas empezó esta dinámica de ayunos ahorrativos en función de su sueño, ocurrió un hecho inesperado: un compañero de lo colegio lo invitó a hacer ala delta. Su padre era un entusiasta de ese deporte y llevó a ambos adolescentes al cerro desde el cual se arrojarían en un vuelo de doble comando.

El inicio no era para miedosos ni personas con vértigo: cargando el ala había que correr por una especie de muelle, en dirección al abismo. Una vez llegado al precipicio había que seguir corriendo hacia el vacío, y luego de una caída de pocos metros que duraba una décima de segundo y parecían una eternidad, la vela se tensaba y comenzaba el vuelo.

Ver todo Río de Janeiro desde las alturas era maravilloso: la vegetación de los morros, la playa, los edificios, el mar azul. Iván estaba conmovido por la experiencia. La vista, el aire pegando en la cara y en todo el cuerpo, y no escuchar más sonidos que el viento.

El riesgo y la posibilidad de matarse le producían una extraña fascinación. Ese flirteo con la muerte tenía algo especial. Sin embargo, el sentimiento dominante era el de libertad.

Él, que había creído que andar en bicicleta por rutas perdidas era la libertad misma, venía a descubrir que existía una actividad que le brindaba una sensación aún mayor.

Volvió a su casa sabiendo que algo se había modificado profundamente. Aunque no fuera consciente, algo había irrumpido tornando obsoleto a todo lo demás. Su vida, como la había conocido hasta entonces, había cambiado para siempre.

Durante esa semana fue a entrenar como siempre lo hacía, percibiendo que sus ganas ya no eran las mismas.

Al igual que enamorarse, el proceso podía llevar mucho más tiempo para ser comprendido que en desencadenarse.

Esos cinco días entrenó normalmente aunque ya nada era lo mismo. El dilema se presentó el fin de semana cuando Iván quiso ir a hacer ala delta nuevamente. Contrariado, casi culposo, le preguntó a su amigo si podría acompañarlos. La realidad conspiraba a su favor y un rato después recorrían en auto los sinuosos caminos que los llevaban a la cima de la montaña.

Otro vuelo acompañado de un instructor y la experiencia de Iván empezaba a aclararse. Estaba fascinado con volar. Tan pronto regresó ese día fue a entrenar con su bicicleta sabiendo que algo no funcionaba. A la hora de la cena cayó en la cuenta que si seguía volando no podría comprarse la bicicleta que tanto anhelaba, dado que el derecho de vuelo y la clase con el instructor eran costosas.

Durante dos semanas convivió con una doble vida en la que volaba y entrenaba con su bicicleta. No poder ahorrar lo llenaba de frustración, así que optó por suspender los vuelos en ala delta y así juntar todo el dinero que necesitaba para comprarse el rodado.

Aunque el hecho de no volar le producía cierta melancolía, su determinación en pos de un objetivo ordenaba su vida. Todo había vuelto a la normalidad e Iván entrenaba ciclismo rigurosamente seis días a la semana, ahorrando un buen dinero los fines de semana.

Grande fue su decepción cuando después de varios meses fue a comprarse la bicicleta con todo el dinero ahorrado. El país atravesaba una profunda crisis económica y la devaluación de la moneda había disparado el valor del dólar y por ende, el de su tan ansiado sueño. Frustrado, volvió a su casa determinado en seguir ahorrando hasta poder comprarla.

Así pasaron los meses y la frustración se repitió tres veces más. Cada vez que Iván juntaba todo el dinero necesario para comprar la bicicleta, ésta subía de precio.

Finalmente llegó el día en que todos sus esfuerzos rindieron sus frutos e Iván pudo comprarse la bicicleta. Volvió andando con ella a su casa y se fue a probarla a la ruta, magnánimo. Se sentía alguien importante. Tenía la misma máquina que el campeón, y con ella andaba mucho más rápido.

Esa noche la bicicleta quedó al lado de su cama, como si fuera el amor de su vida.

El aladeltismo parecía haber quedado atrás y los días siguientes, Iván utilizó su nueva bici sin parar. Como si todas las emociones que le había generado volar hubieran desaparecido sin dejar rastro.

Pero la amnesia emotiva duró cinco días. Al llegar el fin de semana Iván registró que ya no necesitaba seguir ahorrando. Ahora podía almorzar y merendar en el club sin problemas, comprarse las bebidas y dulces que deseara. O también, pagar el derecho de vuelo y contratar a un instructor.

Aquél pensamiento subversivo empezó a dejar al descubierto que el ciclismo ya era parte de su pasado. Aquél sábado Iván fue a volar y luego de hacerlo, no quiso volver a entrenar. Se pasó la tarde mirando cómo volaban, tratando de aprender.

El domingo ocurrió lo mismo, y algún sentimiento de culpa atravesó el corazón de Iván. Como si le fuera infiel al ciclismo. No obstante, se dio cuenta que entonces lo único que deseaba era volar y esta vez no estaba dispuesto a abandonarlo.

Sin darse cuenta, el aladeltismo capturó toda su vida, como si tomara revancha por lo que había sido reprimido. Era su momento soberano y deseaba demostrarle al ciclismo y a cualquier otro desafiante que él era el gran amor de aquél adolescente.

En pocos años, Iván se convirtió en campeón nacional de todas las categorías de menores, y el ciclismo no fue más que un hermoso recuerdo. La nueva bicicleta Cannondale juntaba tierra en el garage.

Veinte años después, la madre de Iván lo llamó para preguntarle qué hacían con la bicicleta. Él fue a la casa de sus padres y entró al garage. Tan pronto vio las cubiertas sin desgaste alguno, o el nylon protector del asiento que nunca había llegado a sacar, se conmovió. Inerte, la Cannodale era un monumento al sinsentido, un testigo silencioso de la decisión de aferrarse a lo que ya había dejado de ser.

¿Podía juzgarse por haber intentado cumplir su sueño de tener la bicicleta del campeón mundial? ¿Cómo había sido incapaz de registrar que dejar de hacer lo que le encantaba nunca tendría sentido? ¿Pero era acaso la pregunta?

Pasaron otros años hasta que Iván pudo elaborar algunas respuestas a esos interrogantes. Los hombres podían vivir experiencias tan intensas que impedían ser comprendidas hasta muchos años después de haberlas vivido. Como si las emociones generaran una inundación en el cerebro, impidiendo el razonamiento lógico más elemental, y ser capaces de ver lo evidente.

En todo caso, la pregunta clave era registrar cuándo la vida había cambiado y uno debía dejar atrás el pasado. Aún en experiencias muy fuertes, el ser humano tendía a aferrarse a lo conocido por una mezcla de emociones: miedo al futuro, tristeza por la pérdida, angustia por la incertidumbre.

¿Cómo hacer para saber cuándo el presente se había tornado en pasado obsoleto y uno debía soltarlo? Ese proceso, a veces podía llevar años de evolución, pero también podía ser un solo fatídico instante, como un romance furibundo o la experiencia del ala delta.

Iván comprendió que era imposible saber cuándo era el momento justo de soltar. No era brujo ni adivino. En todo caso, el desafío era estar lo suficientemente conectado consigo mismo para enterarse lo antes posible cuando la vida había cambiado, y así evitarse los colosales costos de seguir aferrado a algo que había muerto.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Cuándo es momento de soltar lo que se fue?

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Incertidumbre, Vocación

Miedo a jugarme

Lo que había comenzado como un diálogo empático se había transformado en una frustración.

-Pero me estás limitando, -se quejó la discípula.

-En la vida siempre hay límites, -respondió el Maestro con ternura.

A la joven se le llenaron los ojos de lágrimas. El Maestro la abrazó, conectando con su dolor. ¿Qué era madurar, sino registrar las limitaciones? ¿Y qué podía hacer hacer él? ¿Mentir, pretendiendo evitarle un dolor que luego la vida mostrara en forma más dura?

Las lágrimas de la joven certificaban que se trataba de un asunto importante. Como si caminara en puntas de pie, el Maestro intentó aproximarse al tema.

-¿Por qué llorabas?

-Yo sé que actuar es mi pasión, pero también quiero formar una familia, y tener un estilo de vida. Y es casi imposible vivir siendo actriz. Solo muy pocas son tocadas por la barita mágica.

Era cierto que vivir de la actuación era difícil. Pero el Maestro tampoco pudo evitar preguntarse si las muchas posibilidades que le había dado aquella familia, no habrían terminado siendo un lastre.

-Es verdad que vivir como actriz no es fácil. Pero en la otra punta, acceder a un buen estilo de vida haciendo algo que no nos moviliza, es muy triste. Y entre esos extremos transcurre la vida.

-Es que no quiero morirme de hambre. Por eso pensé en estudiar periodismo, que es algo que me gusta y seguramente me permita vivir mejor.

-Es que eso tampoco es seguro…

Ella lo miró decepcionada.

-Creo que la clave es estar dispuesta a transitar un camino.

-Pero si sé que el camino no me va a llevar a ningún lado, ¿para qué transitarlo?

-¿Cómo estás tan segura que no te llevará a ningún lado?

-Porque lo logra una de cada mil…

-Ese es un análisis incompleto. No debiéramos elegir algo solo por la posibilidad de destacarnos. Lo que nos tiene que movilizar es la actividad en sí; probar, aprender.

-Es muy duro, y yo no quiero hacerme mierda.

-Preferís hacerte mierda ahora…

La joven volvía a estremecerse. Había enterrado este tema por ser algo imposible; pero volvía una y otra vez para recordarle que estaba bien vivo. El Maestro retomó:

-No quiero perder tiempo preguntándote por qué estás tan segura que no serás una gran actriz. Prefiero que me cuentes algo más simple: ¿cómo sabés a dónde vas a estar parada después de dos o tres años de hacer lo que te gusta? Salvo que lo hagas, nunca sabrás cuáles son las perspectivas y posibilidades que se tiene en ese camino.

-¿Qué podría variar? ¿Darme cuenta que me encanta y tener que dejarlo porque no puedo vivir de eso? Eso es justamente lo que quiero evitar.

-Cuentan que para salvarse, un condenado a muerte le prometió al rey que si le daba un año de plazo, le enseñaría a hablar a sus caballos. Luego que el intrigado monarca accediera, un amigo le preguntó al reo si se había vuelto loco. Éste le dijo: “-en un año pueden pasar muchas cosas. Puede haber una guerra o un terremoto; se puede morir el rey o morirme yo; y quien sabe, hasta es posible que los caballos aprendan a hablar. Y sino, al menos gané un año de vida…”

La joven escuchaba fastidiada. El Maestro continuó.

-¿No te parece un poco drástica tu decisión? Para no sufrir en el futuro, sufrís ahora. Pero podrías seguir un camino con corazón, aunque desconozcas a dónde te llevará. Si lo empezás, en algunos años pueden pasar muchas cosas, como que seas una gran actriz. O aún dándote cuenta que nunca llegarás a serlo, serás alguien que vivió y aprendió, y que tal vez pueda resignificar su vocación siendo productora, guionista, o representante de actrices… Conozco a alguien que cuando era niño quería ser un gran futbolista. Ya en la adolescencia se dio cuenta que nunca lo iba a ser. Entonces se propuso ser el presidente del club de sus amores. De grande, lo consiguió y fue el mejor de toda la historia, logrando un montón de títulos e incrementando notablemente el patrimonio de la institución.

-Es que a mí no me interesa. Solo quiero una cosa y es improbable que suceda.

-Entonces mejor ni empezar el camino.

-Creo que sí…

-Si estás tan en paz con tu decisión, ¿por qué se te llenan los ojos de lágrimas?

-Porque duele…

-¿Qué es lo que duele?

-No poder hacer lo que uno quiere. Vos me dijiste que siempre hay límites.

-Que haya límites no nos impide que elijamos transitar un camino que nos llama. Y aunque tal vez no lleguemos al lugar que desearíamos, no debiéramos dejar de recorrerlo. Aprenderemos muchas cosas durante el viaje; nos conoceremos a nosotros mismos, y tendremos la alegría de hacer algo que nos moviliza.

¿Y después? En su momento se verá. ¿Cómo saber cuál es la vista desde una montaña antes de haberla subido?

La joven sentía una gran dualidad. Resultaba irónico que estuviera peleando contra alguien que la empujaba en dirección de su sueño. Pero así eran los seres humanos. Los peores enemigos de sí mismos.

-¿Por qué llorás; por el tiempo que perdiste? ¿Creés que podrías haber empezado antes y que al haberlo evaluado y descartado hace algunos años, ya es muy tarde para hacerlo? ¿Te angustia pensar que fuiste vos la que dejó pasar el tren?

Ella permanecía en silencio con los ojos rojos y llenos de lágrimas. El Maestro podía percibir su angustia. A su vez, sorprenderse una vez más por los mecanismos defensivos de las personas que, tratando de protegerse del dolor, solo lo incrementaban.

-Es lógico que quieras protegerte del sufrimiento; ¿a quién le gusta sufrir? Pero tenés que saber que nuestros intentos de evitar el sufrimiento solo lo agigantan. Vos ahora tenés el mismo problema de un tiempo atrás, agravado por los años que desperdiciaste en tu vano intento de escaparle a la frustración. Pero tenés suerte; si tu tiempo se hubiera agotado tendrías un dolor enorme. Afortunadamente no es el caso y podrás recorrer un camino interesantísimo.

La joven parecía inconmovible.

-¿Querrías ser actriz porque te gusta actuar o para recibir un Oscar en la alfombra roja de Holywood?

La cara de la chica corroboraba que aquella pregunta tenía algo de verdad.

-Aunque me encantaría, ser una estrella de Holywood no es determinante. Sí querría poder vivir bien.

¿Tanto podía condicionar a alguien el estilo de vida? El Maestro intuía que el problema central no era ese, sino la errónea idea que la vida era una línea recta.

Consciente de lo limitadas que podían ser las razones y las palabras, el Maestro se dispuso a abrazar a la joven. Sin embargo, ella no quiso.

¿Quién podía aceptar un abrazo cuando estaba rechazando la vida? Resultaba paradójico cuando todo aquel que estuviera peleado con la vida necesitaba un abrazo con desesperación.

El Maestro le tomó la mano, acariciándosela con el dedo índice. Luego le dijo:

-La vida no te va a dar las certezas que buscas. Pero te ofrece caminos. Y recordá que nuestro camino lo vamos encontrando mientras caminamos. No es una ruta que definimos en un mapa sentados en el escritorio. Acá las cosas no funcionan así. Y no es que no haya mapas. Es que los mapas de otros no sirven. Y el nuestro, solo podemos descubrirlo mientras caminamos.

La joven suspiró.

-Ponete en marcha. Empezá un camino que sientas. No pases más tiempo buscando el camino perfecto. Ese sendero no se encuentra en tu cabeza, sino que será una mezcla de mente y corazón. Lo conocerás andando y en dos o tres años estarás en lugar imposible de visualizar ahora.

-Tengo miedo de salir lastimada.

-Eso se llama miedo de vivir. La vida siempre nos lastima. Mucho. Pero también nos sana y nos puede colmar de sentido. Seguí tu corazón sin por eso perder la cabeza. Pero una vez que escuchamos un llamado, no podemos desoírlo. Seguí el camino a fondo. Ya sabrás cuando sea momento de parar, reflexionar, y ver por donde seguir.

-¿No es demasiado tarde? Perdí mucho tiempo…

-Nunca es demasiado tarde para permitirnos ser quienes en verdad somos. Y todos nos tomamos mucho tiempo para animarnos a seguir nuestro camino.

Sin aquel enorme peso encima, la joven pudo abrazarlo.

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Ansiedad, Aprendizaje, Ideas equivocadas, Incertidumbre

Vamos viendo

Vivimos planificando, como si la vida fuera una autopista asfaltada y previsible. La realidad es otra cosa. Bien compleja e impredecible. Está bien hacer planes porque nos da perspectiva y también una tranquilidad. Pero nunca al punto de pensar que esos planes podrán ser llevados a cabo en forma minuciosa. La vida es impredecible, cambiante, incierta. Planificar es tan importante como el arte de improvisar, de ser flexible, de poder adaptarnos una realidad que siempre es sorprendente.

-“Planifico cada una de mis peleas minuciosamente. Por supuesto que el plan dura hasta que me pegan el primer puñetazo en la cara. Ahí se terminan los planes, y empieza la pelea de verdad,” decía Mohamed Ali…

-Excepcional, -dijo el discípulo. ¿Pero estás haciendo apología de la improvisación?

-Para nada, -dijo el Maestro. Solo que la planificación está sobrevalorada.

-¿Por qué?

-Estimo que la presión viene de las ciencias gerenciales. Tanta exigencia en obtener resultados fuerza a inventar lo que no existe. O sea, está muy bien pensar como alcanzar un objetivo. Pero nunca al punto de olvidar que la realidad es dinámica y también mueve.

-¿Qué querés decir con que la realidad también mueve?

-Que es como un partido de ajedrez. ¿No sería absurdo que te pida de antemano que planifiques todas las movidas que vas a hacer? ¿Cuántas podrías anticipar omitiendo que tu rival también juega, y que sus intervenciones afectan tus planes? Imaginate un plan en el que vos decidís todas tus movidas, desde la primera a la última. ¿De qué sirve tu plan, si omite que el otro también juega?¿No es ridículo? Bueno, algo así pasa actualmente en las organizaciones.

-¿Vos decís que es solo presión capitalista, por así decirlo?

-Sí. Como la incertidumbre no vende, hay que ofrecer certezas. Por supuesto que son seguridades falsas, pero todos se quedan más tranquilos.

-Es que de lo contrario no inspirás a nadie; ¿qué les dirías? ¿Hagamos un viaje de pesca a ver si embocamos algo? Así no te va a seguir nadie.

-Entonces es mejor garantizar que vamos a pescar muchos tiburones blancos, -replicó el Maestro con ironía.

-Debiera haber un lugar entre ambos extremos, ¿no?

-Creo que el juego del ajedrez es un buen ejemplo. Uno puede definir la apertura que utilizará, y si será más agresivo, más conservador, o si buscará entrar por tal o cual lado. Pero el resto, es necesario ir evaluándolo en la medida que van ocurriendo ciertos hechos.

Un destacado gurú del management decía que era necesario pensar buenos planes B, C y D, porque el plan A nunca funcionaba. Cualquiera que ha vivido sabe esto como una verdad obvia. Sin embargo, insistimos en rigurosas planificaciones que subestiman o ignoran el peso de la realidad, en niveles absurdos.

-Creo que el tema pasa por el miedo. Planificar nos tranquiliza.

-No debiéramos perder de vista que son solo elucubraciones de nuestra mente. Uno puede tener un objetivo, pero de ahí a pensar que recorremos una línea recta hasta él, implica ser poco realistas, o infantiles. Por lo general lo más rico aparece durante el camino y ni siquiera tiene que ver con el objetivo original.

-Serendipidad.

-Ahora lo llaman así. Pero existió desde siempre. Arquímides con su ya célebre “eureka”, Alexander Fleming o el mismo Pasteur. De hecho, él sostenía que el mayor descubridor de la historia era el accidente. Gran verdad y certero golpe a la vanidad humana. Pero claro, no se puede “vender” un plan así, porque los accidentes, justamente, no se planifican. Suceden. Ahí no intervenimos. Mientras estamos nosotros a cargo, no pueden ocurrir. ¿Cómo perdemos nuestra tarjeta de crédito? ¿O cómo nos olvidamos una contraseña? No podemos forzarlo, ocurren cuando no estamos prestando atención ni haciendo nada al respecto. El asunto es que muchas veces también ocurren cosas buenas, y nosotros las ignoramos porque estamos concentrados en nuestros planes e ideas.

-Sí, claro. El tema es nuestra dificultad de lidiar con la incertidumbre, -insistió el discípulo.

-Totalmente. Pero sería mucho mejor aprender a relacionarse con ella que inventarse falsas certezas.  De todas formas, el tema importante no es cómo sobrevivir a una organización –sea un empleo, una institución sin fines de lucro, o un partido político-, sino comprender cómo funciona la vida.

-¿Y cómo carajo funciona?, preguntó el discípulo entre risas.

-En primer lugar, tenemos que parar de pensar para poder empezar. Solemos quedarnos paralizados por nuestros pensamientos. Y siempre es mucho mejor calzarse unas zapatillas y empezar a caminar.

-¿Pero si no sé ni para qué lado ir, como me voy a poner a caminar?

-Por la simple razón que nunca lo vas a averiguar si te quedás quieto. Así no funcionan las cosas.

-Parece otro alegato tuyo a contramano del mundo; además de no planificar, no hay que pensar…

-Es que están sobrevalorados. Hay que hacerlos y la vida es bien distinta para alguien que reflexiona que para alguien que no lo hace. Pero hemos hecho de ellos un culto, olvidándonos que la vida es ante todo, una experiencia. Así como no se puede aprender a nadar en un aula, no se puede vivir con los planes en Powerpoint.

-Entonces me pongo en marcha aunque no sepa ni para dónde ir, -provocó el discípulo.

-A veces es bueno detenerse, evaluar y luego ponerse en marcha. Pero por lo general, el problema es que estamos paralizados esperando una claridad que nunca llega. Por el contrario, si nos pusiéramos en marcha, el mismo camino nos iría mostrando por dónde ir y por dónde no. ¿Cómo se mueve a un elefante?

-Ni idea.

-Nadie la tiene. Tal vez trayendo un ratón. O tirándole de la trompa u orejas. O pinchándolo con un clavo. Uno va probando y va viendo.

-Por ahí se enoja y te ataca…

-Es preferible a quedarnos quietos pensando obsesivamente cuál será la acción perfecta. Igual, lo importante es estar abierto a la realidad. Como en el ejemplo del ajedrez, mover y luego esperar a que mueva el otro. Ya iremos encontrando el mejor partido a lo largo del juego.

-Podemos equivocarnos.

-Vamos a equivocarnos, -corrigió el Maestro con firmeza. Cuando tenía tu edad, pese a que me gustaba mucho el ajedrez, lo evitaba por temor a perder. Me estresaba a punto tal de no querer jugar siquiera contra una máquina cuya victoria no tendría consecuencias de ningún tipo para mí. Sin embargo, mi miedo a cometer errores era tan grande que me mantenía fuera del juego, que paradójicamente, me encantaba.

-Increíble.

-Debemos aprender a estar atentos a lo que el destino nos va presentando. Escuchar nuestro corazón. Y seguir caminando en ese estado de consciencia.

-Qué difícil tener una actitud tan leve y despreocupada ante la vida.

-Qué ironía que estar ligeros de equipaje nos resulte tan difícil.

-Es que la dificultad es justamente esa; la desnudez y vulnerabilidad con la que nos deja.

-Somos bien vulnerables. Hasta las personas y los sistemas políticos más poderosos de la historia han colapsado en forma estruendosa. Y esto no es un comentario paralizante; es comprender que no debemos buscar reaseguros, porque nunca resultan.

-Lo siento tan verdadero como difícil de aceptar.

-Alguien decía que no había casualidades sino destino. Que no se encontraba sino lo que se buscaba. Y esto, siempre estaba en lo más profundo de nuestro corazón. No buscamos cualquier cosa, sino aquella cuerda que nos hace vibrar el alma. Y cuanto menos obstruyamos esa búsqueda con planes y pensamientos, más chances tenemos de ir en esa dirección y encontrar lo que anhelamos.

-Entonces no nos queda más que ir de viaje de pesca…, -dijo el discípulo entre risas y con cierta ironía.

-Y sí, porque la vida no es un plan. Es un viaje.

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Ansiedad, Incertidumbre, Madurez

La punta del iceberg

“-Pensar que me reí cuando conocí la historia de ese economista excepcional que al ser nombrado presidente del Banco Central de Israel, tuvo que renunciar porque se descubrió que consultaba una vidente hasta cuatro veces al día…”, contó el discípulo algo enigmático.

“-¿Y qué era lo que te hizo reír?”, preguntó el Maestro.

“-La enorme contradicción. Un economista de prestigio mundial, presidente de la entidad monetaria de uno de los países más importantes del mundo, y resulta que aún en medio de tanta racionalidad y consistencia, recurría a una bruja. Un disparate!”, sentenció el discípulo.

“-Así somos los seres humanos”, dijo el Maestro con compasión. “-Somos seres contradictorios, lleno de virtudes y también de defectos. Convivimos con los sentimientos más nobles y los más oscuros. Y a veces, la distancia entre lo maravilloso y lo horrible puede ser un milímetro… Pero, ¿por qué pensaste en ese banquero israelí?”

“-Por que en circunstancias como la que estoy viviendo dan ganas de consultar a alguien que lea el futuro…”, soltó el discípulo.

“-Por qué?, volvió a insistir el Maestro.

“-Estoy viviendo una situación de incertidumbre máxima que se resolverá en los próximos días, y la ansiedad es muy grande”, se justificó el discípulo.

“-El proverbial anhelo humano de pretender conocer el futuro… ¿Y estás seguro de qué es lo mejor que te puede pasar?”, disparó el Maestro, abriendo un plano distinto y profundo.

Después de reflexionar unos instantes, el discípulo ensayó una respuesta.

“-La verdad que a esta altura, no tengo ni idea de qué es lo mejor para mí. Toda una paradoja porque trabajé muchísimo en pos de un objetivo. Puse lo mejor de mí y no me guardé nada. Estoy en paz. Sin embargo, en la víspera de sucesos definitorios que pueden llevar mi vida por caminos muy distintos, percibo mi incapacidad de saber qué es lo que me puede hacer mejor…”

“-¿Por qué?, volvió el Maestro.

“-Este proceso sirvió para mostrarme que por más fuerte, formado y talentoso que uno pueda ser, no es más que un granito de arena en una playa inmensa. Son tantas y tan descontroladas las variables, que el aporte de uno para el curso de los acontecimientos resulta insignificante”, filosofó el discípulo.

“-Pero eso no contesta el hecho de ignorar qué es lo mejor para vos… ¿Cómo puede ser que aquello por lo que trabajaste tanto, pueda no ser bueno?”, preguntó el Maestro con una precisión quirúrgica.

“Es lo que te conté antes. El proceso que viví sirvió para mostrarme lo irrelevante que somos y por ende, percibir que aquello que creíamos bueno puede resultarnos muy dañino, y viceversa”, contestó sin ser capaz de explicarse mejor.

“-Solo existen dos problemas en la vida; conseguir lo que uno quiere, y no conseguir lo que uno quiere”, dijo el Maestro tendiéndole un puente.

“-Una vez el estratega político de un presidente de los Estados Unidos me enseñó algo increíble”, contó el discípulo. “-Con honestidad brutal y sabiduría me dijo: “En una campaña electoral, lo más importante de todo, son las circunstancias. Después viene el candidato. Y por último, la estrategia. Y demás está decir que esto atenta contra mi propio negocio…”

“-Que hombre lúcido”, sonrió el Maestro. “-Es una gran síntesis del poco peso relativo que tenemos los hombres en el curso de la vida. Lo que no entiendo bien es por qué no sabés que es lo que te hace bien o mal”, insistió.

“-Sé lo que hice, y estoy en paz conmigo mismo. Pero el resultado me escapa totalmente. Si llega a ser distinto del que yo deseaba, siento que será la vida que me está cuidando. Me estará llevando por un camino distinto del que yo quería, pero aunque no alcance a comprender, confío que será para mi bien.”

“-A veces siento que la vida es como la punta de un iceberg. Lo que vemos es solo el diez por ciento de una realidad muchísimo más amplia que escapa a nuestra comprensión. Insistimos en estar felices o destruidos por esa punta que sobresale del agua, cuando en realidad, hay algo enorme que existe más allá de nuestra visión. Y que no lo veamos no significa que no exista. Simplemente no lo vemos”, dijo el discípulo en un tono casi místico.

“-Qué interesante…”, acompañó el Maestro. “-¿Como definirías mejor toda esa realidad invisible?”

“-La verdad es que no sé como ponerlo en palabras. Pero diría que nuestra realidad se compone de muchísimas variables y fuerzas que no están contenidas por lo que vemos. Así como en un partido de fútbol el resultado es una simplificación de lo ocurrido, en nuestra vida ocurre algo parecido. Podemos decir que ganamos o perdimos uno a cero, pero lo que pasó en los noventa minutos es muchísimo más que esos dos números que arbitrariamente parecen definir todo,” dijo el discípulo.

“-Cuando era joven, lo único que existía era el resultado. Ganaba y estaba todo bien, y perdía y estaba todo mal. Con los años fui registrando que la vida no funcionaba así, aunque en el fondo, seguía aferrado a ganar, como si fuera un niño con sus juguetes…”, se sinceró el discípulo.

“-Es que eras un niño con sus juguetes, aunque tuvieras cuarenta años. Hay personas que andan así toda la vida. Dicen que la única diferencia entre los adultos y los niños es el precio de sus juguetes”, dijo el Maestro con una sonrisa. “-Pero cuando uno crece y aprende a vivir, ya no se conforma con juguetes. Entiende que la felicidad no es un vínculo con objetos. Que no se trata de resultados, ni mucho menos, de relaciones de conveniencia. La felicidad se encuentra en la calidad del vínculo con uno mismo y con los demás.”

“-Totalmente”, asintió el discípulo. “-Por eso para mí es muy importante seguir el camino que siento como verdadero, pero sin pretender aferrarme a ningún resultado. Eso se lo dejo a Dios, o a la vida. Yo hago mi trabajo y he aprendido a dejar que Él haga el suyo.”

“-Eso es muy liberador…”, completó el Maestro. “-Había una santa que decía una frase genial: “lo que Dios quiera, cuando Dios quiera, como Dios quiera.”

“-Muy bueno, aunque pareciera que eso no nos deja espacio para nuestro esfuerzo”, conjeturó el discípulo.

“-Creo que se trata de saber que tenemos que hacer nuestra parte, pero dejando a la vida o a Dios hacer la suya. Que por supuesto, es la parte determinante y mayoritaria”, dijo el Maestro con un tono firme.

El silencio invadía la sala. A modo de conclusión, el Maestro dijo: “-Habla muy bien de tu crecimiento que pese al esfuerzo que has hecho, ni siquiera sepas cuál resultado es el mejor para vos. Aunque nuestra sociedad exitista no lo permita, es muy bueno que le des lugar a esa duda porque aunque la neguemos siempre existe. Nunca podremos anticipar qué es lo mejor para nuestra existencia. Solo es posible ir descubriendo cuál es el camino que debemos transitar. Pero nunca debemos exigirle a la vida que nos lleve a un lugar determinado. Simplemente tenemos que elegir nuestro sendero, descartar el que parece fácil pero que a cierta edad sabemos que no nos hará bien, y luego, confiar.”

“-¿Confiar en qué?”, preguntó el discípulo algo confundido.

“-Confiar en la vida”, contestó el Maestro en forma categórica. “-Nuestra acción decisiva es el ejercicio de nuestra libertad. Elegir lo verdadero, lo auténtico, lo propio, lo coherente con quien vamos descubriendo que somos. Y transitarlo. Ojo que es bien difícil porque esas decisiones necesariamente nos arrancarán de la tierra de las seguridades. Pero nos conducirán a un lugar mucho mejor, que es el de la paz interior.”

Al discípulo se le iluminó la cara.

“-Elegir lo verdadero, pagar los costos de esa decisión, y confiar en la vida”, cerró el Maestro.

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Analfabetismo emocional, Incertidumbre, Miedo

El miedo a la libertad

“-Es que tengo miedo”, dijo Daniel con un suspiro.

“-Y sí”, asintió el Maestro. “-Es inevitable cuando hay mucho en juego.”

“-Siento que ya corrió tanta agua bajo el puente que no puedo hacerme el boludo. No puedo no verlo, hacer como si no hubiera ocurrido nada”, amplió Daniel.

“-¿Cómo sintetizarías lo que pasó?”, preguntó el Maestro, intentando que su discípulo ordenara sus emociones, sentimientos e ideas.

“-Ya no me respetan más como persona,” dijo Daniel profundamente conmovido.

“-¿Y vos pensás que en algún momento lo hicieron?”, le espetó agudamente el Maestro.

Daniel se tomó unos instantes para reflexionar. Luego dijo:

“-Nunca diría que fue una relación de amor. Pero tampoco era una de conveniencia. O al menos, no solo de conveniencia. Teníamos valores e intereses compartidos”, resumió.

“-¿Y hoy cuáles son los valores divergentes?”, preguntó el Maestro, llevando a su discípulo a confrontarse consigo mismo.

“-Que para la empresa vale todo. Ya no está en primer lugar la persona, el individuo. El respeto por su libertad, su propia soberanía. Estoy forzado a hacer lo que ellos quieren o a tener que irme. Lo peor es que no está planteado en esos términos, sino en el hecho de que soy disfuncional”, amplió Daniel.

“-¿Y no lo sos?, preguntó el Maestro llevando el diálogo al borde del precipicio.

“-No lo creo”, dijo Daniel.

“-¿Por qué?”

“-Porque es simplemente el capricho y egoísmo del directorio”, se defendió Daniel.

“-¿Y te parece poco?”, siguió el Maestro sin darle respiro. “-Es el órgano que dirige y controla la organización. Es como que un brazo proteste diciendo que lo que decide el cerebro es arbitrario.”

“-Creo que es una falsa discusión”, lo cortó el discípulo.  “Un miembro del directorio no puede soportar que yo brille más que él y entonces todo está distorsionado. Pero no quiero hablar tanto de ellos, sino de mí.”

El Maestro lo escuchaba con atención.

“-Por alguna razón que no alcanzo a comprender, tengo miedo a la libertad,” dijo Daniel. “-Es como si dentro de esta gran compañía me sintiera protegido, y temiera ser incapaz de sobrevivir afuera.”

“-Qué importante lo que estás diciendo”, lo alentó el Maestro. “-Para algunos es la empresa multinacional, en otros casos es el marido, o un padre fuerte, o la religión. Existen infinidad de paraguas…”

“-¿Paraguas?”

“-Bueno, también llamarlo útero, o como quieras”, dijo el Maestro con serenidad. “-El miedo es sin lugar a dudas la emoción más dominante del ser humano. Y está bien que así sea. De nuestra capacidad de detectar riesgos depende nuestra supervivencia. Claro que eso se daba más en el hombre primitivo que en casos como los que estamos hablando, en los que claramente no hay un riesgo de vida. Sin embargo, cualquiera de nosotros cuando experimenta un dilema así, siente un miedo de muerte.”

Daniel lo miró con los ojos brillantes, sintiéndose identificado con aquella palabras.

“-Hay familias en donde un padre poderoso todo lo resuelve, pero en el fondo, controla todo y no acepta que no se haga lo que él quiere. No hay lugar para crecer. También hay esposas que tienen este mismo dilema con sus maridos. Entregan su libertad, a cambio de la seguridad que les brinda”, amplió.

“-Y es un dilema de hierro porque no es fácil superar ese miedo fortísimo, de que seremos incapaces de sobrevivir por nuestros propios medios. Una mujer que tiene que salir a trabajar a los cincuenta años, es natural que piense que es mejor seguir casada y mirar para otro lado, para no ver el desastre que es su vida.”

Daniel escuchaba conmovido.

“-O como te pasó a vos, que ingresaste en una empresa líder mundial, pensando en comerte la cancha, y sabiendo que siempre tendrías el respaldo de la protección brindada por semejante organización. Pero llegó un punto en donde permanecer ahí adentro es negarte a vos mismo”, continuó.

“-Hay tribus en donde ciertas transgresiones son castigadas con la pena capital. ¿Y sabés como matan a los transgresores?”, preguntó el Maestro.

Ante la negativa de Daniel, dijo: “-los destierran. Los echan de la tribu, obligándolos a vivir afuera. Esas personas están convencidas que no pueden sobrevivir fuera de su comunidad, y mueren. Es un caso extremo pero verdadero. Y una buena síntesis de cómo se manejan la mayoría de las organizaciones.”

Daniel escuchaba anonadado.

“-El destierro es duro. Pero no es la muerte. Hay que saberlo. Por otra parte, el precio a pagar para permanecer adentro de ciertos sistemas, suele ser más caro que el de la intemperie. Si fueras un canario; ¿Qué preferirías? La seguridad de una jaula en donde todos los días te traen agua, alpiste, y te protegen del sol, la lluvia, el frío y los animales; o salir de ahí y poder conocer otros cielos, aunque pases hambre, frío, y te pueda comer un gato?”

Daniel se rió. El Maestro estaba más serio que nunca.

“-Es que éste es el dilema. Lo que pasa es que en este planteo, cuesta evaluar el riesgo de ser comido por un gato, y lo minimizamos. Pero cuando se trata de nuestra propia vida, el miedo a no poder sobrevivir es enorme y por lo general terminamos aceptando vivir en la jaula. Nuevamente, esa jaula es la religión, un marido, una familia, una empresa, un partido político, entre miles de opciones posibles.”

Daniel escuchaba en silencio.

“-Todos necesitamos ámbitos de pertenencia y seguridad para crecer. Arrancamos en el útero de nuestra madre, y sigue en nuestra niñez.”

“-El tema es que a cierta edad, es un vicio muy costoso. Por lo general, se da porque tuvimos una protección emocional –y a veces física- muy insuficiente en nuestra infancia. Entonces nos pasamos la vida buscando paraguas que nos protejan. Sentimos que el afuera es peligroso. Y es cierto. El tema es que no medimos bien el precio de esa protección”, dijo el Maestro.

“-¿Entonces?”, preguntó Daniel.

“-Hay que correr el riesgo de ser uno mismo. De no quedarse en esos sistemas de protección que nos terminan cocinando a fuego lento. Tomar la decisión de ejercer nuestra libertad. Sabiendo que sin ella, no hay felicidad posible. Animarse a vivir, que bien vale la pena.”

Artículo de Juan Tonelli: El miedo a la libertad.

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Aprendizaje, Incertidumbre, Madurez

Aprendiendo a llevarse a uno mismo

“-Tu tema es la libertad”, le dijo la terapeuta con delicadeza.

Nicolás se sorprendió. Siempre había considerado que su problema era el reconocimiento. Al igual que tantos seres humanos, su necesidad de sentirse querido, importante, lo llevaba a buscar logros que le permitieran sentirse valorado.

“-¿Por qué lo decís?”, preguntó.

“-Porque es tu tema. Tu búsqueda de reconocimiento no es lo central. Está claro que como todo hijo del medio has sentido que no existías, y que la mirada de tu madre nunca se posaba  sobre vos. Es una situación prototípica. Por eso muchos grandes conquistadores no fueron los primogénitos, habitualmente sobre exigidos, sino los segundos…”, continuó la terapeuta.

“-Sin embargo, tu característica central, a mi modo de ver, es la búsqueda de la libertad”, completó.

Libertad no era una palabra más para Nicolás. Reflexionando lo que acababa de escuchar pudo ver que a lo largo de su vida había estado muy presente la búsqueda de libertad. Rápidamente vinieron a su mente diversas imágenes.

El común denominador era su extrema sensibilidad a cualquier relación o situación en la que sintiera que le faltaba libertad o espacio existencial. Tan pronto experimentaba algo así, se escapaba.

“-¿Por qué creés que es la libertad y no la búsqueda de reconocimiento?”, preguntó Nicolás intentando encarar sus propias sombras.

“-Porque la búsqueda de reconocimiento es tu parte inmadura. Es un tema que nos pasa a todos, hasta que maduramos. Claro que algunos no maduran nunca…”, dijo la terapeuta con una sonrisa.

“-¿Por qué?

“-Porque  la búsqueda de reconocimiento necesariamente remite a la poca atención que nos dieron en la infancia. Y uno se pasa buena parte de la vida tratando de compensar esa situación. Obviamente que nuestros esfuerzos no sirven para nada porque el agujero existencial es otro.

El prestigio y la fama no sanan el amor y la mirada que no tuvimos. Al revés; como producen un efecto similar al amor genuino, nos terminamos volviendo adictos a un alimento que en realidad, es comida chatarra…”, soltó la terapeuta.

“-Pero en el fondo, no es un tema existencial que surja de lo profundo de nuestra alma, sino más bien de nuestro corazón herido.”

“-¿Y te parece que un corazón herido es superficial? Hay personas que toda su vida es una reacción a una herida en su corazón…”, provocó Nicolás.

“-Por supuesto. Esa es una opción, que de hecho es muy frecuente. Pero el mejor camino es madurar. Darse cuenta, para no hacer nuestra vida en función de lo que nos pasó, y poder empezar a vivirla en función de lo que somos, y de nuestras circunstancias”, contestó con delicadeza la terapeuta.

“-¿Y por qué decís que mi tema es la libertad?, preguntó Nicolás, quien seguía sin entender bien.

“-Porque es lo que más te importa. Para vos la búsqueda de la libertad es vocacional. No es ninguna reacción a una experiencia traumática. Sos un peregrino, un caminante, un buscador. Querés conocer, crecer, ir más allá. Y tenés una sensibilidad altísima a cualquier vínculo o situación que vos sientas que te coarta o limita”, amplió.

Nicolás pensó en que si bien había sido un alumno con buena conducta , y luego un empleado excelente, siempre había tenido dificultades con la autoridad. En el fondo de su alma, no le gustaba sentirse subordinado a un poder, ni que le dieran órdenes, ni quedar enmarcado en una organización. El auténtico anarquista. Pendulaba entre cumplir con las expectativas y atender a la mirada del otro, y por otra parte, sentir una especie de claustrofobia emocional.

Nunca estaba conforme en el lugar existencial en el que estaba. Había realizado una excelente carrera universitaria para luego, ser el último de su camada en ingresar a una empresa. ¿Para qué se había apurado tanto en graduarse? Para ser el mejor. Sin embargo, lo natural que hubiera sido empezar a trabajar en alguna de las grandes empresas que le ofrecía inmejorables condiciones, le resultaba intolerable. ¿Cómo  haría para acomodarse a sus parámetros?

Finalmente, después de un par de años de dar vueltas, no había tenido más remedio que buscar un empleo en alguna organización. Encontró uno bueno, aunque la tensión entre ser el alumno aplicado, y querer sacarse de encima cualquier condicionamiento, era una constante. Nicolás quería ser libre, no sentirse encerrado.

Ni hablar con el matrimonio. Después de un tiempo de relación, su novia había empezado a hablar de casamiento y a él le daba pavura. Hubo varios cortes debidos a la creciente presión de ella y la resistencia de él a avanzar.

Nicolás tenía mucho miedo de equivocarse y que su vida se volviera un infierno. Como decían en Estados Unidos, “si funciona no lo arregles”. ¿Para qué casarse si estaban bien así? ¿Él no quería reforzar los muros de su celda, sino siempre dejar entornada una puerta por la cual escaparse fácilmente si fuera necesario.

“-¿Te parece que es una vocación? Muchas veces siento que mis anhelos libertarios son una pulsión. Algún mecanismo de supervivencia emocional a consecuencia de alguna otra experiencia traumática que viví. Siempre necesito dejar los puentes intactos, no sea cosa que tenga que volver para atrás”, se autoincriminó Nicolás.

“-¿Y eso qué tendría de malo?”, preguntó la analista.

“-Que me he pasado la vida buscando. A veces me pregunto si para encontrar petróleo no es necesario elegir un lugar y cavar, cavar y cavar. Yo soy como un explorador perpetuo…”, dijo él lacónicamente.

“-Tu vida no es testimonio de lo que estás diciendo”, le retrucó inmediatamente la terapeuta.

 “-¿Y de qué es testimonio mi vida?”

“-Nadie llega tan lejos en tantas actividades y tan diversas como has llegado vos, solo como reacción a sus heridas emocionales”, dijo la terapeuta con convicción.

“-¿No?”, preguntó él dubitativo.

“-No”, respondió tajante ella. “-El dolor puede ser un buen combustible, pero en todas las actividades que llegaste muy lejos había una fuerte conexión tuya con ellas. Una sensibilidad especial. No has sido ningún explorador perpetuo. En muchos lugares has cavado lo suficiente para encontrar petróleo y vos lo sabés”, dijo la analista.

Nicolás no quería perder tiempo escuchando elogios. Él quería la verdad, no que le endulzaran sus oídos.

“-¿Y entonces por qué no puedo parar de buscar?”, insistió Nicolás.

“-Porque es tu búsqueda de sentido. Necesitás encontrar un significado y no te contentás con cualquier cosa. Me parece que es algo muy bueno, aunque a veces te resulte angustiante no haberlo encontrado.”

“-Creo que tu camino tiene una orientación muy interesante, y vos ya sabés para dónde querés ir y para dónde no. Claro que eso no es definitivo porque los seres humanos cambiamos, y las circunstancias también. Entonces, no existe nunca la certeza de que encontremos el rumbo final, que guiará nuestros pasos por el resto de nuestras vidas. Lo buscamos porque no toleramos la incertidumbre, que nos produce mucha angustia. Y si bien es comprensible, no es aceptable, porque la falta de certezas será una constante de la vida, que nos obliga a aprender a convivir con ella, en vez de insistir en garantizar lo que no se puede asegurar”, completó la terapeuta.

Nicolás escuchaba aquellas palabras reconociendo su verdad.

“-¿Y qué tenés para decirme de mi claustrofobia emocional?”, preguntó.

La terapeuta reflexionó unos instantes, y le dijo:

“-Que todavía seguís siendo muy duro con vos mismo. La misma definición de claustrofobia emocional es muy descalificatoria con tu persona. A mí modo de ver, creo que esa sensibilidad a quedar encerrado, atrapado en vínculos o situaciones no tiene tanto que ver con tu miedo a equivocarte, como en la posibilidad de no poder llegar a donde querés ir. Por eso decía que a mi entender, tu tema es la libertad. Y ese anhelo tuyo es tan fuerte al punto de llegar a confundirse con lo que vos llamás claustrofobia emocional. Más que llamarlo de esa forma tan negativa, diría que vos querés ser libre. No cargar con nada ni nadie que te impida encontrar tu camino, tu sentido. Y está claro que nadie podría decir que vos has sido una persona poco comprometida, ¿o me equivoco? ¿Acaso en tus vínculos afectivos, o en tus responsabilidades profesionales o familiares, has sido alguien que se escapa, que no se hace cargo?”, preguntó la terapeuta.

“-La verdad que no”, reconoció Nicolás. “-Sin embargo, siento que muchas veces he tenido dificultades para hacerme cargo. Por algo soy tan delgado. En el fondo, no quiero cargar con nada, ni con unos kilitos de más…”, conjeturó.

“-Pero eso era antes”, lo corrigió suavemente la terapeuta. “-Maduraste, creciste, y hoy te hacés cargo de muchas cosas. Es cierto que en el pasado no pudiste. Sino te hacías cargo ni de vos mismo por tu propia desconexión emocional; -¿cómo ibas a hacerte cargo de otros? Pero desde que empezaste a reconectar todos tus circuitos interiores, creo que te hacés cargo de vos mismo y de muchas otras personas y situaciones”, describió ella con benevolencia.

“-Cuando esté bajo de autoestima ya sé que te tengo que venir a ver, así me la subís”, bromeó Nicolás.

“-Es cierto”, le respondió su terapeuta. “-Pero sólo hasta que termines de aprender a verte a vos mismo, y seas capaz de reconocer todo lo bueno que hay en vos. Y ese es el desafío: parar de buscar para poder encontrar.”

“-¿Encontrar qué?”, preguntó Nicolás.

“-Encontrar todo lo que la vida te da”, contestó ella.

“-¿Y por qué pensás que no lo veo?”

“-Por la misma razón que todos los seres humanos. Porque tenés miedo de abrirte a lo desconocido, y porque tenés ideas demasiado rígidas acerca de cómo debiera ser la vida. Pero no te preocupes. No es nada que el tiempo no cure”, dijo la terapeuta con una sonrisa.

“-¿Entonces sólo es cuestión de tiempo?”, preguntó Nicolás con algo de sarcasmo.

“-No. De hecho, millones de personas eligen no aprender lo que la vida les enseña. Pero no parece ser tu caso. Igual, en última instancia, siempre se trata de tu libertad”, explicó ella.

“-¿Libertad de qué?”

“-De elegir la verdad. La verdad, abre la puerta a la libertad. Y la libertad, al amor. Sin verdad no hay libertad y mucho menos amor “, dijo la terapeuta. “-Y sin amor, no hay vitalidad ni vida.”

“-Me parece que dejamos acá”, dijo Nicolás entre risas, asumiendo que tenía demasiada sabiduría para procesar.

Artículo de Juan Tonelli: Aprendiendo a llevarse a uno mismo.

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Analfabetismo emocional, Incertidumbre, Madurez

Oportunidades de un amor prohibido

Verónica se preguntaba si era histérica, estaba loca, o peor aún, era una mala persona.

A sus cuarenta y seis años, el tema del amor siempre la había tomado, resultándole difícil discernir qué era lo que sentía.  Al igual que la mayoría de los seres humanos, necesitaba agradar, caer bien, sentirse valiosa.

En su juventud, su madre había intentado ayudarla sin darse cuenta que lo único que hacía era condicionarla, limitarla, amputarla.

-Yo era inestable como vos, hasta que conocí a tu papá y él me ordenó, me dio seguridad, -le decía.

¿Acaso la seguridad era algo externo a uno? Y de ser así; ¿no existía una vulnerabilidad enorme si esa persona se moría o simplemente elegía separarse?

Estas preguntas que no existían para su madre, tampoco habían surgido en Verónica. Las palabras de los padres solían ser sagradas y marcar a fuego a los hijos, hasta que la realidad, implacable, venía a arrasarlas y enseñar otras formas de vivir, a un precio siempre costoso.

Finalmente Verónica conoció al hombre que vendría a ordenarla. Después de algunos años de un romance tranquilo y consistente, se casaron. Sin embargo, algunas preguntas corrosivas permanecían guardadas en su corazón.

-¿Qué hubiera pasado si seguía más tiempo de novio con fulano? ¿Y si me casaba con mengano?

El hecho que su marido hubiera sido el único hombre de su vida sonaba romántico al principio, cuando los amantes piensan y dicen todo ese tipo de fantasías. Pero luego de una década, los hijos y la rutina, las preguntas políticamente incorrectas que estaban agazapadas volvieron a irrumpir. En principio no era nada malo ni peligroso, simplemente estaban ahí como otras tantas melancolías de la vida.

Sin embargo, algunos años después de cumplir cuarenta años, el amor volvió a entrar en escena. La ¿accidental? aparición del primer novio fue un terremoto que partió el piso y su existencia en dos, rompiendo con todo lo estructurado. Justo a ella le venía a pasar semejante desgracia. Con lo que le había costado ordenarse gracias a la ayuda de su marido, un romance inoportuno e imposible de frenar, venía a destruir todo. Rápidamente Verónica se encontró en carne viva, dual, y viviendo una doble vida que jamás hubiera imaginado. ¿Cómo era posible?

Ella, que siempre se había creído incapaz de mirar a los ojos a su marido si le hubiera sido infiel, se encontraba mirándolo todos los días, haciendo el amor con él, y llevando una vida aparentemente normal cuando nada lo era. ¿Era una hija de puta? ¿Inestable? ¿Adicta al sexo? ¿Por qué le venía a pasar esto justo a ella?

El tiempo fue pasando y el vínculo prohibido no se disolvía. Él también estaba felizmente casado, circunstancia que le daba cierta estabilidad al romance, porque ambos tenían mucho en juego y podían comprender al otro, sin exigirlo. Verónica oscilaba entre sentirse una mala persona, y creer que era una cobarde que no se animaba a tomar la decisión de dejar a su marido.

Lo que había comenzado como algo lindo que no se podía evitar porque era una cuenta pendiente, se había transformado en lo más maravilloso de su vida. Por supuesto que sus hijos estaban en primer lugar, pero el día de mañana harían su propio camino y ella se quedaría atrapada en un matrimonio que si bien era muy bueno, no tenía esa electricidad que encontraba en su amor prohibido.

Así las cosas, la vida se había convertido en una dualidad que le partía la cabeza. Con su novio podía vivir lo secreto, la intimidad, la confianza, el poder hablar de todo sin miedos, descubrir en serio el sexo.

Compartir la imposibilidad de que fueran una pareja, los unía aún más. Era un dolor  y una frustración tan grande en la que ambos coincidían, que terminaba siendo otro punto de encuentro fuerte.

El llegar a casa era en cierto sentido, un infierno. Sus hijos eran lo más lindo de su vida, pero todo lo demás, representaba una cárcel de la que no podía salir. Se sorprendía a sí misma pensando así, dado que su marido era una excelente persona y el matrimonio que tenían era muy bueno. Sin embargo, el diablo había metido la cola y ya nada era lo que había sido.

A veces, estando sola en su casa, reflexionaba en tomar coraje y hablar con su marido. Tan pronto terminaba de envalentonarse, accidentalmente veía un marco con una foto de toda la familia unida y sonriente, y sus ilusiones se venían abajo como un piano. ¿Tan frágil era todo? ¿Cómo saldría de aquél laberinto?

Lo único que el tiempo le iba mostrando es que no habría una salida que no fuera dolorosa. La idea que el romance podría diluirse, o que su marido podría morirse o hasta enamorarse de otra persona y liberarla, eran fantasías.

La sensación de no tener escapatoria la sumía en un estado depresivo, que contrastaba con el gozo de encontrarse con su amante. Le resultaba increíble estar en una montaña rusa sentimental, en la que podía pasar del paraíso al infierno en un instante.

Harta de oscilar entre sentirse una mala persona y una cobarde, se sentía presionada a tomar una decisión. La realidad era que esa idea no era practicable porque Verónica no estaba dispuesta a soltar nada. No quería perder a su novio, que era su alegría, ni entregar la foto familiar con todos sonrientes.

En ese estado calamitoso llegó al consultorio de un terapeuta. Le contó su infierno.

-Le diría que está atravesando un momento sumamente interesante, -dijo el terapeuta.

Verónica no entendía nada. No sabía si se estaba burlando de ella, o cual era el significado de aquél comentario.

-No trate de arreglar nada. En primer lugar, porque no se puede. Y es probable que sus esfuerzos por corregir defectos y problemas, solo los agraven. Pero por otra parte, porque usted no está en condiciones de decidir nada, -completó.

Verónica sintió una mezcla de alivio y angustia. Alivio, porque la habilitaban a seguir viviendo esas dos realidades que tanto quería y que no deseaba perder. Saber que no tendría que encarar acciones dolorosas y difíciles, la tranquilizaba. De todas formas, era consciente de que esta situación no se podía prolongar indefinidamente, por lo cual tarde o temprano tendría que enfrentarla y pagar los costos correspondientes, que parecían descomunales.

-¿Qué es lo que tengo que hacer?, -imploró.

-Viva, -fue la precisa indicación del terapeuta.

-Tan fácil de decir, y tan difícil de hacer…, -se aflojó Verónica. -Se me hace intolerable seguir con esta vida…

-¿Me dijo que llevaba cuatro años con esta situación, no?, -chequeó el profesional.

-Sí.

-¿Está dispuesta a seguir conviviendo con este asunto?

Verónica sintió aquella pregunta como un castigo. Como el infierno mismo, en donde uno tiene el problema del sufrimiento, pero existe algo peor: la falta de escapatoria. Una desesperanza perpetua.

-¿Cree que si le dice a su amante de cortar la relación, sería más feliz?, -provocó el terapeuta.

-Me muero, -contestó Verónica en el acto.

-¿Y cree que si se separara de su marido sería más feliz?

Verónica se sintió como si le hubieran realizado una emboscada. Era claro que tampoco sería más feliz así, por lo cual estaba atrapada en su contradicción.

“-¿Qué cosas buenas le trajo este amor prohibido?”, preguntó el terapeuta con un tono casi científico.

A Verónica se le iluminó la cara como a una niña. – Todo. Me despertó. Me resucitó. Puedo volver a sentir, percibir, experimentar, saborear la vida. Me había convertido en una roca, en un pedazo de hormigón armado, y volví a mi humanidad. Y esa reconexión con mis emociones, con lo que siento, conmigo misma, no tiene retorno. No quiero volver a ser lo que era, una suerte de autómata…

-No importa si quiere o no; usted nunca más va a volver a ser lo que era antes de esta crisis, -le espetó el terapeuta. -Y aunque no le guste lo que le voy a decir, le cuento que lo que le está sucediendo es un drama común y corriente, -continuó el analista.

-Casi todas las personas, a lo largo de su vida, se enamoran de alguien que no es su pareja. Y lo que se juega ahí son muchísimas cosas que estuvieron guardadas, atrapadas, apretujadas durante largos años. Es por eso que salir de estas crisis lleva tiempo. Menos que el que se tomó en producirlas, pero bastantes años de todas formas, -dijo el terapeuta.

-¿Años?, -desafió Verónica con desesperación.

Ante el silencio del profesional, ella permanecía callada, reconociendo la sabiduría de sus palabras. Viendo que sus ojos rogaban alguna directriz, el terapeuta prosiguió.

-Transite. Ponga todo su amor en cada una de estas dos realidades. Por más que parezcan irreconciliables, no lo son. Son dos caras de una misma moneda. Y usted es el punto de unión de ambos opuestos.

-Es central que esté dispuesta a convivir con esta situación todo el tiempo que sea necesario, -prosiguió. -Todo ser humano atraviesa ciertos momentos en la vida en donde es sometido a fuerzas contradictorias tan grandes, que cree que será desgarrado en dos partes. De un lado quedará un brazo, una pierna y un pedazo de cuerpo, y del otro, la mitad restante. Pero eso es solo una sensación psicológica. Muy fuerte, por cierto, pero solo ocurre en el cerebro. Hay que aprender a lidiar con ella.

Verónica escuchaba inspirada.

-Y como decía un gran terapeuta, ni siquiera tenga avidez por resolver este problema. Puede ser feliz aunque esté en el medio del fuego. De hecho, la felicidad no es la ausencia de problemas, sino la capacidad de aprender a estar bien, en medio de ellos.

La consulta llegaba a su fin, por lo que Verónica se paró y caminó hasta la puerta. Antes de saludarla, como si quisiera que ella no olvidara lo importante, el terapeuta repasó las consignas.

-No tenga avidez por resolver el problema. No se apure. Viva. Transite. Ponga todo el amor que tenga, en cada situación que le toque vivir. En su momento y en su forma, la vida se abrirá y usted sabrá cómo y por dónde seguir. Y mientras tanto, dé gracias por todo, porque usted estaba muerta y  la vida le dio una oportunidad.

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Adversidad, Incertidumbre, Miedo

Peregrinos

La situación no daba para más. En los últimos dos meses había pasado de todo.

Lo que iba a ser una divertida gira de rugby se había convertido en la peor pesadilla. Primero, el avión se había estrellado en el medio de las montañas, provocando la muerte de la mitad de las personas, y dejando a otras gravemente heridas.

Después de ver compañeros, amigos y familiares muertos, el grupo de sobrevivientes se había podido organizar, racionalizando los víveres existentes mientras esperaba el rescate.

Luego de un par de días en donde nadie venía a buscarlos, la moral estaba por el piso. Las dudas crecían y el miedo empezaba a calar hondo.

Naturalmente, nadie podía imaginar que el drama recién empezaba.

Al cumplir una semana del accidente, el grupo estaba anímicamente recuperado. Las tareas de supervivencia y organización mantenían la mente ocupada y daban sentido.

Sin embargo, los días iban pasando y nadie venía a rescatarlos. ¿Se habrían olvidado de ellos, o era que no los encontraban? Al cumplirse veinte días de estar varados en la montaña, la situación era muy contradictoria. Por un lado, el funcionamiento del grupo era impecable, como si fuera la selección alemana de fútbol. Cada uno sabía qué era lo que tenía que hacer, y lo hacía. Todos eran engranajes eficientes de una máquina perfecta. ¿Pero vendría alguien a buscarlos? ¿Cuánto tiempo se podría sostener esta situación? Afortunadamente quedaban víveres, así que no había que desesperar.

El tiempo siguió transcurriendo y las dudas crecían. Para cuando se cumplió el mes, el grupo no podía más. No había eficiencia que los rescatara de la desesperanza de morir congelados en las nieves eternas de la montaña.

Cuando ya nadie creía en nada, ocurrió lo inesperado. Un ruido lejano empezó a escucharse con más fuerza. Era un avión que finalmente pasaba por encima de ellos. Las emociones eran encontradas. ¿Los habrían visto? No era posible que no hubiera visualizado todo el fuselaje del avión contrastando contra algo tan blanco como la nieve. ¿Por qué no habría sobrevolado mejor la zona? ¿Sólo porque no era un avión de rescate?

El grupo quedó con una angustia mayor. La ilusión y la posibilidad de perder aquella oportunidad era peor que no haberla tenido.

La angustia duró veinticuatro horas, porque al día siguiente, otro avión sobrevoló los restos del fuselaje e hizo señas. La felicidad no podía ser mayor. Después de treinta y tres días se habían salvado.

Cuando el avión se fue, se decidió hacer un banquete para festejar la buena noticia, así que dejaron atrás las ínfimas raciones y todos comieron hasta reventar, total mañana estarían a salvo.

La realidad se mostraría en cuenta gotas, y al día siguiente nadie vendría a buscarlos. ¿Cómo podía ser?

Cuando setenta y dos horas después del paso de aquél avión nadie aparecía, la angustia había vuelto a ser enorme. ¿Qué habría pasado? No se comprendía. Para peor, el día del festejo habían consumido todos los víveres, dejando muy poca comida.

Los días pasaban, el rescate no venía y el hambre era intolerable. Como si todas estas penurias no fueran suficientes, se escuchó un estruendo fortísimo y una avalancha tapó de nieve el avión y sus inmediaciones. Murieron más personas.

La desolación y desesperanza invadía a todos. ¿Por qué la vida se podía ensañar tanto?

Si a los tres días del accidente inicial, muchos no tenían fuerzas, un mes y medio después, sin víveres y abandonados a la buena de Dios, todo parecía la peor pesadilla. Aunque el recorrido del sol permitía ubicar los puntos cardinales, nadie tenía claro a donde había caído el avión y por ende, cuál sería el poblado más cercano. El dilema no era menor, porque caminar en la dirección equivocada implicaba morir congelado. ¿Habría una dirección correcta, o la distancia para uno u otro país sería imposible de ser cubierta caminando sin padecer la muerte blanca? Las preguntas no tenían respuesta, solo un eco como el que ocurría entre los picos nevados.

Ante la ausencia absoluta de alimentos surgió la idea de la antropofagia. Si comer carne humana era algo terrible, alimentarse con el cuerpo de un amigo o compañero parecía que terminaría de enloquecer a los sobrevivientes. Algunos decidieron no hacerlo y murieron. Otros, vieron en aquellos cadáveres perfectamente conservados por la nieve durante tanto tiempo, una ofrenda para poder seguir viviendo.

De los cuarenta y cinco pasajeros iniciales quedaban vivos menos de veinte. El resto había muerto en el accidente, en la avalancha, o al rechazar alimentarse con el cuerpo de sus compañeros.

A los dos meses del accidente la situación no podía ser más extrema. Pese a ser un tema tabú, la muerte se percibía como algo cada vez más próximo. Nadie se animaba a mencionarla, pero todos sabían que estaba ahí.

Un miembro del grupo fue madurando la idea de ir a buscar ayuda. Ni a él ni a nadie le escapaba que en esa eventual expedición podría perder la vida. Bastaba con equivocar el rumbo para morir.

Pese a ello, los días subsiguientes la idea se fue consolidando. Entre morir congelado esperando un rescate que no llegaba, o morir caminando, fue tomando fuerza la determinación de ponerse en marcha.

Solo dos miembros más estaban dispuestos a acompañarlo. El resto, prefería gastar sus últimos cartuchos de vida esperando junto al avión. La técnica establecía que al igual que en el océano, uno debía quedarse junto al avión o barco, para facilitar que los rescatistas pudieran verlo. Pretender encontrar a una personas sola en el medio del mar o de las montañas nevadas, era imposible. Por eso siempre se recomendaba quedarse esperando junto al barco o avión.

La noche previa a la partida y con la decisión tomada, el líder que caminaría en busca de ayuda, no pudo dormir. Las preguntas inundaban su corazón. ¿Sería el fin de su vida? ¿Qué pasaría con sus compañeros?

¿Cómo era posible que hubiera esperado tanto tiempo para ponerse en marcha?

Tenía plena conciencia de que después de caminar muchas horas perdería de vista a sus compañeros y a la improvisada base que significaba el fuselaje del avión. Tomó conciencia que ahí, no habría nada por delante. Solo más montañas, más nieve, más piedra, más nada. E incertidumbre, mucha incertidumbre.

Visualizando el futuro que lo esperaba volvió a preguntarse qué hacer. Por un lado, parecía claro que no tenía opción. No quería morir aguardando un rescate que tal vez nunca llegaría. Pero como contrapartida, la idea de morir caminando, congelado y en el medio de la nada, le resultaba atroz.

Se sentía como una isla en un océano de miedos que lo rodeaban. La muerte estaba por todos lados. No violenta, pero implacable, inevitable.

Sintió que su dilema se limitaba a elegir cuál de las dos opciones de muerte prefería. La sola idea lo estremecía porque él quería vivir. Y aunque no estaba todo dicho y confiaba en seguir con vida, morir era una posibilidad demasiado próxima.

Después de horas de angustia y estados de ánimo cambiantes, su espíritu decantó la decisión. Él quería morir caminando. Y por paradójico que resultara, esa era una decisión acerca de cómo quería vivir el tiempo que le quedara de vida. Quería hacerlo luchando, intentando, buscando una salida.

Con los primeros rayos de luz del amanecer, comprendió que había llegado su hora. Por miedo, confort, seguridad, los seres humanos solían quedarse donde estaban cómodos. Sin embargo, la vida solía empujarlos a situaciones extremas en las que pese al miedo, sólo existían dos opciones: esperar o ponerse en marcha.

Después de una increíble travesía de diez días, divisó una persona. Él y su grupo podrían seguir viviendo.

De regreso a su casa, confió en que la vida no le depararía más cruces de montañas, ni caminatas inciertas. Sin embargo, lo esperaban muchas más. Apenas salía de una había otras esperándolo, y otras más allá. Nunca sabría si las podría atravesar. Esas garantías no existían.

Pero había aprendido que debía caminar. Pese al miedo, a las condiciones más adversas, a la incertidumbre que a veces no podía ser mayor. No era posible quedarse en el mismo lugar en que uno se sentía cómodo sin estropear la vida.

En la montaña aprendió que vivir es ser un peregrino.

Artículo de Juan Tonelli: Peregrinos.

(NdA: inspirado en el testimonio de Pedro Algorta https://www.youtube.com/watch?v=lTOmujrId84 )

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Adversidad, Aprendizaje, Incertidumbre

Todo ocurre para bien

“- ¿Y por qué vendés una casa tan linda?”, preguntó Pablo.

Con un leve suspiro, el propietario le dijo: “- Somos del interior, y con mi familia teníamos previsto venirnos a vivir acá. Primero vino a estudiar nuestro hijo mayor, luego el siguiente, pero cuando teníamos que venir con el más chico, mi mujer y yo nos separamos…”

Pablo puso una cara de sorpresa que dejaba entrever su curiosidad. El vendedor, un hombre de unos cincuenta años no tenía problemas en ampliar su historia. “- Sumado a la separación, nuestro hijo más grande se recibió y se fue a vivir solo. El segundo también terminó su carrera y se consiguió un trabajo en otro país, por lo cual esta casa enorme está siendo utilizada solo por nuestro hijo más chico, lo que es un despropósito. Dado que nada ocurrió como habíamos planeado, el menor se mudará a un departamento más chico, y nosotros venderemos la casa.”

La historia movilizó a Pablo, porque tenía alguna similitud con la suya propia. Diez años atrás, él había construido una casa increíble para vivir con su mujer y sus hijos. Poco tiempo después de haberla terminado se enamoró perdidamente de otra mujer y todo se cayó a pedazos. Aquella propiedad soñada y ejecutada como si fuera una obra de arte, había terminado siendo un monumento al sinsentido.

¿Por qué ocurrían así las cosas? ¿Era la arrogancia humana de hacer planes, que Dios esterilizaba como en el caso de la torre de Babel?

Pablo, más interesado en la historia de vida del propietario que en la casa, hizo la pregunta que abría la caja de Pandora: “- ¿Y por qué te separaste?”

La cara de su interlocutor dejó traslucir lo difícil que era contestar esa pregunta. Así y todo, intentó hacerlo. “- Cuando se fueron yendo nuestros hijos y empezamos a estar solos con mi esposa, comenzó a aparecer un vacío. Tal vez siempre estuvo, pero el proyecto familiar lo taparía. Un día nos dimos cuenta que éramos dos desconocidos, vidas paralelas que habían estado unidas por los hijos, y que al irse ellos no tenían sentido…”

Aunque honesta, la explicación resultaba incompleta, por lo que Pablo hizo la otra pregunta prohibida: “- ¿Y ahora estás en pareja?”

“- Desde hace un año”, contestó el caballero, relativizando la situación.

“- ¿Y cuánto hace que te separaste?, preguntó Pablo sin darle importancia, aunque era claro hacia a donde apuntaba.

“- Dos años”, contestó el propietario con tranquilidad.

Acababa de aparece la verdadera razón del cataclismo. El síndrome del nido vacío no era el tema. O al menos, no el principal. El asunto era que aquél señor se había enamorado de otra persona. Aún cuando por su propia historia de vida Pablo fuera incapaz de juzgar a nadie, el señor intentó una explicación.

“- Luego de separarme me re encontré con una antigua novia, con la cual hacía décadas que no nos veíamos. Ella también hizo su vida, tuvo sus hijos, se fue a vivir afuera. Mucho después se separó y ahora nos reencontramos”, contó con alegría.

Luego continuó contando las normales vicisitudes de toda separación:  los dolores; las peleas con su ex mujer; los hijos que adaptados a los tiempos que corren, llevaban el tema mejor que sus padres; y varios pormenores que a Pablo le parecían poco relevantes.

Era la tercera vez en el término de dos semanas que personas de cincuenta años le contaban que se habían encontrado con un antiguo amor y que todo había resurgido. En dos de esos tres casos, esos reencuentros habían venido a dinamitar matrimonios de veinte años. ¿Pero serían causa o consecuencia del fin de esas parejas?

En la superficie, parecía un deja vu de su propia vida. Él también había planeado y armado todo para estar casado toda la vida, y un amor prohibido se había llevado puesto todo.

Dolorosamente había aprendido que en la vida los planes eran relativos. Aunque en la juventud uno se los creyera, siempre quedaban muy supeditados a una fuerza superior, que solía cambiarlos.

Sin embargo, en el fondo, los tres casos eran bien distintos al suyo. Por un lado, todos eran reencuentros con antiguos amores. Parecía cierto entonces que donde había habido fuego siempre quedaban cenizas.

¿Serían amores que en su momento el destino había desbaratado? ¿Temas pendientes que necesitaban ser resueltos?

Pablo ya no creía más en el cuento de la media naranja. En el mejor de los casos, eran dos naranjas que tenían que aprender a caminar juntas. Pero el concepto de que dos personas estaban hechas la una para la otra le parecía una idea falsa.

Sin embargo, era cierto que en la vida había que transitar los temas. Aquellos procesos interrumpidos antes que cumplieran su ciclo, siempre dejaban una inquietud que inconscientemente buscaba completar lo que había quedado irresuelto. ¿Sería este el caso con los amores truncos de la juventud?

La pregunta inevitable era, ¿qué hubiera pasado si estos amores no se hubieran interrumpido? Años después de casarse y tener hijos; ¿hubieran seguido juntos o también se habrían agotado?

Aquella pregunta no tenía respuesta. Era pedirle a la vida certezas que nunca concedía.

Mientras continuaba viendo la casa sin mirarla, las preguntas se agolpaban en el corazón de Pablo.

¿Por qué el amor siempre venía a armar caos?

Aún cuando su propia experiencia fuera que la catástrofe ocasionada por Cupido había generado maduración y crecimiento, el precio había sido muy alto y en algún sentido, lo seguiría pagando toda su vida. Hijos sin una familia unida, ex mujer enojada hasta la eternidad, y todas las implicancias derivadas de esta situación. ¿Hubiera preferido que no pasara?

Pese a todo el dolor que había tenido que experimentar, y el alto precio que pagaría toda su vida, se dio cuenta que tenía que agradecer lo sucedido. No porque su anterior mujer fuera una bruja -de hecho no lo era-, ni porque la actual fuera maravillosa. Su crecimiento y maduración actuales bien valían el alto precio que había pagado. Otra calidad de vida, otro nivel de vitalidad, de confianza, de plenitud. Otro vínculo consigo mismo, surgido a la luz de la crisis.

Se preguntó si en estos tres casos el amor romántico, además de desencadenar separaciones de matrimonios de larga data, traería maduración y crecimiento a sus protagonistas. Aunque tampoco había certeza en este punto, le pareció bastante probable dado que el sufrimiento era el gran catalizador de la maduración de los seres humanos.

Sin embargo, otra pregunta corroía su alma. ¿El amor romántico era la causa o el catalizador de la crisis existencial? Si la filosofía era que un clavo sacaba a otro clavo -en alusión a que para separarse de una pareja que ya no funciona se necesita de otro amor-, era claro que el enamoramiento solo venía a soplar un castillo de naipes, y en donde el problema no era el viento sino la fragilidad de la construcción con cartas.

Pablo sentía que la verdad pasaba más por esta hipótesis, que por creer que una pareja estaba genial y súbitamente un amor prohibido la ponía en crisis, devastando todo como un rayo. Si bien en la superficie podía parecer así, en el fondo, seguramente hubiera causas profundas que no estaban identificadas y solo salían a la superficie cuando el terremoto ya estaba en curso.

Pero si las causas no eran registradas; ¿se podía decir que la persona estaba sufriendo? ¿No era cierto que ojos que no ven corazón que no siente? Su propia experiencia era que él había estado muy bien hasta el momento en que Cupido le clavó el flechazo. A partir de ahí todo se había desmoronado. Pero no antes.

De poco le sirvió a Pablo reflexionar si los problemas que tenía previamente, al no ser conscientes no eran padecidos.

¿Uno podía ser infeliz sin saberlo? No sonaba razonable.

Pablo se detuvo frente al enorme jardín que tenía la casa, lleno de árboles y plantas. ¿Qué les pasaba a personas de cincuenta años, con hijos grandes, que decidían separarse cuando ya habían transitado una vida juntos? ¿Todo se explicaba con el hecho de que los hijos fueran grandes? Aunque cierto, le pareció que era un dato que no alcanzaba para explicar todo.

Tal vez, más allá que los hijos estuvieran grandes, el tema fuera que uno estaba grande. Algunos concluían que dado que habían estado juntos tantos años, era mejor hacer un esfuerzo para envejecer juntos. Otros, con no menos razón, pensaban exactamente lo contrario: justamente como no quedaba mucho tiempo por delante, había que aprovecharlo. Y dado que a esa edad no se tienen tantas ataduras y responsabilidades, las personas podían darse el gusto de tomar el camino que más les gustara.

Pablo reflexionó que prácticamente todas las personas transcurrían la primer mitad de su vida cumpliendo mandatos o escapándose de fantasmas propios o inculcados.

Muchas seguían viviendo la mitad restante de la misma forma, a costos emocionales crecientes. En la medida en que se aferraran a sus seguridades, irían matando la vitalidad que les ofrecía la verdad que la vida les iba revelando.

Pero otras tenían más suerte y les tocaba tener que atravesar crisis que si bien eran muy dolorosas, venían a depurar sus vidas. ¿Sería cierto que cuando uno desea algo, el universo conspira para que suceda? ¿Aplicaría aún en casos en que uno no tenía la menor idea consciente de lo que quiere?

Pablo estaba maravillado por el misterio de la vida. Saludó al propietario y se fue pensando en que tal vez los hindúes tuvieran razón. Aunque la cultura occidental y cristiana exaltara el libre albedrío y la libertad, tal vez fuera cierto que todo lo que ocurría en nuestras vidas era para bien. Especialmente aquello doloroso y que durante mucho tiempo no se comprendía. Esa incomprensión era solo temporal. Si uno tenía la paciencia y la templanza para transitar el camino, finalmente vería el sentido de cada una de las vicisitudes vividas.

El tema entonces era aprender a caminar un presente en el cual uno no encontraba el sentido de lo que se estaba viviendo. Por eso era imprescindible confiar. Confiar en que uno estaba en el preciso lugar del camino en que debía estar. Y en que esas circunstancias que ahora resultaban intolerables, tendrían un sentido valioso y fecundo que algún día sería revelado.

Artículo de Juan Tonelli: Todo ocurre para bien

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Incertidumbre, Miedo

Ahora o (tal vez) nunca

“- Hoy, lamentablemente, ellos son mejor que nosotros. Si se jugaran cien partidos, ganarían la mayoría”.

Las palabras del capitán del equipo que se preparaba para jugar la final del mundial, lo desanimaron. Sin embargo, lo que agregaría a continuación, lo espoleó:

“- Pero no son cien partidos. Es uno. Es este.”

Emilio sintió electricidad corriendo por todo su cuerpo. Era el momento de la verdad. Las ganas de comerse la cancha, pasar por arriba a los rivales. Este era el momento. Su momento. No habría otro.

O tal vez lo llegara a haber, pero no servía pensar eso para protegerse del miedo que sentía. Nada de imaginar futuras oportunidades. Eso sería solo una mentira de la mente para quitarse presión. Podía ser un truco comprensible, pero nunca aceptable. Había que aprovechar la única oportunidad concreta que había, ésta que tenía enfrente.  Y no guardarse nada.

¿Acaso tenía miedo de poner todo? Se dio cuenta que no. Su único y lógico temor era a perder esa final. A desaprovechar la cita que tenía con la historia.

¿Poner todo de sí y perder sería más doloroso que ser derrotado sin haberse expuesto tanto?

Emilio registró que eso tampoco resultaba cierto. Era otra trampa de la mente. Si le hubiera sido concedido conocer el futuro y saber que perdería; ¿Preferiría no esforzarse tanto? ¿Cuál sería el beneficio de tener una actitud menos comprometida? ¿Una pérdida menor?

De poco servían estas cavilaciones, porque nadie le anticiparía el futuro, y aquella final del mundial estaba ahí, esperando a ser jugada.

Ráfagas de emociones atravesaban su ser. Ante la enorme presión en que se encontraba, un recuerdo emergió con fuerza: su obsesión por la técnica. Durante su adolescencia y mas allá de ella, la única preocupación  de Emilio había sido lograr un perfecto estilo. Estaba convencido que realizar todos los movimientos en forma impecable, lo llevaría al lugar que él soñaba: convertirse en el mejor jugador del mundo.

Preparándose a disputar aquella final del campeonato mundial, pudo ver que su obsesión por la técnica escondía dos aristas negativas, que convergían en una: su dificultad de lidiar con la incertidumbre.

Por un lado, creía en el dogma de que la técnica sería una autopista al éxito. Sin embargo, a lo largo de dos décadas había aprendido que la vida nunca ofrecía garantías de resultados ni de ningún tipo.

A su vez, consideraba que una técnica sin fisuras lo protegería del enorme miedo con que jugaba. Siendo consciente de lo nervioso y paralizado que se ponía bajo presión, creía que un estilo perfecto vendría a salvarlo de aquél estado emocional tan desbordado.

Su razonamiento era que una técnica correcta le permitiría ser muy superior los demás, reduciendo la presión. Y en el improbable caso en que no lo fuera, su destreza lo rescataría de su desesperación, permitiéndole ganar un partido que él no podía por lo asustado que se encontraba.

Como resultaba evidente, se dio cuenta que ambas ideas eran un disparate. La mejor técnica nunca le garantizaría nada. De hecho, había muchos jugadores que sin tener tanta destreza eran buenísimos, y tantos otros que pese hacer todo como lo indicaban  los manuales, nunca llegaban a ningún lado.

En la vida no había certezas de ningún tipo, y mucho menos, evidencia que demostrara que ser buen alumno o cumplir al pie de la letra las recomendaciones teóricas, garantizaría el resultado.

Mientras continuaba con el pre calentamiento, suspiró al registrar su errónea idea de que la técnica le permitiría sobreponerse al miedo. Ahora tomaba conciencia que una cosa no tenía nada que ver con la otra.

En carne propia había descubierto que si sentía miedo, debía ocuparse del miedo. Nada de pensar en sortearlo o evitarlo. El miedo no otorgaba esas prerrogativas. Lamentablemente, había pasado muchos años tratando de resolverlo con medicinas equivocadas, cuando la única solución posible era confrontarlo.

¿Cómo había podido ser tan desconectado de sus emociones,  para creer que la técnica lo ayudaría a sobreponerse del miedo? Como si fuera posible que alguien asustado pudiera tener sus facultades y destrezas funcionando normalmente. No había ninguna posibilidad. El miedo lo afectaba todo.

Volviendo a la final que se aprestaba a jugar, la frase del capitán lo había interpelado. Durante muchos años, Emilio había tratado de evadirse para mitigar la presión que sentía y el miedo que ella le generaba.

Para no quedar tan paralizado en los momentos claves, solía decirse que esta oportunidad no era tan importante, que habría otras. Relativizar la importancia o el carácter único de la ocasión que tenía enfrente, servía para sacarse presión de encima. Pero no era verdad.

Hubiera sido mejor hacer como los samuráis, que para pelear sin que ningún miedo los atara, pasaban horas meditando en su propia muerte. Desde esa perspectiva, todo cambiaba. Si la muerte era algo próximo y familiar, difícilmente se paralizaran por miedo a morir. Buena paradoja.

Mientras hacía los ejercicios finales antes de salir a la cancha, volvió a pensar en la proverbial dificultad de los seres humanos de convivir con la incertidumbre. Desde los tiempos más antiguos el ser humano sabía que la vida podía cambiar drásticamente en cualquier instante. No había garantías de éxito ni de ningún tipo. Todo era frágil, inestable y con fecha de vencimiento.

El mecanismo adaptativo más frecuente para impedir que esa realidad nos aplastara, era negar la situación. Hacer como si esa insoportable levedad del ser no existiera . Inventarnos la vida como algo estable, cierto, previsible.

Pero con los años y las pérdidas, las personas iban aprendiendo a vivir el sólo por hoy.

Caminó por el túnel que conducía a la cancha sintiéndose un gladiador contemporáneo. Las paredes vibraban producto de los millares de personas que estaban saltando y gritando enardecidamente. Sintió miedo. ¿Podrían vencer a aquél poderoso rival? ¿El factor humano primaría sobre la lógica?

Pensó que en el término de dos horas, todo habría terminado. Sintió esa humana tentación de querer conocer el futuro. Aguzó su intuición al máximo pretendiendo intuir cualquier energía que sirviera para develar el porvenir. No pudo distinguir nada claro.

Experimentaba un montón de emociones encontradas. Ganas de escaparse a consecuencia de todo el miedo que sentía. Deseo de poner todo de sí para convertirse en héroe. ¿Cómo terminaría esta película?

Saber vivir, si es que existía tal cosa, llevaba implícita la necesidad de aprender a convivir con importantes niveles de incertidumbre. Los seres humanos se pasaban toda la vida peleando o huyendo de tiburones, cuando en realidad debían ser capaces de poder hacer la plancha en medio de ellos.

Ignorando completamente qué pasaría en las próximas dos horas y cuál sería el resultado, ingresó a la cancha dispuesto a dejar todo lo mejor de sí. Lo único que verdaderamente estaba a su alcance.

Artículo de Juan Tonelli: Ahora o (tal vez) nunca

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