Incertidumbre

 La vida es incertidumbre. Por más que busquemos seguridades y certezas, todo es frágil y precario. Nuestro amor, el trabajo, la salud, la vida, todo puede cambiar en la próxima hora. Solemos negar esta realidad para poder vivir sin enloquecer. Hacemos como si la incertidumbre no existiera, y gracias a eso podemos enamorarnos, tener hijos, hacer proyectos. Pero la vida siempre irrumpe para mostrarnos que es arbitraria, misteriosa, cruel y maravillosa. Frente a la incertidumbre solo nos queda aceptarla como la característica central de la vida y aprender a convivir razonablemente con ella, sin pretender controlarlo todo.

Adversidad, crisis, Incertidumbre, Miedo

la vida es algo más que empujar todo el tiempo

Emilio salió del consultorio del oncólogo sosteniéndose como pudo. Por qué la vida se había ensañado tanto con él? Está bien; no le había prestado mucha atención a ese cansancio que venía arrastrando desde un año antes de que le diagnosticaran el cáncer de colon. Pero de ahí a semejante catástrofe? La vida podía ser cruel y despiadada.

Lo que inicialmente había prendido las señales de alarma -el diagnóstico de un tumor maligno en el intestino grueso-, se convirtió en un abismo cuando la tomografía mostró que tenía varias metástasis.

Le extirparon todo el mal, y cumplió rigurosamente con el largo tratamiento. Se sintió curado. Festejó su cumpleaños exultante, por haberle ganado a la enfermedad. Su férrea determinación todo lo podía.

A los tres meses y en el primer control de rutina se encontró que había muchas metástasis nuevas. Con la voluntad se podía intentar todo pero no lograr todo.

Del consultorio del médico apenas pudo caminar hasta el bar más cercano. Había ido solo, como siempre. Aunque le hubiera encantado que alguien lo acompañara, siempre sobreactuaba su fortaleza, mostrando que era autosuficiente. Esta vez, lo único que hubiera necesitado era un abrazo. Un hombro en el cual apoyarse y llorar como un chico. Descargar toda la impotencia junta. Dejar de hacer esfuerzos por ser fuerte. Ya está. La vida lo había desparramado.

Pidió un cortado, mientras miraba la nada. El mozo intentó una conversación pero Emilio nunca le contestó. Si se iba a morir pronto, qué sentido tenía seguir siendo correcto?

Durante algunos días evaluó entre retomar la quimioterapia o buscar caminos alternativos. Finalmente decidió dejar de lado los protocolos tradicionales. Si no habían servido de nada cuando la enfermedad no era tan avanzada; qué podrían aportar ahora?

De todas, formas, descartar la medicina tradicional le produjo una sensación de caída libre, sin paracaídas. Se estaba muriendo a toda velocidad y no haría nada? O acaso así funcionaba el negocio de la oncología, vendiendo medicamentos costosos que solo ayudaban a laboratorios y médicos poco íntegros? No tenía respuestas para esos interrogantes, aunque supo que no quería retomar ese camino.

La sensación de soledad y aislamiento al no seguir la medicina tradicional le generaba un miedo aterrador. Como optar por tirarse de un décimo piso antes que morir quemado por el incendio.

Así llegó a una fundación que ofrecía un abordaje espiritual de las enfermedades complejas. A diferencia de otras, no exigía el abandono de la medicina tradicional. La directora quiso saber por qué Emilio había tomado esa decisión.

-Quiero morirme por mi cáncer y no que me mate la quimio.

Aquellas palabras retumbaron en el cálido escritorio de la médica.

-El tiempo de vida que me quede, no quiero pasarlo en centros de quimioterapia.

La directora sabía bien de qué le estaban hablando.

-Le cuento que hay muchos casos de remisiones espontáneas, de esas curas que la ciencia no puede explicar, -dijo.

-Eso es lo que vine a buscar, -contestó Emilio, -aunque ni yo mismo lo creo.

Estaba aturdido, cagado a palos por la vida. Tanto esfuerzo, tanta voluntad, actitud, habían sido estériles. Tal vez por primera vez en cuarenta años, su determinación no servía para nada.

-Y qué tengo que hacer para curarme del cáncer, -preguntó con escepticismo.

La médica lo miró compasiva. Cómo explicarle a alguien tan duro que solo confiaba en sí mismo? Percibía que ese paciente era incapaz de soltar, entregarse, aún en circunstancias tan extremas. No se había dado cuenta que vivir era otra cosa.

-En general se producen cuando las personas se entregan. Cuando asumen su impotencia. Que no pueden hacer nada de nada. Que su férrea voluntad no funciona. Cuando dejan de empujar y se abren al misterio de la vida. En ese punto límite algo cambia y el cuerpo, en vez de autodestruirse empieza a repararse.

Emilio la escuchaba con incredulidad. La directora le contó que estas crisis eran una invitación al cambio.

-Que el cáncer que tengo es una invitación?, -dijo Emilio con enojo. -Se me llevan mi vida y usted dice que es una invitación? Hubiera preferido que no me invitaran a ningún lugar, y que mi vida siguiera como estaba, que estaba perfecta.

-Si hubiera estado perfecta no se habría enfermado, -sacudió la médica con ternura.

El cáncer es siempre una enfermedad mortal. Pero nos ofrece dos alternativas. Matar nuestro cuerpo, o matar el personaje que éramos hasta que apareció. Y solo si muere la persona que éramos hasta antes de enfermarnos, el cuerpo puede sanar. Solo cuando no tenemos más posibilidades, comienzan nuestras reales posibilidades. Antes es imposible porque estamos llenos de certezas, voluntad, ideas. Solo cuando experimentamos que todo eso no sirve para nada, tenemos alguna chance.

Emilio podía reconocer algo de verdad en aquellas palabras. Pero qué hacer? Él no conocía lo que era no estar a cargo, no estar empujando todo el tiempo. Incapaz de registrar que eso mismo era lo que estaba en crisis. Cómo hacer para dejar de hacer, dejarse en paz? Casi que parecía absurdo. Se dio cuenta que aún en medio de aquella situación dramática, no había soltado. Solo estaba aturdido, desconcertado. Pero seguía a cargo de todo, aunque en ese momento se sintiera acorralado y sin saber por dónde ir.

Pocos meses después, para liberarlo de su enorme responsabilidad de vivir, la vida lo eximió de seguir a cargo.

 

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Incertidumbre, Miedo, Sufrimiento

Todos tenemos que ser un poco faquires para poder vivir

Para resumir su realidad, Cristian le mostró una foto en la que tenía un bebé recién nacido en brazos.

-Quién es?, le preguntó su amigo Sergio.

-El hijo de Vero, fue la catastrófica respuesta.

Cristian estaba incendiado con Vero, un amor prohibido. La situación tenía cierto equilibrio porque ambos eran casados. El rutilante romance se había desencadenado dos años atrás, con ella casada y sin hijos, y él con veinte años de pareja y tres adolescentes.

Como suele ocurrir, todo era alucinante hasta que el romance empezó a generar los inevitables frutos amargos. Esas dolorosas dualidades de cualquier amor prohibido: máximo gozo y máximo sufrimiento. Nada de puntos medios. Blanco o negro, cielo o infierno. Y en donde lo que separaba un lugar del otro podía ser un milímetro o un segundo.

Con más de cuatro décadas y pese a tener un enorme prontuario sexual, Cristian sintió que había descubierto la sexualidad.  –Yo era virgen y no lo sabía, decía en alusión a lo que estaba disfrutando ahora, que nunca había conocido en veinticinco años de sexo.

Cierta madurez emocional conjugada con un vigor que todavía no declinaba, producía una performance sexual extraordinaria. Por primera vez en su vida el sexo se convertía en una experiencia casi mística. Era tal el gozo y la alegría profunda,  que el enorme placer que le había provocado durante décadas resultaba insignificante al lado de lo que vivía ahora.

Vero, si bien tenía algunos años menos, estaba viviendo lo mismo. Cuando se desencadenó el romance se acababa de casar y deseaba buscar un hijo con su marido. Cupido la había obligado a cambiar drásticamente los planes, esperando hasta que la situación se aclarara.

El tiempo fue pasando y lo único que se aclaró fue que ese amor prohibido era arrasador y  ambos integrantes estaban hasta las manos. La situación de Vero era menos compleja porque no tenía hijos. Aun cuando frenar y no encargarlos fue todo un tema como su marido, separarse dejaría menos heridos que los que provocaría Cristian, quien además de esposa tenía tres chicos.

Así pasó el primer año, con sexo a diario y doble vida. Por una de esas razones que la ciencia aún había sido incapaz de explicar, las mujeres eran superiores a los hombres a la hora de ocultar un affaire. El género masculino solía quedarse muy afectado, siendo incapaz de convivir con la situación y convirtiendo el hogar en un infierno.

Tal vez fuera que toda la potencia masculina encontraba en la esposa, el único e insalvable obstáculo para dar rienda libre al deseo. Esa situación desencadenaba que el hombre inevitablemente empezara a llevarse mal con su mujer.

El hecho que Cristian no quisiera dejar a su esposa para cuidarla junto con su familia, solo producía resultados paradójicos. Vero comprendía perfectamente la situación, y le fascinaba saber que él era un gran padre y un compañero en el que se podía confiar. Por un lado, esa situación la enamoraba aún más. Por el otro, la destruía saber que nunca podría estar con su amor.

Después de más meses de montaña rusa emocional, Vero tomó la drástica decisión de tener un hijo con su marido. Las conversaciones que se dispararon con Cristian eran maravillosas porque recorrían los más complejos laberintos del alma humana. Él comprendía perfectamente su decisión y la apoyaba. Era lo correcto, y cada uno tenía que defender su matrimonio. A su vez, sentía desolación al asumir que Vero no tendría un hijo con él sino con su propio marido, y que su amor por ella estaba condenado a muerte. El solo pensarlo le quitaba la respiración y llenaba los ojos de lágrimas. Dolor, frustración e ira inundaban su ser.

Finalmente ella juntó coraje e impulsividad y quedó embarazada. Su relación con Cristian entró en otra dimensión. Lo que parecía una decisión que sería el disparo de muerte al amor prohibido, solo potenció el encuentro entre ambos.

Como no seguir enganchados si estaban compartiendo una experiencia tan dramática juntos? El hecho que ambos tuvieran que transitar los confines del infierno los volvía camaradas de guerra, y por ello, con un vínculo a toda prueba. Se entendían con una simple mirada, hecho que no lograban con ninguna otra persona en el mundo. Cómo podrían ser comprendidos por alguien más si el drama no lo compartían con nadie?

Peor aún era la situación con sus respectivos cónyuges. Si bien era comprensible ocultarles semejante realidad para no destruirlos, la distancia emocional de cada uno con su marido o esposa era abismal. De qué tema importante podrían hablar con sus parejas si lo único que los tomaba en cuerpo y espíritu debía ser ocultado?

El embarazo progresaba y Vero y Cristian seguían teniendo sexo diariamente. Aunque también lo hacían una vez por semana con sus respectivas parejas para guardar las formas, todo era muy difícil. Ella hacía mucho tiempo que no tenía orgasmos con su marido. Él, por primera vez en su vida no conseguía sostener una erección. Como si fuera una maldición, para poder tener una relación sexual mínimamente aceptable con sus esposos, fantaseaban que estaban con sus amantes. Toda una ironía.

Dentro de los disparates que la realidad generaba, cuando Vero y Cristian se acostaban, más de una vez pensaban que el embarazo en curso era de ellos.

Para el quinto mes de gestación el obstetra confirmó que se trataba de un varón, pero alertó que el crecimiento no era bueno. La culpa se apoderó de ambos, y decidieron dejar de tener relaciones sexuales. Fuera por ello o no, el bebé se recuperó.

Las paradojas y contradicciones eran diarias. Como si fuera una conjura, cuando cedían a la brutal evidencia de los hechos y más se esforzaban por separarse, más conectados se sentían, y más ganas tenían de concretar el sueño imposible de estar juntos.

Entre la desolación y la locura llegó Semana Santa, y Cristian se despidió de su amor para viajar unos días con su familia. En la madrugada del domingo de Pascua recibió en su celular un mensaje con una foto de Mirko, el bebé recién nacido.

Cristian se sentía como un león enjaulado, atado de pies y manos por la vida, sin más remedio que resistir. Al regresar de su viaje combinó con su amor, y se encontraron en un bar donde se sacó unas fotos con el bebé en brazos.

-Qué infierno, le dijo Sergio. Y qué pensas hacer?

-Qué sé yo!, -fue la lacónica respuesta de Cristian.

-Hace un tiempo, antes de que naciera Mirko, pensaba que si en doce meses nuestro enganche seguía igual, tendría que separarme e ir a vivir con Vero. Pero no puedo dejar de pensar en su marido, y en que lo estaríamos privando de estar con su hijo de un año…

-Y con tu esposa?, quiso saber Sergio.

-Qué se yo…, -volvió a repetir Cristian. -Le tengo un enorme cariño, afecto, amor… Son veinte años juntos. Lo mismo le pasa a Vero.

-Y cómo sus respectivas parejas no se dan cuenta que ustedes están en otra galaxia?

-No lo sé. Hacemos lo imposible por cuidar todo y que nadie sufra, pero la vida se puso difícil.

Ambos se quedaron en silencio. Qué podía decirle Sergio que no fuera un lugar común? Que cortara el romance y ordenara su vida? Cómo, si hasta acá había sido totalmente imposible? Por el contrario, podría aconsejarle que dejaran sus familias, omitiendo todo el dolor que ocasionarían?

-Qué pensás?, -preguntó Cristian.

-Es complejo… En la vida hay situaciones claras, que pueden ser terribles pero no son ambivalentes ni contradictorias. Una muerte, una enfermedad irreversible, un despido, una quiebra. Tu caso es de esas realidades a las que también nos somete la vida, en donde hay enormes fuerzas encontradas, pero que en algún momento se resolverán. Esta escisión en la que vivís y es lo que te destruye, tarde o temprano terminará. Y vos dejarás de tener una existencia dual. Recuperarás una vida integrada

-Y cómo decís que se hace?

-Creo que todo lo que se puede hacer lo estás haciendo.

-Pero no alcanza…

-Por ahora.

-Y cuándo será suficiente?

-Quién lo sabe… Hay temas en la vida que solo requieren tiempo. Tolerarlos, convivirlos, todo lo que haga falta hasta que se disuelvan.

-No es un camino muy alentador…

-Se te ocurre alguno alternativo?

Cristian se quedó callado. Qué podía contestar? Llevaba dos años maravillosos e infernales, y en los que deseaba con desesperación que la realidad dejara de ser tan dual y contradictoria. No soportaba más estar partido al medio. Pero era plenamente consciente que las fuerzas encontradas eran grandes y equilibradas y que por eso la situación no se resolvía. La maravilla de su conexión con Vero era equiparable al amor por su esposa y sus tres hijos.

-Y si sigo así toda la vida?, -preguntó con desolación.

Sergio pensó en decirle que eso era improbable, casi imposible. Aún cuando la situación tomara unos cuantos años más en resolverse, era muy difícil que ese equilibrio durara décadas. En algún momento, su relación con Vero o con su esposa, se enfriaría o estropearía. Y sus hijos, indefectiblemente dejarían de ser adolescentes, por lo cual el equilibrio de fuerzas estaba llamado a romperse. Así y todo, optó por moverse en otra dirección.

-Y si seguís así toda la vida?, repreguntó.

-Hijo de puta!, -reaccionó Cristian entre enojado y risueño. Como si no quisiera que la realidad fuera tan cruel.

-Cuando no podemos modificar la realidad, solo nos queda adaptarnos a ella. Ponernos cómodos, aunque sea un cubículo poco anatómico y sin espacio. Los chinos dicen: “sino tiene solución, de qué te quejás? Y si tiene solución; de qué te quejás? Sin embargo, la vida siempre nos presenta temas que no está claro si tienen o no solución. Entonces, creo que la mejor estrategia es ponerse cómodo con la vida tal como es, pese a que pueda resultar muy difícil. Y parar de pelearse con una realidad, que en este momento es imposible de modificar…

Cristian volvió a mirar la foto de su celular en la que tenía al hijo de su amor en brazos. Suspirando, dijo: -Te cuento el infierno que vivo, y vos me recomendás que me vuelva un faquir…

-Y, si la realidad es una cama de clavos o un cubo de un metro cúbico, creo que lo mejor que podemos hacer es tratar de relajarnos aún en el medio de enormes limitaciones y sufrimiento. Es imposible pasar por esta vida sin atravesar períodos en los que tengamos que volvernos faquires para seguir viviendo. Sino, morimos desangrados por las heridas infligidas por las camas de clavos que nos tocan, o asfixiados por el poco oxígeno existente en los reducidos espacios que por momentos nos presenta la existencia.

-Aún cuando lo que decís no es lo que querría escuchar, me ayuda…

-A los efectos de vivir, es mucho mejor ser faquir que mago, dijo Sergio apretándole fuerte la mano para luego despedirse.

Artículo de Juan Tonelli: Todos tenemos que ser un poco faquires para poder vivir.

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Ansiedad, Aprendizaje, Incertidumbre

¿Qué camino tomo?

Muchas veces la vida es incierta. Nos presenta dilemas que es muy difícil dilucidar. Cuando la incertidumbre es alta y no sabemos qué camino tomar debemos considerar que de la presión nada bueno surge. Sentirnos presionados porque estamos obligados a decidir, porque hay poco tiempo, o por la razón que sea, suele agravar las cosas. En esos casos, lo mejor es ponernos cómodos con la vida, y darnos el tiempo necesario para que podamos ver y vivir las opciones, hasta que nuestro mismo cuerpo nos indique qué camino tomar. Dicen que crisis es cuando las preguntas no pueden responderse. En esos casos lo mejor es tolerar la tensión hasta que el tiempo nos permita construir una decisión.

-La verdad es que no tengo nada claro el tema.

-Por qué?, preguntó el Maestro.

-Por un lado tengo una buena vida, de la que no me puedo quejar. Pero las circunstancias que vivo parecen abrir ciertas puertas, cerrar otras, y no sé muy bien qué camino tomar.

-¿Y qué es lo que te preocupa?

-Justamente eso; no saber para donde correr.

-¿Cuáles serían las opciones?

-Ni siquiera las tengo bien claras. Por un lado estaría la posibilidad de hacer algo más vocacional que siempre me atrajo, aunque mal remunerado. Por el otro, seguir haciendo lo que hago ahora. Si bien es menos trascendente, me permite un desarrollo económico, algo que para mí es importante.

El Maestro reflexionaba en silencio. El discípulo, algo ansioso, continuó.

-Ya sé que me vas a decir que el dinero no es importante…

-Nunca te diría eso. El dinero, es importante. En todo caso, me preguntaba qué habría en lo profundo de cada alternativa. Las superficies suelen ser engañosas.

-¿Qué querés decir?

-Pueden confundirnos con falsas motivaciones. Los típicos espejismos que vemos los seres humanos.

-¿Cuáles podrían ser?

-Muchas de nuestras motivaciones profundas están relacionadas a nuestras carencias. Y de ellas, la búsqueda de reconocimiento es la más frecuente. Cuando no somos conscientes de nuestras carencias, éstas nos dominan por completo. Si en cambio, las reconocemos, tenemos algunas chances de elegir con más libertad y con más verdad.

-¿Qué te hace pensar que algo vocacional podría esconder una búsqueda de reconocimiento?

-Porque ese tema siempre está. Y cuando lo negamos es peor. ¿Harías esa actividad vocacional si supieras que vas a tener un lugar de poca exposición, o en el que no serás reconocido?

El discípulo se quedó callado. Era evidente que se trataba de un punto sensible. Ante el prolongado silencio, el Maestro prosiguió.

-Esa pregunta es central. Aunque ningún ser humano es indiferente al reconocimiento, si percibimos que ese es nuestro motor oculto, deberíamos analizar bien el caso.

-¿Para qué?

-Para no equivocarnos tanto. Negar que la búsqueda de reconocimiento nos resulta central, nos lleva por mal camino.  Pero reconocerla y minimizar lo que puede llegar a condicionarnos, también puede perjudicarnos mucho.

-¿Por qué?

-El primer caso es obvio; no hay peor enfermo que el que no lo admite. Sin embargo, con frecuencia observo que la mayoría de los que reconocemos nuestras enfermedades, simplificamos la cura. Personas que reconociendo su debilidad humana, consideran que con su voluntad alcanza. Como si bastara con una orden para que esa carencia dejara de condicionarnos.

-Y no es así…

-¿Pudiste sobreponerte a tus condicionamientos decretando el cese de esas pulsiones? Negar un problema es siempre la peor alternativa. Pero reconocerlo, no lo resuelve. Es solo un primer paso importantísimo. Pero como el camino es largo y cuesta arriba, la mayoría de las personas no quiere recorrerlo.

-¿Me estás diciendo que dejo mis actividades y vengo acá sin tener ganas de curarme?, -provocó el discípulo.

-Por supuesto, -le contestó el Maestro sin inmutarse. La mayoría de las personas no quieren curarse. Solo pretenden aliviar los síntomas.

El discípulo acusó el golpe. Percibía verdad en aquellas palabras. Después de un rato callado, preguntó:

-¿Y qué me aconsejarías frente al dilema que tengo?

-No niegues tu búsqueda de reconocimiento, haciendo como si no tuvieras ese problema. Pero mucho menos creas que sos un ser espiritual que con su sola voluntad se pone por encima de las debilidades humanas.

-¿Y frente a las opciones que tengo?, -repreguntó el discípulo algo ansioso.

-Eso es algo que vos tendrás que descubrir. No esperes una respuesta clara y contundente porque si la tuvieras no estarías en esta situación. Simplemente prestá atención a pequeños signos de por dónde puede pasar tu camino y por dónde no. Pequeñas signos. Solemos esperar señales imponentes, cuando en realidad, la vida nos vive hablando en voz baja. Solo después de años de sordera, empieza a gritarnos para ver si entendemos algo. Para ese entonces los costos suelen ser altos.

-¿Cómo se presentan esas pequeñas señales?

-Observá qué actividades te da alegría hacer, y cuáles no. En qué reuniones estás contento, y cuáles sentís que son tóxicas, que te envenenan el alma.

-Ufff…qué buenas referencias.

-Pensá con qué personas y con qué jefe podrías aprender mucho. Con quién te gustaría trabajar para vivir una experiencia rica.

-Nunca lo había pensado en esos términos.

-Es que en el fondo siempre estuviste tan preocupado por llegar a la meta que no te quedó mucha energía para conectarte con la experiencia o los compañeros de ruta. Paradójicamente, ahí está la mayor riqueza.

-Pensar en trabajar con alguien del que pudiera aprender me produce alegría.

-Y sí; aflojar la exigencia de tener que llegar te puede permitir relajarte un poco y aprender algo.

-Es que vivo con un sentido de urgencia, -se sinceró el discípulo.

-Contame…

-Correr, apurarme, porque si no no voy a llegar.

-¿A dónde?

-A la cima.

-¿A la cima de qué?

-No sé, del universo…, dijo el discípulo entre risas.

-Es muy difícil tomar buenas decisiones si siempre te sentís urgido. La vida a veces nos pone en situaciones límites; pero si vivís como si todo el tiempo estuvieras en una situación extrema es imposible decidir bien. Ni hablar de tener una buena vida.

-¿Y cómo hago?

-Finalmente nuestra identidad siempre se termina manifestando. Así que no te presiones por hallar tu destino lo antes posible. Alcanza con que te aflojes un poco y confíes en que los vas a encontrar. Correte del ahora o nunca.

-¿Y cómo hago para saber qué camino tomar?

-Imaginate viviendo cada opción. Pensá cómo sería tu vida el próximo año si transitaras ese camino. También, dentro de cinco años. Esto último sirve para descartar, ya que lo que puede convenirnos en el corto plazo, no se sostiene en el largo plazo. Conozco gente que meditando en su vida dentro de cinco años tomó la decisión de separarse. Imaginar ese horizonte les sirvió para tomar conciencia que no querían seguir con su pareja.

-Resumiendo, -dijo el discípulo entre risas. -Elegir el camino en donde perciba pequeñas señales de que transitarlo me da alegría. Salirme de la sensación de ahora o nunca, porque solo complica más las cosas. Buscar a dónde puedo aprender más, qué camino me interesa, me da ganas de recorrer. Imaginarme transitando el camino, y visualizar a donde no querría estar en cinco años…

El Maestro lo miró con ternura ya que no era adepto a las fórmulas. Sin embargo, percibiendo que su interlocutor buscaba ideas rectoras, a modo de cierre, le dijo:

-A cierta edad, las buenas decisiones se toman más con el corazón que con la mente. Movete en dirección a aquello que te conmueva.

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Ansiedad, Incertidumbre, Sufrimiento

¿Cómo mi vida vino a parar acá?

-Yo también te amo, dijo Hernán y acariciándole la panza del avanzado embarazo, le dio un beso tierno y se fue.

La situación no habría tenido nada de extraordinario a no ser porque él no era el padre de aquél bebé próximo a nacer.

El fulminante romance se había desencadenado en el trabajo de ambos, dos años atrás. Virginia estaba de novio desde hacía muchos años con un buen tipo, con quien no tenía hijos. La relación era sana y apacible, aunque a ella le faltaba ese plus final para animarse a ser madre con aquél hombre. Pese a que el reloj biológico empezaba a apretar, ella tenía dudas porque veía a su compañero como alguien falto de iniciativa y fuerza.

Así pasaban las Navidades y la vida, sin peleas ni animarse a ser padres, por temor a quedar ligados para siempre. En ese estado estaban cuando apareció Hernán y todos los fantasmas quedaron obsoletos rápidamente .

El flechazo fue tan fuerte que no había lugar para seguir dudando acerca de si tener un hijo con su novio o no. Hernán tenía que serlo porque era el padre perfecto. Su fuerza, su seguridad, su sensibilidad. El único problema que tenía es que él llevaba quince años de casado y tenía dos hijos casi adolescentes.

Recorrieron el camino tradicional de cualquier amor prohibido; en este caso, cuidar la familia de él. Eso era lo único importante, mientras cogían seis veces por semana.

El tiempo transcurría y la realidad se llevaba puesta todos los planes. El romance no solo no se enfriaba sino que cada vez era más intenso. Como en cualquier amor prohibido, las paradojas y contradicciones se tornaban cada vez más pesadas.

Virginia la tenía más fácil, porque abandonar a su novio era bastante más simple que la situación de Hernán. Él tenía que dejar a su esposa de quince años, dos hijos, y atravesar el enorme dolor de perder la cotidianidad de su casa.

En largas noches de pasión, todo parecía posible. Con los primeros rayos de luz volvía la realidad y ambos amantes se transformaban en Cenicienta, regresando a sus vidas de siempre. La resaca emocional era directamente proporcional al paraíso que conocían. De los momentos más sublimes pasaban a los abismos más oscuros. Con frecuencia Hernán sentía que la cabeza se le iba a partir; ¿Cuánta dualidad podía soportar un ser humano?

Él seguía haciendo enorme esfuerzos por cuidar a su familia, si bien con su mujer estaba todo mal. Era inevitable cuando en el fondo, ella era el obstáculo que lo separaba de su verdadero amor. Así y todo, ponía mucha voluntad para salir adelante.

Como tantas parejas en crisis, le había propuesto a su mujer hacer terapia juntos, aunque en el fondo de su corazón sintiera que no serviría para nada. ¿Qué podía hacer un terapeuta frente a un sentimiento tan fuerte? ¿Explicarle razones? Para peor, él no podía hablar de la verdadera causa de la crisis, lo cual lo hacía sentir más solo y reforzar la idea de que aquellas sesiones no servirían para nada. ¿Para qué las hacía entonces? ¿Para sentirse menos culpable? ¿Para hacer un simulacro de esfuerzo aunque supiera que no conducirían a ningún lado?

Todos los intentos de cortar aquél amor prohibido terminaban irremediablemente en fracaso. Hernán que siempre se había sentido con la determinación de un espartano, percibía que esta vez su pólvora estaba mojada. Cuanto más intentaba alejarse de Virginia, más pensaba en ella. ¿Quién había inventado esta maldición llamada amor?

Ella en cambio, oscilaba entre querer separarse para dejar a aquella familia en paz, y sentir que se moría cada vez que lo intentaba. Llegó a pensar en conformarse con solo ser la amante de Hernán. Después de todo, si ser pareja no era posible, tendría que conformarse con lo que había.

Se enojaba consigo misma del solo pensarlo; ella que había sido tan crítica de las mujeres que aceptaban ser las segundas, se encontraba en la misma situación. ¿Sería una venganza del destino por su falta de comprensión y compasión en el pasado? ¿Tan alto era el precio que tenía que pagar para redimir su arrogancia? Ahora que ella se encontraba en esa situación, comprendía que no se trataba de tener baja autoestima. Con tal de no perder a su amor, estaba dispuesta a aceptar condiciones que siempre le habían resultado inaceptables.

Para la mitad del segundo año del romance la situación era insostenible. Cada uno transitaba su propio infierno. En su afán por enderezar la vida de ambos, Virginia tomó una decisión draconiana: tener un hijo con su novio de siempre.

Cuando pocos meses después confirmó que estaba embarazada, sintió un torrente de emociones contradictorias. Paz, al pensar que su vida recuperaría normalidad. Dolor, al asumir que había empezado a perder definitivamente a Hernán, el amor de su vida. Angustia, del solo imaginar la conversación con él.

Ese diálogo fue una montaña rusa. Al escuchar las novedades, Hernán sintió alegría porque Viriginia pudiera tener un hijo. Paz, imaginando que la vida se ordenaría. Angustia al pensar la bifurcación de ambos caminos. Celos, un sentimiento inédito para él, porque el bebé que estaba creciendo en la panza no era suyo. Se abrazaron fuerte, rieron, lloraron e hicieron el amor. Aquella relación maravillosa se merecía una despedida con todos los honores.

El problema es que muchas veces los puntos finales que deciden los hombres no cuentan con el consentimiento de la vida. Las personas pisan el freno pero la realidad sigue.

En cuestión de semanas ambos amantes registraron que el embarazo no solo no había ordenado sus vidas, sino que las contradicciones se habían exacerbado. Se extrañaban y deseaban más que nunca, y el amor que sentían por el otro, si bien era sublime, también parecía un ensañamiento de la vida con ellos.

Después de varios meses de seguir viéndose en forma diaria y desesperada y en la que siempre terminaban cogiendo, Hernán juntó fuerzas para hacer un impasse. Lo angustiaba pensar que ese bebé al que ya amaba, no tuviera espacio emocional para desarrollarse si su madre seguía tomada en cuerpo y alma por esta situación.

El nuevo decreto solo duró pocos días aunque al menos posibilitó que pararan de tener relaciones sexuales. Ambos se morían de amor por el otro y seguían viéndose diariamente pero al menos le daban un descanso al cuerpo de Virginia que ya tenía un embarazo avanzado.

Sentado en un bar cercano a la oficina, Hernán se pidió un café amargo e intentó pensar su vida.

¿Cómo había sido posible que su vida hubiera venido a parar acá? Le resultaba una situación absurda e insólita. Él, que tenía una fuerza de voluntad inmensa y unos valores elevados e intransigentes, venía a encontrarse en una situación diabólica, en donde ni su integridad ni su fuerza servían para nada.

¿Cuánto duraría este infierno? ¿Se diluiría? Llevaba dos años esperando el milagro salvador y cada día era peor.

Se preguntó si estaría dispuesto a vivir con esta situación. Su respuesta fue un categórico no. Sin embargo, registró que su rechazo no cambiaba la realidad, sino que la agravaba.

¿Cómo seguiría la vida después que naciera el bebé? ¿Virginia se focalizaría en el recién nacido y el narcisimo de ambos amantes quedaría relegado a un lejano segundo lugar?

¿Y si el fuego no se apagaba? ¿Estaba listo para aceptar la situación, separarse e ir a vivir con Virginia adoptando a aquél niñito como propio? Solo imaginar el dolor del verdadero padre le heló la sangre.

Con un segundo café tomo conciencia que la vida era lo que era. Por más esfuerzos que hicieran los seres humanos por conducirla, siempre desbordaba y salía de su cauce, yendo por senderos impensados.

Pero una cosa era decirlo y otra muy distinta vivirlo. Hernán no quería perder a su familia. No quería dejar de darle el besito de buenas noches a sus hijos. No deseaba lastimar a su esposa.

Tampoco quería que Virginia sufriera. Mucho menos, el inocente bebé que estaba en su panza. Ni siquiera podía tolerar la idea de separar a aquél padre de su hijo.

Pero también sentía que su vida separado de Virginia carecía de sentido. Todo era gris y opaco. ¿Tan fuerte y adictivo podía ser el enamoramiento? ¿Por qué no lo dejaría en paz, en vez de ser esa obsesión enfermiza?

Intentó mirar el futuro y no pudo ver más allá de unas pocas semanas. A veces la vida era como un camino con mucha niebla, donde era imposible ver más allá de lo inmediato.

Después de un tiempo en que sus pensamientos fueron acallándose, tomo conciencia que solo había un camino. Vivir esa vida que tenía, tal como era.

Dispuesto a convivir con su problema todo el tiempo que fuera necesario, y con la determinación de que pese a todo, lo haría con amor y alegría, pagó el café y volvió a la calle.

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