Ideas equivocadas

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de padres e hijos

La crisis del adolescente iba mutando. Julián solo daba explicaciones difusas de lo que sentía. Los padres lo contuvieron los primeros días, pero después entraron en crisis como su hijo. Qué se hacía en estos casos? Los manuales no servían para estas situaciones, como tampoco servía la teoría ni experiencias anteriores. La característica de las crisis era justamente esa: los parámetros normales, las herramientas habituales no funcionaban. Había que abrirse paso en la jungla espesa.

El inicial ataque de pánico del joven fue migrando en tristeza. -Qué le pasa?, se preguntaban los padres, a quienes la situación los interpelaba profundamente. Como miembros de una sociedad moderna, no podían tolerar la tristeza.

Cualquier persona que pierde un familiar en la actualidad, recibe todo el acompañamiento y solidaridad de su entorno, incluyendo el laboral. Pero a las dos semanas o al mes, todos dan por sentado que esa persona tiene que estar bien, como si no hubiera pasado nada. Ya nadie lo contempla, y tácita o explícitamente le exigen que esté bien.

-Todavía seguís caído?, es la pregunta habitual.

Ante el silencio o la duda confirmatoria de la persona que está triste, con mayor o menor sutileza le disparan:

-Por que no vas a ver a un médico, así te da alguna pastilla?

Y las personas que sufrieron una pérdida no quieren un antidepresivo. Quieren recuperar a su pareja, o al familiar muerto, o reponer la situación que tenían antes. Como no es posible, necesitan recorrer el largo camino del duelo. Pero nadie parece dispuesto a esperar; hay que estar bien ya.

La crisis del joven desafiaba los límites de los padres. Después de varios días de que Julián les contestara que se sentía tres o cuatro puntos, tuvieron que asumir dos cosas importantes. En primer lugar, que era mejor no preguntarle más como se sentía, para que no se sintiera presionado en recuperarse. Por otra parte, empezaba a quedar claro que la situación no se iba a resolver con rapidez, y que habría que convivir con ella un buen tiempo.

El chico parecía mejorar y todos respiraban aliviados, pero luego caía y el desconcierto y el miedo de los padres, solo agravaba las cosas. Hasta cuándo va a querer seguir faltando al colegio? Y si se queda libre? Y si pierde el año? Tendrá un futuro sombrío?

La cabeza de los progenitores se disparaba y el miedo de ambos hacía estragos. -Nosotros no tuvimos ningún lugar para expresar nuestras crisis y tan mal no nos fue, -decía con alguna razón el padre.

La madre, en cambio, era más receptiva. Intuía que forzar a su hijo para que fuera a clase tampoco era la solución. Después de todo, como decía Herman Hesse, “en el colegio solo aprendí latín y mentiras.”

-La crisis de Julián los pone a prueba a ustedes, -dijo el terapeuta poniendo el dedo en la llaga.

Ambos padres se hacían cargo de sus errores del pasado. Demasiado trabajo y ausencias familiares; más rigor y exigencia de los que un niño toleraba; nulo espacio para que Julián y sus hermanos expresaran los problemas que sentían. Tácitamente, debían adaptarse y no generar inconvenientes, ya que toda la capacidad de cargar problemas de cada uno de los padres estaba saturada por sus propias vidas. No había lugar ni para un alfiler más, aunque se tratara de sus amados hijos.

-Qué se supone que debemos hacer?, -preguntó el padre con cierta impaciencia.

-Para empezar, dejar de exigir que su hijo esté bien. No lo está, y no lo va a estar durante un tiempo. Ni siquiera sabemos cuánto;  pero la presión solo empeora las cosas, -dijo el terapeuta en palabras que retumbaron como un trueno.

Los padres sentían miedo. Cómo explicarle al señor terapeuta que temían que su hijo terminara en una vida fallida? Una de esas almas a los que los padres tienen que asistir hasta que se mueren, porque son incapaces de pararse?

Para peor, con un hijo en crisis, toda la familia entraba en crisis. El hermano menor sentía celos; “-Cómo es el asunto, ma? Me hago el triste y también puedo faltar una semana?”, protestaba.

El mayor en cambio, repetía la historia de siempre: sobre adaptarse, y no generar problemas. Problemas eran los que tenían su papá, su mamá, su hermano; él no podía tener inconvenientes. Lo que sentía, debían ser asuntos menores. Sentimiento ideal para postergarse a sí mismo y terminar explotando por los aires cuando no pudiera más.

-Lo más importante de todo, es que no se asusten. Él tiene el corazón lleno de preguntas. Si cuando se acerca a ustedes, percibe que están muertos de miedo, se cerrará y seguirá como pueda. Si en cambio siente que están serenos, que aunque no tengan respuestas están abiertos a recorrer el camino a su lado, sana. Y de paso, sanan ustedes, -completó guiñándoles un ojo.

Ambos sabían de qué les estaba hablando. Toda una vida exigidos. Aún convencidos de ser mejores que sus respectivos padres, repetían sus historias. Eran padres presentes y comprensivos hasta que el partido se ponía complicado. Ahí el miedo los invadía y la rigidez los obligaba a aferrarse a las históricas directrices: voluntad, esfuerzo, sobreponerse, y todas estupideces que las personas repiten generacionalmente. Como si uno se pudiera salvar a sí mismo.

Qué persona que orille la mitad de la vida y sea honesta consigo misma no ha experimentado que en las crisis más importantes de su propia vida no pudo hacer mucho, y que fue la vida misma la que lo rescató?

El padre se quedó pensando en las palabras del terapeuta. “No se asusten.” “Y de paso, sanan ustedes.” Qué tendría que sanar él?

Pocos días después conversaba con Julián en la confitería predilecta de su hijo. Lo había llevado ahí para distraerlo, porque lo veía muy caído. Después de hablar un rato, el padre decidió correr algunos riesgos.

-Julián, a mi no me interesa el colegio. Me interesás vos. Podés seguir en éste, o cambiarte. Dar libre o dejar, si eso fuera necesario. Lo único que no quiero es que te entregues porque se te presentan dificultades. Hay que enfrentarlas y atravesarlas. Y después, decidir en libertad.

-Quiero faltar mañana, -balbuceó el chico.

-Y qué pensás que se va a resolver faltando?, -acicateó el padre con ternura.

-No lo sé, pero al menos me quito un poco de presión.

Siguieron conversando un buen rato y finalmente el padre accedió a que faltara, solo acordando que los días siguientes debería ir al colegio, no para cumplir las reglas, sino porque no enfrentar los problemas solo los agravaba.

Llamó a su esposa para contarle y cerrar filas.

-Estuve conversando un buen rato con Juli, y no va a ir mañana al cole.

-Por qué?, -preguntó la madre con cierta angustia.

El marido le explicó toda la conversación y el acuerdo al que habían llegado:

-Estoy convencido que nuestro hijo necesita cuatro cosas: sentir que puede estar en crisis, que hay espacio para expresarla y vivirla; sentir que puede hablar y que es escuchado; sentir que es comprendido; y sentir que es apoyado. En el fondo, nada distinto de lo que necesitamos nosotros…

En ese momento y como había pronosticado el terapeuta, además de Julián, ambos padres empezaron a sanar sus propias historias.

 

 

 

 

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La vida no entra en nuestras ideas

A mis cuatro años un tío abuelo solterón me convenció de hacerme de Independiente. Aún cuando ni a mis padres ni a  mi hermano les interesaba el fútbol y nadie me llevaba a la cancha, me fui convirtiendo en fanático. Como en esos entonces el club era muy exitoso, yo festejaba seguido y vivía la pasión roja con alegría.

Mi familia paterna era de Avellaneda, pero no eran de Independiente, sino de su archirrival, Racing. Buscaban la forma de seducirme o sobornarme con tal que no fuera la oveja negra de la familia. Pero yo resistía estoico, y cuanto más me presionaban, más quería a Independiente.

Solo tenía una pequeña grieta por una secreta pasión que no me animaba a compartir con nadie: Boca. Percibir lo que ocurría en su cancha era una experiencia única. Sus hinchas gritaban como no lo hacía nadie. Efectivamente, Boca era un sentimiento.

Mi abuelo materno, aunque fuera un agnóstico del fútbol, me provocaba diciendo que yo tenía que hacerme de Boca. Un día, regresando en auto de una casa quinta que teníamos en Quilmes,  divisó un graffiti que le venía como anillo al dedo:

-Mirá ese paredón, -me dijo

“Me hice de Boca”, decía la pintada.

Aunque él lo había dicho en broma, yo sentí un cosquilleo interno, anhelando ser de ese club que era pura pasión y sentimiento. Sin embargo, no había margen para ser desleal.

Recién en mi adolescencia pude ir a ver a Independiente con amigos. Descubría esa religión que es ir a gritar, cantar e insultar con la impunidad que solo puede ofrecer el fútbol. Un rito de varias horas en el que nos sentíamos valientes, nos fundíamos en la masa, y desahogábamos frustraciones en errores que inevitablemente cometían los futbolistas.

Mucho tiempo después, cuando nació mi primer hijo, surgió el tema de qué club hacerlo. Como en nuestra sociedad machista esa es una potestad paterna, lo lógico era que fuera Independiente. Pero como la madre de mi hija era de Boca, me permití pensarlo.

En esos tiempos, Boca ganaba todos los campeonatos nacionales e internacionales, mientras que Independiente hacía años que declinaba en una caída que parecía no tener fin. Mi mujer puso el dedo en la llaga y me dijo:

-No les arruines la vida a los chicos; hacelos de un club que puedan festejar seguido. La vida tiene bastantes amarguras para que les sumes más.

Con visión estratégica y también dándole algo de lugar a aquella secreta pasión que sentía por ese club desde mi infancia, tomé la decisión de hacer a mi hija de Boca. Sin saberlo, mi vida estaba empezando a tomar otra dirección.

Mi segundo hijo fue varón y como el camino ya estaba jugado, lo hicimos de Boca. En este caso todo fue más fácil, a punto tal que le compré una remera azul y oro para ponerle apenas nació. Lo mismo pasó con el último, también varón.

Pese a que yo no vivía ninguna pasión por el fútbol, los chicos fueron volviéndose fanáticos de Boca. Qué será lo que dispara el proceso de una pasión?

Aunque hacía décadas que no iba a la cancha, me encontré yendo con ellos a ver a Boca. Cómo mi vida había venido a parar acá?

Me sentía un poco infiel y traidor, aunque por otra parte, estaba contento que mis hijos fueran hinchas de un club que era pura pasión y que encima, festejaba campeonatos seguido.

Cuando los varones eran un poco más grandes, surgió la pregunta incómoda:

-Pa, y por qué no te hacés de Boca y te dejás de joder con Independiente?

Esa inofensiva pregunta provocó un terremoto interior. Las ganas de compartir el sentimiento con mis hijos. Los recuerdos de aquella antigua pasión que había reprimido en la infancia.

“Me hice de Boca”.

Aquél graffiti que había visto con mi abuelo cuarenta años atrás, volvía una y otra vez.

Finalmente tomé la decisión de hacerme de Boca. Sentía un poco de culpa, pero ser de ese club me alegraba. Sin haberme dado cuenta, era lo que siempre había querido. Boca representaba un amor imposible, y la vida me estaba dando una nueva oportunidad, cuando yo estaba convencido que terminaría mis días siendo fiel y aplicado.

Sin embargo, nada es tan simple. La decisión que había tomado no borraba un montón de experiencias vividas durante años con Independiente. Alegrías, tristezas, emociones, no desaparecían por decreto.

Tenía que volver a ser de Independiente? Era como uno de esos hombres que se va de su casa por un amor apasionado, y que luego de hacerlo se entera del paraíso perdido que no valoraba mientras lo tenía?

Registré que mi vida no entraba en definiciones. En el fondo, era un poco de ambos clubes. Disfrutaba ser de Boca porque en el fondo era como finalmente poder estar con mi amor prohibido. Sin embargo, no podía ni quería borrar a Independiente. Era mi historia y mi identidad. Cómo y por qué desprenderme de eso?

Con el tiempo fue aprendiendo a ponerme cómodo entre contradicciones, percibiendo que sólo existían en las definiciones humanas. La realidad se expresaba como era y no tenía esos conflictos innecesarios que tenemos nosotros, los hombres.

Un día mi hijo más chico, al tanto de mi dualidad y doble vida, hizo la pregunta de jaque mate:

-Pa, y cuando Boca juega contra Independiente; quién querés que gane?

Aunque apretado por las circunstancias, traté de escuchar mi interior, y después de unos instantes le dije sin dudar:

-Boca.

Mi hijo sonrió aliviado. Mis ganas de compartir con ellos era mas fuerte que todo.

Ahora voy a la cancha con mis hijos una vez por mes. Siento gratitud con la vida por poder disfrutar ese programa. Pienso que la vida me regaló otra oportunidad para vivir un amor que creía imposible, que encima comparto con los seres que mas amo.

También sigo queriendo e hinchando por Independiente, que es parte de mi pasado pero también de mi presente.

Se puede ser hincha de dos clubes a la vez? Está mal?

Una vez más, comprendí que la vida nunca entra en los rígidos, arbitrarios y mutilantes parámetros de los hombres.

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marte y venus

-Te conté que me separé?

-No, no me dijiste nada…

-Hace cuatro meses llegué a casa tarde, como a la una de la mañana. Venía de estar con una amiga, como tantas veces. Y mi mujer me preguntó, también como tantas veces, “de dónde venís?”

Jorge escuchaba entre risueño y expectante. Guillermo tendría unos sesenta años, con treinta de matrimonio e hijos grandes. Había tenido mil aventuras de todo tipo, pero sin embargo, resistido. Su mujer, como pudo, bancó todas sus andanzas. Por qué se separaría ahora? A esta edad, con una vida hecha, y cuando las hormonas estaban en retirada? Cuál era el sentido?

-Y qué pasó?, -quiso saber Jorge.

-No resistía decir una mentira más. Cuando venía de encamarme con alguien, un millón de veces mentí diciendo que había tenido una reunión política. Nada más verosímil que mi trabajo. Pero esta vez no pude. No resistía una sola mentira más. Cumplí sesenta y no quiero seguir sintiendo una cosa y hacer otra.

Jorge se preguntaba cómo era posible llegar a esa edad tan disociado. Aunque mirando su propia vida, tuvo que asumir que a él y a casi todo el mundo le pasaba.

-Y qué hiciste? Le contaste que venías de coger?

Guillermo se rió. -No hizo falta. Simplemente le dije que así no podía seguir viviendo.

Su mujer comprendió. Qué iba a necesitar que le aclare? Pobre, habrá sentido una mezcla de emociones. Alivio, al no tener que seguir soportando situaciones de ese tipo y poder estar en paz sola. Angustia, al pensar que había pasado muchos años aguantando y no tenía sentido tirar todo por la borda a los sesenta.

Las preguntas irrumpían en su corazón. Tan grave era tolerar infidelidades? O acaso era otro mandato cultural de esos que solo servían para arruinarnos la vida? Por otra parte; tan malo era estar solo? Si uno se comparaba con la imagen de familias que muestran las publicidades, seguramente se sintiera un infeliz al no alcanzar el estándar de esa foto imposible. Pero era real o también era otra idea falsa diseñada para dejarnos siempre frustrados y sentirnos miserables?

-Me mudé al primer departamento que nos habíamos comprado, que justo dejó el inquilino, -continuó Guillermo. -Un dos ambientes chiquito que cuando llueve entra el agua. Pero así y todo estoy contento. De qué me sirve vivir en un palacio sino quiero estar ahí?

-Y a dónde querés estar?

-Por lo pronto, en lugar donde haya silencio. Paz. En donde no tenga que dar explicaciones, en donde pueda ser lo que soy.

Aquellas palabras de Guillermo iluminaron a Jorge. Quién no anhelaba poder ser lo que realmente era? No tener nada que simular, poder mostrarse tal cual era en su totalidad?

Jorge sintió cierta envidia de su amigo. De la libertad interior que tendría. También se imaginó solo en ese departamento un domingo otoñal a las cuatro de la tarde, y una tremenda melancolía lo invadió. Habría chances de ser libre estando en pareja? O eran objetivos excluyentes?

-Y en casa con tu mujer no podés ser lo que sos?, -disparó Jorge.

Guillermo se quedó pensativo. -Es evidente que no estoy pudiendo. Al menos los últimos quince años… Siempre estoy en falta. Pareciera que lo que mi mujer necesita yo no se lo puedo dar. Ella quiere que estemos mucho juntos, que hagamos actividades, que la contenga en todos sus problemas que en el fondo, siempre son afectivos. Yo en cambio, solo quiero que no me rompa las bolas! Mucho más modesto lo mío…

-Y en qué te rompe las bolas?

-Me hacés preguntas como si no estuvieras casado, como si no supieras de lo que hablo, -provocó Guillermo. -Me gustaría que ella acepte lo que le puedo dar, que creo que es mucho, y pare de intentar convertirme en algo que no soy. A mi me gusta mi trabajo, me gusta estar en silencio, encontrarme a cenar con amigos, estar con algunas amigas de vez en cuando…

Jorge escuchaba con atención. Se preguntó por qué sería tan difícil acercar esos dos universos que parecían irreconciliables. No había puntos de contacto? O el problema era exigirle a la pareja un estándar idealizado que no podía ofrecer?

Alguien decía que los seres humanos no éramos felices por la simple razón que nuestra mente no paraba de producir infelicidad. Cómo se producía esa infelicidad? Comparando la realidad con nuestras ideas acerca de cómo debía ser la realidad.

-Te colgaste, -dijo Guillermo.

-Una vez me filmaron jugando al fútbol. Hasta ese momento, pensaba que jugaba bien. De ahí en más, me di cuenta que era horrible. Lo interesante fue que mi juego no cambió, sino solo mi mirada. Con el tiempo pude entender la causa, -contó Jorge mirando el horizonte.

-Cuál fue?

-Yo estaba acostumbrando a ver imágenes de los mejores jugadores del mundo. Verme filmado a mí y compararme con ellos fue una y la misma cosa. Cómo hacer para no sentirme un desastre si inconscientemente me estoy comparando con la selección nacional?

-Y qué hiciste?

-Aceptar como juego. Me tomó bastante tiempo, pero solo cuando pude hacerlo de corazón, volví a disfrutar del juego. Y sin proponérmelo, también empecé a jugar mejor.

-Ese es mi camino. La verdad es que no sé si podré volver a estar con mi mujer o no. Para empezar, porque depende de ambos. Pero más allá de que ella quiera o no, de lo que estoy seguro es que no quiero volver al molde. No entro. Mi ser no entra en esa foto publicitaria.

-Ojalá puedan ver la realidad tal cual es y se encuentren en lo que sí tienen en común, pudiendo compartirlo, -dijo Jorge pidiendo la cuenta.

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Fachada, Ideas equivocadas, Madurez

No somos el centro del universo

-Necesito verte para que me aconsejes.

Tan pronto Victoria vio el mensaje de su amiga en la pantalla del celular, la llamó para que se encontraran. Hacía algunos meses que no hablaban, pero el calvario que estaba viviendo Paula le generaba una sensibilidad especial.

En esas situaciones inexplicables de la vida, Paula se había enamorado perdidamente de su cuñado, y después de meses de ser amantes, había quedado embarazada. Luego de muchas noches sin dormir y angustias de muerte, ambos habían decidido tener eso hijo.

Por un lado, eran plenamente conscientes que tenerlo era ingresar voluntariamente al infierno. Abortarlo les evitaría confrontar al marido de Paula con la realidad que ese hijo no era suyo sino de su hermano. También, que en la medida que ese niño creciera, fuera un testimonio viviente de esa infidelidad imperdonable.

Si perdonar una infidelidad no era fácil, mucho peor era si había generado un embarazo. Y la situación parecía completamente insalvable si la persona había sido engañada por su mujer y su hermano.

Así y todo, Paula y su cuñado decidieron seguir adelante.

El bebé nació y el tiempo seguía haciendo lo suyo. La decisión de los padres de no contar nada hacía que el sentimiento de culpa por semejante secreto fuera intolerable. Sin embargo, convencidos que el marido de Paula no toleraría la verdad de saber que en realidad ese hijo era su sobrino, optaban por callar.

Cómo se podía vivir con semejante peso?

Los seres humanos solían ser capaces de cargar pesos sobrehumanos antes que sobreponerse a sus miedos y enfrentar la verdad. Como si mentir fuera menos costoso. Casi nadie era capaz de ponderar correctamente el enorme costo que tenía ocultar la realidad. En términos de libertad interior era carísimo, sin contar la permanente angustia de que en el momento más inoportuno la verdad pudiera salir a la luz.

Paula y su cuñado decidieron ponerle fin a la relación decenas de veces, y lo único que lograban era enamorarse aún más. Por qué Cupido se habría ensañado con ellos de esta forma?

Dentro de la infernal vida, el cuñado había establecido una relación con otra mujer, con el objetivo de despegarse de Paula. Lo habían consensuado juntos, en la ingenua esperanza que funcionara. Si bien la pareja duraba, el verdadero amor de ambos era el prohibido.

Ya en el café, ambas amigas se dieron un abrazo.

-Qué te anda pasando, preguntó Victoria con empatía.

-Mi cuñado está esperando un hijo con su novia. Estoy re mal. Encima, me enteré a través de un tercero porque él desapareció hace dos meses. O sea que Santino va a tener un hermanito. En realidad ya tiene un medio hermano que es el que yo tuve antes con mi marido, y ahora tendrá otro hermanastro a través de su padre real.

Victoria escuchaba en silencio, sorprendida por lo compleja que podían ser las vidas de las personas. Después, preguntó:

-Qué es lo que sentís? Engaño?

-No; me duele que no me lo contó de frente. Me siento traicionada como persona. Que le importo poco. Encima esta semana cumple nuestro hijo y él va a venir con su novia, así que no sé cómo voy a reaccionar.

-Vas a reaccionar bien, con la voluntad de una persona adulta que sos, dijo Victoria calma pero firme. No me parece que tu dolor sea porque él no te lo contó cara a cara. Eso es sólo un aspecto formal y debieras poder imaginar el miedo que debe tener, máxime cuando hace cinco años que ustedes dos son incapaces de contarle a tu marido que Santino no es su hijo, y que el verdadero padre es su hermano. No te lo contó por la simple razón que no pudo. Comprendo perfectamente que estés muy afectada, pero tratá de decantar bien tus sentimientos para identificar qué es lo que sentís. Si son celos porque se acuesta con su novia, también es una situación muy paradojal. Acaso vos no te acostás con tu marido?

Paula permanecía en silencio.

-Independientemente que no esté claro si este es un embarazo buscado o un accidente, no podés ponerte celosa porque él se acueste con su novia mientras vos seguís viviendo con tu marido. O sos de las que piensan que para tener sexo hay que estar enamorado? Ni a las mujeres les pasa eso, aunque a los hombres aún menos. Se acuesta porque la tiene al lado y vos no estás disponible. Y si lo estuvieras, igual llegaría un día en el que desearía acostarse con otras.

Paula iba desinflándose, y su ira se transformaba en decepción.

-Sino hablaste a fondo con él, te lo recomendaría. Cuando puedas, sin hostigarlo ni presionarlo, planteándole el tema amorosamente y dándole todo el espacio y el tiempo que necesite.

-Vos decís que haga como que todo está bien?

-No, porque vos sos un ser humano. Creo que debés empezar por generar las condiciones para que tengan una conversación a corazón abierto, como habrán tenido tantas veces después de coger. Escucharlo y comprender bien la situación. Si te enterás que el embarazo fue un accidente y él no está contento, tratar de inspirarlo diciéndole que tener un hijo es siempre genial. Pero evitaría hablar mucho del futuro de ustedes. Ya la situación era muy compleja antes, por lo cual intentar aclararla en este contexto es pretender lo imposible. Qué podría decirte ahora, si está adentro de un lavarropa aún peor que el tuyo?

Paula estaba en silencio. Luego, algo emocionada dijo:

-Yo pensaba decirle de todo. Te juro.

-Y sí, es comprensible porque estas desbordada emocionalmente. Pero después te arrepentirías dado que la vida continúa y vos lo seguirás amando. Entonces, si él no dejó de amarte tendrás dos problemas: su situación con el embarazo en curso y todas las barbaridades que le dijiste…

-La última vez que nos vimos, él no paraba de llorar. Miraba dormir a nuestro hijo Santino y lloraba. Yo le preguntaba qué era lo que le pasaba y el no me contestaba. Simplemente lloraba y lloraba…

-Qué divino. Pobre hombre, qué podría responderte? Sabría que estaba ingresando en otra nueva dimensión que aportaría más dificultad y contradicción en su vida.

-No sé; ni siquiera sé si alguna vez me amó…

-Entiendo cómo te sentís pero es evidente que te amó y probablemente te siga amando.

-Vine a verte indignada, dispuesta a matarlo, y me dejás con ganas de ir abrazarlo mucho.

-Y la realidad sigue siendo la misma… Como dicen los chinos “dejá que tu tigre vuelva a su guarida.” Y dado que lo amás, hacé un esfuerzo por verlo a él, en vez de mirar la realidad desde tus necesidades.

-Ahora resulta que la culpable soy yo…

-No hay culpables. Y siempre es bueno que nos recuerden que el universo no gira alrededor nuestro. Todos nos confundimos. Y los que más niegan esta realidad, más perdidos suelen estar.

Paula le apretó fuerte la mano a su amiga, y le sonrió en señal de gratitud.

Artículo de Juan Tonelli: No somos el centro del universo

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No somos el centro del universo

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Ansiedad, Aprendizaje, Exigencia, Ideas equivocadas

No empujes el río, fluye por sí solo

-Ayer recibí una lección de vida.

-Cómo fue?

-Hace años que nado, y creo hacerlo bastante bien. Meses atrás vino un profesor nuevo al club, y tomar unas clases. Finalmente accedí y resultó sumamente enriquecedor.

-Por qué?

-Básicamente, porque las observaciones que él le hizo a mi técnica, aplican a mi persona. Los buenos profesores de todas las disciplinas artísticas y deportivas que he aprendido, me han hecho correcciones que siempre son las mismas. Evidentemente, arrastro las mismas dificultades y limitaciones a todas las cosas que hago…

-Y cómo podía ser de otra forma?, -preguntó el Maestro con sorpresa. -Si fueras petiso, llevarías tu baja estatura a todo lo que hagas, sea jugar al básquet, al tenis, pintar o tocar la guitarra. Pero los seres humanos solemos creer que eso no aplica a cuestiones de la personalidad cuando en realidad es exactamente igual.

-Nunca lo había pensado de esa forma, aunque hace rato que registro con claridad que mis limitaciones se expresan en las distintas actividades que hago. Son siempre las mismas.

Como haces algo, haces todo, dirían los japoneses.

-Qué buena definición, -dijo el discípulo admirado.

-Qué fue lo que te señaló el profesor de natación?

-Muchas cosas, pero hubo dos que me llegaron al alma, porque tienen que ver con rasgos muy profundos de mi personalidad. Él no lo hizo con ese sentido, sino simplemente circunscribiéndolo a mi forma de nadar. Sin embargo, no pude dejar de ver más allá de las correcciones técnicas y hacerme cargo de que eran algunos de mis históricos problemas…

-Contame…

-En primer lugar, le llamó la atención que nunca relajaba los brazos. Después de realizar la brazada, cuando tenía que traer el brazo de vuelta, lo hacía con fuerza. Normalmente debe volver solo, casi como un resorte que recupera su posición natural. En mi caso, los traía por la fuerza. Como si pretendiera forzar al resorte a volver a su lugar luego de haberlo estirado. Totalmente innecesario. Y aunque he nadado cientos de kilómetros a lo largo de mi vida, nunca me di cuenta.

-Qué paralelismo encontraste con tu personalidad?

-Que nunca puedo relajarme. Hasta cuando naturalmente tengo que hacerlo, sigo haciendo fuerza.

-Interesante…

-En esa misma línea, al profesor le llamó la atención que no aprovechara mi inercia de desplazamiento. Señaló que yo estaba permanentemente empujando, cuando en realidad había un tiempo para hacer fuerza y otro para deslizarse. Aunque los dos están interrelacionados, nunca me enteré. Para mí el único ritmo existente es el de hacer fuerza todo el tiempo. Bracear al máximo continuamente, y trayendo los brazos de regreso también por la fuerza.

El Maestro suspiró como si él mismo estuviera agotado.

-Por otra parte, -agregó el discípulo, me mostró que mi brazada era incompleta y le faltaba profundidad.

-Y cuál sería el correlato con tu vida?

-Por ese apuro crónico con el que vivo, hago todo superficialmente. Cómo es posible hacer algo con profundidad si estoy tan urgido? Mi brazada es superficial, y la mayoría de cosas que realizo están hechas en forma superflua, porque estoy muy presionado.

Presionado?

-Por llegar a donde tengo que llegar; hacer lo que tengo que hacer.

-Qué sería eso cuando estás en la piscina?

-Nadar los dos mil metros que tengo que nadar, y hacerlo en forma intensa para mantenerme en forma. Y el profesor dice que en vez de maltratar al agua con mis brazadas hostiles, debiera ser parte de ella y deslizarme…

-Más que un profesor de natación, es un maestro, -dijo el Maestro. Te hizo observaciones muy agudas. Enseguida pudo registrarte en profundidad. Te recomendaría que tomes muchas clases con ese caballero. Puede ser una gran oportunidad para vos.

-Oportunidad para qué?

-Muchas cosas, diría.

-Por ejemplo?

-Vos no administras tu tiempo, sino que tus impulsos te administran a vos. Hay cosas que no se resuelven corriendo, sino parando. Y a vos te cuesta mucho parar. No sos dueño de tu tiempo ni de vos mismo. Si lo fueras, podrías controlar el ritmo. Ir hacia adelante, ir para atrás, detenerte. En cambio, tú único modelo es ir hacia adelante y a toda velocidad.

El discípulo escuchaba con atención.

-Como bien señala este señor, no te podés relajar nunca. Estás siempre tenso, por no decir angustiado. Esa enorme dificultad de estar en paz con vos mismo, tal vez pueda ser trabajada aprendiendo a nadar sin tener que estar todo el tiempo forzado…

-Siento que si no estoy todo el tiempo esforzándome no voy a llegar a donde tengo que llegar.

-Antes de contarme cuál es ese lugar al que debés llegar, te digo que pienso exactamente al revés:

Estar siempre esforzándote, más que garantizar que llegues a tu objetivo, garantiza que no llegues.

-Por qué lo decís?

-No solo porque es agotador, sino porque no se puede andar por la vida así. Con ese nivel de esfuerzo constante la performance es inevitablemente pobre.

-Por qué?

-Por una lado, somos seres vivos y nos cansamos. Nos agotamos. Si estás todo el tiempo empujando, desearás terminar pronto, sacarte de encima las tareas, cumplir. Pero estás cumpliendo con alguien de afuera e incumpliendo con vos mismo.

-Qué sería cumplir conmigo mismo?

-Y, si lo que hacés está muy conectado con quien vos sos, es difícil que lo hagas apurado o te lo quieras sacar de encima. El tema es que para vos todo es un medio para un fin. Entonces tenés que hacerlo lo más rápido posible porque en el fondo no te interesa mucho. Solo querés los resultados que supuestamente te proveerá. El asunto se complica porque es probable que aún alcanzando los resultados deseados, los mismos no te satisfagan… Yo te preguntaría por qué estás tan apurado cuando nadas?

El discípulo se sintió desnudo. Después de unos instantes dijo:

-Nado para cumplir varios objetivos. Estar entrenado, descargar tensiones, no engordar, permitir que el agua flexibilice músculos y articulaciones. Y para que eso ocurra debo nadar bastante y a un ritmo intenso.

-Te gusta nadar?

El silencio que causó aquella pregunta fue desolador. Dadas las circunstancias, el Maestro decidió continuar.

-Es un problema que nadar sea otra de tus obligaciones. Las razones que planteás son comprensibles, pero con tanta exigencia esterilizás todo. Siempre corriendo, siempre apurado, siempre empujando… Te perdés el camino. Por no decir que no hay camino. Parecés un hamster en esas rueditas, que pese a que caminan y corren, siempre están en el mismo lugar. Solo se cansan, se agotan, y no avanzan en ninguna dirección.

-Un poco duro tu comentario.

-Puede ser, pero la realidad siempre es más dura.

-Las tortugas saben más de los caminos que las liebres…

-Claro. Pero además, las liebres también paran. Vos en cambio, no parás nunca.

-Y qué más pensás que podría aprender tomando clases con este profesor?

-El objetivo debiera ser aprender a hacer mejor las cosas. En la natación, y en la vida. Cuál era el lugar al que tenías que llegar, ese que condicionaba toda tu existencia?

El discípulo volvió a sentirse incómodo.

-Quiero llegar a ser alguien importante, valioso, reconocido.

-Vos tenés que transformarte en alguien valioso, en vez de trabajar para que tu imagen sea valorada. Eso no sirve para nada; puede ser un error mortal. Qué te importa la opinión de los otros!

-Pero me importa…

-Lo sé y te comprendo; solo pretendo señalarte que no es relevante.

Ante el silencio del discípulo, el Maestro continuó.

-Tenés que dejar de competir, para poder dedicarte a aquellas cosas que para vos sean buenas. Estar en el estado en que necesites estar. Tu único objetivo debiera ser aprender. Ver de dónde podés extraer más experiencia, trabajar con alguien que te pueda hacer crecer.

-Es un paradigma bien distinto del que tengo.

-Y sí. Pero imaginate viviendo más relajado. En armonía con vos mismo. Sin tener que estar empujando todo el tiempo.

-Casi que me resulta imposible imaginarlo.

-Los árabes dicen que el diablo inventó la prisa. Es una gran verdad, porque nada bueno sale de ella. Realizá un esfuerzo consciente por hacer todo más lento. Y no empujes permanentemente. No solo no hace falta, sino que es contraproducente. El terapeuta Fritz Perls decía: “no empujes el río, ya fluye por sí solo.”

Artículo de Juan Tonelli: No empujes el río, fluye por sí solo

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