Fachada

Aprendizaje, Fachada, Madurez, Miedo

Sin margen para sentir lo que siento

Marcos no tenía ningún margen interior para aceptar lo que estaba sintiendo. Ninguna posibilidad de ser él mismo.

Sus padres y la cultura en sentido amplio, habían decretado que estaba mal enamorarse de otra persona estando en pareja. No mal; muy mal.

Era algo que no podía pasar, salvo en los casos de personas traidoras, perversas y poco confiables. La buena gente no hacía esas cosas.

Así las cosas, el problema había crecido exponencialmente. Si estaba mal ser uno mismo; ¿como se podía vivir? La respuesta era la misma que todas las personas producían desde tiempos inmemoriales.

Si no es posible ser uno, se actúa, se interpreta un personaje que satisfaga o no intranquilice al entorno.

El problema, también proverbial, era que ese pequeño pecado muy justificable por la necesidad de entrar en los parámetros sociales, apartaba a las personas de sí mismas. Y esos dos caminos que en algún momento habían sido uno, empezaban a bifurcarse.

Al principio la distancia entre ambos era escasa, y solo perceptible en el fondo del corazón humano. Pero el correr del tiempo iba ampliando la brecha hasta llegar a un punto en que las dos realidades eran antagónicas e irreconciliables. El personaje interpretado y la persona real quedaban a años luz de distancia.

De ese desgarro, solía surgir una enorme presión interior para integrar esos mundos antagónicos. Y si no era posible por los rígidos cánones sociales, las alternativas futuras serían aún más dolorosas.

En ese contexto, era imposible que Marcos reconociera que se había enamorado de otra mujer. Ni siquiera con la salvedad de que él tenía veintidós años. No solo debía ser fiel, sino que debía serlo toda la vida. Si por esas cosas del destino hubiera que separarse de la novia, debía ser por alguna razón que no fuera deshonrosa. ¿Acaso la vida funcionaba así?

¿No era mucho exigirle algo así a alguien de solo veintidós años? ¿De dónde había surgido semejante mandato?

Para peor, aunque sus padres habían tenido romances y affaires como todo el mundo, ambos los habían mantenido en secreto. Era lógico; no querían poner la familia en crisis. Sin embargo; ¿no hubiera sido bueno explicarle preventivamente a sus hijos, que enamorarse de otra persona estando en pareja, era algo que solía ocurrir? ¿Y no era irreal exigirle eso a alguien que con veinte años estaba empezando a descubrir su propia emocionalidad?

Sin lugar para blanquear la situación, Marcos siguió negando que estaba profundamente enamorado de su compañera de trabajo. A tal punto que ni siquiera él mismo era consciente del asunto. A veces tenía algún destello de consciencia cuando se descubría yendo al trabajo contento, o arreglándose especialmente para ir a la oficina.

El tiempo fue pasando y erosionando su pareja en la medida que él se iba enamorando perdidamente. A su compañera le pasaba lo mismo y le llamaba la atención que él no avanzara un poco invitándola a tomar algo o encontrarse en otro contexto que no fuera el laboral.

Finalmente ocurrió lo inevitable y en los brindis de fin de año, ella se enteró que Marcos tenía novia. Se sintió profundamente traicionada porque él hubiera dejado correr aquél romance tácito. Asumió que no tenía mucho por reprocharle, dado que ni siquiera había sido invitada a tomar algo. ¿Pero por qué no había blanqueado la situación antes, explicitando que estaba de novio? Más serena, cayó en la cuenta que él debía estar bastante enamorado y tampoco querría cortar aquél idilio. Así las cosas, tomó la decisión de abrirse.

Vinieron las vacaciones y el envión inicial se hizo fácil. Marcos, seguía con su corazón y su mente puestos en ella, y cada vez más lejos de su novia. Pero todo esto seguía ocurriendo a un nivel inconsciente porque estaba prohibido. Él no podía romper el honor de su familia y sociedad a la que pertenecía.

Después de las vacaciones, cuando volvieron a encontrarse en la oficina, ella estaba con una coraza y puso una distancia que a Marcos le molestó bastante. No entendía su actitud. Claro, ¿cómo comprenderla si él mismo negaba el romance? Solo aceptando aquél amor prohibido podría entender la decisión de ella de distanciarse para no sufrir más.

Los meses pasaban y la dinámica era la misma. Marcos intentaba acercarse, pero ella no le daba cabida. Como él seguía negando, no comprendía el rechazo. Así y todo, persistía.

Cada mañana Marcos se arreglaba como se preparan los hombres que van a encontrarse con su enamorada. No había el menor detalle librado al azar. Si bien estaba enamorado hasta la médula, su cabeza negaba todo, apretujándolo a nivel inconsciente. ¿Como permitirse sentir eso, si por su educación era considerado un crimen de lesa humanidad?

El choque que se estaba preparando con la realidad era cada vez más grande. Cuando las personas negaban y reprimían el flujo de la vida ocurría lo mismo que con una represa. El agua seguía acumulándose hasta llegar a un punto en que las sólidas paredes del dique sufrían la primer fisura. De ahí a la hecatombe era sólo una cuestión de poco tiempo. Por eso la necesidad de tener compuertas que drenaran el flujo y evitaran las catástrofes.

Como suele ocurrir, un hecho aparentemente menor fue el que desencadenó todo el proceso contenido. Ella aceptó otro trabajo y Marcos tomó rápida conciencia que sus tiempos se acababan. Una cosa era persistir el cortejo teniéndola cerca, y otra bien distinta era que hiciera su vida en otro lado. Si esto ocurría, sería el fin de su sueño secreto.

Marcos estaba con su emocionalidad al límite. Al no aceptar que podía enamorarse de otra persona, -ni siquiera como una posibilidad-, tenía un nivel de angustia infinita. Sentía estar perdiendo el partido más importante de su vida y ni siquiera ser capaz de jugarlo o defenderse. Sin embargo, desde los mitos griegos se sabía que el amor era impredecible.

En la fiesta de despedida organiza por los compañeros de trabajo, Marcos se refugió del dolor bebiendo. Las horas discurrieron apaciblemente hasta que el diablo -o Dios-, metió la cola y todo se desencadenó con rapidez. La homenajeada, que durante varios meses había puesto distancia para no enamorarse aún más de alguien que estaba en pareja, decidió hablarle.

El alcohol en sangre que tenía Marcos, y las toneladas de represión hicieron el resto. En cuestión de minutos estaban hablando con el corazón en la mano, como si nunca se hubieran distanciado.

Cuando la fiesta terminó, él la llevó a su casa, manejando despacio para no chocar. La despidió con un beso en la mejilla, diciéndole que había disfrutado la noche.

Aunque en las formas no había pasado nada, había pasado de todo.

A las siete de la madrugada entró en su casa a dormir en paz. Por primera vez en mucho tiempo tenía la convicción que aquél amor, era posible. La alegría duró poco, cediendo paso a una ráfaga de angustia al recordar que tenía novia desde hacía cuatro años. ¿Qué hacer? La respuesta le heló la sangre, pero ya no tenía más remedio.

Los seres humanos podían negar y negar, pero cuando el velo de la verdad se corría, no había vuelta atrás.

Después de dormir pocas horas, llamó a su novia para encontrarse. Ella, ajena a todo este océano de sucesos, fue a verlo con un regalito. Marcos la esperaba con la cara desencajada y la frialdad de un miembro del ejército islámico. Ahí mismo le descerrajó que no seguían más juntos, sin darle mayores explicaciones. Ante la perplejidad de su novia, -que con su propia negación fue cómplice involuntaria de semejante situación y desenlace-, se inició un doloroso proceso de un mes en el que ella peleó por todos los medios para reparar algo que hacía rato estaba muerto.

En paralelo, Marcos mandó señales claras a su nueva enamorada, no fuera cosa que justo ahora se le escapara. Ella oscilaba entre aceptar las explicaciones de su chico -quien sostenía que hacía tiempo que venía muy mal con su novia-, y alejarse para no interferir en una pareja. Después de todo, también tenía sus propios mandatos que cumplir.

Sin embargo, la potencia del romance era tan fuerte que no pudo impedirlo. Sino había conseguido alejarse durante el año que había tomado distancia; ¿cómo podría lograrlo ahora que se había desencadenado todo?

En cuestión de semanas el romance ya estaba en la superficie. Más allá de la pena y el sufrimiento que le había ocasionado dejar a su novia, Marcos estaba feliz de la vida. Su única gran preocupación era mantener la nueva relación con un perfil muy bajo para guardar las formas. No quería ser un traidor ni alguien sin honor.

Veinte años más tarde Marcos podía mirar aquellos momentos de su vida con otra perspectiva. Toda la historia le inspiraba suma ternura. Sin lugar a dudas, le parecía increíble la soledad a la que había estado sometido. Las ideas de perfección y deber ser que le había inculcado la familia y la sociedad, lo habían dejado sin margen para vivir.

¿De donde habían surgido semejantes rigideces? ¿Y dónde estaban sus padres? ¿Por qué habían mantenido las formas sin darle ningún espacio ni pista alguna que le permitiera atravesar la situación con algo menos de angustia? Cualquiera que fuera honesto con su propia vida sabía que la vida no encajaba en las ideas, y menos aún en las referidas al amor.

Marcos, con hijos aún pequeños, deseaba transitar un camino bien distinto. No solo tener un diálogo abierto con ellos, sino también compartir todas las vicisitudes de su propia vida, para que llegado el caso, tuvieran algunos faros para orientarse.

El mayor aprendizaje de aquella experiencia fue que negar lo que uno sentía no servía de nada. Solo empeoraba las cosas. Ser capaz de recibirse a uno mismo, a lo que sentía, era de las actitudes más importantes que uno podía tener para vivir. Después de todo, si uno negaba una realidad por ser dolorosa, incómoda o incorrecta, ¿se modificaba? Por lo general ocurría más bien lo contrario.

Volvió a mirar a aquél joven de veintidós años con benevolencia. Todo lo que había sufrido inútilmente por no encajar en las normas. ¿Era un pecado? ¿Existía alguna persona plenamente justa, que siempre cumpliera las reglas? ¿O la historia de Sodoma y Gomorra tenían plena vigencia, sin un sólo hombre justo que ameritara salvarlas?

¿Las normas, estaban al servicio del hombre para orientarlo y cuidarlo, o era al revés, y a veces los seres humanos debían mutilarse para encajar en ellas?

Aunque comprendía que ningún marco normativo y social se podía constituir en base a excepciones, sintió que faltaba mucha comprensión y misericordia.

Se preguntó qué les aconsejaría a sus hijos si vivieran una situación similar. Varias ideas cruzaron por su cabeza. En primer lugar, saber que a lo largo de la vida era muy probable que se enamoraran de otra persona pese a estar en pareja, y que era mentira que ésta inmunizaba contra este tipo de accidentes.

Luego, comprender que ese enamoramiento era algo a aceptar y no a rechazar. Desde la aceptación de la situación, sería menos difícil poder procesarlo y atravesarlo. La maduración de la emocionalidad humana maduraba a lo largo de muchos años, y principalmente gracias a experiencias de este tipo. Nadie nacía sabiendo, ni era inmune a estos cataclismos. Afortunadamente.

Pero de todos los mensajes que podía transmitirles a sus hijos, el más importante era que no negaran lo que sentían, por más incómodo, incorrecto o doloroso que fuera. Recibirse a uno mismo era la primera de las tareas de todo ser humano que aspirara a tener una buena vida.

Artículo de Juan Tonelli: Sin margen para sentir lo que siento.

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Fachada, Ideas equivocadas, Miedo

Sin margen para sentir lo que siento

Marcos no tenía ningún margen interior para aceptar lo que estaba sintiendo. Ninguna posibilidad de ser él mismo.

Sus padres y la cultura en sentido amplio, habían decretado que estaba mal enamorarse de otra persona estando en pareja. No mal; muy mal.

Era algo que no podía pasar, salvo en los casos de personas traidoras, perversas y poco confiables. La buena gente no hacía esas cosas.

Así las cosas, el problema había crecido exponencialmente. Si estaba mal ser uno mismo; ¿como se podía vivir? La respuesta era la misma que todas las personas producían desde tiempos inmemoriales.

Si no es posible ser uno, se actúa, se interpreta un personaje que satisfaga o no intranquilice al entorno.

El problema, también proverbial, era que ese pequeño pecado muy justificable por la necesidad de entrar en los parámetros sociales, apartaba a las personas de sí mismas. Y esos dos caminos que en algún momento habían sido uno, empezaban a bifurcarse.

Al principio la distancia entre ambos era escasa, y solo perceptible en el fondo del corazón humano. Pero el correr del tiempo iba ampliando la brecha hasta llegar a un punto en que las dos realidades eran antagónicas e irreconciliables. El personaje interpretado y la persona real quedaban a años luz de distancia.

De ese desgarro, solía surgir una enorme presión interior para integrar esos mundos antagónicos. Y si no era posible por los rígidos cánones sociales, las alternativas futuras serían aún más dolorosas.

En ese contexto, era imposible que Marcos reconociera que se había enamorado de otra mujer. Ni siquiera con la salvedad de que él tenía veintidós años. No solo debía ser fiel, sino que debía serlo toda la vida. Si por esas cosas del destino hubiera que separarse de la novia, debía ser por alguna razón que no fuera deshonrosa. ¿Acaso la vida funcionaba así?

¿No era mucho exigirle algo así a alguien de solo veintidós años? ¿De dónde había surgido semejante mandato?

Para peor, aunque sus padres habían tenido romances y affaires como todo el mundo, ambos los habían mantenido en secreto. Era lógico; no querían poner la familia en crisis. Sin embargo; ¿no hubiera sido bueno explicarle preventivamente a sus hijos, que enamorarse de otra persona estando en pareja, era algo que solía ocurrir? ¿Y no era irreal exigirle eso a alguien que con veinte años estaba empezando a descubrir su propia emocionalidad?

Sin lugar para blanquear la situación, Marcos siguió negando que estaba profundamente enamorado de su compañera de trabajo. A tal punto que ni siquiera él mismo era consciente del asunto. A veces tenía algún destello de consciencia cuando se descubría yendo al trabajo contento, o arreglándose especialmente para ir a la oficina.

El tiempo fue pasando y erosionando su pareja en la medida que él se iba enamorando perdidamente. A su compañera le pasaba lo mismo y le llamaba la atención que él no avanzara un poco invitándola a tomar algo o encontrarse en otro contexto que no fuera el laboral.

Finalmente ocurrió lo inevitable y en los brindis de fin de año, ella se enteró que Marcos tenía novia. Se sintió profundamente traicionada porque él hubiera dejado correr aquél romance tácito. Asumió que no tenía mucho por reprocharle, dado que ni siquiera había sido invitada a tomar algo. ¿Pero por qué no había blanqueado la situación antes, explicitando que estaba de novio? Más serena, cayó en la cuenta que él debía estar bastante enamorado y tampoco querría cortar aquél idilio. Así las cosas, tomó la decisión de abrirse.

Vinieron las vacaciones y el envión inicial se hizo fácil. Marcos, seguía con su corazón y su mente puestos en ella, y cada vez más lejos de su novia. Pero todo esto seguía ocurriendo a un nivel inconsciente porque estaba prohibido. Él no podía romper el honor de su familia y sociedad a la que pertenecía.

Después de las vacaciones, cuando volvieron a encontrarse en la oficina, ella estaba con una coraza y puso una distancia que a Marcos le molestó bastante. No entendía su actitud. Claro, ¿cómo comprenderla si él mismo negaba el romance? Solo aceptando aquél amor prohibido podría entender la decisión de ella de distanciarse para no sufrir más.

Los meses pasaban y la dinámica era la misma. Marcos intentaba acercarse, pero ella no le daba cabida. Como él seguía negando, no comprendía el rechazo. Así y todo, persistía.

Cada mañana Marcos se arreglaba como se preparan los hombres que van a encontrarse con su enamorada. No había el menor detalle librado al azar. Si bien estaba enamorado hasta la médula, su cabeza negaba todo, apretujándolo a nivel inconsciente. ¿Como permitirse sentir eso, si por su educación era considerado un crimen de lesa humanidad?

El choque que se estaba preparando con la realidad era cada vez más grande. Cuando las personas negaban y reprimían el flujo de la vida ocurría lo mismo que con una represa. El agua seguía acumulándose hasta llegar a un punto en que las sólidas paredes del dique sufrían la primer fisura. De ahí a la hecatombe era sólo una cuestión de poco tiempo. Por eso la necesidad de tener compuertas que drenaran el flujo y evitaran las catástrofes.

Como suele ocurrir, un hecho aparentemente menor fue el que desencadenó todo el proceso contenido. Ella aceptó otro trabajo y Marcos tomó rápida conciencia que sus tiempos se acababan. Una cosa era persistir el cortejo teniéndola cerca, y otra bien distinta era que hiciera su vida en otro lado. Si esto ocurría, sería el fin de su sueño secreto.

Marcos estaba con su emocionalidad al límite. Al no aceptar que podía enamorarse de otra persona, -ni siquiera como una posibilidad-, tenía un nivel de angustia infinita. Sentía estar perdiendo el partido más importante de su vida y ni siquiera ser capaz de jugarlo o defenderse. Sin embargo, desde los mitos griegos se sabía que el amor era impredecible.

En la fiesta de despedida organiza por los compañeros de trabajo, Marcos se refugió del dolor bebiendo. Las horas discurrieron apaciblemente hasta que el diablo -o Dios-, metió la cola y todo se desencadenó con rapidez. La homenajeada, que había puesto distancia para no enamorarse aún más de alguien que estaba en pareja, decidió hablarle.

El alcohol en sangre que tenía Marcos, y las toneladas de represión hicieron el resto. En cuestión de minutos estaban hablando con el corazón en la mano, como si nunca se hubieran distanciado.

Cuando la fiesta terminó, él la llevó a su casa, manejando despacio para no chocar. La despidió con un beso en la mejilla, diciéndole que había disfrutado la noche.

Aunque en las formas no había pasado nada, había pasado de todo.

A las siete de la madrugada entró en su casa a dormir en paz. Por primera vez en mucho tiempo tenía la convicción que aquél amor, era posible. La alegría duró poco, cediendo paso a una ráfaga de angustia al recordar que tenía novia desde hacía cuatro años. ¿Qué hacer? La respuesta le heló la sangre, pero ya no tenía más remedio.

Los seres humanos podían negar y negar, pero cuando el velo de la verdad se corría, no había vuelta atrás.

Después de dormir pocas horas, llamó a su novia para encontrarse. Ella, ajena a todo este océano de sucesos, fue a verlo con un regalito. Marcos la esperaba con la cara desencajada y la frialdad de un miembro del ejército islámico. Ahí mismo le descerrajó que no seguían más juntos, sin darle mayores explicaciones. Ante la perplejidad de su novia, -que con su propia negación fue cómplice involuntaria de semejante situación y desenlace-, se inició un doloroso proceso de un mes en el que ella peleó por todos los medios para reparar algo que hacía rato estaba muerto.

En paralelo, Marcos mandó señales claras a su nueva enamorada, no fuera cosa que justo ahora se le escapara. Ella oscilaba entre aceptar las explicaciones de su chico -quien sostenía que hacía tiempo que venía muy mal con su novia-, y alejarse para no interferir en una pareja. Después de todo, también tenía sus propios mandatos que cumplir.

Sin embargo, la potencia del romance era tan fuerte que no pudo impedirlo. Sino había conseguido alejarse durante el año que había tomado distancia; ¿cómo podría lograrlo ahora que se había desencadenado todo?

En cuestión de semanas el romance ya estaba en la superficie. Más allá de la pena y el sufrimiento que le había ocasionado dejar a su novia, Marcos estaba feliz de la vida. Su única gran preocupación era mantener la nueva relación con un perfil muy bajo para guardar las formas. No quería ser un traidor ni alguien sin honor.

Veinte años más tarde Marcos podía mirar aquellos momentos de su vida con otra perspectiva. Toda la historia le inspiraba suma ternura. Sin lugar a dudas, le parecía increíble la soledad a la que había estado sometido. Las ideas de perfección y deber ser que le había inculcado la familia y la sociedad, lo habían dejado sin margen para vivir.

¿De donde habían surgido semejantes rigideces? ¿Y dónde estaban sus padres? ¿Por qué habían mantenido las formas sin darle ningún espacio ni pista alguna que le permitiera atravesar la situación con algo menos de angustia? Cualquiera que fuera honesto con su propia vida sabía que la vida no encajaba en las ideas, y menos aún en las referidas al amor.

Marcos, con hijos aún pequeños, deseaba transitar un camino bien distinto. No solo tener un diálogo abierto con ellos, sino también compartir todas las vicisitudes de su propia vida, para que llegado el caso, tuvieran algunos faros para orientarse.

El mayor aprendizaje de aquella experiencia fue que negar lo que uno sentía no servía de nada. Solo empeoraba las cosas. Ser capaz de recibirse a uno mismo, a lo que sentía, era de las actitudes más importantes que uno podía tener para vivir. Después de todo, si uno negaba una realidad por ser dolorosa, incómoda o incorrecta, ¿se modificaba? Por lo general ocurría más bien lo contrario.

Volvió a mirar a aquél joven de veintidós años con benevolencia. Todo lo que había sufrido inútilmente por no encajar en las normas. ¿Era un pecado? ¿Existía alguna persona plenamente justa, que siempre cumpliera las reglas? ¿O la historia de Sodoma y Gomorra tenían plena vigencia, sin un sólo hombre justo que ameritara salvarlas?

¿Las normas, estaban al servicio del hombre para orientarlo y cuidarlo, o era al revés, y a veces los seres humanos debían mutilarse para encajar en ellas?

Aunque comprendía que ningún marco normativo y social se podía constituir en base a excepciones, sintió que faltaba mucha comprensión y misericordia.

Se preguntó qué les aconsejaría a sus hijos si vivieran una situación similar. Varias ideas cruzaron por su cabeza. En primer lugar, saber que a lo largo de la vida era muy probable que se enamoraran de otra persona pese a estar en pareja, y que era mentira que ésta inmunizaba contra este tipo de accidentes.

Luego, comprender que ese enamoramiento era algo a aceptar y no a rechazar. Desde la aceptación de la situación, sería menos difícil poder procesarlo y atravesarlo. La maduración de la emocionalidad humana maduraba a lo largo de muchos años, y principalmente gracias a experiencias de este tipo. Nadie nacía sabiendo, ni era inmune a estos cataclismos. Afortunadamente.

Pero de todos los mensajes que podía transmitirles a sus hijos, el más importante era que no negaran lo que sentían, por más incómodo, incorrecto o doloroso que fuera. Recibirse a uno mismo era la primera de las tareas de todo ser humano que aspirara a tener una buena vida.

Artículo de Juan Tonelli: Sin margen para sentir lo que siento.

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Analfabetismo emocional, Exigencia, Fachada

Animarse a correr un riesgo

Nos pesa la mirada de los otros. Tenemos tanto miedo a ser rechazados que nos mostramos asépticos, perfectos, desinteresados, magnánimos. Obviamente es todo una fachada. Por debajo de esa máscara tenemos intereses, pasiones, manipulaciones y tantas otras cosas oscuras y humanas. Si el miedo al rechazo es muy importante, es imposible crecer, madurar. Aunque en algunos casos puede ser tan intenso que tratamos de hacernos los distraídos y justificar lo injustificable. El miedo al rechazo solo se aborda como todos los miedos: mirándolos a los ojos. Reconocíendolos. Amigándonos con ellos para desde la aceptación, poder trascenderlos.

¿Cómo era posible que al final no hablara del único tema que quería hablar y por el que había pedido la reunión? Paula se sentía frustrada consigo misma. Comprendía bien lo que había pasado: su habitual estrategia de mostrarse amiga y cercana, terminaba impidiéndole hablar temas que desnudaran que tenía un interés subyacente. Entonces, quedaba enfrentada al recurrente dilema de mostrarse tal cual era -una persona interesada- o sostener el personaje de alguien que no necesitaba nada y que siempre estaba disponible para ayudar a otros.

Por lo general ocurría esto último, dado que la aversión a ser rechazada o desencantar al otro era muy grande. Prefería ir a lo seguro jodiéndose y frustrándose, antes que exponer sus verdaderas intenciones.

Naturalmente, después se sentía muy mal. ¿Cómo podía ser de otra forma si agendaba un encuentro por una razón puntual que luego no podía ni esbozar? Era inevitable que al terminar la reunión y no haber sido capaz de hablar de lo único que deseaba hablar, se sintiera mal.

La situación había permanecido oculta porque durante años si bien Paula sentía la frustración, intentaba convencerse que lo importante era cuidar el vínculo para una ocasión futura. El tema era que cuando ese futuro se tornaba en presente, nuevamente había que preservarlo para más adelante.

Los años pasaban, la situación se repetía y la frustración de Paula crecía a la par. Trataba de justificarse tomando por cierta la hipótesis de algunos antropólogos que sostenían que el deseo de ser aceptado venía desde los más antiguos ancestros. Supuestamente, el rechazo implicaba aislamiento y eso reducía sensiblemente las posibilidades de supervivencia. También leía con satisfacción diversas investigaciones de neurólogos que mostraban que las zonas del cerebro que se activaban por el dolor y por un rechazo, eran las mismas.

Sin embargo, pretendiendo no quedar esterilizada por la antropología o la neurología, analizó porque en tantas oportunidades era incapaz de expresar lo único que quería. Vislumbró algunas razones convergentes. La primera era el miedo a desnudarse, a exponerse.

Como todo en la vida, no era un asunto blanco o negro. Había relaciones que eran amistades aunque tuvieran algunos intereses. Sin tanto rigor pudo reconocer que había vínculos que valoraba genuinamente más allá de alguna conveniencia.

No obstante, el punto era que cuando eso ocurría, le costaba mucho hablar. Como si la relación tuviera que ser algo aséptico, perfecto, más allá de todo. ¿No era mucho pedir? ¿No éramos todos seres humanos, con intereses, pasiones, limitaciones y virtudes?

Esta situación era la que más la violentaba, generándole una enorme impotencia. Casi como la del guardián de un harén, quien teniendo a disposición mujeres hermosas y vírgenes, no podía tocar ni mucho menos penetrar a alguna.

Paula se sentía horrible al verse atrapada en un lugar absurdo: a las personas realmente amigas no les pedía nada para no parecer interesada. Y a los vínculos que tenía por interés, tampoco les pedía nada, no fuera cosa que quedara expuesta. En síntesis, rara vez podía expresar lo que quería. ¿Cómo se podía vivir así?

Durante las reuniones en las que ella no planteaba el tema que deseaba exponer,  su cabeza era una batalla campal. Su mente no paraba de presionarla y descalificarla, mientras otra parte suya resistía como podía, tratando de no sentirse estúpida y sin valor alguno.

¿Cómo ocurría ese extraño fenómeno en que una parte de ella criticaba furiosamente a la otra? ¿Acaso no eran la misma persona, o sea Paula? ¿Por qué un sector se sentía superior y con derecho de descalificar a otro? ¿Qué habilitaba la existencia de una parte exigidora y otra, exigida? ¿No eran ambas la misma persona?

Con la madurez que le daban los años, toda esta situación le generaba compasión y misericordia hacia sí misma. Había vivido décadas siendo implacable consigo misma y sabía que eso destruía el presente y dificultaba el aprendizaje.

Intentando analizar otras aristas del mismo problema se dio cuenta que muchas veces no hablaba de lo que tenía que hablar por falta de estrategia. Dejaba demasiado librado al azar lo que fuera a ocurrir. En su anhelo por ser espontánea y franca, la conversación solía derivar por derroteros disfuncionales a sus objetivos. Su anhelo de ser espontánea confrontaba con su deseo de hablar de algo que para ella era importante.

Tratando de ir más a fondo se preguntó por qué le faltaba estrategia si ella era una mujer con un buen pensamiento lógico. Lo primero que vino a su mente fue que esa conducta la preservaba. Con la excusa de ser espontánea y flexible, se permitía ir por las ramas, evitando exponerse.

Encontraba mil justificaciones para esta conducta. Bajo la idea que no quería ser alguien estructurado como un vendedor de seguros de vida, solía girar sobre sí misma, incapaz de avanzar. Después de años de descalificar aquella profesión, pudo reconocer no sólo el valor de esa tarea, sino también el hecho que hicieran lo que tenían que hacer. ¿O acaso el objetivo de un vendedor era hacer amigos? ¿Y de qué servían amigos que en realidad solo eran relaciones de conveniencia si uno no estaba dispuesto, en algún momento, a sacarle provecho?

Su defensa automática fue que ella no era una mujer así. Era una buena persona, desinteresada. Se rió al asumir que por más buena que fuera, tenía intereses. Que en todo caso el problema era ser interesado, pero expresar los intereses no tenía nada de malo siempre que no forzara o manipulara.

Se sentía en la frontera de sus capacidades emocionales. No había nacido para lidiar con problemas así. Después del desasosiego inicial se preguntó si este asunto no sería algo básico que le ocurría en mayor o menor medida a todas las personas.

Puesta a pensar qué hacer llegó a algunas conclusiones. La primera, que nunca lograría nada violentándose a sí misma. Como le enseñaba el sabio Norberto Levy, la Paula exigidora debía aprender a dialogar con la Paula exigida, porque ambas eran la misma persona: ella. Integrar esas partes, parecía ser un desafío muy importante. Para ser más preciso, debía lograr que la parte que solía exigir y maltratar, escuchara y le diera cabida a la pobre que siempre era presionada y descalificada. Que ésta pudiera expresar qué le pasaba, qué sentía, cuáles eran sus obstáculos y limitaciones. Y que la Paula rigurosa hiciera el esfuerzo de comprender ya que de lo contrario, los resultados serían cada vez más pobres.

Por otra parte, se imponía la necesidad de ver la realidad lo más parecida a lo que era. Si una relación era solamente un vínculo profesional o de mutuo interés; ¿qué sentido podía tener no pedirle nada con la idea de cuidarlo para un futuro que cuando se tornaba presente debía ser preservado nueva e infinitamente?

A su vez, si una amistad era verdadera; ¿cuál era la lógica de no animarse a expresar lo que uno deseaba siempre y cuando fuera respetuoso de la otra persona y su libertad? ¿Evitar confirmar que uno tenía intereses y por ende, parecer interesado? Si en una amistad real uno no podía mostrarse tal cual era, compartiendo anhelos, necesidades y viendo si la otra persona podía ayudar; ¿era una amistad?

Le resultaban temas espinosos donde existían límites sutiles y riesgosos. Sin embargo, fue consciente que no podía seguir poniendo todo en la misma bolsa, ni mucho menos, continuar evitando exponerse. Ese era el rasgo común a todas las situaciones. Su aversión a ser descubierta, a parecer interesada. A ser juzgada como interesada.

¿De dónde venía ese juicio? ¿Y de dónde procedía la (absurda) exigencia de ser alguien aséptico, sin intereses? Seguramente de su infancia, patria de la mayoría de las características de la personalidad.

Nuevamente se sintió paralizada frente al peso de la realidad. ¿Cómo salir de ese lugar?

Vino a su mente la famosa frase “Cartago delinda est”. Aquella máxima romana repetida por Caton infinitas veces era la síntesis de la importancia de tener una idea clara, fija, por no decir obsesiva. ¿Acaso se podía llegar lejos sin ella?

Durante años, aquél senador romano había terminado todos sus discursos recordándole a sus pares que Cartago debía ser destruida. A su juicio, Roma no podría florecer comercialmente si tenía semejante rival del otro lado del Mediterráneo. Fueron necesarios muchos años de sostener esa idea nítida y obsesiva, para que Roma tomara conciencia de ello y finalmente su competidora fuera aniquilada.

Volvió a su realidad. ¿Cuál era su propio Cartago? ¿Qué idea debía poner en blanco sobre negro y repetírsela una y mil veces para poder lograr su objetivo? Era evidente que una idea clara no garantizaba el resultado, pero era más obvio aún que la falta de claridad lo tornaba imposible.

Paula registró que en su vida tenía varios temas que requerían su propio Cartago. Debía animarse a identificarlos a riesgo de fracasar, antes que seguir evitándolos para no exponerse y terminar con un fracaso seguro.

Pensó en la dificultad de identificar y ponerle palabras a aquello que uno quería. Solía tomar años.

Paula quería poder hablar. Pedir, decir lo que le pasaba, expresarse.  Cuando tomó consciencia que el dolor de callarse era mayor al de ser rechazada supo que su propio Cartago estaba en marcha.

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Analfabetismo emocional, Aprendizaje, Fachada

¿Se puede cambiar por la fuerza?

-Te importa más tu personaje que vos mismo.

La aguda intervención del Maestro lo atravesó como una espada. El discípulo sabía que era cierto. Más aún: era de esas verdades que más allá de comprenderse, se sentían en el cuerpo.

-¿Y es tan grave?, -preguntó tratando de justificarse.

El Maestro sonrió. No deseaba caer en la trampa de decir una verdad tan intensa que no pudiera ser procesada, ni tampoco, diluir algo que a su entender era importante.

-No conozco a nadie que haya podido ser feliz alimentando y sosteniendo un personaje.

-¿Por qué?

El Maestro reflexionó unos minutos. Luego, con suma serenidad contestó:

-Porque al final, con el personaje uno queda en una soledad abrumadora.

Aquella palabra volvió a clavarse en el corazón del discípulo. Sabía muy bien de qué le estaban hablando. ¿Quién no había experimentado la profunda soledad al construir un personaje? ¿Saber que uno no era lo que los demás veían? Tal vez, se podía llegar a engañar a todo el mundo, pero nunca a uno mismo.

Ante el largo silencio del discípulo, el Maestro preguntó:

-¿Qué pensás?

-Que en el fondo, tengo mucho miedo.

-¿A qué?

-A soltar ese personaje que como vos bien decís, no me hace pleno, pero es el que conozco. Y ciertas alegrías me brinda. Como contrapartida, el otro camino es desconocido y no sé qué clase de felicidad me puede deparar.

El Maestro reflexionó sobre los límites de la razón. Los seres humanos podían pensar horas y años en un problema, entendiéndolo con claridad. Sin embargo, afrontarlo requería otro tipo de involucramiento. Era imprescindible que la emocionalidad estuviera comprometida ya que de lo contrario nada pasaba.

-¿Qué pensas que te pasaría si dejaras de alimentar ese personaje que con tanto afán construís y sostenés? –

-Sería como morirme, -contestó el discípulo hablando en serio. Un destierro. Un lugar en el que nadie te valora y en el que en el fondo, no existís. Eso mismo: dejar de existir.

Era claro que el discípulo seguiría existiendo; sin embargo, ¿cómo hacer para que ese conocimiento llegara a su corazón?

-La mayoría de los seres humanos cuando éramos niños no fuimos amados como necesitábamos. Para compensarlo, nos pasamos la vida buscando la forma de volvernos importantes. Lo paradójico es que aún logrando ser muy reconocidos, no nos sentimos plenos. Eso es otra cosa.

-Entiendo, y sé que es verdad. Pero no puedo. Así como puedo comprender que comer en exceso me hace mal y sin embargo lo hago con frecuencia. Por otra parte, tengo claro lo que perdería, pero sigo sin visualizar qué es lo que ganaría.

El Maestro se abstuvo de ofrecer más explicaciones. ¿De qué servirían? Percibía que el discípulo quería ser admirado. Impresionar a todo el mundo. Entrar a un restaurante y que se produjera un revuelo por su mera presencia. ¿Cómo transmitirle que eso era comida chatarra, o para ser más preciso, una droga? ¿Cómo inspirarlo a tener una buena vida, conectado y en paz consigo mismo y con los demás?

¿A qué alcohólico que estuviera desesperado por su vodka se le podía explicar lo bueno que era disfrutar una limonada con menta y jenjibre?

-¿Qué me aconsejarías?, -apuró el discípulo.

El Maestro percibió esa dualidad tan inherente al ser humano. Querer cambiar, no para dejar atrás lo que nos hacía mal, sino simplemente para evitar los síntomas que producían incomodidad. En ese contexto, había aprendido que su gran desafío era inspirar al cambio, sin que por ello las personas se volvieran violentas consigo mismas.

-En primer lugar, darse cuenta. Sos alguien maduro, que se ha graduado, casado, tenido hijos, divorciado. Conocido la victoria y la derrota; el amor y el desengaño; que ha sido víctima y victimario. Y sin embargo, secretamente en el fondo de tu corazón seguís buscando el reconocimiento como si nada te hubiera pasado. Si vas hasta el final de muchas de las motivaciones que te impulsan, vas a poder ver esto. Registrarlo es siempre el primer paso. Indagar y conocer los barrotes de la prisión en la que estamos encerrados.

El discípulo escuchaba atento.

-Ese es tu engaño. Es un resabio infantil de buscar ser amado y considerado. Te importa más tu personaje que vos mismo. En algún lugar, querés seguir recibiendo esa felicitación. Entonces, el primer punto es enterarnos.

-¿Y después que me entere, cómo sigo?

-Más despacio, amigo. Enterarse es bien difícil. No es fácil asumir que somos alcohólicos, anoréxicos, infieles o corruptos. Los mecanismos de negación se desarrollan a la par de nuestras sombras.

El discípulo sonrió.

-Luego viene una tarea tal vez más difícil, que es aceptar esa situación.

-¿Y cómo vamos a cambiar si la aceptamos?

-¿Y qué te lleva a creer que por rechazarte a vos mismo vas a cambiar?

El discípulo acusó el golpe. Así y todo, insistió.

-No sé; creo que es más fácil trabajar sobre algo que no aceptamos que ocuparnos de algo que está bien.

-Nunca dije que estuviera bien… Solo que el primer punto es reconocer que tenemos ese problema. La diferencia reside en donde nos paramos. Podemos volvernos violentos con nosotros mismos forzándonos a cambiar esa área que no nos gusta o nos hace mal. O podemos tratarnos con dulzura e indulgencia.

-¿Pero cómo voy a cambiar si me trato con indulgencia?

-¿Y que te hace pensar que te vas a cambiar por la fuerza?

El discípulo era consciente de que estaba perdiendo por goleada. Sin embargo, le llamaba la atención que la cultura general sostuviera lo contrario. Que uno era el responsable del cambio. Que debía liderarlo, conducirlo y lograrlo. Sin embargo, todos esos verbos parecían más propios de un libro de autoayuda que de la experiencia real de cualquier persona. Por lo general, los cambios importantes no se lograban; sucedían. Cuanto menos esfuerzos hacían las personas, mejor. Tal vez las dietas fueran uno de los mejores ejemplos contemporáneos.

-Se necesita valor para poder ver todo lo que hay en nosotros y aceptarlo. Por lo general, no lo toleramos. Lo justificamos, relativizamos, o directamente negamos. Y en el fondo, solo conoceremos la paz si somos capaces de aceptar y dialogar con todas las necesidades y pasiones de nuestra alma. Solo cuando les reconozcamos su existencia y trabemos con ellas una relación sincera, empezaremos a transitar un camino de plenitud.

El discípulo estaba conmovido. El Maestro tenía la virtud de inspirarlo hacia algo mejor, sin por ello ser crítico de sus áreas oscuras. ¿Sería que su capacidad residía en tratar sus miserias con delicadeza y misericordia ?

-Es increíble lo que despertás en mí al recibirme con todas mis sombras, tal cual soy.

-¿Qué es lo que sentís?

-Para empezar, una paz profunda. Mi conflicto interior por ser como soy, o por estar obligado a cambiar se diluye y desaparece. En ese sentido, aparece un sentimiento de integración. Ya no estoy dividido en dos áreas que están en conflicto permanente. Soy una unidad, una sola pieza. Por último, y tal vez lo más importante, sentir que alguien no me juzga sino que me trata con amor, despierta el amor que hay en mí, inspirándome a darlo a los demás.

Un silencio profundo se apoderó de ambos.

-Si tantas cosas buenas te ocurren porque alguien te trata bien, imaginate lo que sería tu vida si vos te trataras así, – fueron las palabras finales del Maestro.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Se puede cambiar por la fuerza?

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Fachada, Madurez, Miedo

Miedo de mi mismo

Sintió miedo de sí misma.

Lo que había comenzado como una ligera transgresión se estaba convirtiendo en un abismo. Alicia había ingresado a un sitio de citas para personas que, estando en pareja y cansadas de la rutina, deseaban tener una aventura.

Después de unos minutos de ir mirando perfiles de potenciales candidatos, se asombró de sí misma. En forma rápida y precisa analizaba quién valía la pena y quién no. Procesaba posibles amantes con la velocidad de una computadora. Miraba la altura, el peso, la condición atlética y en caso que pasara esos tres filtros, evaluaba el nivel de transgresión que transmitía. Por último, la calificación que le daban otras personas con las que se habría revolcado.

Sin tener mucha conciencia de la velocidad a la que se estaba transformando, después de una hora se sentía como una ludópata que no podía parar. No es que se los quisiera coger a todos porque había insípidos, gordos, ordinarios y debiluchos. Pero también existían decenas a los que deseaba con desesperación.

Al registrar el estado en el que se encontraba, se angustió. Sintió culpa por estar en un sitio de citas para aventuras extramatrimoniales. También experimentaba miedo, al sentir que estaba perdiendo el control de sí misma, sin saber a dónde terminaría.

¿Veinte años de un buen matrimonio con hijos, un lindo trabajo y una buena vida podían entrar en crisis por tan poco? Percibir que su fragilidad la estremeció.

Pensó en cerrar la página y exorcizar sus demonios. Pero decidió transitar el camino del medio. Ni hacer cualquier cosa, ni seguir reprimiendo. ¿Cuál sería su olla a presión? ¿Veinte años teniendo sexo con la misma persona? ¿Una vida buena y ordenada que seguiría transcurriendo igual hasta que ella fuera grande y por ende, incapaz de intentar cosas nuevas?

Miraba las fotos de los hombres que publicaban, o las descripciones de aquellos que mantenían un anonimato. Sentía oleadas de emociones primitivas que surgían de lo más profundo de su ser. Quería acostarse con dos a la vez, y poder probar a muchos de esos hombres que estaban ahí, ávidos de placer como ella. Oscilaba entre la calentura y la angustia de perder el control.

Sintiéndose como poseída por el demonio, extrajo su tarjeta de crédito y cargó sus datos en la página web, para poder utilizar herramientas exclusivas que eran pagas. Antes de apretar la tecla “Enter”, cayó en la cuenta que su marido recibiría el extracto de los gastos en donde aparecería aquél sitio. Incapaz de frenar y determinada a seguir adelante de cualquier forma, sacó la tarjeta de su trabajo, en donde llegado el caso, sería más fácil explicar lo sucedido.

Tan pronto terminó de cargar los datos con la tarjeta corporativa, un rapto de conciencia la detuvo. En otro impulso cerró la página sintiendo todo tipo de emociones contradictorias. Por un lado, experimentaba una enorme frustración al no poder acostarse con algún hombre esa misma noche. Por el otro, la tranquilizaba saber que su familia y su vida tal como eran, estaba a salvo.

Intentando despejarse abrió su casilla de correos electrónicos. Encontrar dos emails de la empresa de citas le heló la sangre. Aunque no hubiera cargado los datos de su tarjeta de crédito para acceder a herramientas premium, había tenido que registrarse. Borró aquellos dos correos rápidamente, y los marcó como spam para que no volvieran a aparecer en su bandeja de entrada.

Se asombró de sí misma al ver como pasaba de un extremo al otro con tanta rapidez. En ese momento se sentía como si quisiera erradicar todo vestigio de lo que había sucedido. Irónicamente, su sexualidad seguía en llamas.

Se acostó al lado de su marido que, ajeno a todo aquél submundo, roncaba. La mente de Alicia seguía girando a doscientos kilómetros por hora. Imparable, empezó a tocarse con desesperación, hasta que en silencio, acabó dos veces.

Instantes después de su último orgasmo su mente ya había encontrado un nuevo equilibrio. Todo el episodio había quedado atrás. Si en aquél momento hubiera ingresado en aquella página web, habría tenido otra distancia con todo. Ningún hombre la habría desestabilizado. ¿Qué era ella? ¿Una hembra en celo, que tan pronto acababa recuperaba una racionalidad que instantes antes era totalmente inexistente?

Intentó tener una mirada compasiva sobre sí misma. Comprendió que si bien no era una hembra en celo, era una mujer como cualquiera que por más que presumiera de ser racional, cargaba con impulsos cuasi animales. Tan poderosos e incontrolables que eran los responsables de que en pleno siglo XXI la población siguiera creciendo. Si el sexo no distorsionara el cerebro, haría buen rato que la especie humana se habría extinguido.

Reflexionó sobre el miedo a sí misma. ¿Estaba bien? Se dio cuenta que tener miedo no estaba ni bien ni mal; simplemente ocurría. Percibir todas las pulsiones que salían de su interior era algo positivo. Claramente, seguirían existiendo aunque ella las negara.

En el pasado habían sido obturadas porque considerarlas impropias para una mujer decente como ella. Pero esta noche se había enterado que todas esas emociones e impulsos se encontraban ahí, apretujados e intactos, peleando por salir.

Se preguntó si sentir todo eso la convertía en una puta. O si era solo un ser humano, al que los dictados de la cultura le amputaban una parte de sí. Pudo percibir la gran inestabilidad que producían todas esas emociones y sentimientos bloqueados. Comprendió que era mucho más sano abrazarlos que reprimirlos.

¿Cómo seguir? No encontró respuesta a esa pregunta. Tuvo la convicción de que debía recibirse a sí misma. Después de todo, ya estaba grande para seguir tratándose con tanto rigor. Optó por abrazar a su ser, recibirlo, y darle total libertad de expresión.

Mucho más tranquila, volvió a tocarse, tuvo un tercer orgasmo y se durmió.

Artículo de Juan Tonelli: Miedo de mi mismo

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Aprendizaje, Exigencia, Fachada

Dime cómo haces el amor, y te diré quién eres

-¿Y cómo sos como amante?

La pregunta del Maestro la descolocó.

-Once puntos, -contestó orgullosa.

-Qué problema…

Ella quedó desconcertada.

-¿Por qué te considerás una amante excepcional?

Si bien con el Maestro no tenía secretos, entrar en detalles le daba algo de pudor. Así y todo trató de hacerse entender.

-A mis compañeros les doy todos los gustos. Me gusta volverlos locos de placer. Hacer todo lo que quieren, especialmente lo que ni se animan a pedirme. Esa telepatía -o audacia-, los mata.

El Maestro escuchaba sereno. -¿Sos de tener bastante iniciativa en la cama?, -preguntó.

-Total. Necesito llevar al otro al paraíso, y mantenerlo ahí lo más posible.

-¿Y no te cansa?

-¿Qué cosa?

-Estar empujando todo el tiempo.

El agudo comentario del Maestro la sacudió. -Ni en la cama podés aflojarte… es una buena síntesis de lo que es tu vida, -agregó.

Ella se sintió expuesta.

-¿Alguna vez te preguntaste qué pasaría si no tuvieras esa actitud?

-Seguramente no escucharía tan seguido que soy la mejor amante que tuvieron en sus vidas…

-¿Y es tan importante que te digan eso seguido?

-Bueno, digamos que hace sentir bien. ¿A quién no le gusta? Por otra parte, me encanta lo que hago. No es un sacrificio…

-Entiendo bien la situación. Pero; ¿cómo sería la vida si no estuvieras todo el tiempo esforzándote? O para ser más preciso, ¿cómo serían tus relaciones sexuales y tus vínculos más cercanos si no te esforzaras tanto, no estuvieras todo el tiempo exigida?

-Mis amantes seguramente me buscarían menos. Mis vínculos…no lo sé.

-¿Y es importante que tus amantes te busquen tanto?

-¿Vos sos hombre y necesitás que te explique?

-Sí, -contestó el Maestro con un tono amoroso.

Ante el silencio de ella, prosiguió: -Es como si vos creyeras que amanece producto de tu esfuerzo. Y la verdad es que la tierra no te necesita. El sol sale solo e independientemente tu empeño.

Ella permanecía callada.

-Darle los gustos a alguien en la cama y en la vida, es algo muy lindo. Ahora, si uno no puede parar de hacerlo por temor a decepcionarlo, o como una inversión en la que esperamos que el otro sea igual de generoso que nosotros, estamos frente a un problema grande.

-¿Cuál sería el problema?

-No poder elegir. Vivir con un pánico inconsciente a decepcionar y a ser decepcionado.

Aquellos comentarios estaban al límite de su tolerancia.

-¿Y qué me recomendarías?

-Como siempre, que empezaras por enterarte. Tomar conciencia que si no te esforzás, el mundo va a seguir girando igual. Tal vez tus amantes y tus vínculos sufran un poco en el corto plazo, pero sin lugar a dudas vos vas a ganar.

-¿Qué ganaría?

-Verdad. Libertad interior. Por ahí descubrís una sexualidad que sea técnicamente inferior, pero espiritualmente mucho mejor. Crecerías en niveles de encuentro con el otro. También, desarrollarías vínculos más sanos, en los que no tengas que estar dando todo el tiempo para evitar exponerte a la decepción de que la otra persona no te dé lo que esperabas.

Ella estaba en carne viva. Sabía muy bien de lo que le estaban hablando.

-Desde hace años sé que mi gran tema es la permanente búsqueda de reconocimiento.

-Ese no es un gran tema, -la cortó el Maestro.

-¿Cuál es entonces?, -preguntó ella desorientada.

-Lo que reprimís, negás y tenés totalmente sepultado e inconsciente, es tu deseo de ser amada.

Sintió como si le hubieran pegado un mazazo en la cabeza.

-Tu búsqueda de reconocimiento es algo que tenés consciente. Por otra parte, es solo el síntoma de un tema mucho más profundo que es tu deseo de ser amada. Pero de esto último, no tenés el menor registro. Está completamente oculto, a punto tal de que ni vos sabés que es tu problema.

-¿Y por qué pensas que lo oculto, si tendría ser algo que debiera buscar con total consciencia?

-Por miedo. Son experiencias de desamor que has vivido. Como aquél gato que se quemó la cola al sentarse en una estufa y entonces decidió nunca más volver a sentarse en ningún lado…

-Y después que registre y tenga conciencia del tema; ¿qué tendría que hacer?

-Vincularte con el otro desde un lugar más genuino y humano. Estar más abierta. De a poco, ir dejando atrás esos sustitutos falsos con los que reemplazás tu hambre real de amor.

-¿Cuáles son esos sustitutos?

-Los de todo ser humano: búsqueda de poder, dinero, reconocimiento, fama… Todo eso. Para el corazón es comida chatarra. Él sabe que nada de eso es verdadero alimento, sino más bien todo lo contrario. Nos hace cada vez más dependientes y más desnutridos. Como tantas personas que pese a ser obesas, tienen carencias nutricionales.

-¿Y por qué pensás que llegué a este lugar?

-No lo sé. Lo que tengo claro es tu soledad actual. Tus ganas de que te acompañen, y que esa compañía no sea porque le hacés el mejor sexo oral a tu compañero, ni porque sos la más generosa del mundo. Que haya espacio para el encuentro, que es algo siempre bilateral. Pero vas a tener que correr dos riesgos…

-¿Cuáles?, -preguntó ella al límite de su emocionalidad.

-A decepcionar al otro, porque dejarás de ser una geisha permanente. Y a que te decepcionen, porque también te vas a encontrar con otras personas que estarán dispuestas a darte mucho menos de lo que desearías. ¿Querés un té?

-Mejor un whisky. Doble por favor.

El Maestro sonrió. -Esto tampoco es una cuestión de voluntad. Se trata de ver. Uno no deja las adicciones por decreto. Nos liberamos de ellas cuando nos hemos quemado lo suficiente y anhelamos fervientemente nuestra libertad. Cuando deseamos otra manera de vivir.

-Yo no sé si deseo eso.

-Es lógico; todo tiene su tiempo bajo el sol, -reconoció el Maestro mientras se despedía.

Artículo de Juan Tonelli: Dime cómo haces el amor, y te diré quién eres.

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