Fachada

autenticidad, dolor, Fachada

soy lo que soy

Antes de que lo llevaran al quirófano, el padre le dio un beso en la frente. Aunque le dijo que se quedara tranquilo, que no le pasaría nada malo, Nico percibió a su papá destrozado.

Con sus once años, estaba aprendiendo muchas cosas en forma precoz. Entre ellas, que cuando las palabras no se condecían con las caras, había que creerle a las caras y nunca a las palabras.

Después de una larga cirugía Nico fue volviendo en sí. Ni se animaba a mirar su costado izquierdo, temiendo lo peor. Igual, aunque no mirara, sabía que le habían amputado su brazo izquierdo. Había lidiado cinco años de su corta vida con tumores en el húmero, y aunque sus padres hubieran sido incapaces de decirle lo que le harían en esa última cirugía, el sabía que le cortarían el brazo.

Como es habitual, la recuperación física fue mucho más simple que la emocional. Ajustar la prótesis, y aprender a comer y vestirse con una mano, aún fuera cuando complejo, era mucho más sencillo que procesar la cantidad e intensidad de emociones vividas durante esos tiempos.

El muñón cicatrizó mucho más rápido que el alma, a la cual nunca se la veía sangrar. No porque no sangrara, sino porque solo se la miraba con los ojos.

Los años fueron pasando y todo pareció sanar. Esos precarios equilibrios que ofrece la vida, esas calmas que aunque apacibles dejan entrever tempestades inminentes.

En la adolescencia llegaron las primeras fiestas. Una edad compleja en donde despierta la sexualidad y todo lo que conlleva: desde los instintos más primitivos hasta los sentimientos más sublimes. Todo atravesado por esa fuerza arrolladora que es el sexo.

Lo que no es fácil para nadie era aún más difícil para Nico. Si era complejo para cualquier adolescente con sus dos brazos, resultaba mucho más arduo para alguien que tenía solo uno. Las inseguridades naturales de la adolescencia había crecido exponencialmente en su caso.

Después de varios meses en los que iba las fiestas para conversar con sus amigos y no se animaba a sacar a bailar a ninguna chica, llegó el día en que una lo deslumbró. Luego de observarla un rato, juntó coraje y se tiró a la pileta.

Bailaron unos veinte minutos mientras manteniendo una buena conversación, dentro de los márgenes normales que los miedos de esa edad permiten. Cuando todo parecía ir sobre rieles, ocurrió la catástrofe. La chica se dio cuenta que lo que Nico tenía ahí no era un brazo sino una prótesis.

Pese a sus esfuerzos por disimular la situación, su cara lo dijo todo. Parecida a la que había puesto su padre cinco años antes cuando lo despedía para que se lo llevaran al quirófano. Nuevamente Nico experimentaba que cuando le decían “todo bien”, estaba todo mal.

Con elegancia la chica bailó con él unos minutos más y después se despidió con la verosímil excusa de que quería hablar con sus amigas, cosa que hizo.

No hicieron falta más palabras para comprender que su incipiente recorrido con ella había quedado interrumpido en forma irreversible.

Aquella noche Nico no pudo volver a sacar a bailar a nadie más. Ensimismado y silencioso, caminó hasta su casa con algunos amigos que estaban en otra frecuencia.

Ya en su cuarto, se sacó la prótesis y la apoyó en la mesa de luz. Se acostó en su cama y miró el techo un buen rato. Aunque no fuera consciente ni capaz de ponerlo en palabras, sentía anestesiado. Como con un dolor de muerte.

Después de dos horas de no poder dormirse, prendió la luz. Ahí estaba su prótesis, recordatorio perenne de su amputación. Con su único brazo la tomó y la observó detenidamente. Aunque lo deseaba con toda su alma, era incapaz de llorar.

A las seis de la mañana y mientras toda su familia dormía, se paró y con la prótesis en la mano fue caminando hasta la cocina. Abrió el tacho de basura y la tiró. Regresó a su cama y recién cuando amanecía, pudo dormirse.

Se despertó a las dos de la tarde y fue a comer algo. Su madre, fingiendo una normalidad inexistente, le dijo:

-Por qué tiraste a la basura la prótesis?

-No la voy a usar más. De ahora en más, todos me verán como soy. A los que les asuste conversar con un manco, podrán mantenerse a distancia y evitar malentendidos o decepciones. Y los que opten por acercarse, sabrán a qué atenerse.

Con dolor, ella registró que su hijo había madurado de golpe. Optimista, tomó conciencia que él, a sus dieciséis años, había aprendido algo que la mayoría de las personas empezaba descubrir, también con grandes dolores, después de los cuarenta años.

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Fachada, Ideas equivocadas, infelicidad

marte y venus

-Te conté que me separé?

-No, no me dijiste nada…

-Hace cuatro meses llegué a casa tarde, como a la una de la mañana. Venía de estar con una amiga, como tantas veces. Y mi mujer me preguntó, también como tantas veces, “de dónde venís?”

Jorge escuchaba entre risueño y expectante. Guillermo tendría unos sesenta años, con treinta de matrimonio e hijos grandes. Había tenido mil aventuras de todo tipo, pero sin embargo, resistido. Su mujer, como pudo, bancó todas sus andanzas. Por qué se separaría ahora? A esta edad, con una vida hecha, y cuando las hormonas estaban en retirada? Cuál era el sentido?

-Y qué pasó?, -quiso saber Jorge.

-No resistía decir una mentira más. Cuando venía de encamarme con alguien, un millón de veces mentí diciendo que había tenido una reunión política. Nada más verosímil que mi trabajo. Pero esta vez no pude. No resistía una sola mentira más. Cumplí sesenta y no quiero seguir sintiendo una cosa y hacer otra.

Jorge se preguntaba cómo era posible llegar a esa edad tan disociado. Aunque mirando su propia vida, tuvo que asumir que a él y a casi todo el mundo le pasaba.

-Y qué hiciste? Le contaste que venías de coger?

Guillermo se rió. -No hizo falta. Simplemente le dije que así no podía seguir viviendo.

Su mujer comprendió. Qué iba a necesitar que le aclare? Pobre, habrá sentido una mezcla de emociones. Alivio, al no tener que seguir soportando situaciones de ese tipo y poder estar en paz sola. Angustia, al pensar que había pasado muchos años aguantando y no tenía sentido tirar todo por la borda a los sesenta.

Las preguntas irrumpían en su corazón. Tan grave era tolerar infidelidades? O acaso era otro mandato cultural de esos que solo servían para arruinarnos la vida? Por otra parte; tan malo era estar solo? Si uno se comparaba con la imagen de familias que muestran las publicidades, seguramente se sintiera un infeliz al no alcanzar el estándar de esa foto imposible. Pero era real o también era otra idea falsa diseñada para dejarnos siempre frustrados y sentirnos miserables?

-Me mudé al primer departamento que nos habíamos comprado, que justo dejó el inquilino, -continuó Guillermo. -Un dos ambientes chiquito que cuando llueve entra el agua. Pero así y todo estoy contento. De qué me sirve vivir en un palacio sino quiero estar ahí?

-Y a dónde querés estar?

-Por lo pronto, en lugar donde haya silencio. Paz. En donde no tenga que dar explicaciones, en donde pueda ser lo que soy.

Aquellas palabras de Guillermo iluminaron a Jorge. Quién no anhelaba poder ser lo que realmente era? No tener nada que simular, poder mostrarse tal cual era en su totalidad?

Jorge sintió cierta envidia de su amigo. De la libertad interior que tendría. También se imaginó solo en ese departamento un domingo otoñal a las cuatro de la tarde, y una tremenda melancolía lo invadió. Habría chances de ser libre estando en pareja? O eran objetivos excluyentes?

-Y en casa con tu mujer no podés ser lo que sos?, -disparó Jorge.

Guillermo se quedó pensativo. -Es evidente que no estoy pudiendo. Al menos los últimos quince años… Siempre estoy en falta. Pareciera que lo que mi mujer necesita yo no se lo puedo dar. Ella quiere que estemos mucho juntos, que hagamos actividades, que la contenga en todos sus problemas que en el fondo, siempre son afectivos. Yo en cambio, solo quiero que no me rompa las bolas! Mucho más modesto lo mío…

-Y en qué te rompe las bolas?

-Me hacés preguntas como si no estuvieras casado, como si no supieras de lo que hablo, -provocó Guillermo. -Me gustaría que ella acepte lo que le puedo dar, que creo que es mucho, y pare de intentar convertirme en algo que no soy. A mi me gusta mi trabajo, me gusta estar en silencio, encontrarme a cenar con amigos, estar con algunas amigas de vez en cuando…

Jorge escuchaba con atención. Se preguntó por qué sería tan difícil acercar esos dos universos que parecían irreconciliables. No había puntos de contacto? O el problema era exigirle a la pareja un estándar idealizado que no podía ofrecer?

Alguien decía que los seres humanos no éramos felices por la simple razón que nuestra mente no paraba de producir infelicidad. Cómo se producía esa infelicidad? Comparando la realidad con nuestras ideas acerca de cómo debía ser la realidad.

-Te colgaste, -dijo Guillermo.

-Una vez me filmaron jugando al fútbol. Hasta ese momento, pensaba que jugaba bien. De ahí en más, me di cuenta que era horrible. Lo interesante fue que mi juego no cambió, sino solo mi mirada. Con el tiempo pude entender la causa, -contó Jorge mirando el horizonte.

-Cuál fue?

-Yo estaba acostumbrando a ver imágenes de los mejores jugadores del mundo. Verme filmado a mí y compararme con ellos fue una y la misma cosa. Cómo hacer para no sentirme un desastre si inconscientemente me estoy comparando con la selección nacional?

-Y qué hiciste?

-Aceptar como juego. Me tomó bastante tiempo, pero solo cuando pude hacerlo de corazón, volví a disfrutar del juego. Y sin proponérmelo, también empecé a jugar mejor.

-Ese es mi camino. La verdad es que no sé si podré volver a estar con mi mujer o no. Para empezar, porque depende de ambos. Pero más allá de que ella quiera o no, de lo que estoy seguro es que no quiero volver al molde. No entro. Mi ser no entra en esa foto publicitaria.

-Ojalá puedan ver la realidad tal cual es y se encuentren en lo que sí tienen en común, pudiendo compartirlo, -dijo Jorge pidiendo la cuenta.

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Fachada, Ideas equivocadas, Madurez

No somos el centro del universo

-Necesito verte para que me aconsejes.

Tan pronto Victoria vio el mensaje de su amiga en la pantalla del celular, la llamó para que se encontraran. Hacía algunos meses que no hablaban, pero el calvario que estaba viviendo Paula le generaba una sensibilidad especial.

En esas situaciones inexplicables de la vida, Paula se había enamorado perdidamente de su cuñado, y después de meses de ser amantes, había quedado embarazada. Luego de muchas noches sin dormir y angustias de muerte, ambos habían decidido tener eso hijo.

Por un lado, eran plenamente conscientes que tenerlo era ingresar voluntariamente al infierno. Abortarlo les evitaría confrontar al marido de Paula con la realidad que ese hijo no era suyo sino de su hermano. También, que en la medida que ese niño creciera, fuera un testimonio viviente de esa infidelidad imperdonable.

Si perdonar una infidelidad no era fácil, mucho peor era si había generado un embarazo. Y la situación parecía completamente insalvable si la persona había sido engañada por su mujer y su hermano.

Así y todo, Paula y su cuñado decidieron seguir adelante.

El bebé nació y el tiempo seguía haciendo lo suyo. La decisión de los padres de no contar nada hacía que el sentimiento de culpa por semejante secreto fuera intolerable. Sin embargo, convencidos que el marido de Paula no toleraría la verdad de saber que en realidad ese hijo era su sobrino, optaban por callar.

Cómo se podía vivir con semejante peso?

Los seres humanos solían ser capaces de cargar pesos sobrehumanos antes que sobreponerse a sus miedos y enfrentar la verdad. Como si mentir fuera menos costoso. Casi nadie era capaz de ponderar correctamente el enorme costo que tenía ocultar la realidad. En términos de libertad interior era carísimo, sin contar la permanente angustia de que en el momento más inoportuno la verdad pudiera salir a la luz.

Paula y su cuñado decidieron ponerle fin a la relación decenas de veces, y lo único que lograban era enamorarse aún más. Por qué Cupido se habría ensañado con ellos de esta forma?

Dentro de la infernal vida, el cuñado había establecido una relación con otra mujer, con el objetivo de despegarse de Paula. Lo habían consensuado juntos, en la ingenua esperanza que funcionara. Si bien la pareja duraba, el verdadero amor de ambos era el prohibido.

Ya en el café, ambas amigas se dieron un abrazo.

-Qué te anda pasando, preguntó Victoria con empatía.

-Mi cuñado está esperando un hijo con su novia. Estoy re mal. Encima, me enteré a través de un tercero porque él desapareció hace dos meses. O sea que Santino va a tener un hermanito. En realidad ya tiene un medio hermano que es el que yo tuve antes con mi marido, y ahora tendrá otro hermanastro a través de su padre real.

Victoria escuchaba en silencio, sorprendida por lo compleja que podían ser las vidas de las personas. Después, preguntó:

-Qué es lo que sentís? Engaño?

-No; me duele que no me lo contó de frente. Me siento traicionada como persona. Que le importo poco. Encima esta semana cumple nuestro hijo y él va a venir con su novia, así que no sé cómo voy a reaccionar.

-Vas a reaccionar bien, con la voluntad de una persona adulta que sos, dijo Victoria calma pero firme. No me parece que tu dolor sea porque él no te lo contó cara a cara. Eso es sólo un aspecto formal y debieras poder imaginar el miedo que debe tener, máxime cuando hace cinco años que ustedes dos son incapaces de contarle a tu marido que Santino no es su hijo, y que el verdadero padre es su hermano. No te lo contó por la simple razón que no pudo. Comprendo perfectamente que estés muy afectada, pero tratá de decantar bien tus sentimientos para identificar qué es lo que sentís. Si son celos porque se acuesta con su novia, también es una situación muy paradojal. Acaso vos no te acostás con tu marido?

Paula permanecía en silencio.

-Independientemente que no esté claro si este es un embarazo buscado o un accidente, no podés ponerte celosa porque él se acueste con su novia mientras vos seguís viviendo con tu marido. O sos de las que piensan que para tener sexo hay que estar enamorado? Ni a las mujeres les pasa eso, aunque a los hombres aún menos. Se acuesta porque la tiene al lado y vos no estás disponible. Y si lo estuvieras, igual llegaría un día en el que desearía acostarse con otras.

Paula iba desinflándose, y su ira se transformaba en decepción.

-Sino hablaste a fondo con él, te lo recomendaría. Cuando puedas, sin hostigarlo ni presionarlo, planteándole el tema amorosamente y dándole todo el espacio y el tiempo que necesite.

-Vos decís que haga como que todo está bien?

-No, porque vos sos un ser humano. Creo que debés empezar por generar las condiciones para que tengan una conversación a corazón abierto, como habrán tenido tantas veces después de coger. Escucharlo y comprender bien la situación. Si te enterás que el embarazo fue un accidente y él no está contento, tratar de inspirarlo diciéndole que tener un hijo es siempre genial. Pero evitaría hablar mucho del futuro de ustedes. Ya la situación era muy compleja antes, por lo cual intentar aclararla en este contexto es pretender lo imposible. Qué podría decirte ahora, si está adentro de un lavarropa aún peor que el tuyo?

Paula estaba en silencio. Luego, algo emocionada dijo:

-Yo pensaba decirle de todo. Te juro.

-Y sí, es comprensible porque estas desbordada emocionalmente. Pero después te arrepentirías dado que la vida continúa y vos lo seguirás amando. Entonces, si él no dejó de amarte tendrás dos problemas: su situación con el embarazo en curso y todas las barbaridades que le dijiste…

-La última vez que nos vimos, él no paraba de llorar. Miraba dormir a nuestro hijo Santino y lloraba. Yo le preguntaba qué era lo que le pasaba y el no me contestaba. Simplemente lloraba y lloraba…

-Qué divino. Pobre hombre, qué podría responderte? Sabría que estaba ingresando en otra nueva dimensión que aportaría más dificultad y contradicción en su vida.

-No sé; ni siquiera sé si alguna vez me amó…

-Entiendo cómo te sentís pero es evidente que te amó y probablemente te siga amando.

-Vine a verte indignada, dispuesta a matarlo, y me dejás con ganas de ir abrazarlo mucho.

-Y la realidad sigue siendo la misma… Como dicen los chinos “dejá que tu tigre vuelva a su guarida.” Y dado que lo amás, hacé un esfuerzo por verlo a él, en vez de mirar la realidad desde tus necesidades.

-Ahora resulta que la culpable soy yo…

-No hay culpables. Y siempre es bueno que nos recuerden que el universo no gira alrededor nuestro. Todos nos confundimos. Y los que más niegan esta realidad, más perdidos suelen estar.

Paula le apretó fuerte la mano a su amiga, y le sonrió en señal de gratitud.

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Analfabetismo emocional, Exigencia, Fachada

La vida de los demás es más interesante que la mía

 Estamos convencidos que la vida de los demás es más interesante que la nuestra. Que a ellos les ocurren cosas impresionantes, apasionantes, maravillosas. En cambio nuestra vida es gris, tediosa, rutinaria. Somos la cenicienta perpetua, sin acceso a ningún príncipe ni vida luminosa. 

Y sin embargo, todas las vidas son una oportunidad. El interior de cada uno es un misterio y un milagro. Lo que sentimos, lo que nos pasa. Aprender a vivir es haber experimentado como en Las Mil y Una Noches, que fuimos al fin del mundo en la búsqueda de un tesoro, para descubrir allá que el mismo estaba enterrado en el jardín de nuestra casa.

-Me llama la atención que todo el tiempo hablás de otros. Como si tu propia vida no fuera interesante. En la de los demás, siempre pasan cosas interesantísimas. Y a juzgar por lo poco que hablás de la tuya, pareciera que no sucede nada… El eje siempre está puesto en el otro.

Las palabras del Maestro lo sacudieron. La observación era muy precisa.

-Y por qué pensás que me pasa esto?, – preguntó el discípulo asumiendo la hipótesis como cierta.

-No lo sé. En general estos temas arrancan en la infancia. Un núcleo familiar que asigna roles, que los integrantes aceptan.

-Definitivamente fue así en mi casa. Mi hermano era el importante, al que había que escuchar. Él estaba lleno de aventuras, relatos increíbles. Mi madre hablaba mucho y decía poco, y mi padre y yo escuchábamos.

-Y en tu vida no había aventuras?, -preguntó el Maestro hundiendo el bisturí.

El discípulo, emocionado, asintió. -Las mismas o mejores que las de mi hermano. O distintas, pero aventuras al fin. Solo que no tenía mucho lugar para compartirlas.

-Por qué?

-Todo el espacio estaba asignado a mi hermano. Yo tenía que moverme por los márgenes. Los pequeños intersticios que quedaban disponibles. Meter algún comentario, acotar alguna palabra precisa que ratificara o acompañara lo que él contaba.

-Un actor de reparto…

-Algo así.

-Sin embargo vos siempre has sido un protagonista. Un hombre de resultados, lo cual no se condice con alguien que acompaña discretamente desde la penumbra.

El discípulo se quedó pensativo reflexionando.

-A fuerza de escuchar relatos increíbles de la vida de otro, creía que lo intenso, lo bueno, sucedía en otro lado. Con los años fui descubriendo que a mí también me ocurrían cosas interesantes y fuertes.

-Por ejemplo?

-Destacarme mucho en los estudios, las artes o el deporte. Y esos logros extraordinarios llamaban mi atención…

-Por qué?

-Como si me diera cuenta que después de todo yo también tenía valor.

-Te sorprendías dándote cuenta que no eras solo parte de la audiencia sino que también tenías una vida propia en la que el importante. Y que tal vez, a ese actor le ocurrían cosas más intensas que al supuesto actor principal…

-Algo así, -reconoció el discípulo con cierta timidez.

-A qué edad terminaste de enterarte que eras alguien con muchas condiciones?

-Al principio de la adolescencia.

-Pareciera que recordás bien el momento…

-A mis catorce años me sorprendí al enterarme que no era callado. En mi familia siempre se decía eso, y en el club tomé conciencia que hablaba bastante. Claro, tenía lugar para hacerlo.

-Y llegaste a contarle eso a tus padres, por ejemplo?

-A mi madre, que era la única que estaba físicamente disponible.

-Tu respuesta lleva implícito que tu madre no estaba emocionalmente disponible, por lo cual no debe haber servido de mucho que le hayas compartido eso.

-Y sí… Le gustó enterarse que yo no era tímido. Pero nunca llegó a preguntarse por qué razón no hablaba en casa.

-Y cuándo se estructuró esta conducta de convertirte en relator de la vida de otros? Resulta muy paradójica, porque tu historia es muy intensa. Sin embargo, el eje de lo que hablás y hasta actuás, siempre está puesto en terceras personas. Como si fueras un satélite, cuando en realidad tenés mucha luz propia.

-Ser un astro me pesa. Aunque lo anhele y busque con todo mi corazón, cuando los faroles se posan sobre mí, siento presión y mucho miedo a equivocarme. Por ende, termino apurando el paso para salir de esa situación lo más rápido posible…

-Y regresar detrás de bambalinas a un lugar donde la penumbra te protege…

El discípulo asintió avergonzado.

-Qué difícil; por un lado querés que todos los reflectores se posen sobre vos, y cuando ocurre estás incómodo. Igual, con la historia que contás se comprende perfectamente. Si tu hermano era el único habilitado para estar en el centro del escenario, es difícil que la reacción adaptativa a esa experiencia no te acompañe toda tu vida. Así y todo, son dos planos distintos. A mí no me preocupa que no hables tanto; el tema importante es la sensación de vivir como una rémora que acompaña a los tiburones, cuando en realidad, ni los otros son tan grandes, ni vos sos tan pequeño. Contame de tu padre…

-Mi padre fue otro sobreviviente de ese esquema…

-A qué sobrevivía?

-A mi madre y a la dinámica familiar de ella.

-Cuál era esa dinámica?

No había espacio para vivir.

La impresionante frase del discípulo dejó congelado al Maestro.

-Todo era apariencia. Había que ser como quería mi abuela; nunca se podía ser como uno era.

-Algún ejemplo?

-No te podía gustar la sidra porque era una bebida de clases populares. Te tenía que gustar el champagne, que era aristocrática.

-Y a vos obviamente te gustaba la sidra…

-Por supuesto…

-Y tu padre qué hizo?

-Se rajó.

-Se fue con otra mujer?

-No. O sí, pero no.

-Cómo es eso?

-El matrimonio era para toda la vida, así que él no se podía separar. Pero como en casa no se podía hablar, y muchas veces ni se podía estar, él cortó por lo sano y no estaba nunca.

-Los dejó a vos y a tu hermano en ese ambiente algo tóxico

-Cuarenta años atrás esas cosas no le preocupaban a nadie. El hombre trabajaba y la mujer cuidaba el hogar. Si éste era un infierno, era problema de sus habitantes. Mi padre armó una vida con mucho trabajo, en donde casi no lo veíamos. Y con esa excusa nadie se podía meter con él porque estaba “trabajando”… Aunque dentro de esa amplia bolsa estarían sus amantes, sus espacios de tranquilidad, sus amigos y su propia familia que era rechazada por mi madre…

-Entiendo… Como le fue a tu padre en términos profesionales y vocacionales.

-Mas o menos. Eligió una profesión un poco porque le gustaba y otro poco por mandato. No brilló aunque tampoco le importaba. Armó una vida a su medida, sin jorobar a nadie pero evitando que lo cargaran a él, cosa que en una familia es inevitable. Mi madre decía que él era autista. En realidad, parecer solitario era su forma de sobrevivir.

-A mi me gustaría que vos fueras más que un sobreviviente, -disparó el Maestro volviendo a poner el foco en el discípulo.

-Yo no me siento un sobreviviente.

-Lo sos. Sería bueno que te animes a concentrarte en tu vida. Que ahí pongas el eje. En qué hacer con ella, más que relatar la fascinante vida de otros.

El discípulo permanecía callado.

-Pensás que la vida de tantas personas importantes que te rodean es mejor que la tuya?

-Es una pregunta un poco amplia. En qué sentido lo decís?

-Pensás que ellos son mejores que vos? Que en sus vidas ocurren cosas importantes y en cambio en la tuya no pasa nada?

-No. Sé bastante bien quién soy y lo que valgo.

-Qué pasaría si ponés el foco en armar tu propia historia, tu vida? Al que le interese bien, y al que no, mala suerte. Después de todo, es mucho más importante vivir que contar lo que uno vive…, -dijo el Maestro con una sonrisa pícara.

-Creo que lo estoy haciendo. Solo que lo hago en forma discreta.

-Y por qué ese pudor? Es el mismo mecanismo que utilizabas cuando eras niño? Que no te vieran venir hasta que conseguías un logro enorme con el cual sorprendías a todos?

-Puede ser…

-La idea de que tu vida no era interesante ya pasó. Fue hace treinta años. No tengas más pudor. Si te gusta la sidra, tomala a la vista de todos. Basta de sostener la copa de champagne sin probarla, o peor aún, sentirte obligado a beber algo que no te gusta.

El discípulo sonrió.

-Y qué decís con respecto a mi temor cuando los reflectores se posan sobre mí?

-No me parece muy importante. Solo lo es cuando estructuramos nuestra vida en función de ello. El reconocimiento nunca nos da plenitud, aunque podamos sentirnos infelices si no nos registran. A mi entender, el principio rector es averiguar quiénes somos, que queremos, y transitar ese camino más allá de los resultados.

-Qué liberador

-Todo lo que nos conecta con lo auténtico, es liberador. Y lo que nos aleja de nuestra verdad interior, es doloroso. Debiéramos prestar más atención a aquello que nos brinda paz y alegría, y a lo que nos angustia. En el fondo, se trata de la mejor brújula que podemos tener en nuestro camino.

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Aprendizaje, Fachada

La incomodidad de vivir en un molde

Federico sintió miedo a ser descubierto. Aunque tenía cincuenta años, experimentó una emoción similar a cuando era un niño. Evocó estar haciendo algo prohibido y temer que los descubrieran y penalizaran.

Pero en este caso; qué era lo prohibido?

No estaba haciendo nada malo. Cuando esperaba a ser atendido por uno de los gerentes de la empresa, escuchó la voz del presidente de la compañía.

Como tenían mucha relación, temió encontrarlo mientras aguardaba a uno de sus subordinados. Cuál sería el problema?

Pensó en la paradoja que teniendo un fuerte vínculo con el presidente, quisiera entrevistarse con otra persona de menor rango. Aunque parecía carecer  de sentido, lo tenía.

Federico quería venderle un servicio a aquella empresa y no quería quedar expuesto ante el presidente. Aún cuando las chances de concretar la venta se incrementaran si veía al número uno de la organización, había optado por entrevistarse con un gerente.

Su mente conocía bien las razones. Si bien él tenía una buena amistad con el presidente, sus conversaciones siempre eran asépticas. Federico se ponía más allá del bien y del mal. No necesitaba nada. Su vida era toda transparencia y corrección. Se mostraba como un gran tipo, aunque en el fondo había un par de temas ocultos.

Por un lado, el orgullo al mostrarse superado, sin necesidades de ningún tipo, hecho que obviamente, no era cierto. Federico, como todo ser vivo, tenía deseos e intereses.

Por otra parte, el concurso que estaba organizando aquella empresa para definir el proveedor llevaba implícito algunos pecados menores con el gerente que decidía la compulsa.

Federico podría haberlo denunciado con el jefe, pero quería y necesitaba ganar aquella venta. A dónde habían quedado esos principios y pulcritud que durante horas declamaba con el presidente?

Tuvo que asumir que  sus intenciones no eran tan puras. Estaría mal querer vender? Aunque la respuesta obviamente era negativa, Federico exploró su temor a ser descubierto.

Registró su miedo a exponerse. A que el presidente se diera cuenta que Federico necesitaba cosas, y peor aún, a que pudiera no elegirlo. Percibió el conflicto que tenía consigo mismo por el personaje altruista y desinteresado que había construido.

Se mostraba como un ángel, alguien perfecto. Solo le faltaban las alas. No miraba a ninguna otra mujer que no fuera su esposa, trabajaba bien y sin pedir nada a nadie; y solo tenía buenas intenciones.

Se rió de sí mismo al darse cuenta que ese no era él. Le encantaba el dinero, y tenía pensamientos de todo tipo, como cualquier ser humano. Después de todo, quién no había robado algo a sus padres? Quién no había tenido deseos de acostarse con otras personas?

El núcleo del problema parecía ser que se había creído el personaje.

Si desear estaba mal, vivir era un infierno.

Mientras estaban vivos, los seres humanos siempre deseaban. Si bien los deseos podían ser de los más variados, los más taquilleros eran el dinero, el poder, la fama, la belleza, el sexo.

Volviendo sobre sí mismo, encontró un gran censor sobre todos esos deseos. Estaba mal hacer que el dinero fuera el eje de la vida. Buscar fama o poder. Ser infiel, o acostarse con otra persona solo por placer o sin un vínculo sentimental. Pretender ser reconocido.

Si todo eso estaba mal; qué lugar quedaba para vivir? Acaso vivir no conllevaba una o varias de esas pasiones? A quién no le cabía la pasión básica de cualquier ser humano de querer ser reconocido? Y las demás; no eran distintas manifestaciones de pretender ser amados? Deformadas o no, eran todas expresiones de ese profundo anhelo humano.

Federico tomó conciencia de que no tenía ningún espacio interior para aquellas pasiones. En el fondo y aunque no se hubiera dado cuenta, él debía ser perfecto. Nada de sentir esas bajezas humanas. Debía ser alguien luminoso y espiritual. Que otros tuvieran esos sentimientos primitivos.

Explorando a fondo su corazón, registró que todos aquellos sentimientos habitaban su corazón. Y varios más. Por supuesto que tenía épocas en donde algunos eran más demandantes. Sin embargo, todos estaban allí.

Suspiró al pensar que desde su adolescencia no les había dado ningún lugar. Recordó su vida sentimental. Sacando el primer romance que había sido legal por ser el primero, había reprimido todos los sentimientos de las demás veces que alguien lo había movilizado. A lo largo de su vida había aplastado muchas historias. Solo se habían salvado un par en donde su fuerza había resultado insuficiente y la pasión se había llevado puesto todo.

Qué hubiera pasado si se hubiera permitido sentir lo que sentía? Para él era una pregunta imposible porque darse lugar era sinónimo de ceder a esa pasión. No había punto medio. Como si pensar o sentir fuera lo mismo que hacer. Quién no había tenido algunas veces pensamientos homicidas? Y acaso era lo mismo que ser un asesino?

Federico continuó analizando otras pasiones. Vivía criticando a todas aquellas personas que buscaban poder, dinero, o prestigio. Tuvo que asumir que él no era muy distinto. En todo caso, la diferencia era que se auto limitaba porque le parecían mal. Sin embargo, su corazón debía sentir lo mismo. Acaso él era más virtuoso por no perseguir lo que sentía? Era razonable pretender no sentir ninguno de esos sentimientos?

Tuvo la íntima sensación de estar pidiéndole a la vida algo que ésta no podía darle. Tenía cincuenta años, no ochenta. Tal vez sobre el final de la vida las personas ya no tuvieran pasiones. Porque hubieran descubierto que no brindaban lo que prometían, o más humano aún, porque ya no tuvieran fuerzas para seguirlas. Por otra parte; qué garantías existían que al ser octogenario no se deseara más?

Volvió a preguntarse si él era más virtuoso que aquellos a los que criticaba. Era evidente que no. Sentía lo mismo que ellos. En todo caso, era más neurótico que la mayoría porque deseaba algo que finalmente no tenía el coraje de hacerse cargo.

Federico había hecho de la limitación una virtud. Y aunque pudiera serlo, sus motivaciones más profundas no eran virtuosas. En el fondo de su corazón, él evitaba esas pasiones porque estaban mal. Hubiera sido mucho más sabio, verdadero y profundo que no las hiciera porque le hacían mal, y no porque estaban mal.

La diferencia que parecía sutil, no lo era. En el fondo, se trataba de quién regía su conducta. La mirada de los demás, o la suya propia?

Tomó conciencia del pantano en el que estaba metido. Descubrió que no era tan virtuoso como imaginaba. Era igual de primitivo y humano que tantas personas a las que juzgaba. Solo que era más neurótico, por no hacerse cargo de lo que sentía.

Se preguntó cuál sería el equilibrio entre darle lugar a las pasiones sin por eso convertirse en un animal. En dónde residiría la verdadera virtud de las personas? Se sintió un poco como un impostor.

Recordó una comida con su terapeuta, quien en un momento destacó la increíble evolución cultural del ser humano. Para graficar su idea, había señalado una mesa lindante, en la que cenaba una joven pareja, con una mujer hermosa.

-Si no hubiéramos evolucionado -sentenció el terapeuta, -mataríamos a ese hombre, y agarrando de los pelos a esa mujer la obligaríamos a practicarnos sexo oral.

Ante la atónita sonrisa de Federico, prosiguió.

-Eso es lo que haría cualquier primate con una hembra que le atrae. Y nosotros tenemos el noventa y siete por ciento de su ADN. Por ende, que gracias a ese tres por ciento restante y miles de años de evolución, no nos comportemos así, es una verdadera maravilla.

Era evidente que uno no podía comportarse como un primate. Pero tampoco sobre actuar como sino tuviera nada que ver con ellos. Noventa y siete por ciento de la estructura genética era idéntica.

Mucho más complejo era el tema de la búsqueda de reconocimiento. Qué ser humano no estaba alcanzado por ese sentimiento?

Por primera vez en su vida, Federico pudo visualizar la complejidad de estos temas. Él no era tan virtuoso como creía, y tampoco muy distinto de todas esas personas a las que tanto criticaba.

No quería ser el macho alfa que mataba a su competidor para tener sexo con la hembra. Pero tampoco negar que la deseaba. Entre esos amplios extremos debía existir algún equilibrio.

Aunque fuera difícil, tomó la decisión de dejar de juzgar. En el fondo, la crítica a los demás era otra expresión del mismo alto estándar que no le daba lugar a sí mismo. La realidad -y las personas-, debían ser correctas, asépticas, perfectas.

Quién entraba en aquél molde?

Aunque no tuviera claro cómo seguir, registró lo incómodo que era vivir en esa horma de corrección. Tomar conciencia del molde, significó empezar a liberarse de él.

Artículo de Juan Tonelli: La incomodidad de vivir en un molde.

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Aprendizaje, Fachada, Madurez, Miedo

Sin margen para sentir lo que siento

Marcos no tenía ningún margen interior para aceptar lo que estaba sintiendo. Ninguna posibilidad de ser él mismo.

Sus padres y la cultura en sentido amplio, habían decretado que estaba mal enamorarse de otra persona estando en pareja. No mal; muy mal.

Era algo que no podía pasar, salvo en los casos de personas traidoras, perversas y poco confiables. La buena gente no hacía esas cosas.

Así las cosas, el problema había crecido exponencialmente. Si estaba mal ser uno mismo; ¿como se podía vivir? La respuesta era la misma que todas las personas producían desde tiempos inmemoriales.

Si no es posible ser uno, se actúa, se interpreta un personaje que satisfaga o no intranquilice al entorno.

El problema, también proverbial, era que ese pequeño pecado muy justificable por la necesidad de entrar en los parámetros sociales, apartaba a las personas de sí mismas. Y esos dos caminos que en algún momento habían sido uno, empezaban a bifurcarse.

Al principio la distancia entre ambos era escasa, y solo perceptible en el fondo del corazón humano. Pero el correr del tiempo iba ampliando la brecha hasta llegar a un punto en que las dos realidades eran antagónicas e irreconciliables. El personaje interpretado y la persona real quedaban a años luz de distancia.

De ese desgarro, solía surgir una enorme presión interior para integrar esos mundos antagónicos. Y si no era posible por los rígidos cánones sociales, las alternativas futuras serían aún más dolorosas.

En ese contexto, era imposible que Marcos reconociera que se había enamorado de otra mujer. Ni siquiera con la salvedad de que él tenía veintidós años. No solo debía ser fiel, sino que debía serlo toda la vida. Si por esas cosas del destino hubiera que separarse de la novia, debía ser por alguna razón que no fuera deshonrosa. ¿Acaso la vida funcionaba así?

¿No era mucho exigirle algo así a alguien de solo veintidós años? ¿De dónde había surgido semejante mandato?

Para peor, aunque sus padres habían tenido romances y affaires como todo el mundo, ambos los habían mantenido en secreto. Era lógico; no querían poner la familia en crisis. Sin embargo; ¿no hubiera sido bueno explicarle preventivamente a sus hijos, que enamorarse de otra persona estando en pareja, era algo que solía ocurrir? ¿Y no era irreal exigirle eso a alguien que con veinte años estaba empezando a descubrir su propia emocionalidad?

Sin lugar para blanquear la situación, Marcos siguió negando que estaba profundamente enamorado de su compañera de trabajo. A tal punto que ni siquiera él mismo era consciente del asunto. A veces tenía algún destello de consciencia cuando se descubría yendo al trabajo contento, o arreglándose especialmente para ir a la oficina.

El tiempo fue pasando y erosionando su pareja en la medida que él se iba enamorando perdidamente. A su compañera le pasaba lo mismo y le llamaba la atención que él no avanzara un poco invitándola a tomar algo o encontrarse en otro contexto que no fuera el laboral.

Finalmente ocurrió lo inevitable y en los brindis de fin de año, ella se enteró que Marcos tenía novia. Se sintió profundamente traicionada porque él hubiera dejado correr aquél romance tácito. Asumió que no tenía mucho por reprocharle, dado que ni siquiera había sido invitada a tomar algo. ¿Pero por qué no había blanqueado la situación antes, explicitando que estaba de novio? Más serena, cayó en la cuenta que él debía estar bastante enamorado y tampoco querría cortar aquél idilio. Así las cosas, tomó la decisión de abrirse.

Vinieron las vacaciones y el envión inicial se hizo fácil. Marcos, seguía con su corazón y su mente puestos en ella, y cada vez más lejos de su novia. Pero todo esto seguía ocurriendo a un nivel inconsciente porque estaba prohibido. Él no podía romper el honor de su familia y sociedad a la que pertenecía.

Después de las vacaciones, cuando volvieron a encontrarse en la oficina, ella estaba con una coraza y puso una distancia que a Marcos le molestó bastante. No entendía su actitud. Claro, ¿cómo comprenderla si él mismo negaba el romance? Solo aceptando aquél amor prohibido podría entender la decisión de ella de distanciarse para no sufrir más.

Los meses pasaban y la dinámica era la misma. Marcos intentaba acercarse, pero ella no le daba cabida. Como él seguía negando, no comprendía el rechazo. Así y todo, persistía.

Cada mañana Marcos se arreglaba como se preparan los hombres que van a encontrarse con su enamorada. No había el menor detalle librado al azar. Si bien estaba enamorado hasta la médula, su cabeza negaba todo, apretujándolo a nivel inconsciente. ¿Como permitirse sentir eso, si por su educación era considerado un crimen de lesa humanidad?

El choque que se estaba preparando con la realidad era cada vez más grande. Cuando las personas negaban y reprimían el flujo de la vida ocurría lo mismo que con una represa. El agua seguía acumulándose hasta llegar a un punto en que las sólidas paredes del dique sufrían la primer fisura. De ahí a la hecatombe era sólo una cuestión de poco tiempo. Por eso la necesidad de tener compuertas que drenaran el flujo y evitaran las catástrofes.

Como suele ocurrir, un hecho aparentemente menor fue el que desencadenó todo el proceso contenido. Ella aceptó otro trabajo y Marcos tomó rápida conciencia que sus tiempos se acababan. Una cosa era persistir el cortejo teniéndola cerca, y otra bien distinta era que hiciera su vida en otro lado. Si esto ocurría, sería el fin de su sueño secreto.

Marcos estaba con su emocionalidad al límite. Al no aceptar que podía enamorarse de otra persona, -ni siquiera como una posibilidad-, tenía un nivel de angustia infinita. Sentía estar perdiendo el partido más importante de su vida y ni siquiera ser capaz de jugarlo o defenderse. Sin embargo, desde los mitos griegos se sabía que el amor era impredecible.

En la fiesta de despedida organiza por los compañeros de trabajo, Marcos se refugió del dolor bebiendo. Las horas discurrieron apaciblemente hasta que el diablo -o Dios-, metió la cola y todo se desencadenó con rapidez. La homenajeada, que durante varios meses había puesto distancia para no enamorarse aún más de alguien que estaba en pareja, decidió hablarle.

El alcohol en sangre que tenía Marcos, y las toneladas de represión hicieron el resto. En cuestión de minutos estaban hablando con el corazón en la mano, como si nunca se hubieran distanciado.

Cuando la fiesta terminó, él la llevó a su casa, manejando despacio para no chocar. La despidió con un beso en la mejilla, diciéndole que había disfrutado la noche.

Aunque en las formas no había pasado nada, había pasado de todo.

A las siete de la madrugada entró en su casa a dormir en paz. Por primera vez en mucho tiempo tenía la convicción que aquél amor, era posible. La alegría duró poco, cediendo paso a una ráfaga de angustia al recordar que tenía novia desde hacía cuatro años. ¿Qué hacer? La respuesta le heló la sangre, pero ya no tenía más remedio.

Los seres humanos podían negar y negar, pero cuando el velo de la verdad se corría, no había vuelta atrás.

Después de dormir pocas horas, llamó a su novia para encontrarse. Ella, ajena a todo este océano de sucesos, fue a verlo con un regalito. Marcos la esperaba con la cara desencajada y la frialdad de un miembro del ejército islámico. Ahí mismo le descerrajó que no seguían más juntos, sin darle mayores explicaciones. Ante la perplejidad de su novia, -que con su propia negación fue cómplice involuntaria de semejante situación y desenlace-, se inició un doloroso proceso de un mes en el que ella peleó por todos los medios para reparar algo que hacía rato estaba muerto.

En paralelo, Marcos mandó señales claras a su nueva enamorada, no fuera cosa que justo ahora se le escapara. Ella oscilaba entre aceptar las explicaciones de su chico -quien sostenía que hacía tiempo que venía muy mal con su novia-, y alejarse para no interferir en una pareja. Después de todo, también tenía sus propios mandatos que cumplir.

Sin embargo, la potencia del romance era tan fuerte que no pudo impedirlo. Sino había conseguido alejarse durante el año que había tomado distancia; ¿cómo podría lograrlo ahora que se había desencadenado todo?

En cuestión de semanas el romance ya estaba en la superficie. Más allá de la pena y el sufrimiento que le había ocasionado dejar a su novia, Marcos estaba feliz de la vida. Su única gran preocupación era mantener la nueva relación con un perfil muy bajo para guardar las formas. No quería ser un traidor ni alguien sin honor.

Veinte años más tarde Marcos podía mirar aquellos momentos de su vida con otra perspectiva. Toda la historia le inspiraba suma ternura. Sin lugar a dudas, le parecía increíble la soledad a la que había estado sometido. Las ideas de perfección y deber ser que le había inculcado la familia y la sociedad, lo habían dejado sin margen para vivir.

¿De donde habían surgido semejantes rigideces? ¿Y dónde estaban sus padres? ¿Por qué habían mantenido las formas sin darle ningún espacio ni pista alguna que le permitiera atravesar la situación con algo menos de angustia? Cualquiera que fuera honesto con su propia vida sabía que la vida no encajaba en las ideas, y menos aún en las referidas al amor.

Marcos, con hijos aún pequeños, deseaba transitar un camino bien distinto. No solo tener un diálogo abierto con ellos, sino también compartir todas las vicisitudes de su propia vida, para que llegado el caso, tuvieran algunos faros para orientarse.

El mayor aprendizaje de aquella experiencia fue que negar lo que uno sentía no servía de nada. Solo empeoraba las cosas. Ser capaz de recibirse a uno mismo, a lo que sentía, era de las actitudes más importantes que uno podía tener para vivir. Después de todo, si uno negaba una realidad por ser dolorosa, incómoda o incorrecta, ¿se modificaba? Por lo general ocurría más bien lo contrario.

Volvió a mirar a aquél joven de veintidós años con benevolencia. Todo lo que había sufrido inútilmente por no encajar en las normas. ¿Era un pecado? ¿Existía alguna persona plenamente justa, que siempre cumpliera las reglas? ¿O la historia de Sodoma y Gomorra tenían plena vigencia, sin un sólo hombre justo que ameritara salvarlas?

¿Las normas, estaban al servicio del hombre para orientarlo y cuidarlo, o era al revés, y a veces los seres humanos debían mutilarse para encajar en ellas?

Aunque comprendía que ningún marco normativo y social se podía constituir en base a excepciones, sintió que faltaba mucha comprensión y misericordia.

Se preguntó qué les aconsejaría a sus hijos si vivieran una situación similar. Varias ideas cruzaron por su cabeza. En primer lugar, saber que a lo largo de la vida era muy probable que se enamoraran de otra persona pese a estar en pareja, y que era mentira que ésta inmunizaba contra este tipo de accidentes.

Luego, comprender que ese enamoramiento era algo a aceptar y no a rechazar. Desde la aceptación de la situación, sería menos difícil poder procesarlo y atravesarlo. La maduración de la emocionalidad humana maduraba a lo largo de muchos años, y principalmente gracias a experiencias de este tipo. Nadie nacía sabiendo, ni era inmune a estos cataclismos. Afortunadamente.

Pero de todos los mensajes que podía transmitirles a sus hijos, el más importante era que no negaran lo que sentían, por más incómodo, incorrecto o doloroso que fuera. Recibirse a uno mismo era la primera de las tareas de todo ser humano que aspirara a tener una buena vida.

Artículo de Juan Tonelli: Sin margen para sentir lo que siento.

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Fachada, Ideas equivocadas, Miedo

Sin margen para sentir lo que siento

Marcos no tenía ningún margen interior para aceptar lo que estaba sintiendo. Ninguna posibilidad de ser él mismo.

Sus padres y la cultura en sentido amplio, habían decretado que estaba mal enamorarse de otra persona estando en pareja. No mal; muy mal.

Era algo que no podía pasar, salvo en los casos de personas traidoras, perversas y poco confiables. La buena gente no hacía esas cosas.

Así las cosas, el problema había crecido exponencialmente. Si estaba mal ser uno mismo; ¿como se podía vivir? La respuesta era la misma que todas las personas producían desde tiempos inmemoriales.

Si no es posible ser uno, se actúa, se interpreta un personaje que satisfaga o no intranquilice al entorno.

El problema, también proverbial, era que ese pequeño pecado muy justificable por la necesidad de entrar en los parámetros sociales, apartaba a las personas de sí mismas. Y esos dos caminos que en algún momento habían sido uno, empezaban a bifurcarse.

Al principio la distancia entre ambos era escasa, y solo perceptible en el fondo del corazón humano. Pero el correr del tiempo iba ampliando la brecha hasta llegar a un punto en que las dos realidades eran antagónicas e irreconciliables. El personaje interpretado y la persona real quedaban a años luz de distancia.

De ese desgarro, solía surgir una enorme presión interior para integrar esos mundos antagónicos. Y si no era posible por los rígidos cánones sociales, las alternativas futuras serían aún más dolorosas.

En ese contexto, era imposible que Marcos reconociera que se había enamorado de otra mujer. Ni siquiera con la salvedad de que él tenía veintidós años. No solo debía ser fiel, sino que debía serlo toda la vida. Si por esas cosas del destino hubiera que separarse de la novia, debía ser por alguna razón que no fuera deshonrosa. ¿Acaso la vida funcionaba así?

¿No era mucho exigirle algo así a alguien de solo veintidós años? ¿De dónde había surgido semejante mandato?

Para peor, aunque sus padres habían tenido romances y affaires como todo el mundo, ambos los habían mantenido en secreto. Era lógico; no querían poner la familia en crisis. Sin embargo; ¿no hubiera sido bueno explicarle preventivamente a sus hijos, que enamorarse de otra persona estando en pareja, era algo que solía ocurrir? ¿Y no era irreal exigirle eso a alguien que con veinte años estaba empezando a descubrir su propia emocionalidad?

Sin lugar para blanquear la situación, Marcos siguió negando que estaba profundamente enamorado de su compañera de trabajo. A tal punto que ni siquiera él mismo era consciente del asunto. A veces tenía algún destello de consciencia cuando se descubría yendo al trabajo contento, o arreglándose especialmente para ir a la oficina.

El tiempo fue pasando y erosionando su pareja en la medida que él se iba enamorando perdidamente. A su compañera le pasaba lo mismo y le llamaba la atención que él no avanzara un poco invitándola a tomar algo o encontrarse en otro contexto que no fuera el laboral.

Finalmente ocurrió lo inevitable y en los brindis de fin de año, ella se enteró que Marcos tenía novia. Se sintió profundamente traicionada porque él hubiera dejado correr aquél romance tácito. Asumió que no tenía mucho por reprocharle, dado que ni siquiera había sido invitada a tomar algo. ¿Pero por qué no había blanqueado la situación antes, explicitando que estaba de novio? Más serena, cayó en la cuenta que él debía estar bastante enamorado y tampoco querría cortar aquél idilio. Así las cosas, tomó la decisión de abrirse.

Vinieron las vacaciones y el envión inicial se hizo fácil. Marcos, seguía con su corazón y su mente puestos en ella, y cada vez más lejos de su novia. Pero todo esto seguía ocurriendo a un nivel inconsciente porque estaba prohibido. Él no podía romper el honor de su familia y sociedad a la que pertenecía.

Después de las vacaciones, cuando volvieron a encontrarse en la oficina, ella estaba con una coraza y puso una distancia que a Marcos le molestó bastante. No entendía su actitud. Claro, ¿cómo comprenderla si él mismo negaba el romance? Solo aceptando aquél amor prohibido podría entender la decisión de ella de distanciarse para no sufrir más.

Los meses pasaban y la dinámica era la misma. Marcos intentaba acercarse, pero ella no le daba cabida. Como él seguía negando, no comprendía el rechazo. Así y todo, persistía.

Cada mañana Marcos se arreglaba como se preparan los hombres que van a encontrarse con su enamorada. No había el menor detalle librado al azar. Si bien estaba enamorado hasta la médula, su cabeza negaba todo, apretujándolo a nivel inconsciente. ¿Como permitirse sentir eso, si por su educación era considerado un crimen de lesa humanidad?

El choque que se estaba preparando con la realidad era cada vez más grande. Cuando las personas negaban y reprimían el flujo de la vida ocurría lo mismo que con una represa. El agua seguía acumulándose hasta llegar a un punto en que las sólidas paredes del dique sufrían la primer fisura. De ahí a la hecatombe era sólo una cuestión de poco tiempo. Por eso la necesidad de tener compuertas que drenaran el flujo y evitaran las catástrofes.

Como suele ocurrir, un hecho aparentemente menor fue el que desencadenó todo el proceso contenido. Ella aceptó otro trabajo y Marcos tomó rápida conciencia que sus tiempos se acababan. Una cosa era persistir el cortejo teniéndola cerca, y otra bien distinta era que hiciera su vida en otro lado. Si esto ocurría, sería el fin de su sueño secreto.

Marcos estaba con su emocionalidad al límite. Al no aceptar que podía enamorarse de otra persona, -ni siquiera como una posibilidad-, tenía un nivel de angustia infinita. Sentía estar perdiendo el partido más importante de su vida y ni siquiera ser capaz de jugarlo o defenderse. Sin embargo, desde los mitos griegos se sabía que el amor era impredecible.

En la fiesta de despedida organiza por los compañeros de trabajo, Marcos se refugió del dolor bebiendo. Las horas discurrieron apaciblemente hasta que el diablo -o Dios-, metió la cola y todo se desencadenó con rapidez. La homenajeada, que había puesto distancia para no enamorarse aún más de alguien que estaba en pareja, decidió hablarle.

El alcohol en sangre que tenía Marcos, y las toneladas de represión hicieron el resto. En cuestión de minutos estaban hablando con el corazón en la mano, como si nunca se hubieran distanciado.

Cuando la fiesta terminó, él la llevó a su casa, manejando despacio para no chocar. La despidió con un beso en la mejilla, diciéndole que había disfrutado la noche.

Aunque en las formas no había pasado nada, había pasado de todo.

A las siete de la madrugada entró en su casa a dormir en paz. Por primera vez en mucho tiempo tenía la convicción que aquél amor, era posible. La alegría duró poco, cediendo paso a una ráfaga de angustia al recordar que tenía novia desde hacía cuatro años. ¿Qué hacer? La respuesta le heló la sangre, pero ya no tenía más remedio.

Los seres humanos podían negar y negar, pero cuando el velo de la verdad se corría, no había vuelta atrás.

Después de dormir pocas horas, llamó a su novia para encontrarse. Ella, ajena a todo este océano de sucesos, fue a verlo con un regalito. Marcos la esperaba con la cara desencajada y la frialdad de un miembro del ejército islámico. Ahí mismo le descerrajó que no seguían más juntos, sin darle mayores explicaciones. Ante la perplejidad de su novia, -que con su propia negación fue cómplice involuntaria de semejante situación y desenlace-, se inició un doloroso proceso de un mes en el que ella peleó por todos los medios para reparar algo que hacía rato estaba muerto.

En paralelo, Marcos mandó señales claras a su nueva enamorada, no fuera cosa que justo ahora se le escapara. Ella oscilaba entre aceptar las explicaciones de su chico -quien sostenía que hacía tiempo que venía muy mal con su novia-, y alejarse para no interferir en una pareja. Después de todo, también tenía sus propios mandatos que cumplir.

Sin embargo, la potencia del romance era tan fuerte que no pudo impedirlo. Sino había conseguido alejarse durante el año que había tomado distancia; ¿cómo podría lograrlo ahora que se había desencadenado todo?

En cuestión de semanas el romance ya estaba en la superficie. Más allá de la pena y el sufrimiento que le había ocasionado dejar a su novia, Marcos estaba feliz de la vida. Su única gran preocupación era mantener la nueva relación con un perfil muy bajo para guardar las formas. No quería ser un traidor ni alguien sin honor.

Veinte años más tarde Marcos podía mirar aquellos momentos de su vida con otra perspectiva. Toda la historia le inspiraba suma ternura. Sin lugar a dudas, le parecía increíble la soledad a la que había estado sometido. Las ideas de perfección y deber ser que le había inculcado la familia y la sociedad, lo habían dejado sin margen para vivir.

¿De donde habían surgido semejantes rigideces? ¿Y dónde estaban sus padres? ¿Por qué habían mantenido las formas sin darle ningún espacio ni pista alguna que le permitiera atravesar la situación con algo menos de angustia? Cualquiera que fuera honesto con su propia vida sabía que la vida no encajaba en las ideas, y menos aún en las referidas al amor.

Marcos, con hijos aún pequeños, deseaba transitar un camino bien distinto. No solo tener un diálogo abierto con ellos, sino también compartir todas las vicisitudes de su propia vida, para que llegado el caso, tuvieran algunos faros para orientarse.

El mayor aprendizaje de aquella experiencia fue que negar lo que uno sentía no servía de nada. Solo empeoraba las cosas. Ser capaz de recibirse a uno mismo, a lo que sentía, era de las actitudes más importantes que uno podía tener para vivir. Después de todo, si uno negaba una realidad por ser dolorosa, incómoda o incorrecta, ¿se modificaba? Por lo general ocurría más bien lo contrario.

Volvió a mirar a aquél joven de veintidós años con benevolencia. Todo lo que había sufrido inútilmente por no encajar en las normas. ¿Era un pecado? ¿Existía alguna persona plenamente justa, que siempre cumpliera las reglas? ¿O la historia de Sodoma y Gomorra tenían plena vigencia, sin un sólo hombre justo que ameritara salvarlas?

¿Las normas, estaban al servicio del hombre para orientarlo y cuidarlo, o era al revés, y a veces los seres humanos debían mutilarse para encajar en ellas?

Aunque comprendía que ningún marco normativo y social se podía constituir en base a excepciones, sintió que faltaba mucha comprensión y misericordia.

Se preguntó qué les aconsejaría a sus hijos si vivieran una situación similar. Varias ideas cruzaron por su cabeza. En primer lugar, saber que a lo largo de la vida era muy probable que se enamoraran de otra persona pese a estar en pareja, y que era mentira que ésta inmunizaba contra este tipo de accidentes.

Luego, comprender que ese enamoramiento era algo a aceptar y no a rechazar. Desde la aceptación de la situación, sería menos difícil poder procesarlo y atravesarlo. La maduración de la emocionalidad humana maduraba a lo largo de muchos años, y principalmente gracias a experiencias de este tipo. Nadie nacía sabiendo, ni era inmune a estos cataclismos. Afortunadamente.

Pero de todos los mensajes que podía transmitirles a sus hijos, el más importante era que no negaran lo que sentían, por más incómodo, incorrecto o doloroso que fuera. Recibirse a uno mismo era la primera de las tareas de todo ser humano que aspirara a tener una buena vida.

Artículo de Juan Tonelli: Sin margen para sentir lo que siento.

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