Exigencia

contradiccion, Exigencia, gratitud, Ideas equivocadas, Sin categoría

La vida no entra en nuestras ideas

A mis cuatro años un tío abuelo solterón me convenció de hacerme de Independiente. Aún cuando ni a mis padres ni a  mi hermano les interesaba el fútbol y nadie me llevaba a la cancha, me fui convirtiendo en fanático. Como en esos entonces el club era muy exitoso, yo festejaba seguido y vivía la pasión roja con alegría.

Mi familia paterna era de Avellaneda, pero no eran de Independiente, sino de su archirrival, Racing. Buscaban la forma de seducirme o sobornarme con tal que no fuera la oveja negra de la familia. Pero yo resistía estoico, y cuanto más me presionaban, más quería a Independiente.

Solo tenía una pequeña grieta por una secreta pasión que no me animaba a compartir con nadie: Boca. Percibir lo que ocurría en su cancha era una experiencia única. Sus hinchas gritaban como no lo hacía nadie. Efectivamente, Boca era un sentimiento.

Mi abuelo materno, aunque fuera un agnóstico del fútbol, me provocaba diciendo que yo tenía que hacerme de Boca. Un día, regresando en auto de una casa quinta que teníamos en Quilmes,  divisó un graffiti que le venía como anillo al dedo:

-Mirá ese paredón, -me dijo

“Me hice de Boca”, decía la pintada.

Aunque él lo había dicho en broma, yo sentí un cosquilleo interno, anhelando ser de ese club que era pura pasión y sentimiento. Sin embargo, no había margen para ser desleal.

Recién en mi adolescencia pude ir a ver a Independiente con amigos. Descubría esa religión que es ir a gritar, cantar e insultar con la impunidad que solo puede ofrecer el fútbol. Un rito de varias horas en el que nos sentíamos valientes, nos fundíamos en la masa, y desahogábamos frustraciones en errores que inevitablemente cometían los futbolistas.

Mucho tiempo después, cuando nació mi primer hijo, surgió el tema de qué club hacerlo. Como en nuestra sociedad machista esa es una potestad paterna, lo lógico era que fuera Independiente. Pero como la madre de mi hija era de Boca, me permití pensarlo.

En esos tiempos, Boca ganaba todos los campeonatos nacionales e internacionales, mientras que Independiente hacía años que declinaba en una caída que parecía no tener fin. Mi mujer puso el dedo en la llaga y me dijo:

-No les arruines la vida a los chicos; hacelos de un club que puedan festejar seguido. La vida tiene bastantes amarguras para que les sumes más.

Con visión estratégica y también dándole algo de lugar a aquella secreta pasión que sentía por ese club desde mi infancia, tomé la decisión de hacer a mi hija de Boca. Sin saberlo, mi vida estaba empezando a tomar otra dirección.

Mi segundo hijo fue varón y como el camino ya estaba jugado, lo hicimos de Boca. En este caso todo fue más fácil, a punto tal que le compré una remera azul y oro para ponerle apenas nació. Lo mismo pasó con el último, también varón.

Pese a que yo no vivía ninguna pasión por el fútbol, los chicos fueron volviéndose fanáticos de Boca. Qué será lo que dispara el proceso de una pasión?

Aunque hacía décadas que no iba a la cancha, me encontré yendo con ellos a ver a Boca. Cómo mi vida había venido a parar acá?

Me sentía un poco infiel y traidor, aunque por otra parte, estaba contento que mis hijos fueran hinchas de un club que era pura pasión y que encima, festejaba campeonatos seguido.

Cuando los varones eran un poco más grandes, surgió la pregunta incómoda:

-Pa, y por qué no te hacés de Boca y te dejás de joder con Independiente?

Esa inofensiva pregunta provocó un terremoto interior. Las ganas de compartir el sentimiento con mis hijos. Los recuerdos de aquella antigua pasión que había reprimido en la infancia.

“Me hice de Boca”.

Aquél graffiti que había visto con mi abuelo cuarenta años atrás, volvía una y otra vez.

Finalmente tomé la decisión de hacerme de Boca. Sentía un poco de culpa, pero ser de ese club me alegraba. Sin haberme dado cuenta, era lo que siempre había querido. Boca representaba un amor imposible, y la vida me estaba dando una nueva oportunidad, cuando yo estaba convencido que terminaría mis días siendo fiel y aplicado.

Sin embargo, nada es tan simple. La decisión que había tomado no borraba un montón de experiencias vividas durante años con Independiente. Alegrías, tristezas, emociones, no desaparecían por decreto.

Tenía que volver a ser de Independiente? Era como uno de esos hombres que se va de su casa por un amor apasionado, y que luego de hacerlo se entera del paraíso perdido que no valoraba mientras lo tenía?

Registré que mi vida no entraba en definiciones. En el fondo, era un poco de ambos clubes. Disfrutaba ser de Boca porque en el fondo era como finalmente poder estar con mi amor prohibido. Sin embargo, no podía ni quería borrar a Independiente. Era mi historia y mi identidad. Cómo y por qué desprenderme de eso?

Con el tiempo fue aprendiendo a ponerme cómodo entre contradicciones, percibiendo que sólo existían en las definiciones humanas. La realidad se expresaba como era y no tenía esos conflictos innecesarios que tenemos nosotros, los hombres.

Un día mi hijo más chico, al tanto de mi dualidad y doble vida, hizo la pregunta de jaque mate:

-Pa, y cuando Boca juega contra Independiente; quién querés que gane?

Aunque apretado por las circunstancias, traté de escuchar mi interior, y después de unos instantes le dije sin dudar:

-Boca.

Mi hijo sonrió aliviado. Mis ganas de compartir con ellos era mas fuerte que todo.

Ahora voy a la cancha con mis hijos una vez por mes. Siento gratitud con la vida por poder disfrutar ese programa. Pienso que la vida me regaló otra oportunidad para vivir un amor que creía imposible, que encima comparto con los seres que mas amo.

También sigo queriendo e hinchando por Independiente, que es parte de mi pasado pero también de mi presente.

Se puede ser hincha de dos clubes a la vez? Está mal?

Una vez más, comprendí que la vida nunca entra en los rígidos, arbitrarios y mutilantes parámetros de los hombres.

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Adicción, cambio, Exigencia

la paradoja del cambio

Se miró al espejo y vio su cara destruida. Su angustia y desesperanza salían por todos lados. Observó sus párpados, llenos de pequeños derrames. La fuerza que había hecho anoche para vomitar toda la comida indebida, le había roto un montón de pequeños vasos sanguíneos.

La bulimia la estaba matando. Para peor, Verónica no se animaba a hablarlo con nadie. Cómo contarle a alguien algo tan bochornoso?

Hundida en su propio aislamiento, crecía el sentimiento de que no tenía escapatoria. Día a día, fracaso tras fracaso, iba percibiendo que esta adicción la llevaba a la muerte.

Después de un baño se fue a trabajar como pudo, sintiéndose una mutante. El subte estaba con poca gente, así que se sentó al lado de una mujer de unos cincuenta años.

Un par de estaciones después y sin proponérselo, la mujer identificó unas lastimaduras en los dedos de Verónica, cerca de los nudillos. Disimuladamente buscó otras pistas. Al detectar los derrames en los párpados asumió que era muy probable que esa joven tuviera esa enfermedad con la que ella había peleado tantos años.

-Yo tuve bulimia muchos años, -soltó como si aquellas cinco palabras fueran algo menor.

En estado de alerta máxima, Verónica la miró sin decir palabra.

-Años con ese calvario y convencida de que me iba a morir. La montaña rusa se transformó en un tobogán que nunca se terminaba. Siempre podía estar un poco peor.

Verónica permanecía callada.

-A más exigencia, más fracaso. La repetición de fallas me generaba inseguridad y frustración. Y cómo respondía yo a eso? Con más exigencia, -continuó la mujer.

Verónica sabía de qué le estaban hablando. -Y qué hiciste?, -preguntó como si sólo se tratara de curiosidad.

-Un largo camino. Primero tuve que conectar con la carencia. Con esa voracidad interior que nada la saciaba. Y obviamente no estoy hablando de comida sino de afecto. Como si empacharme me anestesiara el dolor de alma que tenía. Me dí cuenta que debía empezar a desarrollar un vínculo amoroso conmigo misma. Pero qué difícil! Si lo único que hacía era exigirme y descalificarme!

La mujer, viendo que ganaba en confianza, le explicó a Verónica que recién cuando había tocado fondo pudo empezar a curarse. Que todos sus esfuerzos previos habían sido contraproducentes. El hecho de rechazar la situación y querer corregirla solo había agravado las cosas. En cambio, al sentirse completamente derrotada e incapaz de torcer un solo milímetro el rumbo, no había tenido más remedio que aceptar. Y la aceptación había abierto la puerta al cambio profundo.

-Me dí cuenta que mi rechazo a lo que me tocaba vivir solo agravaba las cosas. En el fondo, yo había definido que la vida debía ser de tal forma, y pretendí excluir todo aquello que era problemático, imperfecto, errado. Y la vida se me rebeló con la misma intensidad con la que yo pretendía corregirla. Tuve que aprender a incluir cosas que yo no quería. Validar el extremo opuesto a lo que pensaba; de lo contrario, sin integración no había posibilidad de cambios reales, -dijo la mujer.

Verónica sentía que ya estaba sanando. El mero hecho de escuchar a alguien decir exactamente lo que le pasaba, la sacaba de su aislamiento, y del sentimiento que su destino fatal era inexorable.

-Todo el tiempo buscaba intensidad, -amplió la mujer. Como si no tenerla fuera sinónimo de no estar viviendo, de estar muerto. Pero pude soltar el extremo del control, y luego de pasar al extremo opuesto de dejar fluir todo, encontrar un término medio. Ahora sé que esa tensión, ese péndulo siempre oscilará, pero aprendí a no pretender controlar, a no querer dictarle a la vida cómo debe ser. Y sobre todo, a bajar la vara.

-Bajar la vara?, -preguntó Verónica sin comprender bien a qué se refería.

La mujer le explicó que se refería a exigirse menos. Que contrario a lo que se creía, uno alcanzaba sus estándares bajando la vara, flexibilizando, relajando. Que las personas teníamos que experimentar la poca exigencia y ver cómo se vivía así, más cómodos y reconciliados con la vida.

-No se puede forzar el cambio, -completó. El verdadero cambio sucede solo. Nosotros empujamos, nos esforzamos, pero si pensamos que el cambio lo produciremos nosotros, estamos perdidos. Las condiciones para que el cambio pueda surgir provienen de la aceptación y nunca del rechazo a nosotros mismos.

-Pero cómo voy a aceptar aquello que me destruye?, -preguntó Verónica exponiéndose.

-Y qué te hace pensar que rechazándote y odiándote a vos misma vas a cambiar?

Verónica sintió que aquella pregunta era jaque mate. La mujer se paró y le entregó una tarjeta con sus datos. Luego se dirigió a la puerta, y guiñándole un ojo, le dijo:

-Vas a estar bien.

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Ansiedad, Aprendizaje, Exigencia, paz

los penales no se entrenan

El pasajero que estaba a su lado en el avión, sacó una manzana y empezó a comerla. A Joaquín le llamó la atención. Lo habitual era esperar el servicio de comida de a bordo, probablemente el momento más feliz de todo vuelo.

Después de un rato, el caballero sacó  una bolsa con frutos secos y empezó a comer lentamente algunas nueces, almendras y avellanas. Evidentemente se trataba de un vegetariano.

Joaquín se rió para sus adentros. Recordó sus tiempos de vegano, en los que como un mono, vivía a base de frutas y verduras crudas. Casi se sonrojó recordando la cantidad de veces que en un vuelo comía impunemente su palta y sus dátiles, mientras el resto de los pasajeros optaban por pollo o pasta.

Al rato de despegar, el pasajero vegetariano sacó un libro sobre Buda y se puso a leer. Sería una más de entre tantas personas que querían evitar sufrientos, o arreglar sus vidas? O era otra cosa?

Luego de conversar un rato con él, Joaquín se enteró que era un monje budista. El diálogo fue ameno y pacífico, como hacía suponer una persona así.

Con casi cincuenta años, el actual monje había recorrido un largo camino como ejecutivo de empresas multinacionales, para luego asumir que no era feliz, y que esa vida no lo hacía pleno. Después de un proceso de pocos años, había renunciado a la empresa y a su carrera. El circo en el que se encontraba no era para él. No quería seguir sintiendo que la vida lo vivía, sino que quería ser él quien la moldeara.

Joaquín escuchaba atento. En el fondo, él era parte de esa legión de seres humanos insatisfechos con su vida, que seguían peleando por lograrlo. Lograr qué? Poder mostrarse a sí mismo y a los demás que era capaz? Llegar a la cumbre? Poder exhibir felicidad (que seguramente no sintiera)?

El monje percibió que Joaquín estaba en un camino parecido al suyo diez años atrás. No hizo falta hacer muchas preguntas para registrar los enormes niveles de ansiedad con que lo veía.

Joaquín le contó que hacía muchos años que practicaba Tai Chi Chuan, con la secreta esperanza de estar más tranquilo y encontrar una mayor conexión interior.

-Te sirvió?, -preguntó el monje.

-Bastante poco. Aunque nunca sabré cómo estaría sino lo practicara.

Esa pregunta no tenía respuesta. Era imposible saber si Joaquín estaría aún más acelerado y ansioso si no hubiera practicado Tai Chi durante una década. Así y todo, tenía registro que sus niveles de angustia eran muy altos. En algún sentido, no lo estaba ayudando a estar más tranquilo.

Pero era posible estar más tranquilo por practicar técnicas de relajación? O la paz interior era el resultado de un camino espiritual?

-Me recomendarías que hiciera meditación?, -quiso saber Joaquín.

El monje escuchaba compasivo. Veinte minutos diarios podrían arreglar la vida? Compensar un frenesí e hiperactividad que era sólo un síntoma del desasosiego profundo? Hacer un baño nuevo servía para recomponer una casa arrasada por un terremoto?

A su vez, por su propia experiencia, sabía que no se le podía recomendar a nadie que cambiara su sistema de vida.

Esa decisión era siempre el resultado de un proceso cuando finalmente una persona confrontaba con su realidad. No era cuestión de entrenamientos, sino de sufrir lo suficiente como para ser capaz de ver y aceptar que la vida pasaba por otro lado. Sin embargo, la mayoría de las personas no lo aceptaban nunca, y gastaban toda su existencia construyendo teatros, actuando personajes que no eran y que nunca brindarían plenitud.

-Lograr la paz no es la consecuencia de hacer, sino más bien de no hacer. Nuestra mente es como una cubeta con agua, cuya superficie está muy agitada. Qué hacemos nosotros? Tratar de aplanarla con nuestras manos. El resultado es evidente: cada vez que metemos nuestras manos en el agua no solo no se aquieta sino que se agita más. Esto es lo mismo. Nuestra mente, al igual que el agua de esa cuba, solo necesita que la dejemos reposar, y recobrará su estado natural que no es otro que la quietud.

Joaquín escuchaba la metáfora encantado, sin dejar de pensar que él estaba a años luz de esa situación. Su mente no paraba nunca. Dejarla tranquila para recuperar la quietud? Cómo?

-A las personas que tienen insomnio lo primero que le indican es que dejen de hacer esfuerzos por dormirse. Nos dormimos a consecuencia de nuestro cansancio y ciertas condiciones mínimas -posición, oscuridad, silencio-, pero también por tener paz interior. No se trata de dar una orden, porque las cosas no funcionan así.

Las órdenes no sirven, -dijo el monje budista.

-Pero sino te podés dormir y necesitas descansar para estar bien al día siguiente?

-Tomar una pastilla solo calla el síntoma. Puede servir en el corto plazo, pero debemos ser capaces de ver las causas profundas. Sino, el tema persistirá, haciendo estragos.

Joaquín seguía pensando en su propia vida. Llevaba veinticinco años tratando de ser mejor, por no decir perfecto. Sin ser muy consciente de ello, creía haber encontrado la fórmula para tener una buena vida. Talleres de espiritualidad, Tai Chi, vegetarianismo, terapias varias, entrenamiento físico y mental. Sin embargo, era evidente que nunca había sido capaz de controlar su vida.

¿Pero era posible controlar la vida?

Había experimentado en carne propia que todos sus intentos por controlarla habían terminado en fracaso. Cuanto más esfuerzos había hecho, peor había sido. El Tai Chi y la meditación eran esfuerzos conscientes para estar tranquilo, conectado, y tener una buena vida. O evitar el dolor.

¿Pero se podía evitar el sufrimiento? ¿Podían las personas prepararse para estar fuertes frente a las adversidades que la vida impondría?

En algún lugar de su corazón, Joaquín creía que sí. Pensaba que si desarrollaba las herramientas necesarias, podría surfear cualquier ola, y que la vida sería un paseo agradable.

-No funciona así, -dijo el monje. Las herramientas que construimos para enfrentar nuestra propia realidad no sirven. Las únicas que realmente funcionan son aquellas que surgen cuando confrontamos con la realidad. Confrontar con nosotros mismos no nos deja escapatoria. Ahí crecemos. Eso es lo único verdadero.

Joaquín permanecía en silencio.

-Los penales no se entrenan. Practicarlos sirve de poco, porque nadie puede imitar las condiciones bajo las cuales serán pateados. Y eso es justamente lo central. Lo demás es accesorio. Así como es imposible reproducir lo que puede sentir un futbolista antes de patear un penal en un estadio con cincuenta mil personas gritando y mucho en juego, tampoco tiene sentido pretender forjarnos herramientas que ayuden a vivir. Ellas irán surgiendo en la medida que nos involucremos en el juego.

Joaquín pensaba en sus esfuerzos por controlar y asegurar la vida. Todos habían terminado mal. La vida era incontrolable. Sus esfuerzos por lograr seguridades le habían costado muy caros, y para peor, cuanto más se había aferrado a algo, más miedo a perderlo había sentido.

-La única forma realista de aprender a patear penales es patéandolos en partidos importantes.

-Pero ahí hay mucho en juego y el costo de equivocarse puede ser alto, -protestó Joaquín.

-Por supuesto. Pero eso no convierte al entrenamiento en algo muy útil. Seguirá siendo muy limitado.

-Entonces no tengo nada por hacer?

-Vivir. Hay personas que están tan obsesionadas en aprender a vivir que la vida les pasa de largo. Sumergite en la vida y aprendé a incorporar la realidad. Eso irá ajustando tu camino.

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Ansiedad, Aprendizaje, Exigencia, Ideas equivocadas

No empujes el río, fluye por sí solo

-Ayer recibí una lección de vida.

-Cómo fue?

-Hace años que nado, y creo hacerlo bastante bien. Meses atrás vino un profesor nuevo al club, y tomar unas clases. Finalmente accedí y resultó sumamente enriquecedor.

-Por qué?

-Básicamente, porque las observaciones que él le hizo a mi técnica, aplican a mi persona. Los buenos profesores de todas las disciplinas artísticas y deportivas que he aprendido, me han hecho correcciones que siempre son las mismas. Evidentemente, arrastro las mismas dificultades y limitaciones a todas las cosas que hago…

-Y cómo podía ser de otra forma?, -preguntó el Maestro con sorpresa. -Si fueras petiso, llevarías tu baja estatura a todo lo que hagas, sea jugar al básquet, al tenis, pintar o tocar la guitarra. Pero los seres humanos solemos creer que eso no aplica a cuestiones de la personalidad cuando en realidad es exactamente igual.

-Nunca lo había pensado de esa forma, aunque hace rato que registro con claridad que mis limitaciones se expresan en las distintas actividades que hago. Son siempre las mismas.

Como haces algo, haces todo, dirían los japoneses.

-Qué buena definición, -dijo el discípulo admirado.

-Qué fue lo que te señaló el profesor de natación?

-Muchas cosas, pero hubo dos que me llegaron al alma, porque tienen que ver con rasgos muy profundos de mi personalidad. Él no lo hizo con ese sentido, sino simplemente circunscribiéndolo a mi forma de nadar. Sin embargo, no pude dejar de ver más allá de las correcciones técnicas y hacerme cargo de que eran algunos de mis históricos problemas…

-Contame…

-En primer lugar, le llamó la atención que nunca relajaba los brazos. Después de realizar la brazada, cuando tenía que traer el brazo de vuelta, lo hacía con fuerza. Normalmente debe volver solo, casi como un resorte que recupera su posición natural. En mi caso, los traía por la fuerza. Como si pretendiera forzar al resorte a volver a su lugar luego de haberlo estirado. Totalmente innecesario. Y aunque he nadado cientos de kilómetros a lo largo de mi vida, nunca me di cuenta.

-Qué paralelismo encontraste con tu personalidad?

-Que nunca puedo relajarme. Hasta cuando naturalmente tengo que hacerlo, sigo haciendo fuerza.

-Interesante…

-En esa misma línea, al profesor le llamó la atención que no aprovechara mi inercia de desplazamiento. Señaló que yo estaba permanentemente empujando, cuando en realidad había un tiempo para hacer fuerza y otro para deslizarse. Aunque los dos están interrelacionados, nunca me enteré. Para mí el único ritmo existente es el de hacer fuerza todo el tiempo. Bracear al máximo continuamente, y trayendo los brazos de regreso también por la fuerza.

El Maestro suspiró como si él mismo estuviera agotado.

-Por otra parte, -agregó el discípulo, me mostró que mi brazada era incompleta y le faltaba profundidad.

-Y cuál sería el correlato con tu vida?

-Por ese apuro crónico con el que vivo, hago todo superficialmente. Cómo es posible hacer algo con profundidad si estoy tan urgido? Mi brazada es superficial, y la mayoría de cosas que realizo están hechas en forma superflua, porque estoy muy presionado.

Presionado?

-Por llegar a donde tengo que llegar; hacer lo que tengo que hacer.

-Qué sería eso cuando estás en la piscina?

-Nadar los dos mil metros que tengo que nadar, y hacerlo en forma intensa para mantenerme en forma. Y el profesor dice que en vez de maltratar al agua con mis brazadas hostiles, debiera ser parte de ella y deslizarme…

-Más que un profesor de natación, es un maestro, -dijo el Maestro. Te hizo observaciones muy agudas. Enseguida pudo registrarte en profundidad. Te recomendaría que tomes muchas clases con ese caballero. Puede ser una gran oportunidad para vos.

-Oportunidad para qué?

-Muchas cosas, diría.

-Por ejemplo?

-Vos no administras tu tiempo, sino que tus impulsos te administran a vos. Hay cosas que no se resuelven corriendo, sino parando. Y a vos te cuesta mucho parar. No sos dueño de tu tiempo ni de vos mismo. Si lo fueras, podrías controlar el ritmo. Ir hacia adelante, ir para atrás, detenerte. En cambio, tú único modelo es ir hacia adelante y a toda velocidad.

El discípulo escuchaba con atención.

-Como bien señala este señor, no te podés relajar nunca. Estás siempre tenso, por no decir angustiado. Esa enorme dificultad de estar en paz con vos mismo, tal vez pueda ser trabajada aprendiendo a nadar sin tener que estar todo el tiempo forzado…

-Siento que si no estoy todo el tiempo esforzándome no voy a llegar a donde tengo que llegar.

-Antes de contarme cuál es ese lugar al que debés llegar, te digo que pienso exactamente al revés:

Estar siempre esforzándote, más que garantizar que llegues a tu objetivo, garantiza que no llegues.

-Por qué lo decís?

-No solo porque es agotador, sino porque no se puede andar por la vida así. Con ese nivel de esfuerzo constante la performance es inevitablemente pobre.

-Por qué?

-Por una lado, somos seres vivos y nos cansamos. Nos agotamos. Si estás todo el tiempo empujando, desearás terminar pronto, sacarte de encima las tareas, cumplir. Pero estás cumpliendo con alguien de afuera e incumpliendo con vos mismo.

-Qué sería cumplir conmigo mismo?

-Y, si lo que hacés está muy conectado con quien vos sos, es difícil que lo hagas apurado o te lo quieras sacar de encima. El tema es que para vos todo es un medio para un fin. Entonces tenés que hacerlo lo más rápido posible porque en el fondo no te interesa mucho. Solo querés los resultados que supuestamente te proveerá. El asunto se complica porque es probable que aún alcanzando los resultados deseados, los mismos no te satisfagan… Yo te preguntaría por qué estás tan apurado cuando nadas?

El discípulo se sintió desnudo. Después de unos instantes dijo:

-Nado para cumplir varios objetivos. Estar entrenado, descargar tensiones, no engordar, permitir que el agua flexibilice músculos y articulaciones. Y para que eso ocurra debo nadar bastante y a un ritmo intenso.

-Te gusta nadar?

El silencio que causó aquella pregunta fue desolador. Dadas las circunstancias, el Maestro decidió continuar.

-Es un problema que nadar sea otra de tus obligaciones. Las razones que planteás son comprensibles, pero con tanta exigencia esterilizás todo. Siempre corriendo, siempre apurado, siempre empujando… Te perdés el camino. Por no decir que no hay camino. Parecés un hamster en esas rueditas, que pese a que caminan y corren, siempre están en el mismo lugar. Solo se cansan, se agotan, y no avanzan en ninguna dirección.

-Un poco duro tu comentario.

-Puede ser, pero la realidad siempre es más dura.

-Las tortugas saben más de los caminos que las liebres…

-Claro. Pero además, las liebres también paran. Vos en cambio, no parás nunca.

-Y qué más pensás que podría aprender tomando clases con este profesor?

-El objetivo debiera ser aprender a hacer mejor las cosas. En la natación, y en la vida. Cuál era el lugar al que tenías que llegar, ese que condicionaba toda tu existencia?

El discípulo volvió a sentirse incómodo.

-Quiero llegar a ser alguien importante, valioso, reconocido.

-Vos tenés que transformarte en alguien valioso, en vez de trabajar para que tu imagen sea valorada. Eso no sirve para nada; puede ser un error mortal. Qué te importa la opinión de los otros!

-Pero me importa…

-Lo sé y te comprendo; solo pretendo señalarte que no es relevante.

Ante el silencio del discípulo, el Maestro continuó.

-Tenés que dejar de competir, para poder dedicarte a aquellas cosas que para vos sean buenas. Estar en el estado en que necesites estar. Tu único objetivo debiera ser aprender. Ver de dónde podés extraer más experiencia, trabajar con alguien que te pueda hacer crecer.

-Es un paradigma bien distinto del que tengo.

-Y sí. Pero imaginate viviendo más relajado. En armonía con vos mismo. Sin tener que estar empujando todo el tiempo.

-Casi que me resulta imposible imaginarlo.

-Los árabes dicen que el diablo inventó la prisa. Es una gran verdad, porque nada bueno sale de ella. Realizá un esfuerzo consciente por hacer todo más lento. Y no empujes permanentemente. No solo no hace falta, sino que es contraproducente. El terapeuta Fritz Perls decía: “no empujes el río, ya fluye por sí solo.”

Artículo de Juan Tonelli: No empujes el río, fluye por sí solo

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Analfabetismo emocional, Exigencia, Fachada

La vida de los demás es más interesante que la mía

 Estamos convencidos que la vida de los demás es más interesante que la nuestra. Que a ellos les ocurren cosas impresionantes, apasionantes, maravillosas. En cambio nuestra vida es gris, tediosa, rutinaria. Somos la cenicienta perpetua, sin acceso a ningún príncipe ni vida luminosa. 

Y sin embargo, todas las vidas son una oportunidad. El interior de cada uno es un misterio y un milagro. Lo que sentimos, lo que nos pasa. Aprender a vivir es haber experimentado como en Las Mil y Una Noches, que fuimos al fin del mundo en la búsqueda de un tesoro, para descubrir allá que el mismo estaba enterrado en el jardín de nuestra casa.

-Me llama la atención que todo el tiempo hablás de otros. Como si tu propia vida no fuera interesante. En la de los demás, siempre pasan cosas interesantísimas. Y a juzgar por lo poco que hablás de la tuya, pareciera que no sucede nada… El eje siempre está puesto en el otro.

Las palabras del Maestro lo sacudieron. La observación era muy precisa.

-Y por qué pensás que me pasa esto?, – preguntó el discípulo asumiendo la hipótesis como cierta.

-No lo sé. En general estos temas arrancan en la infancia. Un núcleo familiar que asigna roles, que los integrantes aceptan.

-Definitivamente fue así en mi casa. Mi hermano era el importante, al que había que escuchar. Él estaba lleno de aventuras, relatos increíbles. Mi madre hablaba mucho y decía poco, y mi padre y yo escuchábamos.

-Y en tu vida no había aventuras?, -preguntó el Maestro hundiendo el bisturí.

El discípulo, emocionado, asintió. -Las mismas o mejores que las de mi hermano. O distintas, pero aventuras al fin. Solo que no tenía mucho lugar para compartirlas.

-Por qué?

-Todo el espacio estaba asignado a mi hermano. Yo tenía que moverme por los márgenes. Los pequeños intersticios que quedaban disponibles. Meter algún comentario, acotar alguna palabra precisa que ratificara o acompañara lo que él contaba.

-Un actor de reparto…

-Algo así.

-Sin embargo vos siempre has sido un protagonista. Un hombre de resultados, lo cual no se condice con alguien que acompaña discretamente desde la penumbra.

El discípulo se quedó pensativo reflexionando.

-A fuerza de escuchar relatos increíbles de la vida de otro, creía que lo intenso, lo bueno, sucedía en otro lado. Con los años fui descubriendo que a mí también me ocurrían cosas interesantes y fuertes.

-Por ejemplo?

-Destacarme mucho en los estudios, las artes o el deporte. Y esos logros extraordinarios llamaban mi atención…

-Por qué?

-Como si me diera cuenta que después de todo yo también tenía valor.

-Te sorprendías dándote cuenta que no eras solo parte de la audiencia sino que también tenías una vida propia en la que el importante. Y que tal vez, a ese actor le ocurrían cosas más intensas que al supuesto actor principal…

-Algo así, -reconoció el discípulo con cierta timidez.

-A qué edad terminaste de enterarte que eras alguien con muchas condiciones?

-Al principio de la adolescencia.

-Pareciera que recordás bien el momento…

-A mis catorce años me sorprendí al enterarme que no era callado. En mi familia siempre se decía eso, y en el club tomé conciencia que hablaba bastante. Claro, tenía lugar para hacerlo.

-Y llegaste a contarle eso a tus padres, por ejemplo?

-A mi madre, que era la única que estaba físicamente disponible.

-Tu respuesta lleva implícito que tu madre no estaba emocionalmente disponible, por lo cual no debe haber servido de mucho que le hayas compartido eso.

-Y sí… Le gustó enterarse que yo no era tímido. Pero nunca llegó a preguntarse por qué razón no hablaba en casa.

-Y cuándo se estructuró esta conducta de convertirte en relator de la vida de otros? Resulta muy paradójica, porque tu historia es muy intensa. Sin embargo, el eje de lo que hablás y hasta actuás, siempre está puesto en terceras personas. Como si fueras un satélite, cuando en realidad tenés mucha luz propia.

-Ser un astro me pesa. Aunque lo anhele y busque con todo mi corazón, cuando los faroles se posan sobre mí, siento presión y mucho miedo a equivocarme. Por ende, termino apurando el paso para salir de esa situación lo más rápido posible…

-Y regresar detrás de bambalinas a un lugar donde la penumbra te protege…

El discípulo asintió avergonzado.

-Qué difícil; por un lado querés que todos los reflectores se posen sobre vos, y cuando ocurre estás incómodo. Igual, con la historia que contás se comprende perfectamente. Si tu hermano era el único habilitado para estar en el centro del escenario, es difícil que la reacción adaptativa a esa experiencia no te acompañe toda tu vida. Así y todo, son dos planos distintos. A mí no me preocupa que no hables tanto; el tema importante es la sensación de vivir como una rémora que acompaña a los tiburones, cuando en realidad, ni los otros son tan grandes, ni vos sos tan pequeño. Contame de tu padre…

-Mi padre fue otro sobreviviente de ese esquema…

-A qué sobrevivía?

-A mi madre y a la dinámica familiar de ella.

-Cuál era esa dinámica?

No había espacio para vivir.

La impresionante frase del discípulo dejó congelado al Maestro.

-Todo era apariencia. Había que ser como quería mi abuela; nunca se podía ser como uno era.

-Algún ejemplo?

-No te podía gustar la sidra porque era una bebida de clases populares. Te tenía que gustar el champagne, que era aristocrática.

-Y a vos obviamente te gustaba la sidra…

-Por supuesto…

-Y tu padre qué hizo?

-Se rajó.

-Se fue con otra mujer?

-No. O sí, pero no.

-Cómo es eso?

-El matrimonio era para toda la vida, así que él no se podía separar. Pero como en casa no se podía hablar, y muchas veces ni se podía estar, él cortó por lo sano y no estaba nunca.

-Los dejó a vos y a tu hermano en ese ambiente algo tóxico

-Cuarenta años atrás esas cosas no le preocupaban a nadie. El hombre trabajaba y la mujer cuidaba el hogar. Si éste era un infierno, era problema de sus habitantes. Mi padre armó una vida con mucho trabajo, en donde casi no lo veíamos. Y con esa excusa nadie se podía meter con él porque estaba “trabajando”… Aunque dentro de esa amplia bolsa estarían sus amantes, sus espacios de tranquilidad, sus amigos y su propia familia que era rechazada por mi madre…

-Entiendo… Como le fue a tu padre en términos profesionales y vocacionales.

-Mas o menos. Eligió una profesión un poco porque le gustaba y otro poco por mandato. No brilló aunque tampoco le importaba. Armó una vida a su medida, sin jorobar a nadie pero evitando que lo cargaran a él, cosa que en una familia es inevitable. Mi madre decía que él era autista. En realidad, parecer solitario era su forma de sobrevivir.

-A mi me gustaría que vos fueras más que un sobreviviente, -disparó el Maestro volviendo a poner el foco en el discípulo.

-Yo no me siento un sobreviviente.

-Lo sos. Sería bueno que te animes a concentrarte en tu vida. Que ahí pongas el eje. En qué hacer con ella, más que relatar la fascinante vida de otros.

El discípulo permanecía callado.

-Pensás que la vida de tantas personas importantes que te rodean es mejor que la tuya?

-Es una pregunta un poco amplia. En qué sentido lo decís?

-Pensás que ellos son mejores que vos? Que en sus vidas ocurren cosas importantes y en cambio en la tuya no pasa nada?

-No. Sé bastante bien quién soy y lo que valgo.

-Qué pasaría si ponés el foco en armar tu propia historia, tu vida? Al que le interese bien, y al que no, mala suerte. Después de todo, es mucho más importante vivir que contar lo que uno vive…, -dijo el Maestro con una sonrisa pícara.

-Creo que lo estoy haciendo. Solo que lo hago en forma discreta.

-Y por qué ese pudor? Es el mismo mecanismo que utilizabas cuando eras niño? Que no te vieran venir hasta que conseguías un logro enorme con el cual sorprendías a todos?

-Puede ser…

-La idea de que tu vida no era interesante ya pasó. Fue hace treinta años. No tengas más pudor. Si te gusta la sidra, tomala a la vista de todos. Basta de sostener la copa de champagne sin probarla, o peor aún, sentirte obligado a beber algo que no te gusta.

El discípulo sonrió.

-Y qué decís con respecto a mi temor cuando los reflectores se posan sobre mí?

-No me parece muy importante. Solo lo es cuando estructuramos nuestra vida en función de ello. El reconocimiento nunca nos da plenitud, aunque podamos sentirnos infelices si no nos registran. A mi entender, el principio rector es averiguar quiénes somos, que queremos, y transitar ese camino más allá de los resultados.

-Qué liberador

-Todo lo que nos conecta con lo auténtico, es liberador. Y lo que nos aleja de nuestra verdad interior, es doloroso. Debiéramos prestar más atención a aquello que nos brinda paz y alegría, y a lo que nos angustia. En el fondo, se trata de la mejor brújula que podemos tener en nuestro camino.

Artículo de Juan Tonelli: La vida de los demás es más interesante que la mía.

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