Culpa

contradiccion, Culpa, disociacion, libertad

contar o no contar

-Cómo que le contaste a tu aventura a tu marido? Te volviste loca?

La pregunta de Carolina era pertinente. Romina le acababa de contar que le había confesado a su marido que estaba enamorada de otro hombre.

-Esas cosas no se cuentan, amiga, -continuó. -Se las vive y lleva en el corazón, toda la vida. Algún poeta se preguntaba a dónde iban a parar los amores prohibidos cuando se morían… Al fondo del océano?

El problema era que para Romina ese amor prohibido no estaba muerto; vivía mas que nunca. La que sí estaba muerta de contrariedad, disociación y sufrimiento era ella. No aguantaba más esta vida dual, con su adorada familia por un lado y su verdadero amor por el otro, como dos puntas irreconciliables. Por qué la vida hacía estas cosas?

-Aparte, los que siempre hablan de mas son los hombres. Inconscientemente necesitan mostrar y presumir que se acuestan con otras mujeres así que siempre se termina enterando medio mundo. En cambio, nosotras somos mucho más discretas y cuidadosas con esos temas. Por eso las estadísticas muestran que los hombres son más infieles cuando en realidad no es tan así. Sino, con quién son infieles? Con mujeres que viven en Venus, porque las del planeta Tierra son todas correctas?

Romina escuchaba a medias a su amiga. Sentía que estaba en otra frecuencia. Lo que Carolina decía aplicaba para una aventura, un amante. Pero no tenía nada que ver si se trataba de un verdadero amor prohibido, de esos que parten la cabeza. Ahí ya no había más especulaciones. Solo había una fractura interior que parecía no cerrar nunca.

-Estamos hablando de temas distintos, -dijo Romina en voz baja, aunque frenando en seco a su amiga. Carolina escuchaba con atención.

-Te acordás de Manuel?

-Tu novio de la facultad?, -arriesgó Carolina.

Romina asintió con la mirada perdida. Luego dijo:

-A él lo dejé por mi actual marido, de quien me enamoré mal cuando estábamos por recibirnos.

-Me acuerdo perfecto, -dijo Carolina. -Pero qué tiene que ver con esto?

-Todo…

Romina le contó a su amiga que cuando estaba de novia con Manuel y se enamoró de quien luego sería su marido, estuvo un año peleando la situación, hasta que se volvió intolerable. Entonces tomó la decisión de dejar a su novio sin mayores explicaciones. Ya había pasado un año con los desencuentros propios de la doble vida, así que tampoco era una decisión que nadie pudiera prever.

Sin embargo, siguiendo el manual de procedimientos de estos casos, Romina le ocultó que lo dejaba por otro. Tenía pánico de mirar a los ojos a su novio y contarle esa verdad cruel. A su vez, la sabiduría popular sostenía que no había que contar estas cosas, reforzando su postura.

Como parte de esos enigmas que la vida siempre plantea, el resignado novio le había dicho una sola cosa: -Solo te pido que no salgas con Emilio.

Romina se había quedado helada porque era justamente Emilio de quien ella estaba perdidamente enamorada. Como se habría dado cuenta su novio? Solo intuición? Atinó a balbucear que no podía decirle cómo seguir su vida. No podía tomar un compromiso que tenía la certeza que incumpliría.

Cuando dejó a Manuel, Romina intentó mantener su nuevo romance en la clandestinidad. Sin embargo a los pocos meses salió a la luz. Unas semanas más tarde la llamó su ex, y en una breve pero imborrable conversación, le dijo: -me cagaste; al final todos nuestros problemas eran porque estabas con otro.

Romina quedó estupefacta, y después de cortar el teléfono se quedó sentada en el sillón llorando un largo rato. De poco importaba que estuviera feliz con su nueva relación. Se sentía como el apóstol Pedro luego de que el gallo hubiera cantado tres veces. Era una traidora. Tardó años en procesar esa situación, la culpa de haber dejado a su novio por otro, la la doble vida y sobre todo, la mentira del final.

-Por eso, disociar aquella experiencia de este presente que vivo es imposible. No quería volver a vivir la situación de que un día me llame mi ex marido, y me diga que lo cagué. Prefiero decirle la verdad de entrada, yo misma.

Carolina escuchaba entre maravillada y atónita. Por un lado admiraba el coraje de su amiga. Por el otro, evaluaba las imprevisibles consecuencias que dispararía aquella verdad. Qué dosis de verdad eran capaces de tolerar las personas? Cuál era el límite entre una mentira piadosa, para ayudar a alguien a que el impacto fuera menor, permitiéndole recuperarse más rápido, y una mentira inaceptable, o más aún, una traición?

Pese a los esfuerzos que hicieron ambos, Romina y Emilio terminaron separándose. Él quedó muy dolido, así que durante largos años todo fue extremadamente difícil. A la dificultad estructural de cualquier separación, se le sumaba el golpe en su autoestima, y su resentimiento que parecía no sanar nunca.

Años después, ambas amigas tomaban un trago al atardecer. Romina se quejaba de la difícil interacción con su ex.

-Nada de esto hubiera pasado si no le contabas la verdad, -dijo Carolina.

Romina escuchó aquellas palabras contrariada. Sabían que eran ciertas. Sin embargo, tenía paz interior.

-A veces tenemos que elegir entre lo fácil y lo correcto. Seguro que lo que elegí no fue lo más conveniente. Pero Emilio y yo no nos merecíamos terminar así. Veinte años juntos, dos hijos, miles de cosas compartidas, no podían terminar con una mentira.

Carolina escuchaba con atención a su amiga que buscaba ponerle palabras a algo difícil.

-Seguramente mi vida hubiera sido más fácil. Pero no tendría paz. Podemos engañar a todos, pero no podemos escaparnos de nosotros mismos. Y a determinada edad, ciertas mentiras nos roban la vitalidad, mientras que la verdad siempre produce vida. Y yo elegí vivir, -concluyó.

 

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Aprendizaje, Culpa, dolor

mirar el dolor a los ojos

De casualidad se encontró con su madre por la calle. Como se dirigían a la misma zona, caminaron juntos. El diálogo era todo lo razonable que podía ser para ese vínculo tan complejo.

La madre de José era una de esas personas sobreexigidas e insatisfechas crónicas. Esas características habían hecho estragos en sus hijos, provocando que él se mantuviera a una distancia prudencial de su toxicidad.

Después de caminar unas cuadras, cruzaron por la imponente facultad de medicina. Aunque había pasado frente a ella infinidad de ocasiones, José la observó con un detenimiento especial. Ahí estaban las imponentes columnas jónicas, recreando al Partenón.

En las escalinatas divisó varios bustos. Se trataba de los padres de la medicina. Sacando a Galeno, José no reconocía a ninguno, por lo que optó por preguntarle a su madre.

Ella tampoco reconoció a ninguno, salvo al último, al que identificó como Hipócrates, padre de la medicina moderna.

-De cuándo es?

-Ni idea, -dijo ella como si se tratara de un asunto del que nunca escuchó hablar.

Percibiendo el desprecio por el tema, José decidió hacerle una pregunta incómoda.

-Algunas vez te interesó la medicina?

-Nunca, -fue la contundente respuesta de madre.

Aquella palabra sonó como la bomba atómica. El silencio se apoderó de ambos y por un rato, no pudieron emitir ni un monosílabo. Cayendo en la cuenta de lo que había dicho, y sobre todo, lo que había transmitido en forma implícita, ella ensayó una respuesta tendiente a justificar su vida.

-Pero fue bueno, porque gracias a esa profesión pude mandarlos al mejor colegio, viajar por el mundo, tener una muy buena calidad de vida.

José permanecía en silencio, tratando de procesar aquél “nunca”, que parecía imposible de digerir. Acaso tener una buena calidad de vida era excluyente de dedicarse toda la vida algo que no le interesaba? Y en el caso que así lo fuera; valdría la pena? O sería mejor que los hijos tuvieran menos cosas pero percibieran una madre más contenta consigo misma, más integrada?

Su hijo pudo percibir el enorme dolor que ella tenía. Cómo podría ser de otra forma si se había pasado la vida entera haciendo algo que no le gustaba? Para peor, ya no tenía remedio, porque estaba próxima a cumplir setenta y hacía pocos años que se había jubilado. Cómo arreglar un pasado que ya se había terminado? En realidad, todo pasado, por definición, estaba terminado.

Como pudo, intentó ayudar a su madre a confrontar con aquél dolor. Sin embargo, ella no podía tolerarlo. Quién puede aceptar que desperdició su vida? Ella continuaba dando una explicación tras otra, en un vano intento de tener una razón que su agria cara, esculpida durante años de frustración, no transmitía.

José pensó en lo liberador que era decir: “me equivoqué”. Aunque aquellas dos palabras rara vez fueran enunciadas por un ser humano.

-Ma, si pudieras asumir que estudiar y ejercer más de cuarenta años una profesión que no te interesaba en lo más mínimo, fue un error, podrías empezar a sanar…

Ella acusó el golpe, pero al sentir que la precaria estructura en la que sostenía su vida podía derrumbarse, se defendió con un acto reflejo.

-Y de qué me serviría si no puedo cambiar nada?

-Depende…,-dijo José. -Seguramente no puedas modificar tu pasado, pero podrías empezar a drenar todo ese dolor que tenés adentro. Hace cincuenta años que puja por salir y no puede…

-Y qué ganaría con eso?, -preguntó ella, con la misma porosidad que el vidrio.

-Tener paz, mamá. Dejar atrás el dolor para poder tener paz. Nada menos.

Aquellas palabras resultaban inspiradoras; quién no quería tener paz, en especial a partir de la segunda mitad de la vida? Si la felicidad existía, se le parecía mucho. Pero cómo hacer para mandar a pérdida cincuenta años de vida? Quién lo toleraba?

La mujer se quedó pensando. Aunque tener paz fuera algo muy importante; valdría el costo de tirar por la borda todos los mejores años de su vida?

Si bien ambos permanecían en silencio mientras caminaban, José intuía lo qué ella experimentaría en su corazón. Pensando en cómo ayudarla, le dijo:

-Un cuento oriental dice que un señor caminaba descalzo por la playa de noche.  Pisó una bolsa, la recogió, y al revisarla a la tenue luz de la luna vio que estaba llena de pequeñas piedras. Algún chico las habría juntado. Caminó un rato más sentándose luego a metros de la orilla y empezó a tirarlas al mar, una a una. Fue amaneciendo mientras él seguía arrojándo piedras y mirando el amanecer. Para cuando ya era de día y ante la dificultad de agarrar las pocas que quedaban, abrió bien la bolsa. Con horror observó que se trataba de diamantes. Desesperado corrió a la orilla para recuperarlos. Resultaba imposible: la rompiente y la arena eran una tumba perfecta. Desolado, volvió a buscar la bolsa. Se maldijo por haber tirado los diamantes, uno a uno durante tanto tiempo, sin saber que eran piedras preciosas. Cuando pudo parar de llorar y recobrar la paz, volvió a mirar el interior de la bolsa. Todavía quedaban unos cuantos. Y él estaba preparado para aprovecharlos.

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Aprendizaje, contradiccion, Culpa, Madurez

Contradicciones

“-Es que si no hay lugar para las contradicciones, la persona explota en mil pedazos…”, dijo el Maestro, seguro de sus palabras.

El discípulo sintió una bocanada de aire puro. Como si aquella idea viniera a legalizar infinidad de cosas que su corazón habían vivido durante décadas y que por ser incorrectas, estaban obligadas a permanecer en la clandestinidad.

Lo primero que vino a su mente fue un amor adolescente. Después de un par de años de una relación seria y estable, se había enamorado de otra chica. Como eso no era posible porque estaba mal, negó la situación durante un año. Después de ese lapso registró que no podía tapar el sol con la mano. Se separó en el acto, para habilitar y concretar la posibilidad de estar con su nuevo amor.

El problema de los problemas, es que cambian.

Un año después el asunto había quedado atrás, junto al corazón de su ex hecho trizas. Sin embargo, aparecían nuevos inconvenientes. Él quería acostarse con otras chicas, pero como eso también estaba mal, no tenía más remedio que reprimir.

Sin enterarse de lo que maquinaba su inconsciente, terminaba cortando su noviazgo para poder acostarse con libertad con otras mujeres. Claro que esa liberación duraba poco, porque después extrañaba a su novia. Entonces volvía a arreglarse. Los ciclos se repetían, y eran cada vez más cortos. Finalmente pudo registrar que el problema era otro. ¿Qué hacer con las contradicciones? ¿Cómo salir de ese esquema en donde las dos alternativas eran perdedoras?

Su maestro, leyendo sus pensamientos, le dijo:

“- Si una persona tiene que ser fiel porque su pareja le puso un cinturón de castidad indestructible, quedándose con la llave; ¿cómo termina la historia?”

“-Tratando de robarle la llave, o de romper el cinturón”, sugirió el discípulo con una sonrisa.

“-No”, lo corrigió el Maestro. “-Es algo mucho más simple, efectivo, y radical. Se separa. El hilo siempre se corta por lo más delgado, así que hay que aprender a tener la suficiente compasión para no llevar a las otras personas, ni a uno mismo, a callejones sin salida.”

El discípulo lo escuchaba casi maravillado por la sabiduría de aquellas palabras. Comenzaron a emerger muchas características contradictorias que se habían manifestado a lo largo de su vida.

Lo primero que observó fue que todas ellas habían estado tapadas y reprimidas, porque él no les había dado ningún lugar. Simplemente no  se podía ser contradictorio. Esa era una enfermedad de espíritus débiles y fracasados. Las personas geniales como él, no podían tener esos inconvenientes menores.

Después de reírse de su ignorancia y estupidez, pudo ver hasta qué punto había negado y tapado sus contradicciones. El hecho que hubiera tenido que cortar sucesivas veces para poder coger sin infringir ningún principio, era un buen ejemplo de su incapacidad de conciliar sus propios deseos contradictorios. Había sido una solución legal pero cortoplacista, ya que nunca había resuelto el tema de fondo. ¿Pero el tema de fondo tendría solución?

Pensó en sus vicisitudes con la comida y el sobrepeso. En ese rubro también había librado y perdido mil batallas. Todos los decretos que habían emanado de su mente, tarde o temprano habían chocado con la realidad.

¿Cómo no se había percatado que no era la primera persona ni mucho menos la única en querer disfrutar de la comida sin querer engordar? ¿O que abría la puerta de la heladera intentando calmar su angustia y ansiedad, consciente que esa conducta no solo no resolvería ningún problema sino que agregaría uno adicional?

Infinidad de imágenes y sentimientos lo atravesaban. Tantas apariencias construidas y mantenidas, mientras su ser se sentía cada vez más reducido y maniatado. Necesidad de mostrarse valiente sintiéndose muerto de miedo. Exhibirse duro e implacable, sabiéndose bueno y manso.

“-¿Qué se hace con las contradicciones?”, preguntó como si intentara cortar la catarata de emociones que emergían después de décadas de represión.

“-En primer lugar, enterarse que somos seres contradictorios, cambiantes, arbitrarios, volubles, imperfectos, humanos. Bien humanos”, dijo el Maestro con ternura.

“-¿Pero eso no es obvio?”

“-Para nada. Diría más bien lo contrario. Si bien son palabras que repetimos con frecuencia, no las vivimos. Juzgamos a los demás por las mismas cosas que somos incapaces de reconocer en nosotros mismos”, dijo el Maestro.

“-Pero yo no me siento un criminal, ni un ladrón, ni un violador”, dijo el discípulo con cierta irritación.

“-Llevar el planteo a los extremos es la mejor forma de seguir negando nuestras propias zonas oscuras. No se trata de corroborar que somos más buenos que Hitler o Stalin, porque ese razonamiento binario nos deja en un lugar en el que cual nunca seremos capaces de ver nuestras miserias, contradicciones, abismos.”

“-¿Yo tengo abismos?”, preguntó el discípulo sin darse por aludido.

Ante el silencio elocuente de su Maestro, optó por darse por enterado y preguntó:

“-¿Y de qué se trata entonces?”

“-De no compararse, y solo poder verse a sí mismo. Verse tal cual uno es, sin juzgar. Porque es imposible reconocer en nosotros lo que condenamos en terceros”, dijo el Maestro con suavidad.

“-¿Qué hacés cuando vas a ver un médico y le contás tu problema con el cigarrillo, o con la comida, y él se enoja y te reta?”, preguntó el sabio.

“-Probablemente no vuelva más”, contestó el discípulo.

“-¿Aún cuando el médico tuviera razón?”, insistió el Maestro con agudeza.

“-Lo que pasa es que si el doctor no puede comprender mi impotencia, mi debilidad, tampoco vamos a poder avanzar”, expresó el discípulo dubitativo.

“-O sea que buscás un cómplice, que te ayude en tu camino de autodestrucción con el cigarrillo, el alcohol, la comida, o lo que sea”, provocó el Maestro.

El discípulo permanecía callado, plenamente consciente del lugar al que lo estaban llevando.

“-Es que tal vez no tenga otra alternativa, y no sea capaz de dejar el cigarrillo, el alcohol, o lo que sea. No sería el primero ni el último que no puede evitar auto destruirse”, dijo el discípulo enfrentando la discusión.

“-Por supuesto”, acordó el Maestro. “-Y en caso que fuera así, ¿qué médico te gustaría tener?”

“-Uno que al menos me comprenda”, fue la inmediata respuesta del discípulo.

“-¿Aun cuando no fuera capaz de ayudarte a dejar atrás tus adicciones?”, preguntó el Maestro.

El discípulo se quedó pensando. El viejo dilema humano de discernir hasta cuándo se podía seguir peleando, y en qué momento era imprescindible aceptar la realidad.

“-Sinceramente no lo sé”, contestó.

“-Es una respuesta honesta”, dijo el Maestro. “-La pregunta inevitable es por qué nos tratamos a nosotros mismos en forma tan distinta de la de ese médico que nos gustaría tener…”

Ante el silencio incómodo del discípulo, continuó. “-A mi modo de ver, es bien claro que no vamos a mejorar por la fuerza, la violencia, la presión. Si algún cambio es posible, va a ser desde la comprensión y no desde el rechazo a uno mismo. En donde comprender no significa ser cómplice, sino poder ver los propios errores, las propias limitaciones, con mucha delicadeza. La descalificación y la exigencia –propias o de terceros-, nunca nos llevarán a buen puerto.”

“-Pero es difícil encontrar ese punto medio, ¿no?”, soltó el discípulo.

“-De eso se trata la vida”, contestó el Maestro. “-Entender que no tenemos que dominar, ni mucho menos pretender erradicar nuestros miedos, sensibilidades, inseguridades y contradicciones. Una vez leí a un monje benedictino que decía que al tener piedad con uno mismo, ocurre una explosión de libertad interior. Y es una gran verdad.”

El discípulo estaba conmovido. “Piedad con uno mismo”, le resultaban palabras tan increíbles como lejanas de su realidad. Eran un bálsamo para su castigada alma.

“-Los que no aceptan sus defectos y áreas oscuras y pretenden desterrarlas terminan convirtiéndose en seres monstruosos, o en personas secas, sin vida. Solo asumiendo nuestras contradicciones podremos no solo crecer, sino vivir”, cerró el Maestro.

Artículo de Juan Tonelli: Contradicciones.

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Aprendizaje, Culpa

De la angustia a la paz

Con el corazón latiendo a doscientas veinte pulsaciones y en la soledad de su baño, Lourdes vio las dos rayitas del test positivo. Estaba embarazada, y una ráfaga de angustia atravesó todo su ser. Recordó cuando Javier al salir de adentro suyo, había comprobado que el preservativo estaba roto.

Ella lo había tranqulizado, contándole que le estaba por venir, por lo cual no había riesgo de embarazo. Él le había propuesto tomar la píldora del día después, pero a Lourdes le había parecido una exageración innecesaria, y no quería tener los efectos colaterales. Él no quiso insistir, y fingió una tranquilidad que no tenía. Es el día de hoy que se arrepiente de no haberlo hecho.

La situación no podía ser más dramática. Aquél preservativo roto había complejizado al infinito una realidad de por sí difícil: Lourdes y Javier no solo tenían un amor prohibido; eran cuñados.

El test de embarazo positivo abrió las puertas de un infierno que recién empezaba. ¿Cómo era posible que la vida colocara a las personas en situaciones tan extremas? ¿En qué momento habían perdido el rumbo y el control para encontrarse en una circunstancia así?

La hipótesis del aborto no fue una opción. Ambos tenían chicos y sabían que un hijo en común siendo cuñados, sería terrible. Sin embargo, algo del sistema de frenos todavía funcionaba y en noches eternas sin poder dormir, y presionada por los tiempos, ella optó por la vida.

¿Qué hacer? ¿Contarle a su marido que un momento de calentura se había acostado con su hermano, quedándose embarazada? ¿Podría entender semejante situación? Aunque bajo ningún punto de vista pretendía ser una venganza a todas las infidelidades de su esposo, en algún sentido lo parecía. ¿Qué hacer  con los hijos de ambos? ¿Tendrían un hermano que en realidad era un primo y un primo que en realidad era un hermano? Las preguntas no sólo no tenían respuesta, sino que profundizaban el abismo.

Con el objeto de cuidar a todos, Javier y Lourdes llegaron a la conclusión que la mejor alternativa era ocultar la verdad y seguir adelante con el embarazo como si el bebé hubiera sido fruto del amor conyugal y no de una aventura extramatrimonial entre cuñados.

El bebé nació y las contradicciones se agudizaron a niveles inimaginables. Por un lado, la felicidad de un nuevo ser, con toda su frescura y alegría. Por el otro, la angustia de tener que cargar con semejante secreto de por vida. Una cuesta que más allá de lo empinada, recién empezaba.

Para el bautismo, los amantes tuvieron que hacer malabares para impedir que Javier fuera elegido padrino. El marido de Lourdes quería a toda costa que su hermano lo fuera, pero después de escuchar inconsistentes explicaciones, declinó.

El tiempo fue pasando y Axel -el bebé-, se convirtió en un niño de ocho años. En ese tiempo, la disociación, culpa y angustia de Javier y Lourdes sigo creciendo en forma exponencial. ¿Era posible fingir normalidad? ¿Cómo conectar con sus respectivas parejas? Encima, pese al infierno en que se había convertido la vida, seguían enamorados. ¿Por qué la vida era tan compleja y castigaba tanto a personas que trataban de proteger a los demás? ¿Por qué los seres humanos eran incapaces de elegir cuándo y de quién enamorarse?

Las preguntas no tenían respuesta y el sin sentido se seguía agudizando. Varias veces sentían que producto de la presión a la que estaban sometidos, el cráneo explotaría en mil pedazos.

Javier iba a un psicólogo todas las semanas, a no hablar de este tema. ¿De qué hablaba entonces? Qué paradoja tan común, que los seres humanos fueran incapaces de hablar de lo único que les preocupaba.

Lourdes no se animaba a confesarse, pero le pedía sistemática y desesperadamente a Dios que produjera un milagro. ¿Cuál sería? ¿Que se muriera alguien? El solo pensarlo le ahondaba la crisis, sintiéndose culpable de pensar su muerte, la de su marido, o la de aquél hijo extramatrimonial.

Cuando parecía que la vida no daba ninguna escapatoria, un hecho aparentemente menor, cambió el curso de la historia. En la fila del supermercado y totalmente absorta en sus preocupaciones, Lourdes se encontró con una compañera de colegio que hacía veinte años que no veía. Bastaron instantes para que su perceptiva amiga le disparara a quemarropa: “-¿Qué te pasa Lourdes?”

Una pregunta menor, formulada por alguien casi desconocido, no debía generar nada. Pero la soledad, el aislamiento, la culpa y el dolor extremos de Lourdes, desencadenaron un torrente de lágrimas.

En un bar cercano, Lourdes le contó toda su vida a su amiga . Más allá de su cuñado, era la primer persona en saber la historia. “-¿Y tu familia?”, preguntó.

“-No sabe nada”, fue la temerosa respuesta de Lourdes.

“-Pero con una familia tan buena; ¿cómo es que no lo pudiste hablar con nadie?”, indagó la amiga.

Descolocada, Lourdes no supo que responder. Parte de la explicación era su vergüenza en plantear el tema. Pero por otra parte, habían pasado muchos años para que tanto sus padres como sus hermanos no percibieran semejante realidad.

Era una familia perfecta, de esas que no dan ninguna cabida a la realidad. Y la vida nunca entra en las rígidas ideas y conceptos de los seres humanos, por lo cual todos los familiares, y en especial los más chicos, terminan destrozados.

Después de un largo silencio y algunos cafés, la amiga dejó de hacer preguntas y tiró la bomba atómica. “-Tenés que hablar.”

A Lourdes se le paró el corazón. Aquella palabra -hablar, contar- era el tabú más grande de todos. Se podía hacer y pensar cualquier cosa, excepto fantasear con contarle a su marido que su hijo no era su hijo, sino un hijastro y sobrino.

“-No puedo hacerle ese daño”, balbuceó.

“-¿Y vos pensás que así no se lo estás haciendo? ¿Creés que llevan una vida normal? ¿O que tienen alguna chance de tenerla con este secreto en el medio de ustedes?”

Con los ojos llorosos, Lourdes escuchaba lo que ya sabía. La idea de hablar le producía una sensación de liberación, aunque le resultaba totalmente impracticable.

“- Tu marido tiene derecho a conocer la verdad. Tu hijo tiene derecho a conocer la verdad y saber quién es su padre biológico, y quién no lo es. Tu cuñado y vos tienen derecho a tener paz. Pueden cambiar la angustia, el sufrimiento y el dolor, por paz.”

Lourdes escuchaba inspirada. Como si fuera capaz de ver el paraíso. Pero rápidamente volvía a su realidad en la que era imposible confrontar con su marido y generar tanto dolor.

“-Ojo que no estoy diciendo que tus acciones no tengan consecuencias, sino que  se hagan cargo de ellas para poder seguir adelante. El negar semejante verdad destruye tu vida y la de todos los que están a tu alrededor. Sino podés hablar con ellos de lo único que te importa; ¿de qué hablan? Por otra parte, una cosa es negar algo que el tiempo puede disolver, pero Axel no va a desaparecer. Es un niño que crece día a día…”, continuó la amiga.

“-Pero, ¿y cómo hago?”, tartamudeó Lourdes.

“-No es tan importante”, la cortó su compañera. “-Hay veces en donde lo central es decir la cosas, y no tanto el cómo decirlas. Al no saber como suavizar una verdad, terminamos no diciéndola. Solo tenés que contar las cosas como son, y punto. Lo demás, es completamente secundario.”

“-¿Y después?”, preguntó Lourdes como si fuera una niña.

“-¿Después? Ya se verá. Nadie sabe qué es lo que va a pasar. Más allá de las reacciones de corto plazo, tu marido tendrá que decantar cómo quiere continuar su vida. Y vos y tu cuñado también. Habrá que depurar sentimientos, ver la realidad tal cual es, y elegir con honestidad.”

Lourdes estaba conmocionada. Deseaba que la conversación con su marido ya hubiera ocurrido. A su vez, sentía que nunca podría encararlo.

“-No puedo”, dijo entre lágrimas.

“-Sí podés”, la sostuvo la amiga mientras le tomaba fuerte la mano. “-Ya sufriste lo suficiente. Y sin haberlo deseado, ya causaste bastante dolor. La situación es irreparable en el sentido que no se puede revertir. Pero tiene solución. Y no es otra cosa que tomar la decisión de hacerse cargo de las acciones de uno, y cortar la espiral de locura en la que estás con tu cuñado. Creo que era San Juan el Evangelista quien decía “la verdad los hará libres”… Bueno, nunca más atinado que en este caso.”

Ante el silencio sepulcral de Lourdes, su amiga completó: “-Yo te ayudo como más lo necesites. Vos no te preocupes demasiado en cómo decirlo, sino en decirlo. Andá con tu cuñado, júntense con tu marido y cuéntenle. Luego hagan lo mismo con tu concuñada. Y cuando las aguas se hayan calmado un poco, hablen con Axel. También podrían buscar ayuda psicológica para hablar con el chiquitín.”

El alegato fue tan contundente e inspirador, que días después Lourdes y Javier hicieron lo que tenían que hacer. Horas después de la conversación, por primera vez en muchos años, conocieron lo que era la paz. La angustia también cedió, abriendo paso al dolor. Pero el dolor es parte de la vida, y una emoción infinitamente más llevadera.

Con sus problemas, cada uno pudo rehacer su vida. Dejaron atrás la enajenación para ir armando una vida con coherencia y libertad interior. La verdad es el puente que nos lleva de la angustia a la paz.

Artículo de Juan Tonelli: De la angustia a la paz.

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Aprendizaje, Culpa, Madurez, Vocación

La libertad nunca es gratis

“- Tus hijos tienen mucha más libertad que la que vos tuviste cuando eras chico…”

La frase de la terapeuta abrió la caja de Pandora. Lo primero que vino a la mente de Mario fue su imposibilidad de dedicarse a lo que soñaba cuando tenía 17 años. Al terminar el colegio, era el campeón nacional y lo único que le interesaba en la vida era jugar a ese deporte.

Su exitosa carrera deportiva era una realidad. No se trataba de que tal vez tuviera futuro. Tenía un presente impresionante y pensar en dedicarse a eso que le llenaba su alma era su anhelo más profundo. Sin embargo, no tenía ninguna chance de hacerlo. Su familia tenía una larga historia de prestigio académico, por lo cual estaba obligado a estudiar una carrera universitaria. Ser deportista no era una opción.

Para peor, estaban los proverbiales miedos de los padres, convencidos de que tener un título aseguraba un futuro y no tenerlo era el mismísimo apocalipsis. ¿Habría algo que aseguraba un futuro? ¿Tenía sentido destruir un presente lleno de vitalidad y conexión con uno mismo en pos de un supuesto futuro mejor?

Mario no tuvo la fuerza para patear el tablero y seguir a su corazón. Escindido, empezó a cabalgar dos caballos que se movían en direcciones distintas y muchas veces contradictorias. Como era natural, antes de destruirse del todo, abandonó aquél caballo que tanto amaba, que era su deporte.

Se preguntó por qué no había tenido la fuerza para explicarle a sus padres que él quería hacer su vida y no la que ellos querían. ¿Por qué las personas estaban tan dispuestas a hacer algo que no querían con tal de evitar conflictos? ¿Eran los seres humanos evitadores seriales de conflicto?

¿O esa característica era sólo un rasgo de inmadurez, que a partir de los cuarenta años y haber conocido el sufrimiento, se iba reduciendo? ¿Por qué resultaba tan difícil expresar lo que uno sentía y lo que uno quería? ¿Era a lo que se refería la terapeuta, de los escasos márgenes de libertad con los que había contado?

Sin escalas pasó a recordar su infancia. Pese a que su familia pertenecía a una clase media profesional, lo enviaron al colegio más aristocrático. Aquella decisión lo marcaría para siempre.

Como no podía mantener el nivel de vida que tenían sus compañeros, su estrategia adaptativa fue tornarse invisible. Muchas veces había deseado que existiera la pintura de la invisibilidad, para no ser percibido y por ende, estar a salvo de exigencias.

Contrario a la creencia de que ser, era ser percibido, en el caso de Mario era todo lo contrario. Como su ser no encajaba en los parámetros establecidos, él creía que debía ser corregido.

Tardaría quince años en empezar a darse cuenta de que su ser no estaba mal. Que no debía ser corregido entre otras razones, porque eso no era posible. Sin embargo, durante el colegio optaría por simular antes que resultar disonante. Su mejor estrategia para no desentonar, era no ser percibido. Resignaba conectar con alguien, pero al menos tenía paz. El precio de su tranquilidad no era otro que la soledad y el aislamiento.

Sin proponérselo, Mario había desarrollado una enorme capacidad adaptativa, siendo capaz de mimetizarse con cualquier entorno. Parecía uno de esos animales que se ven en los documentales del Animal Planet o el Discovery Channel, en el que ciertas especies tienen la aptitud de perderse complemente con su entorno. Pueden parecer piedras, pasto, ramas, fondo marino. Pero es muy difícil detectarlos.

Si Mario estaba con gatos parecía un gato más, y si estaba con perros era otro perro. Obviamente, ni se animaba a preguntarse qué clase de animal era él en realidad.

La efervescencia adolescente con la política había sido otro tema. Mientras su familia tenía una estrecha historia con un partido político, todos sus compañeros de colegio odiaban a aquél partido. Algo natural, ya que los que tienen mucho suelen no querer ninguna revolución que mejore la vida de los más pobres, sino que su preocupación central pasa por conservar y acrecentar lo que tienen.

En ese contexto, Mario simulaba ser uno más de los que odiaba al partido al que pertenecía toda su familia. Su nivel de disociación no podía ser mayor. Se pensaba una cosa en su casa, y se creía exactamente la opuesta en su colegio. Inevitablemente, en su primer votación a los 18 años, no tenía ni remota idea de a quien votar.

Optó por adherir a las ideas de su familia, aunque el candidato le produjera un rechazo importante. Y ese pequeño estigma también lo seguiría toda su vida. Que su primer voto fuera a alguien que no le inspiraba ninguna confianza y le generaba un fuerte rechazo, lo marcaría para siempre. Otra muestra de su desconexión.

El mecanismo adaptativo de volverse invisible para evitar conflictos, se fue tornando algo natural. Habiendo sentido que él era lo que estaba mal, era lógico que simulara ser lo que debía, para no generar ruido.

El tema es que ese ruido se generaba adentro suyo. Afuera todo parecía perfecto, y en su interior todo se caía a pedazos. Por más esfuerzos que hacía, Mario sabía que vivía evitando conflictos.

La situación con su ex mujer era otro caso típico. Después de la separación, él se sentía culpable. Y si bien siempre estaba muy cerca de todos acompañando, conteniendo, educando, pagando gastos, solía ponerse mal al pensar que no había podido darles una familia unida.

Su ex esposa no terminaba de perdonarlo, y él no podía lograr su libertad. Pese a todo lo que la ayudaba y la cuidaba, el hecho de haberse separado era una causa que no prescribía nunca. Debía pagar de por vida. De poco importaba la responsabilidad de ella en la separación. ¿O acaso existen separaciones en donde alguien no tuvo nada que ver?

A su ex mujer la enojaba mucho que él tuviera una nueva relación, y se descontrolaba cada vez que los hijos entraban en contacto con la novia del padre. Para evitar conflictos, Mario eludía estar con con su pareja cuando estaba con los chicos, hecho que le traía complicaciones logísticas y un sinnúmero de planteos.

Él, que quería vivir en paz, con frecuencia se encontraba atrapado entre dos fuegos. Su ex, que daba batalla en cada milímetro cuadrado de territorio, y su pareja actual, que planteaba que nunca terminaba de ser reconocida porque él no la defendía, no se hacía cargo.

Mario se dio cuenta que él había sido la variable de ajuste de todas sus relaciones. Para que los demás no se enojaran o decepcionaran, él cedía. Aunque ese ceder fuera contra sí mismo, y el reclamo que tenía enfrente fuera desproporcionado e injusto.

Vino a su mente la historia de aquél elefante que cuando era pequeño había sido atado a una estaca con una soga. Después de agotarse intentando zafarse, había concluido que nunca más podría librarse de esa atadura.

El tema era que en su adultez, con dos toneladas de peso,  seguía convencido que no podía con aquella soga, cuando en realidad la podría haber arrancado con facilidad. Las malas experiencias de la infancia lo seguían limitando en la madurez, cuando no había ninguna razón real para que eso ocurriera. Todo era cuestión de darse cuenta que sus recursos actuales le permitían otros niveles de libertad de los que él no estaba ni enterado.

 Volvió a pensar en sus reiteradas adaptaciones a algo que no era, solo para evitar conflictos. La raíz de esa conducta era claramente afectiva y de su más tierna infancia. Como el elefantito.

¿Cuál era el punto de equilibrio entre ser un evitador serial de conflictos y ser alguien egoísta al que solo le importaban sus deseos?

No encontró una respuesta clara, y seguramente fuera otro de los misterios que requerían ese arte necesario para vivir. Sin embargo, una cosa le quedó clara. Vivir era mucho más que evitar conflictos. Y tampoco se podía ir en contra de lo que uno era.

Si el precio para evitar un conflicto era dejar de ser lo que uno era, eso nunca resultaría. Como a veces, el costo a pagar por ser lo que uno era podía ser muy alto, habría que juntar fuerzas, coraje, y sufrir lo necesario para poder avanzar. Pero definitivamente, lo único que no se podía hacer era naturalizar la situación. Hacer pasar por normal algo que no lo era, anular la propia esencia.

En esos casos, había que buscar por todos los medios la forma de pararse y salir de esa situación. No importaban tanto las explicaciones, sino más bien comunicar quién era uno. Los demás podrían entender o no. El tiempo podría ayudar o no. Pero uno siempre estaba llamado a ser lo que uno era. El precio de no querer escuchar esa convocatoria era arruinar la vida.

Mario suspiró. Sintió que tenía pendiente tareas importantes. Algunas las percibía como escalar una montaña. Pero por primera vez, se dio cuenta que ese esfuerzo bien valía la pena. En la cima estaba su libertad.

Artículo de Juan Tonelli: La libertad nunca es gratis.

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Aprendizaje, Culpa, Sufrimiento

De la culpa a la paz

Javier se sentía morir. No tenía ninguna duda de que esta acción jamás sería perdonada por Dios. Para peor, no tenía el coraje de retirarse de esa fila que lo llevaba a su destrucción.

La vida lo había dejado sin margen y él venía cometiendo un pecado mortal atrás de otro. La carne era débil, y su timidez y vergüenza habían generado un efecto dominó.

Al no haberle dicho toda la verdad al sacerdote que lo confesaba, había pecado doblemente: mentir, y profanar el sacramento de la Reconciliación.

Incapaz de pensar que alguno de sus compañeros podía tener el mismo problema, sentía pánico de compartir el tema con alguien, o buscar ayuda. Lo sobrellevaba como podía, en un aislamiento absoluto.

Esta circunstancia era la que lo dejaba sin margen, obligándolo  a recibir un nuevo sacramento sin estar en condiciones de hacerlo. Ése era el día en el que se debía convertirse en testigo de Jesucristo, al recibir la Confirmación. Durante la ceremonia, primero tendría que tomar la comunión, y luego confirmarse. Ambas cosas estando en pecado mortal.

Para Javier la situación era dramática: hubiera deseado escaparse o inclusive morir. O decir que no comulgaría ni recibiría el sacramento de la Confirmación, sin que le hicieran preguntas. Tener que dar explicaciones hubiese implicado seguir mintiendo, porque le era imposible reconocer una verdad tan vergonzosa.

En la fila para recibir la Comunión y con la emocionalidad al límite, caminaba arrastrándose. Se acercaba al sacerdote sintiéndose en un río torrentoso que lo conducía a una catarata mortal de la cual no podría escapar. ¿Sucedería algún hecho salvador?

No hubo milagros y frente al cura que levantaba la hostia y decía “el cuerpo de Cristo”, no tuvo más remedio que decir “amén” y tragarla, convencido de haber sellado su destino.

En estado de shock volvió a su banco, se sentó y esperó el turno para recibir los óleos de la Confirmación.

Minutos después y mientras el sacerdote lo ungía en la frente con aquellos aceites sagrados, Javier sentía que sería condenado de por vida, sin ninguna posibilidad de reparación futura. Toda una ironía con el nombre del sacramento que estaba recibiendo.

Estaba devastado, como alguien que ya ingirió el veneno y está esperando el efecto. Una sucesión de calamidades desencadenadas por una conducta natural en la pubertad: la masturbación.

Desde hacía tres años los religiosos que le enseñaban catequesis y valores cristianos, lo venían alertando sobre los estragos que causaba la abominable masturbación. Él, que había empezado a explorarse en su más tierna infancia, había llevado el asunto sin problemas hasta que la insistencia de los sacerdotes lo había despertado a la conciencia del mal que estaba haciendo.

Desde entonces se había sentido mortificado, enojado, irascible, peleándose contra esa realidad que desgraciadamente siempre le ganaba. Algunos días o semanas era capaz evitarlo, pero luego volvía a caer. Y pese a sentir que no podía consigo mismo, tenía que seguir viviendo.

Con sus once años, era incapaz de discernir que la masturbación  no era algo malo. En el despertar sexual y con las hormonas inundando su cuerpo, no había margen alguno de ganar aquella antinatural batalla.

Treinta años después, su mirada sobre aquellas vicisitudes era bien distinta. Javier ni perdía tiempo condenando a los perversos religiosos que lo habían atormentado. ¿Habrían leído el pasaje bíblico que sostenía que quienes escandalizaran a los niños, más les valía ser arrojados al mar con una piedra de molino atada al cuello?

Seguramente lo habrían leído cientos de veces, sin por eso ser capaces de hacerse cargo de sus propios pecados. “El infierno son los otros”, diría un filósofo. Nunca uno mismo.

Pensó en todo lo que había sufrido por una idiotez. Cuánta angustia originada por una educación tan errada.

Pese a su agnosticismo, imaginó un encuentro con Dios. En aquel diálogo, no hizo falta preguntarle a ese Ser Superior si la masturbación era mala. Semejante idea era a todas luces una estupidez.

Sin embargo, la pregunta natural era por qué permitía que tantos niños hubieran sido torturados con algo así. La respuesta de Dios fue una leve sonrisa de compasión. Como si ésa y atrocidades peores, fueran el precio a pagar por la libertad humana, que aún con todas sus implicancias negativas, era uno de los dones más preciados de la vida.

Aprovechando la inédita situación de poder dialogar con Dios, Javier quiso indagar otros pecados. En una asociación directa con la masturbación, pensó en las infidelidades y en los enamoramientos de un tercero, que generaban rupturas matrimoniales.

Un silencioso Dios volvió a mirarlo con una gran compasión. Su expresión transmitía una enorme benevolencia. Como si al contrario de lo que sostenía la tradición occidental, las infidelidades fueran un pecado poco relevante. Después de todo, lo único importante en una pareja eran las ganas y el compromiso de transitar juntos la vida, respetándose, ayudándose a crecer, a ser más libres, a convertirse en mejores personas. Todo lo demás, absolutamente todo, era secundario.

La cuestión del enamoramiento tenía aristas más profundas que el tema de las infidelidades, pero al final convergía en el mismo lugar. El misterioso Dios transmitía una inmensa misericordia, como si Él mismo padeciera el enorme sufrimiento que experimentaban las personas abandonadas por sus parejas.

Así y todo, Javier pudo entrever que los grandes dolores y destrucciones generadas por Cupido, también formaban parte del misterio de la vida. Ahí confluían una multiplicidad de factores: el crecimiento, la libertad, el deseo, la reparación de heridas del pasado, el anhelo de ser mejor. Imposible comprenderlo todo, pero fácil de visualizar por donde pasaba ese misterio del enamoramiento.

Dios parecía transmitirle que al final, lo único importante era que las personas estaban llamadas a amar. Asumido esto, abandonar o ser abandonado eran solo circunstancias de la vida. Dolorosas e inevitables, pero circunstancias al fin.

¿Circunstancias? Se preguntó incrédulo Javier.

Circunstancias, pareció ratificar Dios. Las separaciones eran una gran fuente de  sufrimiento que venían a abrir las puertas al crecimiento. Si esa oportunidad era aprovechada o no, ya no era un asunto divino sino que hacía a la libertad de cada ser humano.

Adentrándose en temas aún más complejos, Javier planteó el tema de la homosexualidad. La respuesta de Dios a esta inquietud, también fue contundente. Incrementar la compasión y el amor para personas que no eran culpables y no merecían ser tratadas como habitualmente se las trataba.

El camino era uno solo: comprenderlas y amarlas, ayudándolas a su vez a aceptarse a sí mismas. De esa forma podrían convertirse en testimonio vivo del amor.

Súbitamente, Javier recordó aquél aborto que había decidido con su novia de juventud. La culpa lo había perseguido toda su vida. Una y otra vez pensaba en aquél hijo al que no había dejado existir, producto de su miedo, su ignorancia, su egoísmo.

Aun siendo incapaz de mirar a Dios a los ojos, sintió Su gran misericordia. En el preciso momento en que Javier percibió que era comprendido y abrazado en su peor miseria,  quedó sanado. Dios le transmitió una ternura infinita.

Con los ojos llenos de lágrimas, Javier comprendió que no podía cambiar el pasado. Pero que podía reconocer el daño ocasionado y pedir perdón a la vida por lo que había hecho. También se dio cuenta que debía perdonarse a sí mismo.

Pensó en otros pecados que había cometido en su vida. Descartando los ligados al sexo, registró que haber engañado, herido, o aún destrozado a otras personas, tenía siempre un trasfondo de codicia, competitividad o miedo. Y una incapacidad de percibir al otro por la necesidad de construirse a sí mismo.

La apacible expresión de Dios dejaba en evidencia su conocimiento del alma humana. Y no parecía estar preocupado por aquellos pecados de Javier.

Todos los problemas de los seres humanos se podían resumir en la necesidad de ser amados. La búsqueda de poder, dinero, prestigio, eran malos sucedáneos del amor verdadero.  Sin embargo, los hombres debían buscarlos con todo su corazón, para después de haberlos alcanzado y sentirse vacíos, poder aprender.

La pregunta que acosaba a Javier era inevitable. ¿No habría una forma menos dolorosa de aprender? ¿Alguna que evitara tanto sufrimiento a las víctimas y victimarios? ¿Por qué existían las pasiones humanas que a lo largo de miles de años desencadenaban conductas desmesuradas de abuso, devastación y muerte?

Con suma delicadeza y humildad, Dios pareció expresar que aquella era la única forma en que las personas, haciendo uso de su libertad, podían crecer.

¿Cómo aprenderían el valor de la luz si no conocían la oscuridad?

Un creciente silencio interior le indicó a Javier que aquél diálogo silencioso estaba llegando a su fin.

Al mirar para atrás su vida, Javier sintió que podía comprender todo. Aún los episodios más oscuros. Se dio cuenta lo paradójica que podía ser la existencia humana. De haber sabido que abandonar a su esposa no era tan grave, se habría ahorrado muchísimo sufrimiento. Y si ella misma hubiese accedido a esta perspectiva de Dios, tal vez podría haber procesado mejor y más rápido toda aquella devastación.

También pensó que esa mirada benevolente y compasiva no existía para dilemas presentes o futuros. La conciencia era un mecanismo que parecía carecer de misericordia. Por el contrario, se mostraba exigente e implacable. ¿Por qué, si al final todo sería perdonado?

Dios lo miraba con enorme  ternura, comprendiendo a la perfección su vida, con sus luces y sus sombras. También, su anhelo humano de querer entender todo, el cual nunca sería concedido ya que formaba parte del misterio de la existencia.

La vida podría ser comprendida mirándola para atrás, pero nunca para adelante.

Sin embargo, ir entendiendo el pasado podía enseñar a transitar mejor el presente. El sufrimiento y el dolor eran las únicas herramientas de maduración, crecimiento y aprendizaje. Nadie podía ser realmente compasivo si no había conocido la oscuridad. Nadie podía valorar profundamente la lealtad si no había sido traicionado.

Después de aquél diálogo real o imaginario con Dios, Javier se sintió en paz. Después de todo, si ese Ser Superior no lo condenaba; ¿hasta cuándo se seguiría condenando a sí mismo? Recordó todo lo que había sufrido a lo largo de su vida. Y por primera vez, entendió que no había sido en vano.

Artículo de Juan Tonelli: De la culpa a la paz

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Culpa, Exigencia, Sufrimiento

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A Nacho se le llenaron los ojos de lágrimas.

Aquellas palabras habían sido tan precisas y dolorosas, y le seguían retumbando, como el eco infinito de un grito entre montañas. “- ¿Ni una vez en la vida podés registrar lo que un hijo te pide?”, se había preguntado el maestro, como si tuviera al padre de Nacho cara a cara.

“- Tenés mucho enojo y mucho dolor guardado; el tema es que viene desde hace tanto tiempo, y es tan profundo, que vos no sos consciente que lo tenés. Pusiste un manto de perdón, pero en el fondo estás muy dolido y enojado.

No solo te desamparó, sino y sobretodo, fue completamente incapaz de registrarte. Y eso, por más que vos seas un tipo grande, con hijos y una vida hecha, es algo muy doloroso…”, amplió el maestro.

“- Para peor, tu padre sigue sin registrarte. Y eso te enoja aún más. Cada vez que conversan y algo en tu interior percibe que él sigue sin ser capaz de ver quién sos, cómo sos, o qué podés llegar a necesitar, y te pasa por arriba, vos reaccionás mal.

Es tanto el dolor que no llegás a verlo, porque estás convencido que el pasado ya fue. Pero no fue; sigue ahí, condicionándote muchísimo…”, completó.

Nacho sintió que lo que le decían era la pura verdad. Difícil de aceptar, pero verdad al fin. Puso una cara de interrogación, como pidiéndole que le dijera qué hacer.

“- Ese dolor es muy profundo y está en un plano muy inconsciente. Te sucedió, te habita, pero no lo podés traer a la superficie,” sostuvo el maestro.

“- Que tengas dolor no es ni bueno ni malo. Simplemente tenés que reconocerlo porque está ahí. Y aunque no puedas verlo, es enorme. ¿Cómo puede funcionar bien la relación entre ustedes si vos, en el fondo de tu alma, estás tan dolido? ¿Y cómo puede sanar ese dolor, si vos no te das cuenta que lo tenés, y tu padre, al ser incapaz de ver a quién tiene enfrente, cada vez que se encuentran lo refuerza? No hay manera….”

Muchas lágrimas caían por las mejillas de Nacho. Más allá de reconocer que todo eso era cierto, no sabía cómo seguir.

“- Para peor, vos te sentís obligado a atender a tu padre, a escucharlo, a satisfacer sus demandas emocionales actuales. Lo hacés para no sentir culpa, creyendo que si no lo atendés vas a estar abandonando a una persona mayor. Sin embargo, el hecho que lo que impulse tu acercamiento con él sea la culpa, solo empeora aún más las cosas… Cuando le devolvés las llamadas; ¿tenés ganas de hablar con él?”, preguntó el sabio.

“- Nunca”, contestó Nacho en forma contundente.

“-¿ Y pensás que de ese estado de obligación, agregado al dolor subyacente que tenés, puede surgir algún encuentro bueno con tu padre? “

El silencio era muy elocuente.

“- ¿Entonces no hay nada que yo pueda hacer?”, preguntó Nacho como si fuera un niño que empieza a conocer los límites de la realidad.

“- Claro que hay cosas muy importantes que podés hacer. En primer lugar, enterarte. Enterarte que tenés mucho dolor, el cual ni siquiera sos capaz de ver. También, darte cuenta que aunque tengas cincuenta años, continuás respondiendo las demandas de tu padre, solo para no sentirte mal…”

“- Después, dejá de tratar de satisfacer todas sus demandas. Eso no te convierte en un mal hijo, ni en alguien que desampara a una persona mayor. Vos seguirás ocupándote de los problemas reales que él tenga: un médico, dinero, lo que sea. Pero dejarás de ser un chupete que calma sus angustias existenciales, o alguien que llena sus vacíos. Renunciás conscientemente a esa tarea que hiciste muchos años. Él no solo no se va a morir, sino que no le va a pasar nada. Es más, tal vez aprenda algo. Y vos, podrás ir restableciendo tu interioridad…”

“- ¿Y vos decís que con eso voy a poder recomponer el vínculo?”, preguntó Nacho.

Con una expresión compasiva, el maestro contestó: “- No tengo la menor idea. Eso no depende sólo de vos. Tu tarea es poder ver el dolor guardado que tenés, y ser capaz de recuperar tus ganas de encontrarte espontáneamente con él, sin que sea una obligación….”

” -Pero por otra parte, se necesita que él se dé cuenta del daño que hizo. Aunque no haya sido por mala persona sino por sus condicionamientos, su historia, debiera ser capaz de registrar su propia vida y ver todo lo que afectó a los demás, y a vos en particular.”

“Y también es esencial que sea capaz de registrarte tal como sos hoy. Si él sigue sin poder ver quién sos y qué cosas te pasan, será imposible que recuperen el vínculo.  O para ser más precisos, para que desarrollen algun vínculo, porque no podemos hablar de recuperar algo que nunca existió…”, completó el maestro con una sonrisa llena de paz.

Nacho sentía como si hubiera pasado por el quirófano. Le acababan de extirpar un órgano que tenía un tumor. Aún frágil como cualquier convaleciente, percibió que la intervención de su maestro, al igual que la de un cirujano, le posibilitaría una nueva oportunidad.

Y tal como ocurre en una cirugía, la extirpación imponía ciertas limitaciones. Pero esos límites venían a proteger y a cuidar, abriendo la posibilidad de una vida mejor.

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Adversidad, Aprendizaje, Culpa, Ideas equivocadas

La vida no es una obligación

¿Cómo era posible que su vida se hubiera convertido en esto? Fernando se sentía atrapado y harto de la vida que llevaba. Cuando podía elegir, no había sido consciente de la libertad que tenía. Y ahora, ya hacía muchos años que se sentía un esclavo de las circunstancias.

Todo su día giraba en torno a responsabilidades. ¿Cómo había venido a parar acá, justo él que había soñado tantas cosas? ¿Dónde habían quedado aquellos sueños? ¿En qué momento se habían perdido?

La respuesta apareció en el acto. Doce años atrás había nacido el último de tres hijos, con una rara enfermedad neurológica. Si como siempre ocurre, el nacimiento del primer hijo significaba un antes y un después, la venida del último y su enfermedad, habían arrasado con la vida tal como la conocía hasta entonces.

Después de años que transcurrieron entre médicos y especialistas, quedó claro que el hijo quedaría con una inteligencia equivalente a la de un niño de tres años. Pasaría mucho tiempo hasta que él y su mujer pudieron aceptar la situación.

No era nada fácil convivir en una casa en la que todo giraba en función de ese hijo enfermo. Las cenas apacibles en familia eran imposibles. Fuera por los ruidos que hacía o por los problemas que generaba, no había ninguna chance de tener alguna armonía. Mucho menos, pensar en una comida romántica a solas con su mujer.¿Cuándo había decidido no tenerlas nunca más?

Después de todo, Fernando era un ser humano con sus necesidades, sus miedos, sus anhelos. El hecho que existiera una realidad que como un agujero negro absorbiera todo, no quitaba que él también era un ser vivo. ¿Le importaría a alguien?

Hacía rato que la familia tampoco funcionaba como tal. Los días de semana, gracias al colegio de los más grandes, la escuela diferencial del menor, y su propio trabajo, todo discurría razonablemente. La vuelta a casa y la cena familiar eran realmente difíciles. Pero los fines de semana eran el infierno mismo. En el momento que se suponía que los grandes también tenían algún derecho a descansar, había que estar cuidando al niño. Se turnaban con su mujer, pero eso también era la causa de que la pareja estuviera muerta.

Por más que amara a su mujer, que la uniera lo más importante de su vida como eran esos tres chicos, y que compartieran la intensa experiencia de cuidar a un hijo enfermo, el espacio de pareja era nulo.

En vano intentó recordar cuál habría sido la última vez que había dormido una siesta con su esposa.

Los hermanos sanos habían reaccionado en forma dispar. El mayor, muy protector del enfermo, en tanto el del medio estaba harto de sentir que no existía. Si bien intentaban llevar una vida normal, nada era normal. No lo era invitar amiguitos a casa, y mucho menos, la forzosa poca atención que los padres les dispensaban.

Muchas veces Fernando fantaseó con irse de su casa. No era una posibilidad y tampoco lo hubiera elegido. Se hubiera muerto si no podía ver a sus hijos y a su mujer. Pero estaba cansado, harto de no tener algunos espacios para él. Quería relajarse, aunque fuera unos instantes. No aspiraba a ser centro del universo pero tampoco seguir sintiéndose el último ser de los siete mil millones de personas que habitaban la tierra. Tener un poco de paz.

A su mujer le costaba más tener estas divagaciones. Tal vez su instinto materno estaba exacerbado y no daba lugar alguno para sí misma ni ninguna otra necesidad que no fuera cuidar a ese hijo enfermo.

Fernando en cambio, no quería que su vida se limitara a ser un enfermero o un acompañante terapéutico. ¿Estaba mal tener esos sentimientos? Le llevó años reconocerlos y darles espacio. Había pasado una década central de su vida, de los treinta a los cuarenta, y él se había postergado totalmente en función de la situación. Pero ahora sentía que no podía pasar así toda su existencia. Necesitaba vivir, o que la vida fuera más que lo que estaba siendo.

Recordó el caso de esa mujer que había tenido un accidente de auto en el que su hijo con parálisis cerebral había muerto. Después de años de considerarse algo fortuito, la Justicia había reabierto la causa y comprobado que en realidad, la madre había premeditado como desembarasarse de ese hijo que tanto la condicionaba. Cuando Fernando había leído las crónicas que mostraban la planificación de aquella mujer en desbarrancar el auto por un precipicio, se había estremecido. Imaginarse a un niño con parálisis cerebral ahogarse dentro del auto en las profundidades de un lago no podía ser más angustiante y horroroso.

Pero a su vez, podía comprender perfectamente el sentimiento de aquella mujer. El anhelo de tener una vida, de ser libre, de no tener que estar pendiente de alguien las veinticuatro horas del día, todo el año, toda la vida. ¿Acaso esa mujer no desearía caminar por el bosque, ver un atardecer, o tener tiempo para enamorarse de alguien? Obviamente que no justificaba en lo más mínimo la atrocidad del homicidio, pero ¿cómo no comprender lo que atravesaría el corazón de aquella persona?

Fernando quería llegar a fondo para comprenderse. Un sinnúmero de sentimientos contradictorios pasaban por su corazón. Sus ganas de cuidar a su familia y a ese hijito tan enfermo. Pero también, sus ganas de ser libre, de armar su propia vida, de buscar su vocación y su sentido, y no tener que resignarse a los estrictos límites que la realidad le imponía.

Pensó en la parábola del buen samaritano, que había sido el único capaz de detenerse, desviarse de su propio camino y atender a alguien que lo necesitaba. La sabiduría milenaria enseñaba que ese era el camino a la felicidad. Que las personas que lo habían precedido y que no habían atinado a detenerse y asistir al necesitado, nunca comprenderían la vida. ¿Acaso el arte de vivir sería estar dispuesto a desviarse del camino sin lamentarlo ni hacerse muchos problemas?

Si bien era comprensible que el camino que uno deseaba recorrer no necesariamente llevara a la felicidad, era difícil aceptar que el ignorar los propios anhelos condujeran a la alegría. ¿La plenitud sería estar siempre disponible para ayudar al que lo necesitara? ¿Qué lugar había para los propios dictados del corazón?

Había pasado muchos años de su vida esforzándose por ser como se esperaba que fuera. Debía ser una especie de superman, que todo lo podía. Pero ya, con media vida en sus espaldas, se había empezado a enterar que todo no lo podía. Que no era ningún super héroe y que ni siquiera tenía la menor intención de serlo. Y sobre todo, que tenía límites. Dolorosamente, se había enterado que existían. Y ese dolor de registrar que no todo lo podía, había venido a salvarle la vida o protegerlo de males mayores. Aquellas personas que no registraban sus límites, solían terminar despedazadas.

Se le ocurrió que tal vez podría montar un departamento en el que su hijito discapacitado estuviera con la persona que lo cuidara. Aunque intentó contestarse que no implicaría ningún desamor, un sentimiento de culpa lo invadió. Oscilaba entre ser el superhéroe que ya sabía que no era, y sentirse un padre abandónico y culpable. ¿Cuál sería el punto medio entre ambos extremos? Pretender preservarse un poco a sí mismo, a su mujer, y a sus otros hijos; ¿era una herejía? Se imaginó pudiendo tener una cena en paz con sus hijos, o hasta solo con su mujer. O pudiendo alguna vez, hacer el amor tranquilo con ella.

Cuando pudo compartir esta idea con su esposa, la cara de ella fue una mezcla de alivio y desolación. Por un lado, recuperar un poco de su vida, tan abandonada desde tiempos inmemoriales. Por el otro, preguntarse si estaría haciendo el bien a ese hijo tan indefenso. Como buena madre, estaba muy apegada para poder tomar esa decisión, pero Fernando sintió que tenían que avanzar.

Una cosa era ignorar al que sufría, no desviarse del camino, o hasta ser un irresponsable. Y otra muy distinta era darse algún lugar para sí mismo. Recordó la historia de los donantes de sangre, que sólo podían donar medio litro cada tres meses, ya que ese era el lapso que le tomaba al cuerpo humano reponerse. Y que no era posible pretender donar más cantidad o hacerlo más seguido, sin afectar la propia salud. Se preguntó cuál sería su propio nivel de equilibrio.

¿Qué sería lo que podría dar sin destruirse? ¿O no había lugar para esa pregunta y frente a una responsabilidad tan grande había que proveer y proveer aún a riesgo de colapsar en algún momento?

No encontró una respuesta clara. Pero con el correr de los días, algo fue apareciendo. Sin desentenderse de ninguna de sus responsabilidades, tenía que encontrar la forma de ser capaz de dar aquello que pudiera ofrecer con alegría. Cuanto más diera porque era lo correcto, porque se esperaba que lo hiciera, o todas esas razones ajenas a sí mismo, peor sería. El nuevo equilibrio al que tenía que orientar su vida era el de poder dar aquello que fuera capaz de hacer con alegría.

Sintió alivio de sentirse humano, de reconocer sus sentimientos no tan nobles y de poder darles cabida. Diez años tapándolos había servido para ser un padre ejemplar y eficiente, pero no era sustentable en el largo plazo. Él no tenía alma de santo ni de mártir. Y si bien no pensaba desentenderse de ninguna de sus responsabilidades, tampoco quería ser de esas personas que o colapsaban, o se enfermaban, o abrumados por la realidad, simplemente se borraban.

En vez de seguir dando todo lo que su entorno demandaba o lo que la sociedad esperaba que diera, reorientar su vida para poder dar aquello que pudiera dar con alegría. Aquello que no esperara nada a cambio, ni siquiera la palmadita de reconocimiento en la espalda.

No le esperaba un camino fácil. Las responsabilidades y la presión seguirían siendo muchas. Pero descubrir que podría ir ajustando su camino en función de reconocer sus límites y deseos, le dio paz. La de saber que la vida no era solo una obligación. Era una oportunidad.

Tomó conciencia que al final de la vida se encontraría con solo dos caminos posibles. El de haber elegido quejarse, o el de haber buscado la vuelta, pese a todo. Ambos eran una elección.

Íntimamente, tuvo bien claro cuál quería.

Artículo de Juan Tonelli: La vida no es una obligación.

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Culpa, Incertidumbre, Sin categoría, Sufrimiento

Yo siempre quiero estar donde no estoy

No aquí. No a esto. No ahora.

Eduardo tenía 18 años cuando se enamoró perdidamente de Eva, quien con dos años menos, le tocó el corazón. El noviazgo se fue consolidando y con el Mayo Francés, ella tuvo su primera vez con su novio. Cuando llevaban siete años juntos y planificaban el casamiento, ocurrió lo inesperado.

En una aventura, Eduardo embarazó a otra mujer. El deber era el deber, y aunque desolado, decidió de dejar a Eva para casarse con su ocasional compañera, para tener ese hijo de ambos.

La vida, con esa mala costumbre de cambiar los planes y hacer bromas de mal gusto, recién entraba en calor. Tan pronto se casaron, ella perdió el embarazo. La cabeza de Eduardo, que ya estaba partida antes de empezar, terminó de romperse en mil pedazos. Noches en vela con preguntas infinitas. Su corazón, después de haber abandonado a Eva por el deber, la extrañaba aún más y quería volver y hacer como si nada hubiera ocurrido. Pero en los años sesenta eso no era fácil, y su formación y cultura le decían que tenía que sacar adelante su matrimonio.

Le tomó un año aceptar que aquél mandato no tenía ningún sentido, y sobre todo, ninguna posibilidad. Justo cuando juntó coraje para hablar con su esposa y sincerar la situación, ella quedó embarazada nuevamente. ¿Volvería a perderlo, liberándolo a él de aquella situación insostenible? La vida lo había obligado a separarse de Eva por un momento de debilidad. Luego, para exhibir las contradicciones, había interrumpido aquella gestación, vaciando de contenido a la coyuntural pareja. Y ahora, cuando eso era evidente, en otro momento de debilidad, volvía a meterlos en el tren fantasma.

Este embarazo no se perdió, por lo cual Eduardo no tuvo más remedio que seguir adelante. Para cuando el hijo cumplió 5 años el padre  decidió nuevamente afrontar la situación y decirle a su esposa que aquello no era una pareja, y que era mejor encontrar otra forma de seguir viviendo. No sin dolor, ella entendió lo que ya sabía. El que no lo aceptó fue el niño, que en un mar de lágrimas le rogó a su padre que no se fuera de su casa.  Él sintió que acompañar la propuesta de su hijo significaba inmolarse, pero así y todo decidió hacerlo. Aquella larga noche, se prometió que cuando su hijo cumpliera dieciocho años, él se iría. Claro, sólo faltaban trece años y más que promesa, su idea parecía una fantasía:

esas típicas mentiras que se inventan los seres humanos para seguir adelante.

La vida fue pasando y Eduardo picoteaba aquí y allá; con romances y amantes trataba de compensar el agujero negro que tenía en su corazón. Pero la medicina no era muy eficaz, porque no estaba bien en ningún lado. Ni con su esposa, ni con sus compañeras que lo festejaban y contenían.

Para el cumpleaños número dieciocho de su hijo, Eduardo ni se acordaba de su promesa. O mejor dicho, prefería no mirarla a los ojos para no corroborar que su vida estaba estancada desde hacía demasiado tiempo. Y los años seguirían pasando. Se preguntaba si todo lo que le quedaba de vida sería así, un largo transitar hacia la nada.

Pero cuando uno espera lo inevitable, ocurre lo inesperado.

Con sesenta y cinco años de edad, un hijo de treinta y largos, y un matrimonio similar, en Facebook encontró a un primo de Eva. El pariente le contó que ella -de quien nunca más había sabido nada-, se había casado con un señor, se habían mudado al sur, y tenido dos hijas. Y que después de treinta años de matrimonio, acababa de enviudar y por ello, regresar a Buenos Aires. Eduardo se estremeció. Íntimamente se sintió como Pandora. Y al igual que en el mito griego, supo que lo último en salir de aquella caja sería la esperanza. Así y todo, decidió avanzar.

Eva se tomó unas largas semanas antes de aceptar la propuesta del café con Eduardo. Había sufrido mucho y también había vivido mucho. No quería problemas. Quería que los veinte años de vida que le quedarían, fueran apacibles.¿Pero a quién le importa lo que queremos? Por lo pronto, a la vida no.

El mero hecho que se tomara tanto tiempo para pensarlo ratificaba que ahí había algo más que un amor de juventud. Finalmente  accedió, con la misma íntima convicción que aquello sería la caja de Pandora. Una vez que el dentífrico había salido del pomo; ¿quién podría volver a ponerlo adentro?

En pocas semanas todo estaba como si no hubieran pasado los 40 años, ni los matrimonios, ni los hijos. Eva y Eduardo estaban enamoradísimos, felices, pasando todas las noches en vela, celebrando haberse reencontrado. El misterio de la vida en todo su esplendor.

Él se separó rápidamente y no le importó que su esposa e hijo no entendieran. Ya estaban grandes, muy grandes. Había hipotecado su vida por ellos y a sus sesenta y cinco años tenía derecho a ser libre. La situación de Eva era distinta. Su marido había fallecido hacía menos de un año, y  tenía dos hijas grandes que nunca entenderían semejante deslealtad hacia su difunto padre.

Eduardo se alquiló un departamentito lindo y se puso en forma. Las décadas de auto abandono y desidia habían quedado atrás. Ahora era un hombre nuevo y quería estar muy atractivo. Que su nueva casa fuera el nido de amor. Y ahí comenzarían los problemas ya que superada la embriaguez emocional y sexual de los primeros tiempos, las diferencias empezarían a emerger.

Él sentía que estaban perdiendo el tiempo, que justamente era lo que menos tenían. Quería pasar los años que le quedaran de vida muy pegado a ella.  A su vez, le dolía mucho recordar que cuarenta años atrás la había abandonado, habilitando a que otro hombre la cortejara, la sedujera, la enamorara, se casaran, la embarazara y tuvieran una buena familia. Como si le hubiera regalado la oportunidad al otro. Para peor; ¿cómo se competía con un muerto? Eduardo quería convertirse en el hombre más importante en la vida de Eva, pero eso parecía improbable, ya que ella había compartido casi toda su existencia con otra persona, con quien había sido feliz, y tenido dos hijas.¿Donde estaría la tecla de “delete” para poder borrar todo aquello?  Tendría alguna chance de ganarle a esa sombra, o habría que resignarse a ser el segundo hombre más importante en la vida de ella?

Eva tampoco la tenía fácil. Además de no poder blanquear el tema con sus hijas por temor a que se enojaran con ella por ponerse de novio cuando debía estar de duelo, tenía otros fantasmas. ¿Volvería Eduardo a hacerla sufrir? ¿A abandonarla? ¿Cómo superar la culpa  para con su marido muerto, a quien debiera honrar no estando con ningún otro hombre o al menos, esperando un buen tiempo? ¿No era de adolescentes o inmaduros enamorarse?

Ella ya tenía una vida hecha y esto venía a molestarla, a poner todo en crisis. La existencia y esa mala costumbre de perturbarnos, de romper con lo establecido.

Eduardo, obsesionado con arreglar el pasado y aprovechar el poco futuro que quedaba. ¿El pasado podía ser corregido? Eva, con miedo a que Eduardo la volviera a abandonar. Aunque ese antecedente fuera de cuarenta años atrás. También sentía mucha culpa por su marido y le daba terror que el futuro pudiera poner en crisis hasta el afecto de sus hijas.¿Y el presente?

Como en toda existencia humana, el presente era el momento en el cual uno lloraba por un pasado que no podía arreglar y se angustiaba por un futuro que difícilmente ocurriría.

Sí aquí. Sí a esto. Sí ahora.

Artículo de Juan Tonelli: Yo siempre quiero estar donde no estoy.

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