contradiccion

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la Playboy y el Lego

-Pa, puedo comprar esta revista?

-Cuál? La Playboy?, -preguntó el padre entre risas.

Si bien su hijo había señalado una revista que no era erótica, la propuesta de su papá lo encendió. Tanto, que ni se enteró que era una broma. Cómo no le iba a interesar si tenía trece años y los niveles de testosterona estallando?

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angustia, contradiccion, dolor, paz

atravesar la angustia

Salió a caminar con la esperanza de despejarse. Sentía una opresión en el pecho que le dificultaba respirar. Estaba en carne viva, apenas capaz de contener las lágrimas. Era tal la angustia reprimida y apretujada que Damián ni podía identificar bien a qué se debía. Tantos problemas juntos y todos tan grandes. No podía más.

Cinco meses atrás se había ido de su casa con un bolso. Atrás quedaban su esposa, sus hijos y su lujoso apartamento. Solo un bolso con su ropa, su Ipod con parlantes, y tres libros. Como si con eso bastara para sobrevivir emocionalmente. Servirían su música y esos tres textos favoritos para tener alguna sensación de continuidad en su vida? O era su desesperación por agarrar algo de valor en medio del naufragio? El tsunami parecía haberse llevado todo lo importante.

El catalizador de la catástrofe no había sido otra cosa que un amor prohibido. En su rigidez, Damián nunca imaginó que algo así podía pasarle; eso le pasaba a los débiles, los sentimentales, los inmorales. Y resultaba que ahora él tenía que atravesar su propia Troya. La devastación desencadenada por un romance.

Bastaron pocos mensajes de texto para que Damián tuviera la íntima convicción de que con esa mujer se le quemarían todos los papeles. Qué pretende la vida cuando nos parte con un rayo de ese tipo?

Pese a todo, decidió defender su matrimonio y familia con dientes y uñas. Terapia solo, de pareja, retiros, viajes a solas con su mujer, conversaciones con amigos, y todas esas cosas que se hacen para torcer un destino grabado a fuego.

Las personas intentan todo sintiendo que no podrán cambiar nada. La voluntad queda relegada al triste papel de un acting. Una simulación de que se está haciendo lo que hay que hacer, pero sabiendo que el corazón ya decidió. Después de dos años de pelearla y al igual que Troya, su vida fue arrasada y no tuvo más remedio que armar su bolsito.

Como otra jugada macabra del destino, a los dos meses de haberse ido de su casa, a su hermana le encontraron un cáncer con metástasis por todos lados. Damián que no podía con su propia vida, tuvo que sostener al resto de su familia. Por qué la vida se podía ensañar tanto con una persona?

Ni siquiera se permitía hacerse esa pregunta, porque al ver el drama de su hermana con dos hijos chicos y pocos meses de vida por delante, se sentía un frívolo al quejarse por una simple separación. Pero acaso el gran dolor de los demás tornaba menos dolorosa su propia realidad?

Cuando cruzó la puerta de su casa no tenía ni idea de cómo seguiría su vida. No se estaba yendo para convivir con su amor platónico sino por la simple razón que la convivencia con su esposa ya no era posible. Inundado por emociones de todo tipo, no sabía si volvería. El horizonte de visibilidad de su vida era de apenas un día. Anheló poder conducir sus emociones, para que su vida recuperara un cauce normal.

En su contradicción, Damián decidió no sacarse el anillo de casado, como una forma de resistencia. Aunque se hubiera ido de su casa, sentía que el anillo lo mantenía unido a su mujer. El peso del sacramento? La tradición? Fuera por lo que fuese, era el último bastión y él no estaba dispuesto a cederlo así porque sí.

Se moría de ganas de estar con su nuevo amor y gritarlo a los cuatro vientos. Paralelamente, sufría por haber abandonado a su mujer y sentir que se auto expulsaba del paraíso de su hogar, en donde estaban sus cuatro angelitos. Por qué la vida hacía estas cosas?

No había mucho lugar para esta pregunta porque todo el escenario lo ocupaba la situación de su hermana. Damián, que no podía consigo mismo, decidió traer a sus dos sobrinos al pequeño departamento que alquilaba. Nadie los podía cuidar, por lo que aún sintiéndose morir, se hizo cargo de los pequeños.

Los meses pasaban y él dudaba entre sacarse el anillo o no hacerlo. Por un lado percibía que no había vuelta atrás. Por el otro, se negaba a entregarse. Algunos amigos se reían. No entendían que no se lo hubiera sacado el primer día habilitando nuevamente el permiso de caza. Nada más lejano a él, que no deseaba salir con otras mujeres, sino que se dirimía entre entregarse o seguir peleando.

Después de caminar dos horas, vislumbró una iglesia. Atraído por algo inexplicable, decidió entrar. Sonaba el Ave Maria, y pese al frío y a la poca luz, se sintió contenido.

Intentó rezar un Padrenuestro, pero no estaba para eso. Como pudo, le pidió ayuda a Dios para que si existía, le trajera un poco de paz. Sin ninguna intencionalidad, se sacó el anillo para observarlo. En la cara interna estaba grabado el nombre de su esposa y la fecha del casamiento. La emoción empezaba a crecer y se dio cuenta que estaba caminando por una cornisa.

Recordó su boda y las lágrimas brotaron como un manantial. Raudas imágenes pasaban por su mente. Cuando se había enamorado de ella, la primera vez que se amaron, el primer viaje juntos, cuando se fueron a convivir, la fiesta de casamiento que había sido el día más feliz de sus vidas. Llorando a mares, se preguntó a dónde había ido a parar todo eso. Por qué justo a él le ocurría algo así?

Sentado en un banco de aquella iglesia, era incapaz de comprender que lo que le pasaba no era una tragedia. Solo algo bastante común que tenían que atravesar más de la mitad de los seres humanos.

Miraba el anillo, recordaba imágenes y lloraba. La angustia que le oprimía el pecho y su respiración entrecortada parecían no terminar nunca, ni drenar con litros de lágrimas.

El llanto fue disminuyendo aunque no se detuvo. Damián recuperó algo de paz. Las lágrimas seguían deslizándose por sus mejillas, pero la angustia apretaba menos. La consciencia de que no podría volver a ponerse el anillo, le erizó todos los pelos de su piel. Registró que aquello más que una decisión era aceptar la realidad. La sagrada verdad interior.

Volvió a mirar el nombre de su esposa grabado en la cara interna. Se le iluminó la cara al recordarla. Nuevamente se puso a llorar como un niño. Se quedó unos minutos más sosteniendo el anillo con sus dedos. Como si se negara a rendirse. Como si velara a aquél gran amor de su vida. Después de un largo suspiro no tuvo más remedio que aceptar la pérdida.

Se lo acercó a la boca y le dio un beso. Luego varios, y de nuevo se le nubló la vista. No se terminarían nunca las lágrimas?

Después de unos minutos atemporales, le dio un largo beso final, lo guardó en su bolsillo, se paró y salió caminando despacio.

Mientras regresaba a su casa para cuidar a sus sobrinos, estaba en paz. Más que enojarse con la realidad porque su matrimonio se hubiera terminado, agradeció que hubiera ocurrido.

 

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contar o no contar

-Cómo que le contaste a tu aventura a tu marido? Te volviste loca?

La pregunta de Carolina era pertinente. Romina le acababa de contar que le había confesado a su marido que estaba enamorada de otro hombre.

-Esas cosas no se cuentan, amiga, -continuó. -Se las vive y lleva en el corazón, toda la vida. Algún poeta se preguntaba a dónde iban a parar los amores prohibidos cuando se morían… Al fondo del océano?

El problema era que para Romina ese amor prohibido no estaba muerto; vivía mas que nunca. La que sí estaba muerta de contrariedad, disociación y sufrimiento era ella. No aguantaba más esta vida dual, con su adorada familia por un lado y su verdadero amor por el otro, como dos puntas irreconciliables. Por qué la vida hacía estas cosas?

-Aparte, los que siempre hablan de mas son los hombres. Inconscientemente necesitan mostrar y presumir que se acuestan con otras mujeres así que siempre se termina enterando medio mundo. En cambio, nosotras somos mucho más discretas y cuidadosas con esos temas. Por eso las estadísticas muestran que los hombres son más infieles cuando en realidad no es tan así. Sino, con quién son infieles? Con mujeres que viven en Venus, porque las del planeta Tierra son todas correctas?

Romina escuchaba a medias a su amiga. Sentía que estaba en otra frecuencia. Lo que Carolina decía aplicaba para una aventura, un amante. Pero no tenía nada que ver si se trataba de un verdadero amor prohibido, de esos que parten la cabeza. Ahí ya no había más especulaciones. Solo había una fractura interior que parecía no cerrar nunca.

-Estamos hablando de temas distintos, -dijo Romina en voz baja, aunque frenando en seco a su amiga. Carolina escuchaba con atención.

-Te acordás de Manuel?

-Tu novio de la facultad?, -arriesgó Carolina.

Romina asintió con la mirada perdida. Luego dijo:

-A él lo dejé por mi actual marido, de quien me enamoré mal cuando estábamos por recibirnos.

-Me acuerdo perfecto, -dijo Carolina. -Pero qué tiene que ver con esto?

-Todo…

Romina le contó a su amiga que cuando estaba de novia con Manuel y se enamoró de quien luego sería su marido, estuvo un año peleando la situación, hasta que se volvió intolerable. Entonces tomó la decisión de dejar a su novio sin mayores explicaciones. Ya había pasado un año con los desencuentros propios de la doble vida, así que tampoco era una decisión que nadie pudiera prever.

Sin embargo, siguiendo el manual de procedimientos de estos casos, Romina le ocultó que lo dejaba por otro. Tenía pánico de mirar a los ojos a su novio y contarle esa verdad cruel. A su vez, la sabiduría popular sostenía que no había que contar estas cosas, reforzando su postura.

Como parte de esos enigmas que la vida siempre plantea, el resignado novio le había dicho una sola cosa: -Solo te pido que no salgas con Emilio.

Romina se había quedado helada porque era justamente Emilio de quien ella estaba perdidamente enamorada. Como se habría dado cuenta su novio? Solo intuición? Atinó a balbucear que no podía decirle cómo seguir su vida. No podía tomar un compromiso que tenía la certeza que incumpliría.

Cuando dejó a Manuel, Romina intentó mantener su nuevo romance en la clandestinidad. Sin embargo a los pocos meses salió a la luz. Unas semanas más tarde la llamó su ex, y en una breve pero imborrable conversación, le dijo: -me cagaste; al final todos nuestros problemas eran porque estabas con otro.

Romina quedó estupefacta, y después de cortar el teléfono se quedó sentada en el sillón llorando un largo rato. De poco importaba que estuviera feliz con su nueva relación. Se sentía como el apóstol Pedro luego de que el gallo hubiera cantado tres veces. Era una traidora. Tardó años en procesar esa situación, la culpa de haber dejado a su novio por otro, la la doble vida y sobre todo, la mentira del final.

-Por eso, disociar aquella experiencia de este presente que vivo es imposible. No quería volver a vivir la situación de que un día me llame mi ex marido, y me diga que lo cagué. Prefiero decirle la verdad de entrada, yo misma.

Carolina escuchaba entre maravillada y atónita. Por un lado admiraba el coraje de su amiga. Por el otro, evaluaba las imprevisibles consecuencias que dispararía aquella verdad. Qué dosis de verdad eran capaces de tolerar las personas? Cuál era el límite entre una mentira piadosa, para ayudar a alguien a que el impacto fuera menor, permitiéndole recuperarse más rápido, y una mentira inaceptable, o más aún, una traición?

Pese a los esfuerzos que hicieron ambos, Romina y Emilio terminaron separándose. Él quedó muy dolido, así que durante largos años todo fue extremadamente difícil. A la dificultad estructural de cualquier separación, se le sumaba el golpe en su autoestima, y su resentimiento que parecía no sanar nunca.

Años después, ambas amigas tomaban un trago al atardecer. Romina se quejaba de la difícil interacción con su ex.

-Nada de esto hubiera pasado si no le contabas la verdad, -dijo Carolina.

Romina escuchó aquellas palabras contrariada. Sabían que eran ciertas. Sin embargo, tenía paz interior.

-A veces tenemos que elegir entre lo fácil y lo correcto. Seguro que lo que elegí no fue lo más conveniente. Pero Emilio y yo no nos merecíamos terminar así. Veinte años juntos, dos hijos, miles de cosas compartidas, no podían terminar con una mentira.

Carolina escuchaba con atención a su amiga que buscaba ponerle palabras a algo difícil.

-Seguramente mi vida hubiera sido más fácil. Pero no tendría paz. Podemos engañar a todos, pero no podemos escaparnos de nosotros mismos. Y a determinada edad, ciertas mentiras nos roban la vitalidad, mientras que la verdad siempre produce vida. Y yo elegí vivir, -concluyó.

 

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La vida no entra en nuestras ideas

A mis cuatro años un tío abuelo solterón me convenció de hacerme de Independiente. Aún cuando ni a mis padres ni a  mi hermano les interesaba el fútbol y nadie me llevaba a la cancha, me fui convirtiendo en fanático. Como en esos entonces el club era muy exitoso, yo festejaba seguido y vivía la pasión roja con alegría.

Mi familia paterna era de Avellaneda, pero no eran de Independiente, sino de su archirrival, Racing. Buscaban la forma de seducirme o sobornarme con tal que no fuera la oveja negra de la familia. Pero yo resistía estoico, y cuanto más me presionaban, más quería a Independiente.

Solo tenía una pequeña grieta por una secreta pasión que no me animaba a compartir con nadie: Boca. Percibir lo que ocurría en su cancha era una experiencia única. Sus hinchas gritaban como no lo hacía nadie. Efectivamente, Boca era un sentimiento.

Mi abuelo materno, aunque fuera un agnóstico del fútbol, me provocaba diciendo que yo tenía que hacerme de Boca. Un día, regresando en auto de una casa quinta que teníamos en Quilmes,  divisó un graffiti que le venía como anillo al dedo:

-Mirá ese paredón, -me dijo

“Me hice de Boca”, decía la pintada.

Aunque él lo había dicho en broma, yo sentí un cosquilleo interno, anhelando ser de ese club que era pura pasión y sentimiento. Sin embargo, no había margen para ser desleal.

Recién en mi adolescencia pude ir a ver a Independiente con amigos. Descubría esa religión que es ir a gritar, cantar e insultar con la impunidad que solo puede ofrecer el fútbol. Un rito de varias horas en el que nos sentíamos valientes, nos fundíamos en la masa, y desahogábamos frustraciones en errores que inevitablemente cometían los futbolistas.

Mucho tiempo después, cuando nació mi primer hijo, surgió el tema de qué club hacerlo. Como en nuestra sociedad machista esa es una potestad paterna, lo lógico era que fuera Independiente. Pero como la madre de mi hija era de Boca, me permití pensarlo.

En esos tiempos, Boca ganaba todos los campeonatos nacionales e internacionales, mientras que Independiente hacía años que declinaba en una caída que parecía no tener fin. Mi mujer puso el dedo en la llaga y me dijo:

-No les arruines la vida a los chicos; hacelos de un club que puedan festejar seguido. La vida tiene bastantes amarguras para que les sumes más.

Con visión estratégica y también dándole algo de lugar a aquella secreta pasión que sentía por ese club desde mi infancia, tomé la decisión de hacer a mi hija de Boca. Sin saberlo, mi vida estaba empezando a tomar otra dirección.

Mi segundo hijo fue varón y como el camino ya estaba jugado, lo hicimos de Boca. En este caso todo fue más fácil, a punto tal que le compré una remera azul y oro para ponerle apenas nació. Lo mismo pasó con el último, también varón.

Pese a que yo no vivía ninguna pasión por el fútbol, los chicos fueron volviéndose fanáticos de Boca. Qué será lo que dispara el proceso de una pasión?

Aunque hacía décadas que no iba a la cancha, me encontré yendo con ellos a ver a Boca. Cómo mi vida había venido a parar acá?

Me sentía un poco infiel y traidor, aunque por otra parte, estaba contento que mis hijos fueran hinchas de un club que era pura pasión y que encima, festejaba campeonatos seguido.

Cuando los varones eran un poco más grandes, surgió la pregunta incómoda:

-Pa, y por qué no te hacés de Boca y te dejás de joder con Independiente?

Esa inofensiva pregunta provocó un terremoto interior. Las ganas de compartir el sentimiento con mis hijos. Los recuerdos de aquella antigua pasión que había reprimido en la infancia.

“Me hice de Boca”.

Aquél graffiti que había visto con mi abuelo cuarenta años atrás, volvía una y otra vez.

Finalmente tomé la decisión de hacerme de Boca. Sentía un poco de culpa, pero ser de ese club me alegraba. Sin haberme dado cuenta, era lo que siempre había querido. Boca representaba un amor imposible, y la vida me estaba dando una nueva oportunidad, cuando yo estaba convencido que terminaría mis días siendo fiel y aplicado.

Sin embargo, nada es tan simple. La decisión que había tomado no borraba un montón de experiencias vividas durante años con Independiente. Alegrías, tristezas, emociones, no desaparecían por decreto.

Tenía que volver a ser de Independiente? Era como uno de esos hombres que se va de su casa por un amor apasionado, y que luego de hacerlo se entera del paraíso perdido que no valoraba mientras lo tenía?

Registré que mi vida no entraba en definiciones. En el fondo, era un poco de ambos clubes. Disfrutaba ser de Boca porque en el fondo era como finalmente poder estar con mi amor prohibido. Sin embargo, no podía ni quería borrar a Independiente. Era mi historia y mi identidad. Cómo y por qué desprenderme de eso?

Con el tiempo fue aprendiendo a ponerme cómodo entre contradicciones, percibiendo que sólo existían en las definiciones humanas. La realidad se expresaba como era y no tenía esos conflictos innecesarios que tenemos nosotros, los hombres.

Un día mi hijo más chico, al tanto de mi dualidad y doble vida, hizo la pregunta de jaque mate:

-Pa, y cuando Boca juega contra Independiente; quién querés que gane?

Aunque apretado por las circunstancias, traté de escuchar mi interior, y después de unos instantes le dije sin dudar:

-Boca.

Mi hijo sonrió aliviado. Mis ganas de compartir con ellos era mas fuerte que todo.

Ahora voy a la cancha con mis hijos una vez por mes. Siento gratitud con la vida por poder disfrutar ese programa. Pienso que la vida me regaló otra oportunidad para vivir un amor que creía imposible, que encima comparto con los seres que mas amo.

También sigo queriendo e hinchando por Independiente, que es parte de mi pasado pero también de mi presente.

Se puede ser hincha de dos clubes a la vez? Está mal?

Una vez más, comprendí que la vida nunca entra en los rígidos, arbitrarios y mutilantes parámetros de los hombres.

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siempre estoy a punto de perderme

Ese pensamiento la inquietó.

Carla había tenido una conversación encantadora con un hombre al que cruzaba en algunos eventos de trabajo, y quien le atraía mucho.

Con cuarenta y tres años y dos hijos, ya no se engañaba tanto a sí misma. Será que quiero saber si soy capaz de conquistar a una estrella como él?, -se preguntó.

Veinte años atrás se hubiera acercado a él, conversado, y hecho lo imposible por estar cerca y compartir momentos. Solo que concientemente hubiera negado todo. Aún el simple y poderoso hecho de que ese hombre le atraía.

Ahora en cambio, se hacía cargo de lo que sentía. Basta de tanta corrección.

Durante la improvisada conversación que tuvieron en el bar del evento de convenciones, hablaron de mil temas. Carla le ofreció contactarlo con otro amigo que podría interesarle. Después de intercambiar teléfonos y correos, tan pronto se separaron, ella se dispuso a copiarlos en un correo. Y ahí surgió el dilema.

Mientras escribía el correo presentándolos, pensó que tal vez podían cenar todos con sus parejas. Un encuentro enriquecedor, que de paso le daría una nueva oportunidad de estar con su amor platónico.

Pero si es mi amor platónico, para qué invitar a mi marido?, -se preguntó incómoda.

Su cabeza andaba a doscientos kilómetros por hora. Qué corazón humano no conocía esas contradicciones? Involucrar al marido para asegurarse no derrapar.

Pero para eso, no es mejor evitar la idea de la comida?

El tema es que me encantaría volver a estar con él, en un encuentro más privado como puede ser una comida de amigos, -se auto explicó. Y qué hago con mi marido?, volvía la pregunta incómoda.

Carla tenía un buen matrimonio, al igual que su Romeo. Décadas atrás una situación así la hubiera desestabilizado. El sueño de que el futuro fuera un paraíso. Con dos hijos y algunas canas, sabía que eso no existía. Y que aún la concreción de un posible amor así, tenía costos altísimos.

Estaba dispuesta a armar una vida con este rockstar? Se permitió pensarlo. Después de todo, a quién le hago mal dejando volar a mi mente?, -se dijo.

Tantos años tapando pensamientos desestabilizantes, que su vida había perdido toda vitalidad. El sólo hecho de mirar a los ojos a sus propios pecados capitales la angustiaba mucho. Como si negarlos volviera a la vida más segura.

Sin juzgarse, liberó a su imaginación. Me encanta este tipo. Si las cosas fluyeran, me gustaría tener una relación, y por qué no, acostarme…, -escupió su corazón con nitidez.

Dándole vueltas al asunto, se dio cuenta que armar una vida con otro hombre implicaba una separación y mucho dolor para las personas que más amaba. Incluyéndose.

Para qué aparecen esas ideas de un paraíso futuro, de una vida mejor, una vida de sueños?, -se preguntó. Para hacernos sentir frustrados?

Tuvo que volver a esforzarse en no limitar sus pensamientos. Por qué tenía tanto miedo a dejar volar su mente? Tan peligroso era salirse de los moldes en que había sido educada?

Rebelándose a esos mandatos registró que una pareja con este caballero no sería el paraíso. En el mejor de los casos podría ser una linda pareja. O tal vez pudieran desarrollar una relación de amistad, sin que eso implicara tener que casarse o estar juntos.

Los paraísos futuros no existen. Y el futuro no es construir una seguridad, sino la capacidad de caminar y desplegarse, profundizar y profundizarse, -concluyó.

Por qué nuestra mente es tan binaria y extremista?, -se lamentó. Y aunque elija no acostarme con él, si alguna vez ocurriera, tampoco es un drama. Los dramas son otra cosa. Aunque hagamos escándalos por estas cuestiones, no valen tanto, -se sinceró.

Releyó el mail que había escrito. No copió a su marido. Tampoco propuso sumarse al eventual encuentro entre amigos que estaba presentado.

Tranquila, apretó enviar.

 

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Contradicciones

“-Es que si no hay lugar para las contradicciones, la persona explota en mil pedazos…”, dijo el Maestro, seguro de sus palabras.

El discípulo sintió una bocanada de aire puro. Como si aquella idea viniera a legalizar infinidad de cosas que su corazón habían vivido durante décadas y que por ser incorrectas, estaban obligadas a permanecer en la clandestinidad.

Lo primero que vino a su mente fue un amor adolescente. Después de un par de años de una relación seria y estable, se había enamorado de otra chica. Como eso no era posible porque estaba mal, negó la situación durante un año. Después de ese lapso registró que no podía tapar el sol con la mano. Se separó en el acto, para habilitar y concretar la posibilidad de estar con su nuevo amor.

El problema de los problemas, es que cambian.

Un año después el asunto había quedado atrás, junto al corazón de su ex hecho trizas. Sin embargo, aparecían nuevos inconvenientes. Él quería acostarse con otras chicas, pero como eso también estaba mal, no tenía más remedio que reprimir.

Sin enterarse de lo que maquinaba su inconsciente, terminaba cortando su noviazgo para poder acostarse con libertad con otras mujeres. Claro que esa liberación duraba poco, porque después extrañaba a su novia. Entonces volvía a arreglarse. Los ciclos se repetían, y eran cada vez más cortos. Finalmente pudo registrar que el problema era otro. ¿Qué hacer con las contradicciones? ¿Cómo salir de ese esquema en donde las dos alternativas eran perdedoras?

Su maestro, leyendo sus pensamientos, le dijo:

“- Si una persona tiene que ser fiel porque su pareja le puso un cinturón de castidad indestructible, quedándose con la llave; ¿cómo termina la historia?”

“-Tratando de robarle la llave, o de romper el cinturón”, sugirió el discípulo con una sonrisa.

“-No”, lo corrigió el Maestro. “-Es algo mucho más simple, efectivo, y radical. Se separa. El hilo siempre se corta por lo más delgado, así que hay que aprender a tener la suficiente compasión para no llevar a las otras personas, ni a uno mismo, a callejones sin salida.”

El discípulo lo escuchaba casi maravillado por la sabiduría de aquellas palabras. Comenzaron a emerger muchas características contradictorias que se habían manifestado a lo largo de su vida.

Lo primero que observó fue que todas ellas habían estado tapadas y reprimidas, porque él no les había dado ningún lugar. Simplemente no  se podía ser contradictorio. Esa era una enfermedad de espíritus débiles y fracasados. Las personas geniales como él, no podían tener esos inconvenientes menores.

Después de reírse de su ignorancia y estupidez, pudo ver hasta qué punto había negado y tapado sus contradicciones. El hecho que hubiera tenido que cortar sucesivas veces para poder coger sin infringir ningún principio, era un buen ejemplo de su incapacidad de conciliar sus propios deseos contradictorios. Había sido una solución legal pero cortoplacista, ya que nunca había resuelto el tema de fondo. ¿Pero el tema de fondo tendría solución?

Pensó en sus vicisitudes con la comida y el sobrepeso. En ese rubro también había librado y perdido mil batallas. Todos los decretos que habían emanado de su mente, tarde o temprano habían chocado con la realidad.

¿Cómo no se había percatado que no era la primera persona ni mucho menos la única en querer disfrutar de la comida sin querer engordar? ¿O que abría la puerta de la heladera intentando calmar su angustia y ansiedad, consciente que esa conducta no solo no resolvería ningún problema sino que agregaría uno adicional?

Infinidad de imágenes y sentimientos lo atravesaban. Tantas apariencias construidas y mantenidas, mientras su ser se sentía cada vez más reducido y maniatado. Necesidad de mostrarse valiente sintiéndose muerto de miedo. Exhibirse duro e implacable, sabiéndose bueno y manso.

“-¿Qué se hace con las contradicciones?”, preguntó como si intentara cortar la catarata de emociones que emergían después de décadas de represión.

“-En primer lugar, enterarse que somos seres contradictorios, cambiantes, arbitrarios, volubles, imperfectos, humanos. Bien humanos”, dijo el Maestro con ternura.

“-¿Pero eso no es obvio?”

“-Para nada. Diría más bien lo contrario. Si bien son palabras que repetimos con frecuencia, no las vivimos. Juzgamos a los demás por las mismas cosas que somos incapaces de reconocer en nosotros mismos”, dijo el Maestro.

“-Pero yo no me siento un criminal, ni un ladrón, ni un violador”, dijo el discípulo con cierta irritación.

“-Llevar el planteo a los extremos es la mejor forma de seguir negando nuestras propias zonas oscuras. No se trata de corroborar que somos más buenos que Hitler o Stalin, porque ese razonamiento binario nos deja en un lugar en el que cual nunca seremos capaces de ver nuestras miserias, contradicciones, abismos.”

“-¿Yo tengo abismos?”, preguntó el discípulo sin darse por aludido.

Ante el silencio elocuente de su Maestro, optó por darse por enterado y preguntó:

“-¿Y de qué se trata entonces?”

“-De no compararse, y solo poder verse a sí mismo. Verse tal cual uno es, sin juzgar. Porque es imposible reconocer en nosotros lo que condenamos en terceros”, dijo el Maestro con suavidad.

“-¿Qué hacés cuando vas a ver un médico y le contás tu problema con el cigarrillo, o con la comida, y él se enoja y te reta?”, preguntó el sabio.

“-Probablemente no vuelva más”, contestó el discípulo.

“-¿Aún cuando el médico tuviera razón?”, insistió el Maestro con agudeza.

“-Lo que pasa es que si el doctor no puede comprender mi impotencia, mi debilidad, tampoco vamos a poder avanzar”, expresó el discípulo dubitativo.

“-O sea que buscás un cómplice, que te ayude en tu camino de autodestrucción con el cigarrillo, el alcohol, la comida, o lo que sea”, provocó el Maestro.

El discípulo permanecía callado, plenamente consciente del lugar al que lo estaban llevando.

“-Es que tal vez no tenga otra alternativa, y no sea capaz de dejar el cigarrillo, el alcohol, o lo que sea. No sería el primero ni el último que no puede evitar auto destruirse”, dijo el discípulo enfrentando la discusión.

“-Por supuesto”, acordó el Maestro. “-Y en caso que fuera así, ¿qué médico te gustaría tener?”

“-Uno que al menos me comprenda”, fue la inmediata respuesta del discípulo.

“-¿Aun cuando no fuera capaz de ayudarte a dejar atrás tus adicciones?”, preguntó el Maestro.

El discípulo se quedó pensando. El viejo dilema humano de discernir hasta cuándo se podía seguir peleando, y en qué momento era imprescindible aceptar la realidad.

“-Sinceramente no lo sé”, contestó.

“-Es una respuesta honesta”, dijo el Maestro. “-La pregunta inevitable es por qué nos tratamos a nosotros mismos en forma tan distinta de la de ese médico que nos gustaría tener…”

Ante el silencio incómodo del discípulo, continuó. “-A mi modo de ver, es bien claro que no vamos a mejorar por la fuerza, la violencia, la presión. Si algún cambio es posible, va a ser desde la comprensión y no desde el rechazo a uno mismo. En donde comprender no significa ser cómplice, sino poder ver los propios errores, las propias limitaciones, con mucha delicadeza. La descalificación y la exigencia –propias o de terceros-, nunca nos llevarán a buen puerto.”

“-Pero es difícil encontrar ese punto medio, ¿no?”, soltó el discípulo.

“-De eso se trata la vida”, contestó el Maestro. “-Entender que no tenemos que dominar, ni mucho menos pretender erradicar nuestros miedos, sensibilidades, inseguridades y contradicciones. Una vez leí a un monje benedictino que decía que al tener piedad con uno mismo, ocurre una explosión de libertad interior. Y es una gran verdad.”

El discípulo estaba conmovido. “Piedad con uno mismo”, le resultaban palabras tan increíbles como lejanas de su realidad. Eran un bálsamo para su castigada alma.

“-Los que no aceptan sus defectos y áreas oscuras y pretenden desterrarlas terminan convirtiéndose en seres monstruosos, o en personas secas, sin vida. Solo asumiendo nuestras contradicciones podremos no solo crecer, sino vivir”, cerró el Maestro.

Artículo de Juan Tonelli: Contradicciones.

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