Aprendizaje

Aprendizaje, Ideas equivocadas, Madurez

toda realidad ignorada urde su propia venganza

-Mi primer matrimonio no era tan malo, -dijo Claudio con una mueca.

-Muchas personas necesitan divorciarse tres veces para enterarse de algo que podría ser obvio. Pero así son los tiempos de los hombres, así es la condición humana, -suavizó el terapeuta.

Claudio se quedó pensando. Había recorrido un camino parecido a tantos. Se había casado joven, lleno de energía e idealismo. Fueron solo cuatro años de matrimonio que se hicieron añicos a sus veintiséis, cuando se enamoró de una compañera de trabajo. La peleó, pero no hubo caso.

Del golpe aprendió bastante poco, como toda verdad que se niega. Se había enamorado perdidamente de una mujer que cumplía con todos los requisitos con los que su madre lo había programado en forma meticulosa durante dos décadas. Cómo resistir semejante fuerza?

Después de rechazar la debilidad moral de enamorarse de alguien estando casado, e ignorando la fuerza arrolladora de la programación materna, Claudio no tuvo más remedio que entregarse a la tentación. La vida era mucho más colorida con este amor. Claro que a su madre la nueva nuera tampoco le gustaba, pero ese detalle ingresaba en el campo de la psicoterapia.

El romance anduvo bien un tiempo, hasta que se pasó la borrachera del enamoramiento. Ahí irrumpió la realidad y Claudio se dio cuenta que su vida no se había vuelto mágica por la sola existencia de su enamorada. Peor aún, tuvo esa típica sensación humana de preguntarse para qué se había separado; después de tanto cambio y pelea se sentía en un lugar muy similar al previo a iniciar la gesta revolucionaria.

Obviamente los mecanismos de negación funcionaban a pleno, certificándole que no podía comparar la conexión que tenía ahora con la de su pareja previa. Tal vez fuera cierto, como también lo era que después del dolor de el divorcio él tampoco era el mismo.

Para peor, le cayó la ficha de que la elección de nueva compañera estaba influenciada en forma decisiva por los deseos de su madre, hecho que lo fastidiaba. Así y todo pudo reconciliarse con la realidad y seguir adelante.

Este segundo matrimonio fue muy bueno también aunque Claudio no hubiera aprendido mucho de su divorcio. Nunca se había hecho cargo de que había dejado una mujer por otra, porque su alto estándar moral no se lo permitía. Así las cosas, solo quedaba negar y negar, tal como indica el manual del comportamiento humano.

Algunos visos de conciencia tenía porque temiendo que su nueva mujer o él pudieran enamorarse de otro, pretendía que siguieran trabajando juntos. Así no dejaban cabos sueltos y nadie estaba expuesto durante tantas horas diarias a que el diablo metiera la cola. Como si la vida se detuviera frente a estas consideraciones. Como si la realidad fuera contemplativa y misericordiosa frente a las cautelas de los seres humanos.

El matrimonio anduvo bien, tuvieron dos hijos y todo parecía ir sobre rieles hasta que llegó la crisis de los cuarenta. Claudio se volvió a enamorar de otra mujer y el mundo se vino abajo. Cómo era posible que la vida hiciera estas cosas? Por qué siempre le pasaban justo a él? Los demás no parecían tener estos problemas.

Las situaciones que las personas niegan, sean errores o no, suelen repetirse. Como si la vida insistiera en que los hombres aprendieran algo de ciertas experiencias, rehusándose a aprobarlas antes de que los alumnos hayan aprendido la lección.

Pese a pelear con todas sus fuerzas, Claudio no pudo evitar divorciarse por segunda vez. Cupido le había clavado su flecha y tan pronto el veneno tomó contacto con su torrente sanguíneo, todo su mundo se derrumbó. De nada importaban los quince años de pareja, los hijos, la casa de fin de semana, la romántica idea de envejecer juntos.

Esta vez el proceso tomó largos años. No era lo mismo divorciarse a los veintiséis que a los cuarenta, con hijos y mil ligazones. Gracias a un esfuerzo titánico, Claudio pudo ensamblar familias y reconstruir su vida y la foto de la felicidad. Muchas veces se preguntaba si hacía sentido semejante revolución, por qué no sería más tolerante.

Diez años más tarde, sentía que estaba parado en el mismo lugar. Como si la vida fuera una noria en la que después de un tiempo todo retorna a un mismo punto. A sus cincuenta y pocos, ya no tenía ganas de separarse nuevamente. No tenía el menor interés de volver a tener hijos, ni mucho menos ensamblar familias o seducir a la nueva familia política. No más.

-Pareciera que no soporta más a su esposa, -le espetó el terapeuta.

Claudio estaba como uno de esos boxeadores a los que golpearon tanto que ya ni atinan a defenderse o esquivar nuevos golpes.

-Y qué voy a hacer? Separarme de nuevo?, -se preguntó a sí mismo en voz alta. -Ya sabemos que la magia se pasa, y lo único que quedan son los problemas. Pareciera una maldición. Uno que no querría ver al otro nunca más, y resulta que quedamos enganchados de por vida.

-Tal vez el problema sea su intolerancia.

-Es probable; pero qué puedo hacer? Aguantar lo que soy incapaz de metabolizar? Cada vez nos envenenamos más los dos. Como un cuerpo que no puede procesar los alimentos. Si opta por no comer, se muere. Y si ingiere algo, se intoxica porque no puede metabolizar nada.

-Esta vez al menos no se enamoró de otra persona… Igual, creo que el planteo no debiera ser elegir entre seguir o separarse, sino entender qué le pasó, qué le pasa, y que tareas tendría que hacer antes de decidir…, -agregó el analista.

Claudio sabía de qué le estaban hablando. Sin embargo, una pregunta le corroía el alma: estás seguro que es posible estar en paz estando en pareja? O la única alternativa para estar tranquilo es estar solo?

Había sido un testigo privilegiado de que envejecer juntos podía ser muy negativo. Sus abuelos y padres habían estado juntos toda la vida y la vejez de todos había sido muy dolorosa porque a las dificultades de salud se le sumaba la mala relación sentimental que se arrastraba de años. De dónde había salido que eso era bueno, o menos malo que estar solo? Por otra parte; uno iba a seguir veinte años mas con la misma persona solo para que cuando necesitara que alguien le trajera la chata o los remedios no lo hiciera una empleada ? No parecía una razón muy inspiradora.

-No sé ni para dónde correr, -balbuceó. -Es difícil aceptar que uno recorrió un camino larguísimo para terminar comprendiendo que en el punto de partida estaba bastante bien…

-Es el cuento de las mil y una noches: alguien recorre el mundo entero en busca de un tesoro que al final estaba enterrado en el jardín de su casa, -reflexionó el terapeuta. -Pero el tesoro nunca es encontrar la pareja correcta, -continuó. Lo valioso es el camino, haberse puesto en marcha, recorrerlo. Usted no es el mismo que empezó su recorrido treinta años atrás. Como todas las personas, fue transformado por el viaje. Y seguirá mutando en función de las cosas que decida y le toquen atravesar en el camino.

Claudio permanecía en silencio. Él que había soñado una vida exitosa y enamorado de por vida, se encontraba en medio de esta telaraña.

-Lo que usted debe decidir en este momento de su vida no es si debe separarse o seguir casado. Lo que tiene que decidir es si aprender o no, -disparó el terapeuta.

-Y qué es lo que tendría que aprender, -preguntó Claudio desafiante.

-Si quiere relacionarse con la realidad o si quiere seguir buscando un mundo de fantasía. Cuanto más elija vincularse con la realidad, por más dura que ésta sea, menos sufrirá. Cuantos más espejismos persiga, mayor será el dolor. Y ojo que no lo estoy conminando a seguir casado; simplemente a que vea la realidad como es. Vea la realidad tal cual es, y después haga lo que quiera, -remató el terapeuta.

-Ama y haz lo que quieras, diría San Agustín…

-Algo así.

 

 

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Aprendizaje, Ideas equivocadas, infelicidad, sentido

una cosa es hablar de la muerte y otra distinta es morirse

-El pronóstico es malo.

Javier percibió con claridad que pese al esfuerzo del médico de edulcorar la situación, sus días estaban contados.

-Cuánto tiempo me queda?, -preguntó a quemarropa.

Sorprendido, el doctor continuó moderando sus respuestas.

-Uno, dos años…

Su tono transmitía que el tiempo real era mucho menor. Seis meses? Tres? Y cuánto de ese tiempo sería con una calidad de vida razonable, antes del desbarranco final?, se preguntó Javier.

Qué vida inútil, pensó. Todo el tiempo corriendo atrás de espejismos, para que a los cincuenta años y sin previo aviso, se termine el partido. Qué absurdo todo, se lamentó para sus adentros.

Inmediatamente apareció el recuerdo de sus hijos. Dos adolescentes a los que adoraba, y a quienes había prestado muy poca atención, por estar siempre trabajando. Cuántas veces lo habían invitado a jugar, y él les contestaba que esperaran un ratito mientras terminaba lo que estaba haciendo. Como era obvio, ese momento nunca llegaba.

Los chicos aprendieron que con el papá no se podía jugar. No era que ellos estaban en un mundo de fantasía; era él quien en estaba en un mundo de tensiones y seriedad. Y aunque ellos no lo supieran, más fantasioso. Ese solía ser el universo de los adultos. Las fantasías en los niños producían alegría; en los adultos, frustración.

Se emocionó al pensar en todos los besos que no les había dado cuando tenían tres o cinco años. Se le humedecieron los ojos al tomar conciencia de todos los abrazos no dados. Se había pasado la vida librando batallas en pos de objetivos que ahora se revelaban vacíos.

En una caída libre que parecía no tener fin, sintió melancolía al no haber seguido con su ex mujer. Por qué nos separamos si los dos éramos buenas personas, y no tan distintos el uno del otro?, -se lamentó. Por qué la vida puede ser tan cruel y sin sentido?

Con lágrimas en los ojos sintió la impotencia por no haberle dado a sus hijos una familia unida; la presencia de dos padres amorosos que se llevan razonablemente bien. Sería mucho pedir?

Vino a su mente su hija menor, quien no tenía recuerdos de sus padres juntos, ya que se habían separado cuando tenía un año. Tres años más tarde y al descubrir que su padre era una buena persona, con apenas cuatro años había tenido una idea excepcional:

-Papi, quiero que te pongas de novio con mamá, -le pidió, pensando que ellos nunca habían estado juntos.

Javier casi se muere de un infarto en ese entonces, y ahora también al recordar la situación. Nada más desgarrador que frustrar a un hijo cuando hace un pedido tierno y razonable.

Se dio cuenta que en estos instantes cruciales, no tenía un solo pensamiento referido a sus proyectos, que lo habían capturado en cuerpo y en alma. Cómo era posible?

Tomó conciencia que en la hora de la verdad solo importaban los vínculos. Los besos y abrazos que había dado, las conversaciones a corazón abierto que había tenido con sus hijos, algunos pocos familiares y amigos, y lo que había ayudado.

Era posible que se hubiera pasado la vida equivocado? Dónde había surgido semejante malentendido?

Tanto guerrear con su ex en pos de nada. Sintió ganas de pedirle perdón y abrazarla.

Recordó a las personas que había traicionado. La razón había sido siempre la misma: lograr sus objetivos, con un egoísmo que le impedía ver a quien tenía enfrente. Como si el premio por lograr superara al de conectar y encontrarse con otra alma.

El médico lo miraba compasivo, percibiendo el encuentro del paciente con su propio dolor.

-Esto es todo?, -preguntó Javier.

-Por hoy le diría que sí. En una semana definimos los pasos a seguir.

-No; -lo cortó Javier con una triste sonrisa. -Le preguntaba si esto era todo lo que la vida tenía para ofrecer.

Mientras el médico permanecía en un respetuoso silencio, Javier supo que la vida ofrecía mucho más, pero que los hombres solían ignorarlo.

-Por qué no me habré dado cuenta de esto, no digo a mis veinte, pero al menos a mis cuarenta años?

-No sé si le servirá de consuelo, pero por lo que me toca ver en este consultorio, los seres humanos aprendemos a vivir recién cuando nos estamos por morir, -dijo el médico con voz suave.

El paciente lo miró pensativo. Después de un largo silencio, le dijo:

-Entonces hágame un favor; deje su consultorio e invierta el tiempo de vida que le quede en contarle esto a las personas sanas.

-Lo he pensado muchas veces, -contestó el profesional mirando al piso. –Pero sé que no va a servir de mucho.

-Entiendo…

Después de unos instantes, Javier se paró para irse. –Me voy. Es la primera vez en mi vida, que realmente no tengo tiempo que perder.

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Aprendizaje, Madurez, simplicidad

cada pareja, un mundo

-Cómo llegaste a semejante modelo de convivencia?, -preguntó Luis casi con admiración.

-Mucho prueba y error. No hay otra forma. Y la paz, claro. La paz es el camino, porque la angustia nos empuja a corrernos de lugares que nos hacen mal.

El matrimonio de Daniel tenía como todos, sus altos y bajos. No era fácil estar casado, criar hijos, soportar las tensiones y problemas del trabajo, vivir el celibato matrimonial, y estar bien con la pareja.

Cuando la desesperación sexual de los primeros meses de toda pareja iba menguando, toda la vida volvía a la normalidad. Los tiempos en donde el otro iluminaba la existencia de su enamorado, cedía paso a algo más tranquilo, simplemente lindo. Atrás quedaban esas trasnoches de mirarse con ojos grandes de búho, hipnotizados, con las frentes a cinco centímetros de distancia.

Años de por medio venían los hijos y otros proyectos, y la prioridad que tenía la pareja, seguía perdiendo posiciones. Pese a los juramentos hechos en las noches de lujuria, la realidad seguía erosionando el matrimonio como a una casa frente al mar.

Y el cuento de que la pareja era como una planta a la que había que regar todos los días era una consigna de la que nadie se quería hacer cargo. Igual que con las plantas. Que las riegue Dios o sobrevivan como puedan. Y sino, a otra cosa. Darwinismo puro, la supervivencia del más apto.

Quién quería ser jardinero de su propio matrimonio? A dónde había surgido semejante malentendido? Uno arrancaba cogiendo con desesperación, fascinado con el otro, y tenía que terminar como jardinero? Nadie compraba ese programa en los inicios. A lo sumo, lo aceptaba en forma romántica bajo los efectos narcóticos del enamoramiento y los orgasmos.

Con semejante recorrido era inevitable que toda pareja a los diez o quince años de estar juntos se preguntara cómo era posible que hubiera venido a parar a ese lugar. Para entonces, los hijos tenían 8 y 5 años, había que pagar casa y deudas, así que a callarse y seguir empujando.

Ante la imposibilidad de expresar nada, sentirse un burro de carga, y tener que seguir en ese túnel sin luz a la vista, no era raro que aparecieran amantes, adicciones, amores furibundos, hobbies intensos o todo tipo de mecanismos de fuga que permitieran aligerar un poco la vida.

La necesidad desesperada de aferrarse a algo que generara la sensación de que uno estaba vivo. De que pasaba algo en la vida.

-Mi matrimonio se fue convirtiendo en un infierno, -dijo Daniel. -Llegó un punto en que no teníamos más remedio que separarnos. Había que elegir entre seguir matándonos todos los días o tener paz. Cuando el infierno entre nosotros fue lo suficientemente grande, pudimos superar la angustia y el miedo, y separarnos.

Como la vida no es redonda, la separación tampoco era la panacea. Más allá de los costos duplicados, los trastornos logísticos al tener dos hijos chicos, superados unos pocos meses que sirvieron para descomprimir el maltrato recíproco de los últimos años de convivencia, tanto Daniel como su ex empezaron a considerar arreglarse. “Después de todo, el otro no es tan malo”, se decían a sí mismos.

El reencuentro tampoco funcionó. Y esta vez no duró diez años sino pocas semanas. A los tres días de volver al modelo de la familia unida, tanto él como su mujer supieron que eso no iba a funcionar. La familia Ingalls no era para ellos. Qué hacer? La vida, y esa costumbre de mandar a las personas por caminos inexplorados sin contar con mapas ni brújulas.

Jugado por jugado, Daniel hizo una propuesta audaz: compartirían el hogar de viernes a lunes, y él viviría en el departamento de separado las tres noches entre semana. Tenía una justificación lógica, dado que la casa familiar estaba en las afueras de la ciudad, y el departamento estaba en el centro, a pocos minutos de su trabajo. Igual, era más fácil de decir que de hacer. Los condicionamientos culturales, las tradiciones y los prejucios tornaban todo difícil. Abriéndose paso entre el miedo, las contradicciones y la angustia, decidieron probar.

El esquema no era perfecto, pero ambos sintieron que tampoco estaba tan mal. Instintivamente y sin proponérselo lo fueron ajustando a un esquema en donde Daniel pasaba de lunes a viernes en el departamento del centro, y volvía a la casa familiar los fines de semana. También los miércoles los chicos se quedaban a dormir con él para no pasar muchos días sin verse.

-Tu modelo es buenísimo, -dijo Luis con cierta envidia. -Y ahora cómo lo viven?

Daniel sonrió, dejando entrever que la vida era ese misterio difícil de explicar, para el cual nadie tiene respuestas.

-La verdad es que los jueves ya extraño a mi mujer, así que estoy contento que venga el fin de semana para estar todos juntos, -dijo.

Luis lo escuchó algo contrariado, porque eso de extrañarse parecía no condecirse con que vivieran mayormente separados.

-Pero los domingos a la tardecita ya tengo sobredosis de pareja y vida familiar, así que me pongo contento que empiece la semana, poder volver a mi departamento y estar tranquilo, -completó riéndose.

Las contradicciones humanas en todo su esplendor.

-Y tu mujer?, -preguntó Luis.

-Mi mujer? Está bárbara. Si hoy le dijera que quiero volver a casa y estar todos los días juntos no acepta ni de casualidad.

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Aprendizaje, crisis, Exigencia, Ideas equivocadas, Sin categoría

de padres e hijos

La crisis del adolescente iba mutando. Julián solo daba explicaciones difusas de lo que sentía. Los padres lo contuvieron los primeros días, pero después entraron en crisis como su hijo. Qué se hacía en estos casos? Los manuales no servían para estas situaciones, como tampoco servía la teoría ni experiencias anteriores. La característica de las crisis era justamente esa: los parámetros normales, las herramientas habituales no funcionaban. Había que abrirse paso en la jungla espesa.

El inicial ataque de pánico del joven fue migrando en tristeza. -Qué le pasa?, se preguntaban los padres, a quienes la situación los interpelaba profundamente. Como miembros de una sociedad moderna, no podían tolerar la tristeza.

Cualquier persona que pierde un familiar en la actualidad, recibe todo el acompañamiento y solidaridad de su entorno, incluyendo el laboral. Pero a las dos semanas o al mes, todos dan por sentado que esa persona tiene que estar bien, como si no hubiera pasado nada. Ya nadie lo contempla, y tácita o explícitamente le exigen que esté bien.

-Todavía seguís caído?, es la pregunta habitual.

Ante el silencio o la duda confirmatoria de la persona que está triste, con mayor o menor sutileza le disparan:

-Por que no vas a ver a un médico, así te da alguna pastilla?

Y las personas que sufrieron una pérdida no quieren un antidepresivo. Quieren recuperar a su pareja, o al familiar muerto, o reponer la situación que tenían antes. Como no es posible, necesitan recorrer el largo camino del duelo. Pero nadie parece dispuesto a esperar; hay que estar bien ya.

La crisis del joven desafiaba los límites de los padres. Después de varios días de que Julián les contestara que se sentía tres o cuatro puntos, tuvieron que asumir dos cosas importantes. En primer lugar, que era mejor no preguntarle más como se sentía, para que no se sintiera presionado en recuperarse. Por otra parte, empezaba a quedar claro que la situación no se iba a resolver con rapidez, y que habría que convivir con ella un buen tiempo.

El chico parecía mejorar y todos respiraban aliviados, pero luego caía y el desconcierto y el miedo de los padres, solo agravaba las cosas. Hasta cuándo va a querer seguir faltando al colegio? Y si se queda libre? Y si pierde el año? Tendrá un futuro sombrío?

La cabeza de los progenitores se disparaba y el miedo de ambos hacía estragos. -Nosotros no tuvimos ningún lugar para expresar nuestras crisis y tan mal no nos fue, -decía con alguna razón el padre.

La madre, en cambio, era más receptiva. Intuía que forzar a su hijo para que fuera a clase tampoco era la solución. Después de todo, como decía Herman Hesse, “en el colegio solo aprendí latín y mentiras.”

-La crisis de Julián los pone a prueba a ustedes, -dijo el terapeuta poniendo el dedo en la llaga.

Ambos padres se hacían cargo de sus errores del pasado. Demasiado trabajo y ausencias familiares; más rigor y exigencia de los que un niño toleraba; nulo espacio para que Julián y sus hermanos expresaran los problemas que sentían. Tácitamente, debían adaptarse y no generar inconvenientes, ya que toda la capacidad de cargar problemas de cada uno de los padres estaba saturada por sus propias vidas. No había lugar ni para un alfiler más, aunque se tratara de sus amados hijos.

-Qué se supone que debemos hacer?, -preguntó el padre con cierta impaciencia.

-Para empezar, dejar de exigir que su hijo esté bien. No lo está, y no lo va a estar durante un tiempo. Ni siquiera sabemos cuánto;  pero la presión solo empeora las cosas, -dijo el terapeuta en palabras que retumbaron como un trueno.

Los padres sentían miedo. Cómo explicarle al señor terapeuta que temían que su hijo terminara en una vida fallida? Una de esas almas a los que los padres tienen que asistir hasta que se mueren, porque son incapaces de pararse?

Para peor, con un hijo en crisis, toda la familia entraba en crisis. El hermano menor sentía celos; “-Cómo es el asunto, ma? Me hago el triste y también puedo faltar una semana?”, protestaba.

El mayor en cambio, repetía la historia de siempre: sobre adaptarse, y no generar problemas. Problemas eran los que tenían su papá, su mamá, su hermano; él no podía tener inconvenientes. Lo que sentía, debían ser asuntos menores. Sentimiento ideal para postergarse a sí mismo y terminar explotando por los aires cuando no pudiera más.

-Lo más importante de todo, es que no se asusten. Él tiene el corazón lleno de preguntas. Si cuando se acerca a ustedes, percibe que están muertos de miedo, se cerrará y seguirá como pueda. Si en cambio siente que están serenos, que aunque no tengan respuestas están abiertos a recorrer el camino a su lado, sana. Y de paso, sanan ustedes, -completó guiñándoles un ojo.

Ambos sabían de qué les estaba hablando. Toda una vida exigidos. Aún convencidos de ser mejores que sus respectivos padres, repetían sus historias. Eran padres presentes y comprensivos hasta que el partido se ponía complicado. Ahí el miedo los invadía y la rigidez los obligaba a aferrarse a las históricas directrices: voluntad, esfuerzo, sobreponerse, y todas estupideces que las personas repiten generacionalmente. Como si uno se pudiera salvar a sí mismo.

Qué persona que orille la mitad de la vida y sea honesta consigo misma no ha experimentado que en las crisis más importantes de su propia vida no pudo hacer mucho, y que fue la vida misma la que lo rescató?

El padre se quedó pensando en las palabras del terapeuta. “No se asusten.” “Y de paso, sanan ustedes.” Qué tendría que sanar él?

Pocos días después conversaba con Julián en la confitería predilecta de su hijo. Lo había llevado ahí para distraerlo, porque lo veía muy caído. Después de hablar un rato, el padre decidió correr algunos riesgos.

-Julián, a mi no me interesa el colegio. Me interesás vos. Podés seguir en éste, o cambiarte. Dar libre o dejar, si eso fuera necesario. Lo único que no quiero es que te entregues porque se te presentan dificultades. Hay que enfrentarlas y atravesarlas. Y después, decidir en libertad.

-Quiero faltar mañana, -balbuceó el chico.

-Y qué pensás que se va a resolver faltando?, -acicateó el padre con ternura.

-No lo sé, pero al menos me quito un poco de presión.

Siguieron conversando un buen rato y finalmente el padre accedió a que faltara, solo acordando que los días siguientes debería ir al colegio, no para cumplir las reglas, sino porque no enfrentar los problemas solo los agravaba.

Llamó a su esposa para contarle y cerrar filas.

-Estuve conversando un buen rato con Juli, y no va a ir mañana al cole.

-Por qué?, -preguntó la madre con cierta angustia.

El marido le explicó toda la conversación y el acuerdo al que habían llegado:

-Estoy convencido que nuestro hijo necesita cuatro cosas: sentir que puede estar en crisis, que hay espacio para expresarla y vivirla; sentir que puede hablar y que es escuchado; sentir que es comprendido; y sentir que es apoyado. En el fondo, nada distinto de lo que necesitamos nosotros…

En ese momento y como había pronosticado el terapeuta, además de Julián, ambos padres empezaron a sanar sus propias historias.

 

 

 

 

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Aprendizaje, Culpa, dolor

mirar el dolor a los ojos

De casualidad se encontró con su madre por la calle. Como se dirigían a la misma zona, caminaron juntos. El diálogo era todo lo razonable que podía ser para ese vínculo tan complejo.

La madre de José era una de esas personas sobreexigidas e insatisfechas crónicas. Esas características habían hecho estragos en sus hijos, provocando que él se mantuviera a una distancia prudencial de su toxicidad.

Después de caminar unas cuadras, cruzaron por la imponente facultad de medicina. Aunque había pasado frente a ella infinidad de ocasiones, José la observó con un detenimiento especial. Ahí estaban las imponentes columnas jónicas, recreando al Partenón.

En las escalinatas divisó varios bustos. Se trataba de los padres de la medicina. Sacando a Galeno, José no reconocía a ninguno, por lo que optó por preguntarle a su madre.

Ella tampoco reconoció a ninguno, salvo al último, al que identificó como Hipócrates, padre de la medicina moderna.

-De cuándo es?

-Ni idea, -dijo ella como si se tratara de un asunto del que nunca escuchó hablar.

Percibiendo el desprecio por el tema, José decidió hacerle una pregunta incómoda.

-Algunas vez te interesó la medicina?

-Nunca, -fue la contundente respuesta de madre.

Aquella palabra sonó como la bomba atómica. El silencio se apoderó de ambos y por un rato, no pudieron emitir ni un monosílabo. Cayendo en la cuenta de lo que había dicho, y sobre todo, lo que había transmitido en forma implícita, ella ensayó una respuesta tendiente a justificar su vida.

-Pero fue bueno, porque gracias a esa profesión pude mandarlos al mejor colegio, viajar por el mundo, tener una muy buena calidad de vida.

José permanecía en silencio, tratando de procesar aquél “nunca”, que parecía imposible de digerir. Acaso tener una buena calidad de vida era excluyente de dedicarse toda la vida algo que no le interesaba? Y en el caso que así lo fuera; valdría la pena? O sería mejor que los hijos tuvieran menos cosas pero percibieran una madre más contenta consigo misma, más integrada?

Su hijo pudo percibir el enorme dolor que ella tenía. Cómo podría ser de otra forma si se había pasado la vida entera haciendo algo que no le gustaba? Para peor, ya no tenía remedio, porque estaba próxima a cumplir setenta y hacía pocos años que se había jubilado. Cómo arreglar un pasado que ya se había terminado? En realidad, todo pasado, por definición, estaba terminado.

Como pudo, intentó ayudar a su madre a confrontar con aquél dolor. Sin embargo, ella no podía tolerarlo. Quién puede aceptar que desperdició su vida? Ella continuaba dando una explicación tras otra, en un vano intento de tener una razón que su agria cara, esculpida durante años de frustración, no transmitía.

José pensó en lo liberador que era decir: “me equivoqué”. Aunque aquellas dos palabras rara vez fueran enunciadas por un ser humano.

-Ma, si pudieras asumir que estudiar y ejercer más de cuarenta años una profesión que no te interesaba en lo más mínimo, fue un error, podrías empezar a sanar…

Ella acusó el golpe, pero al sentir que la precaria estructura en la que sostenía su vida podía derrumbarse, se defendió con un acto reflejo.

-Y de qué me serviría si no puedo cambiar nada?

-Depende…,-dijo José. -Seguramente no puedas modificar tu pasado, pero podrías empezar a drenar todo ese dolor que tenés adentro. Hace cincuenta años que puja por salir y no puede…

-Y qué ganaría con eso?, -preguntó ella, con la misma porosidad que el vidrio.

-Tener paz, mamá. Dejar atrás el dolor para poder tener paz. Nada menos.

Aquellas palabras resultaban inspiradoras; quién no quería tener paz, en especial a partir de la segunda mitad de la vida? Si la felicidad existía, se le parecía mucho. Pero cómo hacer para mandar a pérdida cincuenta años de vida? Quién lo toleraba?

La mujer se quedó pensando. Aunque tener paz fuera algo muy importante; valdría el costo de tirar por la borda todos los mejores años de su vida?

Si bien ambos permanecían en silencio mientras caminaban, José intuía lo qué ella experimentaría en su corazón. Pensando en cómo ayudarla, le dijo:

-Un cuento oriental dice que un señor caminaba descalzo por la playa de noche.  Pisó una bolsa, la recogió, y al revisarla a la tenue luz de la luna vio que estaba llena de pequeñas piedras. Algún chico las habría juntado. Caminó un rato más sentándose luego a metros de la orilla y empezó a tirarlas al mar, una a una. Fue amaneciendo mientras él seguía arrojándo piedras y mirando el amanecer. Para cuando ya era de día y ante la dificultad de agarrar las pocas que quedaban, abrió bien la bolsa. Con horror observó que se trataba de diamantes. Desesperado corrió a la orilla para recuperarlos. Resultaba imposible: la rompiente y la arena eran una tumba perfecta. Desolado, volvió a buscar la bolsa. Se maldijo por haber tirado los diamantes, uno a uno durante tanto tiempo, sin saber que eran piedras preciosas. Cuando pudo parar de llorar y recobrar la paz, volvió a mirar el interior de la bolsa. Todavía quedaban unos cuantos. Y él estaba preparado para aprovecharlos.

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