Ansiedad

Ansiedad, Aprendizaje, Exigencia, Ideas equivocadas

No empujes el río, fluye por sí solo

-Ayer recibí una lección de vida.

-Cómo fue?

-Hace años que nado, y creo hacerlo bastante bien. Meses atrás vino un profesor nuevo al club, y tomar unas clases. Finalmente accedí y resultó sumamente enriquecedor.

-Por qué?

-Básicamente, porque las observaciones que él le hizo a mi técnica, aplican a mi persona. Los buenos profesores de todas las disciplinas artísticas y deportivas que he aprendido, me han hecho correcciones que siempre son las mismas. Evidentemente, arrastro las mismas dificultades y limitaciones a todas las cosas que hago…

-Y cómo podía ser de otra forma?, -preguntó el Maestro con sorpresa. -Si fueras petiso, llevarías tu baja estatura a todo lo que hagas, sea jugar al básquet, al tenis, pintar o tocar la guitarra. Pero los seres humanos solemos creer que eso no aplica a cuestiones de la personalidad cuando en realidad es exactamente igual.

-Nunca lo había pensado de esa forma, aunque hace rato que registro con claridad que mis limitaciones se expresan en las distintas actividades que hago. Son siempre las mismas.

Como haces algo, haces todo, dirían los japoneses.

-Qué buena definición, -dijo el discípulo admirado.

-Qué fue lo que te señaló el profesor de natación?

-Muchas cosas, pero hubo dos que me llegaron al alma, porque tienen que ver con rasgos muy profundos de mi personalidad. Él no lo hizo con ese sentido, sino simplemente circunscribiéndolo a mi forma de nadar. Sin embargo, no pude dejar de ver más allá de las correcciones técnicas y hacerme cargo de que eran algunos de mis históricos problemas…

-Contame…

-En primer lugar, le llamó la atención que nunca relajaba los brazos. Después de realizar la brazada, cuando tenía que traer el brazo de vuelta, lo hacía con fuerza. Normalmente debe volver solo, casi como un resorte que recupera su posición natural. En mi caso, los traía por la fuerza. Como si pretendiera forzar al resorte a volver a su lugar luego de haberlo estirado. Totalmente innecesario. Y aunque he nadado cientos de kilómetros a lo largo de mi vida, nunca me di cuenta.

-Qué paralelismo encontraste con tu personalidad?

-Que nunca puedo relajarme. Hasta cuando naturalmente tengo que hacerlo, sigo haciendo fuerza.

-Interesante…

-En esa misma línea, al profesor le llamó la atención que no aprovechara mi inercia de desplazamiento. Señaló que yo estaba permanentemente empujando, cuando en realidad había un tiempo para hacer fuerza y otro para deslizarse. Aunque los dos están interrelacionados, nunca me enteré. Para mí el único ritmo existente es el de hacer fuerza todo el tiempo. Bracear al máximo continuamente, y trayendo los brazos de regreso también por la fuerza.

El Maestro suspiró como si él mismo estuviera agotado.

-Por otra parte, -agregó el discípulo, me mostró que mi brazada era incompleta y le faltaba profundidad.

-Y cuál sería el correlato con tu vida?

-Por ese apuro crónico con el que vivo, hago todo superficialmente. Cómo es posible hacer algo con profundidad si estoy tan urgido? Mi brazada es superficial, y la mayoría de cosas que realizo están hechas en forma superflua, porque estoy muy presionado.

Presionado?

-Por llegar a donde tengo que llegar; hacer lo que tengo que hacer.

-Qué sería eso cuando estás en la piscina?

-Nadar los dos mil metros que tengo que nadar, y hacerlo en forma intensa para mantenerme en forma. Y el profesor dice que en vez de maltratar al agua con mis brazadas hostiles, debiera ser parte de ella y deslizarme…

-Más que un profesor de natación, es un maestro, -dijo el Maestro. Te hizo observaciones muy agudas. Enseguida pudo registrarte en profundidad. Te recomendaría que tomes muchas clases con ese caballero. Puede ser una gran oportunidad para vos.

-Oportunidad para qué?

-Muchas cosas, diría.

-Por ejemplo?

-Vos no administras tu tiempo, sino que tus impulsos te administran a vos. Hay cosas que no se resuelven corriendo, sino parando. Y a vos te cuesta mucho parar. No sos dueño de tu tiempo ni de vos mismo. Si lo fueras, podrías controlar el ritmo. Ir hacia adelante, ir para atrás, detenerte. En cambio, tú único modelo es ir hacia adelante y a toda velocidad.

El discípulo escuchaba con atención.

-Como bien señala este señor, no te podés relajar nunca. Estás siempre tenso, por no decir angustiado. Esa enorme dificultad de estar en paz con vos mismo, tal vez pueda ser trabajada aprendiendo a nadar sin tener que estar todo el tiempo forzado…

-Siento que si no estoy todo el tiempo esforzándome no voy a llegar a donde tengo que llegar.

-Antes de contarme cuál es ese lugar al que debés llegar, te digo que pienso exactamente al revés:

Estar siempre esforzándote, más que garantizar que llegues a tu objetivo, garantiza que no llegues.

-Por qué lo decís?

-No solo porque es agotador, sino porque no se puede andar por la vida así. Con ese nivel de esfuerzo constante la performance es inevitablemente pobre.

-Por qué?

-Por una lado, somos seres vivos y nos cansamos. Nos agotamos. Si estás todo el tiempo empujando, desearás terminar pronto, sacarte de encima las tareas, cumplir. Pero estás cumpliendo con alguien de afuera e incumpliendo con vos mismo.

-Qué sería cumplir conmigo mismo?

-Y, si lo que hacés está muy conectado con quien vos sos, es difícil que lo hagas apurado o te lo quieras sacar de encima. El tema es que para vos todo es un medio para un fin. Entonces tenés que hacerlo lo más rápido posible porque en el fondo no te interesa mucho. Solo querés los resultados que supuestamente te proveerá. El asunto se complica porque es probable que aún alcanzando los resultados deseados, los mismos no te satisfagan… Yo te preguntaría por qué estás tan apurado cuando nadas?

El discípulo se sintió desnudo. Después de unos instantes dijo:

-Nado para cumplir varios objetivos. Estar entrenado, descargar tensiones, no engordar, permitir que el agua flexibilice músculos y articulaciones. Y para que eso ocurra debo nadar bastante y a un ritmo intenso.

-Te gusta nadar?

El silencio que causó aquella pregunta fue desolador. Dadas las circunstancias, el Maestro decidió continuar.

-Es un problema que nadar sea otra de tus obligaciones. Las razones que planteás son comprensibles, pero con tanta exigencia esterilizás todo. Siempre corriendo, siempre apurado, siempre empujando… Te perdés el camino. Por no decir que no hay camino. Parecés un hamster en esas rueditas, que pese a que caminan y corren, siempre están en el mismo lugar. Solo se cansan, se agotan, y no avanzan en ninguna dirección.

-Un poco duro tu comentario.

-Puede ser, pero la realidad siempre es más dura.

-Las tortugas saben más de los caminos que las liebres…

-Claro. Pero además, las liebres también paran. Vos en cambio, no parás nunca.

-Y qué más pensás que podría aprender tomando clases con este profesor?

-El objetivo debiera ser aprender a hacer mejor las cosas. En la natación, y en la vida. Cuál era el lugar al que tenías que llegar, ese que condicionaba toda tu existencia?

El discípulo volvió a sentirse incómodo.

-Quiero llegar a ser alguien importante, valioso, reconocido.

-Vos tenés que transformarte en alguien valioso, en vez de trabajar para que tu imagen sea valorada. Eso no sirve para nada; puede ser un error mortal. Qué te importa la opinión de los otros!

-Pero me importa…

-Lo sé y te comprendo; solo pretendo señalarte que no es relevante.

Ante el silencio del discípulo, el Maestro continuó.

-Tenés que dejar de competir, para poder dedicarte a aquellas cosas que para vos sean buenas. Estar en el estado en que necesites estar. Tu único objetivo debiera ser aprender. Ver de dónde podés extraer más experiencia, trabajar con alguien que te pueda hacer crecer.

-Es un paradigma bien distinto del que tengo.

-Y sí. Pero imaginate viviendo más relajado. En armonía con vos mismo. Sin tener que estar empujando todo el tiempo.

-Casi que me resulta imposible imaginarlo.

-Los árabes dicen que el diablo inventó la prisa. Es una gran verdad, porque nada bueno sale de ella. Realizá un esfuerzo consciente por hacer todo más lento. Y no empujes permanentemente. No solo no hace falta, sino que es contraproducente. El terapeuta Fritz Perls decía: “no empujes el río, ya fluye por sí solo.”

Artículo de Juan Tonelli: No empujes el río, fluye por sí solo

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Ansiedad, Aprendizaje, Incertidumbre

¿Qué camino tomo?

Muchas veces la vida es incierta. Nos presenta dilemas que es muy difícil dilucidar. Cuando la incertidumbre es alta y no sabemos qué camino tomar debemos considerar que de la presión nada bueno surge. Sentirnos presionados porque estamos obligados a decidir, porque hay poco tiempo, o por la razón que sea, suele agravar las cosas. En esos casos, lo mejor es ponernos cómodos con la vida, y darnos el tiempo necesario para que podamos ver y vivir las opciones, hasta que nuestro mismo cuerpo nos indique qué camino tomar. Dicen que crisis es cuando las preguntas no pueden responderse. En esos casos lo mejor es tolerar la tensión hasta que el tiempo nos permita construir una decisión.

-La verdad es que no tengo nada claro el tema.

-Por qué?, preguntó el Maestro.

-Por un lado tengo una buena vida, de la que no me puedo quejar. Pero las circunstancias que vivo parecen abrir ciertas puertas, cerrar otras, y no sé muy bien qué camino tomar.

-¿Y qué es lo que te preocupa?

-Justamente eso; no saber para donde correr.

-¿Cuáles serían las opciones?

-Ni siquiera las tengo bien claras. Por un lado estaría la posibilidad de hacer algo más vocacional que siempre me atrajo, aunque mal remunerado. Por el otro, seguir haciendo lo que hago ahora. Si bien es menos trascendente, me permite un desarrollo económico, algo que para mí es importante.

El Maestro reflexionaba en silencio. El discípulo, algo ansioso, continuó.

-Ya sé que me vas a decir que el dinero no es importante…

-Nunca te diría eso. El dinero, es importante. En todo caso, me preguntaba qué habría en lo profundo de cada alternativa. Las superficies suelen ser engañosas.

-¿Qué querés decir?

-Pueden confundirnos con falsas motivaciones. Los típicos espejismos que vemos los seres humanos.

-¿Cuáles podrían ser?

-Muchas de nuestras motivaciones profundas están relacionadas a nuestras carencias. Y de ellas, la búsqueda de reconocimiento es la más frecuente. Cuando no somos conscientes de nuestras carencias, éstas nos dominan por completo. Si en cambio, las reconocemos, tenemos algunas chances de elegir con más libertad y con más verdad.

-¿Qué te hace pensar que algo vocacional podría esconder una búsqueda de reconocimiento?

-Porque ese tema siempre está. Y cuando lo negamos es peor. ¿Harías esa actividad vocacional si supieras que vas a tener un lugar de poca exposición, o en el que no serás reconocido?

El discípulo se quedó callado. Era evidente que se trataba de un punto sensible. Ante el prolongado silencio, el Maestro prosiguió.

-Esa pregunta es central. Aunque ningún ser humano es indiferente al reconocimiento, si percibimos que ese es nuestro motor oculto, deberíamos analizar bien el caso.

-¿Para qué?

-Para no equivocarnos tanto. Negar que la búsqueda de reconocimiento nos resulta central, nos lleva por mal camino.  Pero reconocerla y minimizar lo que puede llegar a condicionarnos, también puede perjudicarnos mucho.

-¿Por qué?

-El primer caso es obvio; no hay peor enfermo que el que no lo admite. Sin embargo, con frecuencia observo que la mayoría de los que reconocemos nuestras enfermedades, simplificamos la cura. Personas que reconociendo su debilidad humana, consideran que con su voluntad alcanza. Como si bastara con una orden para que esa carencia dejara de condicionarnos.

-Y no es así…

-¿Pudiste sobreponerte a tus condicionamientos decretando el cese de esas pulsiones? Negar un problema es siempre la peor alternativa. Pero reconocerlo, no lo resuelve. Es solo un primer paso importantísimo. Pero como el camino es largo y cuesta arriba, la mayoría de las personas no quiere recorrerlo.

-¿Me estás diciendo que dejo mis actividades y vengo acá sin tener ganas de curarme?, -provocó el discípulo.

-Por supuesto, -le contestó el Maestro sin inmutarse. La mayoría de las personas no quieren curarse. Solo pretenden aliviar los síntomas.

El discípulo acusó el golpe. Percibía verdad en aquellas palabras. Después de un rato callado, preguntó:

-¿Y qué me aconsejarías frente al dilema que tengo?

-No niegues tu búsqueda de reconocimiento, haciendo como si no tuvieras ese problema. Pero mucho menos creas que sos un ser espiritual que con su sola voluntad se pone por encima de las debilidades humanas.

-¿Y frente a las opciones que tengo?, -repreguntó el discípulo algo ansioso.

-Eso es algo que vos tendrás que descubrir. No esperes una respuesta clara y contundente porque si la tuvieras no estarías en esta situación. Simplemente prestá atención a pequeños signos de por dónde puede pasar tu camino y por dónde no. Pequeñas signos. Solemos esperar señales imponentes, cuando en realidad, la vida nos vive hablando en voz baja. Solo después de años de sordera, empieza a gritarnos para ver si entendemos algo. Para ese entonces los costos suelen ser altos.

-¿Cómo se presentan esas pequeñas señales?

-Observá qué actividades te da alegría hacer, y cuáles no. En qué reuniones estás contento, y cuáles sentís que son tóxicas, que te envenenan el alma.

-Ufff…qué buenas referencias.

-Pensá con qué personas y con qué jefe podrías aprender mucho. Con quién te gustaría trabajar para vivir una experiencia rica.

-Nunca lo había pensado en esos términos.

-Es que en el fondo siempre estuviste tan preocupado por llegar a la meta que no te quedó mucha energía para conectarte con la experiencia o los compañeros de ruta. Paradójicamente, ahí está la mayor riqueza.

-Pensar en trabajar con alguien del que pudiera aprender me produce alegría.

-Y sí; aflojar la exigencia de tener que llegar te puede permitir relajarte un poco y aprender algo.

-Es que vivo con un sentido de urgencia, -se sinceró el discípulo.

-Contame…

-Correr, apurarme, porque si no no voy a llegar.

-¿A dónde?

-A la cima.

-¿A la cima de qué?

-No sé, del universo…, dijo el discípulo entre risas.

-Es muy difícil tomar buenas decisiones si siempre te sentís urgido. La vida a veces nos pone en situaciones límites; pero si vivís como si todo el tiempo estuvieras en una situación extrema es imposible decidir bien. Ni hablar de tener una buena vida.

-¿Y cómo hago?

-Finalmente nuestra identidad siempre se termina manifestando. Así que no te presiones por hallar tu destino lo antes posible. Alcanza con que te aflojes un poco y confíes en que los vas a encontrar. Correte del ahora o nunca.

-¿Y cómo hago para saber qué camino tomar?

-Imaginate viviendo cada opción. Pensá cómo sería tu vida el próximo año si transitaras ese camino. También, dentro de cinco años. Esto último sirve para descartar, ya que lo que puede convenirnos en el corto plazo, no se sostiene en el largo plazo. Conozco gente que meditando en su vida dentro de cinco años tomó la decisión de separarse. Imaginar ese horizonte les sirvió para tomar conciencia que no querían seguir con su pareja.

-Resumiendo, -dijo el discípulo entre risas. -Elegir el camino en donde perciba pequeñas señales de que transitarlo me da alegría. Salirme de la sensación de ahora o nunca, porque solo complica más las cosas. Buscar a dónde puedo aprender más, qué camino me interesa, me da ganas de recorrer. Imaginarme transitando el camino, y visualizar a donde no querría estar en cinco años…

El Maestro lo miró con ternura ya que no era adepto a las fórmulas. Sin embargo, percibiendo que su interlocutor buscaba ideas rectoras, a modo de cierre, le dijo:

-A cierta edad, las buenas decisiones se toman más con el corazón que con la mente. Movete en dirección a aquello que te conmueva.

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Ansiedad, Incertidumbre, Sufrimiento

¿Cómo mi vida vino a parar acá?

-Yo también te amo, dijo Hernán y acariciándole la panza del avanzado embarazo, le dio un beso tierno y se fue.

La situación no habría tenido nada de extraordinario a no ser porque él no era el padre de aquél bebé próximo a nacer.

El fulminante romance se había desencadenado en el trabajo de ambos, dos años atrás. Virginia estaba de novio desde hacía muchos años con un buen tipo, con quien no tenía hijos. La relación era sana y apacible, aunque a ella le faltaba ese plus final para animarse a ser madre con aquél hombre. Pese a que el reloj biológico empezaba a apretar, ella tenía dudas porque veía a su compañero como alguien falto de iniciativa y fuerza.

Así pasaban las Navidades y la vida, sin peleas ni animarse a ser padres, por temor a quedar ligados para siempre. En ese estado estaban cuando apareció Hernán y todos los fantasmas quedaron obsoletos rápidamente .

El flechazo fue tan fuerte que no había lugar para seguir dudando acerca de si tener un hijo con su novio o no. Hernán tenía que serlo porque era el padre perfecto. Su fuerza, su seguridad, su sensibilidad. El único problema que tenía es que él llevaba quince años de casado y tenía dos hijos casi adolescentes.

Recorrieron el camino tradicional de cualquier amor prohibido; en este caso, cuidar la familia de él. Eso era lo único importante, mientras cogían seis veces por semana.

El tiempo transcurría y la realidad se llevaba puesta todos los planes. El romance no solo no se enfriaba sino que cada vez era más intenso. Como en cualquier amor prohibido, las paradojas y contradicciones se tornaban cada vez más pesadas.

Virginia la tenía más fácil, porque abandonar a su novio era bastante más simple que la situación de Hernán. Él tenía que dejar a su esposa de quince años, dos hijos, y atravesar el enorme dolor de perder la cotidianidad de su casa.

En largas noches de pasión, todo parecía posible. Con los primeros rayos de luz volvía la realidad y ambos amantes se transformaban en Cenicienta, regresando a sus vidas de siempre. La resaca emocional era directamente proporcional al paraíso que conocían. De los momentos más sublimes pasaban a los abismos más oscuros. Con frecuencia Hernán sentía que la cabeza se le iba a partir; ¿Cuánta dualidad podía soportar un ser humano?

Él seguía haciendo enorme esfuerzos por cuidar a su familia, si bien con su mujer estaba todo mal. Era inevitable cuando en el fondo, ella era el obstáculo que lo separaba de su verdadero amor. Así y todo, ponía mucha voluntad para salir adelante.

Como tantas parejas en crisis, le había propuesto a su mujer hacer terapia juntos, aunque en el fondo de su corazón sintiera que no serviría para nada. ¿Qué podía hacer un terapeuta frente a un sentimiento tan fuerte? ¿Explicarle razones? Para peor, él no podía hablar de la verdadera causa de la crisis, lo cual lo hacía sentir más solo y reforzar la idea de que aquellas sesiones no servirían para nada. ¿Para qué las hacía entonces? ¿Para sentirse menos culpable? ¿Para hacer un simulacro de esfuerzo aunque supiera que no conducirían a ningún lado?

Todos los intentos de cortar aquél amor prohibido terminaban irremediablemente en fracaso. Hernán que siempre se había sentido con la determinación de un espartano, percibía que esta vez su pólvora estaba mojada. Cuanto más intentaba alejarse de Virginia, más pensaba en ella. ¿Quién había inventado esta maldición llamada amor?

Ella en cambio, oscilaba entre querer separarse para dejar a aquella familia en paz, y sentir que se moría cada vez que lo intentaba. Llegó a pensar en conformarse con solo ser la amante de Hernán. Después de todo, si ser pareja no era posible, tendría que conformarse con lo que había.

Se enojaba consigo misma del solo pensarlo; ella que había sido tan crítica de las mujeres que aceptaban ser las segundas, se encontraba en la misma situación. ¿Sería una venganza del destino por su falta de comprensión y compasión en el pasado? ¿Tan alto era el precio que tenía que pagar para redimir su arrogancia? Ahora que ella se encontraba en esa situación, comprendía que no se trataba de tener baja autoestima. Con tal de no perder a su amor, estaba dispuesta a aceptar condiciones que siempre le habían resultado inaceptables.

Para la mitad del segundo año del romance la situación era insostenible. Cada uno transitaba su propio infierno. En su afán por enderezar la vida de ambos, Virginia tomó una decisión draconiana: tener un hijo con su novio de siempre.

Cuando pocos meses después confirmó que estaba embarazada, sintió un torrente de emociones contradictorias. Paz, al pensar que su vida recuperaría normalidad. Dolor, al asumir que había empezado a perder definitivamente a Hernán, el amor de su vida. Angustia, del solo imaginar la conversación con él.

Ese diálogo fue una montaña rusa. Al escuchar las novedades, Hernán sintió alegría porque Viriginia pudiera tener un hijo. Paz, imaginando que la vida se ordenaría. Angustia al pensar la bifurcación de ambos caminos. Celos, un sentimiento inédito para él, porque el bebé que estaba creciendo en la panza no era suyo. Se abrazaron fuerte, rieron, lloraron e hicieron el amor. Aquella relación maravillosa se merecía una despedida con todos los honores.

El problema es que muchas veces los puntos finales que deciden los hombres no cuentan con el consentimiento de la vida. Las personas pisan el freno pero la realidad sigue.

En cuestión de semanas ambos amantes registraron que el embarazo no solo no había ordenado sus vidas, sino que las contradicciones se habían exacerbado. Se extrañaban y deseaban más que nunca, y el amor que sentían por el otro, si bien era sublime, también parecía un ensañamiento de la vida con ellos.

Después de varios meses de seguir viéndose en forma diaria y desesperada y en la que siempre terminaban cogiendo, Hernán juntó fuerzas para hacer un impasse. Lo angustiaba pensar que ese bebé al que ya amaba, no tuviera espacio emocional para desarrollarse si su madre seguía tomada en cuerpo y alma por esta situación.

El nuevo decreto solo duró pocos días aunque al menos posibilitó que pararan de tener relaciones sexuales. Ambos se morían de amor por el otro y seguían viéndose diariamente pero al menos le daban un descanso al cuerpo de Virginia que ya tenía un embarazo avanzado.

Sentado en un bar cercano a la oficina, Hernán se pidió un café amargo e intentó pensar su vida.

¿Cómo había sido posible que su vida hubiera venido a parar acá? Le resultaba una situación absurda e insólita. Él, que tenía una fuerza de voluntad inmensa y unos valores elevados e intransigentes, venía a encontrarse en una situación diabólica, en donde ni su integridad ni su fuerza servían para nada.

¿Cuánto duraría este infierno? ¿Se diluiría? Llevaba dos años esperando el milagro salvador y cada día era peor.

Se preguntó si estaría dispuesto a vivir con esta situación. Su respuesta fue un categórico no. Sin embargo, registró que su rechazo no cambiaba la realidad, sino que la agravaba.

¿Cómo seguiría la vida después que naciera el bebé? ¿Virginia se focalizaría en el recién nacido y el narcisimo de ambos amantes quedaría relegado a un lejano segundo lugar?

¿Y si el fuego no se apagaba? ¿Estaba listo para aceptar la situación, separarse e ir a vivir con Virginia adoptando a aquél niñito como propio? Solo imaginar el dolor del verdadero padre le heló la sangre.

Con un segundo café tomo conciencia que la vida era lo que era. Por más esfuerzos que hicieran los seres humanos por conducirla, siempre desbordaba y salía de su cauce, yendo por senderos impensados.

Pero una cosa era decirlo y otra muy distinta vivirlo. Hernán no quería perder a su familia. No quería dejar de darle el besito de buenas noches a sus hijos. No deseaba lastimar a su esposa.

Tampoco quería que Virginia sufriera. Mucho menos, el inocente bebé que estaba en su panza. Ni siquiera podía tolerar la idea de separar a aquél padre de su hijo.

Pero también sentía que su vida separado de Virginia carecía de sentido. Todo era gris y opaco. ¿Tan fuerte y adictivo podía ser el enamoramiento? ¿Por qué no lo dejaría en paz, en vez de ser esa obsesión enfermiza?

Intentó mirar el futuro y no pudo ver más allá de unas pocas semanas. A veces la vida era como un camino con mucha niebla, donde era imposible ver más allá de lo inmediato.

Después de un tiempo en que sus pensamientos fueron acallándose, tomo conciencia que solo había un camino. Vivir esa vida que tenía, tal como era.

Dispuesto a convivir con su problema todo el tiempo que fuera necesario, y con la determinación de que pese a todo, lo haría con amor y alegría, pagó el café y volvió a la calle.

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Ansiedad, Exigencia

Sin paz

“Fui lo que eres. Serás lo que soy.”

El terrible epitafio grabado en la piedra de aquella lápida lo estremeció. ¿Quién sería ese muerto? ¿Alguien sabio o solo un provocador?

La vida, vista desde la muerte, cambiaba radicalmente. Pensar que terminaría como aquellas personas que estaban enterradas ahí le generaba una mezcla de emociones. Angustia, miedo, dolor, tristeza, impotencia.

Pero entre tantos sentimientos convergentes, Marco reconoció uno que nada tenía que hacer ahí: paz. ¿Por qué la muerte traería paz? O mejor dicho: ¿de qué cansancio o angustia lo liberaría?

Tratar de ensayar una respuesta no fue tan simple como reconocer la pregunta. Sin embargo, lo primero que vino a su mente fue que se había pasado la vida empujando. Aquél pasaje bíblico que decía que los pájaros del cielo no sembraban ni cosechaban y sin embargo, Dios los alimentaba, no aplicaba para Marco.

Registraba que su voluntad era limitada y que el universo era regido por fuerzas infinitamente más poderosas y ajenas a él.

Pero sentía que debía remar todo el tiempo. Nada de relajarse. Dormir con un ojo abierto. Si hasta cuando cogía no dejaba de llamarle la atención que sus compañeras perdieran completamente la cabeza, mientras él, sacando los seis segundos del orgasmo, siempre estaba alerta. Agotador.

Decidió caminar por los senderos de aquél cementerio, como queriendo ingresar en el mundo de los muertos. Infinidad de veces había flirteado con la muerte, corriendo grandes riesgos. Pero esto era distinto. Una cosa era manejar una moto a 250 km por hora sintiendo que al menor error podía matarse, y algo muy distinto era el espíritu imperante entre tumbas y lápidas. La velocidad generaba adrenalina; esto, solo quietud y silencio. ¿Acaso la muerte sería el final de todo? ¿No habría más nada? Intentando ser veraz consigo mismo, no encontró respuestas.

El cementerio tenía tumbas impresionantes, seguramente de personas ricas e importantes. Se rió en su interior al pensar lo absurdo que era tener una cripta opulenta. ¿A quién serviría? ¿Al muerto? ¿A sus familiares? La nada misma.

Se dio cuenta que estaba evadiéndose, como si no quisiera enfrentar el dolor de su vida. Pero; ¿qué le dolía?

Parado en su presente le dolían varias cosas. Lo que había perdido; lo que había sido incapaz de hacer; y sobre todo, lo que no se había animado a realizar y ya era tarde. Esto último ardía como fuego. Así y todo, registró que su pasado estaba razonablemente en paz. El tema parecía ser su presente. ¿Cuál era el problema?

Se sentó en un banco del cementerio deseando que algo de aquella paz le permitiera pensar mejor. Después de unos instantes pudo ver que el problema con el presente era que nunca estaba bien. Y no porque estuviera mal, sino simplemente porque era el momento en el que había esforzarse para llegar al futuro deseado.

Tomó consciencia que llevaba más de cuarenta años esforzándose. No es que su vida estuviera mal, pero resultaba agotadora. ¿No era que la existencia era como un río en el que uno podía fluir? Marco sintió que su río no fluía nada. O nadaba, o se quedaba quieto en el mismo lugar, sin llegar a ninguna parte. Peor aún; sin llegar a donde él quería.

Se preguntó a dónde quería llegar. Su interior solo ofreció respuestas vagas y difusas. ¿Y para eso tanto esfuerzo?

Después de un largo suspiro pensó que se había pasado su vida zafando. Lo importante siempre había sido cumplir, para después poder hacer lo que él quería, lo que le gustaba. Aquél pensamiento le produjo un sentimiento de frustración y angustia. Frustración, porque llevaba demasiados años cumpliendo. Angustia, porque no sabía qué era lo que quería.

Recordó sus años como deportista. Cada partido era una tortura. Además de ganar, necesitaba terminar rápido, para sufrir lo menos posible. La relación entre el deseo de ganar y el apuro era dinámica: si bien ganar era lo más importante, si la agonía del partido se prolongaba demasiado, el objetivo central de triunfar se desplazaba a terminar con la angustia, y el camino más corto para ello era perder. Marco había aprendido que la derrota era liberadora. Tal como parecía mostrarse la muerte ahora.

¿De qué lo liberaban las derrotas en el pasado? De la posibilidad de perder. Aunque resultara absurdo, si el presente se tornaba muy angustiante, ser derrotado podía convertirse en una buena opción. Y no porque fuera la primera opción ni lo que él deseaba. Pero si las cosas se complicaban mucho, su mente orquestaba todo para que la derrota viniera a liberarlo de la angustia.

Algo similar había ocurrido en su paso por la universidad. Como no le interesaba en lo más mínimo, su único objetivo había sido terminarla lo antes posible. ¿Aprender? ¿Qué cosa? ¿Para qué? ¿A quién le interesaba? Si a él no le interesaba la carrera; ¿para qué hacerla?

Preguntarse para qué estudiaba algo que no le interesaba ya parecía un ensañamiento consigo mismo. Sabía perfectamente que él no había tenido margen alguno de hacer lo que deseaba. Simplemente había podido elegir el mal menor, y de ahí su apuro en terminarlo cuanto antes.

Al analizar su vida retrospectivamente aparecía mucha información interesante. Se había apresurado en terminar la carrera para después poder hacer lo que deseaba. Sin embargo, después de graduarse no había hecho lo que quería. ¿Qué se había interpuesto? El tren en el que se encontraba no le había permitido semejantes libertades. Una vez recibido debía cumplir con el protocolo tácito de vida, y buscar un buen trabajo en el que hacer una meteórica carrera. ¿Para ir a dónde? ¿Para ser quién?

Las respuestas no aparecían; solo algunas pistas difusas y lamentables como lograr ser admirado. ¿Qué lugar ocupaba buscar una actividad que le interesara?

Con tristeza asumió que lo que le interesaba en realidad estaba definido por su entorno. No era lo que le interesaba a él, sino más bien, lo que debía interesarle.

Así las cosas, había pasado su vida sacándose de encima el presente, para llegar al futuro que él quería. Pero a sus cuarenta años se había enterado que seguía corriendo, y que el futuro era solo un espejismo que al convertirse en presente perdía todo valor para ser sacrificado en pos de sus objetivos.

Toda una vida sacándose de encima el presente. Por primera vez en aquella tarde, pudo comprender su fatiga. Era un cansancio profundo, de alguien que pasó la vida exigido. No era un corrida de cien metros sino una ultra maratón que para peor, desplazaba su línea de llegada sucesivamente.

Tratando de profundizar en sus altos niveles de ansiedad, registró que la misma era directamente proporcional a las expectativas que él tenía de sí mismo. ¿Como no ser ansioso si debía convertirse en un ser impresionante? ¿Cómo poder descansar, aflojarse un rato, hacer una pausa, si siempre había una tarea monumental por delante?

Sentado en un banco de piedra de aquél cementerio, sintió compasión de sí mismo. Entendió porque la idea de morir le había traído entre tantos sentimientos, uno de paz. Su cansancio era enorme. Pero no era un cansancio de la vida, sino más bien de su estilo de vida. ¿Se podría vivir de otra manera? Seguramente, aunque Marco no sabía cómo hacerlo.

¿Habría algún presente valioso, o siempre estaría reducido a ser un insumo de un futuro que nunca llegaba?

Después de un largo rato en que estuvo en silencio, los pensamientos fueron reduciéndose hasta desaparecer. En aquél momento no había exigencias. Nada que lograr. Nada que sostener. Sintió paz.

Como en el cuento de las mil y una noches, registró que después de buscarlo en los confines de la tierra, el tesoro estaba enterrado en su propio jardín. La paz no era algo a lograr, sino su estado natural. Bastaba con dejar de perturbarla para que aflorara nuevamente. Percibir que era como un manantial interior, le dio esperanza.

Marco no tenía claro cómo seguir.  No quería seguir viviendo así.  Pero tampoco, incorporar más obligaciones a su larga lista de exigencias cotidianas. Lograr la paz no podía ser otro insumo para su infernal maquinaria de aceleramiento y ansiedad.

Sentado en aquél banco de piedra frente a lápidas y tumbas supo que el único posible sería aquél que fuera iluminado por la consciencia.

Artículo de Juan Tonelli: Sin paz.

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Adversidad, Ansiedad, Sufrimiento

No puedo enfrentar lo que tengo que enfrentar

-Me enamoré de la mujer de mi hermano.

El Maestro se quedó en un profundo silencio. La situación no lo escandalizaba, pero la vida lo seguía sorprendiendo.

-¿Y ahora?, -quiso saber después de unos segundos que parecieron eternos.

-La verdad es que no sé qué hacer. Llevamos años enamorados y cada vez es peor.

-¿Cuántos años?

-Cinco.

-Es un tiempo…

-Y eso no es todo; tenemos una situación que es infinitamente más dramática. Ella se quedó embarazada y decidimos tenerlo.

El silencio invadía la habitación.

-¿Cuándo va a nacer?, preguntó el Maestro como si nada.

-Nació hace dos años.

El Maestro escuchaba sereno aquellas palabras que describían un infierno en la vida de aquella persona. Tal vez, como forma de modular su angustia y ansiedad, el joven siguió hablando, y en forma muy acelerada.

-Cuando nos dimos cuenta de que ella estaba embarazada, pensamos en abortar. Pero aunque hubiera simplificado enormemente nuestras vidas, decidimos tenerlo. La pobre criatura no tenía nada que ver.

-Imagino los días terribles que habrán vivido en esos tiempos, y a partir de entonces. El nacimiento de un hijo en ese contexto no solo parte la vida en un antes y un después, sino que en la medida que va pasando el tiempo, la ruptura y disociación de ustedes va creciendo a la par del niño, -dijo el Maestro.

-Eso es exactamente lo que siento. Nuestra hija es un testimonio vivo y creciente de algo que no sabemos cómo tapar, y nos parte la cabeza.

-¿Y por qué lo tapan?

-¿Me lo decís en serio? ¿Que querés; que le diga a mi hermano que me cojo a su esposa y que su hija menor no es su hija sino su sobrina, porque en realidad es hija mía?

El Maestro dejaba que el joven drenara su dolor.

-No resisto más, pero tampoco tengo salida. No puedo decirle a mi hermano porque las consecuencias serían tremendas…

-Y las consecuencias de seguir ocultando?

-Parece la opción menos mala.

-Van a vivir un infierno creciente, -espoleó el Maestro.

-Lo sabemos…

El Maestro reflexionaba en silencio. Con los años, había aprendido a ser un testigo de la vida. Y en especial de la suya propia. Sabía perfectamente que la mayoría de las circunstancias escapaban del control del hombre. Aún aquellas en que las personas se tornaban en involuntarios verdugos de los seres más amados. Quien no reconociera esto, no era honesto con su propia historia.

Pensó en cómo ayudar a aquél joven. Mantener el secreto era perpetuar e incrementar el infierno. ¿Cómo negar aquella relación prohibida, si sus consecuencias estaban a la vista y crecían día a día? ¿Cómo impedirle a esa niña, el derecho a saber quién era su verdadero padre? ¿Cómo vedarle a quien creía ser el padre, la verdad sobre su hija, su esposa y su hermano? Y a su vez; ¿cómo contarle a alguien semejante realidad?

-Parado frente al Rubicón, Julio Cesar sabía que si cruzaba aquél río sería considerado traidor a Roma, desencadenando la guerra civil, -ensayó el Maestro. También sabía, que una contienda así conllevaría enormes penurias. Pero evitarla, solo mantendría una falsa paz que conduciría al fin del imperio

El joven permanecía callado. Sabía el final de la historia y la mítica frase de Julio César “alea jacta est” (la suerte está echada), mientras lideraba a su legión a cruzar el Rubicón e iniciar la guerra y el proceso que salvaría a Roma de su propia destrucción. Finalmente dijo:

-Sé que tengo la suerte echada. El embarazo ya se produjo, y tenemos una hija de dos años que crece día a día. Solo que no puedo enfrentar la situación y decírselo a mi hermano.

El Maestro reflexionaba callado. Sentía una gran empatía con aquél joven. ¿Cómo no entenderlo si él mismo había sido incapaz de decir verdades mucho menos devastadoras? Aunque tal vez ahí estuviera la paradoja; en este caso, callar era tan destructivo como hablar.

-¿Pensás que la mentira cuida?

-En este caso, sí. Estamos protegiendo a mi hermano y a nuestra hija.

-¿De qué?

-De una verdad terrible.

-¿Y piensan que ellos no perciben? ¿Que la madre puede jugar tranquila con la niña como si nada pasara? ¿O piensan que porque tiene dos años no siente el estado en que se encuentra su mamá?

El joven escuchaba estoico todas aquellas palabras que ya sabía.

-Has sufrido mucho por esta situación, y en cierto sentido, es justo. La vida siempre nos pasa la factura de nuestros actos.

-¿Siempre?, -preguntó el joven como si quisiera escuchar que hay personas que no sufren las consecuencias de sus actos.

-Siempre, -fue la serena pero categórica respuesta del Maestro. Seguramente tendrás que seguir sufriendo hasta que estés preparado.

-¿Preparado para qué?

-Para recuperar tu libertad y paz interior. Uno puede estar libre y vivir angustiado y lleno de remordimientos y miedos; o estar preso y tranquilo. Vos estás purgando tu error. Pero debés saber que aún a pesar de él, tenés derecho a recuperar la paz y la libertad interior. Obviamente las consecuencias de aquél acto signarán tus años. Pero una cosa es hacerse cargo de ellas, y otra muy distinta es desperdiciar toda tu vida sosteniendo una mentira de semejante tamaño.

-No quiero vivir así ni desperdiciar toda mi vida. Pero no puedo dar este paso.

-Y sí, es bien difícil. Pero cuando te canses de sufrir estarás listo para dar el paso. Es la historia del hombre.

-¿Y sino puedo darlo nunca?

-Eso también es una posibilidad. Hay gente que prefiere morir antes que enfrentar una situación. Eligen no ver. Morirse en su juego antes que salirse de él. Optan por morir en el sistema de seguridades que armaron.

El joven estaba desolado. La mera eventualidad de que aquél escenario fuera posible le helaba la sangre.

El Maestro percibía aquello; ¿pero qué podía hacer? ¿Mentirle para tranquilizarlo, generándole una expectativa de algo que tal vez nunca fuera a ocurrir? Por más angustiante que fuera, sus años le habían enseñado que muchas cosas eran posible. Millones de personas vivían en la impotencia de enfrentar la realidad, resignándose a un infierno de dolor que por lo general era secreto.

-Uno no es esclavo de su historia. Podemos aprender a atravesarla. En este caso, no se trata de sacar los trapos sucios, sino de destrabar tu libertad. Buscar lo que te impide vivirla y enfrentarlo. Tus miserias te avergüenzan y hacen que te escondas y mientas. Pero el precio es altísimo. En cambio, poder registrar y aceptar tus pecados, errores y vulnerabilidades te permite ir desbloqueando lo que limita tu libertad, y crecer.

-Qué difícil…

-Y sí, hay momentos en que vivir es mucho más difícil que morir. Perder el rumbo nunca es el problema, porque siempre nos pasa o puede sucedernos. El tema es no tener la humildad -por orgullo o por miedo-, de buscarlo.

-Me siento como Julio César al borde del Rubicón. Solo que no puedo cruzarlo.

-La verdad es el puente que nos permite dejar atrás la obra de teatro que son nuestras vidas, para poder arribar a una existencia plena. Con problemas, como todas, pero vitales. La mayor parte de la gente no tiene vida sino telenovelas. Historias que cuenta, que inventa…personajes que construye. Ojalá puedas cruzar ese puente y empezar a tener una vida real.

Artículo de Juan Tonelli: No puedo enfrentar lo que tengo que enfrentar.

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Ansiedad, Aprendizaje, Ideas equivocadas, Incertidumbre

Vamos viendo

Vivimos planificando, como si la vida fuera una autopista asfaltada y previsible. La realidad es otra cosa. Bien compleja e impredecible. Está bien hacer planes porque nos da perspectiva y también una tranquilidad. Pero nunca al punto de pensar que esos planes podrán ser llevados a cabo en forma minuciosa. La vida es impredecible, cambiante, incierta. Planificar es tan importante como el arte de improvisar, de ser flexible, de poder adaptarnos una realidad que siempre es sorprendente.

-“Planifico cada una de mis peleas minuciosamente. Por supuesto que el plan dura hasta que me pegan el primer puñetazo en la cara. Ahí se terminan los planes, y empieza la pelea de verdad,” decía Mohamed Ali…

-Excepcional, -dijo el discípulo. ¿Pero estás haciendo apología de la improvisación?

-Para nada, -dijo el Maestro. Solo que la planificación está sobrevalorada.

-¿Por qué?

-Estimo que la presión viene de las ciencias gerenciales. Tanta exigencia en obtener resultados fuerza a inventar lo que no existe. O sea, está muy bien pensar como alcanzar un objetivo. Pero nunca al punto de olvidar que la realidad es dinámica y también mueve.

-¿Qué querés decir con que la realidad también mueve?

-Que es como un partido de ajedrez. ¿No sería absurdo que te pida de antemano que planifiques todas las movidas que vas a hacer? ¿Cuántas podrías anticipar omitiendo que tu rival también juega, y que sus intervenciones afectan tus planes? Imaginate un plan en el que vos decidís todas tus movidas, desde la primera a la última. ¿De qué sirve tu plan, si omite que el otro también juega?¿No es ridículo? Bueno, algo así pasa actualmente en las organizaciones.

-¿Vos decís que es solo presión capitalista, por así decirlo?

-Sí. Como la incertidumbre no vende, hay que ofrecer certezas. Por supuesto que son seguridades falsas, pero todos se quedan más tranquilos.

-Es que de lo contrario no inspirás a nadie; ¿qué les dirías? ¿Hagamos un viaje de pesca a ver si embocamos algo? Así no te va a seguir nadie.

-Entonces es mejor garantizar que vamos a pescar muchos tiburones blancos, -replicó el Maestro con ironía.

-Debiera haber un lugar entre ambos extremos, ¿no?

-Creo que el juego del ajedrez es un buen ejemplo. Uno puede definir la apertura que utilizará, y si será más agresivo, más conservador, o si buscará entrar por tal o cual lado. Pero el resto, es necesario ir evaluándolo en la medida que van ocurriendo ciertos hechos.

Un destacado gurú del management decía que era necesario pensar buenos planes B, C y D, porque el plan A nunca funcionaba. Cualquiera que ha vivido sabe esto como una verdad obvia. Sin embargo, insistimos en rigurosas planificaciones que subestiman o ignoran el peso de la realidad, en niveles absurdos.

-Creo que el tema pasa por el miedo. Planificar nos tranquiliza.

-No debiéramos perder de vista que son solo elucubraciones de nuestra mente. Uno puede tener un objetivo, pero de ahí a pensar que recorremos una línea recta hasta él, implica ser poco realistas, o infantiles. Por lo general lo más rico aparece durante el camino y ni siquiera tiene que ver con el objetivo original.

-Serendipidad.

-Ahora lo llaman así. Pero existió desde siempre. Arquímides con su ya célebre “eureka”, Alexander Fleming o el mismo Pasteur. De hecho, él sostenía que el mayor descubridor de la historia era el accidente. Gran verdad y certero golpe a la vanidad humana. Pero claro, no se puede “vender” un plan así, porque los accidentes, justamente, no se planifican. Suceden. Ahí no intervenimos. Mientras estamos nosotros a cargo, no pueden ocurrir. ¿Cómo perdemos nuestra tarjeta de crédito? ¿O cómo nos olvidamos una contraseña? No podemos forzarlo, ocurren cuando no estamos prestando atención ni haciendo nada al respecto. El asunto es que muchas veces también ocurren cosas buenas, y nosotros las ignoramos porque estamos concentrados en nuestros planes e ideas.

-Sí, claro. El tema es nuestra dificultad de lidiar con la incertidumbre, -insistió el discípulo.

-Totalmente. Pero sería mucho mejor aprender a relacionarse con ella que inventarse falsas certezas.  De todas formas, el tema importante no es cómo sobrevivir a una organización –sea un empleo, una institución sin fines de lucro, o un partido político-, sino comprender cómo funciona la vida.

-¿Y cómo carajo funciona?, preguntó el discípulo entre risas.

-En primer lugar, tenemos que parar de pensar para poder empezar. Solemos quedarnos paralizados por nuestros pensamientos. Y siempre es mucho mejor calzarse unas zapatillas y empezar a caminar.

-¿Pero si no sé ni para qué lado ir, como me voy a poner a caminar?

-Por la simple razón que nunca lo vas a averiguar si te quedás quieto. Así no funcionan las cosas.

-Parece otro alegato tuyo a contramano del mundo; además de no planificar, no hay que pensar…

-Es que están sobrevalorados. Hay que hacerlos y la vida es bien distinta para alguien que reflexiona que para alguien que no lo hace. Pero hemos hecho de ellos un culto, olvidándonos que la vida es ante todo, una experiencia. Así como no se puede aprender a nadar en un aula, no se puede vivir con los planes en Powerpoint.

-Entonces me pongo en marcha aunque no sepa ni para dónde ir, -provocó el discípulo.

-A veces es bueno detenerse, evaluar y luego ponerse en marcha. Pero por lo general, el problema es que estamos paralizados esperando una claridad que nunca llega. Por el contrario, si nos pusiéramos en marcha, el mismo camino nos iría mostrando por dónde ir y por dónde no. ¿Cómo se mueve a un elefante?

-Ni idea.

-Nadie la tiene. Tal vez trayendo un ratón. O tirándole de la trompa u orejas. O pinchándolo con un clavo. Uno va probando y va viendo.

-Por ahí se enoja y te ataca…

-Es preferible a quedarnos quietos pensando obsesivamente cuál será la acción perfecta. Igual, lo importante es estar abierto a la realidad. Como en el ejemplo del ajedrez, mover y luego esperar a que mueva el otro. Ya iremos encontrando el mejor partido a lo largo del juego.

-Podemos equivocarnos.

-Vamos a equivocarnos, -corrigió el Maestro con firmeza. Cuando tenía tu edad, pese a que me gustaba mucho el ajedrez, lo evitaba por temor a perder. Me estresaba a punto tal de no querer jugar siquiera contra una máquina cuya victoria no tendría consecuencias de ningún tipo para mí. Sin embargo, mi miedo a cometer errores era tan grande que me mantenía fuera del juego, que paradójicamente, me encantaba.

-Increíble.

-Debemos aprender a estar atentos a lo que el destino nos va presentando. Escuchar nuestro corazón. Y seguir caminando en ese estado de consciencia.

-Qué difícil tener una actitud tan leve y despreocupada ante la vida.

-Qué ironía que estar ligeros de equipaje nos resulte tan difícil.

-Es que la dificultad es justamente esa; la desnudez y vulnerabilidad con la que nos deja.

-Somos bien vulnerables. Hasta las personas y los sistemas políticos más poderosos de la historia han colapsado en forma estruendosa. Y esto no es un comentario paralizante; es comprender que no debemos buscar reaseguros, porque nunca resultan.

-Lo siento tan verdadero como difícil de aceptar.

-Alguien decía que no había casualidades sino destino. Que no se encontraba sino lo que se buscaba. Y esto, siempre estaba en lo más profundo de nuestro corazón. No buscamos cualquier cosa, sino aquella cuerda que nos hace vibrar el alma. Y cuanto menos obstruyamos esa búsqueda con planes y pensamientos, más chances tenemos de ir en esa dirección y encontrar lo que anhelamos.

-Entonces no nos queda más que ir de viaje de pesca…, -dijo el discípulo entre risas y con cierta ironía.

-Y sí, porque la vida no es un plan. Es un viaje.

Artículo de Juan Tonelli: Vamos viendo.

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Ansiedad, Incertidumbre, Madurez

La punta del iceberg

“-Pensar que me reí cuando conocí la historia de ese economista excepcional que al ser nombrado presidente del Banco Central de Israel, tuvo que renunciar porque se descubrió que consultaba una vidente hasta cuatro veces al día…”, contó el discípulo algo enigmático.

“-¿Y qué era lo que te hizo reír?”, preguntó el Maestro.

“-La enorme contradicción. Un economista de prestigio mundial, presidente de la entidad monetaria de uno de los países más importantes del mundo, y resulta que aún en medio de tanta racionalidad y consistencia, recurría a una bruja. Un disparate!”, sentenció el discípulo.

“-Así somos los seres humanos”, dijo el Maestro con compasión. “-Somos seres contradictorios, lleno de virtudes y también de defectos. Convivimos con los sentimientos más nobles y los más oscuros. Y a veces, la distancia entre lo maravilloso y lo horrible puede ser un milímetro… Pero, ¿por qué pensaste en ese banquero israelí?”

“-Por que en circunstancias como la que estoy viviendo dan ganas de consultar a alguien que lea el futuro…”, soltó el discípulo.

“-Por qué?, volvió a insistir el Maestro.

“-Estoy viviendo una situación de incertidumbre máxima que se resolverá en los próximos días, y la ansiedad es muy grande”, se justificó el discípulo.

“-El proverbial anhelo humano de pretender conocer el futuro… ¿Y estás seguro de qué es lo mejor que te puede pasar?”, disparó el Maestro, abriendo un plano distinto y profundo.

Después de reflexionar unos instantes, el discípulo ensayó una respuesta.

“-La verdad que a esta altura, no tengo ni idea de qué es lo mejor para mí. Toda una paradoja porque trabajé muchísimo en pos de un objetivo. Puse lo mejor de mí y no me guardé nada. Estoy en paz. Sin embargo, en la víspera de sucesos definitorios que pueden llevar mi vida por caminos muy distintos, percibo mi incapacidad de saber qué es lo que me puede hacer mejor…”

“-¿Por qué?, volvió el Maestro.

“-Este proceso sirvió para mostrarme que por más fuerte, formado y talentoso que uno pueda ser, no es más que un granito de arena en una playa inmensa. Son tantas y tan descontroladas las variables, que el aporte de uno para el curso de los acontecimientos resulta insignificante”, filosofó el discípulo.

“-Pero eso no contesta el hecho de ignorar qué es lo mejor para vos… ¿Cómo puede ser que aquello por lo que trabajaste tanto, pueda no ser bueno?”, preguntó el Maestro con una precisión quirúrgica.

“Es lo que te conté antes. El proceso que viví sirvió para mostrarme lo irrelevante que somos y por ende, percibir que aquello que creíamos bueno puede resultarnos muy dañino, y viceversa”, contestó sin ser capaz de explicarse mejor.

“-Solo existen dos problemas en la vida; conseguir lo que uno quiere, y no conseguir lo que uno quiere”, dijo el Maestro tendiéndole un puente.

“-Una vez el estratega político de un presidente de los Estados Unidos me enseñó algo increíble”, contó el discípulo. “-Con honestidad brutal y sabiduría me dijo: “En una campaña electoral, lo más importante de todo, son las circunstancias. Después viene el candidato. Y por último, la estrategia. Y demás está decir que esto atenta contra mi propio negocio…”

“-Que hombre lúcido”, sonrió el Maestro. “-Es una gran síntesis del poco peso relativo que tenemos los hombres en el curso de la vida. Lo que no entiendo bien es por qué no sabés que es lo que te hace bien o mal”, insistió.

“-Sé lo que hice, y estoy en paz conmigo mismo. Pero el resultado me escapa totalmente. Si llega a ser distinto del que yo deseaba, siento que será la vida que me está cuidando. Me estará llevando por un camino distinto del que yo quería, pero aunque no alcance a comprender, confío que será para mi bien.”

“-A veces siento que la vida es como la punta de un iceberg. Lo que vemos es solo el diez por ciento de una realidad muchísimo más amplia que escapa a nuestra comprensión. Insistimos en estar felices o destruidos por esa punta que sobresale del agua, cuando en realidad, hay algo enorme que existe más allá de nuestra visión. Y que no lo veamos no significa que no exista. Simplemente no lo vemos”, dijo el discípulo en un tono casi místico.

“-Qué interesante…”, acompañó el Maestro. “-¿Como definirías mejor toda esa realidad invisible?”

“-La verdad es que no sé como ponerlo en palabras. Pero diría que nuestra realidad se compone de muchísimas variables y fuerzas que no están contenidas por lo que vemos. Así como en un partido de fútbol el resultado es una simplificación de lo ocurrido, en nuestra vida ocurre algo parecido. Podemos decir que ganamos o perdimos uno a cero, pero lo que pasó en los noventa minutos es muchísimo más que esos dos números que arbitrariamente parecen definir todo,” dijo el discípulo.

“-Cuando era joven, lo único que existía era el resultado. Ganaba y estaba todo bien, y perdía y estaba todo mal. Con los años fui registrando que la vida no funcionaba así, aunque en el fondo, seguía aferrado a ganar, como si fuera un niño con sus juguetes…”, se sinceró el discípulo.

“-Es que eras un niño con sus juguetes, aunque tuvieras cuarenta años. Hay personas que andan así toda la vida. Dicen que la única diferencia entre los adultos y los niños es el precio de sus juguetes”, dijo el Maestro con una sonrisa. “-Pero cuando uno crece y aprende a vivir, ya no se conforma con juguetes. Entiende que la felicidad no es un vínculo con objetos. Que no se trata de resultados, ni mucho menos, de relaciones de conveniencia. La felicidad se encuentra en la calidad del vínculo con uno mismo y con los demás.”

“-Totalmente”, asintió el discípulo. “-Por eso para mí es muy importante seguir el camino que siento como verdadero, pero sin pretender aferrarme a ningún resultado. Eso se lo dejo a Dios, o a la vida. Yo hago mi trabajo y he aprendido a dejar que Él haga el suyo.”

“-Eso es muy liberador…”, completó el Maestro. “-Había una santa que decía una frase genial: “lo que Dios quiera, cuando Dios quiera, como Dios quiera.”

“-Muy bueno, aunque pareciera que eso no nos deja espacio para nuestro esfuerzo”, conjeturó el discípulo.

“-Creo que se trata de saber que tenemos que hacer nuestra parte, pero dejando a la vida o a Dios hacer la suya. Que por supuesto, es la parte determinante y mayoritaria”, dijo el Maestro con un tono firme.

El silencio invadía la sala. A modo de conclusión, el Maestro dijo: “-Habla muy bien de tu crecimiento que pese al esfuerzo que has hecho, ni siquiera sepas cuál resultado es el mejor para vos. Aunque nuestra sociedad exitista no lo permita, es muy bueno que le des lugar a esa duda porque aunque la neguemos siempre existe. Nunca podremos anticipar qué es lo mejor para nuestra existencia. Solo es posible ir descubriendo cuál es el camino que debemos transitar. Pero nunca debemos exigirle a la vida que nos lleve a un lugar determinado. Simplemente tenemos que elegir nuestro sendero, descartar el que parece fácil pero que a cierta edad sabemos que no nos hará bien, y luego, confiar.”

“-¿Confiar en qué?”, preguntó el discípulo algo confundido.

“-Confiar en la vida”, contestó el Maestro en forma categórica. “-Nuestra acción decisiva es el ejercicio de nuestra libertad. Elegir lo verdadero, lo auténtico, lo propio, lo coherente con quien vamos descubriendo que somos. Y transitarlo. Ojo que es bien difícil porque esas decisiones necesariamente nos arrancarán de la tierra de las seguridades. Pero nos conducirán a un lugar mucho mejor, que es el de la paz interior.”

Al discípulo se le iluminó la cara.

“-Elegir lo verdadero, pagar los costos de esa decisión, y confiar en la vida”, cerró el Maestro.

Artículo de Juan Tonelli: La punta del iceberg.

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Adversidad, Ansiedad, Madurez

Pecar o no pecar

La mutua atracción y la posibilidad del romance habían quedado sobre la mesa. El problema es que tanto Sonia como Gabriel eran buenos amigos y estaban casados. Ambos tenían treinta y pico y buenos matrimonios con hijos.

A él le tomó pocas semanas darse cuenta que quería avanzar. Sentía que más allá de la fuerte admiración que sentía por Sonia, el tema era mayormente calentura y por ende, podría jugar con fuego sin quemarse.

Ella en cambio, estaba más contrariada. Las mujeres solían tener dificultades para disociar el cuerpo del alma con tanta facilidad, y requerían estar conectadas afectivas o emocionalmente.

Sin embargo, como Sonia había estado con un solo hombre en toda su vida, la curiosidad, las ganas de probar algo nuevo, de sentirse deseada, valorada, la empujaban hacia adelante.

Llevaba quince años de pareja, y aunque su vida estaba bien, pensar que iba a ser así hasta el final de sus días era algo que la aterrorizaba.

En una conversación a fondo con su potencial amante, jugó a enmarcar el vínculo, como queriendo definir el marco de reglas en el que discurriría la aventura. ¿Era posible, o una vez que las personas entraban al baile se perdía el control de la situación?

A Sonia la angustiaba mucho pensar que su matrimonio podía destruirse. Se sentía superficial e irresponsable por estar alimentando esta pasión clandestina. Y culpable, al imaginarse fallándole a su marido.

Se aferró a la estrategia de que las burbujas no deben ser pinchadas, sino absorbidas. ¿Pero era cierto, o simplemente estaba negando lo que verdaderamente le pasaba con aquél hombre? Para ella, la idea de absorber la burbuja significaba evitar romper una relación con alguien a quien quería y admiraba mucho. Sonia no deseaba reventar la burbuja, que en términos prácticos implicaba no ver nunca más a Gabriel.

Por lo tanto, seguía conectada por celular y se reunían en cafés. Cuando la temperatura de la relación subía mucho, antes de cruzar el umbral del pecado ella se sentía mal y clavaba los frenos. Gabriel, fuera por la perseverancia obsesiva del deseo, o porque en realidad estaba más comprometido emocionalmente de lo que estaba dispuesto a reconocer, aguantaba la situación como un caballero.

Y así iban pasando los meses, en los que Sonia oscilaba entre no verlo más y volver a buscarlo. La situación no podía ser más contradictoria. Cuanto más intentaba sacárselo de la cabeza, más ganas tenía de estar con Gabriel. Por el contrario, cuando se acercaba a él, al principio la ansiedad se reducía, pero luego el deseo se volvía ingobernable. ¿Cómo salir de aquella trampa, en la que ambas alternativas parecían perdedoras?

Así las cosas y sin proponérselo, se encontró contándole el dilema a su abuela, una inmigrante italiana de ochenta y nueve años. La anciana la escuchó pacientemente sin juzgar, casi divertida.

“- Te entiendo, mi hijita.”

“-Pero vos ¿qué me aconsejás, abuela?”, apuró Sonia con impaciencia.

“-Solo puedo decirte que esos no son problemas. En la vida hay muy pocos problemas reales, y éste no es uno de ellos…”

“-¿Cuáles son los problemas reales?”, preguntó Sonia con cierto fastidio, como sintiendo que no empatizaban con su pequeño calvario.

“-El hambre o la falta de trabajo; las guerras, la mentira, la locura, las enfermedades, la muerte, que te confieso que a mi edad es más una oportunidad que un problema…”

Sonia se sentía completamente afuera de la película que describía su abuela, por lo que volvió a su obsesión. “-¿Vos qué harías en mi lugar?”

“-Eso no puedo decírtelo, porque es algo que tenés que averiguar vos. Como ya te habrás dado cuenta, debés salir de esa falsa dicotomía porque no te conduce a ningún lado, y te va a enloquecer.”

“-¿Y cómo salgo?”, preguntó Sonia con desesperación.

“-Para empezar, pará de hacer esfuerzos por querer salir. ¿Sabés qué es lo primero que le dicen a las personas que sufren de insomnio?”, preguntó la anciana.

“-No.”

“-Que paren de hacer esfuerzos para dormirse”, dijo la vieja con una sonrisa.

“-Pero yo necesito saber si me acuesto con él o si me lo tengo que sacar de la cabeza…”, insistió Sonia.

La abuela sonreía frente a lo obtuso del planteo de su nieta.

“-¿Y vos pensás que te lo vas a sacar de la cabeza a martillazos? Leí una vez que un sacerdote decía que cuando las prostitutas se confesaban con él, sólo le hablaban de Dios. De lo cansadas que estaban de la vida que llevaban. Que no podían más, y que sólo anhelaban tener paz…”, soltó la abuela.

Luego de una pausa, continuó: “-Ese mismo cura contaba que cuando otros sacerdotes se confesaban con él, de lo único que le hablaban era de sexo. Que no podían más, y que lo único que anhelaban era tener paz…”

Sonia sonrió por la sabiduría de la historia, aunque le resultaba inútil en términos prácticos.

“-Aquello que queremos controlar, nos domina. Si en cambio somos capaces de tolerar el pánico de no tener el control, podemos acceder a la libertad”, dijo la abuela. “-Cuanto más fuerza y empeño ponemos en controlar, peor es. Nunca el hombre se salva a sí mismo por sus propios esfuerzos, sino que siempre es la vida la que lo saca de sus pequeños infiernos…”

“-O sea que me estás diciendo que me acueste con él”, dijo Sonia rogando por alguna definición.

“-No”, dijo su abuela con tono amoroso. “-Solo te estoy diciendo que no vas a resolver este tema pensando. Será la vida, tus emociones, tus circunstancias, las que irán abriendo el paso de tu camino. Igual, si llegaste a un lugar de tanta contrariedad, es porque hace rato que algo no está funcionando. Y esto seguramente no tiene que ver con tu marido, sino con vos. Por lo cual, mala solución sería cambiar de esposo para encontrarte dentro de unos años, en la misma situación…”, dijo la anciana consciente del peso de sus palabras.

 “-Te vine a ver por un problema y ahora resulta que tengo uno mayor”, se quejó Sonia. “-¿Entonces, qué hago?”

“-No tenés un problema mayor. Tenés la vida. Esto es vivir y yo no puedo hacerlo por vos. A mí ya me tocó y enfrenté mis dilemas, pasiones, abismos, lo mejor que pude. De todos aprendí y crecí. Este es tu turno, así que disfrutalo. O al menos, aprendé a llevarlo lo mejor posible.”

“-Lo más importante que tengo para decirte es que vivas sin miedo. Permitite sentirlo, pero tratá de no tomar decisiones basadas en el temor. Después de todo, la vida siempre nos ofrece dos alternativas: que las cosas nos salgan bien, o que aprendamos. Y ambas son buenas.”

La anciana sirvió dos copas de vino tinto, y brindando la de su nieta, le guiñó un ojo.

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Ansiedad, Exigencia, Sufrimiento

La Ansiedad

“-¿Y qué sintieron?”, fue la cándida y esperanzada pregunta de la instructora del curso de alimentación consciente, a sus alumnos.

“-Ansiedad”, fue la tajante y segura respuesta de Edgardo cuando llegó su turno.

La profesora quedó descolocada y quiso indagar más. “-¿Qué era lo que sentías?”, preguntó con delicadeza.

“-Me siento como si viviera empujado por la locomotora de un tren de alta velocidad. Y la verdad es que no me genera problemas porque estoy acostumbrado y me parece lo normal. Pero cada vez que intento bajarme de ese tren que me empuja en forma automática y sin que me dé cuenta, siento una enorme violencia”, describió Edgardo.

“-¿Violencia?”, preguntó la instructora, creyendo que el alumno estaba utilizando una palabra inapropiada para describir lo que sentía.

“-Sí”, ratificó Edgardo. “-Es como si pisara el acelerador y el freno al mismo tiempo. La sensación de que el sistema se va a romper, va a explotar”, amplió.

“-Pero acá sólo te estamos pidiendo que pises el freno, o mejor dicho, que levantes el pie del acelerador…”, cuestionó ella con dulzura.

“-Es que yo vivo con el acelerador pisado a fondo, y mi pie atado a él… ¿Cómo explicarles? Siento los miles de caballos de fuerza del motor de la locomotora, empujándome todo el tiempo. Y ni siquiera es algo que elija. Simplemente sucede”, completó lacónico.

La dureza de aquél comentario despertó la compasión de la docente. Lo que había generado semejante confesión no era otra cosa que un simple ejercicio que ella había propuesto para empezar a comer con consciencia. Los alumnos tenían que oler un pasa de uva, sentir su peso, apretarla, percibir su textura. Luego debían sentirla con los labios, ponérsela en la boca y notar los sabores que liberaba en la medida que se ablandaba y disolvía.

Todo ese ejercicio de prestar atención y percibir, resultaba extremadamente difícil para Edgardo. Le producía tanta ansiedad, que sentía una violencia interior que lo impulsaba a cortar abruptamente aquella práctica tortuosa.

La profesora propuso que lo volviera a hacer. El nuevo intento produjo menos rechazo y Edgardo fue lentamente entrando en otro ritmo. En la medida que se relajó un poco, sintió cansancio y hasta ganas de dormirse. Su mente asoció ese estado al de la muerte blanca, esa forma pacífica de morir que le ocurre a los montañistas. Las bajas temperaturas generan que el corazón lata cada vez más despacio, hasta que sobreviene una somnolencia que terminará en una muerte serena, apacible, que es la que da origen a su nombre.

Edgardo se preguntó por qué aquietarse le produciría una sensación de muerte. ¿Por qué tendría que estar siempre empujando? ¿Por qué debía estar siempre a cargo, controlando que todo estuviera bien? ¿La vida necesitaba de su fuerza y supervisión? Semejante idea, además de arrogante le pareció absurda.

En la medida que la clase avanzaba, Edgardo consiguió aquietarse. Pudo registrar los enormes niveles de ansiedad con los que vivía. Al preguntarse por qué estaba siempre apurado y empujando, la primer respuesta que ensayó su mente fue que tenía muchas cosas que hacer. Un montón de actividades elegidas y otras impuestas.

Sentía que si paraba de empujar, su vida no funcionaría. Aunque registró con claridad lo descabellado de ese planteo, tuvo que asumir que no conocía otra forma de vivir.

Al finalizar la clase, la profesora preguntó qué les había parecido la experiencia. Consciente de sus dificultades, Edgardo planteó que si no generaba algunas condiciones, lo aprendido duraría cuarenta y ocho horas. Como en la parábola del sembrador, la semilla que caía a la vera del camino no podría echar raíces profundas, y terminaría muriendo rápidamente.

Mientras más preguntas irrumpían en su mente, la instructora le señaló que esta preocupación también era otro signo de su ansiedad. En vez de vivir el presente, ya estaba preocupado porque lo que acababa de aprender no encontrara un campo fértil.

Siempre el futuro se metía en su presente.

Se preguntó en qué momentos era capaz de meterse de lleno en el presente. Lo primero que pensó fue en el sexo. También, en su gusto por manejar rápido y por el peligro, que lo obligaba a concentrarse en el presente porque un descuido podía ser fatal. Se entristeció al registrar que solo en tan pocas ocasiones era capaz de vivir el presente.

Cuarenta y ocho horas después del curso, su profecía se había cumplido. La ola lo había tapado por completo y no quedaba ni vestigio de prestar atención a lo que comía. Mucho menos, percibir sabores, o evitar comer parado, viendo televisión, o leyendo. Como si su ansiedad fuera algo constitutivo, tener que aquietarse y concentrase sólo en comer, le resultaba intolerable. No era raro que se desconectara o distrayera, como única forma de no seguir generando tanta violencia interna.

Reflexionando acerca de por qué no podía parar, llegó a la conclusión que su inquietud permanente tenía que ver con su anhelo de paz y tranquilidad. Todo una paradoja; para alcanzar la paz algún día, vivía siempre corriendo y exigido. Su necesidad de asegurar el futuro y las ganas de ser reconocido -¿amado?-, lo llevaban a esforzarse permanentemente.

Se dio cuenta que esa conclusión era coherente con el sentimiento de que detenerse sería igual a morirse. Si él sentía que debía construirse su tranquilidad y hasta su valía, era natural que aquietarse fuera vivido como si dejara existir.

Podía entender que esta idea era errada y condicionaba toda su vida. Sin embargo, la pregunta clave era cómo hacer para salirse de ese esquema. ¿Cómo reducir su ansiedad? ¿Cómo bajarse de ese tren de alta velocidad que lo empujaba raudo, aún sin su consentimiento?

La imagen del tren llevándolo a altas velocidades servía también para transmitir su sentimiento de que no estaba frente a un problema fácil. Un bólido de semejantes características no se detendría porque se le antepusiera uno o varios hombres. Se los llevaba puestos y seguía como si nada.

La preocupación que le había transmitido a la instructora acerca de cómo generar condiciones para que la semilla cayera en tierra fértil seguía siendo la pregunta del millón.

¿Pero cómo hacer? Edgardo no podía cambiar su vida y tampoco parecía que una hora de meditación o yoga diaria pudieran provocar los cambios necesarios. De hecho lo había intentado en reiteradas ocasiones, y el tren de alta velocidad se había llevado puesto todo.

Por otra parte, su intento de cambiarse a sí mismo generaba aún más tensión y exigencia. En el fondo, se trataba de otro objetivo más que presionaba sobre su ya agotadora agenda diaria. ¿Debía entonces aceptarse tal cual era y dejar que las cosas siguieran su curso, aunque el devenir de éste no fuera positivo?

Una vez más, Edgardo se encontraba frente al eterno problema del hombre; ¿cuál era el límite entre cambiarse y aceptarse? ¿Qué era lo que se debía hacer porque se podía, y qué había que aceptar  dado que escapaba a las propias posibilidades?

Desde los tiempos más inmemoriales, esa pregunta solo podía ser contestada a través de  los hechos. Los hombres debían intentarlo todo, no para lograr todo, sino simplemente para conocerse a sí mismos. Averiguar qué cosas podían y cuáles eran sus límites.

Volvió a pensar en su ansiedad crónica, que parecía un modo de funcionamiento. Supo que estaba frente a algo muy grande y difícil. Como pretender escalar una montaña del Himalaya. También supo que debía intentarlo. Y que la diferencia estaba en cómo encarar ese camino.

La clave parecía estar en desprenderse del resultado. En hacer todo lo mejor que pudiera, tratando de no estar pendiente del resultado. En dejar eso librado a la naturaleza, a la vida, o Dios.

Por último, sintió que sin una enorme compasión era imposible emprender esa tarea. Para poder transitar el difícil camino de conocerse a uno mismo era imprescindible una gran misericordia.

Edgardo suspiró al sentir el peso de lo que lo esperaba. Sin embargo, se sintió tranquilo al saber que contaba con buenas herramientas: generar las condiciones para cuidar aquello que quería; desprenderse del resultado, y tratarse con suma compasión.

Era algo mucho más valioso que una hoja de ruta. Después de todo, como decía algún iluminado, la sabiduría no era una estación a la que uno podía llegar, sino más bien una manera de viajar.

Artículo de Juan Tonelli: Ansiedad.

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Adversidad, Ansiedad, Sufrimiento

¿Alguien puede salvarse a sí mismo?

Gustavo estaba tirado en su cama, absolutamente quebrado. Se sentía como un manojo de fideos secos recién partidos, que serían arrojados a una olla con agua hirviendo. Solo faltaba que terminaran de cocinar los fragmentos residuales de su vida.

Con la mirada perdida en el techo de su cuarto, tomó conciencia de que no podía más. No tenía más fuerzas. Lo había intentado todo y la realidad lo había tumbado cada vez que él se había puesto de pie. ¿Por qué la vida podía ser tan despiadada? ¿Qué había hecho para que se ensañara tanto con él?

Sentía una enorme impotencia al registrar que su voluntad no servía para nada. Si hubiera tenido algo de distancia con su propia vida, habría percibido que el problema no era que tuviera una voluntad insuficiente,  sino que ésta nunca alcanzaba para salvarse a sí mismo, o evitar las catástrofes personales.

Su fuerza y determinación habían sido probadas y llevadas a extremos sobrehumanos. Pero efectivamente, habían sido insuficientes. Como siempre lo eran en la vida del hombre. Después de todo, si con la voluntad alcanzara; ¿cuál sería la diferencia entre Dios y los hombres?

Hundido en sus propios problemas y pensamientos, Gustavo era incapaz de ver que su situación era análoga a la de la torre de Babel.

El legendario anhelo humano de imponer su voluntad, como si fuera un dios. Y a lo largo de miles de años, los resultados eran siempre los mismos: fracaso, colapso, devastación.

Para peor, todas esas catástrofes ocurrían con una gravedad directamente proporcional a la arrogancia humana. Es decir, a mayor fuerza y convicción de que los planes serían concretados, mayor destrucción final.

Gustavo era solo un pequeño ejemplo más en miles de años de historia humana. Obviamente, a él no le interesaban los antecedentes, que por otra parte era completamente incapaz de registrar. Sólo le importaba su dolor, su impotencia, su abismo.

Como todo deprimido, se sentía el ombligo del mundo e involuntariamente, creía que todo giraba en torno a él. Imposible recordarle que el universo existía desde millones de años antes, y que seguramente seguiría existiendo mucho después de su muerte.

Pensó que el infierno definitivamente existía. Y no tenía nada que ver con las llamas eternas y un señor rojo con cuernos y tridente. El infierno era sentirse totalmente aislado, impotente, y con la convicción de que nada de eso podría cambiar.

Tirado en su cama y sumido en su depresión, vino a su mente aquella pregunta retórica: “¿Dios inventó a los hombres o los hombres inventaron a Dios?”

Gustavo siempre había creído en la existencia de Dios. Sin embargo, y al igual que la mayoría de los seres humanos, era un reconocimiento casi formal. Pese a reconocer la existencia de un ser superior, no quería que le cambiaran sus propio planes ni un milímetro. En todo caso, que lo ayudara a concretar las ideas, fantasías y anhelos humanos. En esa curiosa forma de entender a Dios, nadie registraba que se le daba un rol más propio de un bombero que de alguien todopoderoso.

Aplastado por una realidad implacable que lo había pasado por encima, Gustavo tomó conciencia que su creencia en Dios era una mentira. Pensó que a veces, seguir viviendo era algo mucho más difícil que morirse. Mientras se preguntaba a sí mismo si ya habría tocado fondo o seguiría cayendo, se le ocurrió un desafío.

Si era cierto que Dios existía, tenía que ayudarlo. Él ya no podía más, habiendo corroborado demasiadas veces que sus fuerzas eran insuficientes y vanas. Si Dios existía y quería, podría rescatarlo. Y sino, seguiría cayendo hasta estrellarse en el fondo de un abismo cuyo fondo aún no podía vislumbrar.

Gustavo recordó a Pelagio, aquél monje del siglo IV quien sostenía la idea de que la gracia no tenía ningún papel en la salvación, y que sólo era importante obrar bien. Más allá que la propia Iglesia lo declarara hereje, lo cierto es que su doctrina no había sido capaz de superar la prueba de la realidad.

Con el obrar bien no alcanzaba. Existiera Dios o no, la voluntad de los hombres nunca era suficiente para salvarse, entendiendo por salvación a tener una buena vida en esta tierra, y no en el más allá.

A partir de aquél día, Gustavo empezó a mejorar. Si bien él era incapaz de explicarlo, desde que había asumido su impotencia absoluta, algo había cambiado. Como si Dios -o la vida- hubieran estado esperando que él se encontrara agotado y sin fuerzas para poder intervenir. Como si sólo fuera posible ingresar al corazón humano cuando éste se encuentra hecho trizas. De lo contrario, las certezas, planes y arrogancias humanas, siempre  impedían todo encuentro entre Dios y los hombres.

La recuperación de Gustavo tomó largos años. Tuvo caídas, recaídas y todo tipo de problemas. Sin embargo, desde aquél instante fundacional en el que se reconoció totalmente impotente y abrió una puerta a Dios, todo cambió. Aquél corazón destruido y aparentemente sin fuerzas, por primera vez se mostró abierto a que la vida lo tocara.

Dos décadas más tarde, Gustavo reflexionaba acerca de cuáles eran los componentes de aquél cambio tan oportuno como difícil de comprender. Básicamente, sintió que a partir de su rendición incondicional y apertura a Dios, había recuperado la esperanza. En vez de experimentar la certeza de la muerte debido a sus fuerzas insuficientes, el paradigma se había invertido.

“Como nuestras fuerzas siempre son insuficientes, es la vida la que nos salva y nos rescata. Nunca es nuestro esfuerzo, sino la gracia.”

Y para su mente cuasi agnóstica, la gracia no era la intervención divina sino algo que era dado, como un regalo. No era el resultado de un acto de la voluntad humana sino un favor que la vida concedía.

Aunque le tomara casi veinte años entender qué era lo que había pasado, para Gustavo aquella crisis había sido constitutiva. Sin que él lo supiera, le había abierto las puertas a la vida. Lo había liberado de la carga de ser el único responsable de su existencia, enseñándole que si bien su esfuerzo era decisivo, no era lo único y ni siquiera lo más importante que regía su destino.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Alguien puede salvarse a sí mismo?

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