Ansiedad

Ansiedad, riesgo, Sufrimiento

angustia

Me sentía un gladiador romano, arrojado a la arena a pelear por mi supervivencia contra leones hambrientos. El problema era que solo tenía trece años y estaba jugando al tenis.

Cada partido era una mezcla de emociones en donde la predominante era la angustia. Al igual que los luchadores romanos, sentía que perder era morir. Solo ganar me permitía seguir siendo. Alivio temporal hasta la próxima encarnizada lucha.

Para conjurar semejante riesgo, recurría a la religión. La fe me ofrecía una batería de oraciones como antídoto ante las amenazas que me planteaba la vida.

Por la naturaleza del juego, tenía el tiempo justo para rezar un Gloria entre punto y punto, y un Avemaría entre games. Lamentablemente el Padrenuestro no entraba en esos intervalos por lo que lo reservaba para el espacio entre sets.

A la distancia me pregunto en dónde había mas presión: si cuando jugaba los puntos y mis rivales trataban de destrozarme, o si en los descansos en los que tenía que apurarme a rezar y lograr que la oración terminara antes de retomar el juego.

Aunque jugar me gustaba, no importaba demasiado. Lo importante era ganar. Dios era mi aliado aunque de vez en cuando me fallaba.

Tenía una pequeña libretita en la que llevaba un meticuloso registro de los partidos que jugaba, anotando fecha, rival y resultado. Por suerte el balance era ampliamente favorable. Aunque a más victorias, más rigidez por la obligación de mantener ese nivel, y el consiguiente riesgo de tener que anotar las tan temidas derrotas. Con el tiempo esa libreta se fue convirtiendo en mi tesoro; era un testigo fiel de mi carrera.

Qué espacio quedaba para jugar al tenis? Poco. Lo importante era ganar, con la invaluable ayuda de todas esas oraciones. En un partido promedio a tres sets, podía rezar unos ciento cincuenta Glorias, entre veinticinco y treinta Avemarías, y unos dos o tres Padrenuestros. Más que un deporte parecía un retiro espiritual.

Mirando hacia atrás veo que aunque ese juego me encantaba, anotar victorias en la agenda me importaba más que jugar. Lo realmente significativo era tener muchos triunfos. Saberme el mejor. Poder contarlo a los demás, o mejor aún, que todos lo supieran sin necesidad que yo lo contara.

El futuro era siempre amenazante. Cada partido era una nueva oportunidad de ser derrotado y tener que anotar con sangre en la bendita libreta.

Cada juego significaba el riesgo de perder mis récords y empeorar el promedio. Las victorias solo significaban el alivio de una prueba superada. Pero también, la creciente presión por mantener mi estatus de exitoso. Para peor, con el tiempo, el ganar pasaba a ser rutinario, generando menos satisfacción; entre tanta angustia y rezos nunca llegaba a sentir plenitud. Y simultáneamente, sentía mayor miedo de perder lo logrado.

Como en geografía, a grandes alturas, grandes abismos. O más preciso, grandes precipicios en los que podía caer y destruirme.

Todo ese universo tortuoso entre oraciones, libretitas y angustias ocurría en cada simple partido de tenis.

Por suerte la vida suele liberarnos de nuestras cárceles auto impuestas. Al poco tiempo cambié de deporte y comencé a jugar al squash. Como era mucho más rápido y los intervalos de descanso muy cortos, ya no tenía tiempo para rezar Glorias entre punto y punto. Nada. Solo una pequeña invocación que con los meses fue perdiéndose por el ritmo vertiginoso del juego. Aunque al menos podía mantener una Avemaría y tal vez un Gloria entre games.

La angustia me acompañó toda mi carrera. Cada partido era un sufrimiento en donde solo el final producía alivio. Terminar era liberador porque se acababan los riesgos. Ya no podía ganar o perder. Había ganado o perdido y hasta el próximo partido tendría un poco de paz, aunque al aproximarme al nuevo desafío la angustia volviera a presentarse.

Miro para atrás y me pregunto por qué no fui capaz de jugar al tenis o al squash, que fue el deporte de mi vida. Resulta irónico que haya sido campeón nacional de todas las categorías y haya sido incapaz de “jugar”.

Comprendo perfectamente que con tanta presión y tanto en juego, me resultara imposible disfrutar el deporte.

Será que ahora continúo viviendo de la misma forma en que viví mi “exitosa” carrera deportiva?

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Analfabetismo emocional, Ansiedad, Sin categoría, Sufrimiento

aburrida de mi vida

Eugenia buscaba con desesperación alguna pasión. Necesitaba que pasara algo en su vida. Con cuarenta y cuatro años y veinte de pareja, sentía que hacía rato que no pasaba nada.

Después de cumplir con todos los mandatos -recibirse, trabajar, ponerse de novio con alguien decente, casarse, tener hijos-, su vida le resultaba una monotonía hacia la nada. “Esto era todo?”, se preguntaba con angustia.

Un intenso romance clandestino había dejado en evidencia lo que era evidente hacía rato, que Eugenia se negaba a ver. Hacía rato que con su marido tampoco pasaba nada. Para peor, y aunque no quisiera ver esa realidad a los ojos, era imposible que con su esposo fuera a pasar algo. Era un buen tipo, tranquilo. Quién podía condenarla a ella por no haberse dado cuenta a los veinte años que él no tenía grandes luces?

Habían pasado décadas juntos, tres hijos, y el hogar dulce hogar era un tedio. Ella oscilaba entre tomar la decisión de separarse, o apretar los dientes y seguir para adelante. Un amor prohibido la había estremecido, pero la sola idea de romper la familia la había frenado. “Ya se me va a pasar”, se decía.

Si bien pudo doblegar ese romance, algo murió adentro suyo. Algo secreto, que ni siquiera tuvo consciencia de sus enormes implicancias: la posibilidad de sentirse libre, de poder elegir.

Aunque no tuviera registro de esta situación, Eugenia se sentía atada de pies y manos, completamente incapaz de elegir. Aguantó el dolor como pudo, aunque volver a su casa y encontrarse todos los días con un hombre que no le interesaba en lo más mínimo le resultaba desolador.

Para apurar el trago amargo de abandonar el amor prohibido, intentó acercarse más a sus hijos. Sin embargo, después de unos meses de jugar a ser Susanita dejó esos planes. Ella no había nacido para ser la madre prodigio, así que optó por seguir cerca de sus hijos, pero tratando de encontrarle una vuelta a la vida. “Pobres mis hijos si van a tener que cargar con el peso de que sean lo único importante de mi vida.”

El trabajo era un tema trascendente para Eugenia; su secreta ambición de poder era un fuego sagrado que junto con su inteligencia la impulsaban para adelante. Pero haber sido educada para ser buena y correcta la frenaba. Como si ser ella misma fuera peligroso. Seguramente lo fuera para sus padres, quienes suelen esperar hijos a la medida de sus necesidades o miedos.

A más angustia, más trabajo y más movimiento. La agenda de Eugenia era infernal. Trabajaba como una bestia, asistía a sus hijos como una madre ejemplar, y hacía sus rutinas de entrenamiento como si pretendiera ganar el triatlón de Hawai. La obsesión por el cuerpo perfecto era otro de sus problemas. Más allá de haberse recuperado relativamente de su anorexia, se imponía duras rutinas que le garantizaran seguir siendo flaca, aunque fuera consciente que la batalla contra el tiempo era inexorable.

Aunque sabía que la apariencia era solo eso, no podía liberarse del poder hipnótico que le generaba. Era consciente que invertía un montón de energía en un lugar que no valía tanto, pero así y todo no podía soltarlo.

“Para qué me habré hecho las lolas?”, se preguntaba. “Para ser deseada por quién? A mí marido, no le cambió nada. Por otra parte, no estoy para separarme, y cuando tengo una aventura me mata la culpa. Para qué me las hice? Solo por histeria, para que me deseen personas con las que no me voy a acostar nunca?”

“La verdad es que no sé ni para dónde salir”, le confesó a una amiga en la lujosa confitería de un hotel cinco estrellas.

“Y si parás, en vez de seguir corriendo?”, la interpeló la amiga.

Eugenia se sintió desconcertada. El único modo de vida que conocía era correr. Siempre apurada, llena de actividades y exigencias.

“Si parás tal vez puedas sentir cosas y enterarte qué te pasa, qué querés.”

Las palabras de su amiga más que inspirarlas la angustiaron. Qué cosa no querría ver? Que su vida era un desastre? Pero era para tanto, o había que bajar la exigencia y aceptar que no estaba tan mal? Después de todo; qué carajo era ser feliz? Las imágenes de las publicidades?

“Por un lado tengo la convicción que mi matrimonio no va más. Mi marido me parece un boludo, y sé que un juicio así, es algo sin retorno. No puedo estar con alguien a quien no admire, o al menos respete. Pero también, veo que todos los que se separan, cinco años después están con otra pareja, pero en una situación muy similar. Como si dieras unas cuantas vueltas manzanas y volvés al mismo punto donde estabas años atrás, solo que con muchos más problemas. Entonces; para qué?”

La amiga la miraba con delicadeza. Cómo explicarle que en la vida hay que equivocarse para aprender? Como aportarle una perspectiva distinta a alguien sin ninguna porosidad? Parecía una piedra muy pulida, a la cual no había ninguna forma de entrarle.

“Euge, atrás de tu esquema mental de tantas certezas la realidad no te moja. Solo en la superficie, pero nada importante te llega más hondo. Y te perdés un montón de cosas, empezando por incorporar mayores dosis de realidad. Si pudieras hacerlo, vivirías mejor. Pero seguís como un caballo desbocado, corriendo para todos lados, sin saber cuál es tu camino. Si lo supieras irías a un ritmo más tranquilo. Pero en tu angustia, solo apurás el paso y hacés más cosas con la esperanza de encontrar la puerta salvadora. Pero así no la vas a encontrar nunca; aunque se te presentara la pasarás de largo…”

Eugenia escuchaba conmovida. Sabía de qué le estaban hablando. “Y qué hago?”, imploró.

“Eso lo vas a tener que averiguar vos; pero tenés que parar. Observáte. Tus tensiones, tus impulsos, tu angustia. Miralas. Preguntáte de dónde vienen. No es algo que vas a contestar en un día, pero si persistís vas a ir encontrando información muy valiosa…”

Eugenia sentía emociones contradictorias. Lo había probado todo: yoga, meditación, triatlón, terapeutas, sacerdotes sanadores, y acá estaba, con la misma angustia de siempre. Corriendo, buscando, con el secreto anhelo de encontrar algo que le diera plenitud a su vida.

Su amiga, percibiendo su escepticismo, le dijo: “también podés tomar unas buenas copas de vino todas las noches. Puede ponerte en un estado que te saque de esa mente insoportable que tenés. O buscarte un amante; claro que no es tan fácil.”

“Un amante?”

“Sí; te puede ayudar a despeinarte un poco. Tanta perfección, tanta exigencia, tanta corrección. Además de aburrir, mata toda posibilidad de vida.”

Eugenia se preguntó si acaso un amante podría servir para algo. No agravaría más las cosas? “Me da miedo”, balbuceó.

“Eso es bueno”, contestó la amiga. “Algo que te saque de tus esquemas, de tus certezas. Pero no cualquier amante; alguien que no sea intelectual como vos porque sonamos. Yo buscaría un hombre que aunque tenga sofisticación para entusiasmarte, tenga mucho carácter y algo bien animal, instintivo.”

Eugenia escuchaba anonadada. Por un lado le parecía un disparate, pero por el otro, entendía el sentido de la recomendación de su amiga. La idea de que fuera alguien primario le gustaba porque en el fondo sabía que nunca podría amenazar su lamentable matrimonio. En cambio, engancharse con alguien muy interesante podía quemarle los papeles.

“Me gusta la idea de alguien primitivo”, dijo entre risas.

“Claro, porque querés seguir controlando y sabés que ahí no correrás riesgos. Justo lo opuesto de lo que pretendo transmitirte.”

“Y por qué querés que corra riesgos?”

“Para traerte de regreso a la vida. Te fuiste, te perdimos. Estás en una jaula de cristal, muerta de frío emocional. Y es una cárcel que vos misma te armaste para protegerte. Un científico que se recuperó de un cáncer muy difícil, decía que la experiencia de muerte era algo que le recomendaría a todas las personas, a no ser por los inherentes riesgos que conllevaba…  Es lo que deseo que te pase; riesgos que te rompan tus precarias certezas, para que en los intersticios te pueda empezar a penetrar la vida…”

“Puedo ofrecerles algo más?”, preguntó el mozo.

“Dos whiskys dobles”, pidió Eugenia.

 

 

 

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Ansiedad, Aprendizaje, Exigencia, paz

los penales no se entrenan

El pasajero que estaba a su lado en el avión, sacó una manzana y empezó a comerla. A Joaquín le llamó la atención. Lo habitual era esperar el servicio de comida de a bordo, probablemente el momento más feliz de todo vuelo.

Después de un rato, el caballero sacó  una bolsa con frutos secos y empezó a comer lentamente algunas nueces, almendras y avellanas. Evidentemente se trataba de un vegetariano.

Joaquín se rió para sus adentros. Recordó sus tiempos de vegano, en los que como un mono, vivía a base de frutas y verduras crudas. Casi se sonrojó recordando la cantidad de veces que en un vuelo comía impunemente su palta y sus dátiles, mientras el resto de los pasajeros optaban por pollo o pasta.

Al rato de despegar, el pasajero vegetariano sacó un libro sobre Buda y se puso a leer. Sería una más de entre tantas personas que querían evitar sufrientos, o arreglar sus vidas? O era otra cosa?

Luego de conversar un rato con él, Joaquín se enteró que era un monje budista. El diálogo fue ameno y pacífico, como hacía suponer una persona así.

Con casi cincuenta años, el actual monje había recorrido un largo camino como ejecutivo de empresas multinacionales, para luego asumir que no era feliz, y que esa vida no lo hacía pleno. Después de un proceso de pocos años, había renunciado a la empresa y a su carrera. El circo en el que se encontraba no era para él. No quería seguir sintiendo que la vida lo vivía, sino que quería ser él quien la moldeara.

Joaquín escuchaba atento. En el fondo, él era parte de esa legión de seres humanos insatisfechos con su vida, que seguían peleando por lograrlo. Lograr qué? Poder mostrarse a sí mismo y a los demás que era capaz? Llegar a la cumbre? Poder exhibir felicidad (que seguramente no sintiera)?

El monje percibió que Joaquín estaba en un camino parecido al suyo diez años atrás. No hizo falta hacer muchas preguntas para registrar los enormes niveles de ansiedad con que lo veía.

Joaquín le contó que hacía muchos años que practicaba Tai Chi Chuan, con la secreta esperanza de estar más tranquilo y encontrar una mayor conexión interior.

-Te sirvió?, -preguntó el monje.

-Bastante poco. Aunque nunca sabré cómo estaría sino lo practicara.

Esa pregunta no tenía respuesta. Era imposible saber si Joaquín estaría aún más acelerado y ansioso si no hubiera practicado Tai Chi durante una década. Así y todo, tenía registro que sus niveles de angustia eran muy altos. En algún sentido, no lo estaba ayudando a estar más tranquilo.

Pero era posible estar más tranquilo por practicar técnicas de relajación? O la paz interior era el resultado de un camino espiritual?

-Me recomendarías que hiciera meditación?, -quiso saber Joaquín.

El monje escuchaba compasivo. Veinte minutos diarios podrían arreglar la vida? Compensar un frenesí e hiperactividad que era sólo un síntoma del desasosiego profundo? Hacer un baño nuevo servía para recomponer una casa arrasada por un terremoto?

A su vez, por su propia experiencia, sabía que no se le podía recomendar a nadie que cambiara su sistema de vida.

Esa decisión era siempre el resultado de un proceso cuando finalmente una persona confrontaba con su realidad. No era cuestión de entrenamientos, sino de sufrir lo suficiente como para ser capaz de ver y aceptar que la vida pasaba por otro lado. Sin embargo, la mayoría de las personas no lo aceptaban nunca, y gastaban toda su existencia construyendo teatros, actuando personajes que no eran y que nunca brindarían plenitud.

-Lograr la paz no es la consecuencia de hacer, sino más bien de no hacer. Nuestra mente es como una cubeta con agua, cuya superficie está muy agitada. Qué hacemos nosotros? Tratar de aplanarla con nuestras manos. El resultado es evidente: cada vez que metemos nuestras manos en el agua no solo no se aquieta sino que se agita más. Esto es lo mismo. Nuestra mente, al igual que el agua de esa cuba, solo necesita que la dejemos reposar, y recobrará su estado natural que no es otro que la quietud.

Joaquín escuchaba la metáfora encantado, sin dejar de pensar que él estaba a años luz de esa situación. Su mente no paraba nunca. Dejarla tranquila para recuperar la quietud? Cómo?

-A las personas que tienen insomnio lo primero que le indican es que dejen de hacer esfuerzos por dormirse. Nos dormimos a consecuencia de nuestro cansancio y ciertas condiciones mínimas -posición, oscuridad, silencio-, pero también por tener paz interior. No se trata de dar una orden, porque las cosas no funcionan así.

Las órdenes no sirven, -dijo el monje budista.

-Pero sino te podés dormir y necesitas descansar para estar bien al día siguiente?

-Tomar una pastilla solo calla el síntoma. Puede servir en el corto plazo, pero debemos ser capaces de ver las causas profundas. Sino, el tema persistirá, haciendo estragos.

Joaquín seguía pensando en su propia vida. Llevaba veinticinco años tratando de ser mejor, por no decir perfecto. Sin ser muy consciente de ello, creía haber encontrado la fórmula para tener una buena vida. Talleres de espiritualidad, Tai Chi, vegetarianismo, terapias varias, entrenamiento físico y mental. Sin embargo, era evidente que nunca había sido capaz de controlar su vida.

¿Pero era posible controlar la vida?

Había experimentado en carne propia que todos sus intentos por controlarla habían terminado en fracaso. Cuanto más esfuerzos había hecho, peor había sido. El Tai Chi y la meditación eran esfuerzos conscientes para estar tranquilo, conectado, y tener una buena vida. O evitar el dolor.

¿Pero se podía evitar el sufrimiento? ¿Podían las personas prepararse para estar fuertes frente a las adversidades que la vida impondría?

En algún lugar de su corazón, Joaquín creía que sí. Pensaba que si desarrollaba las herramientas necesarias, podría surfear cualquier ola, y que la vida sería un paseo agradable.

-No funciona así, -dijo el monje. Las herramientas que construimos para enfrentar nuestra propia realidad no sirven. Las únicas que realmente funcionan son aquellas que surgen cuando confrontamos con la realidad. Confrontar con nosotros mismos no nos deja escapatoria. Ahí crecemos. Eso es lo único verdadero.

Joaquín permanecía en silencio.

-Los penales no se entrenan. Practicarlos sirve de poco, porque nadie puede imitar las condiciones bajo las cuales serán pateados. Y eso es justamente lo central. Lo demás es accesorio. Así como es imposible reproducir lo que puede sentir un futbolista antes de patear un penal en un estadio con cincuenta mil personas gritando y mucho en juego, tampoco tiene sentido pretender forjarnos herramientas que ayuden a vivir. Ellas irán surgiendo en la medida que nos involucremos en el juego.

Joaquín pensaba en sus esfuerzos por controlar y asegurar la vida. Todos habían terminado mal. La vida era incontrolable. Sus esfuerzos por lograr seguridades le habían costado muy caros, y para peor, cuanto más se había aferrado a algo, más miedo a perderlo había sentido.

-La única forma realista de aprender a patear penales es patéandolos en partidos importantes.

-Pero ahí hay mucho en juego y el costo de equivocarse puede ser alto, -protestó Joaquín.

-Por supuesto. Pero eso no convierte al entrenamiento en algo muy útil. Seguirá siendo muy limitado.

-Entonces no tengo nada por hacer?

-Vivir. Hay personas que están tan obsesionadas en aprender a vivir que la vida les pasa de largo. Sumergite en la vida y aprendé a incorporar la realidad. Eso irá ajustando tu camino.

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Ansiedad, Aprendizaje, Exigencia, Ideas equivocadas

No empujes el río, fluye por sí solo

-Ayer recibí una lección de vida.

-Cómo fue?

-Hace años que nado, y creo hacerlo bastante bien. Meses atrás vino un profesor nuevo al club, y tomar unas clases. Finalmente accedí y resultó sumamente enriquecedor.

-Por qué?

-Básicamente, porque las observaciones que él le hizo a mi técnica, aplican a mi persona. Los buenos profesores de todas las disciplinas artísticas y deportivas que he aprendido, me han hecho correcciones que siempre son las mismas. Evidentemente, arrastro las mismas dificultades y limitaciones a todas las cosas que hago…

-Y cómo podía ser de otra forma?, -preguntó el Maestro con sorpresa. -Si fueras petiso, llevarías tu baja estatura a todo lo que hagas, sea jugar al básquet, al tenis, pintar o tocar la guitarra. Pero los seres humanos solemos creer que eso no aplica a cuestiones de la personalidad cuando en realidad es exactamente igual.

-Nunca lo había pensado de esa forma, aunque hace rato que registro con claridad que mis limitaciones se expresan en las distintas actividades que hago. Son siempre las mismas.

Como haces algo, haces todo, dirían los japoneses.

-Qué buena definición, -dijo el discípulo admirado.

-Qué fue lo que te señaló el profesor de natación?

-Muchas cosas, pero hubo dos que me llegaron al alma, porque tienen que ver con rasgos muy profundos de mi personalidad. Él no lo hizo con ese sentido, sino simplemente circunscribiéndolo a mi forma de nadar. Sin embargo, no pude dejar de ver más allá de las correcciones técnicas y hacerme cargo de que eran algunos de mis históricos problemas…

-Contame…

-En primer lugar, le llamó la atención que nunca relajaba los brazos. Después de realizar la brazada, cuando tenía que traer el brazo de vuelta, lo hacía con fuerza. Normalmente debe volver solo, casi como un resorte que recupera su posición natural. En mi caso, los traía por la fuerza. Como si pretendiera forzar al resorte a volver a su lugar luego de haberlo estirado. Totalmente innecesario. Y aunque he nadado cientos de kilómetros a lo largo de mi vida, nunca me di cuenta.

-Qué paralelismo encontraste con tu personalidad?

-Que nunca puedo relajarme. Hasta cuando naturalmente tengo que hacerlo, sigo haciendo fuerza.

-Interesante…

-En esa misma línea, al profesor le llamó la atención que no aprovechara mi inercia de desplazamiento. Señaló que yo estaba permanentemente empujando, cuando en realidad había un tiempo para hacer fuerza y otro para deslizarse. Aunque los dos están interrelacionados, nunca me enteré. Para mí el único ritmo existente es el de hacer fuerza todo el tiempo. Bracear al máximo continuamente, y trayendo los brazos de regreso también por la fuerza.

El Maestro suspiró como si él mismo estuviera agotado.

-Por otra parte, -agregó el discípulo, me mostró que mi brazada era incompleta y le faltaba profundidad.

-Y cuál sería el correlato con tu vida?

-Por ese apuro crónico con el que vivo, hago todo superficialmente. Cómo es posible hacer algo con profundidad si estoy tan urgido? Mi brazada es superficial, y la mayoría de cosas que realizo están hechas en forma superflua, porque estoy muy presionado.

Presionado?

-Por llegar a donde tengo que llegar; hacer lo que tengo que hacer.

-Qué sería eso cuando estás en la piscina?

-Nadar los dos mil metros que tengo que nadar, y hacerlo en forma intensa para mantenerme en forma. Y el profesor dice que en vez de maltratar al agua con mis brazadas hostiles, debiera ser parte de ella y deslizarme…

-Más que un profesor de natación, es un maestro, -dijo el Maestro. Te hizo observaciones muy agudas. Enseguida pudo registrarte en profundidad. Te recomendaría que tomes muchas clases con ese caballero. Puede ser una gran oportunidad para vos.

-Oportunidad para qué?

-Muchas cosas, diría.

-Por ejemplo?

-Vos no administras tu tiempo, sino que tus impulsos te administran a vos. Hay cosas que no se resuelven corriendo, sino parando. Y a vos te cuesta mucho parar. No sos dueño de tu tiempo ni de vos mismo. Si lo fueras, podrías controlar el ritmo. Ir hacia adelante, ir para atrás, detenerte. En cambio, tú único modelo es ir hacia adelante y a toda velocidad.

El discípulo escuchaba con atención.

-Como bien señala este señor, no te podés relajar nunca. Estás siempre tenso, por no decir angustiado. Esa enorme dificultad de estar en paz con vos mismo, tal vez pueda ser trabajada aprendiendo a nadar sin tener que estar todo el tiempo forzado…

-Siento que si no estoy todo el tiempo esforzándome no voy a llegar a donde tengo que llegar.

-Antes de contarme cuál es ese lugar al que debés llegar, te digo que pienso exactamente al revés:

Estar siempre esforzándote, más que garantizar que llegues a tu objetivo, garantiza que no llegues.

-Por qué lo decís?

-No solo porque es agotador, sino porque no se puede andar por la vida así. Con ese nivel de esfuerzo constante la performance es inevitablemente pobre.

-Por qué?

-Por una lado, somos seres vivos y nos cansamos. Nos agotamos. Si estás todo el tiempo empujando, desearás terminar pronto, sacarte de encima las tareas, cumplir. Pero estás cumpliendo con alguien de afuera e incumpliendo con vos mismo.

-Qué sería cumplir conmigo mismo?

-Y, si lo que hacés está muy conectado con quien vos sos, es difícil que lo hagas apurado o te lo quieras sacar de encima. El tema es que para vos todo es un medio para un fin. Entonces tenés que hacerlo lo más rápido posible porque en el fondo no te interesa mucho. Solo querés los resultados que supuestamente te proveerá. El asunto se complica porque es probable que aún alcanzando los resultados deseados, los mismos no te satisfagan… Yo te preguntaría por qué estás tan apurado cuando nadas?

El discípulo se sintió desnudo. Después de unos instantes dijo:

-Nado para cumplir varios objetivos. Estar entrenado, descargar tensiones, no engordar, permitir que el agua flexibilice músculos y articulaciones. Y para que eso ocurra debo nadar bastante y a un ritmo intenso.

-Te gusta nadar?

El silencio que causó aquella pregunta fue desolador. Dadas las circunstancias, el Maestro decidió continuar.

-Es un problema que nadar sea otra de tus obligaciones. Las razones que planteás son comprensibles, pero con tanta exigencia esterilizás todo. Siempre corriendo, siempre apurado, siempre empujando… Te perdés el camino. Por no decir que no hay camino. Parecés un hamster en esas rueditas, que pese a que caminan y corren, siempre están en el mismo lugar. Solo se cansan, se agotan, y no avanzan en ninguna dirección.

-Un poco duro tu comentario.

-Puede ser, pero la realidad siempre es más dura.

-Las tortugas saben más de los caminos que las liebres…

-Claro. Pero además, las liebres también paran. Vos en cambio, no parás nunca.

-Y qué más pensás que podría aprender tomando clases con este profesor?

-El objetivo debiera ser aprender a hacer mejor las cosas. En la natación, y en la vida. Cuál era el lugar al que tenías que llegar, ese que condicionaba toda tu existencia?

El discípulo volvió a sentirse incómodo.

-Quiero llegar a ser alguien importante, valioso, reconocido.

-Vos tenés que transformarte en alguien valioso, en vez de trabajar para que tu imagen sea valorada. Eso no sirve para nada; puede ser un error mortal. Qué te importa la opinión de los otros!

-Pero me importa…

-Lo sé y te comprendo; solo pretendo señalarte que no es relevante.

Ante el silencio del discípulo, el Maestro continuó.

-Tenés que dejar de competir, para poder dedicarte a aquellas cosas que para vos sean buenas. Estar en el estado en que necesites estar. Tu único objetivo debiera ser aprender. Ver de dónde podés extraer más experiencia, trabajar con alguien que te pueda hacer crecer.

-Es un paradigma bien distinto del que tengo.

-Y sí. Pero imaginate viviendo más relajado. En armonía con vos mismo. Sin tener que estar empujando todo el tiempo.

-Casi que me resulta imposible imaginarlo.

-Los árabes dicen que el diablo inventó la prisa. Es una gran verdad, porque nada bueno sale de ella. Realizá un esfuerzo consciente por hacer todo más lento. Y no empujes permanentemente. No solo no hace falta, sino que es contraproducente. El terapeuta Fritz Perls decía: “no empujes el río, ya fluye por sí solo.”

Artículo de Juan Tonelli: No empujes el río, fluye por sí solo

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Ansiedad, Aprendizaje, Incertidumbre

¿Qué camino tomo?

Muchas veces la vida es incierta. Nos presenta dilemas que es muy difícil dilucidar. Cuando la incertidumbre es alta y no sabemos qué camino tomar debemos considerar que de la presión nada bueno surge. Sentirnos presionados porque estamos obligados a decidir, porque hay poco tiempo, o por la razón que sea, suele agravar las cosas. En esos casos, lo mejor es ponernos cómodos con la vida, y darnos el tiempo necesario para que podamos ver y vivir las opciones, hasta que nuestro mismo cuerpo nos indique qué camino tomar. Dicen que crisis es cuando las preguntas no pueden responderse. En esos casos lo mejor es tolerar la tensión hasta que el tiempo nos permita construir una decisión.

-La verdad es que no tengo nada claro el tema.

-Por qué?, preguntó el Maestro.

-Por un lado tengo una buena vida, de la que no me puedo quejar. Pero las circunstancias que vivo parecen abrir ciertas puertas, cerrar otras, y no sé muy bien qué camino tomar.

-¿Y qué es lo que te preocupa?

-Justamente eso; no saber para donde correr.

-¿Cuáles serían las opciones?

-Ni siquiera las tengo bien claras. Por un lado estaría la posibilidad de hacer algo más vocacional que siempre me atrajo, aunque mal remunerado. Por el otro, seguir haciendo lo que hago ahora. Si bien es menos trascendente, me permite un desarrollo económico, algo que para mí es importante.

El Maestro reflexionaba en silencio. El discípulo, algo ansioso, continuó.

-Ya sé que me vas a decir que el dinero no es importante…

-Nunca te diría eso. El dinero, es importante. En todo caso, me preguntaba qué habría en lo profundo de cada alternativa. Las superficies suelen ser engañosas.

-¿Qué querés decir?

-Pueden confundirnos con falsas motivaciones. Los típicos espejismos que vemos los seres humanos.

-¿Cuáles podrían ser?

-Muchas de nuestras motivaciones profundas están relacionadas a nuestras carencias. Y de ellas, la búsqueda de reconocimiento es la más frecuente. Cuando no somos conscientes de nuestras carencias, éstas nos dominan por completo. Si en cambio, las reconocemos, tenemos algunas chances de elegir con más libertad y con más verdad.

-¿Qué te hace pensar que algo vocacional podría esconder una búsqueda de reconocimiento?

-Porque ese tema siempre está. Y cuando lo negamos es peor. ¿Harías esa actividad vocacional si supieras que vas a tener un lugar de poca exposición, o en el que no serás reconocido?

El discípulo se quedó callado. Era evidente que se trataba de un punto sensible. Ante el prolongado silencio, el Maestro prosiguió.

-Esa pregunta es central. Aunque ningún ser humano es indiferente al reconocimiento, si percibimos que ese es nuestro motor oculto, deberíamos analizar bien el caso.

-¿Para qué?

-Para no equivocarnos tanto. Negar que la búsqueda de reconocimiento nos resulta central, nos lleva por mal camino.  Pero reconocerla y minimizar lo que puede llegar a condicionarnos, también puede perjudicarnos mucho.

-¿Por qué?

-El primer caso es obvio; no hay peor enfermo que el que no lo admite. Sin embargo, con frecuencia observo que la mayoría de los que reconocemos nuestras enfermedades, simplificamos la cura. Personas que reconociendo su debilidad humana, consideran que con su voluntad alcanza. Como si bastara con una orden para que esa carencia dejara de condicionarnos.

-Y no es así…

-¿Pudiste sobreponerte a tus condicionamientos decretando el cese de esas pulsiones? Negar un problema es siempre la peor alternativa. Pero reconocerlo, no lo resuelve. Es solo un primer paso importantísimo. Pero como el camino es largo y cuesta arriba, la mayoría de las personas no quiere recorrerlo.

-¿Me estás diciendo que dejo mis actividades y vengo acá sin tener ganas de curarme?, -provocó el discípulo.

-Por supuesto, -le contestó el Maestro sin inmutarse. La mayoría de las personas no quieren curarse. Solo pretenden aliviar los síntomas.

El discípulo acusó el golpe. Percibía verdad en aquellas palabras. Después de un rato callado, preguntó:

-¿Y qué me aconsejarías frente al dilema que tengo?

-No niegues tu búsqueda de reconocimiento, haciendo como si no tuvieras ese problema. Pero mucho menos creas que sos un ser espiritual que con su sola voluntad se pone por encima de las debilidades humanas.

-¿Y frente a las opciones que tengo?, -repreguntó el discípulo algo ansioso.

-Eso es algo que vos tendrás que descubrir. No esperes una respuesta clara y contundente porque si la tuvieras no estarías en esta situación. Simplemente prestá atención a pequeños signos de por dónde puede pasar tu camino y por dónde no. Pequeñas signos. Solemos esperar señales imponentes, cuando en realidad, la vida nos vive hablando en voz baja. Solo después de años de sordera, empieza a gritarnos para ver si entendemos algo. Para ese entonces los costos suelen ser altos.

-¿Cómo se presentan esas pequeñas señales?

-Observá qué actividades te da alegría hacer, y cuáles no. En qué reuniones estás contento, y cuáles sentís que son tóxicas, que te envenenan el alma.

-Ufff…qué buenas referencias.

-Pensá con qué personas y con qué jefe podrías aprender mucho. Con quién te gustaría trabajar para vivir una experiencia rica.

-Nunca lo había pensado en esos términos.

-Es que en el fondo siempre estuviste tan preocupado por llegar a la meta que no te quedó mucha energía para conectarte con la experiencia o los compañeros de ruta. Paradójicamente, ahí está la mayor riqueza.

-Pensar en trabajar con alguien del que pudiera aprender me produce alegría.

-Y sí; aflojar la exigencia de tener que llegar te puede permitir relajarte un poco y aprender algo.

-Es que vivo con un sentido de urgencia, -se sinceró el discípulo.

-Contame…

-Correr, apurarme, porque si no no voy a llegar.

-¿A dónde?

-A la cima.

-¿A la cima de qué?

-No sé, del universo…, dijo el discípulo entre risas.

-Es muy difícil tomar buenas decisiones si siempre te sentís urgido. La vida a veces nos pone en situaciones límites; pero si vivís como si todo el tiempo estuvieras en una situación extrema es imposible decidir bien. Ni hablar de tener una buena vida.

-¿Y cómo hago?

-Finalmente nuestra identidad siempre se termina manifestando. Así que no te presiones por hallar tu destino lo antes posible. Alcanza con que te aflojes un poco y confíes en que los vas a encontrar. Correte del ahora o nunca.

-¿Y cómo hago para saber qué camino tomar?

-Imaginate viviendo cada opción. Pensá cómo sería tu vida el próximo año si transitaras ese camino. También, dentro de cinco años. Esto último sirve para descartar, ya que lo que puede convenirnos en el corto plazo, no se sostiene en el largo plazo. Conozco gente que meditando en su vida dentro de cinco años tomó la decisión de separarse. Imaginar ese horizonte les sirvió para tomar conciencia que no querían seguir con su pareja.

-Resumiendo, -dijo el discípulo entre risas. -Elegir el camino en donde perciba pequeñas señales de que transitarlo me da alegría. Salirme de la sensación de ahora o nunca, porque solo complica más las cosas. Buscar a dónde puedo aprender más, qué camino me interesa, me da ganas de recorrer. Imaginarme transitando el camino, y visualizar a donde no querría estar en cinco años…

El Maestro lo miró con ternura ya que no era adepto a las fórmulas. Sin embargo, percibiendo que su interlocutor buscaba ideas rectoras, a modo de cierre, le dijo:

-A cierta edad, las buenas decisiones se toman más con el corazón que con la mente. Movete en dirección a aquello que te conmueva.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Qué camino tomo?

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Ansiedad, Incertidumbre, Sufrimiento

¿Cómo mi vida vino a parar acá?

-Yo también te amo, dijo Hernán y acariciándole la panza del avanzado embarazo, le dio un beso tierno y se fue.

La situación no habría tenido nada de extraordinario a no ser porque él no era el padre de aquél bebé próximo a nacer.

El fulminante romance se había desencadenado en el trabajo de ambos, dos años atrás. Virginia estaba de novio desde hacía muchos años con un buen tipo, con quien no tenía hijos. La relación era sana y apacible, aunque a ella le faltaba ese plus final para animarse a ser madre con aquél hombre. Pese a que el reloj biológico empezaba a apretar, ella tenía dudas porque veía a su compañero como alguien falto de iniciativa y fuerza.

Así pasaban las Navidades y la vida, sin peleas ni animarse a ser padres, por temor a quedar ligados para siempre. En ese estado estaban cuando apareció Hernán y todos los fantasmas quedaron obsoletos rápidamente .

El flechazo fue tan fuerte que no había lugar para seguir dudando acerca de si tener un hijo con su novio o no. Hernán tenía que serlo porque era el padre perfecto. Su fuerza, su seguridad, su sensibilidad. El único problema que tenía es que él llevaba quince años de casado y tenía dos hijos casi adolescentes.

Recorrieron el camino tradicional de cualquier amor prohibido; en este caso, cuidar la familia de él. Eso era lo único importante, mientras cogían seis veces por semana.

El tiempo transcurría y la realidad se llevaba puesta todos los planes. El romance no solo no se enfriaba sino que cada vez era más intenso. Como en cualquier amor prohibido, las paradojas y contradicciones se tornaban cada vez más pesadas.

Virginia la tenía más fácil, porque abandonar a su novio era bastante más simple que la situación de Hernán. Él tenía que dejar a su esposa de quince años, dos hijos, y atravesar el enorme dolor de perder la cotidianidad de su casa.

En largas noches de pasión, todo parecía posible. Con los primeros rayos de luz volvía la realidad y ambos amantes se transformaban en Cenicienta, regresando a sus vidas de siempre. La resaca emocional era directamente proporcional al paraíso que conocían. De los momentos más sublimes pasaban a los abismos más oscuros. Con frecuencia Hernán sentía que la cabeza se le iba a partir; ¿Cuánta dualidad podía soportar un ser humano?

Él seguía haciendo enorme esfuerzos por cuidar a su familia, si bien con su mujer estaba todo mal. Era inevitable cuando en el fondo, ella era el obstáculo que lo separaba de su verdadero amor. Así y todo, ponía mucha voluntad para salir adelante.

Como tantas parejas en crisis, le había propuesto a su mujer hacer terapia juntos, aunque en el fondo de su corazón sintiera que no serviría para nada. ¿Qué podía hacer un terapeuta frente a un sentimiento tan fuerte? ¿Explicarle razones? Para peor, él no podía hablar de la verdadera causa de la crisis, lo cual lo hacía sentir más solo y reforzar la idea de que aquellas sesiones no servirían para nada. ¿Para qué las hacía entonces? ¿Para sentirse menos culpable? ¿Para hacer un simulacro de esfuerzo aunque supiera que no conducirían a ningún lado?

Todos los intentos de cortar aquél amor prohibido terminaban irremediablemente en fracaso. Hernán que siempre se había sentido con la determinación de un espartano, percibía que esta vez su pólvora estaba mojada. Cuanto más intentaba alejarse de Virginia, más pensaba en ella. ¿Quién había inventado esta maldición llamada amor?

Ella en cambio, oscilaba entre querer separarse para dejar a aquella familia en paz, y sentir que se moría cada vez que lo intentaba. Llegó a pensar en conformarse con solo ser la amante de Hernán. Después de todo, si ser pareja no era posible, tendría que conformarse con lo que había.

Se enojaba consigo misma del solo pensarlo; ella que había sido tan crítica de las mujeres que aceptaban ser las segundas, se encontraba en la misma situación. ¿Sería una venganza del destino por su falta de comprensión y compasión en el pasado? ¿Tan alto era el precio que tenía que pagar para redimir su arrogancia? Ahora que ella se encontraba en esa situación, comprendía que no se trataba de tener baja autoestima. Con tal de no perder a su amor, estaba dispuesta a aceptar condiciones que siempre le habían resultado inaceptables.

Para la mitad del segundo año del romance la situación era insostenible. Cada uno transitaba su propio infierno. En su afán por enderezar la vida de ambos, Virginia tomó una decisión draconiana: tener un hijo con su novio de siempre.

Cuando pocos meses después confirmó que estaba embarazada, sintió un torrente de emociones contradictorias. Paz, al pensar que su vida recuperaría normalidad. Dolor, al asumir que había empezado a perder definitivamente a Hernán, el amor de su vida. Angustia, del solo imaginar la conversación con él.

Ese diálogo fue una montaña rusa. Al escuchar las novedades, Hernán sintió alegría porque Viriginia pudiera tener un hijo. Paz, imaginando que la vida se ordenaría. Angustia al pensar la bifurcación de ambos caminos. Celos, un sentimiento inédito para él, porque el bebé que estaba creciendo en la panza no era suyo. Se abrazaron fuerte, rieron, lloraron e hicieron el amor. Aquella relación maravillosa se merecía una despedida con todos los honores.

El problema es que muchas veces los puntos finales que deciden los hombres no cuentan con el consentimiento de la vida. Las personas pisan el freno pero la realidad sigue.

En cuestión de semanas ambos amantes registraron que el embarazo no solo no había ordenado sus vidas, sino que las contradicciones se habían exacerbado. Se extrañaban y deseaban más que nunca, y el amor que sentían por el otro, si bien era sublime, también parecía un ensañamiento de la vida con ellos.

Después de varios meses de seguir viéndose en forma diaria y desesperada y en la que siempre terminaban cogiendo, Hernán juntó fuerzas para hacer un impasse. Lo angustiaba pensar que ese bebé al que ya amaba, no tuviera espacio emocional para desarrollarse si su madre seguía tomada en cuerpo y alma por esta situación.

El nuevo decreto solo duró pocos días aunque al menos posibilitó que pararan de tener relaciones sexuales. Ambos se morían de amor por el otro y seguían viéndose diariamente pero al menos le daban un descanso al cuerpo de Virginia que ya tenía un embarazo avanzado.

Sentado en un bar cercano a la oficina, Hernán se pidió un café amargo e intentó pensar su vida.

¿Cómo había sido posible que su vida hubiera venido a parar acá? Le resultaba una situación absurda e insólita. Él, que tenía una fuerza de voluntad inmensa y unos valores elevados e intransigentes, venía a encontrarse en una situación diabólica, en donde ni su integridad ni su fuerza servían para nada.

¿Cuánto duraría este infierno? ¿Se diluiría? Llevaba dos años esperando el milagro salvador y cada día era peor.

Se preguntó si estaría dispuesto a vivir con esta situación. Su respuesta fue un categórico no. Sin embargo, registró que su rechazo no cambiaba la realidad, sino que la agravaba.

¿Cómo seguiría la vida después que naciera el bebé? ¿Virginia se focalizaría en el recién nacido y el narcisimo de ambos amantes quedaría relegado a un lejano segundo lugar?

¿Y si el fuego no se apagaba? ¿Estaba listo para aceptar la situación, separarse e ir a vivir con Virginia adoptando a aquél niñito como propio? Solo imaginar el dolor del verdadero padre le heló la sangre.

Con un segundo café tomo conciencia que la vida era lo que era. Por más esfuerzos que hicieran los seres humanos por conducirla, siempre desbordaba y salía de su cauce, yendo por senderos impensados.

Pero una cosa era decirlo y otra muy distinta vivirlo. Hernán no quería perder a su familia. No quería dejar de darle el besito de buenas noches a sus hijos. No deseaba lastimar a su esposa.

Tampoco quería que Virginia sufriera. Mucho menos, el inocente bebé que estaba en su panza. Ni siquiera podía tolerar la idea de separar a aquél padre de su hijo.

Pero también sentía que su vida separado de Virginia carecía de sentido. Todo era gris y opaco. ¿Tan fuerte y adictivo podía ser el enamoramiento? ¿Por qué no lo dejaría en paz, en vez de ser esa obsesión enfermiza?

Intentó mirar el futuro y no pudo ver más allá de unas pocas semanas. A veces la vida era como un camino con mucha niebla, donde era imposible ver más allá de lo inmediato.

Después de un tiempo en que sus pensamientos fueron acallándose, tomo conciencia que solo había un camino. Vivir esa vida que tenía, tal como era.

Dispuesto a convivir con su problema todo el tiempo que fuera necesario, y con la determinación de que pese a todo, lo haría con amor y alegría, pagó el café y volvió a la calle.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Cómo mi vida vino a parar acá?

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