Analfabetismo emocional

Analfabetismo emocional, Exigencia, Ideas equivocadas, Madurez

El amor sana

-La verdad que ya no sé cómo manejarme con mi esposa.

-¿Por qué?

-Cualquier diferencia que pueda señalar con lo que ella plantea desencadena una pelea. La más mínima crítica u observación genera un terremoto porque calculo que ella se siente rechazada.

-José Kentenich decía:

“cuando no sepas qué hacer con tu niño, abrazalo…”

-Pero ella no es un niño; y somos grandes.

-Todos tenemos un niño herido adentro nuestro, que es quien reacciona así.

-¿De vuelta con la infancia?, -suspiró el discípulo algo fastidiado.

-Ahí se producen las principales heridas emocionales y la matriz afectiva que marcará nuestra vida…

-La verdad que la situación me cansa. Estoy intoxicado de comprender.

-¿Y entonces?, -provocó el Maestro.

-Nada, la verdad que no tengo claro el tema.

-Ella necesita sentirse recibida y validada en sus propios sentimientos.

-Y yo necesito poder dialogar. Sentir que puede escuchar y que hay lugar para intercambiar distintos puntos de vista, y ambos tratar de buscar una verdad común, aún cuando podamos no llegar a ella. Me resulta muy difícil empatizar con otra persona cuando solo hay lugar para lo que él piensa o siente.

-Pero de eso se trata la empatía; de ponerse en los zapatos del otro. No de explicarle que sus zapatos están mal, aunque lo estén, -disparó el Maestro.

-Creo que eso es válido en ciertos casos. Pero en una pareja, si siempre hay que estar dando lugar al otro, solo para evitar que se sienta herido, resulta imposible encontrarse. Y por definición, pareja es de a dos, no de a uno.

-El tema es que nuestra disociación siempre empieza en la infancia. Como por lo general no hay lugar para que digamos lo que sentimos, lo callamos. Con el tiempo, ni siquiera sabemos qué es lo que sentimos. Y solemos aturdirnos de actividades para no mirarnos. Detenernos podría llevarnos a conectar y registrar sentimientos negativos, que es lo último que queremos.

-Estoy harto de comprender.

-Podés separarte, -dijo el Maestro redoblando la apuesta.

-A veces lo pienso. Anhelo tener paz.

-Ese es una deseo genuino y lógico. Si anhelaras una vida sin conflictos te aconsejaría que no perdieras el tiempo.

-Es que no pretendo una vida sin conflictos; sería infantil. El tema es poder dialogar, escuchar al otro sin procurar cambiarlo, pero que también respete nuestro punto de vista aunque sea divergente.

-¿Y vos sos respetuoso del punto de vista del otro?

-Lo respeto íntegramente. Lo que no acepto es que me quieran imponer el suyo a mí, y menos a los martillazos.

-¿Por qué pensás que te lo quiere imponer?

-La verdad que no lo sé. Y tampoco me sirve de mucho entender que como en su infancia no hubo espacio para ella, ahora hay que tratarla como a un niño para evitar crisis.

-En el fondo, es igual a vos.

-No entiendo.

-Quiere ser aceptada. Poder ser tal cual es.

-Bajo ese análisis todos los seres humanos somos iguales.

-Y sí… Ahora; ¿vos pensás que ella o cualquier persona sanará a los martillazos, o por ternura?

-Creo que a veces es necesario que confrontemos con la verdad.

-Dicho en forma menos elegante, vos estás habilitado a usar el martillo pero ella no.

-…

-¿Qué alternativa tenés?

-No sé, contame vos que sos el Maestro.

-¿Cómo sería tu vida si te dijera que vas a poder ser como sos? ¿Que serás aceptado incondicionalmente?

El discípulo se derritió. Algún secreto lugar de su corazón anhelaba eso en forma desesperada.

-Creo que tendría otra vida… Sería maravilloso poder andar liviano, sin exigencias. Pero la aceptación incondicional no existe. Al menos entre los seres humanos; tal vez exista para Dios.

-Es verdad; sin embargo, nada te impide que te sientas aceptado incondicionalmente por la vida.

-¿Por la vida? Si me dijeras “por Dios” y fuera creyente, te lo acepto. Pero en forma abstracta no dice nada.

-Lo reformulo; ¿Te aceptás incondicionalmente a vos mismo?

El discípulo acusó el golpe.

-No, -dijo en voz baja. Pero trato de ir en esa dirección.

-Hace poco leí que el Dalai Lama visitaba un pueblo en donde habían encontrado un niño abandonado por su madre. El bebé fue salvado por unos perros, quienes lo protegieron y alimentaron. Increíblemente el chico sobrevivió, pero transformándose en uno de ellos. A sus seis años caminaba en cuatro patas, comía con la boca sin utilizar las manos que creía que eran patas… Una persona lo rescató e iniciaron un complejo proceso de rehabilitación. Cuando se lo presentaron al Dalai Lama, el niño estaba algo asustado. El sabio empezó a acariciarle la cabeza y el cuello como si fuera un perro. Obviamente el chico se puso contento, pero a los profesionales de la salud les parecía que la actitud del Maestro no ayudaba con la rehabilitación…

-Qué historia increíble!

-¿Vos qué pensas?

-Que hizo lo correcto. Un genio.

-¿Por qué?

-¿Qué iba a hacer? ¿Tratarlo como a un hombre que todavía no es? Mucho mejor darle afecto.

-¿Por que no vas y hacés lo mismo con tu esposa?, dijo el Maestro dando un golpe de knock out.

Artículo de Juan Tonelli: El amor sana.

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Analfabetismo emocional, Exigencia, Madurez

La inmadurez es la principal causa de separación

“-Estabas presente pero solo para asuntos operativos; en términos emocionales no existías”, disparó el Maestro.

“-¿A qué te referís?”, pidió precisiones el discípulo.

“-Es que son dos asuntos bien distintos”, continuó el Maestro. “-Una cosa es prepararle el desayuno y llevar a tu hijo al colegio, y otra cosa es hacerse cargo del estado emocional de otra persona. Poder mirarlo, ver que le pasa, percibirlo, contenerlo, acompañarlo, inspirarlo…”

Santiago, conmovido, se quedó en silencio. Imágenes variadas pasaban por su mente. Sus hijos, su ex esposa, sus subordinados. Muchas veces había sentido que distintas personas venían a buscarlo para ser contenidos, y él no se hacía cargo de ellos.

Rápidamente un pensamiento compasivo circuló por su mente. ¿Cómo podría hacerse cargo de los demás, si no era capaz de hacerse cargo de sí mismo?

“-¿En qué pensás?”, quiso saber el Maestro.

“-En tantas cosas”, fue la difusa respuesta de Santiago mirando al vacío. “-Mis hijos, mi ex mujer, gente que trabajó conmigo…”

“-¿Por qué te separaste?”, preguntó el Maestro abriendo la caja de Pandora.

“-Porque me enamoré de otra persona”, fue la tajante respuesta de Santiago.

“-Eso es una media verdad, y como tal, una mentira”, dijo el Maestro con total tranquilidad.

“-Sí, ya escuché que la separación siempre es de a dos, y que si uno está bien con la otra persona, es inmune a cualquier enamoramiento. Sin embargo, no es mi experiencia. Siento que me cayó un rayó que partió mi vida en dos, y desde ese mismo momento en que quedó expuesto el posible romance con otra mujer, nunca nada volvió a ser igual”, explicó Santiago.

“-Y eso es correcto”, acompañó el Maestro. “-Pero no son cosas excluyentes. Un rayo no incendia un bosque húmedo. Necesita un terreno propicio. ¿O creés que un romance fulminante hoy te destruiría como lo hizo en aquél entonces?”

Santiago se quedó pensando. Aquél amor había sido tan incendiario que entre las varias enseñanzas que le había dejado, estaba la fragilidad e imprevisibilidad de la vida. Sin embargo, sentía que la maduración que le había producido aquella crisis le había dejado valiosos aprendizajes que lo habían transformado.

“-Contame como fue tu matrimonio”, quiso saber el Maestro.

“-Era una mujer muy íntegra, inteligente y linda…”

El Maestro evitó la pregunta obvia acerca de por qué alguien se separaría de una persona perfecta. Prefirió moverse en una dirección más profunda: “-¿Y cómo era el vínculo entre ustedes?”

“-Muy bueno, no nos peleábamos nunca”, contó Santiago.

“-Eso más que algo bueno, es un signo de inmadurez “, señaló el Maestro.

“-¿Por qué?”, protestó el discípulo.

“-Dos personas adultas siempre son diferentes, por lo cual tener desencuentros en inevitable. No tener peleas o discusiones es una falsa armonía. Un enorme miedo de ambos a ser rechazados, y por ende, a exponerse mostrándose tal como son…”, disparó el Maestro.

Santiago acusó el impacto. “-Bueno, ahora que lo decís, un poco de eso había”, reconoció. “-Pero éramos una pareja muy respetuosa uno del otro.”

“-El respeto es algo básico en cualquier relación. El tema es que muchas veces, hasta que uno no madura con golpes, tiene tanto miedo de ser rechazado al mostrarse tal cual es, que opta por negarse a sí mismo antes de exponerse a desencantar al otro. Y eso siempre termina mal. Así y todo, es muy frecuente. Te sorprenderías al ver cuántas parejas con canas, años de matrimonio y varios hijos, son incapaces de mostrarse el uno al otro tal cual son”, completó el Maestro. “-¿Y qué no te gustaba o te traía problemas con tu ex esposa?”

Después de reflexionar unos instantes, Santiago dijo: “-Ella era una mujer tan sobreexigida, que toda su energía estaba puesta en su trabajo.”

“¿Por qué?”, preguntó el sabio.

“-En su infancia había pasado muchas privaciones económicas por un padre débil; además, su madre era una profesional que resignó todo en pos de sus hijos, viviéndolo con mucha frustración. Con ese cóctel, mi ex quedó programada para trabajar compulsivamente, escapando de la pobreza y la frustración que habían sido moneda corriente en su casa”, contó Santiago con algo de tristeza.

 “-¿Y por qué esa situación te afectaba tanto a vos”, provocó el Maestro.

“-Mi esposa vivía para el trabajo. Yo sentía que si le pedía que me buscara una corbata en la tintorería le armaba tal despelote en su vida que prefería terminar haciéndolo yo. Pero ese nivel de presión aceptable para una coyuntura me resultó intolerable cuando comprendí que era su estilo de estilo de vida. Nunca podía pedir ni plantear nada porque ella siempre estaba sobrepasada. Así me dí cuenta lo solo que estaba…”, contó Santiago con una mezcla de pena y enojo.

“-¿Y vos no podías ayudarla?”, preguntó el Maestro metiendo el dedo en la llaga.

“-Es que la ayudé muchísimo. Con sus trabajos, con sus problemas… Hasta la anotaba en cursos de temas que le interesaban o presentándole a los más importantes filósofos y terapeutas. Me ocupaba de tareas que eran propias de una mujer como organizar nuestro casamiento, las reformas y decoración de distintos departamentos, o descomprimirla con los chicos”, se quejó Santiago.

“-Todo bien operativo”, dijo el Maestro consciente del peso de sus palabras.

El discípulo volvió a sentirse tocado. Con tibieza intentó una defensa: “-Vivía mirándola y buscando formas de ayudarla; en cambio ella era totalmente incapaz de registrarme, de pensar qué podía necesitar yo.”

“-¿Y te parece que ella necesitaba que le aligeraras un camino que era claramente equivocado, y que no la hacía feliz? ¿O hubiera sido mejor ayudarla a que se aflojara y se bajara de esa carrera loca?”, preguntó el Maestro.

Santiago se sentía como un boxeador al que no paraban de pegarle puñetazos en la cara. Arrinconado por las preguntas, se sinceró: “-Es que yo no podía hacer más que lo que hice. También tenía mi propia historia de vida. Mi madre había descalificado mucho a todas las amas de casa. Para ella, las mujeres que no eran profesionales e independientes, no servían para nada. Con esa programación, podía ayudar a mi ex dentro de los márgenes que tenía. Pero me resultaba imposible no cumplir una de las leyes de hierro que sostenía que mi pareja debía ser una profesional exitosa e independiente…”

El Maestro estaba maravillado con la vida. “-Queda bastante claro que es incorrecto que pienses que vos pusiste mucho en ese matrimonio, y que ella en cambio no. Es cierto que pusiste mucho, pero no lo que había que poner. Y no es una crítica porque resulta obvio que no podías poner lo que vos mismo no tenías. Pero no deja de resultar irónico que es lo único que tu ex hubiera necesitado…”

“-Por otra parte”, continuó, “-resulta evidente que esa mirada tan dura que tenés sobre la causa de tu separación, no se ajusta a la realidad. Tu enamoramiento fatal fue solo una circunstancia. Aún cuando haya sido poderoso y movilizador, lo cierto es que fue una chispa en un polvorín. Si hubiera sido en tierra firme, otra hubiera sido la historia.”

Era la primera vez que Santiago podía ver con tanta claridad aquél hecho tan doloroso y complejo.

El Maestro aprovechó la vulnerabilidad para terminar su lección. “-Creo que podés ver bien las diferencias entre comprometerse en términos operativos y emocionales. Y si bien hay mucha gente que ni siquiera se hace cargo de lo operativo, las personas necesitamos mucho más que eso. Pagar cuentas y resolver problemas está bien, pero lo más importante pasa por otro lado. Recibir al otro, escucharlo, verlo tal cual es, comprenderlo, sostenerlo, abrazarlo. Y para ser capaz de hacer eso con el otro, primero hay que poder hacerlo con uno mismo.”

Santiago estaba en profundo silencio.

“-Es que si uno no se puede encontrar con uno mismo es muy difícil que se encuentre con el otro”, dijo el Maestro. “-Así se ven parejas horribles, en donde uno siempre pide y el otro siempre da. O en donde ninguno de los dos entrega nada. O peor aún, en donde todo es un intercambio y una negociación. En ese contexto, el amor es imposible. Pero eso lo dejamos para otro día. Hoy me quedo contento con que entiendas cuál fue la verdadera razón de tu separación y la importancia de poder encontrarse con uno mismo para poder encontrarse con los demás.”

El discípulo se puso de pie, sonrió con gratitud y se fue.

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Analfabetismo emocional, Incertidumbre, Miedo

El miedo a la libertad

“-Es que tengo miedo”, dijo Daniel con un suspiro.

“-Y sí”, asintió el Maestro. “-Es inevitable cuando hay mucho en juego.”

“-Siento que ya corrió tanta agua bajo el puente que no puedo hacerme el boludo. No puedo no verlo, hacer como si no hubiera ocurrido nada”, amplió Daniel.

“-¿Cómo sintetizarías lo que pasó?”, preguntó el Maestro, intentando que su discípulo ordenara sus emociones, sentimientos e ideas.

“-Ya no me respetan más como persona,” dijo Daniel profundamente conmovido.

“-¿Y vos pensás que en algún momento lo hicieron?”, le espetó agudamente el Maestro.

Daniel se tomó unos instantes para reflexionar. Luego dijo:

“-Nunca diría que fue una relación de amor. Pero tampoco era una de conveniencia. O al menos, no solo de conveniencia. Teníamos valores e intereses compartidos”, resumió.

“-¿Y hoy cuáles son los valores divergentes?”, preguntó el Maestro, llevando a su discípulo a confrontarse consigo mismo.

“-Que para la empresa vale todo. Ya no está en primer lugar la persona, el individuo. El respeto por su libertad, su propia soberanía. Estoy forzado a hacer lo que ellos quieren o a tener que irme. Lo peor es que no está planteado en esos términos, sino en el hecho de que soy disfuncional”, amplió Daniel.

“-¿Y no lo sos?, preguntó el Maestro llevando el diálogo al borde del precipicio.

“-No lo creo”, dijo Daniel.

“-¿Por qué?”

“-Porque es simplemente el capricho y egoísmo del directorio”, se defendió Daniel.

“-¿Y te parece poco?”, siguió el Maestro sin darle respiro. “-Es el órgano que dirige y controla la organización. Es como que un brazo proteste diciendo que lo que decide el cerebro es arbitrario.”

“-Creo que es una falsa discusión”, lo cortó el discípulo.  “Un miembro del directorio no puede soportar que yo brille más que él y entonces todo está distorsionado. Pero no quiero hablar tanto de ellos, sino de mí.”

El Maestro lo escuchaba con atención.

“-Por alguna razón que no alcanzo a comprender, tengo miedo a la libertad,” dijo Daniel. “-Es como si dentro de esta gran compañía me sintiera protegido, y temiera ser incapaz de sobrevivir afuera.”

“-Qué importante lo que estás diciendo”, lo alentó el Maestro. “-Para algunos es la empresa multinacional, en otros casos es el marido, o un padre fuerte, o la religión. Existen infinidad de paraguas…”

“-¿Paraguas?”

“-Bueno, también llamarlo útero, o como quieras”, dijo el Maestro con serenidad. “-El miedo es sin lugar a dudas la emoción más dominante del ser humano. Y está bien que así sea. De nuestra capacidad de detectar riesgos depende nuestra supervivencia. Claro que eso se daba más en el hombre primitivo que en casos como los que estamos hablando, en los que claramente no hay un riesgo de vida. Sin embargo, cualquiera de nosotros cuando experimenta un dilema así, siente un miedo de muerte.”

Daniel lo miró con los ojos brillantes, sintiéndose identificado con aquella palabras.

“-Hay familias en donde un padre poderoso todo lo resuelve, pero en el fondo, controla todo y no acepta que no se haga lo que él quiere. No hay lugar para crecer. También hay esposas que tienen este mismo dilema con sus maridos. Entregan su libertad, a cambio de la seguridad que les brinda”, amplió.

“-Y es un dilema de hierro porque no es fácil superar ese miedo fortísimo, de que seremos incapaces de sobrevivir por nuestros propios medios. Una mujer que tiene que salir a trabajar a los cincuenta años, es natural que piense que es mejor seguir casada y mirar para otro lado, para no ver el desastre que es su vida.”

Daniel escuchaba conmovido.

“-O como te pasó a vos, que ingresaste en una empresa líder mundial, pensando en comerte la cancha, y sabiendo que siempre tendrías el respaldo de la protección brindada por semejante organización. Pero llegó un punto en donde permanecer ahí adentro es negarte a vos mismo”, continuó.

“-Hay tribus en donde ciertas transgresiones son castigadas con la pena capital. ¿Y sabés como matan a los transgresores?”, preguntó el Maestro.

Ante la negativa de Daniel, dijo: “-los destierran. Los echan de la tribu, obligándolos a vivir afuera. Esas personas están convencidas que no pueden sobrevivir fuera de su comunidad, y mueren. Es un caso extremo pero verdadero. Y una buena síntesis de cómo se manejan la mayoría de las organizaciones.”

Daniel escuchaba anonadado.

“-El destierro es duro. Pero no es la muerte. Hay que saberlo. Por otra parte, el precio a pagar para permanecer adentro de ciertos sistemas, suele ser más caro que el de la intemperie. Si fueras un canario; ¿Qué preferirías? La seguridad de una jaula en donde todos los días te traen agua, alpiste, y te protegen del sol, la lluvia, el frío y los animales; o salir de ahí y poder conocer otros cielos, aunque pases hambre, frío, y te pueda comer un gato?”

Daniel se rió. El Maestro estaba más serio que nunca.

“-Es que éste es el dilema. Lo que pasa es que en este planteo, cuesta evaluar el riesgo de ser comido por un gato, y lo minimizamos. Pero cuando se trata de nuestra propia vida, el miedo a no poder sobrevivir es enorme y por lo general terminamos aceptando vivir en la jaula. Nuevamente, esa jaula es la religión, un marido, una familia, una empresa, un partido político, entre miles de opciones posibles.”

Daniel escuchaba en silencio.

“-Todos necesitamos ámbitos de pertenencia y seguridad para crecer. Arrancamos en el útero de nuestra madre, y sigue en nuestra niñez.”

“-El tema es que a cierta edad, es un vicio muy costoso. Por lo general, se da porque tuvimos una protección emocional –y a veces física- muy insuficiente en nuestra infancia. Entonces nos pasamos la vida buscando paraguas que nos protejan. Sentimos que el afuera es peligroso. Y es cierto. El tema es que no medimos bien el precio de esa protección”, dijo el Maestro.

“-¿Entonces?”, preguntó Daniel.

“-Hay que correr el riesgo de ser uno mismo. De no quedarse en esos sistemas de protección que nos terminan cocinando a fuego lento. Tomar la decisión de ejercer nuestra libertad. Sabiendo que sin ella, no hay felicidad posible. Animarse a vivir, que bien vale la pena.”

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Adversidad, Analfabetismo emocional, Aprendizaje, Exigencia

Secretos del corazón

El niño de ocho años murió en la ambulancia camino al hospital. Había perdido mucha sangre y cuando el servicio de emergencias llegó, ya estaba inconsciente. La policía tampoco tuvo oportunidad de obtener información alguna sobre el homicida.

Los devastados padres aceptaron donar sus órganos, por lo que pocas horas después de la tragedia, ocurría el milagro que la ciencia posibilitaba. Otro chico de su edad que estaba por morirse se salvaba gracias al trasplante cardíaco.

El proceso de rehabilitación del niño trasplantado fue largo y complejo. Durante el mismo, el menor sufría recurrentes pesadillas. Los padres estaban algo sorprendidos porque su hijo nunca había tenido problemas con sus sueños. Sin embargo, pensaban que el estrés traumático por un trasplante y la proximidad con la muerte, eran los causantes de un miedo extremo que se manifestaba también a través de los sueños.

Con el correr de las semanas quedó en evidencia que la pesadilla era siempre la misma. El niño soñaba que lo mataban. El departamento de psiquiatría que acompañaba al área de trasplantes no pudo ignorar la pregunta inevitable: ¿tendrían las pesadillas alguna conexión con el crimen del donante?

Esta pregunta encubría otra aún más inquietante o delirante; ¿existiría en el corazón del niño asesinado alguna información sobre el homicidio? El solo pensarlo, no solo helaba la sangre de los investigadores, sino que rozaba el ridículo.

En línea con esta hipótesis, había antecedentes de que el intestino poseía ciertas células capaces de percibir sentimientos, emociones y otros procesos inverosímiles para un órgano de esta naturaleza. De ahí que algunos lo denominaran el segundo cerebro, o que existiera la creencia que aludía a las tripas como vísceras capaces de sentir.

En relación al corazón había menos evidencia, aunque la ciencia iba encontrando hallazgos sorprendentes. Toda parecía indicar que el hecho que fuera el encargado de sentir afectos, emociones y sentimientos, no era una metáfora romántica sino una realidad.

El niño trasplantado continuaba con su pesadilla recurrente, la cual era cada vez más precisa. Cuando el menor la describió con suficiente grado de detalle para verificar que en la misma él era asesinado de la misma forma en que habían matado a su donante, los psicólogos se quedaron atónitos. ¿Era posible o se estaban volviendo locos? El dato más inquietante era que el menor no tenía ninguna información acerca de cómo había muerto el donante.

Presionados por una realidad que superaba cualquier ficción, el director médico decidió contactar a la policía. El crimen no había sido esclarecido porque la escasa sobrevida del niño no había permitido aportar información alguna. Y al no haber existido testigos, la investigación estaba parada.

El jefe del departamento de policía accedió a entrevistarse con los médicos y eventualmente con el niño, solo por solidaridad con los padres del menor difunto. Consideraba que era un absurdo imaginar alguna conexión por un músculo cardíaco.

Después de escuchar en profundidad a los terapeutas, el investigador quiso conocer al niño. Luego de un par de entrevistas en las que estableció alguna confianza con el menor, éste le contó su pesadilla. Asombrado por el grado de detalle de la descripción, el jefe de policía consideró oportuno convocar al ilustrador, para que realizara un identik del supuesto homicida. El dibujante escuchó el relato del niño e hizo el boceto, sin dejar de pensar que la situación era entre macabra y disparatada.

Los investigadores cruzaron el identik con la base de datos y encontraron un par de personas sospechosas con malos antecedentes. Luego de un mes de intenso trabajo, una de ellas terminó confesando que había sido el autor del crimen.

Guillermo cerró el diario. La historia que acababa de leer era demasiado fuerte para seguir leyendo. Que la ciencia continuara investigando las increíbles capacidades del corazón; él sentía urgencia por explorar otros interrogantes que brotaban desde lo más profundo de su ser.

Que el músculo cardíaco fuera capaz de sentir era un dato innovador solo para la ciencia, que siempre había sostenido que las emociones ocurrían en el cerebro. Sin embargo, a Guillermo le surgió una inquietud que iba mucho más allá del increíble descubrimiento científico,  y que lo dejó perturbado.

Si el corazón había sido capaz de guardar semejante información para luego manifestarla con tanta fuerza en otro cuerpo al que había sido trasplantado; ¿qué pasaba con todas las experiencias dolorosas que cualquier persona experimentaba a lo largo de su vida, las cuales solían ser minimizadas, tapadas, o negadas?

Era lógico asumir que un asesinato fuera una experiencia suficientemente traumática para que el corazón no estuviera dispuesto a metabolizarla. ¿Pero qué pasaría con sentimientos y emociones fuertes y dolorosas que no llegaran a semejante extremo?

Recordó a su primera novia, quien lo había abandonado sin mayores explicaciones. Estimaba que lo había dejado por temor a verse obligada a tener sexo. Más allá que él nunca la hubiera forzado a nada, lo que todavía le dolía era la impotencia de no haber podido hablar. Le habían dicho adiós sin mas,  y Guillermo había conocido por primera vez el dolor emocional. La imposibilidad de haberse expresado aún supuraba.

Evocó a una novia que fue la primera relación que duró años, la cual terminó abruptamente cuando Guillermo se enamoró de otra mujer. Como él tenía veintidós años y pensaba que enamorarse de otra persona era inmoral, la había dejado ocultando las verdaderas razones.

Inevitablemente, ella se había enterado de la verdad pocos meses después, desenmascarándolo con un doloroso llamado telefónico. ¿Por qué no le había dicho la verdad de entrada? Para no romperle el corazón, y porque tampoco quería asumirse a sí mismo como una mala persona. Dado que sus parámetros morales no permitían enamorarse de otra persona estando en pareja, la negación había tenido que funcionar a pleno.

El corazón siempre sabía la verdad y el suyo se había sentido aislado cuando el cerebro de Guillermo, había terminado atrapado por su propio esquema de valores. Hasta la Biblia sostenía que los preceptos estaban hechos para el hombre y no al revés. Las personas siempre eran más valiosas que cualquier patrón moral. Éstos estaban para cuidarlas, no para obturarlas.

Guillermo se preguntó si todo lo que guardaba el corazón serían asuntos afectivos. Visualizó cuando él había traicionado a un compañero de trabajo. ¿Por qué lo había hecho, sabiéndose alguien bueno? Por ambición. Afortunadamente, años después del incidente, había tenido la oportunidad de pedirle perdón al damnificado. La víctima, sin embargo, movida por la habitual dificultad humana de lidiar con el dolor, había minimizado el suceso e imposibilitado que Guillermo pudiera cerrar aquél capítulo en paz.

Recordó la situación opuesta, cuando un jefe le había incumplido un acuerdo, y Guillermo no se había animado a hablarlo por miedo a ser despedido. El camino elegido había resultado el peor y él no tendría más remedio que renunciar un año después, completamente envenenado por la injusticia.

Guillermo sentía al corazón como el conocedor de sus verdades más profundas. A su vez, como un compañero misericordioso e inseparable.

Las historias brotaban sin parar. Todas eran fuertes y afectivas, y no todas sentimentales. Había muchos desencuentros amorosos, pero también traiciones, miedos, angustias varias. Sentía más dolor en los casos en que había sido verdugo que en los que fue víctima. En estos últimos tenía más paz, salvo cuando había sido incapaz de expresar lo que sentía.

Tuvo ganas de abrazar a su corazón. Pedirle perdón por todo lo que lo había ignorado y despreciado. Comprendió que ese órgano, no solo había percibido las emociones y sentimientos de todas las experiencias, sino que había guardado un prudente silencio cuando Guillermo no había querido ver o escuchar cosas importantes.

Como si el corazón, además de ser el gran receptor, fuera testigo y compañero de vida. Acompañaba y sostenía a las personas pese a los reiterados maltratos a los que era sometido. Guillermo se preguntó si acaso el corazón sería un tirano al cual había que obedecerle ciegamente.

Pudo ver que su corazón muchas veces sentía cosas contradictorias que se prestaban a confusión. Pero también registró que el tiempo siempre aclaraba cuál era la verdad. Y que no era un dictador, sino más bien un canal, un manantial. Recibía, decodificaba, y sobretodo, producía valiosa información para poder transitar la vida de la mejor forma posible.

Ignorarlo era el precio más caro de todos, porque implicaba ignorarse a sí mismo, y en definitiva, destruirse.

Era comprensible que la mente muchas veces no quisiera escuchar lo que el corazón tenía para decir, porque podía ser muy doloroso, inconveniente, angustiante, o simplemente, no coincidir con los planes. Pero tarde o temprano habría que reorientar la dirección de la vida porque, ¿quién tenía alguna chance de ser feliz desoyendo a su corazón?

Por último, Guillermo registró que frente a lo irremediable, lo único que necesitaba su corazón era poder expresarse. El peor escenario era que lo obturaran, y que todas las emociones y sensaciones quedaran encerradas y apretujadas, sin salida. Al igual que el agua, los sentimientos que no fluían se terminaban pudriendo y contaminaban todo.

Guillermo sintió empatía con su corazón. Por primera vez en su vida, lo comprendió. No hizo falta decirle que de ahí en más pondría lo mejor de sí para que estuvieran en sintonía. Después de todo, la suerte de ambos se jugaba en forma conjunta.

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Oportunidades de un amor prohibido

Verónica se preguntaba si era histérica, estaba loca, o peor aún, era una mala persona.

A sus cuarenta y seis años, el tema del amor siempre la había tomado, resultándole difícil discernir qué era lo que sentía.  Al igual que la mayoría de los seres humanos, necesitaba agradar, caer bien, sentirse valiosa.

En su juventud, su madre había intentado ayudarla sin darse cuenta que lo único que hacía era condicionarla, limitarla, amputarla.

-Yo era inestable como vos, hasta que conocí a tu papá y él me ordenó, me dio seguridad, -le decía.

¿Acaso la seguridad era algo externo a uno? Y de ser así; ¿no existía una vulnerabilidad enorme si esa persona se moría o simplemente elegía separarse?

Estas preguntas que no existían para su madre, tampoco habían surgido en Verónica. Las palabras de los padres solían ser sagradas y marcar a fuego a los hijos, hasta que la realidad, implacable, venía a arrasarlas y enseñar otras formas de vivir, a un precio siempre costoso.

Finalmente Verónica conoció al hombre que vendría a ordenarla. Después de algunos años de un romance tranquilo y consistente, se casaron. Sin embargo, algunas preguntas corrosivas permanecían guardadas en su corazón.

-¿Qué hubiera pasado si seguía más tiempo de novio con fulano? ¿Y si me casaba con mengano?

El hecho que su marido hubiera sido el único hombre de su vida sonaba romántico al principio, cuando los amantes piensan y dicen todo ese tipo de fantasías. Pero luego de una década, los hijos y la rutina, las preguntas políticamente incorrectas que estaban agazapadas volvieron a irrumpir. En principio no era nada malo ni peligroso, simplemente estaban ahí como otras tantas melancolías de la vida.

Sin embargo, algunos años después de cumplir cuarenta años, el amor volvió a entrar en escena. La ¿accidental? aparición del primer novio fue un terremoto que partió el piso y su existencia en dos, rompiendo con todo lo estructurado. Justo a ella le venía a pasar semejante desgracia. Con lo que le había costado ordenarse gracias a la ayuda de su marido, un romance inoportuno e imposible de frenar, venía a destruir todo. Rápidamente Verónica se encontró en carne viva, dual, y viviendo una doble vida que jamás hubiera imaginado. ¿Cómo era posible?

Ella, que siempre se había creído incapaz de mirar a los ojos a su marido si le hubiera sido infiel, se encontraba mirándolo todos los días, haciendo el amor con él, y llevando una vida aparentemente normal cuando nada lo era. ¿Era una hija de puta? ¿Inestable? ¿Adicta al sexo? ¿Por qué le venía a pasar esto justo a ella?

El tiempo fue pasando y el vínculo prohibido no se disolvía. Él también estaba felizmente casado, circunstancia que le daba cierta estabilidad al romance, porque ambos tenían mucho en juego y podían comprender al otro, sin exigirlo. Verónica oscilaba entre sentirse una mala persona, y creer que era una cobarde que no se animaba a tomar la decisión de dejar a su marido.

Lo que había comenzado como algo lindo que no se podía evitar porque era una cuenta pendiente, se había transformado en lo más maravilloso de su vida. Por supuesto que sus hijos estaban en primer lugar, pero el día de mañana harían su propio camino y ella se quedaría atrapada en un matrimonio que si bien era muy bueno, no tenía esa electricidad que encontraba en su amor prohibido.

Así las cosas, la vida se había convertido en una dualidad que le partía la cabeza. Con su novio podía vivir lo secreto, la intimidad, la confianza, el poder hablar de todo sin miedos, descubrir en serio el sexo.

Compartir la imposibilidad de que fueran una pareja, los unía aún más. Era un dolor  y una frustración tan grande en la que ambos coincidían, que terminaba siendo otro punto de encuentro fuerte.

El llegar a casa era en cierto sentido, un infierno. Sus hijos eran lo más lindo de su vida, pero todo lo demás, representaba una cárcel de la que no podía salir. Se sorprendía a sí misma pensando así, dado que su marido era una excelente persona y el matrimonio que tenían era muy bueno. Sin embargo, el diablo había metido la cola y ya nada era lo que había sido.

A veces, estando sola en su casa, reflexionaba en tomar coraje y hablar con su marido. Tan pronto terminaba de envalentonarse, accidentalmente veía un marco con una foto de toda la familia unida y sonriente, y sus ilusiones se venían abajo como un piano. ¿Tan frágil era todo? ¿Cómo saldría de aquél laberinto?

Lo único que el tiempo le iba mostrando es que no habría una salida que no fuera dolorosa. La idea que el romance podría diluirse, o que su marido podría morirse o hasta enamorarse de otra persona y liberarla, eran fantasías.

La sensación de no tener escapatoria la sumía en un estado depresivo, que contrastaba con el gozo de encontrarse con su amante. Le resultaba increíble estar en una montaña rusa sentimental, en la que podía pasar del paraíso al infierno en un instante.

Harta de oscilar entre sentirse una mala persona y una cobarde, se sentía presionada a tomar una decisión. La realidad era que esa idea no era practicable porque Verónica no estaba dispuesta a soltar nada. No quería perder a su novio, que era su alegría, ni entregar la foto familiar con todos sonrientes.

En ese estado calamitoso llegó al consultorio de un terapeuta. Le contó su infierno.

-Le diría que está atravesando un momento sumamente interesante, -dijo el terapeuta.

Verónica no entendía nada. No sabía si se estaba burlando de ella, o cual era el significado de aquél comentario.

-No trate de arreglar nada. En primer lugar, porque no se puede. Y es probable que sus esfuerzos por corregir defectos y problemas, solo los agraven. Pero por otra parte, porque usted no está en condiciones de decidir nada, -completó.

Verónica sintió una mezcla de alivio y angustia. Alivio, porque la habilitaban a seguir viviendo esas dos realidades que tanto quería y que no deseaba perder. Saber que no tendría que encarar acciones dolorosas y difíciles, la tranquilizaba. De todas formas, era consciente de que esta situación no se podía prolongar indefinidamente, por lo cual tarde o temprano tendría que enfrentarla y pagar los costos correspondientes, que parecían descomunales.

-¿Qué es lo que tengo que hacer?, -imploró.

-Viva, -fue la precisa indicación del terapeuta.

-Tan fácil de decir, y tan difícil de hacer…, -se aflojó Verónica. -Se me hace intolerable seguir con esta vida…

-¿Me dijo que llevaba cuatro años con esta situación, no?, -chequeó el profesional.

-Sí.

-¿Está dispuesta a seguir conviviendo con este asunto?

Verónica sintió aquella pregunta como un castigo. Como el infierno mismo, en donde uno tiene el problema del sufrimiento, pero existe algo peor: la falta de escapatoria. Una desesperanza perpetua.

-¿Cree que si le dice a su amante de cortar la relación, sería más feliz?, -provocó el terapeuta.

-Me muero, -contestó Verónica en el acto.

-¿Y cree que si se separara de su marido sería más feliz?

Verónica se sintió como si le hubieran realizado una emboscada. Era claro que tampoco sería más feliz así, por lo cual estaba atrapada en su contradicción.

“-¿Qué cosas buenas le trajo este amor prohibido?”, preguntó el terapeuta con un tono casi científico.

A Verónica se le iluminó la cara como a una niña. – Todo. Me despertó. Me resucitó. Puedo volver a sentir, percibir, experimentar, saborear la vida. Me había convertido en una roca, en un pedazo de hormigón armado, y volví a mi humanidad. Y esa reconexión con mis emociones, con lo que siento, conmigo misma, no tiene retorno. No quiero volver a ser lo que era, una suerte de autómata…

-No importa si quiere o no; usted nunca más va a volver a ser lo que era antes de esta crisis, -le espetó el terapeuta. -Y aunque no le guste lo que le voy a decir, le cuento que lo que le está sucediendo es un drama común y corriente, -continuó el analista.

-Casi todas las personas, a lo largo de su vida, se enamoran de alguien que no es su pareja. Y lo que se juega ahí son muchísimas cosas que estuvieron guardadas, atrapadas, apretujadas durante largos años. Es por eso que salir de estas crisis lleva tiempo. Menos que el que se tomó en producirlas, pero bastantes años de todas formas, -dijo el terapeuta.

-¿Años?, -desafió Verónica con desesperación.

Ante el silencio del profesional, ella permanecía callada, reconociendo la sabiduría de sus palabras. Viendo que sus ojos rogaban alguna directriz, el terapeuta prosiguió.

-Transite. Ponga todo su amor en cada una de estas dos realidades. Por más que parezcan irreconciliables, no lo son. Son dos caras de una misma moneda. Y usted es el punto de unión de ambos opuestos.

-Es central que esté dispuesta a convivir con esta situación todo el tiempo que sea necesario, -prosiguió. -Todo ser humano atraviesa ciertos momentos en la vida en donde es sometido a fuerzas contradictorias tan grandes, que cree que será desgarrado en dos partes. De un lado quedará un brazo, una pierna y un pedazo de cuerpo, y del otro, la mitad restante. Pero eso es solo una sensación psicológica. Muy fuerte, por cierto, pero solo ocurre en el cerebro. Hay que aprender a lidiar con ella.

Verónica escuchaba inspirada.

-Y como decía un gran terapeuta, ni siquiera tenga avidez por resolver este problema. Puede ser feliz aunque esté en el medio del fuego. De hecho, la felicidad no es la ausencia de problemas, sino la capacidad de aprender a estar bien, en medio de ellos.

La consulta llegaba a su fin, por lo que Verónica se paró y caminó hasta la puerta. Antes de saludarla, como si quisiera que ella no olvidara lo importante, el terapeuta repasó las consignas.

-No tenga avidez por resolver el problema. No se apure. Viva. Transite. Ponga todo el amor que tenga, en cada situación que le toque vivir. En su momento y en su forma, la vida se abrirá y usted sabrá cómo y por dónde seguir. Y mientras tanto, dé gracias por todo, porque usted estaba muerta y  la vida le dio una oportunidad.

Artículo de Juan Tonelli: Oportunidades de un amor prohibido.

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Analfabetismo emocional, Madurez, Sufrimiento

No poder escuchar

La muerte del presidente de la empresa había desatado una crisis familiar por la sucesión. Varios parientes disputaban el sillón, y  la pelea era sórdida y a muerte. Resultaba paradójico que en la base de la lucha por el poder estuviera la afectividad.

El poder, que solía avasallarlo todo, destruía cualquier atisbo de afecto genuino que pudiera amenazar su propio interés. Irónicamente, a lo único que aspiraba era a ser querido, reconocido.

Las peleas intrafamiliares solían ser las peores. De Caín y Abel, hasta situaciones más contemporáneas. ¿Acaso en los reinos no habían existido hijos que mataban a sus padres, esposas que envenenaban a sus maridos o hermanos que se asesinaban, solo por acceder al poder? Obviamente y tal como le había pasado al Ricardo III, terminaban más solos que nunca,  logrando el efecto opuesto al buscado, en donde eran temidos pero nunca amados.

El gerente general de la empresa, quien era ajeno a la familia, había contratado a la consultora internacional más reconocida en temas estratégicos, con el objeto de facilitar el entendimiento de las familias accionistas.

Después de unas cuantas reuniones de trabajo en las que hizo de psicólogo, sacerdote, gurú y amigo de los distintos familiares que peleaban la sucesión, el presidente de la consultora convocó al gerente general para intercambiar algunas ideas.

“-La verdad que la situación es bien difícil”, arrancó.

El gerente asintió aquel comentario que él padecía en primera persona.

“-Está bastante claro que Luis va a ser el sucesor”, continuó el presidente de la consultora. “-Pero me preocupa bastante…”, dijo con un gesto serio.

“-¿Por qué?”, preguntó el gerente general.

Después de reflexionar unos instantes, y con la mirada perdida en el horizonte, le contestó:

“-Porque Luis es un tipo muy innovador y carismático, pero para ser presidente de un grupo tan grande como éste, se necesitan otros atributos…”

El silencio invadía la sala imponente de reuniones con vista al mar.

“-Por ejemplo, ser capaz de manejar una multiplicidad de recursos”, completó el consultor.

“-¿Y te parece que Luis no puede hacerlo?”, preguntó el gerente algo sorprendido.

“-Creo que puede registrar la complejidad, pero no sé si es capaz de administrarla. Temo que se aburra. Algunos tienen el síndrome de Cristóbal Colón.”

Ante la mirada desconcertada del gerente, el consultor prosiguió.

“-Cristóbal Colón descubrió América. Corrió enormes riesgos y su misión llegó a buen puerto. Pero fue completamente incapaz de organizar América. En el fondo, a él no le interesaba. No tenía las aptitudes. Por lo cual, en vez de asentarse y desarrollar la conquista, se volvió a subir al barco y siguió viajando y viajando… Y no tiene nada malo ser un navegante. El problema es cuando insistís en ser un administrador o un desarrollador. Ahí tu trabajo será pobre y tampoco serás feliz…”

“-¿Estás convencido de que Luis no puede ser el conductor de este conglomerado de empresas?¿Él podría convocar al mejor equipo para llevar adelante las tareas…”, propuso el gerente.

“-Es que no alcanza con el mejor equipo. Después hay que hacerse cargo de esas personas. ¿Y Luis querrá? Yo creo que no le interesa, o no puede. Lo que él quiere es dejar su impronta, aportar innovación; ¿pero necesita ser el presidente para hacer eso? Por ejemplo, en mi experiencia he visto un montón de publicistas que eran mucho más felices y eficientes cuando se dedicaban a pensar y ejecutar las publicidades, que cuando se convirtieron en importantes empresarios dueños de sus propias agencias, y su trabajo se concentraba en lidiar con problemas, jugar al golf y tener almuerzos costosos para conseguir clientes y tratar de cobrar. Extrañaban las épocas en las que podían expresar su creatividad y tenían mucha más libertad. ”

El gerente general se sentía cada vez más contrariado y disminuido. Sin ser accionista pero siendo un hombre respetado por todos, había propuesto esta consultora como forma de zanjar las guerras intestinas asociadas a la sucesión. Y ahora, que parecía existir un consenso que ya era muy difícil de revertir, el consultor venía a señalar los enormes riesgos que conllevaría aquella decisión.

“-Entonces, para vos el gran tema es que Luis se aburre y que va a ser incapaz de hacerse cargo de todos los temas”, dijo el gerente general.

“-No”, lo cortó con suavidad el consultor. “-Ese no es el problema principal.”

La cara del gerente seguía empalideciendo, como si no quisiera escuchar mas malas noticias.

“-Su problema principal es su dificultad para que le digan las cosas”, disparó.

El gerente general puso una cara de sorpresa, sin entender bien aquella idea. “-¿Pero eso es una dificultad de Luis o de los que no se animan a decirle las cosas? ¿No te parece que lo estaríamos haciendo cargo de un problema que no es suyo, sino de los demás?”

“-¿Vos decís que los demás conspiran para ocultarle temas?”, provocó el consultor. “-¿Vos te ponés de acuerdo con otras personas para no decirle ciertas cosas, o te parece que simplemente no se las decís porque intuís que él no te da ningún margen para recibir esa información?”

El gerente general se quedó callado. Se sintió demasiado identificado con aquél estilete que acababan de clavarle.

“-Si bien es cierto que la comunicación es un tema de a dos, hay entornos y personas que no la favorecen. Por un lado, la dinámica que se arma alrededor de personas importantes, suele ser muy negativa. Todos tienen miedo de llevarle malas noticias o temas que lo puedan irritar o decepcionar. En definitiva, se trata del instinto de supervivencia en estado puro. Ningún león quiere irritar al macho alfa de la manada, no sea cosa que se enoje y lo mate.”

El gerente escuchaba aquella lección admirado.

“-Pero más allá del siempre difícil entorno del líder, hay personas que por diversas razones, no pueden dar el menor espacio para escuchar toda aquella parte de la vida que no les gusta. Entonces, como ellos decidieron rechazarla, es improbable que sus interlocutores perciban que pueden plantearle ciertos temas…”

“-¿Y cuáles son esos temas?”, preguntó el gerente.

“-Luis es una de esas personas que sin darse cuenta, cree que la realidad es lo que ocurre en su cabeza. O peor aún, considera que la realidad debiera ser como a él le parece, y todo lo que no se ajuste a esas ideas que tiene, está mal o equivocado. Con un entorno mental así; ¿quién le puede señalar algo contrario?”

El gerente continuaba en silencio, sabiendo de qué le estaban hablando. Él vivía padeciendo la situación descripta.

“-Y es muy paradojal, porque Luis es un tipo con una sensibilidad altísima. O sea que puede percibir hasta lo más profundo de las personas. Intuir y llegar a niveles de conocimiento del otro que muy pocos logran.”

“-¿Qué ejemplos concretos de la dificultad de Luis me podrías señalar?”, insistió el gerente.

“-Es que no importan”, dijo el consultor. “-El tema central es que su cabeza no le da ningún lugar a todo aquello que no le gusta. Y aunque la niegue, la realidad sigue ahí. Y al ignorarla, será aún peor. Por eso, es muy peligroso que se ponga al frente de esta organización; sin saberlo, estará tomando decisiones con aquella información que le gusta o tolera. Sin embargo, sería bueno que decidiera con mucha más información que eso…”

El gerente miraba al vasto océano, como forma de evadirse un rato de aquel diagnóstico tan preciso. ¿Qué sería de su propio futuro si la empresa estaba conducida por alguien así?

El consultor, impasible, continuó. “-Es como la frase popular que sostiene que la mujer engañada es la última en enterarse. Lo que esa idea no precisa o tergiversa, es que seguramente esa persona tiene fuertes incentivos para no darse cuenta, conscientemente, que su marido la engaña. Porque no le conviene, o porque no puede tolerar esa realidad que es tan distinta a sus ideas o que amenaza ciertas seguridades. Y el problema es que la realidad ocurre igual, más allá de la enorme capacidad de negación que oponga.

El mismo caso que el diario de Yrigoyen. ¿Por qué le armaban un periódico a su medida, solo con buenas noticias? ¿Eran todos malos y manipuladores, o él tendría algo que ver con esa situación? A mí modo de ver, él no les daría ningún margen para contarle lo que estaba pasando, por lo cual los demás no tenían más remedio que inventarle lo que él quería escuchar.”

El gerente escucha todo aquello conmovido por la sabiduría de las palabras, aunque sintiéndose como si lo hubieran molido a palos.

“-¿Y por qué pensás que no escucha, que tiene tanta dificultad para que le señalen defectos o problemas?”, preguntó.

“-En mi experiencia, esa característica remite casi siempre a situaciones traumáticas de la infancia. Probablemente lo hayan criticado y desvalorizado tanto, que llegó un punto que no puede tolerar la más mínima crítica o comentario. Trabajé una vez con un muy buen empresario que en la adolescencia le había amputado un pie por una herida que se le había infectado y generado una gangrena.”

“Cuarenta años después de aquella experiencia, un día me confesó que él era muy conservador en sus negocios y en su vida, porque no quería perder más nada. Uno de sus mecanismos adaptativos para sobreponerse a la amputación, fue que inconscientemente decidió no perder más nada.”

“Le fue bien en general, pero al promediar los cincuenta años tuvo que volver a procesar esa premisa, porque era evidente que lo esperaban tiempos de pérdidas y él no podía tolerarlas. Y en el caso que nos convoca sería algo parecido. A Luis le dijeron tantas cosas malas y lo criticaron tanto, que ya no tolera una crítica más.”

Después de un profundo suspiro, el gerente preguntó: “-¿Y creés que puede cambiar?”

“-Es difícil. Las características que no se expresaron antes de los cuarenta años, es porque no están. Así y todo, la realidad es una implacable escultora. Nos va dando todos los martillazos que necesitemos para ir mejorando nuestra forma. Como somos de piedra, no tenemos más remedio que recibir cincelazos.”

“-El tema es que ya no hay tiempo para pensar en otro presidente”, dijo lacónicamente el gerente. “-Solo nos resta ver cómo ayudar a Luis para que conduzca este barco al mejor puerto que se pueda.”

“-Y a que se lastime lo menos posible”, agregó el consultor. “-Como conversábamos hace un rato, a mí modo de ver su problema central es su dificultad para que le digan las cosas. Ahora si analizamos qué tipo de temas son los que más le cuestan, nos encontraremos que le resulta intolerable cualquier crítica, por menor que sea. Y tiene que aprender a incorporar la humanidad de las personas.”

“-¿Cómo decís eso si debe haber pocas personas más buenas y sensibles que él?”, protestó el gerente.

“-No lo dudo”, precisó el consultor. “-Pero estoy hablando de otra cosa. Luis tiene una rígida estructura de valores. Una cosa es poder distinguir entre el bien y el mal, y otra distinta es pensar que el mal es algo que no debiera existir. El mal existe. Siempre. Y no allá afuera, en Hitler o en las malas personas. El primer lugar en el que existe es acá adentro. En nosotros mismos.”

“-Si uno no puede hacerse cargo de sus áreas más sombrías, sean éstas las que sean, termina negándolas. Y nuevamente, ellas existen igual. Bah, peor, porque al ser reprimidas crecen. Si nosotros no podemos aceptar que somos mediocres, que tenemos pasiones con la comida, el sexo, el dinero, el poder, el protagonismo, y que siempre podremos perdernos en la próxima curva, estamos ante un problema grave”, continuó.

“-Situación que se agrava exponencialmente si uno tiene que dirigir personas, porque las personas son justamente esto”, prosiguió el consultor. “-Lao Tsé decía que “aquél que aspire a ser rey tendrá que estar dispuesto a hacerse cargo de todos los pecados del reino… Y ese es el punto. Si uno niega las propias áreas oscuras, muy difícilmente pueda contener y conducir las cuatro mil personas que trabajan en este grupo y que definitivamente tienen todo tipo de pasiones.”

El gerente tenía emociones encontradas. Por un lado, eran todas dificultades y malas noticias. Por otro, el agudo diagnóstico lo esperanzaba. Siempre era posible trabajar y mejorar si uno conocía cuál era el problema.

“-¿Qué pensás?”, quiso saber el consultor.

“-En Jesús”, dijo el gerente. El consultor lo miró sorprendido.

“-Más allá de la cuestión religiosa pensaba que sus amigos y seguidores eran los pobres, los malos, las putas. Los supuestamente buenos, santos e influyentes fueron los que lo enfrentaron, persiguieron y finalmente mataron. Pareciera que le fue más fácil trabajar con los que se sabían muy imperfectos, que con aquellos que estaban convencidos que eran buenos…”, completó el gerente.

El consultor sonrió esperanzado. Confirmó que tenía alguien con quien trabajar para ayudar a Luis a transitar el camino que lo esperaba.

Artículo de Juan Tonelli: No poder escuchar.

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Analfabetismo emocional, Ideas equivocadas, Miedo

No hablemos de nada

La persona que estaba realizando la presentación miró a sus interlocutores, para ver si alguien tenía alguna pregunta. Al silencio generalizado, siguieron los agradecimientos y saludos de ocasión, y la reunión finalizó.

Tan pronto el expositor se retiró, Bernardo, dirigiéndose al resto de participantes que aún estaban en la sala, dijo :

“- Cuando un encuentro es tan aséptico y formal y nadie te hace preguntas, podés estar seguro que te fue mal…”

La situación de aquella persona que había presentado los servicios de su compañía no era fácil. Se habían convocado a tres empresas para competir y cotizar, una de las cuales había pasado un mejor servicio y un veinte por ciento más barato. Así y todo, se les había solicitado a los tres concursantes que vinieran a presentarla.

En ese contexto, el primer expositor había sido el que había ofrecido las mejores condiciones, y los otros dos si bien tenían buenas propuestas, no alcanzaban a superar a quien sería el ganador. La idea de convocarlos a todos era darles una oportunidad de escucharlos, de interactuar, de que explicaran, para que la decisión no se tomara solo en base al proyecto presupuestado por escrito.

La última presentación, tan aséptica, movilizó a Bernardo. Se preguntó si el expositor no habría percibido que la falta absoluta de preguntas y de una reunión más abierta, eran un indicador muy negativo. Instantáneamente se dio cuenta que ese no era un escenario posible. El vendedor debía tener cabal registro de que las cosas no estaban yendo bien. Y si así era la situación; ¿por qué no había intentado abrir la reunión, generar un espacio para interactuar, tratando de enfrentar los problemas que se hacían evidentes?

Asumido que tanto silencio solo confirmaba un mal resultado, ¿por qué el expositor no se había animado a hurgar, a tratar de buscar una grieta por la cual entender qué estaba pasando para ver si podía encontrar una salida?

Bernardo recordó su propia historia de vida, cuando él era vendedor. Con ternura rememoró que él había estado en situaciones similares muchas veces.

En sus primeros años en ventas, su principal objetivo no había sido vender. Su desafío había consistido en no ser rechazado. Él vendía un producto bastante caro y muy específico, por lo cual la tarea comercial era difícil.

Para Bernardo, inconscientemente, dedicarse a ventas tenía algo vergonzante. Entonces necesitaba demostrar que estaba por encima de la situación, exhibiendo cierta indiferencia a que le compraran. No quería ser un mercader sino un tipo importante. Nunca se había preguntado demasiado de dónde habría salido la errónea idea de que vender era algo indigno. Como si vivir no incluyera estar vendiendo todo el tiempo las ideas y posiciones de uno.

Sin embargo, para protegerse de aquella indignidad, Bernardo había elegido el camino de no forzar, ni pedir, ni necesitar que le compraran.

Toda una postura existencial: como si alguien en un desierto mostrara desinterés por un vaso de agua fresca. ¿De dónde había salido la idea de que mostrarse interesado por aquella bebida vital era rebajarse? Se dio cuenta que más que un concepto aristocrático, era una idea estúpida, ya que todas las personas tenían necesidades.

En todo caso, una cosa era no mendigar -que aún en ciertas condiciones extremas podía ser necesario-, y otra distinta era vivir simulando una autosuficiencia que no se tenía.

El sistema de protección emocional de Bernardo se completaba con el armado de un discurso muy sólido, que recitaba ante los posibles clientes. El relato era tan bueno, que todos sus interlocutores lo escuchaban con ganas. Sin embargo, algo tan pulido y perfecto, no dejaba lugar alguno para la interacción. Algo que por otra parte, él tenía terror que ocurriera.

Los recuerdos se iban multiplicando y le servían como pistas de oro para conocerse a sí mismo.

Preguntarse por qué tenía pánico de que ocurriera alguna interacción lo llevaba directamente al núcleo del problema. Sentía un temor muy intenso a ser rechazado.

De nada servía racionalizar que en todo caso lo que sería rechazado era el producto y no su persona.

Acercándose en puntas de pie a su propio corazón, evocó los años que se comportó de esta forma. Visitó a miles de clientes con los cuales tuvo terror de interactuar. Solo les presentaba técnicamente el producto, haciendo un alegato fantástico de la empresa en la que trabajaba para salvar su honor, y retirándose satisfecho.

Se sorprendió al tomar conciencia que durante años, su actividad básica, más que vender, había consistido en escaparle al rechazo.

Como si fuera un detective, continuó indagando el por qué de aquél comportamiento.

Hizo un esfuerzo en rememorar lo que sentía durante aquellas gestiones de ventas. Recordó la cantidad de veces que había aceptado terminar una reunión formalmente correcta, pese a intuir que nunca habría una segunda oportunidad. Encuentros que finalizaban con una sonrisa educada y la palabra mágica para salir del callejón sin salida: “-nos hablamos”.

Se preguntó por qué habría aceptado retirarse, fingiendo una tranquilidad que no sentía. Tal vez, porque lo más importante que buscaba era evitar la violencia de escuchar que el producto no era bueno, o que era caro. ¿Y acaso escuchar la mentira de “-nos hablamos” era menos dolorosa?

Bernardo percibió que dolía igual, aunque era menos violenta.

Diferir el rechazo y evitar la confrontación resultaba más suave que exponerse a ella. El problema, sin embargo, era que si existía un no, se podía tratar de entender y eventualmente corregir. En cambio, la mentira del “hablamos” sepultaba la última posibilidad de interacción que quedaba. Irónicamente, nunca más se volvería a hablar. ¿Entonces?

¿Por qué no exponerse y animarse a hablar de lo que pasaba, para tratar de encontrar una salida? Como una noria que siempre volvía al mismo punto, Bernardo sintió que el principio rector de aquella etapa de su vida era minimizar el dolor. Y con esa premisa, el “hablamos” que nunca se concretaría, era infinitamente menos doloroso que escuchar la verdad.

De poco importaba que una alternativa permitiera crecer y la otro no. Lo importante era escaparle al dolor.

Se preguntó si era tan grave o doloroso ser rechazado en una venta. Percibió que había una gran distancia entre lo que explicaba su mente y lo que expresaba su corazón. En el fondo, para él era grave.

Con sus emociones a flor de piel, recordó que esta conducta suya del pasado aplicaba a otras situaciones. Atento a que los seres humanos no son compartimentos estancos, se dio cuenta que el tema quedaba expuesto en todas las áreas de su vida. Tal vez la más evidente fuera la sentimental.

¿Cuántos encuentros con mujeres habían terminado con un “hablamos” que lo único que garantizaban era que nunca más volverían a hablar en toda la vida? Y si bien en este caso el asunto era más delicado porque si se profundizaba se corría el riesgo de ser rechazado como persona, era no menos cierto que su principal impulso había sido evitar el dolor.

Era mejor soportar el dolor de saber que no volvería a hablar con esa chica que le gustaba, a correr el riesgo de ser rechazado pero tal vez revertir la situación.

La mente de Bernardo regresó a la reunión. Se preguntó por qué alguien que sentía que estaba yendo directamente a un mal resultado, optaba por aceptarlo pacíficamente antes que intentar buscar una alternativa.

La única respuesta era el miedo al dolor. Sufrir en cuotas y gradualmente parecía mejor que percibir el dolor todo junto.

Y en donde la idea de que exponerse al sufrimiento, aunque fuera el único camino que permitiera encontrar una solución, era menos tolerable que terminar de aceptar una realidad peor pero dosificada.

Bernardo sintió compasión por su historia de vida y por la de la persona que se acababa de ir de la sala. Registrar que los seres humanos solían preferir que los mataran con silenciador antes que pelear por sus propias vidas le dio una extrema ternura.

Pensó en el misterio del corazón humano, y toda la delicadeza y comprensión que requería para ser abordado, tratado y ayudado a crecer. Una tarea difícil pero que bien valía la pena.

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Analfabetismo emocional, Fachada, Ideas equivocadas

Estafada por sí misma

“Estoy enamorada de dos hombres al mismo tiempo: Bobby y Teddy”. Esas once palabras provocaron un terremoto en Betina. Básicamente, porque para ella Jackie representaba la perfección. Una mujer inteligente, culta, receptiva, fina, estoica.

Betina había intentado emular a Jackie Kennedy toda su vida, considerándola su referente, su inspiración. Su vestuario, peinados y elegancia; su dignidad para sobrellevar las reiteradas infidelidades de su marido; o su resiliencia para sobreponerse a que lo asesinaran al lado suyo.

¿Donde quedaban entonces aquellas imágenes de perfección que transmitían JFK y Jackie?Hermosos, vitales, glamorosos, aristocráticos, poderosos. ¿Todas esas fotos que retrataban la perfección humana en la tierra eran una mentira? Él, ocupándose de los asuntos de Estado y siendo un padre excepcional que llevaba a su hijo al trabajo. La foto hablando por teléfono en su despacho presidencial mientras su hijo se escondía debajo del escritorio, ¿qué era? Otras imágenes con los cuatro miembros de la familia unida y sonriente, ¿también eran una coreografía?

Betina siempre había tenido mucho recelo por JFK. Básicamente porque la leyenda de sus múltiples infidelidades la interpelaba.

Involuntariamente, era un espejo de su propia vida al que no quería ver. Ella también había sido engañada por su marido infinidad de veces, pero era un tema que casi no quería abordar con la esperanza de que doliera menos.

Para peor, este asunto había divido aguas con su propio marido. Mientras para Betina toda la situación era inaceptable, su esposo no podía disimular la admiración por un presidente que se levantaba y acostaba con la mujer más deseada del planeta, como era Marilyn Monroe. Para él, era un ídolo total. Lógicamente, nada de eso se podía hablar en el matrimonio de Betina, pero ella dolorosamente percibía el sentir de su cónyuge.

El asesinato del presidente había lavado muchos pecados. La sociedad y Betina incluida, sentían que era una falta de respeto condenar a un hombre por sus infidelidades cuando había dado su vida por los ideales. Toda una ironía que la muerte hiciera parecer buenas a las personas. Un fenómeno muy propio del ser humano, como si el hecho del fallecimiento borrara todas las malas acciones que pudieran haber cometido en vida. En el caso de los mitos era aún más grave, porque la pasión que despertaban obturaba completamente cualquier razonamiento o análisis objetivo.

Betina dudaba entre seguir leyendo aquél libro o cerrarlo y dejar las cosas así. Enterarse que su Jackie no había sido tan santa ni perfecta como ella había estimado, ponía su propia vida en crisis. Tanta energía puesta en tomarla como ejemplo, para venir a enterarse al final de su vida que el paradigma de perfección no era tal.

Con miedo y dolor, eligió seguir leyendo. A sus setenta años, Betina sintió que no hacerlo era disponerse a negar la realidad una vez más. Ese mecanismo que había utilizado infinidad de veces a lo largo de su vida, no funcionaba esta vez.

Siempre había registrado que la negación no servía para minimizar el dolor, por la simple razón que el corazón siempre conocía lo que la mente negaba.  Así y todo, su cerebro había decidido negar hasta el mismo hecho de saber que la negación no funcionaba.

En el fondo, al no ser capaz de aceptar las distintas manifestaciones de la vida, su única alternativa era negar. Como Betina definía en forma férrea los límites en los que la realidad debía discurrir, había desarrollado un descomunal sistema de negación para no destruirse. Afortunadamente esta vez no funcionó y desde aquella fisura de su ídola, la existencia comenzó a inocularle humanidad.

Al leer nuevamente la confesión que Jackie le había hecho a su amigo Truman Capote, revelándole que estaba enamorada de dos hombres al mismo tiempo, volvió a estremecerse. Betina siempre había creído que eso no era posible. En su cabeza, eso sólo podía ocurrirle a las putas, hecho que ratificaba su ignorancia de la profesión más vieja del mundo y sobre todo, de la condición humana.

Demasiado movimiento interno para que Betina pudiera percibir todo lo que no había registrado en una vida. En Occidente había millones de individuos que se enamoraban de dos personas al mismo tiempo. Y en muchos países de Oriente, hasta estaba permitido.

Betina no tuvo mucho tiempo para ahondar en la factibilidad de un amor simultáneo porque una pregunta mucho más difícil sacudía su alma. ¿Cómo podía alguien estar enamorada de dos hermanos, que para peor, lo eran de su difunto esposo? Aquella realidad le parecía sencillamente imposible. Como si la vida no soliera manifestarse de las formas más increíbles. Como si tuviera que circunscribirse a sus ideas.

Enterarse que el romance de Jaquie con Bobby y Teddy se había desencadenado a los pocos meses del asesinato de Kennedy, la desparramó. Si bien a Betina le resultaba imposible calificar a su musa inspiradora como una puta, sintió que estaba entrando en crisis. Algo inevitable, cuando un sistema de ideas y creencias que había funcionado durante décadas, quedaba expuesto a realidades más amplias.

Continuar leyendo el libro y ver otras declaraciones como la del actor Marlon Brando, quien en primera persona contaba como Jackie le había propuesto  acostarse con ella, solo agravaron el estado interno de Betina que, a esta altura, ya se sentía como si un camión la hubiera pasado por encima.

Pero el colapso definitivo fue cuando leyó otra declaración de Truman Capote, a quien Jackie le había confesado que acostarse con el actor Paul Newman le había resultado escalofriante. La increíble revelación era que el actor tenía un pene idéntico al de su marido, por lo que ella se había sentido como si su difunto esposo la hubiera seducido nuevamente.

Betina sintió que no podía seguir leyendo aquél libro. Sobredosis de realidad, que le resultaba intolerable.

Una cosa era enterarse de las infidelidades de JFK, que le hacían doler al verse reflejada como víctima, pero en el fondo parecían un tema menor. Pero registrar que la vida de Jackie había estado tan lejos de lo que ella pensaba la había puesto en crisis. Y en donde lo menos importante era descubrir que su referente, en realidad, no era perfecta como ella creía.

El problema central era registrar que muchas de las cosas que Betina estaba leyendo, también habían pasado por su corazón a lo largo de su propia vida . Ella también había estado enamorada de otro hombre estando casada, aunque no fuera hermano de su marido. Había tenido deseos de acostarse con varios actores. Y más allá de la sexualidad, había anhelado vivir una vida más libre, con ideas más flexibles que las que tenía.

Pero por las razones que fuera, Betina había decidido cerrar filas y cumplir. Ser la abanderada. El precio que había pagado había sido altísimo, ya que irónicamente, si algo faltaba en su vida era vitalidad.

Registrar que Jackie la había tenido, venía a romper el acuerdo tácito y unilateral que ella había establecido con la ex primera dama. El dolor no podía ser mayor. Se sentía estafada, defraudada en su buena fe.

Con el correr de los días, llegó a darse cuenta que la estafa no se la había ocasionado Jackie con sus miserias. El problema había sido ella misma con sus férreas ideas acerca de cómo debía ser la vida. Responsabilizar a Jackie era como cuando un niño al golpearse con una mesa, culpaba a la mesa.

Un año después Raquel era una persona transformada. Hablaba poco, guardando mucho silencio. Se cuidaba de opinar, dejando de condenar a todo el mundo, como había hecho toda su vida. Pudo empezar a percibir la vida de las personas y la suya propia, como un vasto océano que nunca cabe en las ideas de los seres humanos.

Dejó de lamentarse de que su propia vida hubiera transcurrido, en vez de en el océano, en un modesto balde con agua potable. Pudo mirar toda su historia con benevolencia, comprendiendo que había tenido mucho miedo. Erróneamente había creído que su única posibilidad para sobrevivir era proteger su vida viviendo en un balde. Por más atroz que resultara, ella le había tenido pánico a vivir en el océano. En cambio, los terribles límites de su balde le habían ofrecido una sensación de seguridad.

Ya no le quedaba mucho tiempo para navegar mar adentro. Pero tampoco quería quejarse por haber vivido toda su vida en un balde. Decidió salir de ese universo tan pequeño y falsamente seguro para, en los años que le quedaran, poder conocer otras playas.

Artículo de Juan Tonelli: Estafada por sí misma

Estafada por si misma

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