Analfabetismo emocional

aislamiento, amor, Analfabetismo emocional, intimidad

Abrir las piernas

La madre de Ezequiel clasificaba a las mujeres en dos grupos; las que trabajaban y las que abrían las piernas.

Ella, obviamente, pertenecía al primer grupo. Un grupo de una sola persona, porque el resto de mujeres que trabajaban no le llegaban ni a los talones. No eran lo mismo.

Así había crecido Ezequiel, con un particular desprecio por las amas de casa y las mujeres que solo hacían de esposas y madres.

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otras formas de comunicación

-Igual, si el viejo se muere, tenemos las cuentas en orden.

Javier escuchó a su hermano sin terminar de entender bien el sentido de aquellas palabras.

El padre se había sentido mal al mediodía, y frente a la persistencia del malestar, lo habían traído a la clínica para quedarse tranquilos. Pocas horas después se estaba muriendo. 

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Analfabetismo emocional, Ansiedad, Sin categoría, Sufrimiento

aburrida de mi vida

Eugenia buscaba con desesperación alguna pasión. Necesitaba que pasara algo en su vida. Con cuarenta y cuatro años y veinte de pareja, sentía que hacía rato que no pasaba nada.

Después de cumplir con todos los mandatos -recibirse, trabajar, ponerse de novio con alguien decente, casarse, tener hijos-, su vida le resultaba una monotonía hacia la nada. “Esto era todo?”, se preguntaba con angustia.

Un intenso romance clandestino había dejado en evidencia lo que era evidente hacía rato, que Eugenia se negaba a ver. Hacía rato que con su marido tampoco pasaba nada. Para peor, y aunque no quisiera ver esa realidad a los ojos, era imposible que con su esposo fuera a pasar algo. Era un buen tipo, tranquilo. Quién podía condenarla a ella por no haberse dado cuenta a los veinte años que él no tenía grandes luces?

Habían pasado décadas juntos, tres hijos, y el hogar dulce hogar era un tedio. Ella oscilaba entre tomar la decisión de separarse, o apretar los dientes y seguir para adelante. Un amor prohibido la había estremecido, pero la sola idea de romper la familia la había frenado. “Ya se me va a pasar”, se decía.

Si bien pudo doblegar ese romance, algo murió adentro suyo. Algo secreto, que ni siquiera tuvo consciencia de sus enormes implicancias: la posibilidad de sentirse libre, de poder elegir.

Aunque no tuviera registro de esta situación, Eugenia se sentía atada de pies y manos, completamente incapaz de elegir. Aguantó el dolor como pudo, aunque volver a su casa y encontrarse todos los días con un hombre que no le interesaba en lo más mínimo le resultaba desolador.

Para apurar el trago amargo de abandonar el amor prohibido, intentó acercarse más a sus hijos. Sin embargo, después de unos meses de jugar a ser Susanita dejó esos planes. Ella no había nacido para ser la madre prodigio, así que optó por seguir cerca de sus hijos, pero tratando de encontrarle una vuelta a la vida. “Pobres mis hijos si van a tener que cargar con el peso de que sean lo único importante de mi vida.”

El trabajo era un tema trascendente para Eugenia; su secreta ambición de poder era un fuego sagrado que junto con su inteligencia la impulsaban para adelante. Pero haber sido educada para ser buena y correcta la frenaba. Como si ser ella misma fuera peligroso. Seguramente lo fuera para sus padres, quienes suelen esperar hijos a la medida de sus necesidades o miedos.

A más angustia, más trabajo y más movimiento. La agenda de Eugenia era infernal. Trabajaba como una bestia, asistía a sus hijos como una madre ejemplar, y hacía sus rutinas de entrenamiento como si pretendiera ganar el triatlón de Hawai. La obsesión por el cuerpo perfecto era otro de sus problemas. Más allá de haberse recuperado relativamente de su anorexia, se imponía duras rutinas que le garantizaran seguir siendo flaca, aunque fuera consciente que la batalla contra el tiempo era inexorable.

Aunque sabía que la apariencia era solo eso, no podía liberarse del poder hipnótico que le generaba. Era consciente que invertía un montón de energía en un lugar que no valía tanto, pero así y todo no podía soltarlo.

“Para qué me habré hecho las lolas?”, se preguntaba. “Para ser deseada por quién? A mí marido, no le cambió nada. Por otra parte, no estoy para separarme, y cuando tengo una aventura me mata la culpa. Para qué me las hice? Solo por histeria, para que me deseen personas con las que no me voy a acostar nunca?”

“La verdad es que no sé ni para dónde salir”, le confesó a una amiga en la lujosa confitería de un hotel cinco estrellas.

“Y si parás, en vez de seguir corriendo?”, la interpeló la amiga.

Eugenia se sintió desconcertada. El único modo de vida que conocía era correr. Siempre apurada, llena de actividades y exigencias.

“Si parás tal vez puedas sentir cosas y enterarte qué te pasa, qué querés.”

Las palabras de su amiga más que inspirarlas la angustiaron. Qué cosa no querría ver? Que su vida era un desastre? Pero era para tanto, o había que bajar la exigencia y aceptar que no estaba tan mal? Después de todo; qué carajo era ser feliz? Las imágenes de las publicidades?

“Por un lado tengo la convicción que mi matrimonio no va más. Mi marido me parece un boludo, y sé que un juicio así, es algo sin retorno. No puedo estar con alguien a quien no admire, o al menos respete. Pero también, veo que todos los que se separan, cinco años después están con otra pareja, pero en una situación muy similar. Como si dieras unas cuantas vueltas manzanas y volvés al mismo punto donde estabas años atrás, solo que con muchos más problemas. Entonces; para qué?”

La amiga la miraba con delicadeza. Cómo explicarle que en la vida hay que equivocarse para aprender? Como aportarle una perspectiva distinta a alguien sin ninguna porosidad? Parecía una piedra muy pulida, a la cual no había ninguna forma de entrarle.

“Euge, atrás de tu esquema mental de tantas certezas la realidad no te moja. Solo en la superficie, pero nada importante te llega más hondo. Y te perdés un montón de cosas, empezando por incorporar mayores dosis de realidad. Si pudieras hacerlo, vivirías mejor. Pero seguís como un caballo desbocado, corriendo para todos lados, sin saber cuál es tu camino. Si lo supieras irías a un ritmo más tranquilo. Pero en tu angustia, solo apurás el paso y hacés más cosas con la esperanza de encontrar la puerta salvadora. Pero así no la vas a encontrar nunca; aunque se te presentara la pasarás de largo…”

Eugenia escuchaba conmovida. Sabía de qué le estaban hablando. “Y qué hago?”, imploró.

“Eso lo vas a tener que averiguar vos; pero tenés que parar. Observáte. Tus tensiones, tus impulsos, tu angustia. Miralas. Preguntáte de dónde vienen. No es algo que vas a contestar en un día, pero si persistís vas a ir encontrando información muy valiosa…”

Eugenia sentía emociones contradictorias. Lo había probado todo: yoga, meditación, triatlón, terapeutas, sacerdotes sanadores, y acá estaba, con la misma angustia de siempre. Corriendo, buscando, con el secreto anhelo de encontrar algo que le diera plenitud a su vida.

Su amiga, percibiendo su escepticismo, le dijo: “también podés tomar unas buenas copas de vino todas las noches. Puede ponerte en un estado que te saque de esa mente insoportable que tenés. O buscarte un amante; claro que no es tan fácil.”

“Un amante?”

“Sí; te puede ayudar a despeinarte un poco. Tanta perfección, tanta exigencia, tanta corrección. Además de aburrir, mata toda posibilidad de vida.”

Eugenia se preguntó si acaso un amante podría servir para algo. No agravaría más las cosas? “Me da miedo”, balbuceó.

“Eso es bueno”, contestó la amiga. “Algo que te saque de tus esquemas, de tus certezas. Pero no cualquier amante; alguien que no sea intelectual como vos porque sonamos. Yo buscaría un hombre que aunque tenga sofisticación para entusiasmarte, tenga mucho carácter y algo bien animal, instintivo.”

Eugenia escuchaba anonadada. Por un lado le parecía un disparate, pero por el otro, entendía el sentido de la recomendación de su amiga. La idea de que fuera alguien primario le gustaba porque en el fondo sabía que nunca podría amenazar su lamentable matrimonio. En cambio, engancharse con alguien muy interesante podía quemarle los papeles.

“Me gusta la idea de alguien primitivo”, dijo entre risas.

“Claro, porque querés seguir controlando y sabés que ahí no correrás riesgos. Justo lo opuesto de lo que pretendo transmitirte.”

“Y por qué querés que corra riesgos?”

“Para traerte de regreso a la vida. Te fuiste, te perdimos. Estás en una jaula de cristal, muerta de frío emocional. Y es una cárcel que vos misma te armaste para protegerte. Un científico que se recuperó de un cáncer muy difícil, decía que la experiencia de muerte era algo que le recomendaría a todas las personas, a no ser por los inherentes riesgos que conllevaba…  Es lo que deseo que te pase; riesgos que te rompan tus precarias certezas, para que en los intersticios te pueda empezar a penetrar la vida…”

“Puedo ofrecerles algo más?”, preguntó el mozo.

“Dos whiskys dobles”, pidió Eugenia.

 

 

 

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Analfabetismo emocional, Exigencia, Fachada

La vida de los demás es más interesante que la mía

 Estamos convencidos que la vida de los demás es más interesante que la nuestra. Que a ellos les ocurren cosas impresionantes, apasionantes, maravillosas. En cambio nuestra vida es gris, tediosa, rutinaria. Somos la cenicienta perpetua, sin acceso a ningún príncipe ni vida luminosa. 

Y sin embargo, todas las vidas son una oportunidad. El interior de cada uno es un misterio y un milagro. Lo que sentimos, lo que nos pasa. Aprender a vivir es haber experimentado como en Las Mil y Una Noches, que fuimos al fin del mundo en la búsqueda de un tesoro, para descubrir allá que el mismo estaba enterrado en el jardín de nuestra casa.

-Me llama la atención que todo el tiempo hablás de otros. Como si tu propia vida no fuera interesante. En la de los demás, siempre pasan cosas interesantísimas. Y a juzgar por lo poco que hablás de la tuya, pareciera que no sucede nada… El eje siempre está puesto en el otro.

Las palabras del Maestro lo sacudieron. La observación era muy precisa.

-Y por qué pensás que me pasa esto?, – preguntó el discípulo asumiendo la hipótesis como cierta.

-No lo sé. En general estos temas arrancan en la infancia. Un núcleo familiar que asigna roles, que los integrantes aceptan.

-Definitivamente fue así en mi casa. Mi hermano era el importante, al que había que escuchar. Él estaba lleno de aventuras, relatos increíbles. Mi madre hablaba mucho y decía poco, y mi padre y yo escuchábamos.

-Y en tu vida no había aventuras?, -preguntó el Maestro hundiendo el bisturí.

El discípulo, emocionado, asintió. -Las mismas o mejores que las de mi hermano. O distintas, pero aventuras al fin. Solo que no tenía mucho lugar para compartirlas.

-Por qué?

-Todo el espacio estaba asignado a mi hermano. Yo tenía que moverme por los márgenes. Los pequeños intersticios que quedaban disponibles. Meter algún comentario, acotar alguna palabra precisa que ratificara o acompañara lo que él contaba.

-Un actor de reparto…

-Algo así.

-Sin embargo vos siempre has sido un protagonista. Un hombre de resultados, lo cual no se condice con alguien que acompaña discretamente desde la penumbra.

El discípulo se quedó pensativo reflexionando.

-A fuerza de escuchar relatos increíbles de la vida de otro, creía que lo intenso, lo bueno, sucedía en otro lado. Con los años fui descubriendo que a mí también me ocurrían cosas interesantes y fuertes.

-Por ejemplo?

-Destacarme mucho en los estudios, las artes o el deporte. Y esos logros extraordinarios llamaban mi atención…

-Por qué?

-Como si me diera cuenta que después de todo yo también tenía valor.

-Te sorprendías dándote cuenta que no eras solo parte de la audiencia sino que también tenías una vida propia en la que el importante. Y que tal vez, a ese actor le ocurrían cosas más intensas que al supuesto actor principal…

-Algo así, -reconoció el discípulo con cierta timidez.

-A qué edad terminaste de enterarte que eras alguien con muchas condiciones?

-Al principio de la adolescencia.

-Pareciera que recordás bien el momento…

-A mis catorce años me sorprendí al enterarme que no era callado. En mi familia siempre se decía eso, y en el club tomé conciencia que hablaba bastante. Claro, tenía lugar para hacerlo.

-Y llegaste a contarle eso a tus padres, por ejemplo?

-A mi madre, que era la única que estaba físicamente disponible.

-Tu respuesta lleva implícito que tu madre no estaba emocionalmente disponible, por lo cual no debe haber servido de mucho que le hayas compartido eso.

-Y sí… Le gustó enterarse que yo no era tímido. Pero nunca llegó a preguntarse por qué razón no hablaba en casa.

-Y cuándo se estructuró esta conducta de convertirte en relator de la vida de otros? Resulta muy paradójica, porque tu historia es muy intensa. Sin embargo, el eje de lo que hablás y hasta actuás, siempre está puesto en terceras personas. Como si fueras un satélite, cuando en realidad tenés mucha luz propia.

-Ser un astro me pesa. Aunque lo anhele y busque con todo mi corazón, cuando los faroles se posan sobre mí, siento presión y mucho miedo a equivocarme. Por ende, termino apurando el paso para salir de esa situación lo más rápido posible…

-Y regresar detrás de bambalinas a un lugar donde la penumbra te protege…

El discípulo asintió avergonzado.

-Qué difícil; por un lado querés que todos los reflectores se posen sobre vos, y cuando ocurre estás incómodo. Igual, con la historia que contás se comprende perfectamente. Si tu hermano era el único habilitado para estar en el centro del escenario, es difícil que la reacción adaptativa a esa experiencia no te acompañe toda tu vida. Así y todo, son dos planos distintos. A mí no me preocupa que no hables tanto; el tema importante es la sensación de vivir como una rémora que acompaña a los tiburones, cuando en realidad, ni los otros son tan grandes, ni vos sos tan pequeño. Contame de tu padre…

-Mi padre fue otro sobreviviente de ese esquema…

-A qué sobrevivía?

-A mi madre y a la dinámica familiar de ella.

-Cuál era esa dinámica?

No había espacio para vivir.

La impresionante frase del discípulo dejó congelado al Maestro.

-Todo era apariencia. Había que ser como quería mi abuela; nunca se podía ser como uno era.

-Algún ejemplo?

-No te podía gustar la sidra porque era una bebida de clases populares. Te tenía que gustar el champagne, que era aristocrática.

-Y a vos obviamente te gustaba la sidra…

-Por supuesto…

-Y tu padre qué hizo?

-Se rajó.

-Se fue con otra mujer?

-No. O sí, pero no.

-Cómo es eso?

-El matrimonio era para toda la vida, así que él no se podía separar. Pero como en casa no se podía hablar, y muchas veces ni se podía estar, él cortó por lo sano y no estaba nunca.

-Los dejó a vos y a tu hermano en ese ambiente algo tóxico

-Cuarenta años atrás esas cosas no le preocupaban a nadie. El hombre trabajaba y la mujer cuidaba el hogar. Si éste era un infierno, era problema de sus habitantes. Mi padre armó una vida con mucho trabajo, en donde casi no lo veíamos. Y con esa excusa nadie se podía meter con él porque estaba “trabajando”… Aunque dentro de esa amplia bolsa estarían sus amantes, sus espacios de tranquilidad, sus amigos y su propia familia que era rechazada por mi madre…

-Entiendo… Como le fue a tu padre en términos profesionales y vocacionales.

-Mas o menos. Eligió una profesión un poco porque le gustaba y otro poco por mandato. No brilló aunque tampoco le importaba. Armó una vida a su medida, sin jorobar a nadie pero evitando que lo cargaran a él, cosa que en una familia es inevitable. Mi madre decía que él era autista. En realidad, parecer solitario era su forma de sobrevivir.

-A mi me gustaría que vos fueras más que un sobreviviente, -disparó el Maestro volviendo a poner el foco en el discípulo.

-Yo no me siento un sobreviviente.

-Lo sos. Sería bueno que te animes a concentrarte en tu vida. Que ahí pongas el eje. En qué hacer con ella, más que relatar la fascinante vida de otros.

El discípulo permanecía callado.

-Pensás que la vida de tantas personas importantes que te rodean es mejor que la tuya?

-Es una pregunta un poco amplia. En qué sentido lo decís?

-Pensás que ellos son mejores que vos? Que en sus vidas ocurren cosas importantes y en cambio en la tuya no pasa nada?

-No. Sé bastante bien quién soy y lo que valgo.

-Qué pasaría si ponés el foco en armar tu propia historia, tu vida? Al que le interese bien, y al que no, mala suerte. Después de todo, es mucho más importante vivir que contar lo que uno vive…, -dijo el Maestro con una sonrisa pícara.

-Creo que lo estoy haciendo. Solo que lo hago en forma discreta.

-Y por qué ese pudor? Es el mismo mecanismo que utilizabas cuando eras niño? Que no te vieran venir hasta que conseguías un logro enorme con el cual sorprendías a todos?

-Puede ser…

-La idea de que tu vida no era interesante ya pasó. Fue hace treinta años. No tengas más pudor. Si te gusta la sidra, tomala a la vista de todos. Basta de sostener la copa de champagne sin probarla, o peor aún, sentirte obligado a beber algo que no te gusta.

El discípulo sonrió.

-Y qué decís con respecto a mi temor cuando los reflectores se posan sobre mí?

-No me parece muy importante. Solo lo es cuando estructuramos nuestra vida en función de ello. El reconocimiento nunca nos da plenitud, aunque podamos sentirnos infelices si no nos registran. A mi entender, el principio rector es averiguar quiénes somos, que queremos, y transitar ese camino más allá de los resultados.

-Qué liberador

-Todo lo que nos conecta con lo auténtico, es liberador. Y lo que nos aleja de nuestra verdad interior, es doloroso. Debiéramos prestar más atención a aquello que nos brinda paz y alegría, y a lo que nos angustia. En el fondo, se trata de la mejor brújula que podemos tener en nuestro camino.

Artículo de Juan Tonelli: La vida de los demás es más interesante que la mía.

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Analfabetismo emocional, Exigencia, Fachada

Animarse a correr un riesgo

Nos pesa la mirada de los otros. Tenemos tanto miedo a ser rechazados que nos mostramos asépticos, perfectos, desinteresados, magnánimos. Obviamente es todo una fachada. Por debajo de esa máscara tenemos intereses, pasiones, manipulaciones y tantas otras cosas oscuras y humanas. Si el miedo al rechazo es muy importante, es imposible crecer, madurar. Aunque en algunos casos puede ser tan intenso que tratamos de hacernos los distraídos y justificar lo injustificable. El miedo al rechazo solo se aborda como todos los miedos: mirándolos a los ojos. Reconocíendolos. Amigándonos con ellos para desde la aceptación, poder trascenderlos.

¿Cómo era posible que al final no hablara del único tema que quería hablar y por el que había pedido la reunión? Paula se sentía frustrada consigo misma. Comprendía bien lo que había pasado: su habitual estrategia de mostrarse amiga y cercana, terminaba impidiéndole hablar temas que desnudaran que tenía un interés subyacente. Entonces, quedaba enfrentada al recurrente dilema de mostrarse tal cual era -una persona interesada- o sostener el personaje de alguien que no necesitaba nada y que siempre estaba disponible para ayudar a otros.

Por lo general ocurría esto último, dado que la aversión a ser rechazada o desencantar al otro era muy grande. Prefería ir a lo seguro jodiéndose y frustrándose, antes que exponer sus verdaderas intenciones.

Naturalmente, después se sentía muy mal. ¿Cómo podía ser de otra forma si agendaba un encuentro por una razón puntual que luego no podía ni esbozar? Era inevitable que al terminar la reunión y no haber sido capaz de hablar de lo único que deseaba hablar, se sintiera mal.

La situación había permanecido oculta porque durante años si bien Paula sentía la frustración, intentaba convencerse que lo importante era cuidar el vínculo para una ocasión futura. El tema era que cuando ese futuro se tornaba en presente, nuevamente había que preservarlo para más adelante.

Los años pasaban, la situación se repetía y la frustración de Paula crecía a la par. Trataba de justificarse tomando por cierta la hipótesis de algunos antropólogos que sostenían que el deseo de ser aceptado venía desde los más antiguos ancestros. Supuestamente, el rechazo implicaba aislamiento y eso reducía sensiblemente las posibilidades de supervivencia. También leía con satisfacción diversas investigaciones de neurólogos que mostraban que las zonas del cerebro que se activaban por el dolor y por un rechazo, eran las mismas.

Sin embargo, pretendiendo no quedar esterilizada por la antropología o la neurología, analizó porque en tantas oportunidades era incapaz de expresar lo único que quería. Vislumbró algunas razones convergentes. La primera era el miedo a desnudarse, a exponerse.

Como todo en la vida, no era un asunto blanco o negro. Había relaciones que eran amistades aunque tuvieran algunos intereses. Sin tanto rigor pudo reconocer que había vínculos que valoraba genuinamente más allá de alguna conveniencia.

No obstante, el punto era que cuando eso ocurría, le costaba mucho hablar. Como si la relación tuviera que ser algo aséptico, perfecto, más allá de todo. ¿No era mucho pedir? ¿No éramos todos seres humanos, con intereses, pasiones, limitaciones y virtudes?

Esta situación era la que más la violentaba, generándole una enorme impotencia. Casi como la del guardián de un harén, quien teniendo a disposición mujeres hermosas y vírgenes, no podía tocar ni mucho menos penetrar a alguna.

Paula se sentía horrible al verse atrapada en un lugar absurdo: a las personas realmente amigas no les pedía nada para no parecer interesada. Y a los vínculos que tenía por interés, tampoco les pedía nada, no fuera cosa que quedara expuesta. En síntesis, rara vez podía expresar lo que quería. ¿Cómo se podía vivir así?

Durante las reuniones en las que ella no planteaba el tema que deseaba exponer,  su cabeza era una batalla campal. Su mente no paraba de presionarla y descalificarla, mientras otra parte suya resistía como podía, tratando de no sentirse estúpida y sin valor alguno.

¿Cómo ocurría ese extraño fenómeno en que una parte de ella criticaba furiosamente a la otra? ¿Acaso no eran la misma persona, o sea Paula? ¿Por qué un sector se sentía superior y con derecho de descalificar a otro? ¿Qué habilitaba la existencia de una parte exigidora y otra, exigida? ¿No eran ambas la misma persona?

Con la madurez que le daban los años, toda esta situación le generaba compasión y misericordia hacia sí misma. Había vivido décadas siendo implacable consigo misma y sabía que eso destruía el presente y dificultaba el aprendizaje.

Intentando analizar otras aristas del mismo problema se dio cuenta que muchas veces no hablaba de lo que tenía que hablar por falta de estrategia. Dejaba demasiado librado al azar lo que fuera a ocurrir. En su anhelo por ser espontánea y franca, la conversación solía derivar por derroteros disfuncionales a sus objetivos. Su anhelo de ser espontánea confrontaba con su deseo de hablar de algo que para ella era importante.

Tratando de ir más a fondo se preguntó por qué le faltaba estrategia si ella era una mujer con un buen pensamiento lógico. Lo primero que vino a su mente fue que esa conducta la preservaba. Con la excusa de ser espontánea y flexible, se permitía ir por las ramas, evitando exponerse.

Encontraba mil justificaciones para esta conducta. Bajo la idea que no quería ser alguien estructurado como un vendedor de seguros de vida, solía girar sobre sí misma, incapaz de avanzar. Después de años de descalificar aquella profesión, pudo reconocer no sólo el valor de esa tarea, sino también el hecho que hicieran lo que tenían que hacer. ¿O acaso el objetivo de un vendedor era hacer amigos? ¿Y de qué servían amigos que en realidad solo eran relaciones de conveniencia si uno no estaba dispuesto, en algún momento, a sacarle provecho?

Su defensa automática fue que ella no era una mujer así. Era una buena persona, desinteresada. Se rió al asumir que por más buena que fuera, tenía intereses. Que en todo caso el problema era ser interesado, pero expresar los intereses no tenía nada de malo siempre que no forzara o manipulara.

Se sentía en la frontera de sus capacidades emocionales. No había nacido para lidiar con problemas así. Después del desasosiego inicial se preguntó si este asunto no sería algo básico que le ocurría en mayor o menor medida a todas las personas.

Puesta a pensar qué hacer llegó a algunas conclusiones. La primera, que nunca lograría nada violentándose a sí misma. Como le enseñaba el sabio Norberto Levy, la Paula exigidora debía aprender a dialogar con la Paula exigida, porque ambas eran la misma persona: ella. Integrar esas partes, parecía ser un desafío muy importante. Para ser más preciso, debía lograr que la parte que solía exigir y maltratar, escuchara y le diera cabida a la pobre que siempre era presionada y descalificada. Que ésta pudiera expresar qué le pasaba, qué sentía, cuáles eran sus obstáculos y limitaciones. Y que la Paula rigurosa hiciera el esfuerzo de comprender ya que de lo contrario, los resultados serían cada vez más pobres.

Por otra parte, se imponía la necesidad de ver la realidad lo más parecida a lo que era. Si una relación era solamente un vínculo profesional o de mutuo interés; ¿qué sentido podía tener no pedirle nada con la idea de cuidarlo para un futuro que cuando se tornaba presente debía ser preservado nueva e infinitamente?

A su vez, si una amistad era verdadera; ¿cuál era la lógica de no animarse a expresar lo que uno deseaba siempre y cuando fuera respetuoso de la otra persona y su libertad? ¿Evitar confirmar que uno tenía intereses y por ende, parecer interesado? Si en una amistad real uno no podía mostrarse tal cual era, compartiendo anhelos, necesidades y viendo si la otra persona podía ayudar; ¿era una amistad?

Le resultaban temas espinosos donde existían límites sutiles y riesgosos. Sin embargo, fue consciente que no podía seguir poniendo todo en la misma bolsa, ni mucho menos, continuar evitando exponerse. Ese era el rasgo común a todas las situaciones. Su aversión a ser descubierta, a parecer interesada. A ser juzgada como interesada.

¿De dónde venía ese juicio? ¿Y de dónde procedía la (absurda) exigencia de ser alguien aséptico, sin intereses? Seguramente de su infancia, patria de la mayoría de las características de la personalidad.

Nuevamente se sintió paralizada frente al peso de la realidad. ¿Cómo salir de ese lugar?

Vino a su mente la famosa frase “Cartago delinda est”. Aquella máxima romana repetida por Caton infinitas veces era la síntesis de la importancia de tener una idea clara, fija, por no decir obsesiva. ¿Acaso se podía llegar lejos sin ella?

Durante años, aquél senador romano había terminado todos sus discursos recordándole a sus pares que Cartago debía ser destruida. A su juicio, Roma no podría florecer comercialmente si tenía semejante rival del otro lado del Mediterráneo. Fueron necesarios muchos años de sostener esa idea nítida y obsesiva, para que Roma tomara conciencia de ello y finalmente su competidora fuera aniquilada.

Volvió a su realidad. ¿Cuál era su propio Cartago? ¿Qué idea debía poner en blanco sobre negro y repetírsela una y mil veces para poder lograr su objetivo? Era evidente que una idea clara no garantizaba el resultado, pero era más obvio aún que la falta de claridad lo tornaba imposible.

Paula registró que en su vida tenía varios temas que requerían su propio Cartago. Debía animarse a identificarlos a riesgo de fracasar, antes que seguir evitándolos para no exponerse y terminar con un fracaso seguro.

Pensó en la dificultad de identificar y ponerle palabras a aquello que uno quería. Solía tomar años.

Paula quería poder hablar. Pedir, decir lo que le pasaba, expresarse.  Cuando tomó consciencia que el dolor de callarse era mayor al de ser rechazada supo que su propio Cartago estaba en marcha.

Artículo de Juan Tonelli: Animarse a correr un riesgo.

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Analfabetismo emocional, Incertidumbre, Miedo

¿Cuándo es momento de soltar lo que se fue?

Iván era tenía trece años y un futuro prominente como ciclista. Pese a su temprana edad, su vida transcurría sobre dos ruedas. Tan pronto terminaba el colegio, se iba al club en donde entrenaba toda la tarde hasta el horario de la cena.

Su familia lo apoyaba, sabiendo lo bueno que era el deporte, especialmente para una juventud amenazada por el sedentarismo, las pantallas, y las drogas. El deporte exorcizaba todo.

Su madre era contadora y su padre escribano, asegurándole a la familia un buen pasar. El campeón mundial era su ídolo, y utilizaba una impresionante bicicleta Cannondale, que era su amor imposible. Era tan cara que Iván no se animaba a pedírsela a sus padres.

Después de unos años de desearla, tomó la determinación de ahorrar para comprársela. Aunque la gesta era muy difícil, estaba decidido a lograrlo. Para peor, con una edad en la que no entendía los estragos inflacionarios, Iván enfrentaba un problema adicional: todos los billetes que atesoraba perdían su valor en un país con 40% de inflación anual.

Decidió evitar que sus padres oficiaran de custodios de sus ahorros. En el pasado, la falta de registros contables de algún tipo lo habían hecho perder todo lo que había juntado con tanto esfuerzo. No es que sus padres lo hubieran hecho a propósito, pero había ocurrido. Por ende y para evitar riesgos, optó por arreglárselas solo, aunque todo fuera muy cuesta arriba.

Más allá de algún dinero que pudieran regalarle sus abuelas, la gran oportunidad de ahorro ocurría los fines de semana. El dinero que le daban para almorzar y merendar en el club, era ahorrado en su totalidad. Iván desayunaba mucho antes de partir, bebía agua corriente durante todo el día, y regresaba famélico a su casa al atardecer, pero con toda la plata lista para ser guardada en el cajón de sus ahorros.

A su madre le llamaba la atención el hambre con la que Iván regresaba del club, aunque tampoco le prestaba demasiada atención al tema. Él, estaba contento por su determinación y fuerza de voluntad, y evitaba tomar siquiera una bebida durante todo el día. Con eso ahorraba un buen dinero y se acercaba al sueño de tener la misma bicicleta que el campeón.

Apenas empezó esta dinámica de ayunos ahorrativos en función de su sueño, ocurrió un hecho inesperado: un compañero de lo colegio lo invitó a hacer ala delta. Su padre era un entusiasta de ese deporte y llevó a ambos adolescentes al cerro desde el cual se arrojarían en un vuelo de doble comando.

El inicio no era para miedosos ni personas con vértigo: cargando el ala había que correr por una especie de muelle, en dirección al abismo. Una vez llegado al precipicio había que seguir corriendo hacia el vacío, y luego de una caída de pocos metros que duraba una décima de segundo y parecían una eternidad, la vela se tensaba y comenzaba el vuelo.

Ver todo Río de Janeiro desde las alturas era maravilloso: la vegetación de los morros, la playa, los edificios, el mar azul. Iván estaba conmovido por la experiencia. La vista, el aire pegando en la cara y en todo el cuerpo, y no escuchar más sonidos que el viento.

El riesgo y la posibilidad de matarse le producían una extraña fascinación. Ese flirteo con la muerte tenía algo especial. Sin embargo, el sentimiento dominante era el de libertad.

Él, que había creído que andar en bicicleta por rutas perdidas era la libertad misma, venía a descubrir que existía una actividad que le brindaba una sensación aún mayor.

Volvió a su casa sabiendo que algo se había modificado profundamente. Aunque no fuera consciente, algo había irrumpido tornando obsoleto a todo lo demás. Su vida, como la había conocido hasta entonces, había cambiado para siempre.

Durante esa semana fue a entrenar como siempre lo hacía, percibiendo que sus ganas ya no eran las mismas.

Al igual que enamorarse, el proceso podía llevar mucho más tiempo para ser comprendido que en desencadenarse.

Esos cinco días entrenó normalmente aunque ya nada era lo mismo. El dilema se presentó el fin de semana cuando Iván quiso ir a hacer ala delta nuevamente. Contrariado, casi culposo, le preguntó a su amigo si podría acompañarlos. La realidad conspiraba a su favor y un rato después recorrían en auto los sinuosos caminos que los llevaban a la cima de la montaña.

Otro vuelo acompañado de un instructor y la experiencia de Iván empezaba a aclararse. Estaba fascinado con volar. Tan pronto regresó ese día fue a entrenar con su bicicleta sabiendo que algo no funcionaba. A la hora de la cena cayó en la cuenta que si seguía volando no podría comprarse la bicicleta que tanto anhelaba, dado que el derecho de vuelo y la clase con el instructor eran costosas.

Durante dos semanas convivió con una doble vida en la que volaba y entrenaba con su bicicleta. No poder ahorrar lo llenaba de frustración, así que optó por suspender los vuelos en ala delta y así juntar todo el dinero que necesitaba para comprarse el rodado.

Aunque el hecho de no volar le producía cierta melancolía, su determinación en pos de un objetivo ordenaba su vida. Todo había vuelto a la normalidad e Iván entrenaba ciclismo rigurosamente seis días a la semana, ahorrando un buen dinero los fines de semana.

Grande fue su decepción cuando después de varios meses fue a comprarse la bicicleta con todo el dinero ahorrado. El país atravesaba una profunda crisis económica y la devaluación de la moneda había disparado el valor del dólar y por ende, el de su tan ansiado sueño. Frustrado, volvió a su casa determinado en seguir ahorrando hasta poder comprarla.

Así pasaron los meses y la frustración se repitió tres veces más. Cada vez que Iván juntaba todo el dinero necesario para comprar la bicicleta, ésta subía de precio.

Finalmente llegó el día en que todos sus esfuerzos rindieron sus frutos e Iván pudo comprarse la bicicleta. Volvió andando con ella a su casa y se fue a probarla a la ruta, magnánimo. Se sentía alguien importante. Tenía la misma máquina que el campeón, y con ella andaba mucho más rápido.

Esa noche la bicicleta quedó al lado de su cama, como si fuera el amor de su vida.

El aladeltismo parecía haber quedado atrás y los días siguientes, Iván utilizó su nueva bici sin parar. Como si todas las emociones que le había generado volar hubieran desaparecido sin dejar rastro.

Pero la amnesia emotiva duró cinco días. Al llegar el fin de semana Iván registró que ya no necesitaba seguir ahorrando. Ahora podía almorzar y merendar en el club sin problemas, comprarse las bebidas y dulces que deseara. O también, pagar el derecho de vuelo y contratar a un instructor.

Aquél pensamiento subversivo empezó a dejar al descubierto que el ciclismo ya era parte de su pasado. Aquél sábado Iván fue a volar y luego de hacerlo, no quiso volver a entrenar. Se pasó la tarde mirando cómo volaban, tratando de aprender.

El domingo ocurrió lo mismo, y algún sentimiento de culpa atravesó el corazón de Iván. Como si le fuera infiel al ciclismo. No obstante, se dio cuenta que entonces lo único que deseaba era volar y esta vez no estaba dispuesto a abandonarlo.

Sin darse cuenta, el aladeltismo capturó toda su vida, como si tomara revancha por lo que había sido reprimido. Era su momento soberano y deseaba demostrarle al ciclismo y a cualquier otro desafiante que él era el gran amor de aquél adolescente.

En pocos años, Iván se convirtió en campeón nacional de todas las categorías de menores, y el ciclismo no fue más que un hermoso recuerdo. La nueva bicicleta Cannondale juntaba tierra en el garage.

Veinte años después, la madre de Iván lo llamó para preguntarle qué hacían con la bicicleta. Él fue a la casa de sus padres y entró al garage. Tan pronto vio las cubiertas sin desgaste alguno, o el nylon protector del asiento que nunca había llegado a sacar, se conmovió. Inerte, la Cannodale era un monumento al sinsentido, un testigo silencioso de la decisión de aferrarse a lo que ya había dejado de ser.

¿Podía juzgarse por haber intentado cumplir su sueño de tener la bicicleta del campeón mundial? ¿Cómo había sido incapaz de registrar que dejar de hacer lo que le encantaba nunca tendría sentido? ¿Pero era acaso la pregunta?

Pasaron otros años hasta que Iván pudo elaborar algunas respuestas a esos interrogantes. Los hombres podían vivir experiencias tan intensas que impedían ser comprendidas hasta muchos años después de haberlas vivido. Como si las emociones generaran una inundación en el cerebro, impidiendo el razonamiento lógico más elemental, y ser capaces de ver lo evidente.

En todo caso, la pregunta clave era registrar cuándo la vida había cambiado y uno debía dejar atrás el pasado. Aún en experiencias muy fuertes, el ser humano tendía a aferrarse a lo conocido por una mezcla de emociones: miedo al futuro, tristeza por la pérdida, angustia por la incertidumbre.

¿Cómo hacer para saber cuándo el presente se había tornado en pasado obsoleto y uno debía soltarlo? Ese proceso, a veces podía llevar años de evolución, pero también podía ser un solo fatídico instante, como un romance furibundo o la experiencia del ala delta.

Iván comprendió que era imposible saber cuándo era el momento justo de soltar. No era brujo ni adivino. En todo caso, el desafío era estar lo suficientemente conectado consigo mismo para enterarse lo antes posible cuando la vida había cambiado, y así evitarse los colosales costos de seguir aferrado a algo que había muerto.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Cuándo es momento de soltar lo que se fue?

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Analfabetismo emocional, Aprendizaje, Fachada

¿Se puede cambiar por la fuerza?

-Te importa más tu personaje que vos mismo.

La aguda intervención del Maestro lo atravesó como una espada. El discípulo sabía que era cierto. Más aún: era de esas verdades que más allá de comprenderse, se sentían en el cuerpo.

-¿Y es tan grave?, -preguntó tratando de justificarse.

El Maestro sonrió. No deseaba caer en la trampa de decir una verdad tan intensa que no pudiera ser procesada, ni tampoco, diluir algo que a su entender era importante.

-No conozco a nadie que haya podido ser feliz alimentando y sosteniendo un personaje.

-¿Por qué?

El Maestro reflexionó unos minutos. Luego, con suma serenidad contestó:

-Porque al final, con el personaje uno queda en una soledad abrumadora.

Aquella palabra volvió a clavarse en el corazón del discípulo. Sabía muy bien de qué le estaban hablando. ¿Quién no había experimentado la profunda soledad al construir un personaje? ¿Saber que uno no era lo que los demás veían? Tal vez, se podía llegar a engañar a todo el mundo, pero nunca a uno mismo.

Ante el largo silencio del discípulo, el Maestro preguntó:

-¿Qué pensás?

-Que en el fondo, tengo mucho miedo.

-¿A qué?

-A soltar ese personaje que como vos bien decís, no me hace pleno, pero es el que conozco. Y ciertas alegrías me brinda. Como contrapartida, el otro camino es desconocido y no sé qué clase de felicidad me puede deparar.

El Maestro reflexionó sobre los límites de la razón. Los seres humanos podían pensar horas y años en un problema, entendiéndolo con claridad. Sin embargo, afrontarlo requería otro tipo de involucramiento. Era imprescindible que la emocionalidad estuviera comprometida ya que de lo contrario nada pasaba.

-¿Qué pensas que te pasaría si dejaras de alimentar ese personaje que con tanto afán construís y sostenés? –

-Sería como morirme, -contestó el discípulo hablando en serio. Un destierro. Un lugar en el que nadie te valora y en el que en el fondo, no existís. Eso mismo: dejar de existir.

Era claro que el discípulo seguiría existiendo; sin embargo, ¿cómo hacer para que ese conocimiento llegara a su corazón?

-La mayoría de los seres humanos cuando éramos niños no fuimos amados como necesitábamos. Para compensarlo, nos pasamos la vida buscando la forma de volvernos importantes. Lo paradójico es que aún logrando ser muy reconocidos, no nos sentimos plenos. Eso es otra cosa.

-Entiendo, y sé que es verdad. Pero no puedo. Así como puedo comprender que comer en exceso me hace mal y sin embargo lo hago con frecuencia. Por otra parte, tengo claro lo que perdería, pero sigo sin visualizar qué es lo que ganaría.

El Maestro se abstuvo de ofrecer más explicaciones. ¿De qué servirían? Percibía que el discípulo quería ser admirado. Impresionar a todo el mundo. Entrar a un restaurante y que se produjera un revuelo por su mera presencia. ¿Cómo transmitirle que eso era comida chatarra, o para ser más preciso, una droga? ¿Cómo inspirarlo a tener una buena vida, conectado y en paz consigo mismo y con los demás?

¿A qué alcohólico que estuviera desesperado por su vodka se le podía explicar lo bueno que era disfrutar una limonada con menta y jenjibre?

-¿Qué me aconsejarías?, -apuró el discípulo.

El Maestro percibió esa dualidad tan inherente al ser humano. Querer cambiar, no para dejar atrás lo que nos hacía mal, sino simplemente para evitar los síntomas que producían incomodidad. En ese contexto, había aprendido que su gran desafío era inspirar al cambio, sin que por ello las personas se volvieran violentas consigo mismas.

-En primer lugar, darse cuenta. Sos alguien maduro, que se ha graduado, casado, tenido hijos, divorciado. Conocido la victoria y la derrota; el amor y el desengaño; que ha sido víctima y victimario. Y sin embargo, secretamente en el fondo de tu corazón seguís buscando el reconocimiento como si nada te hubiera pasado. Si vas hasta el final de muchas de las motivaciones que te impulsan, vas a poder ver esto. Registrarlo es siempre el primer paso. Indagar y conocer los barrotes de la prisión en la que estamos encerrados.

El discípulo escuchaba atento.

-Ese es tu engaño. Es un resabio infantil de buscar ser amado y considerado. Te importa más tu personaje que vos mismo. En algún lugar, querés seguir recibiendo esa felicitación. Entonces, el primer punto es enterarnos.

-¿Y después que me entere, cómo sigo?

-Más despacio, amigo. Enterarse es bien difícil. No es fácil asumir que somos alcohólicos, anoréxicos, infieles o corruptos. Los mecanismos de negación se desarrollan a la par de nuestras sombras.

El discípulo sonrió.

-Luego viene una tarea tal vez más difícil, que es aceptar esa situación.

-¿Y cómo vamos a cambiar si la aceptamos?

-¿Y qué te lleva a creer que por rechazarte a vos mismo vas a cambiar?

El discípulo acusó el golpe. Así y todo, insistió.

-No sé; creo que es más fácil trabajar sobre algo que no aceptamos que ocuparnos de algo que está bien.

-Nunca dije que estuviera bien… Solo que el primer punto es reconocer que tenemos ese problema. La diferencia reside en donde nos paramos. Podemos volvernos violentos con nosotros mismos forzándonos a cambiar esa área que no nos gusta o nos hace mal. O podemos tratarnos con dulzura e indulgencia.

-¿Pero cómo voy a cambiar si me trato con indulgencia?

-¿Y que te hace pensar que te vas a cambiar por la fuerza?

El discípulo era consciente de que estaba perdiendo por goleada. Sin embargo, le llamaba la atención que la cultura general sostuviera lo contrario. Que uno era el responsable del cambio. Que debía liderarlo, conducirlo y lograrlo. Sin embargo, todos esos verbos parecían más propios de un libro de autoayuda que de la experiencia real de cualquier persona. Por lo general, los cambios importantes no se lograban; sucedían. Cuanto menos esfuerzos hacían las personas, mejor. Tal vez las dietas fueran uno de los mejores ejemplos contemporáneos.

-Se necesita valor para poder ver todo lo que hay en nosotros y aceptarlo. Por lo general, no lo toleramos. Lo justificamos, relativizamos, o directamente negamos. Y en el fondo, solo conoceremos la paz si somos capaces de aceptar y dialogar con todas las necesidades y pasiones de nuestra alma. Solo cuando les reconozcamos su existencia y trabemos con ellas una relación sincera, empezaremos a transitar un camino de plenitud.

El discípulo estaba conmovido. El Maestro tenía la virtud de inspirarlo hacia algo mejor, sin por ello ser crítico de sus áreas oscuras. ¿Sería que su capacidad residía en tratar sus miserias con delicadeza y misericordia ?

-Es increíble lo que despertás en mí al recibirme con todas mis sombras, tal cual soy.

-¿Qué es lo que sentís?

-Para empezar, una paz profunda. Mi conflicto interior por ser como soy, o por estar obligado a cambiar se diluye y desaparece. En ese sentido, aparece un sentimiento de integración. Ya no estoy dividido en dos áreas que están en conflicto permanente. Soy una unidad, una sola pieza. Por último, y tal vez lo más importante, sentir que alguien no me juzga sino que me trata con amor, despierta el amor que hay en mí, inspirándome a darlo a los demás.

Un silencio profundo se apoderó de ambos.

-Si tantas cosas buenas te ocurren porque alguien te trata bien, imaginate lo que sería tu vida si vos te trataras así, – fueron las palabras finales del Maestro.

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Analfabetismo emocional, Aprendizaje, Miedo

el amor no es algo a merecer

-Me encontré con mi primer novio.

-Un terremoto, -soltó el Maestro entre risas.

-La verdad que sí.

-¿Por qué?

-Revivieron temas que pensaba que estaban muertos y evidentemente, no era así. Habíamos sido novios a los veinte años y cuando me engañó me enojé mucho y lo dejé. Poco tiempo después conocí a mi actual marido, que si bien nunca me conmovió tanto como aquél novio, me transmitía seguridad y confianza. Y así fue que formamos esta hermosa familia que tengo hoy.

-¿Qué fue de la vida de tu ex?

-Intentó volver conmigo y como no acepté, siguió su camino y terminó casándose con otra mujer.

-¿Sigue con ella?

-Sí, pero no es feliz.

-¿Y vos lo sos?, -disparó el Maestro a quemarropa.

Ella se quedó en silencio, pensando.

¿Qué era la felicidad? ¿Una suerte de plenitud, una buena relación de uno consigo mismo y con aquellas personas importantes para uno? ¿Un sentido de vocación o de trascendencia? ¿Un equilibrio aceptable entre cosas buenas y malas?

-Creo que sí.

-¿Y qué pasó?

-Nos encontramos en la calle, y combinamos un café.

-¿Por qué tenías ganas de verlo?

-¿Está mal?

-No te defiendas que no te estoy juzgando; solo quería entender cuáles eran tus motivaciones.

-Ganas de saber cómo le había ido en su vida y contarle también la mía.

-Olerse…

-Algo así.

-Sabiendo que por la forma en que habían terminado, las ilusiones y las idealizaciones que uno tiene a esa edad, habría altas chances de que abrieran la caja de Pandora…, -dijo el Maestro.

Ella se quedó en silencio asintiendo, para después decir:

-Y eso fue lo que pasó. Es increíble ver cómo en ciertos contextos somos completamente incapaces de evitar el peligro. Nuestro instinto de supervivencia no funciona.

-Yo pienso exactamente al revés, -la cortó el Maestro.

Ella lo miró desconcertada.

-Es nuestro instinto de supervivencia el que nos lleva a correr grandes riesgos, para sacarnos de un lugar de muerte. Para recordarnos que estamos vivos y devolvernos a la vida.

-¿Tener un romance prohibido nos devuelve a la vida?

-Frecuentemente sí. Aunque es una entre múltiples herramientas que utiliza la vida para sacudirnos. Puede ser una enfermedad, una pérdida, un despido, una quiebra, un fracaso. Nos sacan de nuestras falsas certezas y adormecimientos, que lo único que hacen es embalsamarnos en vida.

-Uff… Sea como sea, para evitar problemas, le conté a mi marido que me iba a encontrar con aquél ex novio.

-¿Cómo reaccionó?

-Como puede reaccionar alguien de nuestra edad; ya no se va a poner nervioso ni celoso. El tema es que después tuve ganas de volver a verlo…

-Y sin darse cuenta terminaron en la cama, -soltó el Maestro con calidez.

-Sí.

-¿Y cómo lo vivís?

-Al principio estaba feliz de la vida. Me revitalizó, sacudiendo toda mi existencia.

-¿Y después?

-Empecé a sentir culpa. Al comienzo no pasaba nada, pero cuando descubrí que quería seguir viéndolo me empecé a sentir mal por mi marido.

-¿Por qué querías seguir?

-Porque tenía una intimidad que no tengo con mi marido. No solo sexual, sino de encuentro.

-¿Y por qué querrías seguir con tu marido?

El silencio era muy denso.

-Porque lo amo. Armé mi vida con él, tenemos una familia hermosa, y soy feliz con ellos.

-¿Ellos? ¿Son un combo?

-No. Aún cuando mis hijos se vayan de casa, creo que sería feliz con mi marido.

-Aún cuando no tengas ni tan buen diálogo ni tan buen sexo con él…

-Sí, -contestó ella con una razonable confianza.

-¿Y entonces?

-Llegó un punto en donde la culpa me estaba matando. No quería mentirle a mi marido, mucho menos dejarlo, pero tampoco quería dejar de ver a mi ex.

El Maestro la escuchaba con ternura. -Es una de las típicas contradicciones de la vida.

-¿Típicas? ¿Y qué se hace con ellas?

-Se las atraviesa. Hay situaciones que por lo general, no tienen más remedio que convivirse. Y esperar el momento en que se diluyan o que uno pueda integrarlas.

-Yo las integré hablando con mi marido.

-Qué valiente… ¿Y cómo te fue?

-Le conté toda la verdad. Que seguía viendo a mi ex y no quería dejar de verlo, pero que lo amaba a él y no deseaba separarme.

-¿Como reaccionó?

-Para mi sorpresa, me di cuenta que él sabía todo.

-Y lo toleraba con sabiduría…

-Sí. Valoró mi sinceridad y me apoyó. Me agradeció que no tirara todo por la borda y lo dejara. Me dijo que me amaba y que me acompañaba. Sus miradas, sus palabras y su abrazo me conmovieron hasta la última célula de mi ser. Me di cuenta que estaba casada con la persona correcta.

-¿Por qué?

-Porque pudimos desarrollar el amor verdadero. Ese diálogo fue una síntesis perfecta.

-Amor maduro.

-¿A qué llamás amor maduro?, -quiso saber ella.

-Al amor que no le exige nada al otro. Al que no desea que el otro haga nada que no quiera hacer. Al que aspira a que la otra persona pueda vivir todo lo que desee vivir.

-¿Aguantar cualquier cosa?

-No; no se trata de aguantar. Es otra cosa; es respetar la libertad del otro hasta las últimas consecuencias. Claro que las elecciones de la otra persona pueden implicarnos. Entonces uno también tiene la libertad de ponerse a resguardo o seguir un camino distinto.

-¿Por ejemplo?

-Si tu marido fuera alcohólico, puede llegar un punto en donde él no pueda curarse y pese al amor que sientas por él, no quieras seguir compartiendo tu vida a su lado porque se vuelve violento, o simplemente porque no querés. Eso no quita que sientas amor y trates de ayudarlo en todo lo que puedas, desde el lugar que sea posible. Pero es su libertad, así como también vos tenés la tuya.

-O sea que para vos el alcoholismo es causal de divorcio pero la infidelidad no…

-El tema es que haya verdad. Vos no elegís quedarte con tu marido porque tenés miedo a que no te alcance el dinero. Él no se queda con vos por temor a afrontar la vejez solo. Serán pensamientos que pasan por la cabeza de ambos, pero no son lo más importante. El tema es la honestidad de uno con uno mismo. Por lo que describís, ambos eligen seguir juntos porque valoran y aman a su compañero. Entonces; ¿separarse sólo porque el otro no es perfecto? Sería una estupidez ya que toda pareja que puedan tener en el futuro también será imperfecta.

Ella escuchaba conmovida. Alguien estaba poniendo palabras a lo que sentía.

-Cuando las cosas se pueden hablar, no cambia la realidad, pero todo cambia, -dijo el Maestro. ¿Alguna idea de cómo seguir?

-No lo sé. Por lo pronto seguiré como estamos ahora, e iré viendo cómo se va desarrollando la vida. Al menos no estoy presionada tan presionada. Haber hablado con mi marido y que él comprendiera lo que me pasa lo cambia todo.

-¿Por qué?

-Para empezar, porque no me siento sola. A su vez, el hecho de poder hablar y compartir con él algo tan difícil, incrementa nuestro diálogo, intimidad y confianza. Y debo reconocer que el hecho que me aceptara como soy, fue algo revolucionario.

-¿Sí?

-Fue la primera vez en mi vida en que no tuve que merecer el amor.

El Maestro sonrió.  Ambos se quedaron en silencio honrando aquella frase tan fuerte. Ella, con lágrimas en los ojos. Él, asombrado por lo maravillosa que podía ser la vida.

-¿En qué pensás?, -quiso saber ella.

-En la maravilla que acabás de decir. El amor no es algo a merecer. Nunca. Lo que no quiere decir que no implique esfuerzos. Pero uno los hace desde otro lugar. Algunos creen que es algo sacrificado, casi tortuoso. Otros, por el contrario, no registran que al trabajar para merecerlo, lo que construyen y consienten es un intercambio, más propio del comercio. El amor verdadero es gracia; no es la consecuencia de que hagamos esto o dejemos de hacer aquello.

Ella permanecía en silencio mientras las lágrimas brotaban de sus ojos sin parar. ¿Quién en su vida no habría tenido que merecer el amor? Se sintió afortunada al percibir que en el otoño de su existencia, la vida le regalara tanto.

El Maestro le agradeció aquella conversación maravillosa y le sirvió un té que compartieron en silencio.

Artículo de Juan Tonelli: El amor no es algo a merecer.

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