aislamiento

aislamiento, amor, Analfabetismo emocional, intimidad

Abrir las piernas

La madre de Ezequiel clasificaba a las mujeres en dos grupos; las que trabajaban y las que abrían las piernas.

Ella, obviamente, pertenecía al primer grupo. Un grupo de una sola persona, porque el resto de mujeres que trabajaban no le llegaban ni a los talones. No eran lo mismo.

Así había crecido Ezequiel, con un particular desprecio por las amas de casa y las mujeres que solo hacían de esposas y madres.

Continuar leyendo
aislamiento, crisis, Madurez, Sufrimiento

haz lo que yo digo pero no lo que yo hago

-Todas las mujeres están cortadas por la misma tijera.

Sebastián escuchaba con atención las palabras de su padre. Lo que no había ocurrido en sus cuarenta años estaba pasando ahora. El día previo le había confesado a su madre que estaba enamorado de otra mujer y que se separaría. Enterado de la situación, su papá lo llamó para tener una conversación de hombres.

El hijo fue contento al encuentro, y relató toda su historia de amor. Su padre escuchó en silencio, comprensivo. Sebastián estaba feliz de abrirse, y sentir por primera vez en su vida que tenía un diálogo a fondo con su papá. Se preguntó por qué no lo habría tenido antes.

-Enamorarse de otra persona estando casado, por más que vos lo sientas como algo único y que no puede ocurrir, es bastante común, -dijo el padre relativizando la crisis.

Sebastián escuchaba absorto. Para él significaba una catástrofe. Algo que simplemente no podía suceder. Un rayo que le cayó cuando caminaba mansamente por la playa. Si bien lo había ayudado a despertar, el huracán había devastado su vida que él creía tener tan bien organizada. No dejó piedra sobre piedra.

Percibiendo que su padre tomaba la situación con naturalidad, le preguntó:

-A vos te pasó?

-Te acordás cuando yo viajaba seguido a Perú por trabajo? En realidad no viajaba nada. Iba a un departamento que alquilé especialmente para poder quedarme abrazado a un gran amor que tenía entonces. Eran tres o cuatro días encerrados con las persianas bajas, desnudos, mirándonos extasiados hasta cualquier hora de la madrugada, a escasos cinco centímetros de distancia el uno del otro, -respondió el padre.

Sebastián se estremeció con aquella historia. Aunque su padre le estuviera confesando que el matrimonio con su madre no había sido perfecto -cosa que por otro lado tenía muy claro por las permanentes peleas que habían tenido toda la vida-, sintió empatía al enterarse que él no era el único desgraciado al que le pasaban estas cosas. A su padre le había pasado lo mismo. Se rió para sus adentros al escuchar que la coartada había sido un inexistente proyecto profesional en Perú.

-Y no tuviste ganas de irte a vivir con ella?, -preguntó Sebastián con audacia.

-Por supuesto, pero no quería dejar de verlos a ustedes. Y temía que cinco años después me encontrara en la misma situación, solo que con un divorcio a cuestas y mucha gente lastimada. Qué garantías tenía de que cada nuevo amor, después de un tiempo, no deviniera en algo parecido? Lo nuevo siempre es muy tentador por ser maravilloso y sin imperfecciones, -completó. -Tu abuelo decía que las mujeres son todas iguales y que después de la etapa de enamoramiento, toda hechicera se convierte en bruja.

Sebastián escuchó aquellas palabras algo confundido. Ya tenía bastante mareo con su propia situación para venir a enterarse que su padre había tenido doble vida, que había engañado a su madre. -Mamá también habrá tenido amantes o algún amor prohibido?, se preguntó para sus adentros.

Recordaba haber percibido eso en algunas de las infinitas crisis matrimoniales de sus padres. Seguramente su madre habría estado enamorada de otro hombre, pero nunca se lo había blanqueado.

-Es más, -continuó su padre, -viste que tu mamá siempre me reprochó que no llegué a tiempo a tu parto?

Sebastián escuchaba hasta con los poros. Toda su vida había escuchado a su madre quejarse de lo sola que estaba, que su padre no existía, que se la pasaba trabajando. Que aún el día de su nacimiento había llegado a la clínica cuando él ya había nacido.

-El viernes en que naciste yo estaba trabajando en el estudio, viendo papeles y temas atrasados. A la tardecita, se me entregó la secretaria: “hágame suya, doctor”, me dijo. No existían celulares así que para cuando me enteré de lo que pasaba vos ya habías nacido y me fui derecho al sanatorio.

Sebastián sentía una mezcla de emociones. Principalmente, alivio. No era el único infiel, ni al que le ocurría la terrible desgracia de enamorarse de otra persona estando casado. Igual, le costaba un poco asimilar las infidelidades de su padre, o el hecho de que no hubiera llegado a su nacimiento por estar acostándose con otra mujer. Así y todo, valoraba la empatía del diálogo.

-Aguantá, todo pasa, también este enamoramiento, -fue el consejo final de su padre antes de despedirse.

El consejo paterno no sirvió de nada, porque para el momento en que ocurrió el diálogo, él ya estaba jugado. Quemaduras emocionales de tercer grado, irreversibles.

Diez años después, Sebastián comprendió que más que empatía, aquél diálogo había sido una manipulación. No malintencionada, pero manipulación al fin. Aquella falsa intimidad había tenido por objeto evitar que él se separara y afectara a toda la familia.

Era evidente que aquél encuentro había sido completamente a destiempo. Si había un momento para enseñar, era antes de que las cosas pasaran. Una vez que ocurrían, la maestra era la vida y sus golpes, y no las palabras.

No pudo evitar preguntarse por qué sus padres se habían pasado transmitiendo valores que no vivían. Acaso ser políticamente correcto era más importante que ser sincero o compasivo? Era mejor inculcar valores en los que la vida no cabía? No era que la ley estaba para servir al hombre y no al revés?

Por qué antes de casarse sus padres no le enseñaron que era muy probable que tuviera un amor prohibido? O que la infidelidad no era tan tremenda como la hipócrita sociedad decía? De qué le servían ahora los consejos paternos, una vez que había desbarrancado?

Pensó en todo lo que había sufrido por no calzar en los moldes y definiciones morales impuestas por sus padres y la sociedad. Cuánto dolor podría haberse evitado si hubiera tenido diálogos sinceros y no solo discursos morales de valores que se pregonaban pero no se vivían? Ninguna vida entra en esos moldes.

Transmitir valores rígidos no servía de nada. Solo generaba un sentimiento de inadecuación, de que uno era el problema.

Vinieron a la mente sus hijos. En la medida que crecieran les compartiría todas sus experiencias, por más dolorosas y contradictorias que fueran. Seguramente no les evitaría el sufrimiento; pero quizás les aportara algo de luz, siempre tan necesaria en los túneles oscuros que inevitablemente impone la vida.

Continuar leyendo
aislamiento, Exigencia, perfeccionismo

quien no entienda una mirada, mucho menos entenderá una larga explicación

-Pero si yo nunca te dije nada…, -gruño su madre entre sorprendida y enojada.

Aquella frase era cierta. Literalmente cierta.

Gastón sin embargo, había vivido otra cosa. Su mente, en una de esas asociaciones que uno desearía que fueran azarosas pero nunca lo son, le recordó un pequeño incidente.

Tenía diez años y era uno de los mejores alumnos de la escuela cuando un día, cansado de los chicos, el maestro de lengua tomó un dictado sorpresa.

El profesor era una persona frustrada, enojada con la vida. Tenía con qué. A sus ocho años la madre lo había “entregado” a una orden religiosa que buscaba vocaciones. Como él era el menor de nueve hermanos, sus padres lo habían dado para satisfacer el pedido del capellán del pueblo, y de paso anotarse un poroto con Dios. Nadie había sido capaz de mirar a aquél chico y sus propias necesidades. Como podría ser luego un buen pedagogo, enamorado de la vida?

El dictado era una selección de treinta palabras, una más difícil que otra. Como si esto fuera poco, el ensañado maestro les informó que por cada error bajaría la calificación tres puntos. Así las cosas, la mayoría de la clase se sacaría un uno, al que se llegaba solo con tres equivocaciones.

Y eso fue lo que pasó. El profesor corrigió todas las pruebas inmediatamente, devolviéndolas a los alumnos y exigiéndoles que las trajeran firmadas por sus padres al día siguiente.

Era una masacre. Casi los cuarenta alumnos se habían sacado un uno, solo dos chicos obtuvieron un cuatro -por dos errores-, y un genio alcanzó un siete (un solo error entre las treinta palabras perversas.)

Al ver su nota escrita con tinta roja por el maestro, Gastón sintió que el corazón iba a salírsele del pecho. Cómo le explicaba un siete a sus padres?

Hoy a la distancia, se reía de la situación. Lo que era un oportunidad para que sus padres lo felicitaran y premiaran, él lo había vivido como un infierno. Cómo no había sido capaz de contarles a sus padres que en un dictado sorpresa, con treinta palabras elegidas para castigarlos, y en una clase en donde todos se habían sacado un uno, él había cometido solo un solo error? Por qué había reaccionado así?

Para peor, el infierno que descadenaría aquél siete, recién estaba comenzando. Como Gastón sentía que no podía llevar esa nota a su casa, se pasó la tarde angustiado evaluando alternativas. La exigencia de traer la evaluación firmada por los padres al día siguiente, no le dejaba mucho margen.

Con los músculos inflamados y la cara roja de tanta tensión, tomó la decisión de falsificar la firma de su madre. La practicó un buen rato, porque no era tan difícil. Cuando se decidió a hacerla al lado de la firma del maestro, le salió pésimo. Al igual que los penales, en la vida hay cosas que no sirve entrenarlas.

Ahora el problema era del tamaño del Everest. Ruborizado y con el corazón latiendo a doscientas pulsaciones, volvió a mirar su falsificación al lado de la firma del maestro. Era la imagen del naufragio.

Tuvo que aceptar que su imitación era tan desastroza que seguramente lo echarían del colegio. Qué escándalo, que uno de los mejores alumnos fue expulsado por falsificar la firma de sus padres.

La madre lo llamó para cenar y él escondió todos los papeles y fue con su cuerpo. Su alma, ya no existía. La comida pasó sin penas ni glorias, y nadie se percató del silencio ni la angustia de Gastón. Qué raro.

Tan pronto pudo volvió a su cuarto y, jugado por jugado, decidió adentrarse aún más en la tempestad. Rehizo todo el dictado, y empezó a practicar nuevamente la firma de su madre, y también la del maestro. Ahora tendría que falsificar ambas, para evitar mostrar el vergonzoso original.

Cuando se sintió razonablemente confiado encaró el plagio. Varias duplicados fueron al cesto de papeles porque en el momento de la verdad, la tensión desbarataba todo.

Agobiado por la presión y el cansancio, decidió poner punto final a las imitaciones y presentarse con una que si bien no era buena, tampoco era pésima. No podía más.

Durmió toda la noche sobresaltado, soñando que sería expulsado del colegio. Todo su prestigio tirado a la basura. Cuando sonó el despertador pensó que no era cierto. Cómo despertarse si él estaba muerto?

Como un mutante, se vistió, bebió dos sorbos de Nesquick y caminó hacia el colegio con el mismo pasa de una vaca al matadero. Sus dos cuadras de cadalso parecieron una eternidad. Por suerte, la materia estaba en la primera hora así que la agonía terminaría rápido.

El maestro pidió que pusieran las pruebas firmadas sobre los pupitres, así las revisaba. Cuando él se acercó a su escritorio, Gastón sentía su corazón latir como un redoblante. Miró a los ojos al profesor, como una víctima que en el instante último, quiere ver a su sicario.

El maestro le dijo:

-A vos te habrán felicitado…, -y siguió caminando sin siquiera ver la evaluación.

Gastón comprendió que se había salvado. Seguía vivo.

Quince años después, se preguntaba por qué había actuado así. Sus padres nunca le habían exigido buenas notas. Al menos formalmente.

Pero de qué importaban las formas si mil veces le habían contado la excelencia académica de su abuelo, y de ellos mismos? Qué margen tenía de mostrar un error, si cuando trajo un boletín con promedio 9.72, su tío le había preguntado qué había pasado con los veintiocho centésimos restantes? Cuántas veces había escuchado a su madre decirle que si hacía las cosas con menos prisa, sería el mejor alumno? Acaso no era otra cabal expresión de lo que ella esperaba de Gastón?

-Tenés razón mamá; nunca me dijiste nada, -asintió Gastón. -No hacía falta.

Lo sentimos, no hay encuestas disponibles en este momento. Continuar leyendo