Adversidad

Adversidad, Ideas equivocadas, Madurez

Los hombres son todos iguales

Al tomar la computadora para chequear su correo electrónico, Claudia encontró abierta la página de Facebook de su novio. A no ser por el chat hot que estaba ahí, nunca se hubiera puesto a investigar lo que hacía su pareja.

Después de confirmar el peor escenario de que su novio tenía una amante, fue a la cocina para terminar de preparar la cena. Tan pronto él llegó del gimnasio y se duchó, se sentaron a comer.

“- Dejaste tu Facebook abierto…”, dijo Claudia, como si nada.

Fede, aunque en estado de alerta máxima, optó por minimizar el hecho con la ilusión de que no hubiera ocurrido lo peor.

La siguiente frase de Claudia destruyó toda esperanza. “-¿Quién es Adriana?”

“-Nadie”, contestó Fede minimizando el tema,  mientras su corazón latía a doscientas pulsaciones por minuto.

“-¿Y entonces por qué le decís que es la mujer con la que mejor cogiste en toda tu vida?”, disparó Claudia a quemarropa.

Aún aturdido del mazazo que acababa de recibir, Fede intentó ensayar una respuesta. “-Nada, no significa nada para mí.”

“-O sea que te la cogías”, continuó Claudia, ratificando morbosamente algo que ya sabía.

Muriéndose en su interior e incapaz de continuar con aquella violencia, ella se paró y se retiró al cuarto. Sin derramar una sola lágrima, hizo su valija y pese a todos los esfuerzos de Fede por detenerla, se fue a la casa de sus padres.

A ellos no les dio más explicación que el hecho de haberse peleado con su novio. ¿Qué podría contarles, si esa situación se vivía cotidianamente en su casa? Su padre tenía una mujer y una novia, y pese a que la situación era muy dolorosa para su madre, ella finalmente la aceptaba.

¿Cómo podrían entender que se había separado solo porque su novio tenía una aventura? Su padre convalidaría la situación por considerarla inherente a los hombres. Y su madre, para evitar que su hija se convirtiera en un espejo de lo que ella debía hacer y no se animaba.

El tiempo pasó y pese a los enormes esfuerzos de Fede por recomponer la pareja, Claudia no cedió ni un milímetro. ¿Estaría cobrándole todo lo que había sufrido como hija al ver la situación de su madre? ¿Querría evitar repetir la historia de sus padres?

Después de algo más de un año, Fede comprobó que el enojo de Claudia no era pasajero, por lo que no tuvo más remedio que continuar con su vida.

Ella en cambio, decidió ir a ver a una tía soltera y sabia, con más batallas encima que Napoleón. Durante la primer parte del encuentro le contó con lujo de detalles todo su pequeño drama sentimental.

“-¿Y cómo te ayudo?”, preguntó la tía.

“-La verdad que no lo sé”, se sinceró.

“-¿Cómo pondrías en palabras la razón que te llevó a venir a verme?”, insistió la dama.

“-Las ganas de poder contarle a alguien el tema, ya que en mi casa no es posible. La ilusión de poder llorar por todo lo que no lloré delante de él…”, continuó Claudia mientras se le quebraba la voz.

“-¿Y por qué no lloraste enfrente de él?”

“-No quería que me viera sufrir. Pretendía que se pudriera en el infierno y creyera que a mí no me dolía…”

“-¿Y vos pensás que porque él no te vio llorar, presupuso que vos no estabas sufriendo?”

“-Lo dudo, pero al menos, no puede estar seguro de que no sea así”, se defendió Claudia.

“-¿Importa?”, repreguntó la tía, intentando romper su estructura.

“-A la distancia creo que no”, dijo Claudia casi avergonzada.

“-¿Pensás que tu decisión estuvo condicionada por la historia de tus padres?” A Claudia se le llenaron sus ojos de lágrimas.

“-¿Estás arrepentida?¿Volverías con él?”

Después de pensar unos instantes, Claudia improvisó una respuesta.

“-No volvería con él porque ya ninguno de los dos somos lo que éramos. No es un problema de rencor sino que la vida nos pasó por arriba…”

“-¿Pero si ambos quisieran, es posible refundar”, sugirió su pariente.

“-Es que ya pasó tanto tiempo y tanta vida que me parece que no sería sincero. Ya somos otros…”, volvió a repetir Claudia.

“-¿Sentís que tu decisión fue un error?”, insistió la tía con la pregunta que había quedado sin responder.

“-En cierto sentido, sí…”, dijo Claudia con algo de pudor.

“-¿Por qué?”

“-Porque fui implacable y tendría que haber tenido una mirada un poco más amplia de las cosas.”

“-¿Cómo sería una mirada más amplia?”, indagó.

“-No sé, ver si yo estaba fallando en algo, entender qué fue lo que lo llevó a Fede a estar con otra mujer…”

“-¿Pensás que él fue infiel porque había problemas entre ustedes?”

“-Y … sino, ¿por qué se acostaría con otra?”, dijo Claudia con un tono resignado.

“-Por las más diversas y banales razones”, la cortó su tía.  “-¿Alguna vez comés en exceso, Claudia?”

“-Con frecuencia”, contestó ella sin entender bien el por qué de la pregunta.

“-¿Y qué pensás que es lo que te lleva a comer cuando no tenés hambre?”

“-Uff”, suspiró Claudia. “-Como porque me gusta, por placer. También porque estoy ansiosa. Otras veces por la gratificación inmediata que me da la comida. O porque estoy aburrida, distraída conversando con amigas, cansada, o qué se yo cuántas razones más…”, completó lacónicamente.

“-Con el sexo pasa algo parecido”, soltó la tía, plenamente consciente de la bomba que acababa de tirar.

“-No podés comparar”, dijo Claudia indignada. “-El sexo involucra el alma de las personas; no somos animales.” Por más que ella defendió su postura con vehemencia, algo en su interior le recordaba que aunque los seres humanos fueran más evolucionados que un animal, tampoco podían sustraerse de esa condición primitiva, instintiva, básica.

“-En mi experiencia de vida, he comprobado que los hombres tienen relaciones sexuales por las razones más banales y básicas. Se puede buscar complejizar el análisis, pero creo que no se ajusta a la realidad…”

“-¿Y cuál es la realidad?” preguntó Claudia desafiante.

“-Que a cierta de edad de la vida, los hombres desean acostarse con cuanta mujer pueden. En algunos casos eso es a los veinte, en otros a los treinta. Pero definitivamente ningún hombre es ajeno a este sentimiento después de los cuarenta años.”

Claudia se quedó en silencio, habiendo preferido no escuchar algo así.

“-No pretendo justificarlo, pero mucho menos condenarlo. Es simplemente una conclusión a la que arribé después de escuchar a cientos de hombres y mujeres de las edades más diversas”, completó.

Claudia estaba algo aturdida. Si esa era la verdad; ¿por qué no se decía con todas las letras así cada uno podía elegir qué hacer con esa realidad?

“-Estás dando por sentado que es posible disociar el cuerpo de lo que sentimos por la otra persona”, interpeló Claudia.

“-¿Acaso no es un dato de la realidad, con cientos o miles de millones de personas que lo hacen?, contestó con paciencia la dama.

“-¿No está lleno de mujeres que se acuestan con sus parejas, no porque tengan ganas o deseen encontrarse con él, sino para que no se vaya con otra, o para evitar un conflicto, o para obtener algo que desean? ¿Cómo llamarías eso? La vida no es redonda, querida… Y no somos solo seres espirituales.”

Claudia escuchaba entre atónita y deprimida. “-En mi experiencia, los hombres se acuestan con otras mujeres, no porque tengan un problema concreto con sus parejas, sino porque es algo casi instintivo, básico”, amplió.

“-¿Instintivo? ¿Básico?”, repitió Claudia indignada. “-No te parecen superfluas las razones que estás planteando?”

“-Por supuesto que sí”, fue la sincera respuesta de su tía, que no hizo más que desacomodarla. “-Está claro que todos se acuestan por placer, pero también por la búsqueda de variedad, de conocer otros cuerpos y otras mujeres; de conquistarlas y poseerlas; de sentirse vivos; de tener otros espacios de intimidad; de conocer algo nuevo, incierto… Son razones banales pero la mayoría instintivas, y por ende, muy poderosas”, completó.

Claudia se sentía entre sorprendida y enojada. Lo que estaba escuchando era, en cierto sentido, algo nuevo. Sin embargo, no le resultaba ajeno. De alguna manera, lo había percibido a lo largo de sus años de vida. “-¿Entonces no tengo ninguna chance de encontrar un hombre que vaya a ser fiel?”, preguntó con cierta desilusión.

Su tía, mientras se sacaba los anteojos para limpiarlos, le dijo: “-Así formulada, más que una pregunta es una trampa para vos misma…”

“-¿Por qué?”

“-Porque a mí entender, la fidelidad no debiera nunca ser un fin en sí mismo. En todo caso, se trata de una dirección hacia la cual moverse, en la medida que una pareja sea capaz de crecer en profundidad del vínculo. Y así y todo, nunca debe dejarse de lado la condición del hombre, que es un ser espiritual, pero también animal. Podemos ser profundos, pero definitivamente somos banales.”

“-Ver las cosas tal cual son y no como nos gustaría que fueran,  nos evita sufrimientos innecesarios y nos ayuda a vivir.”

“-¿Vos decís que no hay hombres fieles, entonces?”, preguntó Claudia, sin querer darse por vencida.

“-Sin lugar a dudas que los hay. Solo que en mi experiencia, la gran mayoría de los que son fieles, lo son por razones poco virtuosas. Cuando uno conversa con ellos a fondo, las motivaciones que aparecen podrían resumirse en una sola: el miedo. Algunos alegan que está mal, pero cuando uno indaga en profundidad, se sinceran reconociendo que desearían hacerlo pero no quieren tener problemas con su mujer. Y así transitan la vida, reprimiendo.”

“-¿Y es malo reprimir conductas incorrectas?”, provocó Claudia.

“-Por supuesto que no. Cabría preguntarse si esto es como matar a alguien o robar un banco ¿O será un análisis algo infantil?”

“-¿Y cómo sería un análisis adulto?”, provocó Claudia, muy afectada.

Mirándola con ternura, la tía continuó. “-Supongamos que tenés setenta años y que amás en serio a tu marido, con el que llevás cuarenta años de pareja. Te gustaría enterarte que él se pasó treinta y cinco queriendo acostarse con otras mujeres, pero que no lo hizo solo porque estaba mal?” La pregunta desconcertó a Claudia. “-¿O preferirías que él hubiera tenido esa conducta por alguna razón más virtuosa?”

El silencio invadía el ambiente. “-Te lo voy a poner en términos más claros. Al final de tu vida y con varias décadas de pareja; ¿te gustaría que tu marido te hubiera sido fiel por haberse reprimido? ¿O preferirías saber que fue una persona libre, que corrió riesgos, conoció el mundo, y gracias a eso eligió seguir compartiendo la vida con vos?”

“-Me parece que el planteo binario es el tuyo”, le espetó Claudia.

“¿Por qué?”, preguntó la tía.

“-Porque plantea dos opciones extremas, maniqueas”, expresó Claudia con mucha seguridad.

“-En mi experiencia, son los dos casos que escucho todos los días. Lo demás, son fantasías.”

“-¿Pero no te parece que cuando uno se casa, elige?”, insistió ella.

“-Por supuesto”, dijo la señora. “-El tema es que uno elige con los elementos de juicio que tiene en ese momento, y la vida es larga y cambiante. Las perspectivas van mutando con los años.”

Viendo a Claudia deprimida, la tía decidió moverse en otra dirección. “-Así y todo, te cuento que hay una alternativa que a mi modo de ver es la mejor, pero que es realmente poco frecuente.”

Ella abrió los ojos, como queriendo aferrarse a alguna esperanza. “-A mi entender, la mejor alternativa es crecer en profundidad del vínculo, tratando que la sexualidad se vaya convirtiendo en un punto de encuentro, casi sagrado…”

“-Pero si es de lo que estoy hablando yo”, protestó Claudia.

“-Te puedo asegurar que no estamos hablando de lo mismo”, la corrigió con delicadeza. “-Vos te referís a algo que pretendés que exista de entrada. Yo señalo algo que cuesta muchos años y mucho trabajo conseguir. Que ni siquiera es algo a lograr, sino más bien un norte al cual dirigirse.”

Claudia la miró como pidiendo que ampliara el concepto. “-Casi todas las mujeres aspiran a la fidelidad porque les enseñaron que así debe ser. Curiosamente y pese a todo lo que sufrimos porque la realidad no se ajusta a esa idea, ninguna de nosotras la cuestiona. Hay una hipocresía y una necedad muy importante. Peor aún, pareciera que fidelidad es sinónimo de amor e infidelidad de desamor, cuando no necesariamente es así”, prosiguió su tía.

“- Por otra parte, en el cumplimiento de los mandatos no hay elección; solo imposición. A mi me parece más saludable que ambos miembros de una pareja transiten los caminos que tengan que recorrer para poder conocer, y sean capaces de ir eligiendo en libertad y profundidad aquello que es mejor para sus vidas. Es un punto de llegada, nunca de partida.”

“-¿Por qué no puede ser un punto de partida?”, planteó Claudia, sin darse por vencida.

“-Por la sencilla razón que es imposible tener una sexualidad madura cuando uno no lo es. Y lleva toda una vida madurar. Por lo general, lo que uno ve al principio es pura genitalidad y pulsión hormonal. Eso no tiene nada que ver con el amor y el encuentro. Luego, si la pareja dura, viene la rutina. Que involuntariamente se desliza a represiones por mandatos y miedos; o a ciertas licencias para descomprimir; o a inevitables separaciones. Todo, muy lejos del amor… “

“-¿Y por eso es mejor habilitar cualquier conducta?”, provocó Claudia.

“-En realidad, más que habilitar cualquier cosa, se trata de que cada persona pueda conocerse a sí misma. Averiguar quién es. Entender su historia de vida, sus anhelos, sus fantasías, sus pulsiones…Y que en la medida que se vaya descubriendo, pueda ir eligiendo cómo quiere vivir.”

“-También -prosiguió-, que en vez de tratar que el otro se adapte a nuestras necesidades y carencias, poder conocerlo, darle todo el lugar que necesite para su desarrollo y expresión. Y ahí sí, ir encontrándose en los tiempos y formas que sean buenas para ambos…”

Y a modo de conclusión, sostuvo: “-Está claro que somos mucho más que animales. Pero nunca debemos confundirnos al punto de creer que sólo somos seres espirituales.”

Claudia se sentía como si la hubiera arrollado un tren. Sin embargo, estaba tranquila. “-¿Y ahora que hago?”, preguntó entre risas.

“-Te diría que empieces por enterarte”, cerró la tía con una sonrisa.

Artículo de Juan Tonelli: Los hombres son todos iguales.

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Adversidad, Ansiedad, Sufrimiento

¿Alguien puede salvarse a sí mismo?

Gustavo estaba tirado en su cama, absolutamente quebrado. Se sentía como un manojo de fideos secos recién partidos, que serían arrojados a una olla con agua hirviendo. Solo faltaba que terminaran de cocinar los fragmentos residuales de su vida.

Con la mirada perdida en el techo de su cuarto, tomó conciencia de que no podía más. No tenía más fuerzas. Lo había intentado todo y la realidad lo había tumbado cada vez que él se había puesto de pie. ¿Por qué la vida podía ser tan despiadada? ¿Qué había hecho para que se ensañara tanto con él?

Sentía una enorme impotencia al registrar que su voluntad no servía para nada. Si hubiera tenido algo de distancia con su propia vida, habría percibido que el problema no era que tuviera una voluntad insuficiente,  sino que ésta nunca alcanzaba para salvarse a sí mismo, o evitar las catástrofes personales.

Su fuerza y determinación habían sido probadas y llevadas a extremos sobrehumanos. Pero efectivamente, habían sido insuficientes. Como siempre lo eran en la vida del hombre. Después de todo, si con la voluntad alcanzara; ¿cuál sería la diferencia entre Dios y los hombres?

Hundido en sus propios problemas y pensamientos, Gustavo era incapaz de ver que su situación era análoga a la de la torre de Babel.

El legendario anhelo humano de imponer su voluntad, como si fuera un dios. Y a lo largo de miles de años, los resultados eran siempre los mismos: fracaso, colapso, devastación.

Para peor, todas esas catástrofes ocurrían con una gravedad directamente proporcional a la arrogancia humana. Es decir, a mayor fuerza y convicción de que los planes serían concretados, mayor destrucción final.

Gustavo era solo un pequeño ejemplo más en miles de años de historia humana. Obviamente, a él no le interesaban los antecedentes, que por otra parte era completamente incapaz de registrar. Sólo le importaba su dolor, su impotencia, su abismo.

Como todo deprimido, se sentía el ombligo del mundo e involuntariamente, creía que todo giraba en torno a él. Imposible recordarle que el universo existía desde millones de años antes, y que seguramente seguiría existiendo mucho después de su muerte.

Pensó que el infierno definitivamente existía. Y no tenía nada que ver con las llamas eternas y un señor rojo con cuernos y tridente. El infierno era sentirse totalmente aislado, impotente, y con la convicción de que nada de eso podría cambiar.

Tirado en su cama y sumido en su depresión, vino a su mente aquella pregunta retórica: “¿Dios inventó a los hombres o los hombres inventaron a Dios?”

Gustavo siempre había creído en la existencia de Dios. Sin embargo, y al igual que la mayoría de los seres humanos, era un reconocimiento casi formal. Pese a reconocer la existencia de un ser superior, no quería que le cambiaran sus propio planes ni un milímetro. En todo caso, que lo ayudara a concretar las ideas, fantasías y anhelos humanos. En esa curiosa forma de entender a Dios, nadie registraba que se le daba un rol más propio de un bombero que de alguien todopoderoso.

Aplastado por una realidad implacable que lo había pasado por encima, Gustavo tomó conciencia que su creencia en Dios era una mentira. Pensó que a veces, seguir viviendo era algo mucho más difícil que morirse. Mientras se preguntaba a sí mismo si ya habría tocado fondo o seguiría cayendo, se le ocurrió un desafío.

Si era cierto que Dios existía, tenía que ayudarlo. Él ya no podía más, habiendo corroborado demasiadas veces que sus fuerzas eran insuficientes y vanas. Si Dios existía y quería, podría rescatarlo. Y sino, seguiría cayendo hasta estrellarse en el fondo de un abismo cuyo fondo aún no podía vislumbrar.

Gustavo recordó a Pelagio, aquél monje del siglo IV quien sostenía la idea de que la gracia no tenía ningún papel en la salvación, y que sólo era importante obrar bien. Más allá que la propia Iglesia lo declarara hereje, lo cierto es que su doctrina no había sido capaz de superar la prueba de la realidad.

Con el obrar bien no alcanzaba. Existiera Dios o no, la voluntad de los hombres nunca era suficiente para salvarse, entendiendo por salvación a tener una buena vida en esta tierra, y no en el más allá.

A partir de aquél día, Gustavo empezó a mejorar. Si bien él era incapaz de explicarlo, desde que había asumido su impotencia absoluta, algo había cambiado. Como si Dios -o la vida- hubieran estado esperando que él se encontrara agotado y sin fuerzas para poder intervenir. Como si sólo fuera posible ingresar al corazón humano cuando éste se encuentra hecho trizas. De lo contrario, las certezas, planes y arrogancias humanas, siempre  impedían todo encuentro entre Dios y los hombres.

La recuperación de Gustavo tomó largos años. Tuvo caídas, recaídas y todo tipo de problemas. Sin embargo, desde aquél instante fundacional en el que se reconoció totalmente impotente y abrió una puerta a Dios, todo cambió. Aquél corazón destruido y aparentemente sin fuerzas, por primera vez se mostró abierto a que la vida lo tocara.

Dos décadas más tarde, Gustavo reflexionaba acerca de cuáles eran los componentes de aquél cambio tan oportuno como difícil de comprender. Básicamente, sintió que a partir de su rendición incondicional y apertura a Dios, había recuperado la esperanza. En vez de experimentar la certeza de la muerte debido a sus fuerzas insuficientes, el paradigma se había invertido.

“Como nuestras fuerzas siempre son insuficientes, es la vida la que nos salva y nos rescata. Nunca es nuestro esfuerzo, sino la gracia.”

Y para su mente cuasi agnóstica, la gracia no era la intervención divina sino algo que era dado, como un regalo. No era el resultado de un acto de la voluntad humana sino un favor que la vida concedía.

Aunque le tomara casi veinte años entender qué era lo que había pasado, para Gustavo aquella crisis había sido constitutiva. Sin que él lo supiera, le había abierto las puertas a la vida. Lo había liberado de la carga de ser el único responsable de su existencia, enseñándole que si bien su esfuerzo era decisivo, no era lo único y ni siquiera lo más importante que regía su destino.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Alguien puede salvarse a sí mismo?

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Adversidad, Incertidumbre, Miedo

Peregrinos

La situación no daba para más. En los últimos dos meses había pasado de todo.

Lo que iba a ser una divertida gira de rugby se había convertido en la peor pesadilla. Primero, el avión se había estrellado en el medio de las montañas, provocando la muerte de la mitad de las personas, y dejando a otras gravemente heridas.

Después de ver compañeros, amigos y familiares muertos, el grupo de sobrevivientes se había podido organizar, racionalizando los víveres existentes mientras esperaba el rescate.

Luego de un par de días en donde nadie venía a buscarlos, la moral estaba por el piso. Las dudas crecían y el miedo empezaba a calar hondo.

Naturalmente, nadie podía imaginar que el drama recién empezaba.

Al cumplir una semana del accidente, el grupo estaba anímicamente recuperado. Las tareas de supervivencia y organización mantenían la mente ocupada y daban sentido.

Sin embargo, los días iban pasando y nadie venía a rescatarlos. ¿Se habrían olvidado de ellos, o era que no los encontraban? Al cumplirse veinte días de estar varados en la montaña, la situación era muy contradictoria. Por un lado, el funcionamiento del grupo era impecable, como si fuera la selección alemana de fútbol. Cada uno sabía qué era lo que tenía que hacer, y lo hacía. Todos eran engranajes eficientes de una máquina perfecta. ¿Pero vendría alguien a buscarlos? ¿Cuánto tiempo se podría sostener esta situación? Afortunadamente quedaban víveres, así que no había que desesperar.

El tiempo siguió transcurriendo y las dudas crecían. Para cuando se cumplió el mes, el grupo no podía más. No había eficiencia que los rescatara de la desesperanza de morir congelados en las nieves eternas de la montaña.

Cuando ya nadie creía en nada, ocurrió lo inesperado. Un ruido lejano empezó a escucharse con más fuerza. Era un avión que finalmente pasaba por encima de ellos. Las emociones eran encontradas. ¿Los habrían visto? No era posible que no hubiera visualizado todo el fuselaje del avión contrastando contra algo tan blanco como la nieve. ¿Por qué no habría sobrevolado mejor la zona? ¿Sólo porque no era un avión de rescate?

El grupo quedó con una angustia mayor. La ilusión y la posibilidad de perder aquella oportunidad era peor que no haberla tenido.

La angustia duró veinticuatro horas, porque al día siguiente, otro avión sobrevoló los restos del fuselaje e hizo señas. La felicidad no podía ser mayor. Después de treinta y tres días se habían salvado.

Cuando el avión se fue, se decidió hacer un banquete para festejar la buena noticia, así que dejaron atrás las ínfimas raciones y todos comieron hasta reventar, total mañana estarían a salvo.

La realidad se mostraría en cuenta gotas, y al día siguiente nadie vendría a buscarlos. ¿Cómo podía ser?

Cuando setenta y dos horas después del paso de aquél avión nadie aparecía, la angustia había vuelto a ser enorme. ¿Qué habría pasado? No se comprendía. Para peor, el día del festejo habían consumido todos los víveres, dejando muy poca comida.

Los días pasaban, el rescate no venía y el hambre era intolerable. Como si todas estas penurias no fueran suficientes, se escuchó un estruendo fortísimo y una avalancha tapó de nieve el avión y sus inmediaciones. Murieron más personas.

La desolación y desesperanza invadía a todos. ¿Por qué la vida se podía ensañar tanto?

Si a los tres días del accidente inicial, muchos no tenían fuerzas, un mes y medio después, sin víveres y abandonados a la buena de Dios, todo parecía la peor pesadilla. Aunque el recorrido del sol permitía ubicar los puntos cardinales, nadie tenía claro a donde había caído el avión y por ende, cuál sería el poblado más cercano. El dilema no era menor, porque caminar en la dirección equivocada implicaba morir congelado. ¿Habría una dirección correcta, o la distancia para uno u otro país sería imposible de ser cubierta caminando sin padecer la muerte blanca? Las preguntas no tenían respuesta, solo un eco como el que ocurría entre los picos nevados.

Ante la ausencia absoluta de alimentos surgió la idea de la antropofagia. Si comer carne humana era algo terrible, alimentarse con el cuerpo de un amigo o compañero parecía que terminaría de enloquecer a los sobrevivientes. Algunos decidieron no hacerlo y murieron. Otros, vieron en aquellos cadáveres perfectamente conservados por la nieve durante tanto tiempo, una ofrenda para poder seguir viviendo.

De los cuarenta y cinco pasajeros iniciales quedaban vivos menos de veinte. El resto había muerto en el accidente, en la avalancha, o al rechazar alimentarse con el cuerpo de sus compañeros.

A los dos meses del accidente la situación no podía ser más extrema. Pese a ser un tema tabú, la muerte se percibía como algo cada vez más próximo. Nadie se animaba a mencionarla, pero todos sabían que estaba ahí.

Un miembro del grupo fue madurando la idea de ir a buscar ayuda. Ni a él ni a nadie le escapaba que en esa eventual expedición podría perder la vida. Bastaba con equivocar el rumbo para morir.

Pese a ello, los días subsiguientes la idea se fue consolidando. Entre morir congelado esperando un rescate que no llegaba, o morir caminando, fue tomando fuerza la determinación de ponerse en marcha.

Solo dos miembros más estaban dispuestos a acompañarlo. El resto, prefería gastar sus últimos cartuchos de vida esperando junto al avión. La técnica establecía que al igual que en el océano, uno debía quedarse junto al avión o barco, para facilitar que los rescatistas pudieran verlo. Pretender encontrar a una personas sola en el medio del mar o de las montañas nevadas, era imposible. Por eso siempre se recomendaba quedarse esperando junto al barco o avión.

La noche previa a la partida y con la decisión tomada, el líder que caminaría en busca de ayuda, no pudo dormir. Las preguntas inundaban su corazón. ¿Sería el fin de su vida? ¿Qué pasaría con sus compañeros?

¿Cómo era posible que hubiera esperado tanto tiempo para ponerse en marcha?

Tenía plena conciencia de que después de caminar muchas horas perdería de vista a sus compañeros y a la improvisada base que significaba el fuselaje del avión. Tomó conciencia que ahí, no habría nada por delante. Solo más montañas, más nieve, más piedra, más nada. E incertidumbre, mucha incertidumbre.

Visualizando el futuro que lo esperaba volvió a preguntarse qué hacer. Por un lado, parecía claro que no tenía opción. No quería morir aguardando un rescate que tal vez nunca llegaría. Pero como contrapartida, la idea de morir caminando, congelado y en el medio de la nada, le resultaba atroz.

Se sentía como una isla en un océano de miedos que lo rodeaban. La muerte estaba por todos lados. No violenta, pero implacable, inevitable.

Sintió que su dilema se limitaba a elegir cuál de las dos opciones de muerte prefería. La sola idea lo estremecía porque él quería vivir. Y aunque no estaba todo dicho y confiaba en seguir con vida, morir era una posibilidad demasiado próxima.

Después de horas de angustia y estados de ánimo cambiantes, su espíritu decantó la decisión. Él quería morir caminando. Y por paradójico que resultara, esa era una decisión acerca de cómo quería vivir el tiempo que le quedara de vida. Quería hacerlo luchando, intentando, buscando una salida.

Con los primeros rayos de luz del amanecer, comprendió que había llegado su hora. Por miedo, confort, seguridad, los seres humanos solían quedarse donde estaban cómodos. Sin embargo, la vida solía empujarlos a situaciones extremas en las que pese al miedo, sólo existían dos opciones: esperar o ponerse en marcha.

Después de una increíble travesía de diez días, divisó una persona. Él y su grupo podrían seguir viviendo.

De regreso a su casa, confió en que la vida no le depararía más cruces de montañas, ni caminatas inciertas. Sin embargo, lo esperaban muchas más. Apenas salía de una había otras esperándolo, y otras más allá. Nunca sabría si las podría atravesar. Esas garantías no existían.

Pero había aprendido que debía caminar. Pese al miedo, a las condiciones más adversas, a la incertidumbre que a veces no podía ser mayor. No era posible quedarse en el mismo lugar en que uno se sentía cómodo sin estropear la vida.

En la montaña aprendió que vivir es ser un peregrino.

Artículo de Juan Tonelli: Peregrinos.

(NdA: inspirado en el testimonio de Pedro Algorta https://www.youtube.com/watch?v=lTOmujrId84 )

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Adversidad, Aprendizaje, Madurez

Entender cambia la vida

“-¿Y esto lo podés hablar con él?”

“- La verdad que no.”

“-¿Por qué?”

“-Porque siento que no tengo margen para hacerlo. Son asuntos muy complejos que le resultan intolerables. Sea porque abordar el tema le provoca mucho dolor, o sea porque niega para poder seguir viviendo, lo cierto es que no tenemos posibilidades de hablar esto en forma sincera y adulta.”

Las palabras de Diana sonaron pesadas, inamovibles.

Después de unos segundos de silencio, su amiga preguntó:

“- ¿Y van a seguir viviendo así? Va a ser muy difícil, porque debajo de la superficie hay diferencias muy estructurales… Si no se pueden poner estos temas sobre la mesa, los puntos de contacto y encuentro entre ustedes serán muy reducidos.”

“-¿Y qué puedo hacer si él no quiere escuchar? Siento que apenas nos aproximamos al tema, o lo minimiza o lo niega, como parte de su negación estructural a un problema muy doloroso. Y si soy un poco más incisiva, la conversación se prende fuego porque le resulta intolerable”, insistió Diana con algo de resignación.

“- Entonces tu estrategia es “de esto no hablamos y que las cosas se acomoden solas”, provocó la amiga.

Diana no lo había pensado así, pero en el fondo, esa era la situación.

“-¿Y cuál es tu reacción cuando salen estos problemas y vos te das cuenta que no podés hablar?”, preguntó la tenaz amiga.

“- Desconecto. Puedo hacerlo en forma emocional, quedándome físicamente con él pero con mi alma a kilómetros de distancia. O sino, lo que es más sano para todos, cada uno a su casa y a procesar en soledad, bajando los decibeles del desencuentro.”

Aunque aquella estrategia parecía muy pobre, la amiga no estaba en condiciones de juzgar. La vida en pareja solía ser difícil para todas las personas, quienes la transitaban como podían.

“-¿Y por qué pensás que siguen juntos?”

“-Porque en el fondo nos amamos. Ambos tenemos admiración y respeto por el otro, y cuando podemos hablar y conectar, es realmente maravilloso”, dijo Diana recuperando la esperanza.

“-Creo que tienen que encontrar una forma de poder expresar todo lo que tienen adentro. De lo contrario, el desencuentro irá aumentando porque la diferencia entre sus expectativas y las tuyas irá creciendo ya que el tiempo en este caso juega en contra”, reflexionó la amiga.

“- Parece el modelo que tenían nuestras abuelas, en donde el tipo se rajaba y aparecía varios días después tranquilo, sin dar explicaciones. Y en donde las mujeres, por mandato, por miedo, por apariencias, estaban obligadas a aceptar esa situación sin siquiera hacer una pregunta. ¿No hubiera sido más sano explicar que estaban hartos de los chicos, de la casa, de la vida, de su mujer, o que querían acostarse con otra, en vez de desaparecer? El modelo se repetía una y otra vez, pese a ser muy pobre para ambas partes. Para el hombre porque no tenía libertad y tenía que moverse como un fugitivo, y para las mujeres porque no terminaban de entender qué estaba pasando y solo podían elegir aceptar o rechazar la situación, sin conocer bien lo profundo. Creo que, cincuenta años después, podemos encontrar formas de vivir mejor…”, completó la amiga con un tono inspirador.

Diana estaba sensibilizada por lo complejo de la situación y porque las palabras de su amiga eran muy verdaderas.

“-En el fondo, ustedes son dos personas muertas de miedo. Tienen pánico de ser rechazadas o abandonadas. Es comprensible, pero no aceptable.”

“-Si lo fuera, ninguna pareja viviría mejor que ustedes, porque en el fondo, todos venimos de abandonos emocionales parecidos cuando éramos niños. No nos prestaron la atención que necesitábamos; no nos miraron.”

“-Pero no por eso debemos seguir como chicos, pretendiendo hacer solo lo que ellos quieren. Y para simular madurez, tolerar lo que el otro quiere. El resultado es una pareja muy pobre en donde ambos compensan tolerancias. Si bien la paciencia es un requisito central de todo matrimonio y hasta de la vida, lo cierto es que uno debiera aprender a desarrollar espacios comunes, y que vivir no solo sea aguantar al otro. Debemos involucrar al otro en nuestra vida, contarle en qué lugar existencial estamos, hacia cuál querríamos ir, y sobre todo, cómo nos imaginamos ese caminar juntos…”

Los ojos de Diana estaban llenos de lágrimas. Su amiga, dispuesta a completar la cirugía, prosiguió.

“-Y tampoco es cierto querida amiga, que todos los problemas están del lado de él. Me hubiera gustado escucharte  hablar de tus propias dificultades. Aquellas limitaciones que te impiden que el otro pueda vincularse a fondo con vos. Sin embargo, no dijiste nada…”

“-¿Y cuál decís que es mi dificultad principal?”, preguntó Diana, escéptica de que sus problemas tuvieran algo que ver con la crisis de pareja.

“-Creo que tenés una carencia afectiva tan grande que aunque te muestres independiente y superada, en el fondo, estás desesperada. Como no te sentís amada, sobreactuás que no necesitás nada cuando en realidad en tu interior te estás muriendo.”

“-Lo peor, es que ese sentimiento de no sentirte bien amada por tu pareja no tiene que ver con que él no te ame sino con tu exigencia. Le pedís al otro que tenga un amor que solo Dios, si es que existe, podría darte. Como te faltó eso cuando eras niña, inconscientemente estás buscando quien pueda tener un amor tan abrasador y perfecto, que repare aquél pasado doloroso. Pero eso no va a ocurrir nunca. Porque ningún ser humano ama perfecto, y porque el problema no es el amor del otro sino tu carencia, que termina siendo una aspiradora emocional, un barril sin fondo…”

Diana sintió que la habían desnudado. “-¿Y qué decís que haga?”, preguntó con una mezcla de desesperación y angustia.

“-Esto no es una receta de cocina…”, le respondió su amiga con compasión. “-Pero te diría que empieces por enterarte… “

“-¿Y después que me haya enterado?”, continuó Diana ansiosa por salir de la situación en la que estaba.

“-Más despacio, compañera”, la cortó su amiga. “-Así como leer no es aprender, escuchar tampoco es enterarse. Lo que yo llamo enterarse es involucrar a todo nuestro ser en una situación. No es racionalizar sino comprender algo en profundidad. Cuando eso pasa, uno se pone en marcha. Pero quedate tranquila. Al identificarte con las situaciones, reconociste tu problema. Y ese es un proceso que no tiene vuelta atrás. Solo tenés que darle tiempo, y alimentarlo. “

Diana le apretó las manos con fuerza, agradeciéndole con una sonrisa y los ojos brillantes.

Artículo de Juan Tonelli: Entender cambia la vida.

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Adversidad, Ideas equivocadas, Madurez

Héroes no glamorosos

El caos y la anarquía reinante en el país habían cambiado la vocación de Ignacio. Pensaba seguir abogacía hasta que pocos meses antes de dar el examen de ingreso, la situación social lo empujó a la carrera militar. No eran tiempos para tibios y no podía hacerse el boludo con lo que pasaba.

Terminada su formación, decidió seguir la especialización para ser un comando de élite. De los más de mil aspirantes, sólo treinta la completaron, y él obviamente, era uno de ellos.

Su vida vertiginosa hizo que se casara tan pronto se graduó de comando, y apenas regresado de una corta luna de miel, en Febrero de 1982 fue destinado al sur, para una misión especial. La noche previa a embarcarse a Malvinas, su mujer le contó que estaba embarazada. Fue un momento difícil, pero como él estaba llamado a ser un héroe, partió sin sensiblerías.

Ya cerca de las islas, el General decidió que los comandos no desembarcaran, aguardando en las proximidades como cuerpo de apoyo. Ignacio sintió un poco de frustración porque el quería estar en el frente.

No quería ser Aldrin ni Collins; la historia no era benigna con los segundos. Él quería ser como Neil Armstrong, el primero.

El desembarco inicial fue exitoso, por lo que Ignacio no tuvo más que aguantarse la impotencia de no haber recuperado nada. Le había tocado ser un actor de reparto. Ya en las islas, se enteró que la primera ministra británica había enviado tropas por lo cual la guerra sería inevitable. Lo que a otros asustaba, para él era un oportunidad.

Después del mes de espera, con las tropas de la Otan en las islas empezaron los combates. Él comandaba una sección de treinta soldados. Tuvieron misiones varias y algunos enfrentamientos. En esos momentos la mente funcionaba en forma binaria,  como una computadora, con códigos simples. Mato o me matan. Cualquier cosa que se movía era objeto de un acto reflejo, sin sentimientos de ningún tipo.

Finalmente llegaría el combate decisivo en Pradera del Ganso. Su sección se enfrentaba al enemigo en una posición estratégicamente superior, ya que estaban arriba de una colina. Las fuerzas enemigas, sin embargo, tenían mejores equipamientos y no tenían hambre. Después de un rato de fuegos, los argentinos divisaron que el enemigo levantaba cascos con sus fusiles. Exultantes, comprendieron que se estaban rindiendo.

Ignacio bajó hasta el campo enemigo para negociar la rendición británica. El jefe de ellos, le dijo que se quedara tranquilo, que entregaran sus armas, y que no les pasaría nada. Pese a que él sabía hablar inglés muy bien, no comprendía la situación. Eran los enemigos los que tenían que rendirse y no los argentinos.  Después de pedir aclaración tres veces, le quedó claro que la propuesta inglesa era que los argentinos debían entregarse.  El capitán británico se quedó shockeado cuando la respuesta a su propuesta fue tan corta como contudente. “- En dos minutos volvemos a abrir fuego”, le dijo Ignacio, dándose media vuelta. Antes de lograr reunirse con su gente ya le habían disparado. Hubo otra balacera y él mató a un soldado inglés.

El combate siguió su curso y los hechos confirmaban que la propuesta enemiga no era mala. Los argentinos se defendían con agallas aunque con varias bajas, iban retrocediendo montaña arriba. Ignacio fue testigo de varios compañeros que caían despedazados a dos metros de distancia. Y Fernández, que nada tenía que hacer ahí, recibió un balazo en la pierna y su arteria femoral empezó a sangrar como una manguera.

Ignacio sacó su pañuelo y le hizo un torniquete en la ingle. En pocos segundos analizó la situación y se dio cuenta que no podían trasladar a ese compañero montaña arriba porque expondría a los que lo cargaran a una probable muerte. –“Quedate acá Fernández, que después te vengo a buscar”, le comunicó al cocinero, quien estaba ahí sólo por compañerismo y amor a la patria, ya que los cocineros no debían combatir.

Los argentinos fueron retrocediendo como pudieron, y después de llegar a la cima y descender por otro lado, regresaron a la base. Con más de diez muertos sobre un grupo de treinta, con otra decena de heridos graves, con tres días sin comer y más de un mes sin bañarse, la moral no era la mejor. Mientras su superior trataba de hacer contacto con el comando central para ver si recibirían apoyo alguno, alguien hizo la pregunta incómoda. –“¿Y Fernández?”

Ignacio cayó en la cuenta que dejar al cocinero herido en el campo de batalla, había sido la peor decisión de su vida. ¿Y ahora? Si haber intentado subir por la colina a aquél infeliz hubiera sido muy riesgoso, ir a buscarlo ahora era suicida. Él quería ser héroe pero no un kamikaze. Se maldijo por no tener sentimientos de héroe. Tenía miedo. Una mariconeada. Para peor, su mujer y su hijo por nacer cruzaron su mente.

Mirando a los cuatro soldados que tenía más cerca, comprendió que no había margen para abandonar a Fernández. Si lo hacía, se acababa la magia. ¿Cuál magia? La confianza. Si no lo buscaba a Fernández, mañana nadie saldría a pelear. Ya no sería más un grupo cohesionado sino un sálvese quien pueda. A ese equipo no lo empujaba ni el entrenamiento, ni el equipamiento, ni mucho menos la comida. Ni siquiera el amor a la patria. La confianza era todo.

Con sentimientos bien humanos y sin ningunas ganas de ir, pidió dos voluntarios para la misión de recuperar al cocinero. Cuatro se ofrecieron, así que eligió a los dos mejores y los tres partieron a buscar al infeliz de Fernández. Los demás miraban. ¿Era lo correcto? ¿O sería mejor cuidar a los que estaban vivos, a costa de haberle mentido a Fernández?

Como tantas veces pasa en la vida real; ¿quién sabría lo que era lo correcto?

En la oscuridad más absoluta y en medio de un silencio aterrador sólo interrumpido por metrallas, encontraron a Fernández. La primera exclamación del cocinero iluminó tanto sin sentido: -“sabía que me ibas a venir a buscar”, le dijo a su capitán. Ignacio, entre emocionado y a las puteadas, lo cargó, y en otra hazaña propia de las películas, lo llevó hasta la base.

Al día siguiente, no hubo ocasión de poner a prueba la mística y heroísmo ganados con la maniobra. A falta de refuerzos y ayudas de ningún tipo, su superior decidió que se entregaran. La frustración de Ignacio no podía ser mayor. Todo parecía una sucesión de absurdos. Después de más de un mes como prisioneros de guerra, volverían a su país en un regreso sin gloria y con vergüenza. ¿Cuál había sido su error para semejante castigo social?

Como jefe que era, le pidieron que conversara con todos los familiares de los soldados de su sección muertos en combate. Era un código militar que a nadie se le negaba un funeral digno, ni acompañar a los deudos. Su mujer a punto de parir fue la que lo convenció de hacer lo que él no quería. Finalmente habló con todos los familiares. Recordó cada uno de los últimos instantes de vida de cada soldado, a cada familiar que preguntara en forma casi morbosa. Dio abrazos, enjugo lágrimas y se mantuvo firme como sino tuviera corazón. Su sistema emocional estaba cauterizado, a prueba de todo.

Le tomó treinta años entender algo de todas aquellas vivencias. La mirada de la guerra como algo heroico y casi romántico no se condecía para nada con la realidad. El azar, o el destino, o Dios, regían sucesos que escapaban de toda racionalidad humana. Él, que había querido ser héroe, no había tenido la oportunidad. Y cuando tuvo una ocasión más modesta al tener que rescatar a Fernández, sus sentimientos de miedo y ganas de desentenderse, no habían sido precisamente los de un héroe. ¿No sería mucho reclamarse otros sentimientos?

En esos treinta años pudo comprender que ser héroe era otra cosa. Menos glamorosa que en las películas o las leyendas históricas. Era simplemente hacer lo que había que hacer. Recordó la historia en donde un pececito le preguntaba a un tiburón blanco en dónde se encontraba el océano. El escualo, sorprendido, casi con obviedad señaló todo su alrededor. El pez, decepcionado con la respuesta, prosiguió su búsqueda.

Ser un héroe era seguir yendo a un trabajo que no gustaba, para poder dar de comer a una familia. Era acompañar a padres ancianos. O a una esposa muy enferma, aunque implicara resignar sueños. Era cuidar y educar con amor cotidiano a cada hijo. Era seguir adelante pese a no tener ganas o tener miedo. Era hacer lo que había que hacer.

Eso era heroico. Lo demás, eran  fantasías. Esa mala costumbre de los seres humanos para producir infelicidad.

Artículo de Juan Tonelli: Héroes no glamorosos.

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Adversidad, Fachada, Vocación

¿Creo en lo que hago?

“Hace cincuenta años que para mí la pregunta clave es: ¿Creo en lo que hago?”

Francisco hizo una pausa para reflexionar, y no tuvo más remedio que cerrar el libro. No tenía sentido seguir leyendo. La idea de aquél monje benedictino lo había interpelado. Una enorme fractura se acababa de producir en su interior. ¿O ya estaría de antes y la pregunta solo la había puesto en evidencia?

¿Creo en lo que hago? ¿Cincuenta años haciéndose esa corrosiva pregunta? El interrogante era incisivo como un bisturí. Los grandes temas de su vida empezaron a desfilar por su mente con total impunidad.

Recordó los años de trabajo en lugares en los que no quería estar. Proyectos en los que no creía, jefes en los que no confiaba, en donde todo era simulación. Simular que era un empleado trabajador y comprometido, cuando en realidad no le interesaba en lo más mínimo lo que hacía. ¿Por qué se habría quedado tanto tiempo sintiéndose así?

Suspiró al revivir las razones. Porque necesitaba el dinero; porque para la sociedad era un buen empleo o porque recibía beneficios que le gustaban. Y más allá de la conveniencia, se dio cuenta que también había mucho temor. Demasiado. Miedo de enfrentarse a un jefe; miedo de no encontrar un trabajo mejor; miedo a no tener dinero; miedo a arriesgarse por algo que le gustara.

El miedo, siempre haciendo estragos en la vida del ser humano.

Recordó una encuesta de Gallup en donde el ochenta por ciento de la sociedad occidental estaba disconforme o decepcionada con su trabajo. ¿Cuánto correspondería a la insatisfacción crónica del género humano, y quiénes tendrían razón en estar tristes por un trabajo sin sentido? Y del probable enorme grupo de los que durante años realizaban tareas que no les gustaban; ¿cuántos serían los que verdaderamente no tendrían ninguna otra alternativa?

Por lo general, el hombre solía carecer de osadía para buscar soluciones a problemas complejos. Grandes masas humanas se resignaban con rapidez, y empezaban a construir argumentos que justificaran esa vida sin corazón. Siempre habría muchas buenas razones para  quedarse quieto en una mala vida.

Un estudioso de las organizaciones empresariales había entrevistado a miles de gerentes. Cuando les preguntaba a aquellos que pertenecían a empresas que no eran líderes, qué es lo que necesitaban para serlo, siempre recibía la misma respuesta: no tenemos dinero. Sin embargo, cuando les repreguntaba cuánto dinero requerirían para llevar a cabo eso que soñaban, la respuesta siempre era vaga y difusa. Nadie lo sabía.

En el fondo, la falta de presupuesto era la excusa perfecta para dejar todo como estaba y no tomarse el trabajo, ni correr los riesgos de ponerse en marcha. ¿Qué hubiera pasado si les hubiera dado el dinero que necesitaban? Seguramente los hubiera puesto en una situación muy incómoda al dejarlos sin excusas.

Las imágenes del sin sentido en  la vida laboral parecían no tener fin. ¿Acaso Scott Adams no se había vuelto millonario por inventar Dilbert, un cómic que retrataba con precisión el absurdo funcionamiento de las organizaciones? ¿No era inquietante la idea Tom Peters, de que el único epitafio que no quería tener era: “Pudo haber hecho cosas fantásticas, pero su jefe no se lo permitió”?

Del frustrante ambiente de trabajo, Francisco pasó sin escalas al más escabroso asunto sentimental. Recordó algunas parejas que había tenido que, pese a no ir para ningún lado, habían durado años. Porque no quería estar solo; por necesitar a alguien que lo ayudara con la casa o los hijos; por tener una compañera sexual, y por muchas otras razones. Si bien no se encontró en el horrible caso de tener una novia por conveniencia económica, registró varias con las que había convivido años a sabiendas de que eran relaciones sin futuro, por no animarse a romper el statu quo.

Volvió a su mente el tema laboral. Recordó las infinitas reuniones y presentaciones absurdas, donde personas sin autoridad creían conducir a alguna parte, a un grupo de cínicos que se limitaban a asentir con la cabeza y expresar falsos elogios.

Recordó la redacción de un diario en el que había trabajado quince años atrás y que había vuelto a visitar la semana anterior. Se había reencontrado con trescientos compañeros que hacía dos décadas que esperaban que la empresa se reestructurara y los invitara a retirarse. Como no querían irse sin una indemnización, pretendían que esa iniciativa la tomara el diario.

Llevaban veinte años simulando que trabajaban, y en algo que no les interesaba. Mientras esperaban el despido liberador, la vida se desperdiciaba como el agua de una canilla abierta. Se rió al pensar que en breve empezarían a tachar los años que les faltaba para jubilarse.

Indagando entre las razones de por qué las personas podían pasar años haciendo algo en lo que no creían, identificó a la conveniencia y al miedo como las dos principales. Además de la mente, siempre tan propensa a mantener el statu quo.

En el fondo, cualquier cambio, aunque fuera para mejor, llevaba implícito un riesgo. Y el cerebro, en su programación por evitar peligros, terminaba conduciendo a las personas a vidas miserables.

Francisco se preguntó si creía en lo que hacía. Como en tantos órdenes de la vida, no había una respuesta definitiva. Tal vez, la diferencia más importante del momento que vivía, fuera que en varias áreas creía en lo que hacía. Y en los casos en que no creía, podía entender porqué seguía adelante. Se trataba, de tareas que debía seguir haciendo para ganar dinero y poder desarrollar otras cosas que le gustaban.

Mirando hacia atrás, se dio cuenta que había pasado varios períodos de su vida haciendo cosas en las que no creía. También registró que esa calificación era dinámica: algunas personas y proyectos en los que no creía habían terminado siendo significativos, en tanto otras pasiones fulminantes, devenido en ataduras.

Volviendo al presente, registró que encontrar el rumbo no garantizaba mantenerlo. El ser humano, sus motivaciones y las imprevisibles circunstancias, hacían que todo fuera un misterio.

Percibiendo la fragilidad de la existencia, Francisco intentó delinear conceptos que pudieran ayudarlo en el futuro.

Se dio cuenta que era capaz de identificar cuando creía en lo que hacía. Y también podía registrar con nitidez cuando no creía en lo que hacía. El problema como siempre, eran los infinitos matices entre los extremos.

Aunque las recetas no sirvieran para vivir, decidió que de ahora en más, si no creía en lo que hacía, tenía que dejarlo inmediatamente o al menos, buscar la forma de poder dejarlo. No seguir adelante como si nada.

Y en el enorme universo de grises, mientras no tuviera claro si creía o no creía en lo que estaba haciendo, podía seguir adelante. Con la fuerza y el compromiso como si fuera una tarea llena de sentido, aunque sin dejar de evaluar en forma periódica y honesta, si eso que estaba haciendo era veraz o no. Y de no serlo, habría que buscar la forma de dejarlo.

Después de todo, el destino final nunca era tan importante como el saber que uno tenía el rumbo correcto.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Creo en lo que hago?

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Si te gustó esta historia, no te pierdas el próximo encuentro con Juan Tonelli el miércoles 22 de Octubre a las 19 hs. La entrada es libre y gratuita, en Dain Usina Cultural, Nicaragua 4899 (esquina Thames), Buenos Aires.

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Adversidad, Aprendizaje

Enfrentar la catástrofe

“- No voy a ir a la iglesia. No me caso. Perdón.”

Sonia leyó el sms sin poder creer lo que le estaba pasando. Intentó llamar a Pedro pero obviamente su celular estaba apagado.

A bordo de una imponente limusina, ella le contó a su padre las novedades. Él la miró a sus ojos llenos de lágrimas, y le tomó la mano.

El perplejo chofer, sabiendo que estaban a sólo dos cuadras de la catedral en donde esperaban quinientas personas, levantó el pie del acelerador, y detuvo la limusina.

La novia abandonada miró a través de la ventanilla, incapaz de ver algo. Su padre le apretaba fuerte la mano y pese a sentirse paralizado, agarró el celular y llamó a su hijo para que suspendiera todo.

“- Por favor avisale a monseñor y después informale a la gente que la boda está suspendida. No des más explicaciones…”

“- Esperá”, lo interrumpió la novia, quien escuchaba la conversación con la mirada perdida.

El padre se detuvo sin comprender.

“- Cortá y decile que en unos minutos lo llamamos de nuevo”, agregó ella.

Infinitas emociones atravesaban el corazón de esa mujer abandonada en el peor momento. Pensó en los quinientos amigos e invitados que estarían en la catedral, esperando la boda del año que finalmente no ocurriría.

Imaginó la cara del arzobispo que los iba a casar, cuando se enterara que el novio había desertado. Vinieron a su mente las veinte personas del coro, la soprano, y las canciones que los dos habían elegido especialmente para el momento cumbre: el Ave María de Gounod, el Aleluya de Vivaldi y el Aria para la cuerda de Sol, de Bach. Tantos esfuerzos y detalles, todos tirados a la basura. Recordó la selección de cada una de las lecturas que serían parte de la ceremonia. Las flores, las alfombras, las velas.

Sonia pensó en la fiesta; habían contratado un palacio con unos jardines increíbles. Imaginó las mesas decoradas con los centros florales preparados por la paisajista más exclusiva. La vajilla inglesa, los vinos de Napa Valley y el champagne Veuve Clicquot. La comida preparada por el mejor chef francés, traído especialmente de la Bourgogne.

El disc jockey, el mismísimo David Guetta. ¿Para qué tanto esfuerzo, dinero, pasión, amor? Todo acababa de ser sepultado por un simple y cruel mensaje de texto. ¿Tan fácilmente se podía destruir todo?

Trató de representarse las caras de las personas cuando su hermano les informara que la boda estaba suspendida. Más allá de la propuesta de su padre de no dar explicaciones, tomaría segundos antes de que todo el mundo supiera que la habían abandonando en el altar. ¿Se podía esconder semejante realidad?

Sonia registró las múltiples señales de Pedro para no casarse. Él nunca había estado convencido, pero entre la fuerza y la negación que ella tenía, todo había parecido natural. No pudo evitar conjeturar que si no hubiera forzado las cosas, no se hubiera expuesto a semejante ridículo.

La limusina seguía con el motor encendido, lista para continuar el viaje a algún destino. Con el corazón latiendo a doscientas pulsaciones por minuto, Sonia recordó a su profesor de sociología, quien para ella había sido su gran mentor.

Él distinguía a los seres humanos en dos categorías: los que aprendían y los que no.

Aquella hipótesis había dado lugar a uno de sus libros favoritos.  “Mindset” sostenía que las personas con una estructura mental fija, acerca de cómo debían ser las cosas, y cuáles eran las capacidades y limitaciones, eran las que tenían grandes dificultades para aprender.

Por el contrario, los individuos con una estructura mental flexible que priorizaba el crecimiento, aprendían con facilidad. Veían en los desafíos y en los fracasos, la oportunidad de expandir sus conocimientos y capacidades, y no un motivo para rendirse.

A quienes tenían un esquema mental fijo, les costaba mucho recuperarse de un fallo, gastando más energía en mostrarse inteligentes y disimular sus errores, que en aprender. En cambio, los individuos que no tenían mayores problemas en reconocer sus errores, obtenían valiosas lecciones de sus equivocaciones, y aprendían. Utilizaban sus fallos como un insumo de su propio crecimiento.

Sonia recordaba especialmente la idea de que a los hijos había que educarlos alentando los procesos en vez de centrarse en los logros. Y que lo más determinante era el empuje para sortear dificultades y sobreponerse a la frustración.

Para intentar armar una buena vida, había que estar siempre dispuesto a retroceder varios casilleros y volver al juego sin vergüenza, sin miedo y sin resentimientos.

“- Lléveme a casa, que me voy a cambiar de ropa”, le indicó Sonia al chofer.

Ante la mirada de sorpresa de su padre, le pidió: “- Decile a mi hermano que convoque a todos a la fiesta, incluyendo al Arzobispo y al coro. Los quiero a todos ahí y a vos también”, le dijo al chofer mientras lo miraba a los ojos por el espejo retrovisor.

“¿-Pero…qué pensás hacer, hija?”, balbucéo el padre.

“-Papá, me vas a ayudar, o sos parte del problema?”, lo cortó con firmeza.

Quince minutos después, ella bajaba de su departamento con un vestido negro muy lindo y moderno. El largo y costoso vestido blanco había quedado tirado en el living.

Con una sonrisa que denotaba su templanza, entró en la limusina y le dijo al chofer: “-Vamos a la fiesta.”

El chofer, entre aterrorizado y emocionado, puso en marcha la limusina.

Tan pronto arrancó, Sonia le guiñó un ojo a su padre, transmitiéndole confianza. Él seguía en estado de shock. Su hija tomó su celular y llamó al genial disck jockey.

“- Hola David, tenemos un ligero cambio de planes. Pedro me dejó plantada en el altar, pero voy a seguir adelante con la fiesta.”

Del otro lado de la linea, el célebre disck jockey era otra víctima del estupor. Ante su imposibilidad de articular palabra alguna, la novia continuó.

“- Voy a entrar a las once en punto, una vez que hayan llegado todos los invitados. Quiero hacerlo con el tema Sobreviviré, de Gloria Gaynor, así que tenelo preparado. Mi padre te confirma bien cuándo. Después, necesito de toda tu inspiración para que sea una noche inolvidable.”

A las once en punto todos los invitados estaban en el palacio. El clima estaba muy enrarecido. La convocatoria del hermano de Sonia,  quien con micrófono en mano desde el púlpito les había dicho que no habría ceremonia religiosa y que fueran directo a la fiesta había sido totalmente desconcertante.

En pocos instantes los amigos del novio se habían enterado de la novedad, y la noticia había corrido como reguero de pólvora. La duda central era si Sonia sería capaz de persuadir al novio y si finalmente ambos llegarían juntos a la fiesta.

Nada más lejano a los hechos. El ser humano y esa costumbre de aferrarse a tontas ilusiones para no morirse de tristeza o de miedo.

En aquél contexto, los invitados conversaban en voz baja, como si tuvieran miedo de hablar más alto. Todo muy lejos de un clima festivo. De repente, el volumen de la música se fue al máximo y la inconfundible voz de Gloria Gaynor empezó a escucharse con su legendario tema.

Despejando incógnitas y fantasías, Sonia entró sola, luciendo su vestido negro y una sonrisa impresionante. Aquél instante fue fundacional. En segundos que resultaron decisivos, los invitados comprendieron que no habría fiesta de bodas, sino que la novia, con un coraje sin precedentes, había decidido seguir adelante sola.

Así las cosas, no habría otra alternativa que acompañarla y bailar frenéticamente toda la noche. Hacer una fiesta aún mejor que la que podría haber sido si hubieran estado ambos novios. Ese fue el tácito pacto que se plasmó en aquellos instantes cruciales.

La noticia de aquella fiesta increíble llegó a la tapa de todos los diarios. En una de las entrevistas, Sonia le explicaba al periodista: “- ¿Qué podía hacer? Mi novio no iba a venir y esa era una realidad que no podía modificar.”

“- Tampoco había manera de evitar que todo el mundo se enterara. Podía volverme a llorar a casa, con mi familia en el living recreando un involuntario velorio.  O podía elegir seguir adelante. Y eso fue lo que hice.”

Tres años después, Sonia reincidió y esta vez el novio la esperó en el altar. Tuvo tres hijos y 15 años de buen matrimonio.

Artículo de Juan Tonelli: Enfrentar la catástrofe.

(Basado en una historia real)

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Adversidad, Exigencia, Miedo

Abismos emocionales

“- Es que tengo miedo…”, se sinceró Miguel.

Jorge lo escuchaba atento, tratando de percibir todo lo que querían expresar aquellas cuatro palabras.

“- Cuando no puedo ganar el partido de entrada y las cosas se empiezan a complicar, me voy hundiendo en un estado de desesperación.

Me quiero ir, escapar de la situación como sea. Por supuesto que me encantaría ganar. Y aunque a veces el objetivo siga siendo muy accesible, es tal la negatividad y el miedo que me van invadiendo, que solo deseo que esa tortura llamada partido, termine de una vez. Y obviamente el camino más corto para que eso pase, es perder…”

La revelación de Miguel era muy fuerte. Más aún, viniendo de un campeón mundial. Jorge se preguntó cuál sería la causa de semejante contradicción.

“- Me voy hundiendo en un pozo negro en el que caigo y caigo y caigo, y nunca termino de caer… El final de ese abismo es la derrota, que viene a liberarme,” agregó Miguel.

“- ¿Y de qué te libera?”, preguntó Jorge.

“- Del horrible estado de pánico, en que cada instante empeoro y en donde no tengo ninguna chance de recuperarme. Lo único que corta ese agujero negro es perder. Ahí se terminó todo y recupero la paz.

Por supuesto que no tengo alegría, porque perdí. Pero al menos tengo paz. Y la paz en sí, es una especie de felicidad.”

” – ¿ Y tenés idea de qué cosa te empuja a ese tobogán infinito?”, preguntó Jorge.

“- Creo que la principal causa es mi enorme exigencia. Aunque no me dé cuenta, en el fondo me siento obligado a que las cosas salgan perfectas. Entonces, tan pronto surgen los problemas, como partí de una premisa falsa y rígida, me quiebro como si fuera de porcelana.”

“- Qué interesante que te des cuenta que la causa de tu fragilidad emocional es que partís de un concepto equivocado. Que creas que las cosas deben ser de una determinada manera, y que no puede haber obstáculos ni problemas que se interpongan entre vos y tu objetivo. Y qué ironía que si bien reconocés que es normal que haya inconvenientes, en el fondo no los aceptes cuando se vuelven reales. Es sólo una aceptación abstracta, porque cuando viene la realidad te frustrás, irritás y deprimís…”, se despachó Jorge.

Miguel se sintió desnudo. Con los ojos humedecidos, continuó sacando todo lo que tenía adentro. “- En la medida que el partido se va alargando, me voy desesperando.

Lentamente empieza a invadirme una sensación de que no tendré escapatoria. De que nuevamente voy a fracasar. Esos pensamientos se van solidificando y la idea de que no tengo salida se convierte en una certeza. Estoy desesperado y lo único que quiero es que todo termine. Cuanto antes. Si bien sigo corriendo y jugando, es todo una mentira. Mi corazón abandonó toda lucha. Solo quiere que lo dejen en paz.”

“- Y el rival lo percibe”, completó Jorge. “- Cuando vos ya sabés que ya no vas a ganar, el otro ganó el partido. No importa que falte poco o mucho, o que sigas corriendo. Estás liquidado”, remató.

Miguel sabía perfectamente de qué le estaban hablando. Nada más liberador que alguien pusiera palabras a las emociones que sentía. Era sentirse un poco menos solo, salir de ese terrible aislamiento.

“- Pensaba en el Abismo Challenger…”, soltó Jorge.

“- ¿El abismo qué?”, preguntó Miguel sorprendido.

“- Es el punto más profundo de la tierra, en las fosas de las Marianas, en el océano Pacífico. Once mil metros de profundidad. Es además, el lugar más oscuro y con mayor presión del planeta: mil cien veces más que la que tenemos acá arriba…”, amplió Jorge.

Miguel estaba atónito. Lo que acababa de escuchar del Abismo Challenger lo había conmovido. Imaginó la oscuridad de aquél lugar a once kilómetros de profundidad. Sus aguas heladas. La escasa vida submarina, totalmente adaptada a condiciones extremadamente hostiles. Pensó en una presión mil cien veces mayor que la de la superficie, capaz de aplastar al acero como si fuera gelatina.

Se imaginó con cinturones de plomo como los que utilizan los buzos, hundiéndose en ese abismo infinito. Una caída sin fin. Obviamente moriría ahogado mucho antes de llegar al fondo. Caería durante horas, antes de ser sepultado por once kilómetros de agua.

Pensó en la muerte. Algo tan temido que sin embargo, podía liberar a las personas de un sufrimiento y dolor que no podían modificar. Si alguien empezaba a hundirse en aquél Abismo Challenger, lo mejor que podía pasarle era morirse pronto. Sino había salida y lo único que quedaba por delante era caer y seguir cayendo, la mejor alternativa era morir rápido, de forma de continuar el largo viaje al fondo del mar sin consciencia, sin sufrirlo. Evitarse la angustia de la desesperanza.

Jorge, intuyendo lo que ocurría, le preguntó en qué pensaba.

“- Me imaginé hundiéndome en ese abismo…”, balbuceó Miguel con algo de vergüenza.

“- ¿Te gustaría poder salir de ese pozo?”, preguntó el entrenador.

Miguel lo miró fastidiado por aquella pregunta retórica. Era obvio que él quería salir.

“- Te lo pregunto porque mi sensación es que tu anhelo de salir de aquél abismo es infantil. Y eso es siempre débil e insuficiente,” disparó Jorge.

Miguel se sintió agredido, pero quería entender a qué se estaba refiriendo.

“- Sos como un nene que solo para de llorar y sonríe si le dan lo que quiere… Pero la adultez no funciona así. Problemas tenemos siempre; muchos problemas. No podemos aspirar a que nuestra vida sea una autopista perfecta hasta nuestros objetivos. Eso no tiene nada que ver con la realidad. Vivir se parece mucho más a un rally, algo todo terreno lleno de obstáculos, imprevistos, e inconvenientes. Y en donde, más que desear que no existan los contratiempos, o que desaparezcan, lo que tenemos que aprender es a lidiar con ellos, a sortearlos, a seguir adelante…”

Miguel lo miró con cierta distancia, como si lo que escuchara fuera algo interesante aunque obvio.

“- Si te estás hundiendo en el Abismo Challenger, lo más importante no es pensar cómo parar de hundirte y volver a la superficie. ¿Querés saber qué es lo único decisivo?”, preguntó Jorge.

A Miguel se le iluminó la cara, ratificando su inmadurez.

“- Lo único importante es querer salir. Todo lo demás es secundario,” dijo Jorge con una fuerza capaz de resucitar a un muerto.

“- Ponerte a pensar en cómo sacarte el cinturón de plomo o en cómo nadar a la superficie es totalmente irrelevante si tu corazón no tiene la férrea determinación de salir. Si esa fuerza existe, va a encontrar la forma. Y si no está, las mejores ideas no sirven de nada”, remató Jorge.

“- Hay personas que explican los fracasos de manera magistral. Entienden todo, tienen hipótesis y razonamientos perfectos. Hay otras, en cambio, que logran las cosas aunque no siempre puedan explicarlas. La diferencia entre unas y otras reside en su espíritu. No todo se puede entender ni explicar.

Por eso estoy convencido que si uno está en un abismo, lo único importante es la determinación de querer salir. Como sea. No perder tanto tiempo en razonar el cómo, sino juntar fuerzas para elegir salir. Es poco relevante la táctica, lo decisivo es la determinación.”

Pocos meses después, la vida le presentaría a Miguel otra oportunidad. Una final con su eterno rival. El mismo al que sólo le ganaba cuando podía imponerse de entrada, pero con quien siempre perdía cuando las cosas se complicaban. Y eso fue justamente lo que pasó.

Después de horas de juego en donde varias veces Miguel  tomaba la delantera pero luego su rival lo empataba, llegaron al momento decisivo. Antes de entrar a jugar el último capítulo, fue consciente que al terminarlo, habría un ganador y un perdedor. ¿Cómo saldría? Ese deporte no permitía el empate.

En el pasado, llegar a la instancia en que se encontraba ahora le garantizaba un estado de desesperación absoluta, con la certeza de la derrota.  En momentos como éste, siempre se había sentido un simulador para la tribuna, ya que en el fondo y más allá que anhelara ganar, lo único que deseaba era perder pronto. Al no tener ninguna esperanza de que podía triunfar, quería que todo terminara rápido.

Esta vez, cruzó el umbral de la cancha con las palabras de Jorge retumbándole en su corazón. “Lo único importante es que quieras salir. Lo demás es accesorio. Tenés que querer salir.”

Y eso fue lo que hizo.

Artículo de Juan Tonelli: Abismos emocionales

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Adversidad, Aprendizaje, Incertidumbre

Todo ocurre para bien

“- ¿Y por qué vendés una casa tan linda?”, preguntó Pablo.

Con un leve suspiro, el propietario le dijo: “- Somos del interior, y con mi familia teníamos previsto venirnos a vivir acá. Primero vino a estudiar nuestro hijo mayor, luego el siguiente, pero cuando teníamos que venir con el más chico, mi mujer y yo nos separamos…”

Pablo puso una cara de sorpresa que dejaba entrever su curiosidad. El vendedor, un hombre de unos cincuenta años no tenía problemas en ampliar su historia. “- Sumado a la separación, nuestro hijo más grande se recibió y se fue a vivir solo. El segundo también terminó su carrera y se consiguió un trabajo en otro país, por lo cual esta casa enorme está siendo utilizada solo por nuestro hijo más chico, lo que es un despropósito. Dado que nada ocurrió como habíamos planeado, el menor se mudará a un departamento más chico, y nosotros venderemos la casa.”

La historia movilizó a Pablo, porque tenía alguna similitud con la suya propia. Diez años atrás, él había construido una casa increíble para vivir con su mujer y sus hijos. Poco tiempo después de haberla terminado se enamoró perdidamente de otra mujer y todo se cayó a pedazos. Aquella propiedad soñada y ejecutada como si fuera una obra de arte, había terminado siendo un monumento al sinsentido.

¿Por qué ocurrían así las cosas? ¿Era la arrogancia humana de hacer planes, que Dios esterilizaba como en el caso de la torre de Babel?

Pablo, más interesado en la historia de vida del propietario que en la casa, hizo la pregunta que abría la caja de Pandora: “- ¿Y por qué te separaste?”

La cara de su interlocutor dejó traslucir lo difícil que era contestar esa pregunta. Así y todo, intentó hacerlo. “- Cuando se fueron yendo nuestros hijos y empezamos a estar solos con mi esposa, comenzó a aparecer un vacío. Tal vez siempre estuvo, pero el proyecto familiar lo taparía. Un día nos dimos cuenta que éramos dos desconocidos, vidas paralelas que habían estado unidas por los hijos, y que al irse ellos no tenían sentido…”

Aunque honesta, la explicación resultaba incompleta, por lo que Pablo hizo la otra pregunta prohibida: “- ¿Y ahora estás en pareja?”

“- Desde hace un año”, contestó el caballero, relativizando la situación.

“- ¿Y cuánto hace que te separaste?, preguntó Pablo sin darle importancia, aunque era claro hacia a donde apuntaba.

“- Dos años”, contestó el propietario con tranquilidad.

Acababa de aparece la verdadera razón del cataclismo. El síndrome del nido vacío no era el tema. O al menos, no el principal. El asunto era que aquél señor se había enamorado de otra persona. Aún cuando por su propia historia de vida Pablo fuera incapaz de juzgar a nadie, el señor intentó una explicación.

“- Luego de separarme me re encontré con una antigua novia, con la cual hacía décadas que no nos veíamos. Ella también hizo su vida, tuvo sus hijos, se fue a vivir afuera. Mucho después se separó y ahora nos reencontramos”, contó con alegría.

Luego continuó contando las normales vicisitudes de toda separación:  los dolores; las peleas con su ex mujer; los hijos que adaptados a los tiempos que corren, llevaban el tema mejor que sus padres; y varios pormenores que a Pablo le parecían poco relevantes.

Era la tercera vez en el término de dos semanas que personas de cincuenta años le contaban que se habían encontrado con un antiguo amor y que todo había resurgido. En dos de esos tres casos, esos reencuentros habían venido a dinamitar matrimonios de veinte años. ¿Pero serían causa o consecuencia del fin de esas parejas?

En la superficie, parecía un deja vu de su propia vida. Él también había planeado y armado todo para estar casado toda la vida, y un amor prohibido se había llevado puesto todo.

Dolorosamente había aprendido que en la vida los planes eran relativos. Aunque en la juventud uno se los creyera, siempre quedaban muy supeditados a una fuerza superior, que solía cambiarlos.

Sin embargo, en el fondo, los tres casos eran bien distintos al suyo. Por un lado, todos eran reencuentros con antiguos amores. Parecía cierto entonces que donde había habido fuego siempre quedaban cenizas.

¿Serían amores que en su momento el destino había desbaratado? ¿Temas pendientes que necesitaban ser resueltos?

Pablo ya no creía más en el cuento de la media naranja. En el mejor de los casos, eran dos naranjas que tenían que aprender a caminar juntas. Pero el concepto de que dos personas estaban hechas la una para la otra le parecía una idea falsa.

Sin embargo, era cierto que en la vida había que transitar los temas. Aquellos procesos interrumpidos antes que cumplieran su ciclo, siempre dejaban una inquietud que inconscientemente buscaba completar lo que había quedado irresuelto. ¿Sería este el caso con los amores truncos de la juventud?

La pregunta inevitable era, ¿qué hubiera pasado si estos amores no se hubieran interrumpido? Años después de casarse y tener hijos; ¿hubieran seguido juntos o también se habrían agotado?

Aquella pregunta no tenía respuesta. Era pedirle a la vida certezas que nunca concedía.

Mientras continuaba viendo la casa sin mirarla, las preguntas se agolpaban en el corazón de Pablo.

¿Por qué el amor siempre venía a armar caos?

Aún cuando su propia experiencia fuera que la catástrofe ocasionada por Cupido había generado maduración y crecimiento, el precio había sido muy alto y en algún sentido, lo seguiría pagando toda su vida. Hijos sin una familia unida, ex mujer enojada hasta la eternidad, y todas las implicancias derivadas de esta situación. ¿Hubiera preferido que no pasara?

Pese a todo el dolor que había tenido que experimentar, y el alto precio que pagaría toda su vida, se dio cuenta que tenía que agradecer lo sucedido. No porque su anterior mujer fuera una bruja -de hecho no lo era-, ni porque la actual fuera maravillosa. Su crecimiento y maduración actuales bien valían el alto precio que había pagado. Otra calidad de vida, otro nivel de vitalidad, de confianza, de plenitud. Otro vínculo consigo mismo, surgido a la luz de la crisis.

Se preguntó si en estos tres casos el amor romántico, además de desencadenar separaciones de matrimonios de larga data, traería maduración y crecimiento a sus protagonistas. Aunque tampoco había certeza en este punto, le pareció bastante probable dado que el sufrimiento era el gran catalizador de la maduración de los seres humanos.

Sin embargo, otra pregunta corroía su alma. ¿El amor romántico era la causa o el catalizador de la crisis existencial? Si la filosofía era que un clavo sacaba a otro clavo -en alusión a que para separarse de una pareja que ya no funciona se necesita de otro amor-, era claro que el enamoramiento solo venía a soplar un castillo de naipes, y en donde el problema no era el viento sino la fragilidad de la construcción con cartas.

Pablo sentía que la verdad pasaba más por esta hipótesis, que por creer que una pareja estaba genial y súbitamente un amor prohibido la ponía en crisis, devastando todo como un rayo. Si bien en la superficie podía parecer así, en el fondo, seguramente hubiera causas profundas que no estaban identificadas y solo salían a la superficie cuando el terremoto ya estaba en curso.

Pero si las causas no eran registradas; ¿se podía decir que la persona estaba sufriendo? ¿No era cierto que ojos que no ven corazón que no siente? Su propia experiencia era que él había estado muy bien hasta el momento en que Cupido le clavó el flechazo. A partir de ahí todo se había desmoronado. Pero no antes.

De poco le sirvió a Pablo reflexionar si los problemas que tenía previamente, al no ser conscientes no eran padecidos.

¿Uno podía ser infeliz sin saberlo? No sonaba razonable.

Pablo se detuvo frente al enorme jardín que tenía la casa, lleno de árboles y plantas. ¿Qué les pasaba a personas de cincuenta años, con hijos grandes, que decidían separarse cuando ya habían transitado una vida juntos? ¿Todo se explicaba con el hecho de que los hijos fueran grandes? Aunque cierto, le pareció que era un dato que no alcanzaba para explicar todo.

Tal vez, más allá que los hijos estuvieran grandes, el tema fuera que uno estaba grande. Algunos concluían que dado que habían estado juntos tantos años, era mejor hacer un esfuerzo para envejecer juntos. Otros, con no menos razón, pensaban exactamente lo contrario: justamente como no quedaba mucho tiempo por delante, había que aprovecharlo. Y dado que a esa edad no se tienen tantas ataduras y responsabilidades, las personas podían darse el gusto de tomar el camino que más les gustara.

Pablo reflexionó que prácticamente todas las personas transcurrían la primer mitad de su vida cumpliendo mandatos o escapándose de fantasmas propios o inculcados.

Muchas seguían viviendo la mitad restante de la misma forma, a costos emocionales crecientes. En la medida en que se aferraran a sus seguridades, irían matando la vitalidad que les ofrecía la verdad que la vida les iba revelando.

Pero otras tenían más suerte y les tocaba tener que atravesar crisis que si bien eran muy dolorosas, venían a depurar sus vidas. ¿Sería cierto que cuando uno desea algo, el universo conspira para que suceda? ¿Aplicaría aún en casos en que uno no tenía la menor idea consciente de lo que quiere?

Pablo estaba maravillado por el misterio de la vida. Saludó al propietario y se fue pensando en que tal vez los hindúes tuvieran razón. Aunque la cultura occidental y cristiana exaltara el libre albedrío y la libertad, tal vez fuera cierto que todo lo que ocurría en nuestras vidas era para bien. Especialmente aquello doloroso y que durante mucho tiempo no se comprendía. Esa incomprensión era solo temporal. Si uno tenía la paciencia y la templanza para transitar el camino, finalmente vería el sentido de cada una de las vicisitudes vividas.

El tema entonces era aprender a caminar un presente en el cual uno no encontraba el sentido de lo que se estaba viviendo. Por eso era imprescindible confiar. Confiar en que uno estaba en el preciso lugar del camino en que debía estar. Y en que esas circunstancias que ahora resultaban intolerables, tendrían un sentido valioso y fecundo que algún día sería revelado.

Artículo de Juan Tonelli: Todo ocurre para bien

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