Adversidad

Adversidad, crisis, Incertidumbre, Miedo

la vida es algo más que empujar todo el tiempo

Emilio salió del consultorio del oncólogo sosteniéndose como pudo. Por qué la vida se había ensañado tanto con él? Está bien; no le había prestado mucha atención a ese cansancio que venía arrastrando desde un año antes de que le diagnosticaran el cáncer de colon. Pero de ahí a semejante catástrofe? La vida podía ser cruel y despiadada.

Lo que inicialmente había prendido las señales de alarma -el diagnóstico de un tumor maligno en el intestino grueso-, se convirtió en un abismo cuando la tomografía mostró que tenía varias metástasis.

Le extirparon todo el mal, y cumplió rigurosamente con el largo tratamiento. Se sintió curado. Festejó su cumpleaños exultante, por haberle ganado a la enfermedad. Su férrea determinación todo lo podía.

A los tres meses y en el primer control de rutina se encontró que había muchas metástasis nuevas. Con la voluntad se podía intentar todo pero no lograr todo.

Del consultorio del médico apenas pudo caminar hasta el bar más cercano. Había ido solo, como siempre. Aunque le hubiera encantado que alguien lo acompañara, siempre sobreactuaba su fortaleza, mostrando que era autosuficiente. Esta vez, lo único que hubiera necesitado era un abrazo. Un hombro en el cual apoyarse y llorar como un chico. Descargar toda la impotencia junta. Dejar de hacer esfuerzos por ser fuerte. Ya está. La vida lo había desparramado.

Pidió un cortado, mientras miraba la nada. El mozo intentó una conversación pero Emilio nunca le contestó. Si se iba a morir pronto, qué sentido tenía seguir siendo correcto?

Durante algunos días evaluó entre retomar la quimioterapia o buscar caminos alternativos. Finalmente decidió dejar de lado los protocolos tradicionales. Si no habían servido de nada cuando la enfermedad no era tan avanzada; qué podrían aportar ahora?

De todas, formas, descartar la medicina tradicional le produjo una sensación de caída libre, sin paracaídas. Se estaba muriendo a toda velocidad y no haría nada? O acaso así funcionaba el negocio de la oncología, vendiendo medicamentos costosos que solo ayudaban a laboratorios y médicos poco íntegros? No tenía respuestas para esos interrogantes, aunque supo que no quería retomar ese camino.

La sensación de soledad y aislamiento al no seguir la medicina tradicional le generaba un miedo aterrador. Como optar por tirarse de un décimo piso antes que morir quemado por el incendio.

Así llegó a una fundación que ofrecía un abordaje espiritual de las enfermedades complejas. A diferencia de otras, no exigía el abandono de la medicina tradicional. La directora quiso saber por qué Emilio había tomado esa decisión.

-Quiero morirme por mi cáncer y no que me mate la quimio.

Aquellas palabras retumbaron en el cálido escritorio de la médica.

-El tiempo de vida que me quede, no quiero pasarlo en centros de quimioterapia.

La directora sabía bien de qué le estaban hablando.

-Le cuento que hay muchos casos de remisiones espontáneas, de esas curas que la ciencia no puede explicar, -dijo.

-Eso es lo que vine a buscar, -contestó Emilio, -aunque ni yo mismo lo creo.

Estaba aturdido, cagado a palos por la vida. Tanto esfuerzo, tanta voluntad, actitud, habían sido estériles. Tal vez por primera vez en cuarenta años, su determinación no servía para nada.

-Y qué tengo que hacer para curarme del cáncer, -preguntó con escepticismo.

La médica lo miró compasiva. Cómo explicarle a alguien tan duro que solo confiaba en sí mismo? Percibía que ese paciente era incapaz de soltar, entregarse, aún en circunstancias tan extremas. No se había dado cuenta que vivir era otra cosa.

-En general se producen cuando las personas se entregan. Cuando asumen su impotencia. Que no pueden hacer nada de nada. Que su férrea voluntad no funciona. Cuando dejan de empujar y se abren al misterio de la vida. En ese punto límite algo cambia y el cuerpo, en vez de autodestruirse empieza a repararse.

Emilio la escuchaba con incredulidad. La directora le contó que estas crisis eran una invitación al cambio.

-Que el cáncer que tengo es una invitación?, -dijo Emilio con enojo. -Se me llevan mi vida y usted dice que es una invitación? Hubiera preferido que no me invitaran a ningún lugar, y que mi vida siguiera como estaba, que estaba perfecta.

-Si hubiera estado perfecta no se habría enfermado, -sacudió la médica con ternura.

El cáncer es siempre una enfermedad mortal. Pero nos ofrece dos alternativas. Matar nuestro cuerpo, o matar el personaje que éramos hasta que apareció. Y solo si muere la persona que éramos hasta antes de enfermarnos, el cuerpo puede sanar. Solo cuando no tenemos más posibilidades, comienzan nuestras reales posibilidades. Antes es imposible porque estamos llenos de certezas, voluntad, ideas. Solo cuando experimentamos que todo eso no sirve para nada, tenemos alguna chance.

Emilio podía reconocer algo de verdad en aquellas palabras. Pero qué hacer? Él no conocía lo que era no estar a cargo, no estar empujando todo el tiempo. Incapaz de registrar que eso mismo era lo que estaba en crisis. Cómo hacer para dejar de hacer, dejarse en paz? Casi que parecía absurdo. Se dio cuenta que aún en medio de aquella situación dramática, no había soltado. Solo estaba aturdido, desconcertado. Pero seguía a cargo de todo, aunque en ese momento se sintiera acorralado y sin saber por dónde ir.

Pocos meses después, para liberarlo de su enorme responsabilidad de vivir, la vida lo eximió de seguir a cargo.

 

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Adversidad, Madurez, Sufrimiento

Locuras frecuentes que nadie diagnostica (ni mucho menos, trata)

Los manicomios nunca tuvieron la exclusividad de la gente con severos problemas mentales. Muchas personas completamente insanas, anduvieron y andarán sueltos por la vida como si nada pasara. Luisa era una de ellas. El hecho que estuviera bien vestida, fuera a Misa todos los domingos y tuviera una familia aparentemente normal, no modificaba en lo más mínimo el diagnóstico psiquiátrico nunca efectuado.

Los primeros signos de su insanía se manifestaron durante la adolescencia de sus hijos. La situación le presentaba un problema insalvable. Una cosa eran los niños pequeños a quienes vestía hermosamente, peinaba, perfumaba y hacía estudiar para que brillaran en el colegio, y otra bien distinta eran dos adolescentes pugnando por independizarse.

La incipiente independencia del primogénito chocaba de frente con las ideas de Luisa. En el fondo, ella era una de la gran cantidad de padres cuyos hijos eran arcilla para ser moldeada según sus ilusiones y traumas.

El mayor tenía las aspiraciones normales de cualquier joven: salir con amigos, conocer chicas, dormir hasta tarde. Como todo representaba un problema para una madre que sentía que el hijo se le escapaba de las manos, las peleas crecían en frecuencia y dimensión.

La vida del joven se fue volviendo tortuosa, a punto tal que a los diecisiete años intentó suicidarse. Obviamente la madre nunca registró que había sido un desesperado y riesgoso llamado de atención, por el enorme malestar con el que vivía.

Para ella, se trataba de otro de los inconvenientes que generaba el adolescente. En su visión, los buenos hijos no debían traer problemas. Acaso alguna persona que estuviera viva podía no generarlos?

El resto de miembros de la familia jugaba roles distintos. El padre era un hombre brillante que forzado a elegir entre apoyar a su esposa o a su hijo, había optado por no separarse. Evitar el conflicto con su mujer resultaba más importante que ser justo o garantizar una sana atmósfera para los chicos.  La aparentemente inofensiva decisión, había condenado a los jóvenes a no tener espacio para ser ellos mismos.

En las formas todo era perfecto. Una familia linda, unida, que viajaba por el país y el mundo. Estudiaban francés, tomaban clases de equitación y se vestían con la mejor ropa. El padre era un profesional exitoso y su esposa era educada, sencilla y buena compañera.

Puertas adentro, todo era un silencioso infierno. No había lugar para expresarse, ser distinto, o simplemente ser. El hecho que el padre cerrara filas con la madre en vez de laudar a favor de la sensatez, la libertad y el crecimiento, había terminado de convertir a aquella familia en una olla a presión.

La  hija menor, siendo testigo de lo que ocurría con su hermano, había optado por sobrevivir. Su estrategia no había sido otra que volverse invisible. Nunca confrontaba, y trataba de escaparse del insano radar de su madre. Ojos que no ven corazón que no siente.

La doble vida le permitía al menos, tener una existencia aunque fuera en la clandestina. La vida oficial era una muerte en vida, pero satisfacía a su progenitora. La secreta, en cambio, era su vida real. Riesgosa, pero auténtica.

Todo pareció arreglarse cuando se fueron a estudiar a universidades del extranjero. Ambos hijos descubrieron la vida, la libertad. Se enamoraron, se casaron, tuvieron hijos. Salvo algunos conflictos menores, la distancia resolvía todo. Cada uno vivía como quería.

No obstante, los inflexibles patrones de la madre seguían intactos o agravados. A sus setenta años tenía una clara idea de lo que estaba bien y lo que no. En vez de haber aprendido que la vida discurría por caminos imprevistos y que no había forma de ordenarla sin un altísimo costo existencial, ella estaba cada vez más rígida e intransigente.

Lo que no le gustaba era rechazado o negado, según las posibilidades y circunstancias. A modo de ejemplo, un nieto había nacido con parálisis cerebral. Ese drama familiar implicaba que el niño necesitara una cama ortopédica y un acceso especial para el baño. Como para Luisa resultaban poco estéticos, en veinte años de vida de aquél joven se había negado a hacer modificación alguna para adaptar algo de su enorme casa al enfermo.

Para poder sobrevivir, sus hijos también negaban la actitud de ella. Quién podía asumir fácilmente que tenía una madre cruel? Sería crueldad o insanía? Cambiaba algo?

Otro capítulo muy significativo fueron los divorcios de los hijos. Luisa era muy religiosa y creía en la indisolubilidad del matrimonio. Poco le importaban las estadísticas que mostraban a más del cincuenta por ciento de las parejas separadas. En los casos que fuera inevitable, estaba convencida que las personas debían permanecer solteras el resto de sus vidas para no cometer adulterio.

Tal vez porque la vida insistía en enseñarle algo, sus dos hijos se separaron. Años más tarde ambos tenían nuevas parejas, que Luisa se negó a conocer. Esta decisión mortificaba especialmente al padre, quien a sus setenta años veía reducida drásticamente la posibilidad de encontrarse con hijos y nietos. Como era esperable, sino no se había separado de su esposa a los cuarenta años, mucho menos lo haría al final de la vida. La situación, sin embargo, le provocaba un enorme dolor.

La realidad se complicó aún más cuando el hijo mayor decidió tener más hijos con su nueva esposa. Como en ese momento Luisa estaba con algunos problemas de salud, decidieron no contarle las novedades en un intento por protegerla. El nuevo nieto nació y en la medida que crecía, se hacía más difícil ocultarlo.

La vida seguía su curso y el niño crecía sin que Luisa y su marido supieran de su existencia. Al abuelo empezó a fallarle la memoria y nunca se presentó el momento oportuno para contarles la situación.

Luisa cuidaba con fervor a su marido con Alzheimer. No quería contratar ni a una empleada, no fuera cosa que alguien se enterara de las vergonzantes situaciones que esa enfermedad generaba. Había que mantener la reputación de la familia a toda costa.

Sin proponérselo, el matrimonio se fue recluyendo cada vez más en su casa. Dada la imposibilidad de aceptar a su familia como era, Luisa y su marido se fueron quedando cada vez más solos. Si bien eran visitados, el hecho que los hijos no pudieran ir con sus parejas o nietos reducía severamente el tiempo que podían dedicarles.

Un matrimonio culto y de buena posición económica, en vez de tener una vejez rodeada por el afecto de familiares, terminaba solo y encerrado entre cuatro paredes.

El marido habría desarrollado Alzheimer para desconectarse de la dolorosa realidad?

Ella se volvió hipoacúsica. Si hubiera sido capaz de escuchar, tal vez no hubiera necesitado quedarse sorda. Ante la imposibilidad de hacerlo, no era descabellado pensar que el cuerpo humano, en su infinita sabiduría y capacidad de adaptación, hubiera obrado los mecanismos necesarios para que la realidad no siguiera contrariando a la pobre Luisa.

Artículo de Juan Tonelli: Locuras frecuentes que nadie diagnostica (ni mucho menos, trata)

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Adversidad, Ansiedad, Sufrimiento

No puedo enfrentar lo que tengo que enfrentar

-Me enamoré de la mujer de mi hermano.

El Maestro se quedó en un profundo silencio. La situación no lo escandalizaba, pero la vida lo seguía sorprendiendo.

-¿Y ahora?, -quiso saber después de unos segundos que parecieron eternos.

-La verdad es que no sé qué hacer. Llevamos años enamorados y cada vez es peor.

-¿Cuántos años?

-Cinco.

-Es un tiempo…

-Y eso no es todo; tenemos una situación que es infinitamente más dramática. Ella se quedó embarazada y decidimos tenerlo.

El silencio invadía la habitación.

-¿Cuándo va a nacer?, preguntó el Maestro como si nada.

-Nació hace dos años.

El Maestro escuchaba sereno aquellas palabras que describían un infierno en la vida de aquella persona. Tal vez, como forma de modular su angustia y ansiedad, el joven siguió hablando, y en forma muy acelerada.

-Cuando nos dimos cuenta de que ella estaba embarazada, pensamos en abortar. Pero aunque hubiera simplificado enormemente nuestras vidas, decidimos tenerlo. La pobre criatura no tenía nada que ver.

-Imagino los días terribles que habrán vivido en esos tiempos, y a partir de entonces. El nacimiento de un hijo en ese contexto no solo parte la vida en un antes y un después, sino que en la medida que va pasando el tiempo, la ruptura y disociación de ustedes va creciendo a la par del niño, -dijo el Maestro.

-Eso es exactamente lo que siento. Nuestra hija es un testimonio vivo y creciente de algo que no sabemos cómo tapar, y nos parte la cabeza.

-¿Y por qué lo tapan?

-¿Me lo decís en serio? ¿Que querés; que le diga a mi hermano que me cojo a su esposa y que su hija menor no es su hija sino su sobrina, porque en realidad es hija mía?

El Maestro dejaba que el joven drenara su dolor.

-No resisto más, pero tampoco tengo salida. No puedo decirle a mi hermano porque las consecuencias serían tremendas…

-Y las consecuencias de seguir ocultando?

-Parece la opción menos mala.

-Van a vivir un infierno creciente, -espoleó el Maestro.

-Lo sabemos…

El Maestro reflexionaba en silencio. Con los años, había aprendido a ser un testigo de la vida. Y en especial de la suya propia. Sabía perfectamente que la mayoría de las circunstancias escapaban del control del hombre. Aún aquellas en que las personas se tornaban en involuntarios verdugos de los seres más amados. Quien no reconociera esto, no era honesto con su propia historia.

Pensó en cómo ayudar a aquél joven. Mantener el secreto era perpetuar e incrementar el infierno. ¿Cómo negar aquella relación prohibida, si sus consecuencias estaban a la vista y crecían día a día? ¿Cómo impedirle a esa niña, el derecho a saber quién era su verdadero padre? ¿Cómo vedarle a quien creía ser el padre, la verdad sobre su hija, su esposa y su hermano? Y a su vez; ¿cómo contarle a alguien semejante realidad?

-Parado frente al Rubicón, Julio Cesar sabía que si cruzaba aquél río sería considerado traidor a Roma, desencadenando la guerra civil, -ensayó el Maestro. También sabía, que una contienda así conllevaría enormes penurias. Pero evitarla, solo mantendría una falsa paz que conduciría al fin del imperio

El joven permanecía callado. Sabía el final de la historia y la mítica frase de Julio César “alea jacta est” (la suerte está echada), mientras lideraba a su legión a cruzar el Rubicón e iniciar la guerra y el proceso que salvaría a Roma de su propia destrucción. Finalmente dijo:

-Sé que tengo la suerte echada. El embarazo ya se produjo, y tenemos una hija de dos años que crece día a día. Solo que no puedo enfrentar la situación y decírselo a mi hermano.

El Maestro reflexionaba callado. Sentía una gran empatía con aquél joven. ¿Cómo no entenderlo si él mismo había sido incapaz de decir verdades mucho menos devastadoras? Aunque tal vez ahí estuviera la paradoja; en este caso, callar era tan destructivo como hablar.

-¿Pensás que la mentira cuida?

-En este caso, sí. Estamos protegiendo a mi hermano y a nuestra hija.

-¿De qué?

-De una verdad terrible.

-¿Y piensan que ellos no perciben? ¿Que la madre puede jugar tranquila con la niña como si nada pasara? ¿O piensan que porque tiene dos años no siente el estado en que se encuentra su mamá?

El joven escuchaba estoico todas aquellas palabras que ya sabía.

-Has sufrido mucho por esta situación, y en cierto sentido, es justo. La vida siempre nos pasa la factura de nuestros actos.

-¿Siempre?, -preguntó el joven como si quisiera escuchar que hay personas que no sufren las consecuencias de sus actos.

-Siempre, -fue la serena pero categórica respuesta del Maestro. Seguramente tendrás que seguir sufriendo hasta que estés preparado.

-¿Preparado para qué?

-Para recuperar tu libertad y paz interior. Uno puede estar libre y vivir angustiado y lleno de remordimientos y miedos; o estar preso y tranquilo. Vos estás purgando tu error. Pero debés saber que aún a pesar de él, tenés derecho a recuperar la paz y la libertad interior. Obviamente las consecuencias de aquél acto signarán tus años. Pero una cosa es hacerse cargo de ellas, y otra muy distinta es desperdiciar toda tu vida sosteniendo una mentira de semejante tamaño.

-No quiero vivir así ni desperdiciar toda mi vida. Pero no puedo dar este paso.

-Y sí, es bien difícil. Pero cuando te canses de sufrir estarás listo para dar el paso. Es la historia del hombre.

-¿Y sino puedo darlo nunca?

-Eso también es una posibilidad. Hay gente que prefiere morir antes que enfrentar una situación. Eligen no ver. Morirse en su juego antes que salirse de él. Optan por morir en el sistema de seguridades que armaron.

El joven estaba desolado. La mera eventualidad de que aquél escenario fuera posible le helaba la sangre.

El Maestro percibía aquello; ¿pero qué podía hacer? ¿Mentirle para tranquilizarlo, generándole una expectativa de algo que tal vez nunca fuera a ocurrir? Por más angustiante que fuera, sus años le habían enseñado que muchas cosas eran posible. Millones de personas vivían en la impotencia de enfrentar la realidad, resignándose a un infierno de dolor que por lo general era secreto.

-Uno no es esclavo de su historia. Podemos aprender a atravesarla. En este caso, no se trata de sacar los trapos sucios, sino de destrabar tu libertad. Buscar lo que te impide vivirla y enfrentarlo. Tus miserias te avergüenzan y hacen que te escondas y mientas. Pero el precio es altísimo. En cambio, poder registrar y aceptar tus pecados, errores y vulnerabilidades te permite ir desbloqueando lo que limita tu libertad, y crecer.

-Qué difícil…

-Y sí, hay momentos en que vivir es mucho más difícil que morir. Perder el rumbo nunca es el problema, porque siempre nos pasa o puede sucedernos. El tema es no tener la humildad -por orgullo o por miedo-, de buscarlo.

-Me siento como Julio César al borde del Rubicón. Solo que no puedo cruzarlo.

-La verdad es el puente que nos permite dejar atrás la obra de teatro que son nuestras vidas, para poder arribar a una existencia plena. Con problemas, como todas, pero vitales. La mayor parte de la gente no tiene vida sino telenovelas. Historias que cuenta, que inventa…personajes que construye. Ojalá puedas cruzar ese puente y empezar a tener una vida real.

Artículo de Juan Tonelli: No puedo enfrentar lo que tengo que enfrentar.

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Adversidad, Aprendizaje, Ideas equivocadas

¿De dónde surgió la confusión de que vivir iba a ser fácil?

-Estoy leyendo la biografía de Rafael Nadal, y hay cosas muy interesantes.

-¿Por ejemplo?

-No son conceptos que me resulten nuevos, pero leerlos en boca de alguien excepcional como él, me llama la atención.

-¿Y por qué Nadal es alguien excepcional?, -provocó el Maestro.

-Uy, no me fastidies. Es un tenista excepcional. Por lo demás, ya sé que va al baño como nosotros, se indigesta como cualquier persona, y tiene peleas de pareja al igual que todos.

-Es que si comprendieras eso, sabrías que pese a que obtenga resultados extraordinarios en el tenis, también experimenta los mismos pensamientos y emociones que cualquier persona cuando juega al tenis. Contrario a lo que sostiene nuestra sociedad, no es un extraterrestre. Pero sigamos; ¿qué te llamó la atención?

-En primer lugar, y al igual que yo, siente miedo.

-¿Y no era obvio?

-No para mí. Creía que alguien tan encumbrando como él, no tendría temores. El hecho que resolviera circunstancias muy difíciles con tanta valentía me llevó a pensar que no sentiría miedo.

-Cuanto daño hacen nuestros prejuicios, ¿no?, -filosofó el Maestro.

-Por otra parte, también me llamó la atención su entendimiento de que todo pasa.

-¿Qué querés decir?

-Que aún en los momentos más adversos, él tenía la lucidez de saber que su rival no podría seguir manteniendo un nivel excepcional, y entonces resistía con esperanza.

-¿Y por qué te llamó tanto la atención?

-Porque en mi caso, por mucha menos adversidad, me rendía. Nunca tuve un umbral tan alto a la frustración.

-O tal vez tenías otro prejuicio…, -soltó el Maestro con un tono inquietante.

-No entiendo.

-Tal vez tu problema era que tenías una idea muy rígida de cómo debían ser los partidos, y en la medida que empezaban a aparecer obstáculos y problemas, te ibas descorazonando.

El discípulo se sintió identificado, asintiendo con un gesto.

-Entonces -prosiguió el Maestro-, al partir de una premisa falsa y en la medida que la realidad iba irrumpiendo, tu mente solo producía negatividad. Pero el problema principal no eran las difíciles circunstancias, sino tu errada idea de cómo debía la realidad.

-Entiendo a medias…

-Si vos no hubieras partido de la errónea idea de que el partido no presentaría grandes complicaciones, no te habrías frustrado tanto con la realidad. Si hubieras sido verdaderamente consciente que existirían muchos problemas, tu mente no habría producido tanta negatividad.

Por otra parte, saber que la adversidad que uno vive en determinado momento, es siempre pasajera, implica una gran madurez. Creer que lo que estamos viviendo es definitivo, es un error, porque la vida es algo muy dinámico. No hay mal que dure cien años. Ni bien que dure cien años, -completó el Maestro.

-Esto último me pareció impresionante. Cuando yo era deportista me costaba mucho sobreponerme a la adversidad. En parte como decís,  porque aunque intelectualizaba que habría problemas, mi corazón no estaba preparado para soportarlos. Por otro lado, tendía a considerar los momentos como algo definitivo. Entonces si mi rival estaba jugando increíblemente, yo asumía que él seguiría así todo el tiempo y me aplastaría. Con ese sentimiento, era muy difícil revertir la situación.

-Y también te pasaría lo opuesto: o sea, creer que porque las cosas te salían bien, te saldrían así toda la vida. Cuando eso nos pasa, la realidad suele mostrarnos nuestra equivocación estrellándonos contra la pared.

-Totalmente.

-¿Alguna cosa más te llamó la atención de esa biografía?

-Muy relacionado con lo que estamos hablando, la fortaleza de ese hombre. Pero lo interesante fue registrar que esa fuerza no le viene como algo genético, sino que está en su voluntad. O sea, pese a los problemas, obstáculos y dificultades que se le presenten, él decide seguir adelante. No se queja ni lo sorprende una realidad problemática, sino que busca por todos los medios sobreponerse a ella.

-Un clásico…

-¿Sí?

-Claro, es imposible llegar lejos sin una determinación de hierro. La vida siempre es difícil. Y te diría que en muchos casos, es extremadamente compleja. Si no tomamos la decisión de seguir adelante pese a todo, cualquiera de las olas maremotas que suele haber, nos sepultan.

-En el fondo de mi corazón, pasé muchos años esperando que la vida fuera más fácil.

-Ya que hablás de un tenista, te cuento un par de síntesis maravillosas de otras estrellas de ese deporte que te gusta.

-A ver…

-Una vez le preguntaron a Guillermo Vilas qué consejo le daría a alguien que quisiera ganar Roland Garros. Su respuesta no pudo ser más corta y contundente. “El que se aguanta todo, se queda con la copa.”

-Tremendo!

-Solemos pensar que para ganar el Abierto de Francia basta con entrenar mucho y jugar muy bien durante esas dos semanas.

-¿Y no es así?

-No. Definitivamente la realidad te pondrá a prueba. Casi todos los ganadores son personas que ese año se sobrepusieron a todo. Calambres, ampollas, contracturas, fallos adversos o injustos de los jueces, presiones de los patrocinadores y de los espectadores, noches de insomnio…

-Qué ironía porque en mi interior hubiera creído que para ganar no debían existir muchas distracciones ni problemas sino que el universo conspiraba a favor de ese suceso.

-El universo conspira. Pero la determinación humana es imprescindible. No hay victoria si alguna de las dos falta. De vez en cuando es posible que gane alguien por azar. Pero son excepciones. Por lo general, detrás de cada gran logro hay alguien que resistió todo.

-Recuerdo que en mis tiempos de tenista profesional, una vez estaba en el vestuario de Wimbledon y me fui a dar un baño sauna. Entré al mismo tiempo que otro jugador. Después de un rato ya era hora de salir, pero observé que él seguía. Inconscientemente, seguí aguantando, queriendo ganarle cuando él saliera primero. Aguanté y aguanté, pero viendo que él no se movía, me asumí como un necio que competía en todo y que este caso no era una competencia. Después de todo, solo éramos solo dos jugadores dándose un baño sauna. Así que abrí la puerta y me fui.

El Maestro escuchaba con atención.

-¿Y sabés lo que pasó? Tan pronto salí, a los dos segundos salió él ! O sea que estábamos compitiendo!

-El que se aguanta todo se queda con la copa.

-Que enojo me dio!, -dijo el discípulo recordando la historia.

-La semana pasada, -retomó el Maestro, uno de los mejores tenistas del circuito dijo que era la última cirugía a la que se sometía, y que si la muñeca le seguía doliendo no iba a tener más remedio que dejar el deporte.

-¿Y?, -quiso saber el discípulo con cierta ansiedad.

-Roger Federer, el mejor tenista de todos los tiempos le mandó un mensaje muy claro. “Seguí jugando aunque te duela.” ¿No es genial?

-Pero si tenés mal la muñeca y te duele mucho no vas a rendir…

-Tal vez sí, y tal vez no. Por supuesto que el jugador tendrá que evaluar bien la situación. Pero la genialidad del gran campeón es poner en blanco sobre negro que el dolor es parte del juego. Y que si querés llegar lejos tenés que ser capaz de soportar mucho dolor.

Volviendo al principio cuando me contabas tus ideas falsas y tus prejuicios, debemos desaprender el mito de que la vida es una autopista. Atrás de toda persona que llegó lejos hay una historia de enorme sacrificio, convivencia con el dolor, capacidad de sobreponerse a infinitas frustraciones. Muchos creen que tuvieron mala suerte.

-¿Y qué tendrían que haber pensado?

-Que el juego y la vida son así! Incluyen enormes pruebas. La idea de que no será tan difícil, tan adverso, tan doloroso…es una idea falsa. Es difícil, adverso, doloroso, injusto. Solo los que internalizan y viven eso, salen adelante.

-Pero eso no aplica a todas las circunstancias…

-Por supuesto. Estamos hablando de una competencia, como bien podríamos hablar de un proyecto o una vocación. Si hablamos de vínculos es otra historia. Aunque incluir la idea de que habrá mucha adversidad y zozobra es algo muy importante. Aquellos que dicen “se acabó el amor”, suelen no saber lo que es el amor. Lo que se les terminó fue la pasión. Pero se quedaron en la superficie. Y eso, en cierto sentido, sería parecido a lo que hablábamos del deporte. El primer partido que se te complicó bastante, te rendiste.

-¿Y está mal rendirse?

-No. También es parte de la vida. Todos perdemos, infinidad de veces. Lo único a atacar es nuestra falsa idea de que debía ser mas fácil. Ese es el verdadero enemigo. Vivir es difícil. Muy difícil. Siempre. Pero vale la pena.

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Adversidad, Analfabetismo emocional, Aprendizaje, Exigencia

Secretos del corazón

El niño de ocho años murió en la ambulancia camino al hospital. Había perdido mucha sangre y cuando el servicio de emergencias llegó, ya estaba inconsciente. La policía tampoco tuvo oportunidad de obtener información alguna sobre el homicida.

Los devastados padres aceptaron donar sus órganos, por lo que pocas horas después de la tragedia, ocurría el milagro que la ciencia posibilitaba. Otro chico de su edad que estaba por morirse se salvaba gracias al trasplante cardíaco.

El proceso de rehabilitación del niño trasplantado fue largo y complejo. Durante el mismo, el menor sufría recurrentes pesadillas. Los padres estaban algo sorprendidos porque su hijo nunca había tenido problemas con sus sueños. Sin embargo, pensaban que el estrés traumático por un trasplante y la proximidad con la muerte, eran los causantes de un miedo extremo que se manifestaba también a través de los sueños.

Con el correr de las semanas quedó en evidencia que la pesadilla era siempre la misma. El niño soñaba que lo mataban. El departamento de psiquiatría que acompañaba al área de trasplantes no pudo ignorar la pregunta inevitable: ¿tendrían las pesadillas alguna conexión con el crimen del donante?

Esta pregunta encubría otra aún más inquietante o delirante; ¿existiría en el corazón del niño asesinado alguna información sobre el homicidio? El solo pensarlo, no solo helaba la sangre de los investigadores, sino que rozaba el ridículo.

En línea con esta hipótesis, había antecedentes de que el intestino poseía ciertas células capaces de percibir sentimientos, emociones y otros procesos inverosímiles para un órgano de esta naturaleza. De ahí que algunos lo denominaran el segundo cerebro, o que existiera la creencia que aludía a las tripas como vísceras capaces de sentir.

En relación al corazón había menos evidencia, aunque la ciencia iba encontrando hallazgos sorprendentes. Toda parecía indicar que el hecho que fuera el encargado de sentir afectos, emociones y sentimientos, no era una metáfora romántica sino una realidad.

El niño trasplantado continuaba con su pesadilla recurrente, la cual era cada vez más precisa. Cuando el menor la describió con suficiente grado de detalle para verificar que en la misma él era asesinado de la misma forma en que habían matado a su donante, los psicólogos se quedaron atónitos. ¿Era posible o se estaban volviendo locos? El dato más inquietante era que el menor no tenía ninguna información acerca de cómo había muerto el donante.

Presionados por una realidad que superaba cualquier ficción, el director médico decidió contactar a la policía. El crimen no había sido esclarecido porque la escasa sobrevida del niño no había permitido aportar información alguna. Y al no haber existido testigos, la investigación estaba parada.

El jefe del departamento de policía accedió a entrevistarse con los médicos y eventualmente con el niño, solo por solidaridad con los padres del menor difunto. Consideraba que era un absurdo imaginar alguna conexión por un músculo cardíaco.

Después de escuchar en profundidad a los terapeutas, el investigador quiso conocer al niño. Luego de un par de entrevistas en las que estableció alguna confianza con el menor, éste le contó su pesadilla. Asombrado por el grado de detalle de la descripción, el jefe de policía consideró oportuno convocar al ilustrador, para que realizara un identik del supuesto homicida. El dibujante escuchó el relato del niño e hizo el boceto, sin dejar de pensar que la situación era entre macabra y disparatada.

Los investigadores cruzaron el identik con la base de datos y encontraron un par de personas sospechosas con malos antecedentes. Luego de un mes de intenso trabajo, una de ellas terminó confesando que había sido el autor del crimen.

Guillermo cerró el diario. La historia que acababa de leer era demasiado fuerte para seguir leyendo. Que la ciencia continuara investigando las increíbles capacidades del corazón; él sentía urgencia por explorar otros interrogantes que brotaban desde lo más profundo de su ser.

Que el músculo cardíaco fuera capaz de sentir era un dato innovador solo para la ciencia, que siempre había sostenido que las emociones ocurrían en el cerebro. Sin embargo, a Guillermo le surgió una inquietud que iba mucho más allá del increíble descubrimiento científico,  y que lo dejó perturbado.

Si el corazón había sido capaz de guardar semejante información para luego manifestarla con tanta fuerza en otro cuerpo al que había sido trasplantado; ¿qué pasaba con todas las experiencias dolorosas que cualquier persona experimentaba a lo largo de su vida, las cuales solían ser minimizadas, tapadas, o negadas?

Era lógico asumir que un asesinato fuera una experiencia suficientemente traumática para que el corazón no estuviera dispuesto a metabolizarla. ¿Pero qué pasaría con sentimientos y emociones fuertes y dolorosas que no llegaran a semejante extremo?

Recordó a su primera novia, quien lo había abandonado sin mayores explicaciones. Estimaba que lo había dejado por temor a verse obligada a tener sexo. Más allá que él nunca la hubiera forzado a nada, lo que todavía le dolía era la impotencia de no haber podido hablar. Le habían dicho adiós sin mas,  y Guillermo había conocido por primera vez el dolor emocional. La imposibilidad de haberse expresado aún supuraba.

Evocó a una novia que fue la primera relación que duró años, la cual terminó abruptamente cuando Guillermo se enamoró de otra mujer. Como él tenía veintidós años y pensaba que enamorarse de otra persona era inmoral, la había dejado ocultando las verdaderas razones.

Inevitablemente, ella se había enterado de la verdad pocos meses después, desenmascarándolo con un doloroso llamado telefónico. ¿Por qué no le había dicho la verdad de entrada? Para no romperle el corazón, y porque tampoco quería asumirse a sí mismo como una mala persona. Dado que sus parámetros morales no permitían enamorarse de otra persona estando en pareja, la negación había tenido que funcionar a pleno.

El corazón siempre sabía la verdad y el suyo se había sentido aislado cuando el cerebro de Guillermo, había terminado atrapado por su propio esquema de valores. Hasta la Biblia sostenía que los preceptos estaban hechos para el hombre y no al revés. Las personas siempre eran más valiosas que cualquier patrón moral. Éstos estaban para cuidarlas, no para obturarlas.

Guillermo se preguntó si todo lo que guardaba el corazón serían asuntos afectivos. Visualizó cuando él había traicionado a un compañero de trabajo. ¿Por qué lo había hecho, sabiéndose alguien bueno? Por ambición. Afortunadamente, años después del incidente, había tenido la oportunidad de pedirle perdón al damnificado. La víctima, sin embargo, movida por la habitual dificultad humana de lidiar con el dolor, había minimizado el suceso e imposibilitado que Guillermo pudiera cerrar aquél capítulo en paz.

Recordó la situación opuesta, cuando un jefe le había incumplido un acuerdo, y Guillermo no se había animado a hablarlo por miedo a ser despedido. El camino elegido había resultado el peor y él no tendría más remedio que renunciar un año después, completamente envenenado por la injusticia.

Guillermo sentía al corazón como el conocedor de sus verdades más profundas. A su vez, como un compañero misericordioso e inseparable.

Las historias brotaban sin parar. Todas eran fuertes y afectivas, y no todas sentimentales. Había muchos desencuentros amorosos, pero también traiciones, miedos, angustias varias. Sentía más dolor en los casos en que había sido verdugo que en los que fue víctima. En estos últimos tenía más paz, salvo cuando había sido incapaz de expresar lo que sentía.

Tuvo ganas de abrazar a su corazón. Pedirle perdón por todo lo que lo había ignorado y despreciado. Comprendió que ese órgano, no solo había percibido las emociones y sentimientos de todas las experiencias, sino que había guardado un prudente silencio cuando Guillermo no había querido ver o escuchar cosas importantes.

Como si el corazón, además de ser el gran receptor, fuera testigo y compañero de vida. Acompañaba y sostenía a las personas pese a los reiterados maltratos a los que era sometido. Guillermo se preguntó si acaso el corazón sería un tirano al cual había que obedecerle ciegamente.

Pudo ver que su corazón muchas veces sentía cosas contradictorias que se prestaban a confusión. Pero también registró que el tiempo siempre aclaraba cuál era la verdad. Y que no era un dictador, sino más bien un canal, un manantial. Recibía, decodificaba, y sobretodo, producía valiosa información para poder transitar la vida de la mejor forma posible.

Ignorarlo era el precio más caro de todos, porque implicaba ignorarse a sí mismo, y en definitiva, destruirse.

Era comprensible que la mente muchas veces no quisiera escuchar lo que el corazón tenía para decir, porque podía ser muy doloroso, inconveniente, angustiante, o simplemente, no coincidir con los planes. Pero tarde o temprano habría que reorientar la dirección de la vida porque, ¿quién tenía alguna chance de ser feliz desoyendo a su corazón?

Por último, Guillermo registró que frente a lo irremediable, lo único que necesitaba su corazón era poder expresarse. El peor escenario era que lo obturaran, y que todas las emociones y sensaciones quedaran encerradas y apretujadas, sin salida. Al igual que el agua, los sentimientos que no fluían se terminaban pudriendo y contaminaban todo.

Guillermo sintió empatía con su corazón. Por primera vez en su vida, lo comprendió. No hizo falta decirle que de ahí en más pondría lo mejor de sí para que estuvieran en sintonía. Después de todo, la suerte de ambos se jugaba en forma conjunta.

Artículo de Juan Tonelli: Secretos del corazón.

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Adversidad, Ansiedad, Madurez

Pecar o no pecar

La mutua atracción y la posibilidad del romance habían quedado sobre la mesa. El problema es que tanto Sonia como Gabriel eran buenos amigos y estaban casados. Ambos tenían treinta y pico y buenos matrimonios con hijos.

A él le tomó pocas semanas darse cuenta que quería avanzar. Sentía que más allá de la fuerte admiración que sentía por Sonia, el tema era mayormente calentura y por ende, podría jugar con fuego sin quemarse.

Ella en cambio, estaba más contrariada. Las mujeres solían tener dificultades para disociar el cuerpo del alma con tanta facilidad, y requerían estar conectadas afectivas o emocionalmente.

Sin embargo, como Sonia había estado con un solo hombre en toda su vida, la curiosidad, las ganas de probar algo nuevo, de sentirse deseada, valorada, la empujaban hacia adelante.

Llevaba quince años de pareja, y aunque su vida estaba bien, pensar que iba a ser así hasta el final de sus días era algo que la aterrorizaba.

En una conversación a fondo con su potencial amante, jugó a enmarcar el vínculo, como queriendo definir el marco de reglas en el que discurriría la aventura. ¿Era posible, o una vez que las personas entraban al baile se perdía el control de la situación?

A Sonia la angustiaba mucho pensar que su matrimonio podía destruirse. Se sentía superficial e irresponsable por estar alimentando esta pasión clandestina. Y culpable, al imaginarse fallándole a su marido.

Se aferró a la estrategia de que las burbujas no deben ser pinchadas, sino absorbidas. ¿Pero era cierto, o simplemente estaba negando lo que verdaderamente le pasaba con aquél hombre? Para ella, la idea de absorber la burbuja significaba evitar romper una relación con alguien a quien quería y admiraba mucho. Sonia no deseaba reventar la burbuja, que en términos prácticos implicaba no ver nunca más a Gabriel.

Por lo tanto, seguía conectada por celular y se reunían en cafés. Cuando la temperatura de la relación subía mucho, antes de cruzar el umbral del pecado ella se sentía mal y clavaba los frenos. Gabriel, fuera por la perseverancia obsesiva del deseo, o porque en realidad estaba más comprometido emocionalmente de lo que estaba dispuesto a reconocer, aguantaba la situación como un caballero.

Y así iban pasando los meses, en los que Sonia oscilaba entre no verlo más y volver a buscarlo. La situación no podía ser más contradictoria. Cuanto más intentaba sacárselo de la cabeza, más ganas tenía de estar con Gabriel. Por el contrario, cuando se acercaba a él, al principio la ansiedad se reducía, pero luego el deseo se volvía ingobernable. ¿Cómo salir de aquella trampa, en la que ambas alternativas parecían perdedoras?

Así las cosas y sin proponérselo, se encontró contándole el dilema a su abuela, una inmigrante italiana de ochenta y nueve años. La anciana la escuchó pacientemente sin juzgar, casi divertida.

“- Te entiendo, mi hijita.”

“-Pero vos ¿qué me aconsejás, abuela?”, apuró Sonia con impaciencia.

“-Solo puedo decirte que esos no son problemas. En la vida hay muy pocos problemas reales, y éste no es uno de ellos…”

“-¿Cuáles son los problemas reales?”, preguntó Sonia con cierto fastidio, como sintiendo que no empatizaban con su pequeño calvario.

“-El hambre o la falta de trabajo; las guerras, la mentira, la locura, las enfermedades, la muerte, que te confieso que a mi edad es más una oportunidad que un problema…”

Sonia se sentía completamente afuera de la película que describía su abuela, por lo que volvió a su obsesión. “-¿Vos qué harías en mi lugar?”

“-Eso no puedo decírtelo, porque es algo que tenés que averiguar vos. Como ya te habrás dado cuenta, debés salir de esa falsa dicotomía porque no te conduce a ningún lado, y te va a enloquecer.”

“-¿Y cómo salgo?”, preguntó Sonia con desesperación.

“-Para empezar, pará de hacer esfuerzos por querer salir. ¿Sabés qué es lo primero que le dicen a las personas que sufren de insomnio?”, preguntó la anciana.

“-No.”

“-Que paren de hacer esfuerzos para dormirse”, dijo la vieja con una sonrisa.

“-Pero yo necesito saber si me acuesto con él o si me lo tengo que sacar de la cabeza…”, insistió Sonia.

La abuela sonreía frente a lo obtuso del planteo de su nieta.

“-¿Y vos pensás que te lo vas a sacar de la cabeza a martillazos? Leí una vez que un sacerdote decía que cuando las prostitutas se confesaban con él, sólo le hablaban de Dios. De lo cansadas que estaban de la vida que llevaban. Que no podían más, y que sólo anhelaban tener paz…”, soltó la abuela.

Luego de una pausa, continuó: “-Ese mismo cura contaba que cuando otros sacerdotes se confesaban con él, de lo único que le hablaban era de sexo. Que no podían más, y que lo único que anhelaban era tener paz…”

Sonia sonrió por la sabiduría de la historia, aunque le resultaba inútil en términos prácticos.

“-Aquello que queremos controlar, nos domina. Si en cambio somos capaces de tolerar el pánico de no tener el control, podemos acceder a la libertad”, dijo la abuela. “-Cuanto más fuerza y empeño ponemos en controlar, peor es. Nunca el hombre se salva a sí mismo por sus propios esfuerzos, sino que siempre es la vida la que lo saca de sus pequeños infiernos…”

“-O sea que me estás diciendo que me acueste con él”, dijo Sonia rogando por alguna definición.

“-No”, dijo su abuela con tono amoroso. “-Solo te estoy diciendo que no vas a resolver este tema pensando. Será la vida, tus emociones, tus circunstancias, las que irán abriendo el paso de tu camino. Igual, si llegaste a un lugar de tanta contrariedad, es porque hace rato que algo no está funcionando. Y esto seguramente no tiene que ver con tu marido, sino con vos. Por lo cual, mala solución sería cambiar de esposo para encontrarte dentro de unos años, en la misma situación…”, dijo la anciana consciente del peso de sus palabras.

 “-Te vine a ver por un problema y ahora resulta que tengo uno mayor”, se quejó Sonia. “-¿Entonces, qué hago?”

“-No tenés un problema mayor. Tenés la vida. Esto es vivir y yo no puedo hacerlo por vos. A mí ya me tocó y enfrenté mis dilemas, pasiones, abismos, lo mejor que pude. De todos aprendí y crecí. Este es tu turno, así que disfrutalo. O al menos, aprendé a llevarlo lo mejor posible.”

“-Lo más importante que tengo para decirte es que vivas sin miedo. Permitite sentirlo, pero tratá de no tomar decisiones basadas en el temor. Después de todo, la vida siempre nos ofrece dos alternativas: que las cosas nos salgan bien, o que aprendamos. Y ambas son buenas.”

La anciana sirvió dos copas de vino tinto, y brindando la de su nieta, le guiñó un ojo.

Artículo de Juan Tonelli: Pecar o no pecar.

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Adversidad, Ideas equivocadas, Madurez

Los hombres son todos iguales

Al tomar la computadora para chequear su correo electrónico, Claudia encontró abierta la página de Facebook de su novio. A no ser por el chat hot que estaba ahí, nunca se hubiera puesto a investigar lo que hacía su pareja.

Después de confirmar el peor escenario de que su novio tenía una amante, fue a la cocina para terminar de preparar la cena. Tan pronto él llegó del gimnasio y se duchó, se sentaron a comer.

“- Dejaste tu Facebook abierto…”, dijo Claudia, como si nada.

Fede, aunque en estado de alerta máxima, optó por minimizar el hecho con la ilusión de que no hubiera ocurrido lo peor.

La siguiente frase de Claudia destruyó toda esperanza. “-¿Quién es Adriana?”

“-Nadie”, contestó Fede minimizando el tema,  mientras su corazón latía a doscientas pulsaciones por minuto.

“-¿Y entonces por qué le decís que es la mujer con la que mejor cogiste en toda tu vida?”, disparó Claudia a quemarropa.

Aún aturdido del mazazo que acababa de recibir, Fede intentó ensayar una respuesta. “-Nada, no significa nada para mí.”

“-O sea que te la cogías”, continuó Claudia, ratificando morbosamente algo que ya sabía.

Muriéndose en su interior e incapaz de continuar con aquella violencia, ella se paró y se retiró al cuarto. Sin derramar una sola lágrima, hizo su valija y pese a todos los esfuerzos de Fede por detenerla, se fue a la casa de sus padres.

A ellos no les dio más explicación que el hecho de haberse peleado con su novio. ¿Qué podría contarles, si esa situación se vivía cotidianamente en su casa? Su padre tenía una mujer y una novia, y pese a que la situación era muy dolorosa para su madre, ella finalmente la aceptaba.

¿Cómo podrían entender que se había separado solo porque su novio tenía una aventura? Su padre convalidaría la situación por considerarla inherente a los hombres. Y su madre, para evitar que su hija se convirtiera en un espejo de lo que ella debía hacer y no se animaba.

El tiempo pasó y pese a los enormes esfuerzos de Fede por recomponer la pareja, Claudia no cedió ni un milímetro. ¿Estaría cobrándole todo lo que había sufrido como hija al ver la situación de su madre? ¿Querría evitar repetir la historia de sus padres?

Después de algo más de un año, Fede comprobó que el enojo de Claudia no era pasajero, por lo que no tuvo más remedio que continuar con su vida.

Ella en cambio, decidió ir a ver a una tía soltera y sabia, con más batallas encima que Napoleón. Durante la primer parte del encuentro le contó con lujo de detalles todo su pequeño drama sentimental.

“-¿Y cómo te ayudo?”, preguntó la tía.

“-La verdad que no lo sé”, se sinceró.

“-¿Cómo pondrías en palabras la razón que te llevó a venir a verme?”, insistió la dama.

“-Las ganas de poder contarle a alguien el tema, ya que en mi casa no es posible. La ilusión de poder llorar por todo lo que no lloré delante de él…”, continuó Claudia mientras se le quebraba la voz.

“-¿Y por qué no lloraste enfrente de él?”

“-No quería que me viera sufrir. Pretendía que se pudriera en el infierno y creyera que a mí no me dolía…”

“-¿Y vos pensás que porque él no te vio llorar, presupuso que vos no estabas sufriendo?”

“-Lo dudo, pero al menos, no puede estar seguro de que no sea así”, se defendió Claudia.

“-¿Importa?”, repreguntó la tía, intentando romper su estructura.

“-A la distancia creo que no”, dijo Claudia casi avergonzada.

“-¿Pensás que tu decisión estuvo condicionada por la historia de tus padres?” A Claudia se le llenaron sus ojos de lágrimas.

“-¿Estás arrepentida?¿Volverías con él?”

Después de pensar unos instantes, Claudia improvisó una respuesta.

“-No volvería con él porque ya ninguno de los dos somos lo que éramos. No es un problema de rencor sino que la vida nos pasó por arriba…”

“-¿Pero si ambos quisieran, es posible refundar”, sugirió su pariente.

“-Es que ya pasó tanto tiempo y tanta vida que me parece que no sería sincero. Ya somos otros…”, volvió a repetir Claudia.

“-¿Sentís que tu decisión fue un error?”, insistió la tía con la pregunta que había quedado sin responder.

“-En cierto sentido, sí…”, dijo Claudia con algo de pudor.

“-¿Por qué?”

“-Porque fui implacable y tendría que haber tenido una mirada un poco más amplia de las cosas.”

“-¿Cómo sería una mirada más amplia?”, indagó.

“-No sé, ver si yo estaba fallando en algo, entender qué fue lo que lo llevó a Fede a estar con otra mujer…”

“-¿Pensás que él fue infiel porque había problemas entre ustedes?”

“-Y … sino, ¿por qué se acostaría con otra?”, dijo Claudia con un tono resignado.

“-Por las más diversas y banales razones”, la cortó su tía.  “-¿Alguna vez comés en exceso, Claudia?”

“-Con frecuencia”, contestó ella sin entender bien el por qué de la pregunta.

“-¿Y qué pensás que es lo que te lleva a comer cuando no tenés hambre?”

“-Uff”, suspiró Claudia. “-Como porque me gusta, por placer. También porque estoy ansiosa. Otras veces por la gratificación inmediata que me da la comida. O porque estoy aburrida, distraída conversando con amigas, cansada, o qué se yo cuántas razones más…”, completó lacónicamente.

“-Con el sexo pasa algo parecido”, soltó la tía, plenamente consciente de la bomba que acababa de tirar.

“-No podés comparar”, dijo Claudia indignada. “-El sexo involucra el alma de las personas; no somos animales.” Por más que ella defendió su postura con vehemencia, algo en su interior le recordaba que aunque los seres humanos fueran más evolucionados que un animal, tampoco podían sustraerse de esa condición primitiva, instintiva, básica.

“-En mi experiencia de vida, he comprobado que los hombres tienen relaciones sexuales por las razones más banales y básicas. Se puede buscar complejizar el análisis, pero creo que no se ajusta a la realidad…”

“-¿Y cuál es la realidad?” preguntó Claudia desafiante.

“-Que a cierta de edad de la vida, los hombres desean acostarse con cuanta mujer pueden. En algunos casos eso es a los veinte, en otros a los treinta. Pero definitivamente ningún hombre es ajeno a este sentimiento después de los cuarenta años.”

Claudia se quedó en silencio, habiendo preferido no escuchar algo así.

“-No pretendo justificarlo, pero mucho menos condenarlo. Es simplemente una conclusión a la que arribé después de escuchar a cientos de hombres y mujeres de las edades más diversas”, completó.

Claudia estaba algo aturdida. Si esa era la verdad; ¿por qué no se decía con todas las letras así cada uno podía elegir qué hacer con esa realidad?

“-Estás dando por sentado que es posible disociar el cuerpo de lo que sentimos por la otra persona”, interpeló Claudia.

“-¿Acaso no es un dato de la realidad, con cientos o miles de millones de personas que lo hacen?, contestó con paciencia la dama.

“-¿No está lleno de mujeres que se acuestan con sus parejas, no porque tengan ganas o deseen encontrarse con él, sino para que no se vaya con otra, o para evitar un conflicto, o para obtener algo que desean? ¿Cómo llamarías eso? La vida no es redonda, querida… Y no somos solo seres espirituales.”

Claudia escuchaba entre atónita y deprimida. “-En mi experiencia, los hombres se acuestan con otras mujeres, no porque tengan un problema concreto con sus parejas, sino porque es algo casi instintivo, básico”, amplió.

“-¿Instintivo? ¿Básico?”, repitió Claudia indignada. “-No te parecen superfluas las razones que estás planteando?”

“-Por supuesto que sí”, fue la sincera respuesta de su tía, que no hizo más que desacomodarla. “-Está claro que todos se acuestan por placer, pero también por la búsqueda de variedad, de conocer otros cuerpos y otras mujeres; de conquistarlas y poseerlas; de sentirse vivos; de tener otros espacios de intimidad; de conocer algo nuevo, incierto… Son razones banales pero la mayoría instintivas, y por ende, muy poderosas”, completó.

Claudia se sentía entre sorprendida y enojada. Lo que estaba escuchando era, en cierto sentido, algo nuevo. Sin embargo, no le resultaba ajeno. De alguna manera, lo había percibido a lo largo de sus años de vida. “-¿Entonces no tengo ninguna chance de encontrar un hombre que vaya a ser fiel?”, preguntó con cierta desilusión.

Su tía, mientras se sacaba los anteojos para limpiarlos, le dijo: “-Así formulada, más que una pregunta es una trampa para vos misma…”

“-¿Por qué?”

“-Porque a mí entender, la fidelidad no debiera nunca ser un fin en sí mismo. En todo caso, se trata de una dirección hacia la cual moverse, en la medida que una pareja sea capaz de crecer en profundidad del vínculo. Y así y todo, nunca debe dejarse de lado la condición del hombre, que es un ser espiritual, pero también animal. Podemos ser profundos, pero definitivamente somos banales.”

“-Ver las cosas tal cual son y no como nos gustaría que fueran,  nos evita sufrimientos innecesarios y nos ayuda a vivir.”

“-¿Vos decís que no hay hombres fieles, entonces?”, preguntó Claudia, sin querer darse por vencida.

“-Sin lugar a dudas que los hay. Solo que en mi experiencia, la gran mayoría de los que son fieles, lo son por razones poco virtuosas. Cuando uno conversa con ellos a fondo, las motivaciones que aparecen podrían resumirse en una sola: el miedo. Algunos alegan que está mal, pero cuando uno indaga en profundidad, se sinceran reconociendo que desearían hacerlo pero no quieren tener problemas con su mujer. Y así transitan la vida, reprimiendo.”

“-¿Y es malo reprimir conductas incorrectas?”, provocó Claudia.

“-Por supuesto que no. Cabría preguntarse si esto es como matar a alguien o robar un banco ¿O será un análisis algo infantil?”

“-¿Y cómo sería un análisis adulto?”, provocó Claudia, muy afectada.

Mirándola con ternura, la tía continuó. “-Supongamos que tenés setenta años y que amás en serio a tu marido, con el que llevás cuarenta años de pareja. Te gustaría enterarte que él se pasó treinta y cinco queriendo acostarse con otras mujeres, pero que no lo hizo solo porque estaba mal?” La pregunta desconcertó a Claudia. “-¿O preferirías que él hubiera tenido esa conducta por alguna razón más virtuosa?”

El silencio invadía el ambiente. “-Te lo voy a poner en términos más claros. Al final de tu vida y con varias décadas de pareja; ¿te gustaría que tu marido te hubiera sido fiel por haberse reprimido? ¿O preferirías saber que fue una persona libre, que corrió riesgos, conoció el mundo, y gracias a eso eligió seguir compartiendo la vida con vos?”

“-Me parece que el planteo binario es el tuyo”, le espetó Claudia.

“¿Por qué?”, preguntó la tía.

“-Porque plantea dos opciones extremas, maniqueas”, expresó Claudia con mucha seguridad.

“-En mi experiencia, son los dos casos que escucho todos los días. Lo demás, son fantasías.”

“-¿Pero no te parece que cuando uno se casa, elige?”, insistió ella.

“-Por supuesto”, dijo la señora. “-El tema es que uno elige con los elementos de juicio que tiene en ese momento, y la vida es larga y cambiante. Las perspectivas van mutando con los años.”

Viendo a Claudia deprimida, la tía decidió moverse en otra dirección. “-Así y todo, te cuento que hay una alternativa que a mi modo de ver es la mejor, pero que es realmente poco frecuente.”

Ella abrió los ojos, como queriendo aferrarse a alguna esperanza. “-A mi entender, la mejor alternativa es crecer en profundidad del vínculo, tratando que la sexualidad se vaya convirtiendo en un punto de encuentro, casi sagrado…”

“-Pero si es de lo que estoy hablando yo”, protestó Claudia.

“-Te puedo asegurar que no estamos hablando de lo mismo”, la corrigió con delicadeza. “-Vos te referís a algo que pretendés que exista de entrada. Yo señalo algo que cuesta muchos años y mucho trabajo conseguir. Que ni siquiera es algo a lograr, sino más bien un norte al cual dirigirse.”

Claudia la miró como pidiendo que ampliara el concepto. “-Casi todas las mujeres aspiran a la fidelidad porque les enseñaron que así debe ser. Curiosamente y pese a todo lo que sufrimos porque la realidad no se ajusta a esa idea, ninguna de nosotras la cuestiona. Hay una hipocresía y una necedad muy importante. Peor aún, pareciera que fidelidad es sinónimo de amor e infidelidad de desamor, cuando no necesariamente es así”, prosiguió su tía.

“- Por otra parte, en el cumplimiento de los mandatos no hay elección; solo imposición. A mi me parece más saludable que ambos miembros de una pareja transiten los caminos que tengan que recorrer para poder conocer, y sean capaces de ir eligiendo en libertad y profundidad aquello que es mejor para sus vidas. Es un punto de llegada, nunca de partida.”

“-¿Por qué no puede ser un punto de partida?”, planteó Claudia, sin darse por vencida.

“-Por la sencilla razón que es imposible tener una sexualidad madura cuando uno no lo es. Y lleva toda una vida madurar. Por lo general, lo que uno ve al principio es pura genitalidad y pulsión hormonal. Eso no tiene nada que ver con el amor y el encuentro. Luego, si la pareja dura, viene la rutina. Que involuntariamente se desliza a represiones por mandatos y miedos; o a ciertas licencias para descomprimir; o a inevitables separaciones. Todo, muy lejos del amor… “

“-¿Y por eso es mejor habilitar cualquier conducta?”, provocó Claudia.

“-En realidad, más que habilitar cualquier cosa, se trata de que cada persona pueda conocerse a sí misma. Averiguar quién es. Entender su historia de vida, sus anhelos, sus fantasías, sus pulsiones…Y que en la medida que se vaya descubriendo, pueda ir eligiendo cómo quiere vivir.”

“-También -prosiguió-, que en vez de tratar que el otro se adapte a nuestras necesidades y carencias, poder conocerlo, darle todo el lugar que necesite para su desarrollo y expresión. Y ahí sí, ir encontrándose en los tiempos y formas que sean buenas para ambos…”

Y a modo de conclusión, sostuvo: “-Está claro que somos mucho más que animales. Pero nunca debemos confundirnos al punto de creer que sólo somos seres espirituales.”

Claudia se sentía como si la hubiera arrollado un tren. Sin embargo, estaba tranquila. “-¿Y ahora que hago?”, preguntó entre risas.

“-Te diría que empieces por enterarte”, cerró la tía con una sonrisa.

Artículo de Juan Tonelli: Los hombres son todos iguales.

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