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Analfabetismo emocional, Ansiedad, Sin categoría, Sufrimiento

aburrida de mi vida

Eugenia buscaba con desesperación alguna pasión. Necesitaba que pasara algo en su vida. Con cuarenta y cuatro años y veinte de pareja, sentía que hacía rato que no pasaba nada.

Después de cumplir con todos los mandatos -recibirse, trabajar, ponerse de novio con alguien decente, casarse, tener hijos-, su vida le resultaba una monotonía hacia la nada. “Esto era todo?”, se preguntaba con angustia.

Un intenso romance clandestino había dejado en evidencia lo que era evidente hacía rato, que Eugenia se negaba a ver. Hacía rato que con su marido tampoco pasaba nada. Para peor, y aunque no quisiera ver esa realidad a los ojos, era imposible que con su esposo fuera a pasar algo. Era un buen tipo, tranquilo. Quién podía condenarla a ella por no haberse dado cuenta a los veinte años que él no tenía grandes luces?

Habían pasado décadas juntos, tres hijos, y el hogar dulce hogar era un tedio. Ella oscilaba entre tomar la decisión de separarse, o apretar los dientes y seguir para adelante. Un amor prohibido la había estremecido, pero la sola idea de romper la familia la había frenado. “Ya se me va a pasar”, se decía.

Si bien pudo doblegar ese romance, algo murió adentro suyo. Algo secreto, que ni siquiera tuvo consciencia de sus enormes implicancias: la posibilidad de sentirse libre, de poder elegir.

Aunque no tuviera registro de esta situación, Eugenia se sentía atada de pies y manos, completamente incapaz de elegir. Aguantó el dolor como pudo, aunque volver a su casa y encontrarse todos los días con un hombre que no le interesaba en lo más mínimo le resultaba desolador.

Para apurar el trago amargo de abandonar el amor prohibido, intentó acercarse más a sus hijos. Sin embargo, después de unos meses de jugar a ser Susanita dejó esos planes. Ella no había nacido para ser la madre prodigio, así que optó por seguir cerca de sus hijos, pero tratando de encontrarle una vuelta a la vida. “Pobres mis hijos si van a tener que cargar con el peso de que sean lo único importante de mi vida.”

El trabajo era un tema trascendente para Eugenia; su secreta ambición de poder era un fuego sagrado que junto con su inteligencia la impulsaban para adelante. Pero haber sido educada para ser buena y correcta la frenaba. Como si ser ella misma fuera peligroso. Seguramente lo fuera para sus padres, quienes suelen esperar hijos a la medida de sus necesidades o miedos.

A más angustia, más trabajo y más movimiento. La agenda de Eugenia era infernal. Trabajaba como una bestia, asistía a sus hijos como una madre ejemplar, y hacía sus rutinas de entrenamiento como si pretendiera ganar el triatlón de Hawai. La obsesión por el cuerpo perfecto era otro de sus problemas. Más allá de haberse recuperado relativamente de su anorexia, se imponía duras rutinas que le garantizaran seguir siendo flaca, aunque fuera consciente que la batalla contra el tiempo era inexorable.

Aunque sabía que la apariencia era solo eso, no podía liberarse del poder hipnótico que le generaba. Era consciente que invertía un montón de energía en un lugar que no valía tanto, pero así y todo no podía soltarlo.

“Para qué me habré hecho las lolas?”, se preguntaba. “Para ser deseada por quién? A mí marido, no le cambió nada. Por otra parte, no estoy para separarme, y cuando tengo una aventura me mata la culpa. Para qué me las hice? Solo por histeria, para que me deseen personas con las que no me voy a acostar nunca?”

“La verdad es que no sé ni para dónde salir”, le confesó a una amiga en la lujosa confitería de un hotel cinco estrellas.

“Y si parás, en vez de seguir corriendo?”, la interpeló la amiga.

Eugenia se sintió desconcertada. El único modo de vida que conocía era correr. Siempre apurada, llena de actividades y exigencias.

“Si parás tal vez puedas sentir cosas y enterarte qué te pasa, qué querés.”

Las palabras de su amiga más que inspirarlas la angustiaron. Qué cosa no querría ver? Que su vida era un desastre? Pero era para tanto, o había que bajar la exigencia y aceptar que no estaba tan mal? Después de todo; qué carajo era ser feliz? Las imágenes de las publicidades?

“Por un lado tengo la convicción que mi matrimonio no va más. Mi marido me parece un boludo, y sé que un juicio así, es algo sin retorno. No puedo estar con alguien a quien no admire, o al menos respete. Pero también, veo que todos los que se separan, cinco años después están con otra pareja, pero en una situación muy similar. Como si dieras unas cuantas vueltas manzanas y volvés al mismo punto donde estabas años atrás, solo que con muchos más problemas. Entonces; para qué?”

La amiga la miraba con delicadeza. Cómo explicarle que en la vida hay que equivocarse para aprender? Como aportarle una perspectiva distinta a alguien sin ninguna porosidad? Parecía una piedra muy pulida, a la cual no había ninguna forma de entrarle.

“Euge, atrás de tu esquema mental de tantas certezas la realidad no te moja. Solo en la superficie, pero nada importante te llega más hondo. Y te perdés un montón de cosas, empezando por incorporar mayores dosis de realidad. Si pudieras hacerlo, vivirías mejor. Pero seguís como un caballo desbocado, corriendo para todos lados, sin saber cuál es tu camino. Si lo supieras irías a un ritmo más tranquilo. Pero en tu angustia, solo apurás el paso y hacés más cosas con la esperanza de encontrar la puerta salvadora. Pero así no la vas a encontrar nunca; aunque se te presentara la pasarás de largo…”

Eugenia escuchaba conmovida. Sabía de qué le estaban hablando. “Y qué hago?”, imploró.

“Eso lo vas a tener que averiguar vos; pero tenés que parar. Observáte. Tus tensiones, tus impulsos, tu angustia. Miralas. Preguntáte de dónde vienen. No es algo que vas a contestar en un día, pero si persistís vas a ir encontrando información muy valiosa…”

Eugenia sentía emociones contradictorias. Lo había probado todo: yoga, meditación, triatlón, terapeutas, sacerdotes sanadores, y acá estaba, con la misma angustia de siempre. Corriendo, buscando, con el secreto anhelo de encontrar algo que le diera plenitud a su vida.

Su amiga, percibiendo su escepticismo, le dijo: “también podés tomar unas buenas copas de vino todas las noches. Puede ponerte en un estado que te saque de esa mente insoportable que tenés. O buscarte un amante; claro que no es tan fácil.”

“Un amante?”

“Sí; te puede ayudar a despeinarte un poco. Tanta perfección, tanta exigencia, tanta corrección. Además de aburrir, mata toda posibilidad de vida.”

Eugenia se preguntó si acaso un amante podría servir para algo. No agravaría más las cosas? “Me da miedo”, balbuceó.

“Eso es bueno”, contestó la amiga. “Algo que te saque de tus esquemas, de tus certezas. Pero no cualquier amante; alguien que no sea intelectual como vos porque sonamos. Yo buscaría un hombre que aunque tenga sofisticación para entusiasmarte, tenga mucho carácter y algo bien animal, instintivo.”

Eugenia escuchaba anonadada. Por un lado le parecía un disparate, pero por el otro, entendía el sentido de la recomendación de su amiga. La idea de que fuera alguien primario le gustaba porque en el fondo sabía que nunca podría amenazar su lamentable matrimonio. En cambio, engancharse con alguien muy interesante podía quemarle los papeles.

“Me gusta la idea de alguien primitivo”, dijo entre risas.

“Claro, porque querés seguir controlando y sabés que ahí no correrás riesgos. Justo lo opuesto de lo que pretendo transmitirte.”

“Y por qué querés que corra riesgos?”

“Para traerte de regreso a la vida. Te fuiste, te perdimos. Estás en una jaula de cristal, muerta de frío emocional. Y es una cárcel que vos misma te armaste para protegerte. Un científico que se recuperó de un cáncer muy difícil, decía que la experiencia de muerte era algo que le recomendaría a todas las personas, a no ser por los inherentes riesgos que conllevaba…  Es lo que deseo que te pase; riesgos que te rompan tus precarias certezas, para que en los intersticios te pueda empezar a penetrar la vida…”

“Puedo ofrecerles algo más?”, preguntó el mozo.

“Dos whiskys dobles”, pidió Eugenia.

 

 

 

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La gente coge

“-El problema de Luis es que cree que la gente no coge. Y la gente coge.”

La aguda definición de Juan dejó a Fernando risueñamente sorprendido. No era poco que una persona criteriosa y seria definiera al presidente de la empresa de una manera tan precisa como descalificatoria.

Y era claro que no estaba refiriendo a coger como el mero acto sexual sino a un acuerdo básico entre dos personas que dejaban afuera a terceros. Las razones de ese entendimiento podían ser de lo más diversas, pero lo central era que siempre podía existir convergencia de intereses que desembocaran en un acuerdo. Y frente a eso, anteponer principios morales no sólo era infantil sino poco realista. La gente cogía.

En este caso concreto, Juan y Fernando hablaban de la ingenuidad del presidente, que se negaba a creer que la mayoría de las agencias de publicidad sobornaba a los ejecutivos de sus clientes para mantener negocios.

Luis, el presidente del diario que pensaba que la gente no cogía, estaba convencido que eso ocurría excepcionalmente. La realidad era diametralmente opuesta. El comercio y la corrupción se filtraban por todos lados, tan inherentes a la condición humana. Y era en ese sentido que la metáfora de Juan era maravillosa.

Negar que la gente tuviera relaciones sexuales -legítimas o ilegítimas- era poco realista e infantil. En la madurez, se suponía que las personas iban comprendiendo algo de cómo funcionaban las cosas en la vida.

Tampoco se trataba de hacer una apología de la corrupción sino más bien registrar su real dimensión. Como en cualquier orden, negar la realidad terminaba siendo muy negativo. Podía servir en el corto plazo para resistir situaciones difíciles, pero en el largo plazo la verdad siempre irrumpía con una fuerza proporcional a lo que hubiera sido tapada. Y finalmente, había que hacerse cargo de la realidad toda junta, lo cual era peor.

Fernando pensó en la gente que decía odiar la política. Por lo general eran personas que tenían dificultades para establecer vínculos de intimidad y confianza. O también excesivamente tímidas o temerosas. La definición de odio de la actividad política era una involuntaria expresión de sentirse excluidos, de estar afuera de un proceso que de haberlos incluido, nunca hubiera sido catalogado como desagradable. Al igual que el sexo, podía ser sucio e indebido, a excepto que uno mismo fuera el protagonista. En ese caso, la perspectiva cambiaba. Recordó el chiste que decía que la diferencia entre negocio y negociado era que negocio era el hacía uno. Los negociados, en cambio, eran siempre los que hacían los demás.

Juan, haciendo catarsis, continuó: “- creer que la gente no coge tiene fuertes implicancias. Y las dos más importantes que se me vienen a la mente son la dificultad para percibir lo que ocurre, y la negación de las pasiones y de las sombras, no sólo de los demás, sino y muy especialmente, las propias.”

Fernando escuchaba atento los pensamientos en voz alta que emanaban de su jefe. “-Si uno está convencido que la gente no coge, va a pasar por alto acuerdos, entendimientos y todo tipo de situaciones que ocurrirán igual pese a la negación de uno. En términos empresariales y competitivos, es una ventaja enorme que se le concede a los rivales.

¿Ojos que no ven corazón que no siente? Esa ideología hace sentido cuando uno no le da tanta relevancia a ciertos pecados o acciones, y prefiere mirar  para otro lado para evitarse un dolor que en el fondo, no es por un tema relevante. Pero si la idea es “ojos que no ven porque lo que está mal no existe” estamos en presencia de una actitud peligrosa. No es lo mismo aligerar un tema porque no tiene tanta importancia, que negarle toda entidad por la simple razón que no entra en nuestras ideas…”

Fernando estaba descubriendo una profundidad desconocida en su jefe. Siempre se había considerado afortunado de tenerlo porque era un tipo que sabía mucho del negocio. Pero hasta ahora desconocía esta faceta tan profunda.

Juan continuó con sus divagaciones: “- Por otra parte, pensar que la gente no coge es también negar las propias sombras, las propias pasiones, las propias miserias. Y ojo que no estoy hablando de exaltarlas ni promoverlas, pero sí registrarlas, entrar en contacto, dialogar con ellas.

Las personas que las niegan terminan siendo las peores. O viven detectando todo lo malo de los demás, que no es otra cosa que lo que ellos mismos reprimen. A lo largo de la historia, los hombres que trataron de convertir la tierra en un paraíso fueron los que la transformaron en un infierno. ¿O acaso Jesús no tuvo muchos más problemas  con aquellos que se consideraban buenos y justos, que con los que se asumían pecadores?”

Fernando, para descomprimir la implícita tensión existente, preguntó con ironía: “- Y qué hacemos jefe; buscamos otra empresa o tratamos de recuperar al presidente?”

“-Ninguna de las dos cosas, querido amigo. En otra empresa es probable que encontremos a otro Luis. Está lleno por todos lados. Pero intentar cambiarlo es una locura.

Si uno no puede cambiarse ni a sí mismo: ¿cómo va a aspirar a cambiar a los demás?”

El remate final no pudo estar más lleno de sabiduría: “- Uno sigue su camino. Ni se mortifica por cosas que le escapan, ni pretende cambiar  a los demás para hacerse más fácil o mejor la propia existencia.

Uno aporta lo que tiene y sólo la vida sabe si el otro lo tomará y si producirá algún fruto. Es del hombre sembrar, pero es siempre de Dios hacer crecer.”

Artículo de Juan Tonelli: La gente coge.

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Determinación

La imponente imagen de aquél tiburón tigre de más de cuatro metros de largo, flotando en una suntuosa pecera llena de formol, lo estremeció. El título de esa excéntrica obra de arte era no menos impactante: “La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien viviente”.

El tema central de la obra de aquél artista era la muerte. Seguramente, a consecuencia de haber trabajado de joven en una morgue. Y por el prematuro fallecimiento de un amigo, que también lo había marcado mucho, enseñándole que no era inmortal.

El hecho que alguien que antes de ser exitoso fuera rechazado y despreciado por los especialistas era un clásico de la vida. ¿Acaso la poderosa discográfica Decca no había desestimado el primer disco de los Beatles, explicándoles que no era un buen trabajo y que las guitarras estaban pasadas de moda? ¿O Van Gogh, que había sido capaz de vender un solo cuadro en toda su vida? ¿O Einstein, que había sido humillado por sus profesores de ciencias duras décadas antes de convertirse en Nobel en esas mismas ciencias?

Sin embargo, la adversidad a la que debían sobreponerse los que deseaban llegar lejos, o la mala evaluación que los entendidos hacían de sus trabajos, no parecían movilizar a Agustín.

“Yo dibujaba muy mal, así que tuve que encontrar otras formas de avanzar.” Aquella frase, que bien podría haber pasado completamente desapercibida, lo sacudió. Y no podía ser de otra forma, viniendo de Damien Hirst, el artista plástico mejor pago de la historia. Sus obras solían costar decenas de millones de dólares, y a veces superaban los cien millones. ¿Y dibujaba mal?

“Tuve que encontrar otras formas de avanzar” retumbaba en la cabeza de Agustín, que se sentía interpelado por la determinación de aquél artista. Como si la determinación no fuera un tema circunscripto a personajes como Hernán Cortés, Alejandro Magno o Napoléon.

Hacía rato comprendía el concepto de Picasso, acerca de que era necesario que la inspiración lo encontrara a uno trabajando. Pero la idea de Hirst le había resultado una epifanía.

Las personas solían pensar que los resultados de los demás eran por suerte, inspiración, o magia. Esa teoría tan frecuente como alejada de la realidad, servía para minimizar frustraciones. Siempre resultaba más leve pensar que el prójimo había triunfado por algo del destino, a comprender y aceptar el enorme sacrificio realizado, el cual podía dejar en evidencia la propia mediocridad.

Winston Churchill lo había sintetizado con maestría al decir: “la suerte no existe”. Y era claro que no estaba negando el crucial rol del azar en la vida, sino solo señalando que detrás de cualquier éxito había muchísimo esfuerzo.

Agustín recordó que el mismo Picasso había pintado más de 6.000 cuadros, pocos de los cuales eran impresionantes. ¿Quién podía decir que había tenido suerte? ¿O sólo talento? Claramente había sido un obrero de la pintura, trabajando todos los días. Con ganas y sin ellas.

Era bien sabido que enfrentarse al lienzo blanco podía ser desolador. Igual que la hoja blanca para cualquier persona que pretendiera escribir. Un desierto o una muralla a ser atravesada. Algunas veces podía venir una fuerza divina y que eso resultara simple. Pero ese milagro ocurría raramente. Por lo general, había que ponerse el mameluco y transpirar.

Y ese trabajo tenía mucho de sagrado, porque después de haber tenido la determinación de ponerse en marcha, vencer la pesada inercia de la inmovilidad, y encontrar caminos por donde avanzar, casi siempre se abrían puertas. Pero ellas nunca decían: “acá estoy, vení”, y mucho menos “abrime”. Había que buscarlas, encontrarlas, para después empujarlas, patearlas o romperlas, según la resistencia que opusieran.

Rememoró cuando de niño jugaba al fútbol. Su visión del juego estaba en las antípodas del pensamiento de Damien Hirst, de encontrar otras formas de avanzar.

Él siempre estaba esperando que le pasaran la pelota a donde se encontraba. Obviamente, eso rara vez ocurría, y cuando sucedía, era muy posible que algún rival que hubiera anticipado el pase, le quitara el balón.

Agustín le echaba la culpa al compañero que la había pasado mal la pelota, al destino, y en algunos casos, hasta al rival que había sido incorrecto. Mirando para atrás, se dio cuenta que no había entendido nada. Jugar al fútbol al igual que vivir, requería otro entendimiento y sobre todo, otra actitud.

Su mente asoció rápidamente lo que ocurría en un partido profesional. Los buenos jugadores pasaban todo el tiempo moviéndose para desmarcarse del oponente y crear una oportunidad.

La ocasión nunca estaba ahí, esperando. Había que inventarla.

Los grandes jugadores estaban todo el partido tratando de librarse de los defensores que intentaban neutralizarlos, de encontrar espacios por donde avanzar hacia el objetivo del arco rival.

Aquellos que exigían buenas condiciones para hacer su trabajo, nunca avanzaban en la vida.

Vino a su mente el pie izquierdo de Maradona en las rondas finales del Mundial de Italia 90. Era tal la inflamación producto de la cantidad de golpes recibidos, que resultaba imposible distinguir el tobillo. Y así y todo, él había seguido jugando y llevado a su equipo a la final.

Los dedos de los pies y de la mano izquierda de Rafael Nadal luego de una gran final: totalmente llagados y sangrantes. O la cara de un desfigurado Niki Lauda que insistía en seguir corriendo y volvía a ganar el campeonato mundial de Fórmula Uno. Y los ejemplos eran infinitos.

¿De dónde habría salido la errónea idea de que las cosas no eran siempre extremadamente difíciles?

¿El universo conspiraba para que los seres humanos lograran sus sueños, o era exactamente al revés? Parecía como si la vida dispusiera pruebas crecientes para que las personas desarrollaran su determinación y promovieran su crecimiento.

Aceptar la realidad debía ser la penúltima estación del camino, pero nunca la primera.

Viendo aquel tiburón flotando en formol, nuevamente pensó en Damien Hirst. Una genialidad para intentar transmitir lo imposible que era para la mente humana comprender la muerte. Volvió a recordar que semejante artista no era bueno dibujando. Que su clave había consistido en no quedarse con eso y haber buscado y seguir buscando, otras formas de avanzar.

Agustín trató de impedir que el relato épico lo neutralizara. La vida solía jugarse en los matices, pese a que el cerebro humano soliera simplificarla entre blancos y negros. Pensar que alguien sordo debía componer la sonata Hammerklavier como había hecho Beethoven, era poco realista. No ayudaba a crecer. Si bien podía parecer un ejemplo romántico y muy inspirador, lo cierto era que componer esa pieza, aún con el oído perfecto, era casi imposible. Por ende, plantearse un estándar tan alto más que ayudar, frustraba y esterilizaba.

Por el contrario, pensar que uno siempre podía insistir en buscar nuevas formas para seguir avanzando era inspirador. Significaba no aceptar un no por respuesta. Y eso era mucho más que el eslogan “nada es imposible”, de Adidas.

Era tomar consciencia que uno siempre podía elegir qué hacer con lo que la vida ponía enfrente. Y esa decisión era binaria: rendirse, o como decía Hirst, buscar otras formas para seguir avanzando.

Artículo de Juan Tonelli: Determinación.

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Comprender no es importante

María asistía a un colegio de elite, que tenía un  excelente nivel de inglés. Un cuerpo de profesores con una pronunciación perfecta. Con acento británico, de Oxford. Mejor aún, digno de William Shakespeare. La carga horaria era muy exigente; cuatro días semanales de dos horas cada uno, durante diez años.

El gran problema era el sistema pedagógico; en una síntesis de esos tiempos, los esfuerzos estaban dirigidos a tener una pronunciación perfecta. Británica victoriana, inexistente en el mismísimo Reino Unido. El resto de temas que hacían a un idioma, no importaban demasiado. Por ejemplo, comprender.

Las clases transcurrían con una desproporcionada preocupación por la pronunciación. Fonética, fonética, fonética. Infinitas correcciones hasta lograr un acento perfecto. Debían hablar un inglés bien pronunciado.

¿Y si pretendían entender lo que un ocasional interlocutor quisiera contar? Eso parecía no ser muy relevante. Sólo había que pronunciar correctamente para no ser un paria, un indigno.

Cuando se presentaba la situación de tener que hablar con alguien angloparlante, la situación de María no podía ser mas desesperante; todas las energías puestas en pronunciar correctamente, dejando muy poca concentración disponible para tratar de comprender a la persona que le hablaba. Para peor, la inseguridad la llevaba a hablar mas rápido, con el propósito de simular un mejor inglés y no pudieran percibir que no hablaba tan bien.

El problema -ya grande de por si-, crecía aún mas. La excelente pronunciación hacia que el eventual interlocutor diera por sentado que ella manejaba muy bien el idioma, y por ende hablara muy rápido, sin ningún esfuerzo por hacerse entender. ¿Qué sentido tendría?

Para completar el círculo del absurdo, pese a que no comprendiera, María no podía preguntar; no fuera cosa que se dieran cuenta que su inglés no era tan bueno y por eso corriera el riesgo de ser rechazada. O sea que ni entendía ni tenía margen para buscar la forma de hacerlo.

Después de todo, comprender no era tan importante. Mejor pronunciar bien y simular que hablaba el idioma perfectamente.

Video de Juan Tonelli: Comprender no es importante.

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Epitafios

Ver al ex presidente tirado en una cama y conectado por una decena de cables y tubos, le dio escalofríos. Le había costado identificarlo, ya que el octogenario señor distaba mucho del semi dios que había sido.

Veinticinco años atrás había manejado el país durante una década, pareciendo eterno. ¿Y ahora? Respirador artificial, sonda para la orina, pañales, tensiómetro, electrodos y cables por todos lados. Los semi dioses solo existían en la mitología griega. En la tierra la realidad era más modesta. Dios, del que a lo sumo se podía conjeturar que era inmortal. Y los hombres, quienes eran bien mortales y perecederos.

Roberto había ido a ver a su padre enfermo, y en la habitación contigua de terapia intensiva había divisado a aquél hombre de poder, quien en algún momento fuera también su inspiración.

Miles de imágenes pasaban por su mente. La energía y el vigor que tenía cuando era mandatario, contrastaban con su cuerpo devastado por el tiempo. El pelo, la piel, los músculos, todo era una brutal demostración del paso del tiempo. ¿Qué había pasado con aquél político que era un atleta, un ganador, un seductor compulsivo?

Pensó en los cientos de mujeres hermosas, modelos, divas y dirigentes varias que se habían acostado con él con la esperanza de obtener algo de la varita mágica de un presidente, o por el mero erotismo del poder. Ese primitivo anhelo humano de pretender ser dios.

Lo recordó manejando autos ultra deportivos a altas velocidades. Hoy sería incapaz de agarrar fuerte el volante. Rememoró su obsesión por estar impecable, con ropa italiana de primer nivel, digna de un príncipe. Camisas a medida con sus iniciales y puño doble para gemelos; corbatas de una seda finísima; trajes de lana super 130. Todo inmaculado. La ira que podía desencadenar una pequeña salpicadura en su ropa. Ahora, hasta el despreciable camisolín tenía manchas de salsa. Cuanto cambiaba la perspectiva de la vida.

Con una emoción que se le volvió intolerable, Roberto decidió seguir adelante e ir al cuarto de su padre. La idea de proximidad con la muerte, o mejor dicho con la decadencia, lo angustiaba a niveles que no podía soportar.

Se sentó frente a su padre convaleciente, que si bien estaba igual de mal que aquél ex presidente, al menos no ofrecía un contraste tan grande entre la gloria y el ocaso. Recordó un libro en que su autor jugaba con la idea de los epitafios que no quería tener, y el que desearía tener.

En Re Imagina, Tom Peters presentaba un ácido cuestionamiento a los gerentes y directores de grandes empresas multinacionales. Provocando, comenzaba diciendo el epitafio que él nunca desearía tener: “Tom Peters. 1942 – 2002. Pudo haber hecho cosas fantásticas, pero su jefe no se lo permitió.

Cuando Roberto había leído ese libro y esa idea diez años atrás, se había emocionado. El concepto era tan agudo como desestructurador. Sonaba desolador haber podido hacer cosas fantásticas y no haberlas hecho por temor, por pretender ser buen alumno o por no querer pagar los precios de salirse del sistema.

Al final, la vida de uno, era de uno. Si indefectiblemente tendríamos que pagar la cuenta por nuestras decisiones, ¿no era razonable aspirar a que al menos nos gustara la cena?

Todo cambiaba desde la perspectiva de la muerte. ¿Para qué se había esforzado tanto el ex presidente? ¿Para qué tanta seducción, tanta pulcritud, tanto inventarse como un dios, si al final su destino irrevocable era el decaimiento y la destrucción física, del poder, y de todos los órdenes? Como decía el Antiguo Testamento, “vanidad, vanidad, todo es vanidad; ¿para qué se afanan tanto los hombres si al final es correr tras el viento?”

¿O para qué tanto robo, tanta riqueza, si después de todo le esperaba el mismo inevitable final que a todas las personas? ¿De qué le servirían sus mil millones de dólares? ¿Solo para sembrar más discordia y ahondar las peleas entre sus herederos?

Reflexionó acerca de los mensajes más espirituales que sostenían que lo único que podía proteger a los seres humanos de esa declinación era el amor. Como era claro que aún el amor no serviría para evitar las enfermedades, el envejecimiento, ni mucho menos la pérdida de poder; ¿para qué serviría? ¿Para tener un corazón con cierta paz? ¿Para tener buenos recuerdos? ¿Y eso era suficiente?

Recordó otros epitafios de los que proponía aquél escritor: “generó record de ganancias para la empresa durante 11 años”; “obtuvo el más importante ahorro en costos”; “fue el empleado con mejor conducta de la historia.” Todos esos conceptos que tanto podían desvelar a los seres humanos, vistos desde la perspectiva de la muerte, resultaban ridículos.

Tampoco parecían mejores otros epitafios menos asociados a lo profesional y más asociado a lo femenino. “Siempre mantuvo la casa perfecta y en armonía”; “no faltó a ninguna charla de padres del colegio”; “siempre acompaño a su marido y a sus hijos”. ¿Eso era todo en la vida? La pregunta era muy corrosiva y le producía un enorme desasosiego.

Tom Peters, para no morir en aquél pantano, había propuesto una buena salida. Él quería que su epitafio solo dijera: “fue un jugador”. Y aclaraba que jugador lo refería a animarse a vivir, a correr riesgos, a intentar hacer algo significativo con su propia existencia. A no sentarse en el dintel de la puerta a ver pasar la vida.

Como tantas personas que a los 52 años empezaban a contar los años que les faltaba para jubilarse. Aún omitiendo el terrible hecho que les faltara mucho tiempo; ¿qué esperaban que les ocurriera al cumplir 65 años? Lo único certero que podrían esperar sería haber dilapidado trece años. Menos energía, menos salud, y sobre todo, mucho menos tiempo.

¿Y entonces? Demasiadas preguntas sin respuestas había en el corazón de Roberto. ¿Qué epitafio le gustaría tener a él? Se dio cuenta que no lo sabía. Lo único que tenía claro es lo que no quería.

Definitivamente no quería que la síntesis de su vida fuera algo para mostrar o impresionar a los demás. Debía ser algo que hubiera surgido de su interior profundo. Bien propio. ¿Qué sería?

Tal vez, el sentido de la vida no era otro que el enorme desafío de encontrarle el sentido a la propia existencia.

Artículo de Juan Tonelli: Epitafios.

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La enfermedad de no creer en nada

La situación no podía ser más paradójica. Alberto acababa de consagrarse campeón nacional por segunda vez, y en lugar de estar entusiasmado, quería dejar ese deporte que tanto lo frustraba. Aunque formalmente todo fuera viento en popa, en su interior él sentía que estaba muerto. Tantos sueños, expectativas e ilusiones y la realidad había sido tan despiadada. De nada importaba ser nuevamente el número uno. Su juego no evolucionaba, y hacía mucho, demasiado, que estaba estancado.

Su decepción era tan grande, que tenía la certeza de que no había salida. Su corazón seguía latiendo, pero él estaba muerto. Las pulsaciones eran sólo un reflejo del sistema nervioso central. Pero cansado de tanta frustración y fracaso, había enterrado todos sus sueños y esperanzas, sepultando también sin saberlo, la vida.

Con el dolor de su alma debía dejar esa actividad que tanto había amado, porque ya sólo le producía dolor. El de no ser. El diario y brutal contraste entre lo que él deseaba ser y lo que era. Y en ese abismo, sus sueños se estrellaban impunemente con enormes miedos que lo tenían atenazado.

Enterado de la crisis que atravesaba, su ex entrenador le pidió un extraño favor: presentarle a un antiguo maratonista que ahora entrenaba a otros atletas. Alberto, sin ninguna expectativa y casi por la obligación de los buenos tiempos compartidos, accedió.

La cita era una cena en la casa de su antiguo entrenador. Tan pronto llegó y le presentaron a ese misterioso corredor, le sorprendió la luminosidad que tenía. Era un negro de esos de ébano, con una mirada penetrante y una sonrisa tan blanca que quemaba la vista. Como la mayoría de las personas de color, resultaba imposible estimar la edad. Podría tener treinta o cincuenta y cinco años.

La cena y la conversación discurrieron apaciblemente, casi en forma anodina. Alberto no quería abrirse porque no era una iniciativa suya y además porque ya no creía en nada. Había perdido todas las esperanzas. Su ex entrenador y el misterioso negro hablaban del deporte, de la vida, y otras generalidades que casi lo aburrían. Pero después del café, y cuando todo parecía terminar sin penas ni gloria, el señor de ébano, totalmente fuera de contexto, abrió fuego: “-la verdad que vos no podés ser campeón de nada.”

Alberto se despabiló de golpe, con la alarma de que estaba en combate. ¿Qué le pasaba a este negro de mierda? Durante un nanosegundo consideró pararse y pegarle, pero dado que estaba su antiguo entrenador en el medio, optó por controlarse.

“-¿Por qué lo decís?”, preguntó Alberto con un tono desafiante.

“-Porque estás hecho una porquería. No servís para nada. Así no le podés ganar a nadie. Y en nada. Creo que hasta yo te gano en tu deporte”, disparó.

La ira de Alberto estaba por las nubes. “-Muy bien, tenemos un club acá a dos cuadras, así que podemos ir a jugar ahora”, contratacó el campeón, dejando traslucir una firmeza propia de la envergadura que aún le quedaba.

“-Ahora va a estar cerrado”, dijo el negro sin inquietarse.

-“Arrugaste”, le contestó Alberto sobrador. “-Tan valiente que eras…”

“-Para nada”, dijo el negro. Y volviendo hacia el anfitrión, le preguntó si tenía cartas. Ante su negativa, le pidió que trajera hojas en blanco. Con ellas en su poder, cortó diez papelitos iguales, y los numeró del uno al diez. Los dio vuelta, los mezcló, y lo desafió a Alberto a jugar.

“- Juguemos a ver quién saca el número más alto”, propuso.

Alberto, entre sorprendido y fastidiado, aceptó. Después de observar un rato los papeles y ante la imposibilidad de detectar alguna transparencia que le garantizara el éxito, optó por concentrarse en elegir un número ganador. Dio vuelta uno, un siete. No era la gloria, pero tampoco sería fácil derrotarlo.

“-Hagamos una cosa”, propuso el negro. “-Si saco un seis empatamos, porque vos sacaste primero”.

“-No”, fue la tajante respuesta de Alberto, sin que hubiera el menor atisbo de compasión. Ese señor no la merecía.

“-Dale”, insistió el desafiante.

“-Elegí tu papel y no me fastidies más”, lo cruzó Alberto.

El negro, sin perder la serenidad, eligió un papelito y lo dio vuelta. Un ocho.

La ira de Alberto no conocía límites. ¿Qué hacía en esa absurda cena, jugando a ese ridículo juego con ese payaso? Mientras el negro se reía obscenamente con esa sonrisa de perlas, Alberto le propuso jugar de nuevo.

“-Claro, soy un caballero”, dijo el ganador mientras volvía a mezclar todos los papelitos. “-Pero esta vez elijo yo primero”.

Más allá que el planteo fuera justo, Alberto aceptó con las ganas de poner las cosas en su lugar. Su corazón estaba inquieto porque no sentía confianza y temía que el negro volviera a ganarle. Igual, jugado por jugado, era mucho mejor arriesgarse que irse con una derrota digna.

Después de todo; ¿para qué servían las derrotas dignas? Para nada, obviamente. Era una mentira del sistema para mantener a las ovejas bajo control y evitar frecuentes revoluciones. En su corazón no había derrotas dignas. Había derrotas y había victorias. Lo demás… ¿Qué demás? No existía otra cosa.

El negro eligió su papelito, pero antes de darlo vuelta, hizo una pausa y le propuso a Alberto esperarlo a que eligiera. Alegó que no quería que el número tan bueno que él había elegido, lo desmoralizara prematuramente.

La violencia interna de Alberto era inconmensurable. Pendulaba entre hacer volar la mesa por los aires y matarlo a patadas, o más modestamente, irse. Sin embargo, optó por redoblar su disciplina, tranquilizarse, y después de meditar e intuir qué papelito elegir, tomar uno.

“-Démoslos vuelta simultáneamente”, propuso el negro. Alberto, entre escéptico, desconfiado y hasta aturdido, comprobó que el suyo era un cinco, mientras que el de su rival era un nueve.

El negro se reía a carcajadas mientras Alberto, masticando la derrota, esperaba a que terminara.

-“Entendiste qué es lo que pasó?”, preguntó el morocho con tono serio y paternal.

“-Sí. Me hiciste trampa”, dijo Alberto buscando una excusa en la que ni él creía.

“-¿Sabés cuál es la diferencia entre vos y yo?”, inquirió nuevamente el ex maratonista.

Ante el silencio de Alberto, se escuchó una palabra breve, de dos letras, cuyo sonido fue casi como el de una explosión atómica. Varias décadas después aún retumba en el corazón de quien esa noche empezaría a ser su discípulo.

“-Fe”, fue lo único que dijo el negro, más serio que nunca.

Esa noche sería un punto de inflexión en la carrera deportiva y en la vida de Alberto. Sin que hubiera mediado más que algunas cuantas conversaciones con aquel señor, su juego mejoraría dramáticamente.

¿Qué había cambiado? ¿Si él seguía con sus mismas limitaciones, sus mismos problemas técnicos, su mismo estado físico, sus mismos miedos? Ahora creía.

Había dejado las certezas de que nada podría cambiar, de esa especie de muerte en vida. Durante unos meses experimentaría un estado de euforia que lo tornaría imbatible. Y cuando ese estado terminó, su corazón guardó un perfume que nunca más se iría de su vida.

De allí en más ganaría y perdería partidos, obviamente. Pero creería. Abandonaría definitivamente las certidumbres esterilizantes. Tendría la confianza de poner lo mejor de sí en cada juego. No habría garantías. Pero mucho menos, certezas que lo tornaban muerto en vida.

Descubrió que creer, lo cambiaba todo. Que la fe no garantizaría nunca los resultados pero sería imprescindible para poder transitar el camino. La fe le permitiría salir a la cancha, abrirse a la vida, a su misterio, a lo incierto. Aprendió que con fe podría jugar, ganando y perdiendo. Pero que sin fe no se podía vivir. Y tener fe, también era una decisión. La de elegir vivir.

Artículo de Juan Tonelli: La enfermedad de no creer en nada.

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Incertidumbre, Sin categoría, Sufrimiento

Hay que seguir caminando

“Crisis es cuando las preguntas no pueden responderse. Son períodos de incertidumbre y pérdidas inevitables.  Un momento crucial, un instante crítico en el que hay mucho en juego y el futuro es incierto. Y que lleva implícita la imposibilidad de volver atrás”.

Valentín cerro aquél libro de Kasparov porque después de leer eso ya no había más nada que leer. Sentía su cuerpo como si hubiera comido algo muy indigesto, y supiera que vomitar sería inevitable. Esa contradicción entre no querer pasar por esa experiencia desagradable y a su vez, el anhelo de curarse, que exigía tener que vivir ese dolor.

Pero Valentín no había comido nada. Sólo estaba empachado de la vida. Las circunstancias lo habían llevado por un tobogán de agua, y no había habido manera de ir más despacio, ni cambiar de rumbo, ni mucho menos, detenerse. Sólo seguir cayendo.

Aún así, esa metáfora era incompleta. En su caso, al final del recorrido no había habido ninguna pileta esperándolo para amortiguar el golpe, y peor aún, después ocurrido, el problema no estaba terminado ni cerca de resolverse.

El palazo no había sido otro que su separación. Tener que abandonar su casa, su mujer, sus hijos. Y si bien habían pasado muchas cosas, la razón última había sido bien simple. No podía seguir viviendo en las mismas cuatro paredes que su mujer. Ambos querían, pero la vida había transformado aquella pareja en un infierno de dolor y desencuentro. Así las cosas, y después que la existencia lo zamarreara de un lado para el otro, había salido expulsado de su casa, por decisión propia.

Cruzar aquella frontera solo con un bolsito con ropa había sido liberador. Por más que dejara un hogar y un palacio, lo que había del otro lado de ese umbral era la paz. Un pequeño departamento mucho menos lindo y suntuoso que el suyo, pero un espacio en el que podía estar en silencio. O mejor dicho, solo. Y si la felicidad existía en esta vida, esa soledad era lo que más se le parecía. Bastó que llegara al nuevo domicilio y apoyara el pequeño bolso en el piso, para suspirar largamente, ratificando esa paz.

Después de ir acomodando diariamente la nueva e incierta vida, las cosas se empantanaron. Los chicos estaban a salvo, todo estaba razonablemente protegido, pero había un tema que seguía ahí, intransigente, incólume. Como un patovica que se negaba a moverse un centímetro para atrás. Pasaba el tiempo, los meses, pero el asunto no evolucionaba.

Aunque hacía meses que vivía fuera de su casa, la pregunta no era retórica y le carcomía el alma. -¿Vuelvo a casa o sigo mi camino? Sólo aproximarse al tema le helaba la sangre. Era tan doloroso lo que tenía que afrontar, que se sentía incapaz de mirar el problema a los ojos. ¿Cómo se hacía para seguir adelante? Él no podía volver atrás, pero tampoco quería seguir adelante. En ambos lugares lo esperaba una montaña de dolor, y él no quería sufrir. Sin embargo la vida, al igual que un río que fluía y que no sólo no se podía detener, sino al que tampoco le importaba lo que pensaran o quisieran las personas, siguió acumulando presión en aquél dique humano.

El entremado de sentimientos, historias y experiencias que lo unían a su mujer era muy vasto. Y sin contar lo más importante de todo, los maravillosos hijos que compartían. Así y todo, había dos objetos que lo torturaban, y resultaba paradojal que algo inanimado pudiera exponerlo a tanto dolor. Como si fueran dagas que estaban clavadas y que, pese a estar fijas, cualquier simple movimiento en la vida de Valentín, generara que esos filos lastimaran más tejidos.

El más simbólico era el anillo de casados. Cuando se había ido de su casa, había decidido dejárselo puesto. Era una forma de mostrarle al mundo que él no estaba disponible, que seguía casado. Contrario a otros hombres que buscaban liberarse inmediatamente de aquél delator que les dificultaba salir de cacería, el lo mantenía como un símbolo de la resistencia. Pero el tiempo pasaba, y su espíritu indómito no conseguía doblegar a la vida. La situación estaba como cristalizada en el preciso momento en que se había ido de su casa.

Aquella resistencia intransigente estaba formada por su  idea de familia, el contacto cotidiano con sus hijos, su mujer, su casa, las experiencias compartidas y por compartir. Las ganas de no perder todo eso, de que no se convirtiera sólo en un recuerdo del pasado.

Mientras, el presente seguía transcurriendo impunemente, ajeno a estas consideraciones, y alejando a Valentín de esas posibilidades. Aunque él se negara a mandar a pérdida todo eso, la realidad ya se lo había arrebatado. Conservaba la idea de que podría recuperarlo. Pero ¿era una idea o una fantasía? ¿Sería posible?

Siguió pasando el tiempo sin que Valentín pudiera avanzar en su vida. Ni volvía, ni seguía adelante. En realidad, el hecho que no hubiera vuelto ya era toda una definición. Pero la idea de que el regreso fuera posible, lo mantenía congelado, suspendido en el limbo, en la nada.

En su interior fue creciendo el sentimiento de que tendría que sacarse el anillo. El sólo pensarlo, le ponía la piel de gallina y el reflejo automático que generaba el dolor, era correrse inmediatamente de ese lugar. Pero la realidad implacable lo seguía instalando en su cabeza y su corazón en forma cada vez más frecuente. Llegó un momento en que la pregunta ya no era más si sacarse o no el anillo, sino más bien cómo y cuándo hacerlo. El desafío era bien difícil, porque había puesto tanta empeño y expectativa en esa batalla, que mandarla a pérdida sería una claudicación muy grande.

En la vida había acciones fáciles de ejecutar, pero muy difíciles de decidir. ¿Apretar un gatillo? Aquél día salió a dar una caminata, como tantos otros días. Sumido en sus cavilaciones, fue creciendo el sentimiento de indigestión espiritual. Como si el proceso de vomitar ya se hubiera puesto en marcha. Con la angustia asociada a saber que tendría que pasar por un proceso sumamente doloroso. Sin poder empezar, ni tampoco razonar cómo o cuándo hacerlo, se cruzó con una iglesia.

Decidió ingresar, con la esperanza que Dios estuviera ahí y lo ayudara. Hacía rato que había dejado su religiosidad atrás, y todos los dogmas se habían desvanecido. Lo único que quedaba en forma de interrogante era la existencia de Dios. Su mente le decía que no era razonable que semejante universo se hubiera creado, desarrollado y hasta coordinado, sin una fuerza rectora. Pero ahora, sentado en un banco de aquél templo, esas disquisiciones no tenían sentido, así que volvió a sus obsesiones.

Después de estar un rato sereno y sin poder contestar ni una sola de todas las preguntas que se agolpaban en su corazón, comenzó a recordar el momento en que se había casado. Había sido el día más feliz de su vida. La ceremonia, el encuentro con tantas personas tan queridas, la fiesta. ¿Dónde había quedado todo eso? ¿Acababa de dejar de ser el día más feliz de su vida? ¿O sería como un jarrón chino, que pese a su valor, uno nunca sabía donde colocarlos?

Se sacó el anillo para leer lo que estaba grabado en la cara interna. No le fue ajeno que estaba caminando por una cornisa existencial. Ahí donde el bien y el mal se dirimían por penales. Antes que las lágrimas nublaran sus ojos, alcanzó a leer el nombre de su cónyuge y la fecha de la boda. Instantes después ya estaba llorando desconsolado, como un niño. ¿Cómo la vida podía ser tan hija de puta de colocarlo en esa circunstancia? ¿Qué había hecho tan mal para venir a parar este lugar? ¿No podía evitarse este trago tan amargo?

Después de llorar un rato largo, de respirar entrecortado por la angustia y dolor que estaba drenando, sobrevino la paz. No era resignación, sino la aceptación libre de lo que la vida le ponía enfrente. Dejar de rechazar la realidad. Se preguntó si algún día podría llegar a amarla.

Secó su cara, y decidió besar tiernamente al anillo. A aquél beso le siguieron muchos otros. Sintió la necesidad de honrar lo vivido. A su compañera. A eso que la vida le había regalado y después arrancado. Se quedó un buen rato honrando todo lo lindo que había vivido. Percibió con nitidez que sólo amando toda esa historia, su historia, podría seguir su camino. No sería posible si no la abrazaba, cobijaba, comprendía y amaba. Y pasarían años hasta que pudiera mirar con benevolencia todo ese proceso, y pese al dolor, dar gracias por lo vivido. 

Se sintió liviano, como sin cuerpo. Registró el desesperado intento de los seres humanos de establecerse en forma definitiva, en los lugares existenciales en que se sentían cómodos, a gusto, felices. Y en la imposibilidad absoluta de que eso pasese. La vida exigía periódicas demoliciones que obligaban a ponerse en marcha nuevamente, y seguir el camino. Y solo abrazando y amando esos escombros, el pasado que ya no era, los seres humanos podían continuar su camino, abiertos al misterio de la vida.

Después de darle un último beso, guardó el anillo en su bolsillo, y se retiró de aquella iglesia en paz.

Artículo de Juan Tonelli: Hay que seguir caminando.

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