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ir a terapia a NO hablar de lo que nos pasa

¿Por qué será que vamos a hacer terapia de pareja cuando ya está todo perdido?

¿Para qué hacemos todo ese teatro ridículo cuando nuestro corazón ya decidió?

¿Para quedarnos con la conciencia tranquila y mostrarles a los demás y a nuestra inexorable futura ex que hicimos todos los esfuerzos?

Freud aconsejaba a sus discípulos prestar especial atención a las palabras que decían sus pacientes cuando se estaban despidiendo;

-Es muy probable que sea lo más importante; aquello de lo que quisieron hablar durante toda la sesión y no se animaron a expresarlo…

Cuando escuché esa historia me reí para mis adentros. Después de todo, sabía que decir algo al final de la sesión era mucho mejor que ni siquiera decirlo ahí.

-¿Que los trae por acá?, nos preguntó el terapeuta.

Mi esposa y yo nos miramos, haciéndonos una mueca que no calificaba como risa. ¿Por dónde empezar?

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otras formas de comunicación

-Igual, si el viejo se muere, tenemos las cuentas en orden.

Javier escuchó a su hermano sin terminar de entender bien el sentido de aquellas palabras.

El padre se había sentido mal al mediodía, y frente a la persistencia del malestar, lo habían traído a la clínica para quedarse tranquilos. Pocas horas después se estaba muriendo. 

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la Playboy y el Lego

-Pa, puedo comprar esta revista?

-Cuál? La Playboy?, -preguntó el padre entre risas.

Si bien su hijo había señalado una revista que no era erótica, la propuesta de su papá lo encendió. Tanto, que ni se enteró que era una broma. Cómo no le iba a interesar si tenía trece años y los niveles de testosterona estallando?

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de padres e hijos

La crisis del adolescente iba mutando. Julián solo daba explicaciones difusas de lo que sentía. Los padres lo contuvieron los primeros días, pero después entraron en crisis como su hijo. Qué se hacía en estos casos? Los manuales no servían para estas situaciones, como tampoco servía la teoría ni experiencias anteriores. La característica de las crisis era justamente esa: los parámetros normales, las herramientas habituales no funcionaban. Había que abrirse paso en la jungla espesa.

El inicial ataque de pánico del joven fue migrando en tristeza. -Qué le pasa?, se preguntaban los padres, a quienes la situación los interpelaba profundamente. Como miembros de una sociedad moderna, no podían tolerar la tristeza.

Cualquier persona que pierde un familiar en la actualidad, recibe todo el acompañamiento y solidaridad de su entorno, incluyendo el laboral. Pero a las dos semanas o al mes, todos dan por sentado que esa persona tiene que estar bien, como si no hubiera pasado nada. Ya nadie lo contempla, y tácita o explícitamente le exigen que esté bien.

-Todavía seguís caído?, es la pregunta habitual.

Ante el silencio o la duda confirmatoria de la persona que está triste, con mayor o menor sutileza le disparan:

-Por que no vas a ver a un médico, así te da alguna pastilla?

Y las personas que sufrieron una pérdida no quieren un antidepresivo. Quieren recuperar a su pareja, o al familiar muerto, o reponer la situación que tenían antes. Como no es posible, necesitan recorrer el largo camino del duelo. Pero nadie parece dispuesto a esperar; hay que estar bien ya.

La crisis del joven desafiaba los límites de los padres. Después de varios días de que Julián les contestara que se sentía tres o cuatro puntos, tuvieron que asumir dos cosas importantes. En primer lugar, que era mejor no preguntarle más como se sentía, para que no se sintiera presionado en recuperarse. Por otra parte, empezaba a quedar claro que la situación no se iba a resolver con rapidez, y que habría que convivir con ella un buen tiempo.

El chico parecía mejorar y todos respiraban aliviados, pero luego caía y el desconcierto y el miedo de los padres, solo agravaba las cosas. Hasta cuándo va a querer seguir faltando al colegio? Y si se queda libre? Y si pierde el año? Tendrá un futuro sombrío?

La cabeza de los progenitores se disparaba y el miedo de ambos hacía estragos. -Nosotros no tuvimos ningún lugar para expresar nuestras crisis y tan mal no nos fue, -decía con alguna razón el padre.

La madre, en cambio, era más receptiva. Intuía que forzar a su hijo para que fuera a clase tampoco era la solución. Después de todo, como decía Herman Hesse, “en el colegio solo aprendí latín y mentiras.”

-La crisis de Julián los pone a prueba a ustedes, -dijo el terapeuta poniendo el dedo en la llaga.

Ambos padres se hacían cargo de sus errores del pasado. Demasiado trabajo y ausencias familiares; más rigor y exigencia de los que un niño toleraba; nulo espacio para que Julián y sus hermanos expresaran los problemas que sentían. Tácitamente, debían adaptarse y no generar inconvenientes, ya que toda la capacidad de cargar problemas de cada uno de los padres estaba saturada por sus propias vidas. No había lugar ni para un alfiler más, aunque se tratara de sus amados hijos.

-Qué se supone que debemos hacer?, -preguntó el padre con cierta impaciencia.

-Para empezar, dejar de exigir que su hijo esté bien. No lo está, y no lo va a estar durante un tiempo. Ni siquiera sabemos cuánto;  pero la presión solo empeora las cosas, -dijo el terapeuta en palabras que retumbaron como un trueno.

Los padres sentían miedo. Cómo explicarle al señor terapeuta que temían que su hijo terminara en una vida fallida? Una de esas almas a los que los padres tienen que asistir hasta que se mueren, porque son incapaces de pararse?

Para peor, con un hijo en crisis, toda la familia entraba en crisis. El hermano menor sentía celos; “-Cómo es el asunto, ma? Me hago el triste y también puedo faltar una semana?”, protestaba.

El mayor en cambio, repetía la historia de siempre: sobre adaptarse, y no generar problemas. Problemas eran los que tenían su papá, su mamá, su hermano; él no podía tener inconvenientes. Lo que sentía, debían ser asuntos menores. Sentimiento ideal para postergarse a sí mismo y terminar explotando por los aires cuando no pudiera más.

-Lo más importante de todo, es que no se asusten. Él tiene el corazón lleno de preguntas. Si cuando se acerca a ustedes, percibe que están muertos de miedo, se cerrará y seguirá como pueda. Si en cambio siente que están serenos, que aunque no tengan respuestas están abiertos a recorrer el camino a su lado, sana. Y de paso, sanan ustedes, -completó guiñándoles un ojo.

Ambos sabían de qué les estaba hablando. Toda una vida exigidos. Aún convencidos de ser mejores que sus respectivos padres, repetían sus historias. Eran padres presentes y comprensivos hasta que el partido se ponía complicado. Ahí el miedo los invadía y la rigidez los obligaba a aferrarse a las históricas directrices: voluntad, esfuerzo, sobreponerse, y todas estupideces que las personas repiten generacionalmente. Como si uno se pudiera salvar a sí mismo.

Qué persona que orille la mitad de la vida y sea honesta consigo misma no ha experimentado que en las crisis más importantes de su propia vida no pudo hacer mucho, y que fue la vida misma la que lo rescató?

El padre se quedó pensando en las palabras del terapeuta. “No se asusten.” “Y de paso, sanan ustedes.” Qué tendría que sanar él?

Pocos días después conversaba con Julián en la confitería predilecta de su hijo. Lo había llevado ahí para distraerlo, porque lo veía muy caído. Después de hablar un rato, el padre decidió correr algunos riesgos.

-Julián, a mi no me interesa el colegio. Me interesás vos. Podés seguir en éste, o cambiarte. Dar libre o dejar, si eso fuera necesario. Lo único que no quiero es que te entregues porque se te presentan dificultades. Hay que enfrentarlas y atravesarlas. Y después, decidir en libertad.

-Quiero faltar mañana, -balbuceó el chico.

-Y qué pensás que se va a resolver faltando?, -acicateó el padre con ternura.

-No lo sé, pero al menos me quito un poco de presión.

Siguieron conversando un buen rato y finalmente el padre accedió a que faltara, solo acordando que los días siguientes debería ir al colegio, no para cumplir las reglas, sino porque no enfrentar los problemas solo los agravaba.

Llamó a su esposa para contarle y cerrar filas.

-Estuve conversando un buen rato con Juli, y no va a ir mañana al cole.

-Por qué?, -preguntó la madre con cierta angustia.

El marido le explicó toda la conversación y el acuerdo al que habían llegado:

-Estoy convencido que nuestro hijo necesita cuatro cosas: sentir que puede estar en crisis, que hay espacio para expresarla y vivirla; sentir que puede hablar y que es escuchado; sentir que es comprendido; y sentir que es apoyado. En el fondo, nada distinto de lo que necesitamos nosotros…

En ese momento y como había pronosticado el terapeuta, además de Julián, ambos padres empezaron a sanar sus propias historias.

 

 

 

 

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La vida no entra en nuestras ideas

A mis cuatro años un tío abuelo solterón me convenció de hacerme de Independiente. Aún cuando ni a mis padres ni a  mi hermano les interesaba el fútbol y nadie me llevaba a la cancha, me fui convirtiendo en fanático. Como en esos entonces el club era muy exitoso, yo festejaba seguido y vivía la pasión roja con alegría.

Mi familia paterna era de Avellaneda, pero no eran de Independiente, sino de su archirrival, Racing. Buscaban la forma de seducirme o sobornarme con tal que no fuera la oveja negra de la familia. Pero yo resistía estoico, y cuanto más me presionaban, más quería a Independiente.

Solo tenía una pequeña grieta por una secreta pasión que no me animaba a compartir con nadie: Boca. Percibir lo que ocurría en su cancha era una experiencia única. Sus hinchas gritaban como no lo hacía nadie. Efectivamente, Boca era un sentimiento.

Mi abuelo materno, aunque fuera un agnóstico del fútbol, me provocaba diciendo que yo tenía que hacerme de Boca. Un día, regresando en auto de una casa quinta que teníamos en Quilmes,  divisó un graffiti que le venía como anillo al dedo:

-Mirá ese paredón, -me dijo

“Me hice de Boca”, decía la pintada.

Aunque él lo había dicho en broma, yo sentí un cosquilleo interno, anhelando ser de ese club que era pura pasión y sentimiento. Sin embargo, no había margen para ser desleal.

Recién en mi adolescencia pude ir a ver a Independiente con amigos. Descubría esa religión que es ir a gritar, cantar e insultar con la impunidad que solo puede ofrecer el fútbol. Un rito de varias horas en el que nos sentíamos valientes, nos fundíamos en la masa, y desahogábamos frustraciones en errores que inevitablemente cometían los futbolistas.

Mucho tiempo después, cuando nació mi primer hijo, surgió el tema de qué club hacerlo. Como en nuestra sociedad machista esa es una potestad paterna, lo lógico era que fuera Independiente. Pero como la madre de mi hija era de Boca, me permití pensarlo.

En esos tiempos, Boca ganaba todos los campeonatos nacionales e internacionales, mientras que Independiente hacía años que declinaba en una caída que parecía no tener fin. Mi mujer puso el dedo en la llaga y me dijo:

-No les arruines la vida a los chicos; hacelos de un club que puedan festejar seguido. La vida tiene bastantes amarguras para que les sumes más.

Con visión estratégica y también dándole algo de lugar a aquella secreta pasión que sentía por ese club desde mi infancia, tomé la decisión de hacer a mi hija de Boca. Sin saberlo, mi vida estaba empezando a tomar otra dirección.

Mi segundo hijo fue varón y como el camino ya estaba jugado, lo hicimos de Boca. En este caso todo fue más fácil, a punto tal que le compré una remera azul y oro para ponerle apenas nació. Lo mismo pasó con el último, también varón.

Pese a que yo no vivía ninguna pasión por el fútbol, los chicos fueron volviéndose fanáticos de Boca. Qué será lo que dispara el proceso de una pasión?

Aunque hacía décadas que no iba a la cancha, me encontré yendo con ellos a ver a Boca. Cómo mi vida había venido a parar acá?

Me sentía un poco infiel y traidor, aunque por otra parte, estaba contento que mis hijos fueran hinchas de un club que era pura pasión y que encima, festejaba campeonatos seguido.

Cuando los varones eran un poco más grandes, surgió la pregunta incómoda:

-Pa, y por qué no te hacés de Boca y te dejás de joder con Independiente?

Esa inofensiva pregunta provocó un terremoto interior. Las ganas de compartir el sentimiento con mis hijos. Los recuerdos de aquella antigua pasión que había reprimido en la infancia.

“Me hice de Boca”.

Aquél graffiti que había visto con mi abuelo cuarenta años atrás, volvía una y otra vez.

Finalmente tomé la decisión de hacerme de Boca. Sentía un poco de culpa, pero ser de ese club me alegraba. Sin haberme dado cuenta, era lo que siempre había querido. Boca representaba un amor imposible, y la vida me estaba dando una nueva oportunidad, cuando yo estaba convencido que terminaría mis días siendo fiel y aplicado.

Sin embargo, nada es tan simple. La decisión que había tomado no borraba un montón de experiencias vividas durante años con Independiente. Alegrías, tristezas, emociones, no desaparecían por decreto.

Tenía que volver a ser de Independiente? Era como uno de esos hombres que se va de su casa por un amor apasionado, y que luego de hacerlo se entera del paraíso perdido que no valoraba mientras lo tenía?

Registré que mi vida no entraba en definiciones. En el fondo, era un poco de ambos clubes. Disfrutaba ser de Boca porque en el fondo era como finalmente poder estar con mi amor prohibido. Sin embargo, no podía ni quería borrar a Independiente. Era mi historia y mi identidad. Cómo y por qué desprenderme de eso?

Con el tiempo fue aprendiendo a ponerme cómodo entre contradicciones, percibiendo que sólo existían en las definiciones humanas. La realidad se expresaba como era y no tenía esos conflictos innecesarios que tenemos nosotros, los hombres.

Un día mi hijo más chico, al tanto de mi dualidad y doble vida, hizo la pregunta de jaque mate:

-Pa, y cuando Boca juega contra Independiente; quién querés que gane?

Aunque apretado por las circunstancias, traté de escuchar mi interior, y después de unos instantes le dije sin dudar:

-Boca.

Mi hijo sonrió aliviado. Mis ganas de compartir con ellos era mas fuerte que todo.

Ahora voy a la cancha con mis hijos una vez por mes. Siento gratitud con la vida por poder disfrutar ese programa. Pienso que la vida me regaló otra oportunidad para vivir un amor que creía imposible, que encima comparto con los seres que mas amo.

También sigo queriendo e hinchando por Independiente, que es parte de mi pasado pero también de mi presente.

Se puede ser hincha de dos clubes a la vez? Está mal?

Una vez más, comprendí que la vida nunca entra en los rígidos, arbitrarios y mutilantes parámetros de los hombres.

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